Un encuentro casual
Ino Yamanaka siempre había estado convencida de que Kiba Inuzuka sólo se había casado con ella porque estaba embarazada. Y eso quedó confirmado cuando Kiba se marchó del pueblo para perseguir el sueño de convertirse en piloto de carreras en cuanto ella perdió el niño. Ino había seguido adelante con su vida desde entonces. Se mudó a la gran ciudad y se convirtió en organizadora de bodas, ayudando a las novias a tener el gran día que ella no pudo tener. Imagina su sorpresa cuando al mirar hacia el pasillo de la iglesia durante una ceremonia se encuentra con los ojos de su marido. ¡Un hombre del que no había vuelto a saber nada en siete años!

CAPÍTULO 12

Kiba no sabía qué contestar. Debía decir la verdad, por supuesto. Pero, ¿cuál era la verdad? ¿Que estaba cansado de estar solo? ¿Que estaba cansado de ser un paria?¿Que quería tener a alguien a su lado, alguien con quien compartir lo bueno y lo malo? ¿O debía decirle que la muerte de Shino lo había cambiado todo? Ya no daba nada por sentado. Sabía que la vida era algo frágil, algo que podía perderse en un segundo.

Shino Aburame era de su edad y había muerto en el circuito unas semanas antes. Los pilotos de carreras no se mataban a menudo, pero a veces pasaba. Había muerto un buen hombre. Su familia estaba de luto. Sus amigos estaban de luto... repasando sus propias vidas.

¿Querría Ino oír eso?

-Olvídalo -dijo ella entonces, entrando en la cocina.

Kiba miró los retratos familiares que colgaban en la pared. Su madre y su padre, hace años, como él los recordaba. Estaban en el jardín de su casa, sentados frente a la vieja mesa de plástico que solían sacar para cenar o comer durante el verano. Parecían felices.

Kiba miró la siguiente fotografía, la mejor amiga de Ino, Naomi. ¿Qué había sido de ella? La siguiente era de Naomi e Ino, en el río. Ino estaba muy delgada y parecía tan joven...

Eso no había cambiado. Y su ropa... Un traje de chaqueta para trabajar, unos pantalones cortos y una camiseta que apenas le tapaba el ombligo en casa. Qué contraste.

Kiba tuvo que apretar los puños para contener el abrumador deseo de pasar los dedos por ese retazo de piel tan tentador. Para ver si era tan suave como antes. Quería tocarla por todas partes, sentir su calor, oír los suaves murmullos que hacía cuando estaba excitada. Saborearla y olvidar el pasado, el presente y el futuro entre sus brazos.

¿Decirle para qué había vuelto lo ayudaría o sería una perdida de tiempo? ¿Qué quería, seguir con ella para siempre o dar por concluido lo que habían empezado siete años antes?

Pensó que tendría tiempo para decidirlo. Pero se había encontrado con ella en Tokio. No tenía tiempo para preparar una respuesta.

Y ella no parecía dispuesta a ceder. Tenía que tomar una decisión y arriesgarse, como había hecho siempre.

¿Podría convencerla de que debía confiar en él? ¿Podría creer Ino que si le daba otra oportunidad no volvería a decepcionarla?

No parecía que ella fuese a darle otra oportunidad… al menos por el momento.
Decidido, entró en la cocina. Las jornadas más largas empezaban con un simple paso. Quizá en el camino encontraría las respuestas. Y, con un poco de suerte, las palabras que convencerían a Ino.

-¿Te gusta la pasta? -preguntó ella.

-Me gusta la carne.

-Pondré un poco de pollo en la ensalada. Si quieres ayudar, saca lechuga, tomates y zanahorias de la nevera.

Kiba había cocinado bastante durante esos años. Aunque no tenía casa propia solía alojarse en hoteles con cocina porque le gustaba más la comida casera que la de los restaurantes.

Juntos formaban un buen equipo. Él preparó una ensalada mientras ella hacía el segunda plato. De vez en cuando se chocaban. Kiba la miraba mientras trabajaba, intentando averiguar si el contacto era a propósito. Sospechaba que no.

Siete años antes, él se había marchado. Ahora se daba cuenta de todo lo que había dejado atrás. ¿Podría probarle a Ino que era un hombre con el que debía arriesgarse de nuevo?