Hola, los personajes de Twilight no me pertenecen, y la historia es de Tatyperry, solo me adjudico la traducción.
Canciones del capítulo:
Home ― Michael Bublé
Come Back When You Can – Barcelona
Capítulo 11 ― Home
Julio de 1945
Jasper's POV
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Maybe surrounded by
Tal vez esté rodeado de
A million people I
Un millón de personas,
Still feel all alone
Aún me siento totalmente solo
I just wanna go home
Solo quiero ir a casa
Baby I miss you, you know
Cariño, ¿sabes? Te extraño.
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No sabría explicar en palabras lo que estaba sintiendo. Después de cuatro años viviendo en ese infierno, sin tener la seguridad de si llegaría vivo al final de un día más, estaba regresando a casa. Sabía que pocos tuvieron la oportunidad de sobrevivir tanto tiempo ahí y, a pesar de todos los problemas, todo el dolor, tenía que agradecer por eso, por haber tenido fuerzas para sobrevivir. Y no lo hubiese logrado si no fuera por mi amor a Alice y el deseo de regresar a sus brazos; por Edward y su idea loca de tratar a los enfermos de ahí, con los escasos recursos y bajo las narices de los alemanes. Pero la verdad es que por más absurda que esa idea fuera, me dio un ideal, un motivo más por el cual luchar.
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Let me go home
Déjame ir a casa
It all will be alright
Estará todo bien
I'll be home tonight
Estaré en casa hoy por la noche
I'm coming back home
Estoy regresando a casa.
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Y ahora, regresando a casa, en ese tren, solo quería besar a mi chica, como en los viejos tiempos, y reencontrarme con mi amigo, ver que logró sobrevivir y que estaba al lado de su Bella. Era gracioso que sin nunca haber visto a Bella era como si la conociera de años, y sabía que Edward debía tener la misma sensación en relación a Alice, ya que pasábamos horas, todos los días, hablando sobre nuestras chicas. Sé bien que a esa altura Edward ya debía conocer a la razón de mi vivir, y visto que mis palabras no le hacían justicia a toda su belleza y generosidad. Por lo menos tenía que creer en eso, creer que consiguió escapar y regresar a París sin peligro y que estaba vivo y era feliz en ese momento.
Cuando soviéticos y americanos llegaron en esa mañana y nos liberaron, solo conseguía pensar en Edward y en la ironía de todo eso. Tantas veces hablamos de huir, vimos a tantos hacerlo pero terminamos arrepintiéndonos en último minuto y, justo cuando él decide que no aguantaba más esperar y huye, el campo es liberado. Debió haberlo logrado, no podía haber sido todo en vano. Me reusaba a pensar que podría estar muerto. Ya había visto demasiada gente morir para una vida entera.
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Flashback
Mis días transcurrían calmadamente, dentro de lo posible. Escuché rumores de que el Dr. Mengele había abandonado Auschwitz. Por lo que escuchamos por radio, todo se estaba desmoronando y cayendo a pedazos.
Al día siguiente de la huida de Edward, me llegó a las manos, casualmente, un periódico que anunciaba el comienzo de la ofensiva rusa y, con el pasar de los días, los disparos eran cada vez más audibles; la línea de fuego iba volviéndose cada vez más cercana. El día 17 de enero, fui más temprano al galpón, pues quería estar solo con mis pensamientos. Debía ser media noche cuando me despertaron una serie de violentos estruendos, sonidos de ametralladoras y relámpagos impresionantes. Escuché el ruido de las puertas que las golpeaban y de personas corriendo. Las luces de la sala de incineración estaban encendidas y las puertas de los alojamientos de los soldados de la SS abiertas, testimoniando la rapidez de su partida.
Los pesados portones del crematorio también estaban abiertos, ningún guardia a la vista. Miré rápidamente a las torres de vigilancia y por primera vez en meses, estaban vacías. Corrí de regreso para avisar a mis compañeros de galpón, nos vestimos apresuradamente y nos preparamos para la gran jornada. Muchos soldados habían huido, no debíamos esperar por los rusos, una vez que los soldados nazis de la retaguardia nos encontraran no dudarían en matarnos. Felizmente, en la carrera por escapar, habían dejado alguna ropa tirada, además de comida enlatada, remedios y cigarros.
Partimos ―y por primera vez en mucho tiempo, o quizá en mi vida entera, había entendido el significado de la palabra libertad― en dirección a Birkenau, cuyos árboles estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve. El mismo camino que conduciría a muchos a la muerte…
Sí, Birkenau estaba en llamas. Algunas de las habitaciones de los soldados, donde eran guardados los registros y documentos, estaban ardiendo. Cerca de tres mil personas estaban reunidas afuera, cercados por alemanes, a la espera de la orden para comenzar a caminar. En el fondo, prisioneros y soldados, todos huiríamos de ahí, pero creía muy poco probable que lograran llevarnos muy lejos; en un día o dos, los rusos nos alcanzarían, antes incluso de que eso pasara, los soldados desertarían con toda seguridad. Mientras eso, lo mejor que teníamos para hacer era caminar con los otros entre las dos líneas de fuego.
Iniciamos la marcha cercados por una compañía de la SS. Discutimos con nuestros recientes amigos todo lo que estaba pasando y lo que podría pasar ahora, intentando develar lo que el futuro nos traía. ¿Podrían los soldados llevarnos nuevamente a prisión? O, como esperábamos, ¿desertarían en medio del camino?
Habíamos caminado algunos kilómetros cuando ráfagas de tiros empezaron a llegarnos, la guardia avanzada rusa nos cercó y, tomándonos por una columna militar, abrieron fuego. Esquivamos algunas balas al otro lado del camino, el tiroteo estaba pesado de ambos lados. Entonces, en un instante, todo se tranquilizó nuevamente y continuamos nuestra jornada a través de la tierra cubierta de nieve.
Poco a poco el sol comenzó a aparecer, algunos kilómetros adelante, nos topamos con una imagen aterradora: cada diez metros, al lado del camino, un cuerpo ensangrentado yacía con una bala. Durante kilómetros la escena se repetía: un rastro de cadáveres. Estábamos exhaustos, no podíamos dar siquiera un paso más, y cuando alguno se apartaba de las filas, los nazis los despachaban con una bala en la cabeza, pues los soldados tenían orden de no dejar a nadie atrás con vida. Un pensamiento desalentador. La visión de esos cuerpos, al mismo tiempo que nos aterraba, nos daba ánimos; ahí quedó más que claro que caminar significaba sobrevivir.
Cerca del medio día llegamos a Plesow, donde hicimos nuestra primera parada, pasamos una hora en el estadio de fútbol. Todos los que tenían algo para comer, comieron un poco y, entonces, retomamos la marcha a través del camino nevado. Una semana pasó, dos semanas pasaron y aún caminábamos. Durante veinte días caminamos hasta que, finalmente, llegamos a la estación ferroviaria. Entre todo, habíamos cubierto más de doscientos kilómetros, por mis cálculos, sin tener prácticamente nada muy consistente para comer en esas tres semanas. Durante la noche dormíamos a la intemperie, bajo el frío cortante. Cuando llegamos a Ratibor, solamente dos mil de nosotros fueron contados, aproximadamente mil habían sido fusilados a lo largo del camino. Por eso todos nos sentíamos muy aliviados al ver los vagones a nuestra espera.
Subirnos al tren y, después de una noche entera de espera, comenzamos a andar. El viaje duró cinco días. No conté el número de compañeros que murieron congelados, lo que sé es que solamente mil quinientos llegamos al destino, al campo de Mauthausen.
Después de la tradicional llamada, fuimos enviados través de un camino tortuoso para los baños, donde encontramos grupos de recién llegados de otros campos; debían haber aproximadamente diez mil amontonados en ese espacio.
Un viento fuerte soplaba entre los muros. La montaña en la cual estaba construido, señalaba el comienzo de los Alpes y los inviernos ahí eran extremadamente rigurosos. Supimos que seríamos llevados a los baños en grupos de cuarenta, se cualquier manera, calculé que nos llevaría mínimo tres días para que todos tomáramos el baño.
Los guardias que servían ahí habían sido reclutados entre los criminales alemanes, hombres que cumplían penas por asesinado, asaltos y cosas del género. No era preciso decir que eran servidores fieles de los nazis. Su trabajo consistía en agrupar a los deportados para el baño. Los prisioneros arios eran los primeros; la verdad, habían tantos arios que llegué a pensar que los judíos no se bañarían hasta el tercer día. Esperar tanto tiempo se volvió un caso de vida o muerte, pues un prisionero no podía entrar en los galpones hasta ser inscrito en la lista de lo que recibieron "raciones" y sin primero pasar por el baño. Para una persona que estaba exhausta, una espera de dos días sin comida significaba prácticamente la muerte, pues sus piernas flaquearían o sus ojos se cerrarían de sueño y caería en la nieve para nunca más levantarse. Decenas de prisioneros estaban estirados en la nieve a mi espalda, nadie prestaba la mínima atención a ellos, pues cada uno estaba haciendo lo posible y lo imposible para continuar vivo.
Reflexionando sobre mi situación, decidí que no podía pasar la noche a la intemperie sin antes poner en juego mis ya precarias oportunidades de supervivencia. Tenía que ir a los baños ese día. Felizmente, conseguí infiltrarme entre un grupo que estaba entrando a los baños y pasé desapercibido. El aire caliente trajo nuevas fuerzas a mis piernas casi congeladas. ¡Después de días y días de frio intenso, al fin un lugar caliente! El baño me hizo tremendamente bien, nuestras ropas fueron consideradas contaminadas y, por eso, debimos abandonarlas. Sentí mucho el tener que tirar el abrigo que había logrado conseguir después de salir de Auschwitz, la única prenda que logramos mantener fueron los zapatos, los calcé nuevamente y me junté al grupo que había acabado de tomar el baño. Aún desnudos, regresamos por el camino que nos conducía a los baños y esperamos durante media hora hasta que hubiese la gente suficiente para llenar todo un galpón. Otro grupo de cuarenta se nos unió y entonces pudimos partir. Los guardias nos obligaron a caminar rápido, pero solo treinta metros después, llegamos al galpón 33 del campo de cuarentena.
Un prisionero, usando un distintivo verde de los criminales comunes, estaba en frente de la puerta de entrada: era el jefe de nuestro galpón. Nos entregó a cada uno un pequeño pedazo de pan; un poco más lejos, otro "funcionario" pasó un poco de mantequilla hecha de manteca de carne sobre nuestro trozo de pan. Recibimos también un poco de café caliente. Después de día de privaciones, eso parecía un banquete real. Después de la comida, busqué un lugar para quedarme y finalmente me acomodé en una esquina donde mis oportunidades de ser pisoteado serían menores. Me acosté en el piso, pues no había camas en el campo de cuarentena. A pesar de todo, dormí profundamente hasta el amanecer.
Al despertar, mi primer pensamiento fue para aquellos que probablemente aún estaban afuera, congelándose y esperando por el baño; mi instinto médico quería ayudarlos de alguna manera, pero simplemente no tenía cómo. Permanecimos en el galpón durante tres días, sin tener nada para hacer. En la noche del tercer día recibimos un uniforme de rayas de los prisioneros y fuimos conducidos por el camino de montaña a la estación de Mauthausen. Ahí, nos subieron en los inevitables vagones, siete mil almas en total eran enviadas al campo de concentración de Melk an derDonau. Esta vez el trayecto era corto y, para variar, fuimos acomodados como sardina, pero a pesar de eso, había espacio para sentarse. Tres horas después de habernos subido a los vagones, el tren se detuvo y bajamos.
El campo de Melk, así como el de Mauthausen, quedaba en lo alto de una colina, dominando a la población del lugar. Sus inmensos alojamientos eran suficientes para acomodar a quince mil criminales en un solo lugar. La belleza del lugar minimizó nuestro dolor e incomodidad: el enorme monasterio barroco, escavado en la roca, y el curso sinuoso del Danubio, formaban un cuadro de inolvidable belleza.
La primavera de 1945 llegó pronto. Estábamos a comienzos de abrir y los árboles que flanqueaban los caminos frente a las cercas de alambre de púas ya estaban verdes. A las orillas del Danubio un tapete verde sustituía la nieve de la cual solamente pequeñas manchas sobraban, para recordarnos el riguroso invierno que habíamos enfrentado. Ocho semanas pasaron y periodos buenos y manos se alternaban. Pero esas experiencias debilitó mis fuerzas, dejándome cansado y débil. Solamente la esperanza de la libertad próxima me impidió caer en un estado de letargo e indiferencia. Ahí todo estaba desintegrado. La fase final del III Reich se estaba desmoronando frente a nuestros ojos. Ejércitos derrotados pasaban en filas interminables en dirección al interior del país; en el Danubio, cuya agua volvía a fluir después de derretido el hielo, centenas de barcos y balsas descendían, transportando a los habitantes de las ciudades que estaban siendo evacuadas. El sueño del Reich, de mil años, se estaba desmoronando. La convicción de algunos que se creían de Raza Superior, se estaba desvaneciendo amargamente.
El siete de abril de 1945, la cadena de luces que, en lo alto de los postes iluminaba el campo, no fue encendida al caer la noche, la oscuridad y el silencio envolvieron todo el lugar. El campo fue abandonado y el portón cerrado. Los siete mil prisioneros fuimos llevados al interior del país, primero en barcos, después por los caminos junto con otros refugiados. Durante siete largos días y noches viajamos hasta que, finalmente, llegamos a nuestro destino: el campo de concentración de Ebensee, el cuarto campamento cuyos portones atravesé.
Después de nuestra llegada, el inevitable e interminable llamado. Después los baños y entonces, nuevamente al campo de cuarentena, con sus galpones inmundos, sus guardias armados de bates de goma y el suelo duro. Indiferente, me sometí a esas tres fases acostumbradas. Durante la llamada sopló un gélido viento, una lluvia torrencial empapó mi ropa y la amargura llenó mi cuerpo. Sabía que era solamente cuestión de días hasta que fuésemos liberados pero, en el momento, aún estaba viviendo un mundo de confusión e indecisión. Y así, cuando el momento de la decisión finalmente llegara, sería quizá un momento doloroso para todos nosotros. El fin de nuestro cautiverio podría muy bien transformarse en una tragedia sangrienta, seguramente nos matarían antes que la hora cero llegara.
Pero felizmente eso no pasó. El día cinco de mayo una bandera blanca bandeó en la torre de vigía de Ebenesee. Todo había acabado, ellos habían dejado las armas. El sol brillaba en lo alto cuando un tanque americano, dirigido por tres soldados llegó y tomó posesión del campo. Estábamos libres.
Lágrimas caían por mis ojos a medida que los soldados caminaban a nuestro alrededor, confirmando que estábamos realmente libres y que algunos camiones venían detrás, para llevarnos a una especie de hospital donde seríamos medicados y recibiríamos alimentación adecuada.
Finalmente, la pesadilla había terminado.
Fin Flashback
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―¡Doctor Whitlock, llegamos!
―¿Ah? Sí, gracias, Sam. Buen retorno para ustedes y... ¡gracias por todo!
Estaba parado en la calle de enfrente de la que acostumbraba a ser mi casa antes de que esa maldita guerra comenzara, y por más que había soñado todos los días en esos años con ese momento, debía confesar que estaba muriendo de miedo. ¿Alice aún viviría ahí? ¿Esperaba por mí? ¿Me querría de vuelta después de todo ese tiempo? ¿Podría lidiar con mis miedos, mis pesadillas y todo el trauma y cicatrices que el campo grabó en mi alma?
Con las piernas temblando y el corazón disparado atravesé la calle, abriendo el portoncito de madera que daba paso al pequeño jardín. Estaba preparándome para golpear la puerta cuando ésta se abrió y una pequeña niña salió corriendo de dentro, chocándose de lleno en mis piernas y casi cayendo, si no hubiese sido lo bastante rápido para sujetarla.
―¡Ouch, princesa, cuidado! Te podrías haber lastimado.
La pequeña niña miró hacia arriba, parpadeando seguidas veces, medio aturdida, pero antes de que pudiese abrir la boca para decir algo, fue interrumpida por la voz de otra persona. Una persona que conocía demasiado bien.
―Victoria Cullen Wi…
Nuestras miradas se cruzaron y pude ver el reconocimiento y la sorpresa pasando por su rostro. Era increíble, ella continuaba exactamente la misma de mis recuerdos; parecía un poco cansada, había ojeras bajo sus ojos y éstos no eran tan alegres como acostumbraban a ser, pero aún era mi Alice, la mujer que amé desde la primera vez que mis ojos se posaron sobre ella.
―Oh, Dios mío… Oh, Dios mío… Oh, Dios mío… ¡Bella, corre aquí! ―gritó Alice, colocado la mano en su boca, sus ojos repletos de lágrimas.
―¿Qué pasó, Alice? ¿Qué sucedió? ―Una morena, que sabía no era desconocida pero en el momento no podía pensar en quién seria, vino corriendo y se petrificó en la puerta al verme.
Ella me enfrento durante algunos segundos, su boca abriéndose y cerrándose, como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras correctas.
―¿Bella?
―¿Hum?
―¿Lo estás viendo? ―preguntó Alice, sin quitar los ojos de mí.
―Claro que sí, Alice.
―¡Oh, Dios mío, regresaste, Jasper!
Y entonces me tomó completamente de sorpresa, lanzándose a mis brazos, pasando los brazos por mi cuello, llenándome de besos, sus lágrimas mojando mi rostro y mi camisa.
―Lo siento mucho, Alice. No debí haber aparecido así, de sorpresa ―dije, colocándola nuevamente en el suelo. Apenas estuvo equilibrada frente a mí, la pequeña niña, a la que ella llamó Victoria, corrió en su dirección, agarrándose de sus piernas―. Debí haber imaginado que habías reconstruido tu vida. A tu marido puede que no le guste verme aquí y…
―¿Mi marido? ―preguntó ella entre sollozos, su voz una octava encima del tono habitual―. ¿De qué diablos estás hablando, Jasper?
Mis ojos fueron a la pequeña niña nuevamente y, una vez más, pude ver una señal de entendimiento en los ojos de Alice. Pero antes que pudiese decir cualquier cosa, la morena, que continuaba en la puerta observando todo, dio un paso al frente, agachándose al otro lado de la nenita.
―Victoria, querida, ¿por qué no vienes conmigo? La tía Bella hizo esa torta de manzana que adoras.
La pequeña soltó las piernas de Alice, agarrando la mano que la morena le extendía, llevándola dentro de casa. Antes, logré ver a Alice dándole una sonrisa, agradeciéndole, y ella se la regresó con un guiño y un: buena suerte, dicho bajito.
La puerta se cerró detrás de nosotros y permanecimos mirándonos por largos segundos, hasta que Alice decidió sentarse en el pequeño columpio que había en la entrada, donde acostumbrábamos a pasar horas largas después de mudarnos para esa casa. Desde nuestro primer encuentro nunca habíamos tenido problema con el silencio, pero ahí, en ese momento, el ambiente estaba pesado y yo, que tanto soñé con ese instante, que tenía tantas cosas para decir, no sabía por dónde comenzar.
―¿Cómo puedes creer que me casé de nuevo, Jasper? ―comenzó Alice, interrumpiendo el silencio, su tono de voz no era acusatorio, pero sí incrédulo―. Casi enloquezco cuando no apareciste para buscarme esa noche en la galería, y creí que no sería capaz de sobrevivir cuando vi a mi padre atravesar las puertas de vidrio, sin poder mirarme a los ojos. No necesitó decirme una palabra siquiera para tener la seguridad que mi mayor miedo se había vuelto realidad. Si la gente de la Resistencia no hubiese aparecido esa noche ofreciéndome ayuda, no sé qué sería de mí. Fue la Resistencia, la seguridad de que regresarías un día y Victoria, lo que me ayudó a seguir día a día. Fue solo por eso que continué viviendo. Cuando mi papá descubrió que la verdad de los mareos y desmayos eran causados por un embarazo y no por el fuerte estrés producido por tu desaparición, simplemente no sabía qué pensar. Por un lado estaba extremadamente aliviada, habías dejado una parte de ti conmigo, pero por otro lado, tenía miedo de que nuestra hija creciera sin papá, que nunca te conociera y viera al hombre maravilloso que eres, el hombre de quien me enamoré a primera vista. Me hice la fuerte lo máximo que pude, Jasper. Usaba una máscara de fuerza en frente de mi familia, de Victoria, de la gente de la Resistencia… tal vez esa máscara solo no funcionaba con Bella, finalmente ella sufre tanto como yo, pero cuando llegaba el fin del día, cuando me acostaba en la cama, sólo podía verte frente a mí y entonces mi mundo se volvía a desmoronar, y lloraba todas las noches en estos cuatro años que estuviste lejos.
―Yo…
―No, por favor, déjame continuar… ―dijo, apretando mi mano sobre el columpio, mientras las lágrimas continuaban cayendo por su rostro―. Cuando por coincidencia, destino o lo que sea, James apareció aquí, necesitando de la ayuda de la Resistencia para salir de París, y nos confirmó a Bella y a mí que su prometido y tú estaban en Auschwitz, me permití algunos instantes de alegría por saber que estabas aún vivo. Pero entonces nos contó algo sobre un consultorio clandestino y el peligro que Edward y tu corrían, y me vi nuevamente aterrorizada, con miedo de que no regresaran nunca más ―dijo ella, tirándose a mi regazo y abrazándome fuerte, y esta vez me permití abrazarla con todas mis fuerzas también, aprovechando al máximo la sensación de tenerla nuevamente en mis brazos después de tanto tiempo.
Permanecimos abrazados por lo que pudo haber sido algunos minutos u horas, no sé con seguridad. Pero si pudiera elegir, continuaría de esa manera para siempre.
―¡Oh, Dios mío, Jasper! ―gritó Alice de pronto, mirándome alarmada―. Debes estar con hambre, cansado, necesitando un baño. ¡Ven, entremos! ―dijo, colocándose de pie, entrelazando nuestras manos.
La detuve una vez más, halándola cerca nuevamente, pasando mis brazos por su cintura.
―¿Alice?
―¿Sí?
―Esa chica que está contigo…
―¿Bella? ¿Qué pasa?
―¿Quién dices que es?
―Su nombre es Isabella. Su prometido fue llevado a Auschwitz, un año después de ti, por lo que James nos contó, ustedes se volvieron amigos y fundaron una especie de consultorio ahí dentro.
―¿Edward Masen?
―Sí. ¿Qué pasó con él, Jasper? ―preguntó y, por primera vez, sus ojos estaban repletos de miedo.
―Yo… no sé. ¿No te buscó?
―¿Me buscó? ¿Cómo así?
―Alice, Edward huyó de Auschwitz algunos días antes de que fuéramos sacados de ahí. Había un teniente en el campo que volvía un infierno su vida, siempre usando a Isabella como objetivo. Con la desaparición de él, Edward concluyó que su prometida podría estar en peligro y decidió huir para reencontrarla. Antes, le pasé tu dirección y prometió buscarte.
―Pero eso nunca pasó… después de que te capturaron me quedé con mis padres, necesitaba de alguien que cuidara a Victoria mientras estaba con la Resistencia. Pero después que París fue liberada regresé a casa. Si hubiese venido yo estaba aquí. Oh, Dios mío, Jasper… ¿será que pasó algo con él? Bella no lo va a soportar.
―Calma, Alice, una fuga no es cosa fácil. Quizá esté escondido en algún lugar. Vamos a tener fe ―dije, limpiando sus lágrimas, pero por dentro también tenía mucho miedo―. Pero ahora, me gustaría conocer a mi hija. Ya fui privado mucho tiempo de su vida y no quiero perder un minuto más.
―Alice mostró una sonrisa, casi tan grande como la del día de nuestro matrimonio y salió disparada, halándome de la mano. Pero entonces, una vez más en esa tarde, me vi congelado en frente de la puerta, mis piernas temblando y mi corazón latiendo acelerado.
―¿Alice?
―¿Qué pasó, mi amor?
―¿Será que voy a gustarle?
El sonido de su carcajada me golpeó, llenando a mi corazón. Realmente estaba en casa, después de años alejado. Y si dependiera de mí, nada más me alejaría de ahí.
―Ella ya te ama, bobo. Solo necesita conocer a su papá de carne y hueso, y no a ese de las fotografías ―y diciendo eso abrió la puerta, llamando a victoria.
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Bella's POV
Nuestras rutinas habían cambiado desde que París fue liberada. Alice volvió a su antigua casa, llevándose a Victoria con ella, pera tristeza de Esme y Carlisle que decían sentir la falta de la casa llena. Pero con el fin de la guerra cada vez más cerca, teníamos esperanza de que Jasper y Edward regresaran en cualquier momento. Así como la pequeña, decidí instalarme en la casa que Edward había comprado para nosotros. Los primeros días fueron espantosos, recuerdos horribles y mucha tristeza al mirar el jardín quemado y las muchas cosas quebradas dentro de la casa, pero más que nunca, era hora de recomenzar.
Desde enero, Alice y yo vivíamos en un constante estado de alerta. Cuando Emmett llamó en esa mañana, dándonos la noticia de que Auschwitz había sido liberada por los rusos, creí que no iba a aguantar de tan acelerado que estaba mi corazón, parecía querer salirse de mi pecho y que todo el aire había sido sacado de mis pulmones. Después de años, finalmente parecía que nuestras vidas iban a encajarse nuevamente. Y por semanas me vi sentada todas las noches, después de llegar de la radio, en las escaleras de la puerta, mirando el movimiento de la calle y esperando cada sonido que me alertara de que fuese Edward parado en la entrada del jardín. Me vi estrellándome contra su cuerpo, besando sus labios, repitiendo infinitas veces cuánto lo amaba. Pero los meses fueron pasando y ni Jasper ni Edward regresaron a casa. Y aunque ninguna de las dos lo admitía en voz alta, sabía que, en el fondo, Alice tenía el mismo miedo que yo en su alma.
Ya estábamos en julio y seguíamos sin tener noticias. A pesar de que Francia ya había sido liberada, la Resistencia seguía trabajando firme y fuerte, intentando ayudar a reunir a familias que habían sido separadas o a mandar a judíos fugitivos de regreso a sus casas. El trabajo no disminuía, apenas se volvió, digamos… un poco menos peligroso. Además porque ahora, con De Gaulle en el poder, teníamos respaldo del gobierno francés.
Esa parecía una tarde como cualquier otra. Alice, Rose, Emmett y yo habíamos ido a Villier-sur-Marne a llevar suministros para algunas familias a las que los alemanes habían destruido sus propiedades. Al regreso, terminé quedándome en la casa de Alice para ver a Victoria. La verdad es que me había apegado demasiado a esa pequeña que, aún a tan temprana edad, tenía su vida marcada por la guerra. Ella estaba particularmente agitada esa tarde, queriendo ir a visitar a su abuela. Mientras Alice se arreglaba aproveché para hacer una de mis tortas de manzana para que se la llevaran a Esme y a Carlisle. Solo escuché sus pasitos corriendo por la escalera y aquel grito de: chao, tía Bella. Alice vino corriendo detrás, histérica porque la niña ya estaba en el jardín, y entonces escuché una voz de hombre del lado de afuera y Alice gritando, aún más histérica.
Corrí hacia la puerta y mi corazón se disparó. Mi boca se abría y se cerraba, pero ningún sonido parecía salir. Era como si todas las palabras hubiesen desaparecido de mi mente. No lo conocía personalmente, pero no necesitaba saber quién era el que estaba parado frente a nosotros, mirando a Victoria con una expresión de espanto, era Jasper. Las innumerables fotos esparcidas por la casa me harían reconocer ese rostro en cualquier lugar del mundo y, además de eso, viéndolo así, frente a mí, podía ver cuán parecida era Victoria a su padre.
Dándome cuenta de cuánto ellos dos tenían que hablar, arrastré a Victoria dentro, con la promesa de un pedazo de torta de manzana. Entramos, no sin antes desearle buena suerte a Alice y fuimos a la cocina. Apenas nos sentamos Victoria me miró, con sus ojos curiosos.
―¿Por qué estás llorando, tía Bella?
¿Estaba qué? Me llevé las manos al rosto y solo entonces me di cuenta de las lágrimas silenciosas que fluían por mis ojos. Mi corazón estaba apretado; ¿cómo explicarle a esa niña que estaba frustrada porque su papá apareció y mi prometido no? ¿Tenía ese derecho? Mi amiga estaba viviendo el momento más esperado por nosotras en años; ¿no debía estar feliz por ella?
―No es nada, mi bien. Es que el chico que llegó me hizo recordar a una persona a quien tía Bella extraña mucho ―dije, limpiándome las lágrimas y dándole una sonrisa.
Nos quedamos en silencio por algunos momentos, hasta que Victoria lo quebró nuevamente.
―Tía Bella, el hombre parado fuera… ―Se detuvo de pronto, con los ojos fijos en la ventana de la cocina.
―¿Qué pasa con él, querida?
―¿Es el hombre de la foto a la que mamá abraza y llora todo el día y que dice es mi papá? ―Sus ojitos me miraban con una profundidad alarmante para una niña de tan poca edad.
―Sí, querida, es tu papá.
―¿Regresó para quedarse?
―Sí, princesa. Ahora que esta guerra estúpida está llegando a su fin, nadie más va a alejar a tu papá de ustedes ―dije, intentando sonar animada. Pero Victoria continuaba mirando a la nada, con los labios atrapados entre sus dientes.
―¿Tía Bella?
―¿Sí, mi ángel?
―¿Y si no le gusto? Ni siquiera me abrazó como mamá me abraza todas las veces que llega a casa… ―Esta vez sus ojitos estaban repletos de lágrimas.
―Oh, querida… ―dije, colocándola en mi regazo, limpiando sus lágrimas que comenzaban a caer por su rostro―. ¡Claro que le vas a gustar! Es solo que todo es muy nuevo para él. Cuando se llevaron a tu papá él no sabía que existías, por eso no te abrazó corriendo como tu mamá siempre hace. Pero estoy segura que apenas Alice le cuente quien eres, va a querer darte un abrazo bien apretado.
―Victoria…
La voz de Alice, entrando nuevamente a la casa, nos interrumpió. Jasper estaba atrás de ella, sus manos estaban entrelazadas. A pesar de que él estaba intentando controlar bien lo que estaba sintiendo, su rostro no escondía la tensión del momento.
―Ven aquí, querida. Hay una persona que quiere conocerte.
―Le di un beso en el rostro y un guiño antes de ponerla en el suelo. Mirando hacia abajo, la niña caminó hasta estar frente a Alice, que se arrodillo para quedar a la misma altura de su hija y dijo algo en su oído, lo que hizo que la niña sonriera, asintiendo con la cabeza. Ella se puso nuevamente de pie, dándole un beso en la mejilla a Jasper antes de caminar y sentarse a mi lado en la mesa de la cocina. Las dos no podíamos quitar los ojos de la escena que se desarrollaba en la sala.
Padre e hija permanecieron presos en sus propios pensamientos por algunos instantes, pero entonces, Jasper calló de rodillas en el suelo, estirando las manos hacia la niña, que no pensó dos veces antes de tirarse en los brazos de aquel que ahora sabía era su papá. El papá que le fue privado de tener desde su nacimiento. Las lágrimas caían por los ojos de Jasper, que acariciaba el cabello color miel de Victoria casi con veneración. Los dos permanecieron abrazados por largo tiempo, casi como si quisieran tener la seguridad de que eso era real, que el otro no era fruto de su propia imaginación, mientras Alice y yo observábamos todo, con lágrimas en los ojos y la garganta apretada. La vida de esa familia estaba comenzando encajar… Solo quería que la mía también lo hiciera.
No tardó mucho para que Victoria halara a Jasper de la mano en dirección a la escalera, con seguridad yendo a mostrarle su cuarto y su colección de peluches. Alice dio un profundo suspiro a mi lado antes de ponerse en pie, pareciendo mil veces más agitada de lo normal. Corrió al teléfono, llamando para contar la novedad a sus padres y después a Emmett y Rose, invitándolos a todos a una cena conmemorativa, no dándome oportunidad tampoco para reusarme a la invitación, por más que todo lo que quería en ese momento era correr a mi cada, meterme en mi cama y llorar toda la frustración que estaba en mi pecho.
Aproveché que Alice estaba distraída con los preparativos de la cena para escapar un poco de la casa. Necesitaba tomar aire y pensar. Me senté bajo uno de los árboles del jardín y cerré los ojos, permitiéndome soñar que así como Jasper, Edward también estaba en casa. El ruido de hojas secas siendo pisoteadas me despertó y, al mirar hacia arriba, me encontré con los ojos de Jasper, fijos en mí.
―Hola ―dijo, sentándose a mi lado.
Le di apenas una pequeña sonrisa en respuesta, ya que no creía que en ese momento sería capaz de decir algo, a pesar de las innumerables preguntas que quería hacerle.
―Quería darte las gracias.
Eso me tomó por sorpresa. ¿Qué motivos tendría para agradecerme aquel sujeto, que acababa de llegar y nunca me había visto antes?
―¿Por…?
―Victoria pasó horas hablando sobre su "tía Bella" ―dijo, con los ojos brillando al decir el nombre de la niña―. Y habría pasado mucho más tiempo, si Alice no hubiese aparecido y obligándole a ir a tomar un baño.
―Es una nena encantadora. Una Alice en miniatura en su temperamento. Mi pésame ―dije riendo, dándome cuenta cuán fácil era sentirme a gusto al lado de él.
―Realmente extrañé como es Alice. Y ella me contó también sobre todo el apoyo y soporte que le diste mientras… bien, ya sabes.
―Ah, Alice se convirtió en más que una amiga en estos último años. Creo que el dolor de la pérdida y el desespero nos unió. Nadie de nuestro grupo entendía tanto por lo que yo estaba pasando como ella y viceversa. Bien, pensándolo ahora, creo que Alice me conquistó después del primer día en que nos conocimos. Emmett intentando protegerme, impidiéndome entrar en la Resistencia y Alice ahí, enfrentando y exigiendo que yo tuviera el derecho de elegir lo que quería hacer con mi vida a partir de ahí.
―Eso es muy típico de ella ―dijo riendo.
El silencio invadió nuevamente el jardín. No llegaba a ser incómodo, pero era visible que teníamos aún mucho qué hablar, solo que era como si falta coraje para traer el asunto a flote.
―¿Sabes qué es gracioso? ―dijo Jasper de pronto, mirando al frente, casi como si estuviese pensando en voz alta―. Edward y yo pasamos años conversando sobre ustedes dos, sobre cómo serían nuestras vidas cuando regresáramos a París, imaginando si se convertirían en amigas como nosotros, y aquí están ustedes, dándose soporte la una a la otra, así como los dos nos lo dimos en ese infierno.
―¿Dónde está él, Jasper? ―pregunté finalmente. La verdad, esa era la pregunta que quería hacerle desde que apareció en la puerta de la casa de Alice, pero solo hasta entonces tuve el coraje suficiente.
Jasper suspiró, mirándome por algunos segundos antes de murmurar.
―No lo sé, Bella. Realmente no lo sé.
―¿Cómo así? James dijo que ustedes estaban presos, juntos…
―Sí, lo estábamos, pero al inicio del año decidió huir, y esa noche fue la última vez que vi a Edward. Para mí, a esta altura él ya debería estar aquí en París contigo, pero Alice me contó que no ha aparecido.
Las lágrimas volvieron y era imposible controlar los sollozos que hacían que todo mi cuerpo temblara. Sentí que Jasper me abrazada, pero sabía que nada ni nadie sería capaz de calmarme. Necesitaba a Edward, necesitaba saber qué había pasado. Me sentía de nuevo como aquella noche en la que el maldito Newton me dijo que Edward estaba muerto. Una vez más mi corazón se partió en millones de pedacitos.
―Va a estar todo bien, Bella. Debe estar escondido por ahí, en algún lugar, esperando la hora correcta para regresar. No pienses lo peor ―susurró Jasper en mi oído.
―¿Por qué decidió escapar, Jasper? James nos dijo que ustedes hicieron a un lado la posibilidad de huir diversas veces, ¿entonces, por qué justo ahora decidió correr el riesgo?
―Bien…
―Dime, Jasper. Por favor, necesito saberlo.
―Esa no fue la primera vez que Edward habló de huir. Eso ya había pasado en la noche en que recibió la foto…
―Oh, Dios mío ―hablé, recordando el relato que el malnacido de Newton había hecho antes de morir.
―En una noche él recibió una foto tuya abrazada al Teniente Mike Newton y realmente él se desesperó, principalmente después de leer la frase en la que él Teniente le decía a Edward que no podría hacer nada por salvarte. Con mucho trabajo recuperó la razón y vio que con Mike rondándote no podía regresar a París y acercarse a ti. Decidió entonces concentrar nuestras fuerzas en ayudar al máximo de personas que pudiésemos ahí dentro, rogando para que la guerra terminara pronto y pudiésemos regresar a casa. Newton desaparecía por temporadas, pero siempre regresaba, provocando a Edward, contándole sobre los encuentros que tuvo contigo, pidiéndole consejos y otras cosas sórdidas del tipo. A pesar del dolor que le causaba, Edward aguantaba todo y siempre decía que estaba bien, que por lo menos así tenía noticias tuyas. Pero más de un año pasó sin que el Teniente regresara al campo, y una noche supimos que había sido asesinado por miembros de la Resistencia. Edward quedó aún más angustiado con la noticia y con miedo de que algo te hubiese sucedido. Fue cuando decidió que no podía esperar más y tomó la decisión de escapar.
Si antes me era difícil controlar las lágrimas, ahora era realmente imposible. No podía creer que la culpa de que Edward haya escapado y estar Dios sabrá donde, era mía. Aunque yo intentara hacer lo correcto, siempre terminaba estropeando todo. Era yo quien debí haber sido presa, torturada y quien sabe, hasta asesinada, no Edward. La culpa de todo aquello era mía. Intenté usar a Newton para descubrir el paradero de él y solo causé más sufrimiento y dolor para todos. Si Edward aún estuviese vivo ―necesitaba creer que así era―, ¿sería capaz de perdonarme algún día?
―No te martirices, Bella ―dijo Jasper, como leyendo mis pensamientos―. Edward te amaba y pensaba en ti todo el tiempo. Todo lo que él hacía ahí dentro era pensar en ti y desear que pudieses estar orgullosa de él. Se arrepentía muchas veces de no haberte escuchado y haberse ido de París cuando había tiempo.
Intenté sonreír, pero la impresión que tenía era que la risa debió haber salido más como una mueca. No había caso, no conseguía perdonarme mientras no viese a Edward frente a mí y escuchara esas palabras salir de su propia boca.
―¡Papá! ¡Tía Bella! ―la vocecita de Victoria nos alcanzó antes que su cuerpo pequeño apareciera frente a nosotros, en un lindo vestido de bolitas―. Mamá los está llamando.
Jasper extendió la mano, ayudándome a levantar, y antes de comenzar a caminar en dirección a la casa con Victoria a su lado, se giró nuevamente, mirándome con ternura.
―Antes de partir Edward me hizo una promesa, Bella. Me dijo que cuando encontrara a Alice le diría que la amo, aunque eso fuera la última cosa que hiciera en su vida. Confío en mi amigo. No va a quebrar su promesa.
Necesitaba, más que nunca, agarrarme a esa esperanza. Y fue eso lo que me impulsó dentro de la casa nuevamente, y para la celebración que nos esperaba.
NOTA DE AUTORA:
El flashback de Jasper, sus relatos y todo lo que le pasó en sus últimos días en el campo de concentración, fueron basados en el relato real de Miklos Nyiszli en el libro: Auschwitz, el testimonio de un médico
Hasta aquí llego por hoy… ¿qué creen que pasó con Edward?
Siento mucho la tardanza, espero poder regresar a actualizar una vez cada 15. Quedan pocos capítulos: 2 capítulos, el epílogo y una escena extra ;) si me da tiempo les subo más capítulos en menos tiempo.
Gracias por la paciencia, gracias por sus alertas y favoritos y por sus hermosos reviews.
Nos leemos en 15… o antes :D
Beijos
Merce
