Gracias a MoonyStark, untouchrk, Lilioth, Jade Edaj, Macka e Isabel. Y un saludo a los lectores ninjas. Os veo.
(Por cierto, en respuesta a Isabel: Rin tiene la opinión que ha crecido escuchando. Eso no lo hace mejor o peor persona. Simplemente, son sus circunstancias.)
CAPÍTULO XI
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El camino en realidad no era camino, sino un río que sólo existía en primavera, cuando la nieve se derretía y el agua se encauzaba entre las montañas arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Con todo, las plantas no aprendían; estaban secas a causa del frío, pero seguían en el fondo del río vacío, sin importarle que en pocas semanas fuesen a ser arrancadas de cuajo.
Parecían haber sido más inteligentes los matorrales y árboles que crecían en las lindes, que pese a que en su mayoría también habían perdido las hojas al menos conservaban su estructura, esperando que el frío extremo se marchase de Atia para resucitar, del mismo modo que las plantas del desierto necesitaban una tormenta para florecer durante unas horas.
Era, a su modo, hermoso, y Gou lamentaba las circunstancias que la habían llevado hasta esa situación. En su plan estaba viajar a todas las regiones del reino con cierta frecuencia para comprobar con sus propios ojos cómo iban las cosas; pero nunca había querido que fuese así, persiguiendo a una traidora que pretendía desvincularse del gobierno y los Dioses sabrían qué le habría hecho a su hermano.
Se mordió el labio cuando llegaron a la unión entre el río seco en el que se encontraban y otro, más grande, sabiendo que se avecinaba otro suceso desagradable.
—Pasaremos la noche aquí —anunció, y Sera se encargó de comunicárselo a los demás.
Gou observó con cierto interés cómo sus hombres montaban su tienda; sin embargo, se olvidó por completo de ellos cuando Rei se acercó escoltando a Nagisa.
—Vamos —Gou hizo un gesto con la cabeza para que el soldado y el titiritero la siguieran cauce abajo. Ninguno de los tres dijo nada mientras avanzaban unos cien metros, lo suficiente para alejarse del resto de soldados y evitar que los escuchasen.
Gou intentó tragarse el nudo que se le había hecho en la garganta cuando se detuvo, sabiéndose protegida de las miradas de sus hombres tras un agracejo francamente descomunal.
—He de irme, ¿no? —murmuró Nagisa.
La Sultana asintió.
—Si todo va bien, nos veremos pronto —le aseguró. Quiso creerlo—. Pero sé que tienes los medios para llegar a Kinn más rápido que nadie, y no puedo mandar a una comitiva pomposa para esto. ¿Llevas los documentos? —Nagisa asintió—. ¿Has comprobado que estén todos sellados? —otro asentimiento—. ¿Te has quedado con el orden en que has de darlos…? —Gou suspiró—. Bien…
—¿Vos estaréis bien, Alteza? —la interrumpió Nagisa—. Si vais a estar en el centro de lo que ocurra…
Gou sonrió.
—Me las apañaré. Además —se giró hacia Rei, que se mantenía en su posición, con la espalda recta y la expresión seria—, estoy en buenas manos.
Nagisa había dado un paso hacia ella, pero se detuvo al recordar que Rei seguía presente. Gou se mordió el labio, buscando una solución:
—Rei —empezó—. Busca… eh…
—Madera —completó él.
—Madera —repitió Gou, viendo cómo echaba a andar para rodear el agracejo y darles algo de intimidad. Se le escapó una risita antes de volverse a Nagisa—. Ten cuidado. No necesito más problemas —le advirtió.
El joven asintió. Con cautela, eliminó la distancia que lo separaba de la Sultana y tomó sus manos, acariciando el dorso.
—Me hubiese gustado contarte algún cuento —admitió en voz baja—. He aprendido unos cuantos desde que me marché de Al-Dimah.
—Y a mí me hubiese encantado oírlos —replicó Gou. Le dolía separarse de él de nuevo cuando ni siquiera habían terminado de reencontrarse, pero no podía ser tan egoísta como para imponer sus deseos ante las necesidades del reino—. Si todo esto termina bien…
—¿Qué? —Nagisa no habló hasta que pasó casi un minuto sin que la Sultana dijese nada.
Gou pensó en las cartas que el joven llevaba. En los tratos y los sacrificios que podría suponer para ella el bien de Awaash. En lo frías que estarían sus manos cuando Nagisa las soltase, y en la traición que suponían las palabras que ella misma había escrito.
Se obligó a sonreír.
—Nada. Seguro que terminará bien.
Era el único modo en que podía terminar. Y ella era sólo una persona, una mujer cuyos deseos no importaban comparados con los de su pueblo.
Y, a pesar de todo, una parte de ella le reprochó su empeño por ser Sultana cuando se dejó acunar por los brazos de Nagisa, sus ojos ardiendo tanto que tuvo que cerrarlos mientras besaba al joven. Quería ser egoísta y hacer lo que quisiera, quería que por una vez sus deseos personales no interfiriesen con su deber. Estaba harta de sacrificar cosas porque debía ceder.
—Eh —Nagisa se separó de ella y ladeó la cabeza—. ¿Por qué lloras?
Quizá fuese el violento contraste entre el frío de Atia y la calidez que la arropaba al estar cerca de Nagisa. Puede que se tratase de todas las preocupaciones, todos los miedos que había encerrado, que por fin empezaban a escapar por las grietas de su autocontrol. Pero Gou estuvo a punto de ser sincera; incluso despegó los labios.
Y se dio cuenta de que decir la verdad sería aún más complicado.
No ahora.
—No lo sé —sollozó, hundiendo el rostro en el hombro de Nagisa—. Espera un poco más —le pidió.
Nagisa no se marchó hasta que Gou se secó la última de sus lágrimas. Cuando el joven se alejó por el camino, la Sultana se giró y descubrió a Rei espiando tras el agracejo.
—A-Alteza, no quiero que pe-penséis… Estaba… Eh…
Gou suspiró. Estaba agotada, y no se trataba únicamente del viaje.
—No voy a cortarte la cabeza por esto, Rei. Sólo mantén la boca cerrada.
El guardia asintió, aún nervioso.
—¿Qué espera a cambio? —inquirió en voz baja.
—Nada —darse cuenta de que era verdad fue lo más doloroso—. No espera nada, Rei, y yo tampoco puedo darle lo que querría.
Rei no insistió. No hizo ningún comentario durante el resto de la noche.
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La generosidad fue algo más que una opción cuando a Apona llegaron tropas de las ciudades cercanas.
Todos los vecinos estaban obligados a aportar algo al ejército de la Condesa; los que no podían permitirse ceder comida se encargaban de dar cama a los hombres que protegerían Apona, y toda Atia, del inminente asalto a la ciudad por parte de la Sultana.
No muchos sabían la intrincada telaraña que los había atrapado en esa situación, sin embargo. La propia Asuka seguía sin saber cómo la Sultana había sabido adónde dirigirse después de su huida de Lonaria; no obstante, ésa no era su principal preocupación. Era consciente de que el ejército que se había reunido en Apona sería más que suficiente para aplastar a la Guardia de la Sultana, pero dudaba que esa niña no hubiese sido lo suficientemente precavida para buscar refuerzos.
Si no se libraba de ellos rápido, Asuka sabía que a Apona le esperaba un sitio. Y sabía que, pese a que ya se estaban llevando labores de abastecimiento, las provisiones no serían suficientes; entre el séquito de soldados, criados y esclavos que habían llegado con ella y las tropas que habían enviado desde las ciudades vecinas, la población de Apona casi se había duplicado.
No le preocupaban los esclavos; tenía claro que los mantendría hasta que no pudiese alimentarlos, y después los sacrificaría para que su comida llegase a la boca de un atiense. Si el Príncipe aún conservaba la cordura para entonces, Asuka simplemente lo mantendría encerrado hasta que todo terminase, de una forma o de otra.
Pero, aun así, no quería un sitio. No quería ver sufrir a su gente; sabía que, pese a que aguantarían más de lo que la Sultana esperase, resultaría imposible asegurarse de que todos los atienses tenían medios para llenarse el estómago. Que probablemente algún que otro esclavo vería en la hambruna la oportunidad para recuperar sus derechos y se creería igual que los ciudadanos de Apona, que se rebelaría contra su amo y sería capaz de cualquier cosa para conservar su pantomima de vida.
—Señora —Asuka volvió al a realidad más bruscamente de lo que le hubiese gustado, ladeando la cabeza para encarar a uno de los esclavos. Era tremendamente alto, pero el miedo lo hacía encogerse y parecer poco más que una estatua de palo. La Condesa lo reconoció enseguida.
—¿Ocurre algo?
—Su Alteza se niega a comer —explicó el hombre.
Asuka resopló. No estaba segura de quién era más crío, si el Príncipe o la Sultana. De cualquier modo, no iba a dejar que un berrinche la alterase. A estas alturas el joven ya no tenía ninguna utilidad; que él solo hubiese decidido no ser una molestia para los atienses era lo mejor que podría haber pensado.
—No desperdicies comida, entonces.
No quería matar de inanición al Príncipe. Sólo asegurarse de que comprendía el valor de la comida, algo que probablemente no le habían enseñado en todos los años que había pasado mimado en su Palacio.
Asuka permitiría que le llevasen comida. Cuando el joven suplicase por ella.
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El sol estaba en su punto alto cuando divisaron Apona.
No calentaba, aunque eso no era nada nuevo; en Atia el sol únicamente aportaba luz. No obstante, y sin que los guardias, los mercaderes y la Sultana se diesen cuenta, sus rayos asestaban dentelladas a cada pedacito de piel expuesta que encontraran. Uno de los guardias había comentado que se debía a que el Dios Sol detestaba que ascendiesen y se acercasen a sus dominios y los quemaba para castigar su osadía.
Ante tal justificación, Sousuke se había limitado a resoplar, viendo cómo Rei ponía los ojos en blanco. Miró a Gou, pero ella no parecía en absoluto divertida.
Ni siquiera parecía estar del todo ahí. Desde que Nagisa se separase de ellos, había estado taciturna y distraída, lo cual era alarmante cuando se trataba de alguien que por lo general era totalmente consciente de su entorno. Sousuke había intentado hablar con ella en bastantes ocasiones durante los últimos dos días, sin mucho éxito.
Casi se había rendido, pero tuvo que preguntar cuando vio las torres que intentaban pinchar el cielo dentro de las murallas de Apona.
—¿Qué haremos?
Gou dio un respingo y aferró las riendas de su montura con más fuerza.
—¿Eh?
Sousuke resopló.
—Cuando lleguemos a Apona —Gou se dispuso a responder, pero él no la dejó—: Si es por ese cuentacuentos tuyo… —empezó, casi en un susurro.
La joven lo fulminó con la mirada.
—Tengo problemas más graves que Nagisa —le espetó en voz baja; su parecido con Rin cuando estaba enfadada era tan evidente que resultaba un poco siniestro—. Dudo que la Condesa se entregue sin oponer resistencia, así que, si no encontramos una manera de penetrar en Apona, la rodearemos y esperaremos a que salgan ellos.
Sousuke se mordió el labio; no había querido disgustarla. Pero últimamente parecía que los Dioses le hubiesen concedido el don de disgustar a los Matsuoka. Alargó un brazo con cautela para tomar la mano de su amiga; afortunadamente, Gou no se apartó.
—Perdona —murmuró; la joven asintió, sin mirarlo—. Pero tengo algo de razón, ¿verdad?
Gou asintió de nuevo.
—No es sólo eso. Aunque logremos capturar a la Condesa, aún tenemos que encontrar a mi hermano. Y éste es el primer problema real al que me enfrento… si sale mal, quedaré en evidencia delante de todo Awaash, y los Dioses saben qué medidas querrá tomar el Consejo —apretó los dedos de Sousuke—. Ni siquiera sé por dónde empezar a buscarlo —susurró.
Sousuke quiso abrazarla; pese a que sabía que su amiga era fuerte, pese a que la había visto demostrar un valor inigualable durante los últimos días, también era consciente de que la carga que la joven Sultana llevaba sobre los hombros podía resultar agotadora. No obstante, se conformó con acariciar el dorso de su mano con el pulgar; la vulnerabilidad de la Sultana era un asunto privado, y había muchos guardias observándolos en ese momento.
—Lo encontraremos —afirmó con seguridad. Se giró para ver a Haruka, callado e inmóvil sobre su dromedario—. De una forma u otra, acabaremos dando con él.
Como si lo hubiese oído, Haruka alzó la mirada y clavó los ojos en él. Luego apretó los labios y volvió a observar el pelaje de su montura, como enfadado por algo que Sousuke no alcanzaba a entender.
Lo que sí entendía, sin embargo, era que entre la multitud que se acercaba inexorablemente a Apona había al menos tres personas que no descansarían hasta recuperar a Rin.
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La Condesa fue a visitarlo al atardecer.
Rin no se molestó en mirarla; se concentró en la pared de enfrente, sabiendo que la mujer se marcharía antes si no le hacía caso. Y no quería oírla, no quería oír nada.
—Si miráis por la ventana, Alteza, quizá reconozcáis a alguien —Rin cerró los ojos—. Vuestra hermana ha venido hasta aquí en nombre de esa ridícula empresa suya; y me temo que en esta ocasión ni siquiera saber que estáis aquí la ayudará a controlar su ira. Reducirá Apona a cenizas.
—Ojalá.
La palabra burló el autocontrol de Rin con una facilidad inusual. Al joven no le importó. Ni siquiera saber que su hermana estaba a las puertas de la ciudad penetraba lo suficientemente hondo como para importarle. El dato había sido reducido a poco más que palabras; y fue un logro, teniendo en cuenta que el dolor de su brazo roto, el interminable ardor proveniente de su espalda y los furiosos rugidos de su estómago le impedían comprender el significado de la mayoría de lo que ocurría desde que cayese, de nuevo, en manos de la Condesa.
—Me temo que no permitiré que eso ocurra, Alteza.
Rin apretó los dientes. Le traía sin cuidado el destino de Apona. Sólo quería que la Condesa se marchase. Estar completamente solo ya dolía demasiado; que la mujer lo acompañase para mofarse de él lo angustiaba tanto que casi le impedía respirar.
Si Gou viene, Haru…
Rin sacudió la cabeza. No. Eso no era cierto. ¿Cómo podía estar seguro de que la Condesa no había mentido? Sus comentarios desdeñosos constituían la única conexión que tenía con lo que ocurría en el exterior. No era una fuente de información fiable, aunque fuese la única que tenía.
La llegada de Gou debía de ser verdad, ya que era algo que Rin podía comprobar si lograba ponerse en pie y acercarse a la ventana. Sin embargo, era lo único en lo que el joven podía confiar. No era seguro que Haruka estuviese con ella. Ni los demás tampoco.
No se percató de que la Condesa seguía hablando, ni tampoco escuchó cómo, frustrada ante su falta de reacción, la mujer salía de la celda. Probablemente se había perdido únicamente mentiras.
Haruka no estaba con Gou. Era demasiado inteligente para ello; seguramente ni siquiera estuviese en Atia, sino a una distancia prudencial de la región, tranquilo y a salvo con Makoto y los demás.
Lejos.
Debería haber sido una idea tranquilizadora, pero sólo logró que su cuerpo se estremeciese con sollozos reprimidos.
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Apona era inexpugnable.
Después de que la Condesa se asomase a la muralla para confirmar que no, no tenía la menor intención de entregarse sin oponer resistencia, la Sultana había ordenado a un grupo de cinco guardias rodear la ciudad en busca de alguna forma de colarse en el interior, pero no había manera; no importaba por dónde lo mirasen, había un muro de diez metros impidiéndoles entrar.
La opción había sido, pues, sitiar la ciudad. Había pequeños campamentos dispersos cerca de las puertas cerradas a cal y canto; aún eran pocos, pero asegurarse de que nadie saliese de Apona sin su conocimiento era, de momento, la mejor estrategia a seguir.
A Haruka y los demás les fue asignado el campamento de la puerta Este; era uno de los más seguros, dado que la Sultana estaba allí, pero de todas formas ninguno tenía la sensación de peligro de momento. Quienes estaban sitiados eran los habitantes de Apona; y después de explorar durante toda la tarde los alrededores de la ciudad la Guardia consideró bastante probable que, a diferencia de Lonaria, allí no hubiese ningún pasadizo que les permitiese escapar.
De modo que Haruka pasó la tarde afilando sus puñales y asegurándose de que Hana hacía lo propio sin cortarse por accidente.
Aún no estaba seguro de quién había decidido que era buena idea llevar a lo que quizá se convirtiese en una batalla campal a una niña pequeña; pero, y pese a que la Sultana había dejado a hombres de su confianza en Lonaria para asegurarse de que se mantuviese el orden hasta que la situación se estabilizara, Hana no había querido quedarse allí. Y aunque poco a poco permitía que la gente se acercase algo más a ella sin salir corriendo como un ratoncillo asustado, seguía sin confiar en nadie más que Haruka, así que estaba a su cuidado por una especie de acuerdo tácito.
No le molestaba en exceso. A pesar de que Hana no hablaba, se las ingeniaba para que la entendieran; y conforme pasaban los días el miedo que dominaba todo su cuerpo iba dejando paso a un brillo sagaz en sus ojos oscuros. Haruka se preguntaba si tenía familia, pero no tenía pensado vocalizar sus dudas.
Estaba oscuro cuando terminaron, pero Hana no parecía intranquila mientras trotaba tras él hacia la hoguera para cenar. Era una pena que siendo tan joven supiese con tanta certeza que había cosas mucho peores que la oscuridad.
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Como de costumbre, la misión de Rei no estaba en la ofensiva, sino que se trataba de proteger a la Sultana. Estaban en la retaguardia del campamento de la puerta Este, uno de los que mayor densidad de guerreros tenía en relación al tamaño de la puerta. Y Rei no estaba entre los hombres a los que se les había asignado la primera guardia, así que echó una cabezadita en la tienda contigua a la de la Sultana.
Lo despertó un grito.
Lo primero que hizo al abrir los ojos en la oscuridad, antes siquiera de intentar comprender qué ocurría, fue agarrar la cimitarra de su cinturón. Tardó menos de un segundo en salir de la tienda y enfrentarse al horror que se había desatado en el campamento.
A la luz de las tres hogueras, podía ver al menos una docena de personas que yacían en el suelo, muertas o –quería creer– heridas. Los guardias que seguían en pie luchaban contra los soldados de la Condesa; una vez que hubo escuchado el primer grito, Rei fue consciente del resto.
No tuvo tiempo para detenerse a pensar en qué había pasado, sin embargo; enseguida estuvo demasiado ocupado ayudando a sus compañeros a defenderse de los soldados de Apona.
Notas de la autora: Llevo siglos queriendo llegar a esta parte. Aaaaahhhhh.
En fin, ¿qué os ha parecido?
