Todo estaba muy tranquilo y silencioso, sentía mis ojos muy pesados y sin ganas de abrirlos pero la luz del sol que atravesaba la ventana dándome en todo el rostro, por lo que no tuve más remedio que despertar. Al abrir los ojos, pude ver una cama vacía al otro extremo de donde se encontraba la mía y pensé que el enano ya se habría levantado, pero una vez que estuve completamente consciente me di cuenta de que un fuerte brazo me rodeaba de la cintura, así que me giré y me encontré con el rostro dormido de Levi a muy pocos centímetros del mío. Roja como un tomate, me inmovilicé evitando despertarlo —a pesar de haberme girado hacia él sin importarme si lo despertaba o no— y contuve la respiración a la vez que apreté mis ojos. "Al no poder contenerme más, acerqué mis labios a los suyos depositando un pequeño beso lo que, para bien o para mal, terminó haciendo que el azabache despertara descubriéndome enseguida.
— Mocosa... ¿Qué hora es?
— No lo sé, pero...
Si papá entra a la habitación y nos ve así, será el fin de los dos...
— Levi... ¿qué haces en mi cama?
— ¿Ah..? Pues, anoche tuviste una pesadilla.
— Si... lo recuerdo, ¿y?
— Estabas tan asustada que no podía dejarte dormir sola, así que te mantuve abrazada hasta asegurarme de que volviste a dormir y el que terminó dormido fui yo.
— Oh...
Cierto, no quería que se fuera...
— Gracias, no tenías que hacerlo...
— Tsk, cállate ya, mocosa.
El enano se aproximó a mí de tal forma que estuvo a punto de rozar sus labios con los míos, pero unos repentinos pasos afuera de la habitación me obligaron a instintivamente empujarlo, quizás con demasiada fuerza, porque terminó cayendo al suelo.
— L-Lo siento...
— Ow... ¿qué demonios, Mikasa?
Apenas el azabache terminó de formular su pregunta, mi madre entró a la habitación con su alegre sonrisa y una bandeja llena de deliciosa comida en sus manos. Mi rostro se enrojeció casi de inmediato, y mi madre, como es obvio, lo notó enseguida.
— ¡Buenos días! ¿Todo bien por aquí? Mikasa... ¿tienes fiebre?
— N-No, mamá... es que, hace algo de calor... bueno... mucho, ¿no lo crees, mamá?
— Ya veo... pues sí, hace un poco de calor ahora que lo pienso.
Su mirada se dirigió hacia donde se encontraba Levi, quien se había sentado sobándose su cabeza.
— Buenos días, Levi, ¿te sientes bien..?
El chico de ojos azul naval se rascó la nuca con una sonrisa que mostraba algo de vergüenza.
— Buen día, señora Ackerman... si estoy bien, es sólo que perdí... un libro, y creo que tal vez está debajo de la cama...
— ¿Hmm? Oh, entiendo, espero que lo encuentres.
Mi madre me miró entonces y, guiñando un ojo, dejó la bandeja sobre el borde de la cama. La miré extrañada, pero preferí no hacer ninguna pregunta al respecto; suficiente tenía con que haya aventado a Levi como para escuchar alguna rareza de mi madre y, de paso, que el enano la escuchara también. Se alejó de nuevo cerrando la puerta y Levi se levantó de nuevo, ahora sentándose en su cama.
— Éso estuvo cerca...
— ¿En serio, Levi? ¿Un libro? ¿No se te pudo ocurrir algo un poco más coherente?
— ¿A ti se te ocurre algo más?
— Tsk...
Desvié la mirada hacia la bandeja, la cual estaba llena de comida tradicional japonesa: onigiri, sushi, tempura, entre otros, como si mi madre hubiera preparado todo un menú de restaurante exclusivo para nosotros dos. Comencé por probar el onigiri, el cual estaba relleno del distinguido pollo casero que mi madre solía preparar en casa: crujiente y delicioso. Tal sabor y textura me llenó de nostalgia, tenía mucho tiempo sin probar la comida hecha por mi madre y en verdad lo extrañaba. Levi, al verme tan concentrada con la comida, se acercó nuevamente y tomó un plato de tempura, probando un bocado. Nos mantuvimos en silencio mientras comíamos, lo más seguro era que ambos estuviéramos sufriendo de hambre extrema y ese momento se sentía como la gloria para los dos. Una vez terminamos y le agradecimos la comida a mamá y saludamos a papá —muy a su pesar—, decidimos salir para no sentirnos presionados por ellos, sobre todo Levi.
Fuimos a recorrer las pequeñas plazas, compramos algo de helado, hablamos sobre cosas triviales y profundas a la vez, nos tomamos de la mano de vez en cuando (Levi con algo de timidez y yo muriendo de pena), en fin, hicimos lo que cualquier parejita de enamorados haría. No fue hasta unas horas después que me sentí cansada de tanto caminar, por lo que le pedí al azabache descansar un momento; él, al parecer, no me escuchó, porque continuó caminando jalando de mi mano, sin permitirme mi tan merecido descanso. Pocos minutos después, ya que estaba atardeciendo, llegamos a un parque que se encontraba en la cima de una pequeña colina. Obviamente, yo estaba a punto de caer rendida después de la caminata, por lo que en cuanto vi una banca utilicé toda mi energía para llegar a ella y tumbarme para dejar descansar a mis pobres pies. El azabache imitó mi acción y se sentó a un lado mío, entrelazando sus dedos con los míos y apretándolos con suavidad.
Maldita sea enano, no hay pequeña acción que no me haga sonrojar...
— El día de hoy fue divertido... deberíamos hacerlo más seguido cuando volvamos a casa... ¿te gustaría, Mikasa?
Y sólo ésto me faltaba... que te pusieras así de tierno y tímido.
No pude evitar mirarlo asintiendo con la cabeza, con una enorme sonrisa y una mirada llena de ternura, incluso sin importarme lo sonrojada que estaba. Él me devolvió la sonrisa y se acercó para susurrarme al oído.
— ¿Te digo algo, mocosa? Desde la mañana he querido hacer algo pero con la violenta interrupción que tuve en ese momento pensé que lo mejor sería dejarlo pasar... pero no, no puedo seguir aguantándome, tengo que hacerlo.
Sólo bésame y ya, idiota...
— No creo que vuelvas a ser interrumpido, pero será mejor que te apures... estoy tan cansada que podría quedarme dormida aquí
— Tsk, qué chistosa.
Apenas dejé salir una risilla nerviosa, el enano se acercó veloz como un rayo interrumpiéndome con un beso profundo y cálido. Con mi corazón dando brincos de felicidad, sentí cómo su mano se paseaba por mi cuello hasta quedar en mi nuca mientras yo dejaba que una de mis manos se paseara por su pecho. No duró mucho, de hecho sentí que había sido demasiado corto, cuando el azabache se separó y murmuró en mis labios aquellas palabras que jamás podría olvidar:
— Te quiero, Mikasa.
