After Reichenbach

Disclaimer: El Sherlock Holmes ficticio pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y a Steve Moffat y Mark Gatiss, aunque el Sherlock Holmes de carne y hueso pertenece a John Hamish Watson.

Este fic es un regalo anticipado de cumpleaños para PrinceLegolas, que es tan fan de la serie como yo. A disfrutarla, mellon nin, y muchas gracias por tus consejos.
Capítulo Doce

-Heredó tus rasgos pero decididamente tiene mi inteligencia – le comentó un orgulloso Sherlock a su esposo, mientras alimentaba a su hija. En sus brazos, Costance se apropió del biberón con ambas manitas, demostrando una fuerza y precisión adelantadas para su corta edad -. Observa, John – soltó la botella -. Ella sola lo consiguió.

-Sherlock – protestó John, que estaba haciendo lo mismo con Arthur.

Dicho y hecho, la niña perdió el biberón que cayó al piso. Hambrienta y frustrada, lloró.

Sherlock se inclinó para recogerlo y ante la mirada vigilante de su esposo, limpió la punta y se lo sostuvo. Costance succionó con gusto.

-Seguro que ambos serán tan brillantes como tú y tan pacientes como yo – observó John -. Deja de someterlos a experimentos tontos.

-No fue ningún experimento tonto – se indignó el detective -. Ella sola lo atrapó.

Arthur se sintió satisfecho y John le apartó el biberón y lo acomodó sobre su hombro.

-Cuéntame cómo te ayudó Henry.

-Nos pusimos en contacto vía email y le expliqué que necesitaba ingresar en "Diogenes Club" – comenzó Sherlock. La niña se sació y él también la acomodó sobre el hombro con palmaditas en la espalda -. Él me envió fotos de su tío, Charles Knight, que lleva cinco años siendo miembro sin haber visitado el club ni una sola vez. Me disfracé de él y viajé a Dartmoor a ver a Henry. Me entregó la tarjeta de membrecía y me explicó que su tío es un incansable fumador, por lo tanto tuve que comprar un paquete – hizo una pausa, esperando la reacción de John, pero el médico estaba tan absorto con la historia que no lo amonestó -. Llegué al club a las cinco de la tarde, mientras Mycroft leía relajadamente. Le di un buen disgusto y viajé a la casa de mi madre, que por cierto, está loca por conocerte personalmente aunque todavía no sabe nada de los bebés. Con mi vena teatral le avisé que su Mycry había usurpado su casa en Londres. Acto seguido, regresé a lo de Henry para devolverle la tarjeta y desde Dartmoor envié el material a las distintas direcciones.

John asintió, satisfecho.

-Esta tarde apresaron al bastardo de tu hermano. Está en todos los portales.

-Me aseguré de que eso ocurriera – contestó su esposo con malicia -. En el informe a Scotland Yard, solicité que el Inspector Gregory Lestrade tomara el caso. Mycroft lleva meses despreciándolo y sospeché que Greg querría tomarse revancha.

John asintió con furia contenida.

-Yo también quiero hacerle pagar por lo que me hizo.

-Nos hizo, John – corrigió Sherlock, con bronca -. Una afrenta contra ti es una afrenta contra mí. Le dejé en claro a Mycroft que al meterse contigo y los niños, me había declarado su enemigo.

-Me sentía tan vulnerable – recordó John, temblando, y los ojos se le humedecieron -. Te suponía perdido para siempre y Mycroft me acosaba, quería destruirme como pensaba que lo había hecho contigo.

Arthur captó su tristeza y comenzó a gemir. John lo arrulló mientras se secaba los ojos y trataba de tranquilizarse.

-Se la haremos pagar – prometió Sherlock -. Mycroft tendrá su veredicto público, pero antes tendrá el nuestro, donde lo juzgaremos y le dictaremos su merecida sentencia.

John asintió. Sherlock ya le había confiado su plan y él estaba de acuerdo.

····················································

Ya con los niños dormidos y después de haber disfrutado una cena en compañía de la señora Hudson y el doctor Sinclair, que ya no escondían su afecto, Sherlock y John se arrojaron desnudos en la cama para hacerse el amor. La herida de la cesárea estaba cicatrizando y el detective fue extremadamente gentil. Acostó a su esposo boca arriba y apoyándose en los codos, bajó hacia él y lo fue llenando de besos suaves en el cuello, el pecho y el abdomen alrededor de las vendas.

John cerró los ojos, degustando la sensación de sus labios. Al llegar a su ingle, Sherlock alzó la cabeza apenas, simulando pedirle autorización para continuar.

-Adelante, mi amor – jadeó John, sometido por el placer.

El detective pasó su lengua a través de la piel suave. El solo acercamiento a la hombría de su esposo, encendió la suya y apretó las caderas contra las rodillas de John para sentirlo.

-Sherlock – ronroneó su esposo y separó las piernas como insinuante invitación.

El detective se relamió los labios y lo miró.

-¿Estás listo? – quiso confirmar.

John asintió con vehemencia.

Sherlock abrió el cajoncito de la mesa de cama y rompió con los dientes el envoltorio del condón. Se lo calzó prontamente. Se embadurnó los dedos con una crema y con masajes suaves y caricias preparó el orificio de su esposo.

John disfrutaba el placer. Pero el éxtasis se encendió cuando Sherlock, suave y deliciosamente, lo penetró. Ubicado dentro, el detective posó sus ojos celestes en los azules de su John, y se balanceó despacio. Los dos disfrutaron de un mar de sensaciones hasta que el gozo los rebalsó. Esparcieron sus simientes y por segundos se sintieron llenos y vacíos a la vez. Entre jadeos, Sherlock se quitó de dentro de su esposo y se dejó caer rendido de placer a su lado.

John volteó la cabeza para sonreírle y le acarició los rulos. Sherlock tenía algunos mechones pegados en la frente por el sudor, y él se los peinó hacia atrás.

-Eres perfecto – le susurró John y lo besó.

Sherlock iba a responder "claro que sí porque soy un genio", pero entendió que su perfección sólo la había conseguido mediante su esposo.

-Tú me hiciste perfecto, John.

Y con una sonrisa emocionada, su esposo le regaló otro beso.

·······································································

Mycroft pasó la primera noche y las siguientes en una celda y no guardaba esperanzas de salir en un largo tiempo. Grande fue su sorpresa cuando cinco días más tarde, un "benefactor anónimo", como se hizo llamar el desconocido, pagó su abultada fianza.

Mycroft se mostró aprensivo pero en su situación poco podía hacer, por lo tanto, escuchó el consejo de sus abogados de aceptarla. Envió un mensaje a Camille para que lo aguardase en la mansión y tomó un taxi. Hacía años que no subía a uno, siempre manejándose en coches propios o privados. Dio la dirección y se echó hacia atrás, limpiándose la frente con su pañuelo.

Apenas llegase a su casa, encargaría la búsqueda de tan buen samaritano y se abocaría a preparar su defensa después de darse un baño relajante. Estaba más decidido que nunca a encontrar a Sherlock y se vengaría con toda su crueldad. No lo asesinaría con rapidez, sino despacio, torturándolo tanto física como mentalmente. Ante sus ojos destruiría a sus seres más amados, a su esposo y a los niños. Pero antes disfrutaría de John. En realidad, no estaba seguro de desear que el doctor Watson muriera, quizás vivo podría deleitarlo más.

Pero antes tenía que enfrentar su grave situación judicial. ¿Cómo escaparía? Tenía a la mejor firma de abogados trabajando en su caso. Algo debían conseguir.

El taxi dejó atrás la ciudad, adentrándose en la campiña. Mycroft observaba el paisaje con expresión cansada.

De pronto, un vidrio polarizado escondido emergió de los asientos delanteros y lo separó del conductor.

-¿Qué está ocurriendo aquí? – demandó.

Sin responderle, el chofer abandonó la carretera para adentrarse en un camino bifurcado de tierra escondido entre los árboles. Desesperado, Mycroft intentó abrir las puertas pero estaban trabadas.

-¡Oiga! ¡Deténgase! – ordenó, golpeando con el puño y el paraguas el vidrio que lo mantenía aislado, pero era de un material resistente y no se quebró.

Se quitó el cinturón de seguridad y trató de bajar las ventanas, mas no respondían.

Finalmente entendió que no tenía escapatoria y, resignado, se ajustó el cinturón de cuenta nueva.

Después de quince minutos, el coche se detuvo junto a dos portones negros de hierro, que se abrieron mecánicamente. El chofer condujo por una avenida hacia una colina verde, en cuya cima se levantaba una casa blanca de estilo románico con cuatro columnas distribuidas en par sosteniendo el pórtico.

El conductor estacionó frente a la escalera de mármol, que llevaba a la entrada, y abrió la puerta trasera. Mycroft salió, acomodándose el traje, mientras observaba la fastuosa residencia con su mirada helada de águila.

-Por aquí, señor Holmes – el chofer se inclinó caballerosamente para indicarle la escalera hacia la residencia.

Adentro llegaron a una salita, donde Lord Mantwright los esperaba junto a un juego de té. Sobre la misma mesita había un grueso álbum de fotografías.

-Ya son casi las cinco, señor Holmes – señaló el noble inglés -. ¿Por qué no se sienta y compartimos nuestro tradicional té?

Sin otras opciones, Mycroft se sentó frente a la mesita en un sillón idéntico al de su anfitrión y colgó su paraguas del respaldo.

El chofer hizo una reverencia y se retiró, cerrando las puertas.

Lord Mantwright le entregó un pocillo y se sirvió otro para él.

-¿Le importaría hojear el álbum, señor Holmes?

Alzando una ceja, Mycroft hizo la taza a un lado y abrió el álbum. Adentro había fotos de un bebé tomadas cuatro décadas atrás. Con aire aburrido pasó hoja tras hoja. El bebé se transformó en un infante rubio y regordete, con el cabello ondulado de Sherlock, luego en un niño de mirada traviesa, más tarde en un adolescente de actitud reservada y finalmente en un adulto elegante y sonriente.

-¿Sabe de quién se trata? – preguntó Lord Mantwright, después de un sorbo.

-De su hijo, Victor Mantwright – contestó Mycroft gélidamente. Cerró el álbum y lo depositó en el mismo lugar -. Si mal no recuerdo, usted me acusa de ser el autor intelectual de su supuesto asesinato. Lástima que usted esté enceguecido y se niegue a reconocer la realidad, el joven Victor era un amante de la velocidad y murió en un simple accidente automovilístico.

Lord Mantwright inhaló profundo. No era fácil mantener los modales frente al asesino que se estaba mofando de su propio hijo.

-Su hermano, Sherlock Holmes, no llegó a la misma conclusión que usted.

Mycroft sonrió cínicamente.

-Pero todos sabemos que Sherlock Holmes era un fraude.

-Le estoy dando esta única oportunidad para que se arrepienta de lo que hizo y me pida perdón, señor Holmes – exigió el noble inglés, solemne -. Le acabo de enseñar, a través de fotografías, la vida entera del hombre que usted asesinó, y aquí estoy yo, su propio padre, para escuchar sus disculpas en nombre de él y de mi difunta esposa.

Mycroft lo observó con una expresión que denotaba que le importaba un bledo.

Lord Mantwright hizo un esfuerzo supremo por refrenar la ira y colocó el pocillo sobre la mesa.

-Señor Holmes, he comprobado que es usted la persona más fría que he conocido y eso que tuve el poco gusto de lidiar con nuestra aristocracia más rancia. No tiene corazón. Si no puede usted – señaló el álbum e hizo otro esfuerzo más por contener las lágrimas -. Si no puede usted conmoverse con el dolor de un padre y las imágenes enternecedoras del hombre al que usted le quitó la vida, nada puedo esperar.

-Si vuelve usted a acusarme una vez más de que yo maté a su hijo, lo demandaré por injurias.

-Tengo suficientes pruebas en su contra – contestó el noble inglés convencido.

-¿Quién lo convenció de que a su hijo lo asesinaron? – volvió Mycroft con el tema, complaciéndose de introducir el dedo en la llaga -. Sherlock Holmes fue un fraude, Lord Mantwright. ¡Convénzase!

-El fraude fuiste tú, Mycroft – se oyó la voz de barítono de Sherlock, que entró por una puerta lateral. Estaba vestido con su sobretodo negro y su bufanda azul -. Bajo la apariencia del estadista frío pero correcto se escondía el peor criminal, depravado, sucio, asesino y maquiavélico. Te desnudé ante el público.

Mycroft sonrió mordaz.

-Y los muertos se levantan de sus tumbas.

-Tú, Mycroft – le contestó el detective con tono acusador -. Tú eres el que va a levantarse y vendrás con nosotros para ser juzgado.

-¿Te crees un juez? – se burló su hermano y suspiró con aire de mártir -. Me acusan de ser un criminal cuando son ustedes los que están cometiendo delitos. Privar a una persona de su libertad y llevarla mediante la fuerza se llama secuestro.

-Exactamente lo que hiciste conmigo, Mycroft – entró John por la misma puerta que su esposo.

-Sherlock Holmes y el doctor Watson – bufó el mayor despectivo y se volvió hacia Lord Mantwright -. No podía haber escogido peores sujetos para su acusación. Mi hermanito me odia con ese odio visceral que sólo provoca la envidia y John Watson no es más que su perro faldero.

Ya John se había esforzado demasiado y enviando sus modales al infierno, llegó hasta su cuñado, lo asió de la elegante solapa de su sobretodo y se lo llevó de un empellón para estampillarlo contra la pared. Mycroft se golpeó la cabeza y quedó aturdido.

-¿Qué se siente perder el control de la situación, Mycroft? – tronó John con odio -. ¿Qué se siente estar en las manos de otro contra tu voluntad? ¿Qué se siente que te golpeen, que te toquen sin que puedas defenderte? ¿Qué se siente?

Mycroft sonrió con lasciva malicia.

-No niegues que lo disfrutaste, John – le susurró casi imperceptible.

Afortunadamente Sherlock no lo escuchó y sólo vio cuando su esposo lo arrojaba el piso para golpearle y patearlo. Llegó hasta ellos y los separó, empujando a John hacia sus brazos.

-No lo lastimes que no merece la pena – le murmuró, mientras le acariciaba el pelo -. Recuerda que puede usar sus heridas contra nosotros. Tranquilízate, John. Aquí estoy yo. . .Estoy contigo.

A John le costó controlarse. Respiraba profundo y sus ojos enrojecidos estaban clavados en la figura magullada de Mycroft en el piso. Hundió el rostro en el pecho de Sherlock, que no dejaba de acariciarlo y susurrarle.

Apoyándose en su paraguas, Mycroft se incorporó. Se pasó el pañuelo por el hilo de sangre que le brotaba del labio y volvió a sonreír con ponzoña.

-Lo que necesitaba contra ustedes. Ahora pudo acusarlos en la Corte. Gracias, John – su teléfono sonó y leyó un mensaje -. Lord Mantwright, no fue ningún placer escuchar su difamación contra mi honorable persona, pero al menos le dio la excusa al doctor Watson para actuar como un estúpido. Tampoco pensarán que permití que ese taxi fraudulento me trajera sin que mis hombres estuvieran vigilando. ¿No oyen? Un helicóptero con mi gente se prepara para aterrizar en su jardín, mi noble amigo. ¿Pueden oírlo?

El estruendoso motor y el giro las astas resonaron, haciendo crepitar los vidrios de las ventanas y temblar el juego de té.

Lord Mantwright se irguió, mientras Sherlock continuaba abrazando a su esposo y observaba el techo. La araña de cristal se sacudía.

Mycroft hizo una burlona reverencia.

-Si me disculpan, tengo que abordar un helicóptero, caballeros – y se marchó hacia la puerta, rengueando y usando el paraguas a modo de bastón.

Sherlock quitó su pistola y le apuntó.

-No vas a moverte, cerdo abusivo.

Mycroft soltó una carcajada.

-¡Qué melodramático! Sherlock, disparar contra un hermano se considera fratricidio.

-No me importa – contestó el detective, gélidamente, sin dejar de apuntarle.

Mycroft lo estudió con atención. Sherlock destilaba odio por los poros pero a diferencia de él, tenía valores y no iba a atentar contra su propia sangre. Seguro de sí mismo, el mayor se retiró.

El detective siguió apuntando a la puerta, aun cuando Mycroft hubo salido.

De repente, John le quitó el arma.

-Si yo lo mato, no se considerará fratricidio, sólo ajuste de cuentas.

-¡John! – exclamó Sherlock.

Su esposo corrió hacia el corredor. Pero no había nadie.

Maldito Mycroft. Su cojera había sido una mera actuación y una vez en el pasillo, había corrido hacia el patio. Con el arma en alto, John rastreó su camino hacia afuera.

En el exterior estaba aterrizado un helicóptero con el motor encendido y el rotor girando. Mycroft corría hacia él. Apenas John salió, vio que tres hombres le apuntaban para cubrir a su jefe.

-No seas estúpido, John Watson – regañó Mycroft, volteando hacia él -. Una bala contra mí y tres en tu precioso cuerpo. Ven – le tendió el brazo -. Acompáñame y deja al infeliz de mi hermano.

John guardó la pistola, se le acercó e hizo como si aceptara su mano, sólo para torcerle la muñeca y arrojarlo al pasto. Los dos se enredaron y los secuaces no podían dispararle sin herir a su jefe. Después de un violento forcejeo, Mycroft sacó una pistola y la ubicó debajo del mentón del médico.

-Te preguntarás cómo conseguí una si acabo de salir de la cárcel. Bien John – le acercó los labios al oído -. Mis misterios te excitan. ¿Por qué no me acompañas y compruebas cómo sabe una segunda vez?

John temblaba de furia pero con un arma presionada contra su barbilla no podía oponer resistencia. Mycroft le apresó las muñecas detrás de la espalda, arrojó el arma del médico al pasto y se irguieron.

-Vamos doctorcito. Acompáñeme a mi helicóptero.

Lentamente se aproximaron al aparato. Con una seña de su jefe, los hombres se adentraron en él. Ya Mycroft se disponía a subir a su prisionero, cuando cual aerolito, Sherlock llegó corriendo y tironeó a su esposo de un brazo. Su hermano apresó a John del otro y entre ambos jalaron al médico.

John trataba de zafarse de su captor, pero Mycroft era vigoroso y para aumentar su agonía, lo tiraba del brazo izquierdo, todavía débil por la bala recibida meses atrás.

-¡Déjalo ir! – ordenó el detective.

Sin soltarlo, su hermano subió al helicóptero. Con toda su fuerza, Sherlock jaló una última vez y John se liberó. Ambos esposos rodaron abrazados por el pasto.

Mycroft cayó en el suelo de la cabina en el momento justo en que el helicóptero comenzaba a elevarse.

-¡Púdrete en el infierno, Sherlock Holmes! – gritó iracundo, mientras se incorporaba.

El detective se levantó de un brinco y ayudó a John. Con un alfiler hizo palanca en la cerradura y lo liberó de las esposas.

-¿Estás bien? ¿La herida está bien?

El médico se fisgoneó la herida de la cesárea y asintió. Se abrazaron y besaron para enseguida separarse y observar el helicóptero que iba tomando altura.

-¡No vas a escapar de la Justicia, Mycroft! – exclamó Sherlock.

Su hermano se limitó a sonreírle con desdén.

Ya cuando la nave giraba para ponerse en órbita, se oyó un estruendo y el rotor de cola explotó.

Sherlock volteó hacia la entrada de la casa y vio a Lord Mantwright, un reconocido cazador, apuntando con un rifle de largo alcance. En su mirada se reflejaba una mezcla de tristeza por la pérdida de su hijo y satisfacción por haber disparado contra su asesino.

-¡Corre John! – reclamó el detective y tomados de la mano, ambos corrieron y se arrojaron al pasto.

El helicóptero dio dos vueltas violentas en el aire y comenzó a perder la dirección. Finalmente se estrelló colina abajo.

El matrimonio se levantó y corrió hacia el lugar del accidente. Las astas del rotor principal aún giraban.

-¡Aguarda, John! – gritó Sherlock a un kilómetro del accidente, y le apretó la mano para que se detuviera.

En ese instante se oyó una explosión en el motor y el helicóptero empezó a arder. Por el impacto, la puerta de la cabina se abrió, y tambaleándose, Mycroft salió a rastras con la mitad del cuerpo en llamas.

Al verlo, los esposos se levantaron y corrieron hacia él. Sherlock se quitó el sobretodo y cubrió a su hermano para apagar el fuego, pero John se detuvo a pocos pasos, debatiéndose entre su rencor y su obligación de médico. Finalmente su principio del deber pudo más y se quitó la chaqueta para socorrerlo también.

Mycroft gritaba de dolor. Cuando pudieron apagarle las llamas, John se inclinó para examinarlo.

-Necesita atención urgente – avisó al detective -. Hay que conseguir mucha agua, gasas y aspirinas.

Sherlock sacó su teléfono para llamar a emergencias, mientras que Lord Mantwright se acercaba con el rifle colgado al hombro. A su manera había vengado la muerte de su hijo.

·································································

¡Hola!

Ya sólo resta un capítulo. Espero les haya gustado.

Besitos

Midhiel