Aliados Inesperados
La incredulidad hizo que la muchedumbre presente en el torneo comenzara a hablar, comentar o contradecir el mensaje que escucharon de su compatriota, no sin cierta sorpresa. Se escuchaba el murmullo de voces sorprendidas, escépticas o alertas. Permanecían en sus lugares, como si la noticia los hubiera clavado en sus sitios. Pero eso duró sólo dos segundos antes de que una flecha, proveniente de ningún lado, diera en el pecho a uno de los lobos que se encontraba en el extremo izquierdo de la plaza, sobre una baldosa. Se desencadenó el pánico. Los presentes comenzaron a esparcirse como los pequeños peces que nadan en conjunto, y que se disgregan cuando algo los asusta. Gritos, gruñidos y exclamaciones de inquietud o alarma zumbaron por los oídos de Hipo.
-¡Maldición! -oyó exclamar a Sven a su lado justo cuando la flecha sacudió al muchacho. A pesar del alboroto, se hizo escuchar dirigiéndose a algunos de sus hombres que ya estaban a su lado -¡Aren, que revisen el puerto. ¡Intercepten sus barcos! ¡Egil, toma a los arqueros y condúcelos a su posición. ¡Necesito ojos arriba! ¡Jensen, reúne a los hombres afuera del cuartel con sus armas preparadas y ataquen a cualquier intruso. ¡Yo iré con ustedes!
Hipo estaba a punto de dirigirse con su propia gente. No iba a esperar a que Sven diera la orden de arrestarlos de nuevo. Aunque dudara que lo hiciera, el trato del desafío los liberaba de su prisión aún cuando no estuviera éste concluido, y podía notar en Sven su determinación en el cumplimiento de las leyes. Pero no tuvo tiempo de emprender marcha para buscar a sus amigos entre la muchedumbre porque las llamas de una gran hoguera se alzaban como brazas salvajes detrás de la plazoleta donde se estaba realizando el combate.
-¡Fuego! -gritó uno de los soldados que ya blandía armas en sus manos. Se dirigió corriendo a Sven -¡Prendieron fuego cerca del fuerte, señor! ¡Si no lo detenemos, los árboles quemarán las viviendas!
-¡Lars, ocúpate de eso! ¡Junta a todos los hombres que puedas para que lleven el agua del río hasta las llamas!
Hipo vislumbró a sus amigos en el extremo derecho desde donde él estaba, así que sin pensarlo acudió presurosamente hacia ellos, quienes, parecían alertas con cuchillos en mano. Eret, Brutilda, Patapez, Daven, Bjorn y Gerd dieron muestras de alegría al verlo.
-¡Pensé que morirías Hipo! -le dijo Patapez. Hipo casi olvidaba por completo que hasta hace unos minutos pudo haber sido así.
-¿Bromeas? -arguyó Brutilda -Hipo lo tenía del pescuezo. Si no fuera por estos miserables osos que interrumpieron, el rubio cara de rudo, iba a ser comida de gusanos.
-Brutilda -dijo Daven -¿Pero qué no fuste tú la que apostó contra el jefe cuando Hipo estaba acorralado en el suelo?
Brutilda le lanzó una mirada ácida.
-Es nuestro momento de escapar jefe. -le dijo Eret. -Si los sorteamos, podemos dirigirnos al puerto a buscar nuestro barco.
Hipo ya había pensado en eso. Pero…
-Tenemos que ayudarlos -les dijo -No me iré de aquí si sé que alguien podría necesitarnos.
En realidad, nadie daba muestras de querer irse. Hipo pudo notar la emoción de la aventura en el iris de los ojos de su tripulación.
El ruido acontecía a su alrededor. Su grupo, por el momento era invisible, pasando inadvertidos por los lobos que se habían puesto en acción para defenderse. Eret le sonrió. Tenía un puñal en su mano izquierda, su mano derecha sacó otro de su espalda. Hipo observó a su alrededor.
-Patapez y Daven. Necesitan hombres que recopilen agua para apagar el fuego -Ambos asintieron a Hipo -Bjorn y Gerd. Busquen arco y flecha y únanse a los demás arqueros. Eret, Brutilda. Defenderán aquí bajo tierra conmigo.
-¡Esto está que arde! -masculló Brutilda -¡Vamos a patear traseros!
Su pequeño grupo se dispersó. Hipo no tardó en dar con una pequeña barrera de soldados que impedían el asalto de varios hombres vestidos de negro, de pies a cabeza. Llevaban la mitad de su rostro cubierto con un lienzo de igual color. Pero eso hacía que la tarea de distinguirlos fuera imposible. La oscuridad de la noche todavía los rodeaba, si no fuera por las antorchas de luz que se encontraban esparcidas en diferentes puntos de la aldea. Pero no eran suficientes, los atacantes se refugiaban en el borde del bosque protegidos por los árboles, por lo que salían sin previo aviso camuflados en la negra noche. La única forma de poder distinguirlos en la oscuridad era por sus ojos, pero era una ventaja mínima dado que entre más distinguiera uno a alguno de ellos y se lanzara a golpe abierto para derribarlo, otros cinco salían como sombras de humo negro. Inesperadamente, Hipo dio con un pequeño grupo de hombres comandados por Sven que se defendía ágilmente de sus agresores. A Hipo no tardaron en atacarlo, pero recordando los entrenamientos con Astrid, fue capaz de defenderse con destreza.
No supo cuánto tiempo pasó, pero comenzaba a pensar que no se librarían de ellos nunca. Cuando derribaba a sus oponentes, llegaban por su espalda o sus costados y cuando los derribaba a éstos, llegaban otros por su frente. En una de las embestidas de su atacante, perdió su espada. Voló lejos de él y cayó de manera estrepitosa al suelo. Sin perder tiempo, se dirigió corriendo a ella para recuperarla, pero un hombre de negro salió disparado de la nada y lo desvió de su trayectoria. Extrajo la daga de su padre. La hundió firmemente en el brazo de su adversario que retrocedió. Hipo extrajo su daga antes de correr por su espada.
Ya iba a ocuparse de unos hombres a unos pasos de él cuando le llamó la atención el contraste de una figura negra contra una figura rubia que se encontraba en desventaja. Sven estaba tirado al suelo. Un oso sanguinario se alzaba impetuoso sobre él con una espada. La alzó para clavarla en el pecho de su contrincante y Sven no podía hacer nada para evitarlo. Hipo blandió su espada de fuego que ardía bajo las brazas. La lanzó directamente con fuerza antes de tomar su daga y dirigirla también. El oso cayó junto con su espada. Sven se recuperó de la conmoción y miró en busca de quien había interceptado el golpe. Miró a Hipo, sus ojos avellana de gato se dilataron. Hipo se sorprendió de que Sven tomara su hacha del suelo a la vez que se levantaba y apuntaba directamente hacia él. Sven lanzó su hacha en su dirección, pero Hipo no sintió ningún golpe, lo escuchó. Se giró a sus espaldas. Uno de los osos sanguinarios se encontraba en suelo con el hacha de Sven encajada en su pecho. Sven se dirigió a él; cuando lo tuvo cerca, éste le entregó su espada de fuego y su daga. Sin decirse una sola palabra, los dos comenzaron a defenderse de los demás adversarios que comenzaban a rodearlos de nuevo.
A Hipo entonces se le ocurrió una idea. Sopesó si el tiempo estaba de su lado; cuando vió una oportunidad al verse libre de atacantes, corrió hacia el edificio donde estaba el salón de entrenamiento. Para su alivio, las puertas cedieron cuando las abrió y recordando el camino que había tomado hace unas horas, tomó la puerta de la derecha. Buscaba la bolsa que había ignorado con anterioridad por la naturaleza del combate que le impedía utilizarla, pero este combate las requería. La vió sobre una mesa donde la había dejado. Sus esferas explosivas. Por el peso de la bolsa se preguntó si serían suficientes, pero era mejor que nada. Tomó además un arco y flecha y buscó desesperadamente un uniforme o cualquier prenda que contuviera tela. Finalmente, para su suerte, localizó alguno y haciendo tirones de tela lo más rápido que pudo emprendió su camino de vuelta. Al encontrarse fuera buscó con la vista un punto alto desde donde pudiera lanzarlas. Enfocó una flecha que era lanzada desde lo alto y siguió con los ojos de donde venía. Las flechas volaban desde varias ventanas de las construcciones más altas. Así que se dirigió al edificio más cercano pero que también le convenía por su posición. Localizó un punto desocupado y con los jirones de tela hizo nudos en las puntas de las flechas con una esfera cada una. Tomó el arco y enfocó su disparo. Tenía que reconocer que Astrid, era mucho mejor arquera que él, bueno en realidad Astrid era mucho mejor que él en la mayoría de las cosas, pero al menos Hipo sabía apuntar y disparar. Una pequeña explosión se produjo en el punto donde Hipo había lanzado. Escuchó exclamaciones de sorpresa y algunas maldiciones. Pero había funcionado. Enfocó más puntos donde los lobos estuvieran siendo superados en número por los osos y lanzó varios disparos en esas direcciones. Al principio, los lobos despiadados se estremecieron al pensar que dichos ataques provenían del enemigo, pero cuando vieron el resultado de las explosiones, que les permitía tomar a los osos desprevenidos ,ya sea por el humo, por el fuego, o por el impacto, para poder atacarlos, comprendieron que la ayuda estaba a favor suyo. El número de enemigos comenzó a disminuir. Hipo localizó desde su posición (con mucha dificultad) un punto en el borde del bosque desde donde salían algunas figuras negras. Disparó varias flechas seguidas por lo que los atacantes no tenían tiempo de recuperarse para avanzar otra vez cuando otra explosión los interceptaba. Finalmente, Hipo observó que retrocedieron.
Los ruidos de la batalla comenzaron a reducirse poco a poco. Los osos sanguinarios desaparecieron de la vista hundiéndose en la espesura del bosque, como fantasmas vengadores que regresan a su guarida. Hipo bajó del edificio para reunirse con los vencedores, si es que podía llamarse así.
Uno de los lobos, que recordó por el nombre de Aren, cuando Sven le dio ciertas instrucciones, y que reconoció por su voz, que la recordaba más por el eco que hacía al haber sido escuchada a través de una pared, cuando estaban encerrados en el cuartel, comenzó a hablar.
-Ni un atisbo de los barcos en los que llegaron -le dijo Aren a Sven -Parece como si volaran, porque tampoco encontramos rastros de sus barcos en el horizonte.
-Logramos dominar el fuego, señor – le dijo Lars -Pero varias de las viviendas se vinieron abajo. Aunque recibimos ayuda extra. -Lars apuntó con la cabeza hacia Patapez y Daven, los dos berkianos permanecían quietos en la retaguardia, pero Hipo, al verlos, se les unió.
Antes de que comenzaran a recapitular las demás pérdidas, los ojos de los presentes se dirigieron hacia un par de figuras que se dirigían caminando hacia ellos. Hipo reconoció a Brutilda y a Eret. El segundo llevaba cargando a alguien en su hombro. Tenía pies y manos atadas y parecía inconsciente. Al llegar a donde estaban todos reunidos, Eret lo depositó en el suelo. Vestía todo de negro.
Se guardó un silencio sepulcral al ver la escena, los ojos atentos en los extranjeros cuando se congregaron en un grupo. No tardaron en integrarse Bjorn y Gerd. Pero no se hicieron comentarios al respecto.
Jensen se acercó con varios hombres que tenían muestras en sangre en su ropa, alguna de ella quemada por los bordes, pero ellos intactos.
-¡Por los Dioses! -se acercó diciendo Jensen -SI no hubiera sido por ésas condenadas explosiones, en este momento sería carne podrida en el suelo. Ésos miserables retrocedieron como cobardes en el borde del bosque. Ja. Te lo tenías bien guardado Egil. ¿Por qué no lo mencionaste antes? Los hubiera congregado a todos esos infelices en un mismo punto para que los quemaras como pollos.
-Yo no lo hice -dijo tranquilamente Egil. Se encontraba de brazos cruzados cerca de Sven.
-¿Qué dices? -le preguntó Jensen, más emocionado por la victoria que por conocer la respuesta. -¿Qué no fuiste tú? ¿Entonces quién?
Egil lanzó una mirada al grupo de Hipo y con un gesto serio lo señaló. Varios pares de ojos se posaron valorativamente en él y luego en el arco que sostenía.
-¡Si que eres una sorpresa muchacho! Primero tu espada mágica de fuego y luego esto -le dijo Jensen sonriente. -¿Quién es tu jefe?
-Él es el jefe -contestó Sven.
-¡Vaya! ¡Y yo que pensé que nuestro jefe debía ser el más joven en tomar el cargo cuando su padre murió! -respondió Jensen,
-No es culpa de Hipo -dijo Brutilda cómodamente -Desde niño fue un muchacho enclenque, y asustadizo así que nadie jamás pensó que podría ser el líder de una parvada de testarudos como lo somos nosotros, pero ….
Eret la golpeó en el costado para que guardara silencio. Brutilda hizo señas de lanzársele para regresarle el golpe, pero se quedó quieta cuando vió que Sven se dirigía hacia Hipo.
-Ustedes no son osos sanguinarios -afirmó. Más para él mismo que para los demás.
-¡Es lo que tratamos de decirles, pero ustedes los hombres son tan incomprensibles que tienen que hacer un melodrama con un torneo de honor y demás cosas que se pueden entender cuando la gente habla! -siguió Brutilda.
Sven miró directamente a Hipo quien le sostuvo la mirada. Hubo un momento de silencio cargado de tensión porque ninguno de los dos líderes hacía indicios de moverse. Finalmente, Sven le tendió la mano.
-Me disculpo en nombre mío y de mi pueblo. Les debemos la vida.
Hipo sólo observó unos segundos la mano que le tendía, sorprendido por el giro de los acontecimientos, pero extendió la mano hacia Sven. La tensión se esfumó tan rápido como el humo, y para gran asombro de Hipo, la expresión de felino salvaje de Sven había adquirido otro aspecto, en su lugar, parecía, no un felino salvaje, sino pacífico.
-Pero si no son del clan de los osos sanguinarios ¿de dónde son? -preguntó Aren.
-Somos de Berk, de occidente. Mi nombre es Hipo Abadejo, nieto de Einar el Guerrero, Hijo de Estoico el Vasto.
-Un momento -replicó Sven -¿Estoico el Vasto? ¿De los Berkianos de Oriente?
-Así es -respondió Hipo -Pero recientemente nuestra isla está en occidente. Tuvimos problemas con….con un clan invasor que nos hizo huír. Grimmel y sus secuaces.
-¿Grimmel el científico loco? -preguntó Sven sorprendido también -Menos mal que huyeron de él. Era otro fanático de dragones, por algo estaba loco. Escuché de su muerte a manos de un grupo de guerrilleros. Es lo que pasa por obsesionarte con algo que no existe. Pero dejemos eso de lado. Debes saber que Estoico el Vasto le salvó la vida a mi padre, por lo que él siempre estuvo agradecido. Al parecer ahora yo tengo la misma deuda.
-En realidad, no fue nada -dijo Hipo -Esta cosa lo único que hace es prender fuego -señaló a su espada, contraída en su costado. -Y los explosivos no son más que gases detonantes comprimidos en esferas pequeñas.
Sven lo miraba con interés.
-Tendrás que mostrarme cómo funcionan. A Freydis le gustaría ver cómo expulsamos a ésos desgraciados de nuestra isla. -Pareció entonces acordarse del oso que capturaron Brutilda y Eret. Se acercó a la figura tendida -Tendremos que interrogarlo cuando despierte definitivamente. Él podrá decirnos dónde queda su isla.
-¿Por qué los atacaron? -preguntó Hipo -Es decir, escuché involuntariamente que su fecha límite para que entregaras a ….bueno….¿cómo lo llaman?¿al domador de dragones?, era dentro de tres días.
-Estos bastardos son engañosos y astutos. Nunca te debes fiar de ellos -indicó Sven – Así opera Viggo. Si no cumples con lo que quiere, no duda en castigarte a su manera. Diría que es un ser caprichoso y voluble. Siempre quiere ser el primero en todo.
-¿Por qué se llevó a tu hermana?
Sven hizo una mueca de enfado.
-Porque es una testaruda. Es es una larga historia. Ella también buscaba al domador de dragones, aunque yo quería disuadirla de que eran sólo leyendas. Yo no sabía que, por alguna razón, Viggo también lo buscaba, así que, por un encuentro desafortunado y nuestra mala suerte en un viaje, Viggo se topó con nuestro barco. En ese momento nosotros no sabíamos que pertenecía a los osos sanguinarios. Viggo y mi hermana comenzaron a hablar y podría decir que se gustaron, pero ésa misma noche, Viggo rebeló sus verdaderas intenciones. Así que se aprovechó su ventaja secuestrándola a ella para usarme a mi como su peón.
-¿Quién es ése domador de dragones? -aventuró Hipo temeroso de la respuesta.
-¡No tengo ni idea! Lo único que se escuchan de él son leyendas que no son ciertas. Se dice que es el mejor jinete de dragones que haya volado los aires y combatido bestias gigantes, y por si no fuera poco, que apenas es un muchacho que domó su primer dragón cuando aún era niño. Pero si Viggo cree en él no importa que yo no, porque le puedo llevar cualquier bastardo para que piense que es él, pero nunca habíamos atrapado a uno -señaló al hombre inconsciente vestido de negro -para poderle sacar la verdad sobre dónde está su isla.
-¿Por qué quiere Viggo encontrar al domador de dragones? -preguntó Hipo tratando de ignorar el escozor que sentía en todos sus miembros.
-No lo sé -resopló Sven -Pero tengo la impresión de que se llevó a mi hermana por ésa precisa razón. Dado el interés de mi hermana por los dragones, aunque no tengo la menor pista. Pero de nada sirve quebrarnos la cabeza en cosas que no nos llevarán a ningún lado. Lo que quiero es recuperar a mi hermana y tenlo por seguro que lo haré. Pero antes que nada, esta noche, o debería decir, este día -la luz del amanecer comenzaba a clarear el cielo -ofreceré un banquete en agradecimiento por su ayuda y la victoria de la batalla. ¡Jensen! Anuncia a todos que habrá banquete, tenemos que festejar.
Algunos de los presentes ya se habían disuelto para comenzar a recoger el desastre causado por la batalla. Los que quedaron ahí era un pequeño grupo conformado como algunos de los lobos, Jensen, Aren y otros que comentaban lo ocurrido durante la noche y en otro pequeño grupo estaban los amigos de Hipo, conversando animadamente sobre la batalla, o tal vez sobre el duelo, o la huída precipitada que hicieron en el cuartel o tal vez sobre cómo los secuestraron en el barco.
Al escuchar lo que Sven le contó, Hipo tomó la resolución que antes estaba indeciso a tomar, pero ahora tenía las ideas en claro.
-Te ayudaremos -comentó Hipo a Sven. Éste escuchó con atención lo que le dijo -Te ayudaremos a rescatar a tu hermana.
-Te lo agradezco -replicó Sven no muy convencido de la propuesta -Pero tengo una deuda contigo y no debo pagártela llevándote al matadero. Debes regresar a tu pueblo, soy el único que te detuvo a hacerlo.
Hipo sintió una compresión en el pecho. Astrid. Lo esperaba. Allá en su pequeña, cálida y refulgente aldea llena de vida los esperaban. También deseaba regresar. Lo que daría por despertar en su pequeña cama cubierta de pieles oliendo el aroma del cabello de Astrid. A ébano y fresno con un toque de menta. ¿Qué le diría ella si estuviera aquí? Que no fuera un cobarde, que hiciera lo que tuviera que hacer. Ella también lo haría.
-Necesitarás toda la ayuda posible si quieres entrar a la isla de los osos sanguinarios. No sabes lo que vas a enfrentar ahí, y ya viste que podemos ser de gran ayuda. Tú mismo dijiste que podías llevar a cualquiera haciéndolo pasar por el domador de dragones. Bien, pues al llegar a la isla, le haremos creer a Viggo que lo encontraste haciéndome pasar a mí por él para ganar tiempo. Buscamos a tu hermana y salimos lo antes posible de ahí.
Sven reflexionaba lo que Hipo decía. Era un buen plan. Y no podía arriesgarse a perder a tantos de sus hombres sabiendo que lo podía evitar con el distractor de la mentira de entregar al domador, y si fueran descubiertos por alguna razón, los berkianos ya habían demostrado ser grandes combatientes. Aún así, lo pensó por un momento más cuando finalmente le dijo a Hipo.
-De acuerdo. Pero comenzaremos a planear después del banquete.
Hipo no pudo evitar sentir un escalofrío. Sabía que Viggo lo buscaba y que él por elección propia se adentraría en la boca del lobo. Pero lo único que lo tranquilizó fue el consuelo que le causó saber que al menos Astrid y los demás estaban a salvo en Berk.
