Los personajes ya saben de quien son…
Me tardo pero llego.
A mi beta Jo, muchas gracias.
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Solo quería correr.
Salir de aquella habitación, salir de aquel lugar con aquel hombre que, en cinco minutos, había puesto mi mundo de cabeza.
Caminé por los pasillos de aquel hotel, no me detuve en nada. Solo caminaba por aquel solitario lugar, mis zapatos altos me tallaban los tobillos, mi ropa parecía pegarse a mi piel como si ésta fuese plástico que me quemaba.
¿Por qué? ¿Por qué tuve que venir aquí? ¿Por qué tuve que permitir que Rosalie me convenciera?
Miles de cosas tontas pasaban por mi cabeza en ese momento, las necesitaba. Necesitaba pensar en todas las idioteces que constituían mi pequeña y patética vida, una existencia repleta de cosas que no importan, de cosas sin sentido, yo soy como esas viejas alacenas donde guardas objetos que no te sirven y, sin embargo, las tienes para que estas llenen espacios que puedan hacer que tu existencia tenga sentido.
Mi vida no la tenía.
Giré mi cabeza hacia atrás y ¿si aquel hombre me seguía? ¡No! Estaba aterrada, ese hombre desnudo, extraño, desconocido, que eyaculó sobre mi... ¡Dios! ¡Que me hizo sentir tan sola! ¡Tan diferente! ¡Tan deseada!
Paré mi huida.
¡Eso era!
Tenía tanto maldito miedo de que alguien me deseara, tenía tanto horror a que un hombre me viera con aquellos ojos de hambre y de codicia que simplemente, no lo podía soportar.
Llevé mis manos a mi cara, el ascensor que me llevaría al lobby del hotel anunciaba con sus luces rojas que pronto llegaría, sentí las lágrimas que corrían por mi rostro.
¡Piensa Bella! ¡Piensa!
Calificar exámenes.
Programar las clases de la semana entrante.
Lavar mi ropa.
Ver televisión.
Una cita con mi madre en la peluquería para que ella ordenase mi nuevo corte de cabello.
Gemí… allí estaba todo. En eso consistía mi vida, veinticinco años de completa nada y soledad.
Las puertas del elevador se abrieron y una pareja de ancianos se quedo allí viéndome, aspiré el aire y este entró helado a mi cuerpo, las dos personas frente a mí no atinaban salir del elevador, les parpadeé en gesto de suplica, ellos entendieron que necesitaba el pequeño espacio de aquel lugar para poder estar tranquila, el anciano tomó el brazo de su mujer y la arrastró fuera y yo, entré a este como si en el estuviese mi lugar seguro. Las puertas se cerraron.
Tosí.
—¡Dios! ¡Dios! —solo atiné verbalizar.
¿Cómo llegué a aquel lugar?
Necesitaba mi casa, mi cama, ese lugar frío y limpio donde nunca ocurría nada, donde nadie me abrazaba, donde las noches pasaban monótonas y se deslizaban a los días peores.
Pasé mis manos por mi vestido, empuñando un poco de tela. ¡Estaba disfrazada para un acto que me llevaría a ser libre! Y, sin embargo, yo tenía miedo de todo, estaba aterrada, era más fácil para mi volver a ser la mujercita de voz delicada que aquella mujer que por medio minuto fui en aquel cuarto, con aquel dios hermoso que me miró como si yo fuese todo… todo y más.
Él, parado desnudo frente a mí…
Era perfecto.
Su cuerpo parecía pulido en piedra, todos sus músculos relucían frente a la luz, recuerdo haber pensado por medio segundo cómo sería pasar mi lengua por aquella piel.
Tuve deseos…
Un calor se extendió desde la punta de mis pies, pasando por mi vientre y llegando a mi cabeza.
Ardí.
Baje hasta su sexo, y su pene era hermoso, potente…
Me estremecí…
Me comprimí frente a la sensación de tenerlo dentro de mí…
¡Es tan enorme…! Taylor es un idiota pensé en ese momento, me sentí ridícula, una mujer de mi edad y solo había visto un pene en toda mi vida, dos con el de mi vecino. Con temor entendí que, siempre que veía a Taylor desnudo él veía mi malestar, esa era mi niña buena y culpable que siempre creyó que la verga de un hombre era algo con lo que ninguna mujer buena debía estar conforme.
Pero este hombre.
¡Ese hombre!
¡Y cómo me miraba!
Sus ojos verdes me recorrieron, una electricidad venida de sus ojos me golpeó tan fuerte, que por poco me desmayo frente a él, las aletas de su nariz se dilataron… era… era como si él me estuviese oliendo, como si algo en mí lo atrajese, trastabillé y di dos pasos hacia la puerta. Algo en mi interior pareció derretirse ante sus ojos calientes y su presencia desnuda y viril.
"¡Dios mío!" fue mi voz de ayuda y de miedo… fue mi voz ante algo que jamás había sentido: el deseo.
¡No!
Yo no podía…
Me esperaba mi casa.
Mi vida aburrida.
Mis fines de semana eternos.
Todo era un error.
¿Qué pasaría mañana si yo dejase a ese hombre entrar en mi cuerpo?
Se lo dije, mi voz salió como si fuese un pajarillo que moría, algo terrible y violento refulgió en aquella mirada.
Su barbilla se hizo dura y todo su cuerpo pareció estirarse frente a mí, su sexo erecto me agredía…
Me fascinaba…
Él podría lastimarme, hacer que mi cuerpo doliera, hacer de mí lo que quisiera… hacer que olvidara.
Se acercó.
¡Ayuda!
Dos enormes pasos y me atrapó entre su cuerpo y la puerta.
Cerré los ojos, su olor, su respiración, su verga punzando arrogantemente.
¡Quiero olvidar!
¡Quiero ser otra!
Le dije que no podía estar aquí… pero su voz me dejó sin aliento, su carcajada de hombre seguro, de hombre que poseía todo el poder, de un hombre que, si lo dejaba entrar, seguramente arrasaría con toda mi cordura. Su mejilla; los pelillos de su barba afeitada rozando mi mejilla, me hicieron gemir.
Volteé hacia él.
Me topé con su pecho hermoso y musculoso.
Una sonrisa canalla fue mi primera visión.
Puse mis manos sobre su pecho, mis uñas lo rozaron y su pene pareció saltar.
Mi voz no salía.
Déjame ir, por favor. Solo quiero irme.
"Eres una mujer muy hermosa, tu piel es lo más divino que he visto en mi vida, apuesto que muchos te lo han dicho, bombón"
Mi corazón dejó de latir… por segundos.
¿Yo era hermosa?
¿Yo?
Una maestra pálida, pequeña, la cual temía verse en un espejo para no enfrentar el rostro de una mujer que no causaba nada, una mujer simple, cotidiana y nada especial.
Nadie me lo dijo, ni siquiera Taylor en nuestros primeros meses de matrimonio.
"Podrías tinturarte el cabello querida, me gustan rubias."
"Usa zapatos altos Isabella, eres demasiado pequeñas para darte el lujo de usar sandalias."
"El maquillaje se hizo para que mujeres como tú lo utilizaran."
Pero aquel hombre me lo dijo y lo ratificó con voz sensual y profunda.
Me fijé en su boca, sus labios delineados y carnosos. ¿A cuántas mujeres habría tocado? ¿Cuántas mujeres había acariciado con aquella boca? ¿Con aquellas manos enormes? ¿Con aquel cuerpo perfecto?
Le rogué un beso.
Pude sentir duda en su mirada.
¡No! ¡Por favor! No me rechaces ahora, no lo soportaría…
Y él me besó.
Y él gimió.
Era como si de verdad me deseara, era como si aquel hombre, a quien yo pagaba cinco mil dólares la noche en realidad no fingiera, era como si mi boca fuese para él una verdad y no otra boca… una más.
¡Dios!
¡Nadie me había besado así!
Todo fue eléctrico y urgente.
Nos miramos a los ojos….
Una ráfaga de algo se cruzó en nuestras miradas.
Lo vi temblar.
Me abalancé hacia él y mordí sus labios, necesitaba más, necesitaba saber, necesitaba perderme.
Mi cuerpo era líquido.
Caliente.
Lava ardiendo.
Un dolor primario se instaló dentro de mí.
Thomas… ¿ese era su nombre? ¡No importa! Él me tocaba, él me besaba, enterraba sus dedos en mi piel, en mis caderas, era primitivo, arrebatador, era todo gemidos… que sonidos tan hermosos, que olor…
Estaba húmeda.
Hambrienta.
En menos de tres segundos, estaba en la cama de aquel hotel, con aquel dios vivo sobre mí cuerpo, el calor… calor… miedo, excitación… algo que no había sentido jamás.
Por un segundo mi cuerpo fue su mundo, por un segundo mi cuerpo tuvo vida, por un segundo fue hermosa.
Mal…di…ción…
Un sonido potente salió de su garganta.
Yo, Bella Swan, en mis años de vida jamás había escuchado aquello.
El placer de un hombre… el verdadero, salvaje y brutal deseo de un hombre.
Su semen.
Su orgasmo divino sobre mí.
Por mí.
Si, y él lo ratificaba.
Por ti bombón…
Me estremecí cuando una de sus manos se deslizó por mi muslo, él intentaba penetrar bajo mi vestido, tocarme, ir hacía mi sexo húmedo y caliente.
¡Me tocaba!
Buscaba algo de mí, sus manos enormes de dedos largos y sensuales abrirían mi cuerpo, lo sujetarían, me retendrían en algún momento mientras me penetraba.
Parpadeé…
Cerré y abrí mis ojos, un momento y aquel lugar era un hotel cualquiera, una cama cualquiera y una noche cualquiera.
¡Cinco mil dólares!
Pagaba por una mentira.
Pagaba por mi libertad.
A un hombre que no conocía, alguien que actuaba, alguien que quizás yo no le importaba.
¡Un prostituto!
Cruzamos palabras, aquel hombre bello fue cruel y cínico, ese hombre que hizo que yo me sintiese bella, en diez palabras hizo que yo retomase mis miedos y mis inseguridades.
¡Que sola!
¡Que vacía!
¡Que desesperada estaba!
Una silenciosa lágrima corrió por mi mejilla, suspiré de manera fracturada.
Cerré mis ojos.
Y de nuevo allí iba: a la soledad y al tedio.
Me despedí, oh si Renée, que nadie diga que tu niña no es capaz de ser amable y cortes, educada e hipócrita.
¿Y ahora?
Chicago y sus calles, mi auto lujoso y banal me esperaba en el garaje del gran hotel.
Encerrada en él esta noche, este viernes cualquiera yo era un desastre.
Miré hacia arriba, hacia la habitación, aún las luces estaban prendidas.
Me pregunté ¿quién era Thomas? ¿Le importaba quien era yo? Seguramente lo libré de una noche de fingir.
Soledades de cuerpos y orgasmos vacíos.
.
.
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Diez llamada perdidas de Rosalie.
—No tienes que decirme nada prima —la voz parca y sin juzgamientos de mi mejor amiga al otro lado de la línea—. No puedo decirte que hacer cariño.
¿Por qué yo era tan cobarde?
—Te pagaré los cinco mil dólares Rose.
—No te preocupes linda, es solo dinero.
—Lo siento.
Silencio.
Siempre, siempre Rosalie intentando que yo despertara, que me levantara, que alzara mi mirada hacia algo más, que no tuviese miedo.
La decepcionaba.
—Te amo Bella, lo sabes.
Ambas estábamos tan solas, ambas éramos victimas de una sociedad que nos imponía fingir, ambas en diferentes lados del espectro y, sin embargo, tan unidas por la soledad y la decepción.
—Te invito a tomar un café —fue mi respuesta.
—No, hoy no Isabella, quizás la otra semana. Hoy debo ir con Royce a la inauguración de uno de sus negocios. Hoy debo fingir mi amiga.
¿Podía ser yo más egoísta?
Rosalie, hermosa y perfecta atrapada por sus propias redes.
.
.
.
— Taylor me llevará a las Bahamas, necesito un nuevo guardarropa —Brandy tetas plásticas frente a mí.
Yo sonreía.
Su voz de pito chillón me tenía al borde.
—Y no sé qué hacer, necesito alguien que me ayude a comprar ropa, jamás creía que ir de compras fuese tan agotador, Bella. —Ella trataba de tocar mi mano, me miraba divertida y, en sus ojos, pude ver la burla de una idiota que estaba segura que con la boca en la polla de su marido podía conseguirlo todo, alguien que sabía que yo jamás lo había hecho, que siempre que mi adorado ex trataba de que yo le hiciera sexo oral, mi reflejo nauseoso me lo impedía. Mi culpa y la voz de mi madre diciendo que solo las putas lo hacían—. Tengo que ir al gimnasio, no quiero parecer una ballena en la playa —se paró frente a mí, frente a todos en el club tan solo para que la gente que allí estaba viese su cuerpo perfecto, de tetas plásticas y cirujano, para que yo viese ese cuerpo con el que ella era feliz y con el que podía hacer cualquier cosa.
Su burla.
Su risa estúpida.
Su coño dentado.
Su boca pintada de un rosa fucsia.
Todo ella era mi vergüenza, toda ella era mi fracaso.
—Tienes un hermoso cuerpo Brandy, no tienes que ir al gimnasio.
—Oh querida —la odiaba—, una mujer debe cuidarse para su esposo, tiene que hacerse desear y que otros te deseen para que así, él entienda que puede perderte.
Sus palabras disfrazaban otra cosa; "nunca seré como tu niña simplona, eres tan fea que nunca retendrás a un hombre… ningún hombre podrá desearte."
—Taylor no es superficial.
¡Maldita mentirosa!
—Oh no, él me ama Bella —y su voz chillona resonó por el espacio entre ella y yo, mientras que sorbía su margarita y hacía un gesto burlón y me decía que yo era patética.
Sin embargo, frente a todos, Isabella Swan hacía la jugada de gran dama, si hubiese un premio por la idiota más grande del mundo seguramente, yo estaría fuera de concurso.
Estaba en el club con ella, con la mujer que se había llevado mi marido. Con ella, quien siempre se burlaba de mí con sus tetas como banderines.
¡Maldita sea!
Necesitaba respirar, salir del aire viciado de aquel lugar.
Un momento….
Necesitaba vomitar.
—¿Me disculpas Brandy? Voy al baño —oh sí, que mamá Swan no diga que no educó bien a su hija, una perfecta y funcional hipócrita.
Caminé lentamente frente a todos, a lo largo del restaurante del club, me topé con varias amigas de mi madre que me besaron en las mejillas, dos palabras, sus miradas de piedad, sus miradas que me acusaban, sus miradas de decepción.
Pobre, pobre Bella Swan… ¡tanto futuro!
Me despedí de las mujeres, volteé y muchas de ellas estaban en la mesa haciendo presentación a una muy falsa Brandy, la ironía no se perdía, las urracas se la merecían.
El viento helado de aquel domingo me llegó a los pulmones.
El enorme club en medio del campo campestre era algo digno de ver, podía caminar por horas allí y nadie se percataría de mi presencia.
A unos diez metros fuera del alcancé de la vista de todos, me quité mis zapatos de mil dólares, zapatos costosos pero aburridos como diría Rose, zapatos costosos pero de dama diría mi madre.
Pisé el pasto.
Estaba húmedo y maravilloso.
Me perdí en medio del campo abierto, una hora, quizás dos y volvería donde Brandy, seguramente, ella ya habría hecho "amigas" seguramente, ya la habrían invitado a sus fiestas.
Durante una hora fui de aquí para allá, sola con mis pensamientos me perdí entre los árboles.
Solo una hora y estaría en casa, en casa…en casa.
¡Que terrible sonaba!
De pronto escuché algo:
—¡Sí! ¡Sí! ¡Dylan! Más duro, más fuerte.
¡Dios!
Gemidos.
¿Por qué a mí?
— ¡Mierda linda! —la voz del hombre era dura—. Estás tan apretada.
Yo no veía nada, las voces se perdían entre los árboles.
Solo se oía los gemidos.
—Lo haces tan bien nene, lo haces tan bien.
La voz era desgarrada y fuerte.
La voz de la mujer era agónica y gozosa.
— ¡Bésame Dylan! —ella rogaba.
— ¡No! —El hombre se ahogaba—. Quiero que te corras linda.
—Siempre lo haces, siempre lo logras… oh por favor, duro más duro cariño.
Cacofonías de voces que iban y venían, yo me quedé allí por medio minuto, escuchando:
El placer.
Las palabras.
Los ruegos de la mujer.
Los gruñidos del hombre.
—Voy a joderte por el culo, como te gusta linda —el hombre se burlaba.
— ¡Sí! quiero que me duela —ella gritó.
—Te va a doler te lo aseguro. —Una carcajada, una burla, una amenaza penetrante.
Las palabras se ahogaban y se perdían, algo aterrador, un sonido de dolor y éxtasis escuché entre el penetrar del bosque.
Yo no podía ver.
No quería ver.
Tomé mis zapatos y corrí hasta esconderme fuera del alcance de los dos amantes.
Estaba avergonzada.
Estaba curiosa.
Esperé como criminal quien cree que será atrapado.
Los minutos pasaban.
Seguramente tras aquellos árboles ocurría algo que yo no entendía, una risa de triunfo se extendió por mi rostro.
El club de alta sociedad donde todos mostraban sus caretas y sus mentiras estaba siendo violado por alguien, mi madre y las urracas seguramente no lo sabían.
De pronto de allí: Una mujer.
Era alta, morena, de unos cincuenta años, salió de allí con su vestido arrugado, su cabello revuelto y sus bragas en la mano.
Traté de fijar mi visión.
Yo la conocía.
¡Dios!
La conocía.
Carmen Thompson, la urraca mayor.
La matrona.
La abadesa de las urracas, la que un día me dijo que todas las mujeres debían ser delicadas y frágiles y siempre sumisas.
¡Ella!
Ella exigía que le dieran por el trasero.
¡Farsante!
Carmen, el símbolo de la sociedad de Chicago, ella a quien todas querían emular, madre y abuela… ¡ella pedía sexo anal!
En medio segundo la hipócrita arregló su cabello, retocó su maquillaje, alisó su vestido, se colocó sus zapatos… algo la detuvo, un pequeño terror en su rostro ¡sus bragas! ¡No las tenía con ella!
Vi en su cara una chispa salvaje.
Una chispa rebelde.
Volteó hacia el bosque.
Su amante estaba allí… él las tenía.
Carmen alzó su cabeza y como una reina caminó elegantemente hacia el club.
Esperé.
Ella no podía verme.
La vi perderse en el camino.
Quise salir a la luz, pero de pronto algo se movió entre los arbustos y me escondí.
Un hombre.
Él hombre, el amante… Dylan.
Alto, fornido, vestido con elegante Armani negro, ese hombre joven salió de entre la maleza.
¡Dios mío!
Lo reconocí.
El hombre más hermoso del planeta, aún vestido lo reconocí.
Cabello cobre.
Rostro esculpido.
Boca perfecta.
Verga potente.
¡Thomas!
El desconocido de la noche del viernes.
El hombre que me hizo creer que yo era única… aquel que me besó.
Cinco mil dólares la noche.
Sagrados bóxer de Rob. ¡Diablos! ¿Qué ocurrirá después?
Gracias por leer.
No contesto porque estoy en el hospital de enfermos mentales y, de allí, solo salgo a beber sangre y a escribir esto.
