¡Capítulo! Nada tarde. Adoro publicar seguido.
La historia está prácticamente desarrollada en mi mente, solo falta escupirla en Word. Y cuando me siento en la pc, al tener todo lo que quiero claro, el cap sale en poco tiempo.
¡Gracias por los comentarios! Adoro recibir sus percepciones del fic.
Este capítulo en especial, va para Silvers Astoria (nena, la tienes en algunas un poco más clara que yo, jajaja. Leyendo tu comentario, me dije que parecías haberme leído la mente. Ya verás por qué. ¡Ojalá te guste!)
Y quiero mencionar también a Delivery Weasley, porque, verán, POR ELLA ESCRIBO FANFICS (Sí, que lo sepa todo el mundo, jajaja) Me caíste súper bien, minita (desde hace díez años, eh!) Ojalá los tiempos nos permitan volver a conversar.
Y sigue lectura. Nos vemos abajo..
Ilusión
Capítulo XII
Con sus brazos lo abarcaba entero, y es que estaba muy delgado.
- ¿Por qué estás tan delgado? – era una pregunta de lo más desubicada, y es que sus pensamientos no estaban al hilo. Mínimo debería salir corriendo.
- Yo…
- Estás enfermo – susurró. Tenía la mejilla apoyada en su hombro y en su pecho sentía la respiración de él, aún irregular. Ella misma respiraba con dificultad, como asmática, débil. De apoco se ventilaban y Ginny esperaba, después de oxigenar las neuronas, determinar qué había pasado.
Se habían besado, suave y profundamente. Se habían besado y ella no terminaba de esclarecer sus emociones, de descifrar las razones por las cuales le había permitido tal acto de su parte y menos de darle sentido al hecho de haberle respondido, de habérsele entregado en el gesto con tal dedicación que llegó a imaginarse, incluso, que podrían terminar siendo uno allí mismo, tirados en el piso.
Sus mejillas se matizaron cual jitomates. Tembló entre sus brazos, sintiendo una mano de él en su cintura y la otra en su espalda, apenas moviendo los dedos para acariciarla con delicadeza.
- Harry… – empezaba a odiar a su creativa imaginación. Trató de separarse, él la aprisionó un poco más.
- No imaginas lo que he…
- Suéltame – musitó, descolgando los brazos. El hombre la cogía como si de pronto pudiese quebrarse y caer en miles de pedacitos.
- Ginny…
- Ya – se alejó, interponiendo una mano entre sus cuerpos. Se retiró hacia atrás, extendiendo el brazo, como si aquella distancia fuese la necesaria para poder coordinar sus ideas y empezar a usar la cabeza. – Me tengo que ir – sentía su propia voz quebrada, como si de un momento a otro fuese a echarse a llorar. Y es que las ganas sobraban. – Me tengo que ir…
- Yo no…
- No sé qué… – movió la cabeza de un lado a otro. – Basta, no sé qué… esto…
- ¿Lo sientes? – Harry cogió su mano alzada y volvió a atraerla hacia sí. Ginny se dejó arrastrar, maldiciéndolo, queriendo abofetearlo por llevarla a cometer algo que consideraba, era una de las peores traiciones. ¿Dónde quedaba David en todo eso?
El moreno la abrazó contra sí y buscó su boca. Ginevra injurió contra sus labios, segundos antes de dejarse hacer. Le había tomado de la nuca, buscando fuerza. Ella se dejó llevar por su exigencia, por su postura dominante pese a verse como un completo enclenque.
- Ginny – jadeó en una oportunidad libre, agarrando aire.
- Basta – sollozó, dejando salir las primeras lágrimas bandidas. – Basta, Harry.
- Yo sólo…
- ¡Déjame en paz! – juntó fuerzas y lo empujó con ambas manos. Harry trastabilló hacia atrás. – ¿Tienes acaso idea lo que estás haciendo?
El hombre abrió la boca y la volvió a cerrar, mordiéndose la lengua. Por supuesto que sabía lo que estaba ocurriendo, ¡estaba todo muy claro para él! maravillosamente claro.
- Ginny…
- Yo no… no puedo. Es… – se enjuagó las mejillas. Buscó desesperada su bolso, arrojado a un lado de sus pies. – Me tengo que ir.
Harry creyó que presenciaría un colapso Weasley, estaba casi seguro. Ginevra estaba confundida, prácticamente fuera de sí, y mínimo, pensó que lo encararía, que sacaría a la luz la disyuntiva que le estaba haciendo partirse en dos y hasta llorar delante de él. ¡Ella, quien odiaba que la viesen llorando!
- Ginny… yo…
- ¿Qué hacías? – preguntó, sorbiendo por la nariz. – ¿Lo sabes? Porque yo no tengo idea de nada, de nada. Me siento… – volvían un par de lágrimas a marcarse en sus cachetes. – No sé, ¡no sé! Me confunde estar cerca de ti. ¿Tiene eso lógica? ¡Años sin vernos! Y de repente estás en todo… llego y siento que… me besas y… ¿por qué? ¿Qué te sucede a ti para hacer eso? – se acercó y le dio con una mano en el pecho. – Dime, ¿qué? Siempre fuiste el mejor amigo de mi hermano, yo la hermana de tu mejor amigo. ¿Qué más? ¿Por qué te atraviesas? ¿Por qué estás fastidiándome hasta tal punto que… que…? ¡Mierda, Harry! – alzó los brazos, exasperada. Él solo la observaba con solicitud, escuchándola sin perder detalle. – No tiene sentido, ¡no lo tiene! – volvió a darle en el pecho. – No tiene lógica que está aquí, exponiéndome sin quererlo, y que tú… que tú… ¡Agg! ¡Mierda! – se tomó la cabeza, el barullo de ella misma le estaba ocasionando jaqueca.
- Ginny…
- ¡No vuelvas a llamarme! – respiró hondo. – Déjame tranquila.
- ¿Se te olvida que fuiste tú quien tocó a mi puerta hace días? ¿Quién se paró en una esquina, espiando a cada maldita persona que pasaba, con la esperanza de encontrarme a mí? ¡No digas que soy yo quien…!
- ¡Suficiente, Harry!
- ¡Querías mi historia! – bramó, elevando la voz tanto como ella hacia un minuto. – ¡Querías saber qué me pasó! ¡Tú querías saber de mí! ¡Acercarte! Y yo…
- ¿Qué? - se mordió el labio, evitando un grito.
Harry exhaló hondamente.
- Eres tú quien se ha atravesado, Ginevra – murmuró. – Yo estaba…
La mujer lo observaba sin pestañear, tratando de procesar cada palabra. Estaba agobiada, cargada de tanto sin sentido… y Harry echaba más leña al fuego, sacándola de sus casillas. Pero, ¿no tenía él razón? ¿Quién fue el que buscó a quién? ¿Quién más si no ella, suplicó por unas cuantas horas cada tarde con el niño que vivió?
- Lo lamento – dijo. Harry la miró, abriendo los ojos cual niño sorprendido. – Yo te busqué, yo quería saber de ti, yo estuve… obsesionada, podría decirse, por tu historia, por tu destino después de la guerra, por tu… yo…
- Ginny…
- No debí abusar, no debí dejarme llevar por esta necesidad de conocerte, de saberlo todo.
- Yo…
- Creo que… – se secó los cachetes. – Creo que ya ha sido suficiente. Yo siento…
- ¿Qué tratas de decir?
- ¡Que es suficiente de ti! ¡Que voy a dejarte en paz! Que no… ¡Basta! ¡Suéltame! ¿Qué demonios haces? ¡Para! – Harry se había movido velozmente hacia ella y regresaba a tener su cuerpo cerca del suyo, casi encima, sin asomo de algún espacio por donde el aire pudiese circular entre los dos.
- ¿Piensas ahora dejarlo así, después de esto? – alzó una mano y le tomó con los dedos por la barbilla, apretando sus mejillas y dejando a sus labios fruncidos como los de un pez; la besó por tercera vez, casi con rudeza, con indudable tensión e incluso rabia.
- Ha… Harry – gimoteó, tratando de zafarse.
- No vas a poder – la rodeó con los dos brazos y apoyó su frente en la de ella. – Perdóname, pero no vas a poder.
- ¿Qué…? ¿Qué sucede? No puedes decir que… – tragó saliva – que sientes algo por mí… en tan poco tiempo. No puedes decir que me quieres si tú nunca… detente, Harry – cerró los ojos.
- Estuve mucho tiempo solo.
- ¿Eso buscas?
- ¿Qué? – la vio mirarlo otra vez, las pupilas le brillaban de un modo incomparable.
- Saciar tu necesidad masculina. ¿Eso? ¿Acabar con el tiempo de abstinencia sexual sufrida? Puedo entenderlo, Harry, pero no pretendas que yo… – se sintió iracunda ante la idea. – ¡No puedes pensar eso de mí!
- ¿Qué dices? ¿Qué solo quiero acostarme contigo? – ella se removió, inquieta. – No es sólo eso, Ginny.
- ¿Entonces? ¡Dime! No puedes… Harry, no…
- ¿Qué sientes tú? – la apretó levemente contra sí. - ¿Qué sientes?
- Ya basta – regresaba a las lágrimas, siempre dejándola mal, haciéndola sentir como una tonta. – Basta, por favor.
- ¿Tú solo quieres acostarte conmigo? – mostró una media sonrisa. A Ginny le descolocó aquella órbita de su boca, quizá un poco más que la misma pregunta.
- Yo no…
- Dime qué sientes, y quizá podamos resolverlo.
- Harry…
- Dime – le acarició la nariz.
- Yo… – dejó caer los parpados. En la negrura de su visión, pensó en David. El rubio se dibujó frente a ella nítidamente, siempre sonriendo, siempre mirándola con amor y franqueza. – David – susurró, apartando su frente, alejándose.
Harry frunció el ceño. Dejó caer los brazos, liberándola.
- David – repitió ella.
- ¿Quién es…? – el celular de Ginny sonó, lo tomó de su bolso y miró la pantalla. Como cosa caprichosa del destino, David la llamaba.
- David – volvió a decir. – Él es mi… – se sonó la garganta y atendió el teléfono, dándole la espalda. – ¡Mi vida! te mandé un mensaje, ¿no te llegó?
Harry sintió un vuelco en el interior. Se mantuvo erguido, sin mover parte alguna de su cuerpo más que su pecho al respirar. Debía calmarse y no perder los estribos, menos con Ginevra presente.
- Sí, lo siento… mi madre me llamó y pidió que comprara algo que le urgía para el postre. ¡Perdóname! Sí, nos vemos ahí. Sí, está bien.
Colgó y no se atrevió a voltear. Harry respiraba con fuerza, haciendo un sonido incómodo con su nariz, que hacía que se le erizaran los pelitos de los brazos.
- David es…
- Mi novio – expresó, con un sabor raro en el paladar. – Tengo que irme – se ajustó la bolsa y caminó los pocos pasos que la separaban de la puerta.
Pensó que Harry diría algo, que la detendría. Que volvería a cogerla por las muñecas y la abrazaría hasta el punto de asfixia. ¿Eso pensaba o eso era lo que esperaba? Cuando se vio fuera del edificio, rumbo a un callejón solitario para desaparecer, el llanto la volvió a vencer.
O O O O
El barullo de la madriguera la recibió como un bálsamo. Su madre tenía puesta la radio y Rossie se reía a mandíbula suelta sobre la espalda de su hermano. Los gemelos habían llegado con todo un arsenal de juegos y bromas y habían empezado a accionarlos en el jardín.
- ¡Ginny! – llamó Hermione desde el pórtico, agitando una mano.
Ginevra soltó aire, reponiéndose de la vertiginosa sensación dejada por la aparición. Se sacudió las mejillas y colocando su mejor sonrisa, cruzó la verja. Los gemelos la saludaron con efusividad, casi aplastándola en un abrazo doble.
- ¡Nunca cambian ustedes! – rió, dándoles unas palmadas.
- ¡Tía Ginny! – Rose salió de la casa en volandillas, abalanzándose sobre ella. Ginny alcanzó a sostenerla y alzarla. La pequeña se le aferró como un koala a su madre.
- ¿Cómo estás, princesa?
- Creo que quiero vomitar – indicó la niña, tapándose la boca con una manito. – Mi papá me hizo girar, y girar y girar, y justo antes había comido unas galletas que me dio la abuela.
- Cuidado tenemos un accidente acá – Ginny la bajó al suelo. – Hermione – sonrió a su cuñada.
- Quiero vomitar – repitió Rose, sujeta de la mano de Ginny. – Mami…
- Vamos por una poción – Hermione la cargó, rodando los ojos. – Te dije que no debías comer todas las galletas de una vez. Ahora no querrás cenar – entraron, Ginny las seguía de cerca.
- Claro que sí – dijo la niña. – Después de vomitar, tendré más espacio. – Tanto Hermione como Ginevra rieron.
- ¡Digna hija de tu hermano! – señaló la castaña.
Dentro, su padre tomaba algo con Percy y entre ellos, estaba David. Conversaba animadamente sobre su trabajo, respondiendo a las preguntas que tanto su hermano como su papá le hacían. Se veía muy cómodo, muy seguro, muy guapo y emprendedor. El partido perfecto. Y lo amaba, por Dios que lo amaba y era feliz con él. No podía arruinarlo, no podía pretender echar a perder la relación más estable y feliz que había construido en su vida y menos dañar a quien decía amarla con la misma intensidad que ella prodigaba. David era su presente y quería que fuese su futuro. Ya estaban empezando, lo habían decidido al vivir juntos, al regresar a Londres… incluso él había dicho querer tener hijos. ¡Hijos! Una familia. ¿Qué más pedir? Todo se pintaba de una forma tan perfecta…
Pero nada es perfecto. ¿Cierto? ¡Nada nunca es perfecto! - Negó con la cabeza, retando a su mente tan picada y saboteadora. – Nada puede ser tan perfecto.
- Suficiente – se dijo, caminando hacia los hombres. David le brindó una sonrisa arrebatadora que a ella le costó devolver. – ¿Cómo están? Papá… – le dio un beso a su padre, después siguió con Percy. – Mi vida – giró hacia David. – Lamento que no recibieras el mensaje, yo…
- Descuida. Llegué hace un rato – le dio un beso corto.
- ¿Qué te pidió tu madre? Creí dejarla con todo listo para servir – dijo su padre.
- Pidió unas nueces especiales, se decidió por un toque para el postre al último minuto – se sorprendió al notar que mentir le era cada vez más sencillo. – ¿Dónde está?
- En la cocina.
- Vuelvo enseguida.
El aroma de la cocina siempre la transportaba a momentos pasados. Se veía siendo una niña entrando por la puerta, con la cara llena de lodo y un raspón en las rodillas por caerse de la escoba que había hurtado de la habitación de sus hermanos.
- Mamá – llamó, Molly estaba salpicando unos pastelillos con azúcar nevada.
- ¡Oh, enhorabuena, querida! – se sacudió las manos con el delantal. – Ven, termina de espolvorear esto mientras acomodo todo para la mesa.
- Apenas está anocheciendo.
- Tus hermanos mueren de hambre. Además, hay mucha comida, quiero que se la acaben toda.
- ¡Sólo buscas engordarnos!
- La comida da felicidad – sonrió Molly Weasley. Ginny sabía que se tomaba ese pensamiento muy enserio, pues no veía otra razón por la cual su madre ofrecía comida a todo aquel que entrara a esa casa. – ¿Cómo estás, mi niña? – la miró. – Pensé que llegarías con David – Ginny entornó los ojos hacia ella, apartándose de los pastelillos. – Me dijo…
Molly Weasley era intuitiva, quizá no tanto como Hermione Granger, pero era una madre, y una madre debía saber cuándo seguir la corriente a su hija en cualquier caso. No la había desmentido ante su novio, pero seguramente se preguntaba qué cosa estuvo haciendo para no haber llegado con él, qué le había quitado el tiempo y además le había hecho mentirle.
- ¿Pasa algo? – preguntó, acercándose. Después de las palabras de Hermione, Molly se prometió ponerle más atención a su pequeña. ¿Si su nuera tenía razón? – Mi niña…
Ginevra estaba un poco ida, aún inquieta por Harry, y sintiéndose terriblemente culpable por David.
- Yo…
- ¿Qué pasa? – le tomó las manos. Los ojos de su hija se mostraban un poco opacos y algo rojos, como si minutos atrás hubiese llorado.
- Nada – negó. – Sólo que he tenido mucho trabajo.
- ¿El trabajo, de nuevo?
- Tengo una nueva historia – dijo. – Y es grande, es… interesante y requiere de mucha investigación. No quiero comentarle a nadie, mamá. Aún está muy cruda y requiere de cierta exploración.
- ¿Es algo que debes ocultarle a tu novio? Porque si es así…
- Estuve hoy investigando y el tiempo se me fue – continuó. – Al salir de El Profeta recibí una llamada. Hace un par de semanas mandé a hacer una túnica a David, a la medida, con la tela especial de Turquía que salió en la revista que lee Fleur cada semana, ¿recuerdas? Ya estaba lista y debía pasar a buscarla. Es una sorpresa, quizá se la de esta noche.
Molly la estudió y Ginny casi se quiso desvanecer. No solo le mentía a David, ahora a su madre.
- ¿Seguro está todo bien?
- Todo bien – sonrió. – ¡Vamos! Que este aroma me está volviendo loca.
Ronald entró a la cocina, seguido por Fleur y después Fred. Pronto todo fue un bullicio, risas entremezcladas y exclamaciones de Victoire y Rossie por el postre. En la mesa fue estruendoso el tintineo de los cubiertos y el choque de copas, como si estuviesen en plena celebración de año nuevo o navidad.
Ginny atesoraba aquellos instantes, siempre los más importantes de su vida, pero esa noche estaba muy lejos de sí. Se sentía perdida. Harry se mantuvo en su mente durante toda la velada, tan presente que podía casi verlo en cualquier esquina, mirándola, juzgándola… ¿pero en qué? ¿Con qué derecho? Él no podía calificarla, no eran amigos, no eran nada… sin embargo, se sentía terrible. Lo había dejado en mal momento. Seguía preocupada por él, porque estaba segurísima de que su salud estaba comprometida, y al mismo tiempo, creía odiarlo. ¡La había puesto en una horrible situación! ¿Cómo pudo atreverse a sujetarla, a besarla, a…?
Y tú bien que te dejaste, estúpida.
Recordar las sensaciones experimentadas durante el beso le ocasionaba vértigo. Pensar en la textura de sus labios, medio cubiertos por unos cardos que no llegó a rasurar, en la caricia de su nariz sobre la suya, el toque de sus manos… era como estar montada sobre un carrusel que giraba a toda velocidad, o en una montaña rusa que sólo contaba con giros de 360 grados cada tres segundos. ¿Qué le estaba pasando? Desear a un hombre era normal, ¿no se lo había dicho? Normal, común, típico… sólo debía tener cuidado. Podía desearlo, mas no podía sucumbir ante ese deseo, ni siquiera imaginarlo como un juego, una última aventurilla antes de enseriarse con el hombre de su vida.
Su relación no debía estar en tela de discusión. David era importante para ella, las bases que construía con él eran estables, prodigiosas y especiales.
Levantó la vista del plato y vio a Hermione, estudiándola como a uno de sus tantos libros. Le hizo una señal con la cabeza, alzando sus hombros. La castaña solo negó ligeramente, sonriendo a medias.
No reveló la fotografía cuando se dijo que lo haría de una puta vez, ni preguntó nada más a nadie. Quería censurar aquella obstinación, dejarla de lado, olvidarla si era posible. ¡Estaba cansada! Ya no daba para más drama barato. Harry saldría de su vida y punto. ¿No era eso lo que él quería desde el principio? Lo dejaría en paz. Iba a poder, dijese él lo que dijese.
O O O O
Si pensó que se deprimiría, estaba equivocado. Debería estarlo, debería verse ahogado en su miseria y darse por vencido. Pero lo cierto era, que se sentía tranquilo y esperanzado.
Ginevra estaba colada por él. Lo estaba, aún cuando dijese amar a su novio, estaba pensando en él, seguramente día y noche. Y después de aquel momento hasta lo soñaría. ¡Eso haría! Posiblemente, no fuesen solo sueños, sino recuerdos. Su pasado juntos, los momentos inigualables, perfectos.
¿Quién era David? No importaba, porque su Ginny pensaba en él. Podía ese hombre besarla, tocarla y hacerle el amor, pero Ginevra pensaba en él, lo aseveraba. Podría firmarlo con sangre si se lo pidiesen. ¡Pensaba en él! David no era nadie.
- Nadie – se dijo, sintiendo el estómago arder ante la visión de su Ginny con otro hombre. Le quemaba aquella afirmación, aquella imagen del amor de su vida entregándose plenamente a otro… – ¡Pero piensa en mí! – golpeó la mesa con un puño. – Piensa en mí – sonrió, aún con la espina lacerante de los celos clavada en su vientre. – Piensa en mí – y ansiaba recuperarla. Egoísmo puro, lo sabía. ¡Pero eso anhelaba! Recuperarla, con o sin su pasado, quería tenerla en su vida.
Suspiró. La vida de ambos se había alterado aquella tarde, de un modo tan inestable que la única forma de seguir, era volverse a ver. Ginevra no estaría tranquila, jamás, si no lograba plasmar un punto final a la situación. Estuviese dispuesta o no a caer ante la tentación, iba a volver.
Se levantó y fue hacia la cocina, necesitaba agua. Notó que no había vuelto a vomitar y agradeció el gesto, como si su organismo le hubiese permitido mantener el sabor de Ginny, su calor. La calidez de su cuerpo era absorbente, siempre cautivadora.
- Va a volver – se repitió, caminando hacia la habitación. Del baúl alcanzó un par de frasquitos y sacó el pensadero.
Pronto, se dijo, el presente le daría más recuerdos para disfrutar en el futuro, ya sin la necesidad de un receptáculo mágico.
Al día siguiente, Scraut llegó poco antes de su hora habitual. No tocaba cita con Dalton, no obstante, se había aparecido por el departamento, atento a sus necesidades.
Harry se preguntó qué tanto le hacía él pensar en su hijo, y qué clase de tragedia se lo había arrebatado, junto con su esposa.
- ¡Una delicia! – le dijo el viejo, sacando de una bolsa de papel un par de buñuelos. – Son de yuca rellenos con queso, una delicia. ¿Recuerdas los buñuelos de Amelié? Estos son igual de deliciosos. ¡Vaya! El pastel de ciruelas que hacía esa chica, ¿los llegaste a comer? Esa jovencita tiene un don en sus manos para la cocina, que cualquier abuela envidiaría – se sacudió las manos después de servir. – Busca unos vasos, traje jugo de Naranja recién exprimido. – Harry fue por los vasos.
Comían sin hablar. Scraut tenía razón, los buñuelos eran excelentes.
- Señor Scraut – llamó, tragando el último bocado. – Su hijo… – no debía sentirse mal, o fuera de sitio, por preguntarle algo sobre su pasado. ¡Él lo sabía prácticamente todo sobre su persona! y por chismoso, por metiche y descarado.
El viejo alzó los ojos, tomando una servilleta para limpiarse la boca. Mostró sus dientes mientras movía la mandíbula, tragando cada migada del manjar. Harry apenas notó el fulgor del diente de oro al tenerlo a la vista.
- Y su esposa… – continuó. No quería ser cruel, no buscaba causarle daño y hacerle rememorar sus fantasmas, pero sentía curiosidad, un merodeo casi comedido. Y además, creía tener derecho a saber más después de él meterle la uña en su vida, casi hasta el fondo, y rascar sobre algo que no le competía en lo absoluto.
- Hijo…
- Lo lamento, pero siento curiosidad. No es por hacerle sentir mal, sólo…
- Está bien – alzó una mano. – Creo que te lo debo, aunque no pienso que te interese en lo más mínimo.
El moreno se alzó de hombros. Scraut no era santo de su devoción, pero desde aquella aventura y con el pasar de los días, dejó de serle del todo indiferente. Le caía bien, qué más. Y podía decir lo mismo sobre Dalton.
- Dígame lo que guste.
- No es una historia larga, ni feliz, ni interesante. Se han visto tantas tragedias en el mundo que ya ninguna sorprende. No importan después de un tiempo.
- No lo creo, es… – se interrumpió. – Lo siento. Continúe, no interrumpiré.
- ¿Qué ibas a decir? anda, me interesa.
- Las tragedias no tienen medida – explicó, tomando el vaso de jugo, ya vacío, y haciéndolo girar entre sus manos. – Siempre se piensa que se ha visto todo cuando algo terrible atenaza al mundo. Sale en los periódicos, en la televisión, en todos lados… luego pasa el tiempo. La gente parece olvidarlo y seguir con sus vidas. Y después ocurre otra cosa. Recuerdas la tragedia pasada y dices que ésta resulta peor, mucho peor, y no es eso. No es peor, ni más ni menos importante, es algo terrible que ocurrió, que afecto la vida de una o varias personas, y que sorprende igual – enfocó los ojos en el viejo. – No piense que lo que le ocurrió no es importante, porque le marcó la vida para siempre.
Scraut le sonrió, una curva débil y desganada.
- Me gusta como hablas. Por eso quisiera leer algunas de tus obras.
- Ninguna vale la pena. Y sólo digo la verdad, no crea. He leído muchos libros, algo me ha quedado acá – se tocó la cabeza con un dedo índice. – Aunque no pareciera a veces.
- Hasta el más sabio pierde el norte de vez en cuando.
- Usted lo sabe – dejó el vaso a un lado. – Y bien…
- De acuerdo – exhaló. Apartó la bolsa en la que había traído los buñuelos y se sirvió más zumo, llenando el vaso casi hasta el tope. – Mirna y yo…
Harry no quería escuchar toda la historia, Dios. Sólo le picaba la noticia de cómo fallecieron. ¿Perversión humana? Su lado insensible, el morbo que todo ser posee dentro de sí.
Sin embargo, no dijo nada. Le dejó hablar. Le contó cómo se conocieron él y su mujer, algunas anécdotas divertidas de sus años como novios, el día en que se casaron y cuando recibieron a su primer y único hijo. Era una narración encantadora, simple, sobre dos personas comunes que se querían. En un punto, Harry sintió envidia. ¿No quería él hacer lo mismo con Ginny? ¿Cuántas veces soñó con una vida juntos, después de que supo que Voldemort no iba a joderle más tiempo?
- John era muy talentoso para los encantamientos. ¡Ya sabes! De tal palo, tal astilla – se carcajeó, seguramente recordando algún episodio en particular. – Tenía un gran futuro por delante – calló, con la mirada bruscamente ensombrecida. Se había tomado el jugo hasta la mitad; mirando el vaso, lo llevó hasta sus labios, devolviéndolo a la mesa sin beber nada. – Mataría por un whiskey.
- Tengo vino – dijo Harry.
- ¿Cómo? ¡No debes tomar alcohol!
- Lo compré antes del tratamiento. No se altere – fue por la botella y la llevó a la mesa. Estaba un poco más debajo de la mitad.
- ¿Seguro no has bebido nada durante la intervención?
- Dije que no – le sirvió una copa. – Bébaselo todo, si quiere – dejó la botella cerca de las manos del anciano.
Scraut se hizo con el trago y bebió sin detenerse.
- ¡Mierda! ¡Es vino barato!
- No tenía para más.
- Bien – volvió a llenar la copa. – Ahora – se sonó la garganta. – Cuando recibimos la noticia de que John había sido admitido en una de las mejores universidades del mundo mágico, con un excelente programa internacional, Mirna estalló de felicidad. ¡A celebrar! Porque el futuro de nuestro pequeño será magnífico. Presumimos ante todos nuestros familiares, John no cabía de satisfacción. Estábamos muy orgullosos. – Calló un segundo y se pasó la lengua por los labios. – ¿Llegaste a enterarte de la insurrección de algunos mortífagos cuando salió a la luz tu desaparición en la prensa? Fue una estupidez por parte de ellos. No sé qué celebraban, si Voldemort ya estaba acabado. Dementes. Quizá pensaron en alzarse con un nuevo líder oscuro, no sé. La cosa fue que hubo un revuelo por algunas partes. No llegó a propagarse tanto, incluso creo que no llegó a afectar al centro de Londres, pero en algunos países vecinos el motín fue ruidoso, una vórtice terrorífica. Duró solo una noche y quizá parte del día siguiente. Los Aurores atacaron sin espera y reprendieron a todos los que aún decían seguir al señor oscuro.
Harry se sorprendió ante aquella noticia. Obviamente, no sabía nada del dato; se había desconectado de todo y de todos.
- Suiza fue una de las ciudades más afectadas. Barrios enteros terminaron en llamas, hubo explosiones, maleficios… los Aurores se ensañaron y acabaron con todos. Pero antes de eso, los mortifagos se habían hecho con varios rehenes – agarró la copa con una mano mientras que la otra daba apoyo a su cabeza. El codo clavado en la mesa se deslizó, Harry pensó que estaba pronto a derrumbarse.
- Señor Scraut…
- Debí estar en casa. Ese día había ido a Alemania, ya ni recuerdo por qué. Algo sobre el trabajo, pero nada importante. Los malditos se metieron y acorralaron a Mirna. John dio pelea – lo observó, tenía los ojos brillantes, una película de lágrimas los cubría. Un parpadeo, y las mismas empezaron a caer. – Lo hizo. Era valiente, dio todo por proteger a su madre. Fue rápido y listo, pero no más que los desgraciados hijos de puta – inspiró hondamente. – Superaban en número, además. No tenían posibilidad, ninguno de los dos – cerró la boca, mirando algún punto entre la copa de vino y él. – Tendría tu edad se aún viviese. También era terco, testarudo y un poco respondón.
El moreno se incomodó. Tosió, dándose tiempo a pensar en algo para decir.
- Lo siento, señor Scraut – soltó al final. ¿Qué otra cosa decir? allí estaba un viejo melancólico, dolido y solitario. Casi se sintió identificado.
El viejo se enjuagó los ojos y se enderezó en la silla, obligándose a recobrar la compostura. Repetir aquella historia pudo servir tanto para bien como para mal. Estaba llorando, pero quizá el desahogo le sirviese de vez en cuando.
- Cosas que pasaron y ya. Nada podemos hacer salvo arrepentirnos por no haber estado cuando se debió.
Harry no quiso decirle nada.
- ¡Y bien! ¿Cómo te has sentido? – saltó a otro tema, sacudiéndose sobre la silla. – Mañana Dalton espera muy buenos resultados. ¡Recemos porque así sea!
O O O O
Otra semana, y después otra más. Julio corría con prisa y Ginevra batallaba ferozmente contra sus deseos, contra su preocupación, contra su misma imaginación a veces descarada y perra… y es que Harry no cesaba de fastidiarla, de aparecerse ante ella y sacarla de quicio. ¿Cómo podía proyectarlo a él, si tanto esfuerzo ponía en hacer que desapareciera de su conciencia? Quizá era eso, ponía demasiado empeño en olvidarlo. Debía aflojar, enfocarse en sus quehaceres.
¿Había ya notado que su trabajo estaba saliendo a medias? Su jefe le había hecho varias observaciones, todas vergonzosas. Se le estaban escapando detalles estúpidos y por ello podían suspenderla de la sección de editores y darle un cargo más insignificante. ¡Y no era eso lo que buscaba! Todo lo contrario, ambicionaba un asenso, subir un escalón más para llegar a la cúspide del éxito. Siempre fue una de sus metas desde que puso pie en el profeta.
- Y como vas, pasarás a ser dama de limpieza – apoyó sus manos en el escritorio y reposó su barbilla en ellas. Los dedos se le adormecieron a los diez minutos, mas no cambió de posición.
Su trabajo estaba jodido, por los momentos desestructurado, y su relación con David… parecía contracturada. Trataba de darlo todo como siempre. Pero pasaba que, cuando David la tocaba, notaba los ojos de Harry a través de su mirada. El azul de las iris de su novio se pintaba de aquel verde esmeralda casi instantáneamente. Ella dejaba caer sus parpados, agitaba la cabeza, y se entregaba a él sin volverlo a ver. Hacían el amor lenta pero ruidosamente y Ginevra, asustada ante la idea de cometer un desliz traicionero, se mordía la lengua, apretando los ojos más de la cuenta.
No podía estarle pasando aquello.
Resopló en alto, enderezando la espalda. Recordó a Hermione, a Ron y hasta a su misma madre mirándola con inquisición después de la cena y aún días después, cuando se reunieron para desayunar. Era como si supiesen algo sobre la batalla que estaba librando en su desolada cabeza. ¿Tendrían idea? ¿Podrían imaginarse que había contactado a Harry, y que ahora fantaseaba con él?
Bostezó, ni dormir bien había podido. Harry parecía ser peor que el mismo Freddy Krueger, cuando de aparecer en sueños se trataba. Cogió el celular y mandó un mensaje al rubio, quería irse a casa. Recogió sus pertenencias y salió al pasillo a las apuradas. Varias personas se apilaban en las fotocopiadoras. Chocó con Beth, editora en jefe del segundo piso. Tenía el pelo hecho jirones y dos bolígrafos sobre una de sus orejas.
- ¡Lo siento, Ginny! – miró su bolso. – ¿Ya te vas?
- Acabé temprano.
- ¡Qué suerte! – para Ginny no era tan buena noticia. Acabar temprano en El Profeta solo señalaba que no tenías tan buenos trabajos, y que casi todo lo que hacías requería de poco esfuerzo. Ginevra pensó que se sentiría más útil escribiendo recetas de cocina, que corrigiendo escritos escuálidos sobre cualquier majadería.
Al menos la comida era importante, a todo el mundo le gustaba.
- Sí, bueno…
- Me apresuraré a dejar esto para irme también – señaló una carpeta en su mano derecha. – ¡Tengo planes para esta noche! – se hizo a un lado y siguió con paso veloz hacia las fotocopiadoras.
Beth era muy meticulosa con su trabajo y cuando sus artículos retrataban algo grande, le gustaba ser ella quien manipulara cada cuartilla. Los empleados que se aglomeraban en las fotocopiadoras (todos secretarios o pasantes del diario) se apartaron al verla pasar. Ginny la envidió, quería estar así de dedicada por su carrera. Chascó la lengua y siguió con su camino.
Su departamento siempre le transmitió calma, lo había escogido con David llena de ilusión y lo habían decorado con tanto empeño y amor, que era imposible no verlo como el refugio ideal para cuando se sentía desganada. No obstante, aquellos días no conseguía paz ni aun estando en la bañera, con el agua tibia hasta el cuello y sales aromáticas disolviéndose deliciosamente. Se sentía un nudo, enmarañado y andrajoso. Y lo peor de todo era, que David no sabía pero presentía sus problemas; "Estás diferente. ¿Algo sucede?" y ella regresaba a mentirle, a jurarle que todo era estrés producto del trabajo y nada más.
El hombre clavaba sus ojos en ella, intentado creerle. ¿Estaba sintiéndose inseguro? ¿Habría notado lo raro que se volvió todo, hasta en el sexo?
Podía ser, pero que no dudara de que lo amaba. Porque aún con todo el culebrón que Harry le ocasionó, estaba enamorada de David.
Se levantó de la bañera y buscó una toalla. La rutina después del baño le ayudaba en parte a suavizar las tensiones, un tiempo para ella siempre era primordial. Buscó su crema y en ropa interior se dispuso a hidratarse; el aroma a coco con un toque de limón la hizo sentirse en un paraíso tropical.
David llegó minutos después, agitando las llaves antes de dejarlas en el mesón. Estaba pensativo, afectado de igual forma por la extraña actitud de su novia. No quería crearse un drama y arruinar lo mejor que le había pasado en la vida, por incoherentes suposiciones. Pero Ginevra parecía, de un momento a otro, ausente ante todo, incluso entre ellos. Su chica no estaba tan en sí misma y él lo sabía.
¿Era el trabajo, como decía siempre? ¿O algo más la estaba molestando? Odió el hecho de que no confiara en él para contarle aquello que le hacía despertarse en las noches, medio agitada y con una binza de sudor cubriendo su frente. ¡Eran pareja! ¿Cómo no decirle por lo que estaba pasando?
Caminó hacia la habitación y la miró, estaba de pie cerca del espejo, hidratando sus blancas piernas. Se apoyó en el marco y detalló su figura, menuda, curvilínea… Por Dios que la amaba, estaba loco por ella, dejadito.
¿Estarían sus temores recientes atañidos con la relación que llevaban? ¿Estaría ella dudando? David no quería ni pensarlo. Temía tener razón, le aterrorizaba pensar que podía perderla. ¡No podía pasar! Estaba condenada e indiscutiblemente enamorado. Así actuó Ginevra, directo en su corazón. Él, tan nómada, tan errante en el mundo, jamás había pensado en establecerse con una mujer, en sentar cabeza y formar una familia, hasta que ella llegó. Dios bendito, se perdía por ella. ¿Él hablando sobre hijos? ¡Por supuesto! si era con ella… casa, hijos, patio, vacaciones familiares... Si años antes pensar en matrimonio le parecía algo desquiciado, ahora no pensarlo le parecía una verdadera locura. ¿Era muy pronto? Tanto si sí como si no, estaba dispuesto a dar el paso. Con Ginny lo quería todo.
Eso era lo que había sucedido en el pasado, no tenía a Ginny. Ninguna de las mujeres con las que compartió íntimamente, eran como ella. El fracaso en sus relaciones estaba justificado, ninguna era Ginevra.
La estudió atentamente, sus ojos la acariciaban como a una hermosa pintura. Se acercó de apoco, un tanto divertido al saberla ignorante de su presencia. La rodeó con un brazo cuando ella se incorporó, y rió sobre su oreja cuando la sintió dar un respingo, sorprendida ante su llegada.
- Hola – le susurró al oído. No sabía si se escuchaba seductor, o ido por su belleza. Ella lo idiotizaba y sentir la piel tersa bajo sus dedos, terminaba de arrancarlo de la tierra.
- Hola – respondió Ginny, apoyando la cabeza en su hombro. David inhaló el aroma de su champú, aún tenía el pelo húmedo. – Llegas temprano.
- Quería estar con mi chica – besó su cuello. – ¿Y tú? También saliste temprano.
- Quería estar con mi chico – suspiró, haciendo eco de sus palabras.
- Tuyo – una mano acarició su hombro, deslizándose con parsimonia por su brazo, antes de pasar con toda confianza a sus pechos. Sintió los dedos de su novia presionar su nuca, y le atrapó el frenesí, la armonía que lo envolvía al tenerla tan cerca, presionándose contra su cuerpo, buscando su calor.
Aquellos momentos vaporizaban sus dudas, las desvanecían. El abismo que creyó percibir entre ambos, con tantas actitudes extrañas por parte de ella, se redujo hasta desaparecer. Estaban juntos, la tenía ahí con él, su piel provocativa, sus jadeos incontrolables… se perdía en cada una de sus respuestas, dadas ante sus caricias poco castas. Adoraba percibirla radicalmente entregada, siendo vencida por todo el placer que él le proporcionaba.
- Hermosa – el brazo que rodeaba su cintura la apretó, dejándola apreciar su excitación.
- Lindo – giró la cara y dejó que David capturara sus labios. Su lengua siempre inquieta, se movía con maestría dentro de su boca.
La cama estaba a un paso de ellos, mas David la mantuvo firme contra sí, acariciando sus senos, su panza chata, su vientre bajo. Nada se comparaba al goce que le explotaba dentro cuando le sentía estremecer, vibrar sin contención.
La mano que tocaba sin prisas se introdujo finamente en sus bragas, sus dedos palparon con el furor a raya. Ansiaba escucharla rogar…
Ginevra se arqueó, moviendo sus caderas. Él le besó el cuello con delicadeza, como si la desesperación no lo estuviese consumiendo también.
- Hermosa… – sus dedos abarcaron otro poco de aquella piel, caliente y húmeda.
- Harry…
Ella abrió los ojos, sintiéndose repentinamente desatendida. La mano de David abandonó la calidez de su intimidad, lentamente. Sus movimientos fueron torpes al alejarse. ¿Qué había hecho?
- David… – giró con rapidez. Se sintió devastada. La mirada de David, oscura y confundida, le atravesó como una guillotina helada. Nada podía ser peor que aquellos ojos, remarcándose de dolor. – Mi vida, yo… – él no dijo palabra alguna. Volteó hacia la puerta y salió presuroso. Ginny lo siguió, desesperada. – ¡David! Espera, por favor. Vamos a… – lo agarró en medio de la sala, ya con sus llaves en la mano. – Escúchame, por favor – le tomó un brazo, David se apartó de golpe, haciéndola tambalear. – ¡Escúchame! Yo… yo… – ¿qué decirle? ¿Qué de un momento a otro, pensaba en otro hombre mientras le hacía el amor? – Perdóname, mi vida, yo… ¡espera! No te vayas, David, por favor, yo… – la franqueó con una mirada punzante, como nunca antes había visto… hubiese preferido la rabia, la furia, los gritos y hasta insultos desfachatados… no aquella reacción. El silencio le pareció destructivo, sepulcral. Lo había herido profundamente. – David… no te vayas.
La dejó allí, entre los muebles, llorando con amargura e irritación.
El meollo de todo el asunto está pronto a destaparse. Sé que tanto Hermione como Ron, o el resto de los Weasley, deberían tomar más cartas en el asunto (hablando de la memoria de Ginevra), pero sucede que aún ellos no están del todo seguros de qué es lo que pasa en la cabeza de Ginny con relación a Harry. Se manejan con supuestos y nada más. Debe ocurrir algo que les haga pensar que es seguro para la pelirroja, ya soltar la lengua.
Ginny ya se está "exponiendo". Se está desestabilizando y en algún punto necesitará exhibirlo todo para poder entender y saber qué hacer.
No digo más para que lean. Espero la historia no los esté aburriendo. Sucede que necesitaba desequilibrar esa relación perfecta de Ginny con David, para que ésta buscara las respuestas más prontamente.
¡Gracias por estar!
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