CAPÍTULO 12: EPÍLOGO (4ª CANCIÓN: CANCIÓN DE CUNA)
Se podía ver en una pequeña aldea cercana a un árbol sagrado, como una sacerdotisa ayudaba a un aldeano enfermo…
- Gracias por todo señorita…
- No tiene por qué darlas – le contestó con una dulce sonrisa la hermosa miko.
El hombre se encaminó hacia su casa ya recuperado gracias a los grandes poderes de la miko de la aldea.
Ésta respiró hondo y se levantó para encaminarse hasta la casa de su buena amiga Sango, la cual, al igual que ella, esperaba a su marido y además cuidaba de su pequeña hija, Izayoi. Ambos maridos se habían ido a exterminar unos demonios que perturbaban la calma de una aldea cercana. Al llegar a la cabaña de su amiga, pudo oír varias risas, una la reconoció de inmediato ya que era de su pequeña, la otra era del pequeño hijo de sus amigos.
Entró por la puerta en silencio y descubrió como éstos de apenas tres años, diferenciándose por algunos meses, estaban jugando con la pequeña gatita Kirara. Su amiga, que preparaba en el fuego algo de té mientras los vigilaba, la vio entrar y le sonrió.
- ¡Mamá! – dijo la pequeña Izayoi lanzándose a los brazos de su madre.
La pequeña tenía los ojos dorados de su padre y el cabello de su madre, coronado con dos pequeñas orejitas… dado que nació en luna llena, ésta se convierte en humana las noches con esas lunas, cambiando al contrario su apariencia; su cabello se volvía platinado como el de su padre y los ojos chocolates como su madre, y también desaparecían sus adorables orejitas.
- Hola, cariño – le dijo con dulzura dándole un pequeño beso en su frente. - ¿Te has portado bien?
- Sí – le contestó con una gran sonrisa.
- Ha sido un angelito… - empezó a decir Sango – lo malo es otro pequeño que no para de desobedecer a su madre – terminó mirando a su hijo fijamente mientras se escondía detrás de la sacerdotisa asustado.
- Koichi… debes hacer caso a tu madre y ayudarla siempre que puedas… ya sabes que pronto tendrás un nuevo hermanito o hermanita y debes ser responsable – le dijo Kagome al pequeño que la miraba serio.
- Los prometo tía Kagome… me portaré bien – dijo el niño alzando una de sus manos con energía, para después ir a abrazar a su madre.
- ¿Cómo lo haces? – le preguntó la exterminadora a su amiga.
- Únicamente explicándole sin gritar, de forma calmada… igual que hago con Inuyasha – dijo la miko con humor.
Las dos chicas empezaron a reír mientras que sus hijos las miraban extrañados. Al cabo del rato las pequeñas orejitas de Izayoi se movieron.
- Papá ya viene.
Dicho esto tanto madre como hijos se levantaron y salieron de la cabaña para recibir a los recién llegados, los cuales estaban ya a pocos metros. El hanyou sostenía con presteza tres grandes bultos de arroz, mientras que el monje sostenía uno. Suponían ambas mujeres que se repartirían para ambos.
Inuyasha sonrió al ver a su preciosa mujer y a su hija, la cual corría hacia él. Rápidamente soltó lo que llevaba y la sostuvo en sus brazos cuanto esta se lanzó a ellos.
- Hola, papá.
- Hola mi vida.
Ambos se abrazaron con amor… el ojidorado adoraba a su pequeña hija, tanto como a su madre. Kagome sonrió al ver tan dulce escena y giró la cabeza para ver una similar entre Miroku y Koichi, el cual, si no fuera por sus ojos, sería igual a su madre, los ojos del pequeño eran azules como los de su padre. Al soltar su abrazo, el monje se acercó a su mujer y la besó con amor, la pelinegra apartó la mirada viendo a su macho, el cual la miraba sosteniendo a su hija en sus hombros. Se acercó a él y le dio un pequeño beso con amor.
- Parece que está atardeciendo – señaló Sango al separarse de su marido.
- Hagamos la cena y cenemos todos juntos – le dijo su amiga.
Ambos hombres asintieron, recogieron los bultos de arroz y se adentraron en la cabaña.
Todos se encontraban ya terminando de recoger lo que quedó tras la cena y hablaban entre sí.
- ¿Dices que has visto a tu hermano? - Le preguntó una curiosa miko a su macho mientras se sentaba al lado de éste con su hija en brazos.
- Sí, me preguntó por todos y por la aldea.
- Fue una sorpresa que esta aldea perteneciera a los territorios del oeste… - dijo Sango.
- Eso te convierte en el señor de estas tierras – dijo con humos Miroku.
- No empieces monje – dijo Inuyasha sonrojado. Aun no se acostumbraba a que tuviera tierras. – Sesshomaru aun me ayuda a administrarlo todo… y no son sólo mis tierras, también son de Kagome.
- Cierto, así que no te pases mucho Miroku si no quieres que te eche de mis tierras – dijo la miko riéndose siendo acompañada de los demás.
- Ja, ja, muy graciosa – dijo el monje frunciendo el ceño.
- También me dijo que pronto vendrá a visitarnos… - dijo el hanyou a su mujer.
- ¿Va a venir tío Sesshomaru? – preguntó con ilusión la pequeña Izayoi. El youkai le había cogido un gran cariño a su pequeña sobrina y siempre que podía iba a verla para darle algún regalo.
- Sí, cariño – le respondió su padre dándole un beso en la frente.
- También hace tiempo que no vemos a Shippo… - comenzó a decir Kagome.
- Está fuera entrenando para ser un gran youkai. Estará bien… - la tranquilizó Inuyasha.
Siguieron hablando un tiempo más del pasado.
- Parece mentira que hayan pasado ya casi 4 años desde que desapareció Nar…
- No digas su nombre, Miroku, por favor… - le interrumpió Inuyasha – ese malnacido desapareció junto con otras personas queridas para nosotros… - su mirada se opacó junto con la de sus amigos.
La lucha duró mucho pero siendo ellos superiores en número y con los poderes de Kagome bien entrenados, al final el bien ganó, pero con ello… Kikyo murió protegiendo a Kagome de uno de los ataques de Naraku… hecho que afligió a todo el grupo e hizo que éste luchara con más rabia y fuerza.
Sesshomaru consiguió una nueva espada, Kouga salió magullado pero feliz de vengar a sus amigos y el hermano de Sango logró sobrevivir gracias al deseo que Kagome le pidió a la perla una vez completa, un deseo puro que la purificó y desapareció para siempre.
- Bueno… - dijo Sango viendo a su hijo bostezar de sueño al tiempo de seguir hablando con sus amigos – creo que va siendo hora de que los niños se vallan a dormir…
- Pero mamá, yo no tengo sueño – dijo el joven Koichi restregando uno de sus ojos, en brazos de su padre.
- Yo tampoco tengo sueño, mamá – dijo ahora Izayoi con voz cansada, en brazos de su padre.
- Está bien – dijo la miko con una sonrisa, – como queráis.
Los adultos sonrieron al ver como la miko se incorporaba un poco, y mostraba su mirada brillante, como hacía antes de cantar…
Ya que sueño no tenéis
una historia os contaré.
Escuchadla, no durmáis,
los ojitos no cerréis.
Dulce voz tal vez oís,
suave os habla de dormir.
No es posible que durmáis,
no debéis su voz oír.
No escuchéis si no es a mí.
[NOTA: La canción es No durmáis de la película Mary Poppins]
Tras terminar de cantar, ambos niños estaban completamente dormidos en los brazos de sus padres. Con cuidado, Miroku acomodó a su hijo en su futón dándole un suave beso en su frente e Inuyasha y Kagome se levantaron para ir a su cabaña a hacer lo mismo con su hija.
- ¡Esperad! – dijo la exterminadora. – Podéis dejarla aquí… la noche es fría y de camino a vuestra cabaña podría despertar…
- Es cierto… - la apoyó el monje.
- Pero… - empezó a decir la miko – no queremos que…
- No nos molesta… - la interrumpió Sango. – Además, os habéis quedado con Koichi muchas veces.
- Sí… y así podéis estar entretenidos esta noche – dijo de forma insinuante con una sonrisa.
- ¡Miroku! – dijo Sango dándole con el puño en la cabeza.
Hanyou y miko se sonrojaron como el traje del primero y rieron un poco por la situación de su amigo. Inuyasha acomodó a su pequeña al lado del pequeño que dormía a pierna suelta, cogió sus bultos de arroz y, junto a su mujer, se despidió de sus amigos hasta la mañana siguiente.
Al llegar a su cabaña, la cual se encontraba cerca del Go-Shimboku, el hombre soltó los bultos en la pequeña despensa que poseía la cabaña. Construirla fue arduo y difícil, pero consiguieron hacerlo en poco más de un año… puesto que el hanyou la construyó con la idea de hacerla similar a la que su mujer tenía en su época. Tenía tres habitaciones, una sala de estar donde se podía hacer una pequeña hoguera para cocinar, una despensa y un gran baño.
Una vez soltó el arroz, se dirigió a su habitación con su mujer. La habitación era muy grande y poseía una gran cama, regalo de la madre de Kagome, que transportaron con cierta dificultad a través del pozo junto con otras dos camas para las otras habitaciones algo más pequeñas y otros muebles.
La mujer se tumbó, por encima de las mantas, en la cama, suspirando de cansancio, haciendo sonreír a su marido, que se acercó a ella y se arrodillo en el suelo teniendo así su cara muy cercana a ella.
- ¿Cómo te ha ido el día, pequeña?
- He acompañado a la anciana Kaede a recolectar más plantas medicinales, he entrenado un poco, he meditado y he atendido a los aldeanos enfermos para ayudarles con mis poderes espirituales… entre otras cosas – enumeró la chica mirando a su marido a los ojos.
- Normalmente es lo que siempre haces… pero te noto más cansada de lo normal – dijo Inuyasha preocupado - ¿Estás bien?
- Estoy muy bien… no te preocupes – le dijo besándole brevemente.
Con ese pequeño beso el hanyou no estuvo del todo satisfecho, así que sujetó con suavidad la nuca de su mujer y la volvió a besar. Pronto ese beso dio lugar a jadeos y suspiros de la pareja. Inuyasha se colocó encima de su mujer empezando a tocarla por todo el cuerpo al igual que ella hacía con él.
Pronto la ropa de ambos acabó en el suelo sin contemplaciones, el peliplata repartió besos por el cuello de su mujer entreteniéndose con la marca que le hizo hace tiempo y que hacía que la miko se estremeciera de placer cada vez que la tocaba. Poco a poco bajó sus besos a los pechos de la ojimarrón mientras ella pasaba sus manos por las marcas de la espalda de su macho, cosa que e hizo gruñir de placer, y empezó a besar, lamer y succionar las ojeritas de su hombre. Con ese acto de su mujer, el hanyou notó como su miembro se terminaba de endurecer fomentado también con el exquisito olor que su mujer desprendía.
Una vez que estuvo satisfecho del delicioso busto de Kagome, siguió bajando hacia su vientre y respiró hondo… esto hizo que se diera cuenta de algo que le hizo sumamente feliz, alzó la mirada y se encontró con su mujer totalmente sonrojada, jadeante y con su mirada rebosante de amor por él. Decidió que se lo contaría más tarde y continuó bajando tras dedicarle una media sonrisa provocativa que a ella le encantó.
Al llegar al punto de mayor placer de su mujer lo degustó con hambre haciendo que ésta arqueara su espalda y llevara sus manos a su cabeza para que no dejara de hacer su trabajo. Adentró su lengua en la cavidad que estaba ya muy húmeda por sus anteriores atenciones y jugó también con el pequeño botón haciendo que su hermosa mujer culminara rápidamente, soltando su delicioso néctar en su boca, el cual lamió y terminó con gusto.
Al terminar, el ojidorado subió para besar a su mujer con amor y ésta, con habilidad, hizo que éste con un rápido movimiento quedara debajo de ella.
- Ahora me toca a mí, cariño – le dijo con picardía mientras besaba el torso tonificado de su marido.
- Soy todo tuyo, pequeña.
La miko continuó besando, lamiendo y mordiendo levemente el pecho de su marido, entreteniéndose con los pezones de éste. El hanyou, mientras, gruñía y suspiraba levemente… poco a poco notó como su youki subía y cambiaba su aspecto. La miko al notar eso sonrió y empezó a morder más el pecho tonificado que adoraba.
Al cabo de un rato, empezó a bajar sus atenciones por el torso de su marido hacia su cintura, se entretuvo unos segundos con su ombligo hasta que llegó a la gran erección de su macho.
Besó suavemente la punta haciendo que el ojidorado gimiera y echara su cabeza hacia atrás. Se acomodó bien entre las piernas del hombre, se echó su pelo hacia un lado para que no le molestara y llevó sus manos a la hombría del peliplata, su izquierda a los testículos y la otra a la base de su larga y gruesa extensión.
En ese momento Inuyasha se incorporó en sus cados y dirigió su mirada a su mujer y ésta le devolvió la mirada mientras movía suavemente sus manos como sabía que a él le enloquecía… hacía mucho que no tenían un tiempo a solas así, donde disfrutara por completo de su marido, sus encuentros eran en el río, bosque o es su casa pero con el riesgo de que los descubran, sobre todo por su pequeña hija.
Aún mirándose, la miko bajo lentamente en dirección al pene de su maravilloso marido y le dio una pequeña lamida a la punta, la cual tenía algo de humedad ya por el placer que antes le dio. Aumentó los movimientos de su mano diestra y metió en su boca toda la extensión que pudo de golpe, haciendo gruñir al hanyou… todo esto lo hizo sin dejar de mirar al ojidorado que la miraba también.
Cubrió sus dientes con sus labios y comenzó a subir y bajar lentamente en el miembro del peliplata sin dejar de mover sus manos. El chico intentaba no cerrar sus ojos por el inmenso placer que recibía para seguir viendo lo que su mujer le hacía, lo cual le daba tanto o más placer que el acto en sí.
La chica al cabo de un rato se dedicó a los testículos del chico, bajo su boca y los lamió y succionó, mientras que su mano derecha no dejaba el miembro desatendido… todo esto hacía que el peliplata no dejara de gemir, gruñir y jadear.
La mujer volvió al cabo de unos minutos al miembro de su macho y lo metió por completo en su boca, llegando hasta su garganta. Esto fue demasiado para su macho, el cual echó su cabeza hacia atrás y se dejó caer en la cama gimiendo y gruñendo sin parar, llevo sus manos a la cabeza de su mujer y le impuso el ritmo y la profundidad que a él le gustaba.
La chica degustaba con placer el miembro de su macho mientras éste controlaba sus movimientos… a Kagome le encantaba cuando Inuyasha perdía de esa manera el control y buscaba de esa forma su máximo placer. Decidió hacer esa travesura que sabía sería el clímax de su marido… succionó…
Inuyasha soltó la cabeza de su mujer al sentirla hacer aquello, es lo que siempre hacía para terminar y sintió como su cuerpo empezaba a sufrir espasmos de placer mientras gemía y gritaba el nombre de Kagome. Notó como soltaba toda su esencia en la cálida y húmeda cavidad de su mujer, la cual saboreaba con hambre todo lo que su marido de daba.
Cuando sus espasmos se calmaron, la chica ya había limpiado por completo el miembro del hanyou, el cual se mantenía tanto o más duro que antes. Bajó su mirada nublada por el placer hacia su mujer, la cual le devolvía la mirada con una sonrisa de orgullo por el placer que le había dado a su marido.
Rápidamente el ojidorado la acomodó debajo de él besándola apasionadamente mientras su pene se posicionaba en la entrada de su mujer…
- Te amo, pequeña – le dijo Inuyasha suavemente.
- Yo también te amo, cariño.
Dicho eso el hombre se introdujo lentamente en el interior de su miko haciéndolos gemir de gran placer.
Pronto el hombre empezó a bombear en el interior de su esposa rápido y profundo mientras se deleitaba con sus pechos y ella con sus adorables orejas. Era tanto el placer que soportaban ambos que sentían pronto su clímax.
El hanyou al notar eso buscó con su lengua la marca de colmillos del cuello de la pelinegra y ella, a su vez, buscaba la marca de uñas de la espalda de él. La primera en llegar fue ella clavando con fuerza sus uñas en la espalda de su macho mientras gritaba su nombre. Tras ella, y al notar como lo apretaba deliciosamente, el peliplata culminó enterrando sus colmillos en el cuello de su hembra mientras se derramaba con placer en su interior.
Tras un tiempo unidos y cuando los espasmos de placer y sus respiraciones se calmaron se separaron para mirarse a los ojos y besarse lentamente… el hombre se tumbó y acomodó a su mujer a su lado dejando que la cabeza de ella reposara en su pecho, tras eso, se taparon con la sabana y manta de la cama.
Con una sonrisa en sus rostros, el sueño empezaba a vencerles, hasta que el hanyou recordó algo…
- ¿Pequeña? – le dijo en un susurro el hanyou.
- ¿Sí? – le preguntó la miko casi dormida.
- He percibido un delicioso olor en ti.
- Inuyasha… acabamos de terminar… no creo que pueda hacerlo otra vez… - le contestó Kagome mirándole con el ceño fruncido.
- No es eso… - le dijo su marido. – Es la respuesta a porqué estás más cansada últimamente…
La mujer miró el pecho del hombre durante un momento pensando, hasta que llego a un posible motivo y lo miró sorprendida.
- No puede ser… - comenzó a decir emocionada. – Estoy…
- Embarazada… - completó Inuyasha. – Vamos a tener otro hijo.
La mujer lo abrazó con fuerza mientras lloraba de alegría y el hombre la correspondió. Ambos reían con felicidad, todo lo que habían sufrido… se veía recompensado día a día estando juntos… con ahora un nuevo miembro a punto de unirse a su gran familia.
Poco a poco, ambos se quedaron dormidos con el pensamiento de ser por siempre felices… y también de decirle a su adorada hija, que sería hermana mayor.
¡FIN!
