Nota del Traductor
En serio, chicos, son lo máximo. ¡Continúen animándome con las reviews o volveré a ponerme en huelga!
INTERROGATORIOS
A la mañana siguiente todo fue muy distinto.
Resultó muy difícil discutir con esa parte de mí que estaba convencido de que la noche pasada había sido un sueño. Ni la lógica ni el sentido común estaban de mi lado. ¿De verdad había pasado? ¿Recordaba las palabras exactas que dijo? ¿Había sido lo suficientemente valiente para decir lo que pensé haber dicho?
Su bufanda, bueno, la que le robó a su hermano, estaba doblada sobre mi mochila, y seguía tocándola. Por lo menos, eso si sucedió.
En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edythe no tenía razón alguna para no asistir a clase hoy. Me vestí con ropa de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora, esperando no mojarme en el camino.
Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era más tarde de lo que creía. Devoré en tres bocados una barra de muesli acompañada de leche, que bebí a morro del cartón, y salí a toda prisa por la puerta. Con un poco de suerte, no empezaría a llover hasta que hubiera encontrado a Jeremy, quién tendría mi chaqueta en su carro.
Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto era gélido cuando se enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el momento de llegar al calor de mi vehículo. La neblina era tan densa que hasta que no estuve a pocos metros de la carretera no me percaté de que en ella había un coche, un coche plateado. Mi corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad. Solo esperaba no estar desarrollando un problema cardíaco.
Bajó la ventanilla del copiloto, y vi que se inclinaba hacia mi, intentando no reírse por mi expresión de "me está dando un infarto".
— ¿Quieres dar una vuelta conmigo hoy? —preguntó.
Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era libre de rehusar y una parte de ella lo esperaba. Era una esperanza vana.
—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.
Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que una cazadora color canela colgaba del reposa cabezas del asiento del pasajero.
—¿Qué es esto?
—Es de Royal. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.
Puse con cuidado la chaqueta en el asiento de atrás. No parecía molestarle tomar cosas de sus hermanos, pero, ¿quién sabía cómo se sentían ellos? Una de las imágenes borrosas que recuerdo del accidente, sin importar hace cuantas semanas haya sido, fue de los rostros de sus hermanos, desde la distancia. La palabra que describía el rostro de Royal era ira.
Ya era dificil tenerle miedo a Edythe, pero no quería tener el mismo problema con Royal.
Saqué la bufanda de mi mochila y la puse sobre la cazadora.
—Me encuentro bien,— dije, golpeandome el pecho.— Tengo mi sistema inmunológico en forma.
Se río, pero no estaba seguro si era por que pensaba que era gracioso, o ridículo.
Ah, vaya. Con tal de hacerla reír, haría lo que fuera.
El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por los jirones de niebla. Ella no usaba una chaqueta, solo un suéter lavanda con sus mangas enrolladas. El suéter era algo pegado, por lo que intenté no verla. Tenía el cabello recogido en un nudo, pero era desordenado, con jirones esparciéndose por todos lados, y la forma en la que exponía la delgada piel de su cuello también me distraía. Quería pasar mis dedos por la longitud de su cuello...
Pero debía tener más cuidado, como me lo había advertido anoche. No estaba enteramente seguro de lo que se refería, pero haría lo mejor que pudiera, porque era algo que obviamente necesitaba.
No haría nada que la espantara.
— ¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy?
— ¿Te molestan mis preguntas?
—No molestan, solo... confunden.
Me sorprendió que se sintiera así. Parecía que el que estaba en la oscuridad era yo.
— ¿Y eso qué significa?
—Que no entiendo tus reacciones.
— ¿Mis reacciones?
Me miró, arqueando una ceja.
—Si, Beau. Cuando alguien te dice que bebe sangre, debes ponerte asustado. Hacer una cruz con tus dedos, lanzar agua bendita, salir corriendo, o algo así.
—Ehhh... ¿lo haré mejor la próxima vez?
—Por favor, trabaja en tus expresiones de horror.
—No describiría con esa palabra lo que pasó anoche.
Exhalo por su nariz, irritada. No sabía que decir. Nada podía hacerme verla como algo de lo que huir.
— ¿Dónde están tus hermanos?
No quería pensar en su familia. No quería lidiar con la idea de más vampiros, vampiros que no fueran ella. Vampiros que podían inspirarme horror de verdad.
Lo que pasaba, era que usualmente su coche iba lleno, y hoy no. Por supuesto, agradecí eso. Era difícil imaginar que algo me mantendría al margen si Edythe me invitara a entrar en un coche con ella, pero con un puñado de vampiros furiosos en el asiento de atrás podría complicar las cosas.
Ya estaba estacionando el vehículo en el estacionamiento del instituto. Tan pronto.
—Han ido en el coche de Royal —se encogió de hombros mientras aparcaba junto a un reluciente descapotable rojo con la capota levantada—. Ostentoso, ¿verdad?
—Si tiene esto, ¿por qué viene contigo?
—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.
—No tienen éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos del coche.
Ya no llegaba tarde. Su alocada conducción me había traído a la escuela con tiempo de sobra.
—Entonces, ¿por qué ha conducido Royal hoy si es más ostentoso?
— Fue culpa mía, como diría Royal. ¿No lo has notado, Beau? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.
Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de mí mientras caminábamos hacia el campus. Quería acortar esa pequeña distancia, extender la mano y tocarle, pero temía que no fuera de su agrado.
— ¿Por qué todos tienen coches como ésos? —me pregunté en voz alta.— Si quieren privacidad, hay muchos Hondas usados disponibles.
—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos gusta conducir rápido.
—Claro —musité.
Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jeremy estaba esperando debajo del saliente del tejado de la cafetería. Sobre su brazo, bendito sea, estaba mi chaqueta.
—Hola, Jer —dije cuando estuvimos a pocos pasos—. Gracias por acordarte.
Me la entregó sin decir nada.
—Buenos días, Jeremy —lo saludó amablemente Edythe. No podía notar si no intentaba deslumbrarlo, pero incluso su sonrisa más pequeña era difícil de pasar por alto.
—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus pensamientos dispersos—. Supongo que te veré en Trigo.
—Sí, allí nos vemos.
Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del hombro.
— ¿Qué le vas a contar? —murmuró Edythe.
— ¡Eh!—la miré, y después a Jeremy.— Ah. ¿Qué está pensando?
—No sé si es completamente ético que te lo diga.
—Lo que no es ético es que te brindes ventajas injustas.
Me dio una sonrisa malévola.
—Quiere saber si salimos en secreto. Y exactamente a qué base llegaste conmigo.
Me ruboricé tan rápido que estuve seguro que no tardé ni un segundo en ponerme rojo.
Me apartó la mirada, repentinamente tan incómoda como yo. Retrocedió un paso y apretó los dientes.
Me dí cuenta que mi rubor era probablemente algo más diferente para ella.
Eso me ayudó a concentrarme.
— Eh... ¿Qué debo decirle?
Ella empezó a caminar, y la seguí, sin prestar atención a donde se dirigía.
—Esa es una muy buena pregunta. Estoy ansiosa por escuchar tu respuesta.
—Edythe...
Sonrió, y su mano pequeña me quitó un mechón de pelo de la frente. Igual de rápido, su mano volvía a su costado. Mi corazón tamborileó como si estuviera en peligro.
—Te veré en el almuerzo —dijo, con la sonrisa que me desarmaba.
Me quedé parado como un imbécil mientras ella caminaba en la otra dirección.
Después de un rato, me recuperé lo suficiente para ver que me dejó justo fuera del aula de Inglés. Tres personas pasaron por la puerta, viéndome con varías sombras de sorpresa y admiración. Me agaché y los pasé cuando entré en la habitación.
¿En serio me preguntaría Jeremy todo eso? ¿Edythe espiaría para saber mi reacción?
—Buenos días, Beau —me saludó McKayla desde el asiento contiguo. Alcé la vista para ver el aspecto extraño y resignado de su rostro.
—Hey, McKayla, ¿cómo te va?
—Bien. ¿Qué tal te pareció la película?
—Oh, sí... la verdad es que no la ví. Me perdí y...
—Si, ya me enteré.
Parpadeé, sorprendido.
—¿Quién te dijo?
—Jeremy, antes de clases.
—Ah...
—Dijo que no te perdiste de nada. La película estaba del asco.
—Eso está bien, supongo.
Repentinamente se concentró en sus uñas- Empezó a quitarse pintura morada de una.
—Y, ¿de verdad tenías planes antes de ir? O sea, Jeremy pensó que si, y me pregunté... ¿por qué fingir?
REACCIÓN DEL TRADUCTOR: ¡NO, MALDITA PERRA! ¡BEAU ES DE EDYTHE!¡DEJA DE SER TAN ARRASTRADA, BECERRA!
xD, disculpen eso, tenía que ponerlo.
McKayla sollozó como si no me creyera, y después miró al reloj. La Sra. Mason trabajaba en algo en su escritorio y parecía que no tenía prisa en empezar la clase.
—Fue genial que hayas salido con Jeremy el lunes,— dije, cambiando el tema. —Dijo que estuvo estupendo.
O lo hubiera dicho, si le hubiera preguntado.
— ¿En serio? —preguntó con los ojos relucientes. Sonreí ante el giro que había tomado la conversación.
—Si, —le confirmé. Baje mi tono a un susurro.— Recuerda, no te dije nada. O sea, yo no te dije que él piensa que eres la chica más genial que ha conocido.
Se enrojeció.
—Código de chicos. Claro.
Nota del Traductor: Meyer se equivocó con esta, disculpen la expresión, pendejada del código de chicos. Lo único que existe es no meterle mano a la novia o ex del otro. Para que entiendan nuestra psicología...
—No dije nada.
Finalmente sonrió.
Entonces, la señora Masón llamó al orden a la clase y nos pidió que entregásemos nuestros trabajos.
Pensé que quizás ya me había librado de McKayla, pero cuando terminó la clase, vi que ella y Erica se miraban raro, y después volvía a verse las uñas mientras caminábamos fuera.
—Entonces...
—¿Qué?
—Me daba curiosidad saber si ibas a ir o no al baile después de todo. O sea, siempre puedes estar con nosotros, si quieres.
—¿Qué? No, ya te dije que iré a Seattle,— le dije, viendola sin expresión alguna.
¿Y si le digo que soy gay para librarme de ella? , pensé, desesperado.
—Ah, ya. Bueno. Quizás podamos ir juntos para el baile de fin de curso. Compartir una limusina y todo eso.
Dejé de caminar.
—No planeaba ir al baile.
—¿En serio? ¡Me sorprendes!— dijo, riéndose.— Pero querrás mencionarlo a Taylor. Dice que la llevarás.
"Si", dije para mi mismo, "debo decir que soy gay."
Abrí la boca, y McKayla se partió de risa.
—Éso pensé.
—¿En serio?—dije, cuando me controlé. —O sea, quizá estaba bromeando o algo así.
—Logan y Jeremy hablaban sobre preparar las cosas antes y planear algo grande para ese entonces, y después Taylor dijo que no, por que ya tenía planes... contigo. Por eso Logan actúa tan... ya sabes, contigo. Está enamorado de Taylor. Pensé que necesitabas una advertencia o algo. Después de todo, rompiste el código por mí.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
—Decirle que no la llevarás.
—Es que no puedo... ¿qué le puedo decir?
Sonrió como si lo disfrutara.
—Compórtate como hombre, Beau. O alquila un traje. Es tu responsabilidad.
No pude prestarle atención a la clase después de eso. ¿Era mi responsabilidad desinvitar a Taylor? Intenté recordar lo que le dije en el estacionamiento cuando me lo preguntó antes. Estaba casi seguro de que no accedí en nada.
La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero el día seguía oscuro, con nubes bajas y opresivas. Le sonreí al cielo. Tenía algo mejor que la luz del sol.
Edythe estaba en lo cierto, por supuesto. Jeremy se sentaba en la fila de atrás cuando entré en clase de Trigonometría. Me acordé de que Taylor no era mi único problema. Ya me sentía ruborizado, y deseé conservar la maldita bufanda.
Había otra silla vacía, pero era mejor acabar con esto antes.
La señora Varner no estaba en el aula todavía. ¿Qué le pasaba a todos los profesores hoy? Era como si no les importara nuestra educación.
— ¡Demonios, chico! —me dijo antes de que me sentara.— ¡Quién te viera!
— ¿Qué? —pregunté, poniendo los ojos en blanco.
—Por favor,—dijo, dándome un puñetazo en el brazo.— Edythe Cullen. Vamos. ¿Cómo hiciste para lograr eso?
—No hice nada.
—¿Desde hace cuanto pasa esto? ¿Es algo secreto? O sea, ¿no quiere que su familia sepa? ¿Por eso fingiste que irías al cine con nosotros?
—No fingí nada. No tenía ni la menor idea de que estaba en Port Angeles anoche. Era a la que menos esperaba ver.
Parecía decepcionado por mi evidente honestidad.
—¿Habías salido con ella antes de anoche?
—Nunca.
—Ja. Así que fue una coincidencia.
—Supongo.
Era obvio cuando decía la verdad y cuando la evadía. Su mirada sospechosa volvió.
—Bueno, ya sabes, no es secreto que has estado, como que, obsesionado con ella desde que llegaste.
Hice un gesto.
—¿En serio?
—Tengo que preguntar cómo lo lograste. ¿Tienes una lámpara mágica? ¿La chantajeaste? ¿Hiciste un pacto con el diablo o algo así?
—No me jodas, amigo.
—¿Cuanto lograste anoche? Me imagino que fue una noche salvaje, ¿verdad?
Me empecé a enojar, pero sabía que tergiversaría mis reacciones.
—Llegué a casa temprano, a las ocho.— respondí, tranquilo.
—¿En serio?
—Sólo la llevé a cenar, y luego me trajo a casa, Jeremy.
—¿Y esta mañana qué? Seguías con ella.
—¿Seguía? ¡No! Qué, ¿pensaste que pasó la noche conmigo?
—¿No fue así?
—No.
—Pero estabas en su coche...
—Pasó por mí en la mañana.
—¿Y eso?
—No sé, no le iba a decir que no cuando me ofreció el aventón.
—¿Eso es todo?
Me encogí de hombros.
—¿En serio? Dime que la besaste o algo.
Le miré con cara de pocos amigos.
—Las cosas no van así.
—Esta es, la historia más decepcionante que he escuchado en mi vida. Retiro lo que dije sobre tu movida. Obviamente sólo sale contigo por lástima.
—Probablemente.
—Quizás debería actuar patético. Si es lo que le gusta a Edythe.
—Adelante.
—Apuesto a que no tardará en aburrirse de ti.
Mi fachada se derrumbó por un segundo. El maldito tomó la oportunidad y sonrió con maldad.
—Sí,—respondí.—Creo que tienes razón.
Entonces, apareció la Sra. Varner, y la chíchara habitual se detuvo cuando empezó a anotar ecuaciones en la pizarra.
—¿Sabes qué? Creo que preferiría estar con una chica normal,—musitó.
Okay, ahora si estaba enojado. No me gustaba su forma de hablar de ella, y cuando dijo normal si que me enojé. No, ella no era normal, pero era porque, como parecía dejar implícito con su tono, ella era algo... poco común o raro. Era más que normal, la excedía. Tanto que ella y yo no estábamos en el mismo plano de existencia.
—Eso es probablemente lo mejor,—dije con voz baja y severa.— que mantengas bajas tus expectativas.
Me dirigió una mirada sorprendida, pero seguí viendo a la profesora. Podía sentirlo viéndome con sospecha, hasta que la Sra. Varner le pidió una respuesta. Empezó a buscar rápidamente en el libro, intentando saber de qué tema le preguntaba.
Jeremy se me adelantó en camino a clase de Español, pero no me importó. Seguía molesto. Me habló hasta que me vio meter los libros a la mochila con evidente entusiasmo.
—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?
Seguía con la sospecha, pero la mostraba con cautela. Obviamente pensó que quería presumir, de usar a Edythe para hacerme ver más genial. Después de todo, él y yo habíamos sido amigos por un tiempo. Los chicos nos decimos estas cosas.
No, Meyer, no lo hacemos.
Esto era probablemente parte del código de chicos que me inventé.
Esto lo explica todo.
Asumió que mi lealtad era hacia él... pero ahora sabía que se equivocaba.
—Creo que no.
No tenía punto en sentirme confiado. Recordé claramente lo que se sentía cuando ella desaparecía. No quería arriesgarme ni perjudicar nuestra amistad.
Se fue sin esperarme, y entonces se tropezó y se detuvo en el alfeízar de la puerta del aula.
—En serio, ¿qué demonios?—dijo lo suficientemente fuerte para que lo escuchara... y todos los que estaban a un rango de tres metros.
Me volvió a ver, negó con la cabeza, y se alejó.
Tenía ganas de salir rápido, para saber el por qué de su reacción, pero todos también tenían ese mismo deseo. Uno por uno, todos se detuvieron para verme antes de salir. Para cuando salí, no sabía qué esperar. Irracionalmente, esperaba a Taylor en un vestido brillante con una tiara.
Pero Edythe me esperaba a la salida de nuestra clase de Español, apoyada contra la pared; se veía más bella de lo que nadie debería tener derecho. Sus amplios ojos dorados se miraban impresionados, y las esquinas de sus labios estaban a retorciéndose para reprimir una sonrisa. Su cabello todavía estaba atado con ese nudo, y tuve el raro deseo repentino de quitarle los pines que lo mantenían así.
—Hola, Beau.
—Hola.
Parte de mí estaba consciente de nuestra audiencia, pero me importó poco.
—¿Tienes hambre?
—Claro.
La verdad, no sabía si tenía hambre. Todo mi cuerpo se sentía como si estuviese siendo electrocutado en una forma rara y placentera.
Se dirigió a la cafetería, meciendo su bolso.
—Oye, deja que te lleve eso,—le ofrecí.
Me miró con ojos inexpresivos.
—¿Se mira muy pesada para mí?
—Bueno, es que...
—Claro,—dijo.
Se quitó la cartera y me la extendió, usando deliberadamente la punta de su dedo meñique.
—Eh, gracias,—dije, y dejó que el bolso cayera en mi mano.
Supongo que debí haber supuesto que pesaría el doble que mi mochila. La atrapé antes de que cayera al suelo, después la levanté sobre mi otro hombro.
—¿Siempre traes tus propios bloques de concreto al instituto?
Se rió.
—Archie me pidió que le trajese unas cuantas cosas esta mañana.
—¿Él es tu hermano favorito?
Me miró.
—No está bien tener preferencias.
—Soy hijo único,—dije.—Soy el favorito de los dos.
—Eso parece. De todos modos, ¿por qué lo dices?
—Parece que no te cuesta hablar de él.
Lo pensó por un rato pero no dijo nada.
Una vez en la cafetería, la seguí cuando encabezó el camino hacia la cola. No pude evitar ver la mesa en la que los Cullen se sentaban, tal y como lo hacía todos los días. Su familia estaba ahí, prestándose atención entre ellos. No notaron a Edythe conmigo, o no les importó. Pensé sobre la idea de Jeremy... que nos veíamos en secreto por que ella lo ocultaba de su familia. No parecía que les ocultara algo, pero no podía evitar pensar en saber que pensaban de mí.
Me pregunté qué pensaba de ellos.
En ese momento, Archie levantó la vista y me sonrió. Automáticamente le devolví la sonrisa, pero después se me ocurrió que tal vez le sonreía a Edythe. Ella estaba consciente de lo que pasaba, pero no le respondía. Parecía algo enojada. Mis ojos se movían entre los dos como si estuvieran en una plática silenciosa. Primero, Archie sonrió ampliamente, mostrando sus dientes blancos brillantes. Edythe alzó una ceja de forma desafiante, con su labio superior retorciéndose un poco. Archie puso los ojos en blanco viendo al techo, y sostuvo sus manos hacia arriba como si dijese "me rindo." Edythe se dió la vuelta y siguió avanzando. Cogió una bandeja y la empezó a llenar.
—Me llevo bien con mi familia, pero Archie y yo tenemos más cosas en comun. Aunque algunos días molesta mucho, —dijo, respondiendo mi pregunta en voz baja.
Lo volteé a ver, y pude ver que se estaba riendo. Aunque no nos miraba, estaba seguro que se burlaba de ella.
Le prestaba mucha atención a este intercambio que no me dí cuenta del contenido de la bandeja hasta que la señora de la caja nos cobraba.
—Veinticuatro dólares con treinta y tres centavos.
—¿Qué?
Vi la bandeja e hice inventario.
Edythe ya estaba pagando y dirigiéndose a la mesa en la que nos sentamos la semana pasada.
— ¿Qué haces? —objeté, trotando para alcanzarla—. No puedo comerme todo eso.
—La mitad es para mí, por supuesto.
Enarqué una ceja.
—Claro.
—Toma lo que quieras.
Me hundí en el asiento frente a ella, dejando caer el peso muerto de su bolso al piso junto al mío. Al final de la mesa, un grupo de chicos de último año la miraban anonadados.
—Siento curiosidad, ¿qué harías si alguien te desafiara a comer?
—Tú siempre sientes curiosidad.
Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó mientras alzaba un pedazo de pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba rápidamente y se la tragaba con expresión martirizada. Después de unos segundos, me dirigió una mirada de superioridad.
—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? —preguntó.
Le sonreí ampliamen.
—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.
Se echó a reír.
—Supongo que no me sorprende. Toma.
Me lanzó el resto de la pizza.
Tomé un mordisco. Me pregunté si sabía a tierra para ella. No era la mejor pizza, pero era decente. Mientras masticaba, miró sobre mi hombro y se río.
Tragué rápidamente.
—¿Que pasa?
—Tienes a Jeremy muy confundido.
—Que triste.
—De verdad dejó suelta su imaginación cuando te vio salir de mi coche.
Me encogí de hombros y tomé otra mordida.
Inclinó su cabeza a un lado.
—¿De verdad crees lo mismo que él?
Tuve que tragar rápido de nuevo, y casi me atoré. Ella empezó a levantarse, pero alcé la mano y me recuperé.
—Estoy bien. ¿Creer qué?
—La razón por la que estoy acá contigo.
Me tomó un minuto repasar la conversación. Recordé cosas que espero que no les haya tomado importancia, como el hecho de que me obsesionó desde el primer día.
—No estoy seguro de lo que dices.
—¿Del "Obviamente sólo sale contigo por lástima"?,—citó.
Me sorprendió que se mirara irritada.
—Es una de las muchas explicaciones buenas.
— ¿De modo que me aburriré pronto, Beau? —preguntó de forma casual.
Eso me dolió un poquito. Era mi mayor temor, y parecía ser muy verdadero, pero intenté ocultarlo con otro encogimiento de hombros.
—Beau, estás siendo ridículo otra vez.
—¿En serio?
Me sonrió a medias, pero también fruncía el ceño.
—Hay muchas cosas que me preocupan, y el aburrimiento no es una de ellas.
Inclinó su cabeza a un lado, taladrándome con la mirada.
—¿No me crees?
—Bueno, supongo que sí, si tú lo dices.
Ella entrecerró los ojos.
—Que afirmativa más aliviadora.
Tomé otro mordisco mientra masticaba lentamente. Esperó, observándome con esa mirada intensa que significaba que intentaba con fuerza leerme la mente. Cuando volví a morder la pizza, bufó de ira.
—De veras odio cuando haces eso.
Me tomó un segundo digerirlo.
—¿El qué? ¿No decirte cada pensamiento estúpido que se me atraviesa?
Pude ver que quería sonreír, pero no lo hizo.
—Precisamente.
—No sé que decir. ¿Creo que te aburrirás conmigo? Claro que sí. Honestamente no sé por qué todavía estás aquí. Pero intentaba no decir eso en voz alta, por el hecho de no querer puntualizar algo en lo que no has pensado.
Ahora sí se le escapó la sonrisa.
—Muy cierto. Nunca me había dado cuenta de ello, pero ahora que lo mencionas, debería cambiar de interés. El blandengue de Jeremy parece lo suficientemente patético...
Y se detuvo un rato y su sonrisa desapareció.
—¿Beau? Sabes que estoy bromeando.
Me pregunté cual era mi expresión. Pero asentí.
Levantó la vista. Despues de un rato, con dudas, alargó su brazo hacia mi parte de la mesa, dejando su mano a mi fácil alcance.
La cubrí con la mía.
Ella sonrió, pero torció el gesto.
—No, —objetó. — no eres tú. Acá está.
Como si mi mano fue soplada del cristal más delgado, posó sus dedos en mi palma. Copiando su acción, con la otra cubrí sus dedos.
—¿Qué acaba de pasar?
—Muchas reacciones. —volvió a fruncir el ceño. —Royal tiene una voz mental particularmente estridente.
No pude evitar ver hacia su mesa, pero después me arrepentí.
El aludido le dirigía rayos a Edythe con la mirada, y Eleanor, que estaba a su lado, la miraba con reprensión. Cuando lo miré, Royal me dirigió su mirada furibunda.
Mis ojos se dirigieron hacia Edythe, con el cabello erizado, pero ella también miraba con ira a Royal. Para mi sorpresa, Eleanor se dió la vuelta y Royal dejó su mirada feroz. Miró hacia la mesa con una expresión lívida.
Parecía que Archie disfrutaba todo. Jessamine no volteó a vernos.
—¿Acabo de enfurecer...?
Tuve que tragar antes de continuar. "¿A un puñado de vampiros?"
—No, —dijo ferozmente, pero después suspiró.— Pero yo sí.
Observé a Royal otra vez por una fracción de segundo. No se había movido.
—Mira, ¿estás en problema por mi culpa? ¿Qué puedo hacer?
El recuerdo de sus ojos enfurecidos en su cuerpo pequeño me hizo sentir una ola de pánico.
Ella negó con su cabeza y sonrió.
—No tienes que preocuparte por mi. No estoy diciendo que Royal no me podría ganar en una pelea justa, pero si estoy diciendo que nunca he peleado de forma justa, y no pienso empezar ahora. Es lo suficientemente inteligente para no intentar algo conmigo.
—Edythe...
Se rió.
—Bromeaba. En serio no pasa nada, Beau. Son problemas normales entre hermanos. Un hijo único no lo entendería.
—Si tú lo dices.
—Claro que sí.
Vi nuestras manos, todavía unidas cuidadosamente. Era la primera vez que de verdad sostenía su mano, pero envuelto en eso estaba el recuerdo del por qué me la había ofrecido en primer lugar.
—De nuevo a lo que pensabas,—dijo, como si pudiera leer mis pensamientos.
Suspiré.
—¿Te ayuda saber que no eres el único que ha sido acusado de obsesión?
Gruñí.
—También escuchaste eso. Genial.
Se río.
—Estuve escuchándolo todo de inicio a final.
—Perdón,—dije.
—¿Por qué te estás disculpando? Me hace sentir mejor saber que no soy la única obsesionada.
La vi fijamente, escéptico.
—Déjame ponértelo de esta forma. —frunció sus labios, con expresión pensativa. — A pesar de estar completamente seguro de que estoy completamente seguro de ello, estaría dispuesta a apostar una gran cantidad de dinero de que yo invierto más tiempo pensando en ti que tú en mi.
—Ja. Perderías esa apuesta,—dije, sorprendido.
Alzó una ceja y después habló tan bajito que tuve inclinarme para escucharla.
—Ah, pero sólo pasas consciente al menos durante dieciséis horas en un período de veinticuatro horas. Eso me da algo de ventaja, ¿no lo crees?
—No tomas en cuenta mis sueños.
Suspiró.
—¿Tus pesadillas cuentan como sueños?
Empecé a ruborizarme.
—Cuando sueño contigo... no es una pesadilla.
Abrió la boca en sorpresa un poquito, y repentinamente se veía vulnerable.
—¿De veras?
Era obvio que estaba complacida, así que le respondí:
—Cada noche.
Cerró sus ojos por un minuto, pero cuando los abrió, su sonrisa era perversa.
—Los ciclos de sueño REM son los más cortos de las etapas de sueño.
Fruncí el ceño. Era dificil de procesar.
—¿En serio piensas en mi?
—¿Por qué es tan difícil de creer?
—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba haciendo—. Soy absolutamente normal; bueno, salvo por todas las situaciones en que la muerte me ha pasado rozando y por ser un inútil de puro torpe. Y mírate a ti.
La señalé con un gesto de la mano, a su asombrosa perfección. La frente de Edythe se crispó de rabia durante un momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un brillo de comprensión.
—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir que has dado en el clavo con los defectos —se rió entre dientes de forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban todas los chicas de esta escuela el día de tu llegada.
—No me lo creo... —murmuré para mí.
—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.
Mi vergüenza fue mucho más intensa que el placer ante la mirada procedente de sus ojos mientras pronunciaba esas palabras.
—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.
— ¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se preocupa, porque si he de hacerlo, si dejarlo es lo correcto —enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara contra esa idea—, sufriré para evitar que resultes herido, para mantenerte a salvo.
Le miré fijamente.
— ¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo?
—Nunca vas a tener que efectuar la elección.
Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente y una sonrisa traviesa e irresistible le cambió las facciones.
—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo que requiere de mi constante presencia.
—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecido por abordar un tema más liviano.
No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo, me suponía capaz de ponerme en peligro a propósito para retenerla cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de que sus rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea me metería en un buen lío.
—Aún —agregó.
—Aún —admití.
—Tengo otra pregunta para ti —dijo con rostro todavía despreocupado.
—Dispara.
— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una excusa para no tener que dar una negativa a tus admiradoras?
Hice una mueca ante ese recuerdo.
—Todavía no te he perdonado por el asunto de Taylor, ya sabes —le previne—. Es culpa tuya que se haya engañado hasta creer que le voy a acompañar al baile de fin de curso.
—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo quería ver tu cara —se rió entre dientes. Sin dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo hubiera pedido, ¿me hubieras rechazado?
—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.
Se quedó extrañada.
— ¿Por qué?
Moví la cabeza con tristeza.
—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.
— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo que tropezar?
—Obviamente.
—Eso no sería un problema —estaba muy segura—. Todo depende de quién te lleve a bailar —vio que estaba a punto de protestar y me cortó—. Pero aún no me has contestado... ¿Estás decidido a ir a Seattle o te importaría que fuéramos a un lugar diferente?
En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.
—Estoy abierto a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un favor.
Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una pregunta abierta.
— ¿Cuál?
— ¿Puedo conducir?
Frunció el ceño.
— ¿Por qué?
—Bueno, sobre todo porque tu manera de conducir me asusta.
Puso los ojos en blanco.
—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción —movió la cabeza con desagrado, pero luego volvió a ponerse seria.
—De todos modos, ¿adonde vamos a ir?
—Va a hacer buen tiempo, por lo que estaré fuera de la atención pública y podrás estar conmigo si así lo quieres.
Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.
— ¿Y me enseñarás a qué te referías con lo del sol? —pregunté, entusiasmado por la idea de desentrañar otra de las incógnitas.
—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a Seattle tú solo. Me estremezco al pensar con qué problemas te podrías encontrar en una ciudad de ese tamaño.
Me ofendí.
—Sólo en población, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En tamaño físico...
—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había llegado la hora, por lo que preferiría que permanecieras cerca de mí.
Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción. No conseguí debatir ni con la vista ni con los argumentos lo que, de todos modos, era un punto discutible.
—No me importa estar a solas contigo cuando suceda.
—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías contar a Charlie.
— ¿Por qué diablos iba a hacer eso?
Sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.
—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de vuelta.
Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve seguro:
—Creo que me arriesgaré.
Resopló con enojo y desvió la mirada.
—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.
— ¿De qué quieres hablar? —preguntó, todavía sorprendido.
Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos podía oír. Mientras paseaba la mirada por el comedor, observé los ojos de la hermana de Edythe, Archie, que me miraba fijamente, mientras que el resto le miraba a él. Desvié la mirada rápidamente, miré a Edythe, y le pregunté lo primero que se me pasó por la cabeza.
— ¿Por qué te fuiste a ese lugar, Goat Rocks, el último fin de semana? ¿Para cazar? Charlie dijo que no era un buen lugar para ir de acampada a causa de los osos.
Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo evidente.
— ¿Osos? —pregunté entonces de forma entrecortada; ella esbozó una sonrisa burlona—. Ya sabes, no estamos en temporada de osos —añadí con severidad para ocultar mi sorpresa.
—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con armas—me informó.
Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.
— ¿Osos? —repetí con dificultad.
—El favorito de Eleanor es el oso pardo —dijo a la ligera, pero sus ojos escrutaban mi reacción. Intenté recobrar la compostura.
— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza como pretexto para bajar los ojos. La mastiqué muy despacio, y luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la mirada.
—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con los suyos, ansiosos.
— ¿Cuál es tu favorito?
Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.
—El puma.
—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras volvía a tomar Coca Cola.
—Por supuesto —dijo imitando mi tono—, debemos tener cuidado para no causar un impacto medioambiental desfavorable con una caza imprudente. Intentamos concentrarnos en zonas con superpoblación de depredadores... Y nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos y alces —sonrió con socarronería—. Nos servirían, pero ¿qué diversión puede haber en eso?
—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco a la pizza.
—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Eleanor para cazar al oso —sonrió como si recordara alguna broma—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más irritables.
—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —admití, asintiendo.
Se rió con disimulo y movió la cabeza.
—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.
—Me lo intento imaginar, pero no puedo —admití—. ¿Cómo cazan un oso sin armas?
—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una sonrisa breve y amenazadora. Luché para reprimir un escalofrío que me delatara—, sólo que no de la clase que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto atacar a un oso en la televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Eleanor.
No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda. Miré a hurtadillas a Eleanor, al otro extremo de la cafetería, agradecido de que no estuviera mirando en mi dirección. De alguna manera, su mirada resultaba más amenazante.
Edythe siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.
Le miré, enervado.
— ¿También tú te pareces a un oso? —pregunté con un hilo de voz.
—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal vez nuestras preferencias sean significativas.
Intenté sonreír.
—Tal vez —repetí, pero tenía la mente rebosante de imágenes contrapuestas que no conseguía unir—, ¿es algo que podría llegar a ver?
— ¡Absolutamente no!
Su cara se tornó aún más lívida de lo habitual y de repente su mirada era furiosa. Me eché hacia atrás, sorprendido —y asustado, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. Ella hizo lo mismo y cruzó los brazos a la altura de su pecho.
— ¿Demasiado aterrador para mí? —le pregunté cuando recuperé el control de mi voz.
—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te podría sentar mejor.
—Entonces, ¿por qué? —le insté, ignorando su expresión enojada.
Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:
—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar tarde.
Miré a mí alrededor, sorprendido de ver que tenía razón: la cafetería estaba casi vacía.
Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban de tal manera que perdía la noción de ambos. Me incorporé de un salto mientras recogía la mochila, colgada del respaldo de la silla.
—En tal caso, más tarde —admití.
No lo iba a olvidar.
PD: Gracias por estar conmigo. En serio, gracias. Disculpen el retraso. ¿Les conté que formo parte de un coro universitario? ¿No? Bueno, mi director es estricto... por lo que tuve que estar en ensayos. Además de ello, estuve hospitalizado.
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