Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


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Capítulo 11:

Inspiración

"Es lo que haces

(…) Sé que si te embrujo, tú me deberás embrujar

Es adónde vamos, es adónde estaremos

(…) Mi lengua malvada, ¿a dónde irá a parar?

(…) Golpéame, estoy detrás de la puerta

Besa, muerda…"

Bella POV

Sentía las mejillas rojas y la entrepierna húmeda debido a las memorias que plasmaba en el documento digital. Ya estaba terminando y debía enviarle este último avance a la editora el día de mañana, la que daría el punto de partida inicial o bien me enviaría al carajo.

Tuve que levantarme un momento para calmar la intensidad de mis recuerdos y de mi imaginación, que siempre solían tener una mezcla durísima, esta vez aún más, ya que todo había pasado anoche y hoy en la tarde. Miré a la laptop y por un momento sentí que ahí estaba Edward, plasmado en un personaje y que, por primera vez, era real. Ninguno de mis personajes había sido representación alguna de los hombres que había conocido, pero esta vez el dueño de mis más oscuras y pasionales ideas estaba a escasos metros, existiendo, torturándome con la manera en la que me había cogido no una, sino dos veces.

Claro que no era suficiente.

Tomé aire y me volví a sentar, sintiendo nuevamente la humedad y mis mejillas a punto de palpitar. Debía ser la escultura a la lujuria.

En el instante en que me disponía a proseguir, ya dispuesta a dejar ir las últimas palabras, sentí mi teléfono vibrar.

Tragué, suplicando, aunque no quisiera reconocerlo, que fuera él, diciéndome que estaba en la puerta, ya listo para volverme loca por tercera vez.

Y claro que era Edward.

Sentí que mi corazón se apretó hasta un placentero dolor.

"Sexy Bestia: No he aguantado la intriga y te he buscado por internet".

Abrí los ojos de sopetón y me aferré al filo del escritorio.

—¿¡Qué!? —exclamé en un chillido.

¿Qué habría leído? ¿Qué habrá visto?

Me mordí el labio inferior y enseguida le contesté.

"Bella: ¿Y? ¿Qué has encontrado de la gran Isabella Swan?".

Esperé intentando ser paciente, pero de eso no había nada, no cuando Edward podía saber más cosas de mí.

"Sexy Bestia: "Descubrí a qué te dedicas aparte de dar cátedras en la universidad y déjame decirte que estoy sorprendido. El personaje principal me parece bastante interesante, estoy segura que tiene una pizca de ti".

Junto al mensaje venía adjunta una fotografía de mi libro más famoso y mi primera novela erótica. Casi se me salen los ojos al notar que el libro estaba apoyado en su abdomen duro y tatuado, y a sus pies se veía su perra, que miraba interesada.

—Ha comprado el libro —dije en un hilo de voz—. Oh Dios.

¡¿Me estaba leyendo justo en este momento?! ¡Santo cielos!

Me puse a reír con nerviosismo y esperé un momento antes de contestar, por primera vez insegura de la opinión de alguien respecto a mi talento. Pero entonces preferí llamarlo, no podía ser clara con un simple texto.

Hola —ronroneó, sacándome un jadeo.

Sonreí sin remedio.

—Así que me estás leyendo —susurré, a la espera de una opinión.

Lo sentí reír de manera muy traviesa y yo ya tenía mis bragas al borde de volar por los aires.

Así que has vendido tamaña cantidad de libros. Creo que debí experimentar mucho antes con las novelas eróticas, creo que me quedé en el pasado con el Marqués (1).

—No hay punto de comparación, ¿no crees?

Estoy de acuerdo —respondió divertido—. No puedo creer que estoy hablando con Isabella Swan, la escritora más importante del erotismo en los últimos cinco años.

—No alardees, hay algunas muy buenas…

No te hagas —me interrumpió de buen humor—. Sabes que has vendido cuanto te has propuesto. Eso es fantástico.

Me sentí ruborizar.

—¿Y tú? No sabía que te gustaba leer novelas eróticas.

No es mi género habitual, pero saber que conozco muy bien a la autora lo hace bastante interesante —comentó con dobles intenciones—. Y a propósito, soy un lector bastante empedernido, gracias por hacerme incursionar en un género que aún no tocaba.

Sentí cosquillas en mi barriga.

Déjame decirte que eres muy buena, me has hecho pensar mucho en tu imaginación desde entonces —susurró, poniendo más grave el tono de su voz—. Aunque aún no llego a las partes más interesantes, apenas y voy comenzando. No es fácil leerse 650 páginas de un santiamén.

Me senté de golpe en la silla, pensando si decirle lo que estaba haciendo ahora gracias a él.

—Para que veas todo lo que puede ocurrir en mi mente —susurré—, espero y seas testigo.

Se rio de manera ronca.

Me pregunto si algo de eso puede hacerse realidad. Aunque ya veremos.

Apreté las piernas para calmar el ardor justo en aquel punto.

—No lo sé, primero necesito de alguien dispuesto a cumplir todo lo que plasmo en las hojas —murmuré.

Él demoró en contestar porque apostaba a que estaba sonriendo.

Un total privilegio.

Ay Dios santo, dime ya que quieres hacer eso conmigo porque corro toda la cuadra para montarme sobre ti, pensé.

¿Y puedo saber en qué proyecto estás ahora? Me resulta misterioso, muero por saber de qué se trata, estoy seguro que me sorprenderé mucho. Estás muy entusiasmada, ¿eso es habitual? Imagino que tienes mucha inspiración últimamente.

Tomé aire.

—Es… algo secreto y que me tiene muy entusiasta.

¿No me darás una pista? Digo… pensé que tendría ventaja por sobre todos tus seguidores.

—¿Así que ahora te consideras un seguidor?

Por supuesto, tengo todos tus libros.

—Estás de broma.

No, dame un segundo.

Esperé mordiéndome el labio y unos segundos más tarde vi la fotografía de todos mis putos libros en su sofá.

¡Carajo! ¡Los había comprado todos!

—Estás demente, ¡son todos!

Te lo dije.

Ay, mierda, me sentía nuevamente en el aire.

No soy super veloz para leer, no cuando se trata de algo que escribiste. Ya con lo que llevo he quedado magnificado con tu talento, esa imaginación, esa… manera de narrar. Vaya que me he sorprendido. Ya veo como toda esa energía que me diste anoche es una prueba de tu mente increíble y voraz.

Me sentía nuevamente rubicunda de deseo.

—¿Los leerás todos? —inquirí.

Me los devoraré todos —corrigió, como si me dijera con sutileza que devoraría otra cosa también… o a alguien—. Pero bueno, quiero seguir sorprendiéndome, la historia romántica de fondo me parece muy realista, utilizaste muy bien los diálogos y ni hablar de la calidad de las personalidades. Magnífico trabajo periodístico también, Isabella Swan.

Uau. Sabía de lo que hablaba. No creí que Edward fuese un hombre tan exquisito en todo sentido. ¿Cómo no enloquecerme?

—Gracias —respondí con sinceridad.

Te dejaré, estoy ansioso por seguir. Ten buena noche.

—Y tú —susurré.

Cuando corté me sentí sin aire, quería brincar por todos lados. Miré hacia mi laptop y me volqué nuevamente en mi trabajo, pensando por enésima vez en Edward Cullen.

.

El sonido incesante de mi teléfono me hizo dar un brinco tras las sábanas. Tanteé mi cama y encontré el aparato, aún con los ojos cerrados.

—Hola —dije, aún adormilada.

¡Hola, Bella! —exclamaron.

Abrí los ojos de sopetón.

—¡Oh! Tanto tiempo sin escuchar tu voz.

Era el jefe de editorial del periódico de Chicago, a quien le había enviado la carta que Edward y yo escribimos. ¡Qué rápido había visto mi correo electrónico!

—Carl, qué sorpresa —dije.

Anoche recibí tu correo. Déjame decirte que me he sorprendido, no puedo creer que eso esté ocurriendo en esa escuela.

Suspiré y me levanté, estirándome mientras pensaba en ello.

—Y estoy segura que no soy sólo yo, deben haber muchas madres en mi situación y que no tienen la oportunidad de enviar cartas con un nombre asegurado.

Lo sé, es por eso que me propuse llamarte cuanto antes, aún recuerdo que pasaste cosas similares con tu mejor amigo.

No quería recordar eso.

Carl había ido conmigo a la universidad, no hablábamos tan seguido, pero siempre nos dábamos una mano, una manera de recordar los viejos tiempos, algunos no tan gratos.

Pero descuida —dijo al no tener respuesta de mí—, publicaré tu carta en un espacio bastante importante, ¿te parece si lo realizo en la edición de la próxima semana?

—¡Sería grandioso! Mientras puedas publicarlo, por mí encantada.

Excelente, entonces está más que decidido. Espero que tu hijo esté mejor, hace mucho no lo veo. Bien, tengo que volver al trabajo, ten un buen día, pronto tendrás noticias del periódico, ¡atenta!

—Gracias, Carl —dije antes de cortar.

Aplaudí, feliz de que alguien me echara una mano para desenmascarar a esa escuela de mierda. ¡Necesitaba generar una odisea de opiniones desde ahora en adelante!

—No debiste meterte conmigo, director de mierda —espeté.

Abrí los edredones y miré el reloj. Ya eran las 8 am y Jasper llegaría con mi hijo a eso de las 10, por lo que rápidamente me puse a hacerme un desayuno mientras preparaba algo dulce y calórico para mi retoño. A decir verdad, bastante lo había extrañado, especialmente anoche, que fui a su habitación y no lo vi. Era angustiante.

Puse un poco de música y me hice unos huevos revueltos mientras preparaba una infusión energizante, mirando de reojo a la laptop con el documento abierto, donde mi bombero estaba a punto de ser terminado. Mi editora ya lo sabía, por lo que me pidió anoche que le enviara el avance largo para darme su opinión, así que hoy tocaba editarlo.

Debía ser sincera, estaba nerviosa, no quería recibir malas críticas por esta historia, porque por primera vez mi inspiración se había acrecentado de una manera nunca antes vista.

Me mordí el labio y paré de revolver, pensando exclusivamente en el dueño de mis más pasionales sueños. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Me habría leído un buen rato anoche? No volví a recibir más mensajes, así que me mantuve al tanto, esperando recibir más noticias de él cuando se decidiera a comentarme algo más al respecto.

Mientras me disponía a comer, vi un mensaje de parte de Jasper.

"Ya vamos en camino para Chicago, nos tomará dos horas, el tráfico está espeso

Nos vemos"

No le contesté y simplemente seguí con mi vida, sentándome en el taburete mientras editaba mi escritura, me comía los huevos revueltos y preparaba galletas con formas de mariposa en el horno.

Casi cuando llevaba media página revisada y ya había sacado las galletas del horno, sentí el timbre.

Afuera llovía a cántaros.

Abrí la puerta, pensando que podría ser el cartero, pero casi me caí de culo cuando vi que era nada más ni nada menos que Edward Cullen, llevando un lindo abrigo y un paraguas negro sobre él. En una de sus manos tenía un libro, protegido de la lluvia. ¿Era el mío…?

—Hola —me saludó, mirándome el pijama—. ¿Recién despierta?

Oh no. ¡De nuevo debía parecer salida de la cueva tras años de encierro!

—Estaba… haciendo muchas cosas a la vez.

—¿Para Fred?

—Sí —respondí quedamente—. Pasa.

En cuanto entró se me quedó mirando con más salvajismo, tanto que me sentí sexy en un minuto. Quizá a Edward realmente le gustaba hecha un desastre o estaba loco de remate.

—¿Puedo quitarme esto? —Me señaló el abrigo—. Aquí hace mucho calor.

Asentí con los labios entreabiertos, nuevamente despertando de deseo.

¿Pero qué demonios? ¡Estaba enloqueciendo tanto como él! ¿Cómo era posible que de un momento a otro una parte mía que no despertaba hace mucho tiempo, lo hiciera en un par de segundos y ya, sólo con su presencia muy cerca?

Lo vi despojarse de su abrigo, mostrándome un suéter negro que se le apretaba al cuerpo. Y ni hablar de sus pantalones, que me hacían mirar su entrepierna sin remedio.

Qué guapo era, por Dios, me encantaba.

—Estaba haciendo galletas. Los niños llegarán en dos horas.

—Perfecto. Muero por ver a Agatha.

Sonreí.

—Papi Edward ya extraña a su pequeña —dije.

—Bastante —se rio.

De pronto, mi atención se fue nuevamente hacia el libro que tenía junto a él.

Era el mío.

—¿Lo has traído? —le pregunté, ansiosa porque me dijera qué había leído.

¿Ya habrá llegado a esa parte específica?, pensé.

—¿Esto? —inquirió, levantándolo entre sus dedos—. Mmm… Ya te imaginas qué es.

Me mordí el labio.

—¡Déjame verlo! —exclamé, intentando tomarlo.

Pero él me lo quitó del alcance, huyendo de mí hacia la cocina. Me puse a reír y lo perseguí.

—¡Hey!

—Dime qué estás escribiendo ahora —me ordenó, alejando nuevamente el libro.

—No te lo diré —fui clara.

Dios, ¿cómo iba a decirle que estaba inspirándome cien por ciento en él? ¿Pensaría que lo estaba utilizando? Ay no, sí que no podía saberlo.

—Entonces me quedaré con este libro y me marcharé tan rápido como pueda.

Entrecerré los ojos.

—¿Entonces venías a sacarme información? Dime, ¿lo leíste?

—Las hojas están marcadas, lo sabrías si abrieras el libro.

Hice una mueca de desagrado y él se largó a reír.

—Dámelo ya, quiero que te ha parecido.

Me empiné para intentar alcanzarlo, pero Edward era tan alto que sólo elevó la mano y me impidió totalmente llegar a él.

De pronto, me tomó desde la cintura y me dio la vuelta, apretándome contra la encimera de mi cocina y su propio cuerpo grande y fuerte. Me dio con la respiración en la cara, que estaba muy pesada y tan pronto como sentí su calor, mis pezones se endurecieron, transluciéndose tras mi camiseta blanca de tirantes.

—Dame un autógrafo —dijo, mordiéndose el labio inferior, notando mi excitación.

—¿Un autógrafo?

—No todos los días estás frente a la autora que te hizo ponerte duro más de una vez en una sola noche.

Me ruboricé con fuerza.

—Así es, Bella, te leí casi por completo. No puedo ni imaginarme las suciedades que salen de tu cabeza.

Su voz estaba ronca, fogosa y rotundamente bestial.

Su agarre en mis caderas volverían a dejar marcas.

—¿Qué alcanzaste a leer? —inquirí con la voz temblorosa de deseo.

—Estoy a punto de terminarlo. Me hiciste pasar en vela, estaba muy ensimismado, hoja tras hoja leyéndote, imaginando que la protagonista eras tú.

Mis piernas casi cedieron, a punto de hacerme caer entre sus brazos.

—Dime, ¿cuándo escribes te piensas?

Su nariz casi tocaba la mía.

Tragué.

—Esa escena de Lucy en la cocina junto a Trent… —jadeó, subiendo sus manos lentamente por mi silueta.

Me sentía desfallecer.

—¿Eras tú y alguien más? Imagino que, tras esos años, Jasper te servía de inspiración, ¿no? —Su voz rápidamente se volvió tosca y sus manos agarraron mis senos con poderío.

Cerré los ojos, pero entonces me obligué a mirarlo.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Te molesta la idea? —le pregunté, apretando su suéter.

Endureció la mandíbula y me sentó de golpe en la encimera.

—Dímelo, ¿te imaginabas a él cuando tus protagonistas cogían en la cocina? —espetó, tomándome rápidamente de la barbilla, clavando sus dedos con salvajismo en mi piel.

Sonreí.

—No —respondí—. Nunca lo imaginé.

Parecía incapaz de creerme, pero yo hablaba con total convicción.

Jasper jamás me inspiró, yo lo quise y mucho, pero nunca había despertado en mí el deseo por implantar alguna de sus características en mis sueños más húmedos, no hasta que conocí a Edward, que se había convertido en el protagonista de mis deseos más oscuros.

—Si quieres, no me creas, pero estoy hablando con la verdad —susurré, subiendo mis manos a su cuello.

Sus ojos estaban oscuros de rabia y de algo más que no sabía describir.

—Entonces, sólo era tu imaginación.

Me reí.

—¿Por qué te importa tanto Jasper?

Tomó mi mandíbula y me miró a los ojos muy de cerca, chocando su nariz con la mía.

—Porque imaginarte haciendo todo eso con él me mata de rabia —dijo con los dientes apretados—. ¿Puedo serte sincero?

—Dime.

—Lo detesto, pero ahora lo odio porque te tocó —jadeó.

—Quien me está tocando ahora eres tú, Edward Cullen.

Apretó los dientes, pero sonrió.

—Entonces, ¿puedo pedirte algo?

Asentí con la respiración agitada.

—Quiero recrear mi escena favorita de tu libro —susurró—. Bueno, una de ellas.

Apreté las piernas.

—¿Sabes cuál es?

Miró a su alrededor. La cocina. Mierda.

—Sé que es algo salvaje, pero sabes que me gusta.

Tragué de deseo.

—¿Puedo hacerlo? Estuve tentado toda la noche a llamar a tu puerta, duro y loco por hacerte la protagonista y yo convertirme en ese Trent —gruñó—. Dios, Bella, cómo quiero cogerte.

Lo miré a los ojos y le respondí con un beso bestial, metiendo mi lengua rápidamente en su boca. Edward me recibió, sacándome un gemido mientras succionaba mi labio inferior y luego batallaba con su humedad y la mía. Bajó los tirantes de mi camiseta y se agachó para lamer mis senos sensibles.

—Así que quieres ser Trent —me medio quejé, humedeciéndome con rapidez.

Trent era un policía dominante que siempre acababa haciendo fechorías con una senadora, mi protagonista, Lucy, despiadada y perra, que escondía el secreto perfecto: ser dominada.

—No soy policía de fuerzas especiales, pero puedo fingirlo —gruñó, para luego tirar de mi pezón derecho con sus dientes.

Cerré los ojos y hundí mis dedos en su cabello sedoso para que siguiera dándome placer.

—Yo tampoco soy senadora —susurré y luego volví a quejarme.

—Pero apuesto a que quieres dominada, aunque sea una vez.

Sonreí y no le contesté. Él subió la mirada para corroborar lo que ya sabía: un claro sí.

—Qué mente tan sucia.

—La que buscas complacer.

Se rio y se separó de mis senos para quitarse su suéter y luego su camisa, quedando desnudo del pecho. Yo me sentí flaquear ante su semblante rudo, colapsada ante la idea de poder seguir tocándolo, pero Edward me mostró cómo crecía su erección, traspasando incluso la dura tela de sus pantalones. Rápidamente tomó mi muñeca y llevó mi mano ahí para que pudiera apreciar su masculinidad palpitante.

—Así me pusiste toda la noche —me susurró al oído mientras me besaba el cuello.

—Debiste venir cuanto antes.

—No volveré a tomarme la mañana para poder cogerte.

Me reí de excitación ante su lenguaje sucio.

Abrí su pantalón y liberé su erección que nuevamente apuntaba al cielo.

No usaba ropa interior.

—Iba a dolerme mucho más si lo mantenía con más ropa —susurró, bajando por mis hombros.

—Eres increíble.

Carcajeó.

—¿Al menos te tocaste pensando en mí? —inquirí con atrevimiento.

—Estuve tentado, pero preferí guardar toda esta necesidad y descargarme contigo.

—Buena elección.

Me bajó del mueble en dos segundos y me dio la vuelta, empinándome el culo con sus fuertes manos, hundiendo los dedos en mis caderas como era su costumbre.

—Aún tienes mis marcas —me hizo saber desde atrás.

—Déjame más —le supliqué.

—Mmm… Es lo que planeo hacer.

Me bajó el pequeño pantalón corto de pijama hasta dejarlo caer por mis tobillos. Levanté mis piernas y lo envié lejos, quedando sólo en bragas. Sentí que se agachó y comenzó a besar mis nalgas, moviendo la tanga para tener acceso a cada punto de mi culo. Yo cerré los ojos y gemí, agarrándome del mueble con mucha dificultad.

—¡Edward! —grité al sentir un pequeño mordisco.

—Lo escribiste en tu libro, quiero complacerte con la realidad, mucha imaginación debe ser desesperante, hagámoslo realidad.

Cerré los ojos, muerta de excitación.

Finalmente me bajó la tanga hasta desnudarme desde la cintura para abajo, con todo el culo empinado para él.

—Abre la boca —me ordenó al oído.

No podía creer que estábamos recreando una escena de mi libro.

—Ábrela —volvió a ordenar, usando un tono de voz duro y excitado.

Dios santo, estaba tan húmeda.

—Oblígame —le pedí.

—Vaya, qué atrevida.

Me tomó fuertemente de la mandíbula y me abrió la boca, tal como en mi libro, con mi protagonista muerta de deseo, pero orgullosa de tener que rendirse ante el policía que protegía su lujosa casa.

Edward metió mi tanga en mi boca y la amarró por detrás, creando una mordaza de mi ropa interior. De un momento a otro tiró de ella y mi cabeza fue hacia atrás, chocando sin remedio con su pecho.

—Creo que me gusta esto —ronroneó.

Puso su mano en mi vientre y fue besando lentamente mi cuello y mejilla mientras sentía su miembro chocar con mi culo. Yo me empiné aún más y Edward rozó su virilidad con mi sexo, acrecentando mi humedad.

—Puede doler.

Haz que duela, pensé.

Me sujetó desde el vientre y senos, empujándome más hacia su cuerpo. De pronto sentí cómo se introducía en mí, poco a poco, pulgada tras pulgada, y tras un breve segundo, chocó con fuerza hasta hacerme temblar de dolor y placer.

Grité sin remedio, pero la mordaza impedía que pudiera hacerlo con facilidad.

Me excité más.

Edward mantenía apretada la mordaza desde atrás, haciendo que mi cuello se arqueara al igual que mi espalda. Él aprovechó de besarme la piel y luego lamerla, todo a su antojo, mientras se movía en mi interior, entrando y saliendo con fuerza mientras yo buscaba sujetarme y fallando en el intento. Edward me mantenía aferrada a él, impidiéndome que perdiera el equilibrio entre sus salvajes estocadas y el placer que me estaba produciendo todo este movimiento prácticamente nulo desde mi parte.

—Mmm… —murmuré, casi llorando de placer.

—No puedes hablar, ¿eh?

Sonreí mientras sentía mis comisuras húmedas debido a la mordaza.

—Y claro que te gusta. Qué sucia eres, Bella, y cómo… me encanta —dijo con evidente dificultad frente al placer que también sentía.

Me apretó más contra él, abarcando todo mi cuerpo con una sola mano. Dios, era tan fuerte y tan grande para mí.

—Voy a correrme —me susurró entre gruñidos.

Yo apreté los párpados, sintiendo una bola de sensaciones creciendo desde mi sexo. Iba a enloquecer y ni siquiera podía gritar que fuera más rápido, era tan tortuoso que iba a desmayarme.

—¿Quieres gemir? —me preguntó al oído.

Asentí de forma agitada y él desanudó mi tanga hasta que mi boca quedó libre. La saliva me caía por las comisuras y Edward aprovechó de lamerme los labios.

—Edward —gemí.

—Lo sé —jadeó, tomándome la mandíbula y manteniéndome muy pegada a su pecho.

Él dio unas cuantas estocadas más y yo exploté en un orgasmo enloquecedor, gritando su nombre una y otra vez. A los segundos, la sexy bestia que me sostenía se dejó caer en el clímax, acabándome en la espalda baja.

Mis piernas temblaban y él tenía la respiración muy agitada. Una vez que terminó de limpiarme, me entregó la tanga mientras besaba nuevamente mi hombro.

—¿Te he hecho daño? —me preguntó, algo preocupado.

Me giré para mirarlo y negué mientras sonreía.

—En realidad me ha gustado más de lo que imaginé —respondí.

Me acarició las mejillas y los labios mientras me miraba a los ojos.

—Una fantasía hecha realidad, ¿o estoy equivocado?

—Debo decir que sí. —Apreté los labios y miré el libro—. Así que estás a punto de terminarlo.

Me besó con necesidad y yo por poco suspiré.

—En realidad, ya lo hice —susurró.

—Me estás tomando el pelo.

No podía creerle.

—No, estoy hablando en serio, creo que no te he mentido nunca, salvo cuando dije que trabajaría todos estos días. —Sonrió.

Ay no, otra vez esta sensación intensa en el vientre.

—Me ha gustado mucho y me resulta francamente increíble tener en frente a la autora de todas esas novelas que me acompañarán de noche.

Le di caricias en el pecho, mirando de reojo ese pantalón desabotonado.

—¿Me darás ese autógrafo que tanto espero? ¿Eh? —Me besó el hombro nuevamente y yo me sentí dichosa de verme rodeada por sus caricias.

Sentía que volaba, muy alto, casi hasta el espacio.

—Bien, te lo daré, déjame cambiarme de ropa, traeré un lápiz, no tardaré. —Miré el reloj—. Fred y Agatha aún tienen una hora para llegar, supongo que hay tiempo… digo…

Me guiñó un ojo.

—Estaré encantado de pasar esta mañana contigo.

Me ruboricé y me marché a paso rápido, con las nalgas desnudas para su deleite. Lo sentí mirarme hasta que desaparecí.

Me di una ducha de cinco minutos y luego me puse unos jeans y un suéter, algo sencillo para mi día. Volví con los labios rojos y algo de maquillaje en los ojos, esperando encontrármelo interesado en el libro que había traído o en algo más, pero cuando vi lo que hacía, sentí que el alma se me cayó a los pies y luego regresó a mi boca, todo en un segundo.

—Mierda —murmuré.

Edward estaba leyendo hacia mi laptop, bastante interesado y casi absorto en lo que ahí había. Corrí hacia él, alertándolo de mi presencia, y le cerré el aparato en la cara, guardándolo celosamente entre mis manos. Él parecía serio y se cruzó de brazos, mirándome de pies a cabeza.

—Así que de eso se trata tu nueva historia.

Me mordí la mejilla interna.

—Son una serie de relatos…

—Y uno es un bombero…

—Edward..

—Con tatuajes, ojos verdes, cabello cobrizo y… ¿qué más? Ah, sí, tiene una moto. —Entrecerró sus cuencas, como analizándome.

Cerré los ojos.

Estaba perdida. Él ya lo sabía.

—¡Está bien! Estoy escribiendo mientras te imagino, ¿contento? —Me crucé de brazos—. Me has inspirado, desde que te conocí, yo…

Paré de hablar cuando vi que sonreía con una malicia desatada. Por Dios, sus ojos volvían a tener llamas, unas llamas infernales que por poco me hacen sonrojar por enésima vez.

—Así que soy el nuevo protagonista de tu relato. —Se rio, viéndose aún más guapo de lo que era—. Vaya, me he quedado mudo. ¿Me has estado usando, Isabella? —Volvió a ponerse muy serio.

—No, eso nunca —dije tajante.

Enarcó una ceja.

—Por eso me llevaste a la cama, porque querías tener nuevas ideas.

Puse los ojos en blanco y él caminó hacia mí.

—Me siento… privilegiado. —Sonrió.

Apreté los labios para no reírme y él tiró del inferior.

—Me haces imaginar muchas cosas, Edward, no me culpes.

Explotó en carcajadas, mirando a la laptop como si todo se tratara de una broma.

—Vaya relatos has hechos gracias a mí —alardeó—. Quizá deba darte más ideas, ¿no crees?

Me rodeó entre sus brazos y de lleno me atrapó el trasero con fuerza.

—¿Crees que puedas avivar un poco más esta cabeza? —jadeé.

—Estoy seguro que sí —respondió—. Aunque, ¿Edmund? Por Dios.

—¡Fue el único nombre que me hacía recordar al tuyo!

Sus ojos relucían de diversión.

—Ahora, espero me des los créditos.

—Bobo.

—A tu servicio, Isabella Swan. Pero está bien, me conformo con un libro autografiado por ti, así como el que me darás ahora. —Carraspeó.

Suspiré y le moví las pestañas de manera coqueta.

—Está bien, sólo porque te lo mereces —ronroneé.

Tomé el libro y lo abrí hasta llegar a la primera hoja, tomé el lápiz y le escribí algo rápido mientras lo sentía mirarme con mucha atención.

"Gracias por comprar mi libro y por permitir que mi imaginación se vuelva realidad. Estoy ansiosa porque leas mis próximos proyectos, ya sabes cuáles y cómo avivar mis ideas y mi creatividad

Ansiosa por más de ti

Con cariño

Isabella Swan"

Junto a mi mensaje deposité un beso, marcando mis labios rojos gracias al labial. En cuanto lo cerré se lo entregué en la mano y él me miraba complaciente. Rápidamente lo abrió y leyó, concentrado en mi autógrafo. De pronto clavó sus ojos en mi rostro.

—Así que ansiosa por más de mí —susurró.

Me tomó desde la cintura y me pegó a su pecho.

Me reí.

—Gracias por avivar mi imaginación.

Sonrió y me besó mientras manoseaba mi trasero como tanto le gustaba.

—¿Me invitarás a desayunar?

Le mordí el labio inferior, dándole un "sí" claro y dispuesto.

—Me lo merezco, como tu bombero tatuado, ese al que le encanta lamerte el…

—Edward —supliqué, roja como un tomate.

Hizo el ademán de morderme la nariz, muy pícaro, juguetón y coqueto.

—Está bien, no te molestaré con eso, al menos no esta mañana —dijo divertido.

Le di una mirada prometedora, lo tomé desde la quijada y le planté un último beso jugoso, que rápidamente dejé ir por su quijada y cuello, antes de separarme por bien de mi salud mental, no sin antes limpiarle los labios, que le habían quedado rojos debido a mi labial.

—¿Qué quieres para desayunar? Algo nutritivo para esos brazos, ¿no crees?

Caminó hacia mí y se apoyó en la misma encimera donde nos disfrutamos.

—Lo que salga de tus preciosas manos, Isabella. —Me guiñó un ojo mientras se metía a la boca una de las tantas manzanas rojas y brillantes que habían en el cuenco cercano.

Sonreí, muy cómoda con su presencia.

.

Yo me bebía un té de jengibre, maravillada con la imagen de Edward releyendo mi propio libro. Estaba ensimismado. Él estaba comiendo mis wafles con fruta y sirope, totalmente cómodo y hasta relajado. No cabía en mi felicidad.

Cuando iba a distraerlo un poquito, ansiosa por hacer alguna otra fechoría en contra del tiempo, sentí el motor de un coche aparcando frente a mi porche.

Bufé, con emociones mezcladas entre sí. Por un lado me sentía feliz de ver a los niños, pero por el otro no quería ni imaginarme cómo buscar la instancia para que Edward y yo estuviéramos a solas sin la impertinencia de nuestras responsabilidades paternales.

Él notó que ya habían llegado, puesto que desde el otro lado de la puerta principal sonaban los gritos entusiastas de Agatha y Fred, que seguramente estaban ansiosos por saber de nosotros.

—Pasaremos a saludar a tía Bella y luego iremos a casa de tu padre —le recordó Alice a su sobrina.

Nadie imaginaba que Edward estaba aquí.

En cuanto tocaron el timbre, yo me cerré el suéter, que estaba un poco abierto debido a mi espíritu coqueto que siempre brotaba con Edward, y les abrí, sabiendo que Edward estaba sentado en la isla, a la expectativa de la reacción de todos.

—¡Mami! —exclamó Fred, atrapándome la cintura y abrazándome con fuerza.

Sentir su aroma me hizo recobrar el sentido de la realidad y con ello la felicidad que siempre sentía junto a él.

—¿Qué tal el paseo, amor? ¿Todo bien?

Fred asintió y me depositó muchos besos en la mejilla.

—Sí, pero te extrañé mucho. ¿Algún día podrás venir con nosotros? —me preguntó con mucha inocencia.

Miré a Jasper, que venía entrando, y luego a Alice, que también había escuchado.

—No lo sé, cariño, pero de todos modos podemos salir juntos a cualquier lugar que tú quieras, tenemos toda la tarde de hoy… A no ser que estés cansado…

—¡Papá! —gritó Agatha, mirando con sus ojos verdes muy brillantes hacia quien estaba a mis espaldas.

—Pulgarcita —dijo él, sacándome escalofríos.

Me giré y lo vi tomar a su pequeña entre sus brazos y darle unos cuantos giros antes de sentarla en uno de sus fuertes brazos.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó su hermana—. No sabía que habían acordado esperar a los niños juntos.

Miró a Jasper, que estaba muy callado. Apenas y me miraba.

—Vine porque me pareció divertido, además me gusta la compañía de Bella, hablar de nuestros hijos es refrescante —mintió Edward con mucha tranquilidad mientras bajaba a su niña al suelo.

—Me parece genial que ya sean amigos —afirmó su hermana, acercándose a mí para saludarme con calidez. Yo no podía compartir la misma—. ¿Dónde puedo dejar la maleta de Fred? ¿Aquí?

—Cerca del pasillo. Gracias —dije.

Cuando ella se marchó, Jasper quedó mirando muy mal a Edward, que estaba divirtiéndose con ambos niños. Él se dio cuenta y rápidamente subió la mirada a mi ex esposo, cómo retándolo a comportarse como idiota frente a todos.

—Muy amigos —murmuró Jasper por debajo, como si tuviera los dientes apretados.

—La verdad sí, en cuanto Edward ha salido de su trabajo ha venido aquí a esperar a los niños —mentí con más descaro.

—Déjame decirte que Bella hace un desayuno increíble. Gracias —respondió Edward, guiñándome un ojo.

—Comieron juntos —siseó—. Y tú te divertiste estos días que estuviste a solas.

—Ajá. —Caminé hacia Fred y le arreglé la camisa, ignorando por completo el mal humor de Jasper.

—¿Con quién?

—No te importa —espeté—. Oigan, niños, ¿qué tal si se van a dar una vuelta a la habitación o ayudan a tía Alice a dejar la maleta?

Agatha se puso de puntillas para darle un último beso a su papá, pero tan pronto como pudo se dio cuenta que Edward tenía una marca de labial rojo en la piel de su cuello.

Oh, carajo.

—¿Qué es eso, papi? —le preguntó ella, llamando la atención de Jasper, que lo vio sin remedio.

Edward me miró y se limpió rápido.

—Nada importante, vayan allá —respondió.

Los niños se fueron corriendo, dejándonos a los tres a solas. Jasper miró mis labios, que tenían restos de mi infaltable labial rojo y luego a Edward, que aún tenía rojo en la piel de su cuello.

La furia en los ojos de mi ex esposo me pareció ridícula, pero palpable. Hace años no veía eso en su mirada: celos.

—Aproveché de dejar la maleta en… ¿Ocurre algo?

Todos miramos a Alice, que parecía notar que algo iba mal.

—No, descuida, nada importante —afirmó Jasper, que tan pronto como vio llegar a Alice, prefirió dedicarse casi exclusivamente a fingir que nada ocurría.

Los niños venían de regreso, sosteniendo algunos juguetes que de seguro le habían regalado en casa de los Whitlock, lo que nos distrajo de todo, especialmente a Edward y a mí, que no dejábamos de mirarnos.

—Imagino que ya se van —dije de manera directa, mirando especialmente a mi ex esposo.

—En realidad, quería hablar algo contigo, digo, entre madre y padre —murmuró, mirando especialmente a Edward, como diciéndole que se fuera, que no era más que un desconocido para nuestra "relación".

Por supuesto que no iba a permitirlo.

—Puedes decírmelo aquí, así aprovechamos el espacio, no creo que sea tan complejo de abordar, ¿o sí?

Suspiró y apretó la mandíbula.

Él sabía que yo no era la misma mujer de antes, esa que aceptaba todo con un "" sin peros.

—Es por el cumpleaños de Fred. Quedan dos semanas y me gustaría poder ayudarte con ello, ya sabes que la última vez no pude…

—Porque estabas en una fiesta de celebración en tu discoteca, ya lo recuerdo —dije, muy seca.

Alice se acercó con timidez, queriendo poner paños tibios al asunto, pero Edward la tomó desde la muñeca, impidiendo que ésta fuese a salvarle el culo, como siempre.

—Quiero hacer las cosas bien esta vez —me susurró, mirando de reojo, no queriendo que los niños escucharan—. Dame la oportunidad.

Suspiré y me crucé de brazos, alejándome de él para pensar.

—Está bien, tienes razón, pero la palabra no es ayudar, tú no me estás haciendo un favor, estás haciendo tu deber —afirmé con la barbilla en alto—. ¿Qué planeas?

Edward me sonrió y luego me guiñó ese ojo coqueto, sacándome una sonrisa también. Jasper lo notó y se molestó por unos cuantos segundos.

—Quiero hacer algo en casa de mis padres. Ellos están interesados en pasar tiempo con su nieto…

—Por ningún motivo.

—Pero…

—Ellos ni siquiera estarán invitados.

—Bella —gruñó.

—¿Qué tal si vamos afuera, niños? —dijo Alice, tomando a los pequeños de la espalda y arrastrándolos hacia la salida.

Edward no se movió, parecía decidido a cuidar cualquier instancia en la que Jasper se me acercase.

—¡Son mis padres! —insistió.

—Creo que Bella dijo suficiente, ¿no crees? Un no es no, ¿de verdad no lo entiendes? —espetó Edward, cabreado.

Jasper se dio la vuelta y le plantó cara, pero el cobrizo estaba lejos de doblegarse.

—Tú no tienes nada que ver en este asunto, ¿por qué no te largas?

—Yo no quiero que se vaya, la hemos pasado excelente hasta que a ti se te ocurrió poner tu maldito culo en mi casa —exclamé.

Jasper apretó la mandíbula, haciéndose el herido.

—Es con este tipo que te has estado divirtiendo estos días, ¿no?

Mantuve mi cara de póker.

—¿Qué te importa?

Pasé de su lado para calmar la rabia que me generaba.

—¿Vas a interesarte realmente por tu hijo o definitivamente seguirás buscando la manera de cabrearme y sacarme en cara cosas que a ti ya no tienen por qué importarte?

Él apretó las manos y miró por última vez a Edward, que estaba rígido, esperando para darle una sola patada.

—Quiero hacer las cosas bien —repitió—. Comportarme como quien soy, y yo soy su papá.

Me dolió escuchar su tono de voz, porque tal parecía que lo único que le importaba era que Edward lo escuchara, como recordándole que él nunca iba a ser eso en la vida de mi hijo. Por Dios, ¿cómo fue que me enamoré de esta persona? ¿En qué tenía la cabeza y el corazón?

Suspiré, porque en realidad, en aquel entonces, era una persona muy inocente, tanto o más que Alice Cullen. Quizá era ese tipo de mujer la que era su favorita.

—Entonces comienza por hacerlo, porque hasta el momento no pareces interesado en él, sino en darme un dolor de cabeza.

Jasper suspiró y cerró los ojos.

—Lo siento, Bella, todo a veces me juega en contra.

Me encogí de hombros, a la espera de que dijera lo que tenía que decir.

—El cumpleaños de mi hijo me entusiasma mucho y pretendo estar en todo momento en la preparación.

Miré a Edward de una manera triste, queriendo su consuelo a como diera lugar. Los cumpleaños de Fred nunca eran lo que esperaba un niño porque, bueno… Dios, nunca tuvo amigos. El rudo bombero arqueó las cejas, sabiendo que algo iba mal.

—¿Y qué quieres que hagamos? Sabes todo lo que ha pasado…

—Pero si extendemos la invitación a sus amigos de la escuela…

—Jasper, la única amiga que ha tenido Fred en su corta vida, es Agatha. Me resulta complejo crear un cumpleaños pensando que llegarán 20 niños cuando en la realidad sólo asistirá uno, y ese uno vino por lástima, ¿o no recuerdas lo que sucedió cuando cumplió 5?

Vi cómo Edward miraba al suelo y luego tragaba con pesar.

—Lo sé, tienes razón, es sólo que quiero que nuestro hijo tenga una fiesta como un niño normal, ¡una vida como todos los demás! —exclamó él, viéndose visiblemente afectado.

Jasper amaba a su hijo y no tenía dudas de ello. Era lo único realmente sincero en él.

—Pero eso es posible porque la sociedad no lo ve como tal —susurré, muy entristecida.

—Bella —me llamó Edward, a espaldas de Jasper—. Ya buscaremos la forma de darle un cumpleaños increíble a Fred, no necesitas pensar en eso ahora.

—No sabía que ahora Fred tenía tres padres —murmuró él por lo bajo.

El rudo cobrizo lo ignoró, calmando la rabia sólo porque se escuchaba a los niños tras la puerta.

—Hablaremos de esto en otra ocasión, ahora quiero quedarme con mi hijo y hacerle de comer. Gracias por pasar tiempo con él… supongo.

Ni siquiera sabía por qué carajos dije "gracias", el palurdo estaba haciendo su deber, no un favor. Pero qué estúpida.

Alice asomó la cabeza y todos nos giramos a mirarla, actuando con normalidad.

—Los chicos tienen mucha energía hoy, creo que quieren seguir jugando adentro. Cariño, ¿ya nos vamos? —inquirió ella, salvándome de seguir viéndole la cara a mi ex marido.

Jasper cambió de expresión y se giró a su prometida, sonriéndole de manera radiante.

—Sí, hablaba del cumpleaños de Fred, por eso la demora —comentó, acercándose a ella.

Los niños se metieron hacia adentro y Fred levantó las manos, emocionado por su cumpleaños.

—¡¿Me harán algo especial?! —inquirió mientras daba saltitos—. ¿Tú vendrás, Agatha?

—¿Crees que voy a perdérmelo? ¡¿Tía Bella hará el pastel?! —inquirió, mirándome con los ojos brillantes.

Sonreí.

—Pues sí, siempre lo hago yo. —Le acaricié el cabello a ambos, pero luego suspiré, algo cansada de lo de siempre: Fred emocionado y luego decepcionado de tener un cumpleaños aburrido y lleno de adultos.

Al menos existe Agatha, pensé.

—¿Qué te parece un cumpleaños de superhéroes? ¿Eh? —le propuso Jasper.

Mi hijo puso mala cara.

—¡A Fred no le gustan los superhéroes! —exclamó Agatha, muy de mala gana.

—¡Quiero que sea de princesas! —destacó mi niño, mirándome de reojo, a la espera de mi entusiasmo.

Yo enseguida le sonreí.

Así sería y me importaba una mierda lo que pensaran los demás.

—¿De qué? —inquirió Jasper, anonadado.

—De princesas —espetó Edward, elevando la voz—. ¿Alguna duda ahora?

Me reí por lo bajo.

—Eso es de niñas —gruñó mi ex esposo.

—Las cosas no son ni de niños ni de niñas, papi dice que eso es una estupidez —volvió a decir Agatha, cruzándose de brazos como las mujeres adultas.

Jasper la miró de reojo, ignorándola por completo.

—Ya hablaremos de esto. —Suspiró—. Alice y yo debemos ver algunos preparativos de la boda.

—¡Estoy super emocionada! —Brincó ella, sosteniéndose del cuello de su prometido.

—Que se diviertan —murmuré, nada interesada en su panorama.

—¿Te quedarás aquí? —le preguntó su hermana a Edward, que no se movía por ningún motivo.

—Sí, me parece buen panorama de martes, más tarde Agatha debe ir a ordenar su ropa para mañana —dijo con calma.

Jasper se saboreó, gesto que hacía cuando estaba muy cabreado. Se despidió de su hijo y se marchó, mientras que Alice lo hizo de todos nosotros, mirando algo preocupada la manera en que su prometido se comportaba cuando estaba Edward con nosotros.

Finalmente y cuando ellos se fueron, Agatha parecía más alegre y hasta relajada. Al parecer, odiaba a Jasper tal como su padre.

—Hey, ¿qué tal si van a comprar helados allá a la esquina? Creo que escucho el camión de los helados —dijo Edward, sacando unos dólares de su pantalón y entregándoselos a los dos, que corrieron rápidamente puerta afuera.

Me crucé de brazos y lo quedé mirando, a la espera de que me contara cuál era su plan. Sin embargo, no halló nada mejor que dar unos pasos hacia mí y tomarme desde la cintura.

—¿Qué planeas ahora? —inquirí, muy recelosa.

—Nada sucio… Por ahora.

Me reí.

—En realidad, quería hablarte de lo que escuché.

Ah, claro, los cumpleaños de Fred.

Suspiré y me apoyé en su pecho, sin saber qué decirle aparte de lo que ya había oído.

—¿De verdad ha sido de esa manera?

—¿Te sorprende?

—La verdad, no.

Mi ánimo decayó un poco. Ahora que cumpliría siete, se suponía que Fred iba a tener una fiesta increíble, pero nada de eso parecía ser posible porque hace apenas unas semanas sus compañeros de salón me habían demostrado que hasta sus familias valían menos que la mierda.

—Es doloroso, ¿sabes? Al menos tiene a Agatha —dije, un poco más tranquila.

Edward bajó la mirada y yo fruncí el ceño.

—Agatha tampoco ha vivido cumpleaños muy normales, siempre estábamos de viaje. El último cumpleaños que ella vivió como una niña normal fue cuando cumplió 2 años, ni siquiera lo recuerda y yo tampoco lo presencié.

Fruncí el ceño, curiosa respecto a ello. ¿Cómo que no lo presenció? ¿Dónde estaba él cuando su hija era una bebita?

Edward se cerró al vacío, completamente hermético y sin permitirme penetrar más allá de su relato. Parecía ser que aquel suceso había marcado mucho su vida.

No supe cómo llegar a él y preferí evitarlo.

—¿Sabes qué necesita Fred?

—¿Qué?

—Demostrar su gran personalidad.

Suspiré.

—Sabes que es difícil, es tan tímido y…

—La mejor manera de hacer buenos amigos es sacando su potencial.

—¿Y cómo voy a hacerlo? He hecho tantas cosas para que Fred logre hacer más amigos que ya me he resignado. Además, el gran problema es esta maldita sociedad…

—No todos son así. Conozco un lugar donde existen niños increíbles que estarían encantados de tener a Fred como un buen amigo.

—¿Dónde es eso? —Lo miré de forma curiosa.

—Ya te daré la sorpresa. ¿Me das la autorización para llevar a Fred a un lugar increíble?

Entrecerré mis ojos y luego sonreí.

Desde luego, Edward nunca le haría daño a mi retoño. Él quería lo mejor para Fred.

—Bien. —Me reí—. Confiaré en ti, pero con una condición.

—¿Cuál? —Me contempló con diversión.

—Que me lleves. Quiero ver a qué lugar te refieres.

—De eso no tengas dudas, no llevaría a Fred a ningún lugar mientras tú no estés.

Me aferré a su cuello y lo besé de manera deseosa. Él me abrazó desde la cintura y me apretó con fuerza, esa que siempre dejaba escapar conmigo.

—¡No estaba el camión de helados! —exclamó Agatha, haciendo que los dos nos separásemos de golpe.

Él se limpió rápidamente, recordando la manera en que su propia hija le recordó que tenía el cuello rojo por mi labial.

—Nos mentiste, papá. —Frunció el ceño, muy dura.

Edward se rio y me miró, como recordándome su travesura. Yo me aguanté la carcajada y me crucé de brazos.

—Qué malo eres, Edward.

—Yo quería helado. —Fred hizo un puchero.

—Pero te tengo galletas. Agatha, también tengo galletas para ti.

—En realidad, creo que tenemos que irnos —dijo el rudo bombero, mirando su reloj—. Tengo que preparar unas cosas para volver al cuartel y dejar a Agatha con sus abuelos.

La pequeña iluminó sus ojos ante la idea. Debían ser unos abuelos muy divertidos.

—Bueno, la invitación está hecha para cuando puedan volver —comenté, como quien no quiere la cosa.

—Por supuesto —respondió Edward—. Gracias por el desayuno, Bella.

Le dio una rápida mirada a la cocina, recordándome la inmensa cogida que tuvimos hace una hora.

Sentí escalofríos.

—De nada. Cuando quieras —susurré, mordiéndome el labio.

Ellos se despidieron, aunque moría por un último beso de él. Lamentablemente no fue posible.

.

.

.

Edward estaba desaparecido debido a su trabajo de bombero. Últimamente había habido variados incendios en la rotonda, por lo que su guardia debió estar bastante movida. A veces quería mensajearle, pero preferí por mi salud mental, pues no dejaba de pensar en las inmensas ganas que tenía de verlo y poder devorarlo una y otra vez.

Iba a volverme loca.

—¡Mamá! —exclamó Fred, saliendo de su salón.

Había venido a la escuela a retirarlo antes para pasar más tiempo con él, aprovechando que además tenía el día libre.

—¿Contento de pasar más tiempo con mamá? —inquirí, tomándole la mano luego de llenarle el rostro de besos.

—¡Sí! ¿Adónde iremos? ¿A casa?

Sonreí.

—¿Dónde quieres?

—¡A la librería!

Dios, lo amaba tanto.

—¡Entonces a la librería será! —exclamé, instándole a correr.

Justo en aquel instante recibí un correo a mi móvil, por lo que le pedí que nos detuviéramos frente a mi coche.

El corazón casi se me salió por la boca.

Era el correo que tanto esperaba hace más de 3 días, momento en que decidí enviar el relato del bombero a mi editorial, una probada pequeña de toda la antología.

"Hola, Isabella.

Hemos finalizado la lectura de tu relato.

Queremos verte esta tarde. La reunión es necesaria. Espero puedas darnos una respuesta.

Atte.

Charlotte Higgs J.

Editora

Editorial Grafford Ch."

Mierda. ¿Había hecho algo mal?

Me mordí el labio y miré a mi hijo.

—Antes de la librería, creo que debemos pasar por el trabajo de mamá —le informé.

Él asintió y me tomó la mano.

Manejé de manera rauda, algo insegura respecto a lo que pudo acontecer con mi relato. Quizá no les gustó, pensé. Odiaba los momentos tensos con mi editorial, solían ser muy exigentes y esta vez parecía ser que algo no les había parecido correcto para sus ansias brutales por vender un éxito como las veces anteriores.

Cuando llegamos a la editorial, aproveché de ponerme mis anteojos por si me hacían leer alguna mierda, exigiendo algún cambio desagradable para mi relato o la antología completa. Tomé mi bolso, ayudé a bajar a mi hijo, y con él tomado de la mano, caminé con la frente en alto, sacudiendo mi cabello para relajarme.

Nunca se estaba tranquila cuando tocaba juzgar tu trabajo.

—Srta. Swan, bienvenida —me saludó la asistente principal de Charlotte, levantándose de su escritorio para permitirme la entrada.

—¿Puedes cuidar de Fred? Te lo agradecería mucho —susurré.

—Claro.

Me agaché frente a Fred y le pedí que se quedara quietito mientras iba a la reunión. Su abrazo de despedida hizo que me sintiera más tranquila, así que me reincorporé y caminé hacia la puerta de Charlotte.

—¡Señorita, es en la sala de reuniones! —me informó la asistente, mostrándome el otro camino.

Mierda. Entonces no era sólo con Charlotte. Mmm… Definitivamente no les había gustado.

Finalmente asentí y caminé rauda, abriendo las puertas con cuidado.

Cuando di un paso adelante, vi que en la inmensa mesa estaban todos los peces gordos, bebiendo un café o agua, a la espera de mi integración.

—Buenas tardes —dije, metiendo mi tacón con cuidado.

—Buenas tardes —anunciaron todos, incluido el director principal: Frederick Matthews.

Estaba incluso el equipo de publicidad.

—Vine en cuanto recibí el correo de la citación —comenté con calma mientras me sentaba a la cabeza de todos.

Charlotte se aclaró la garganta y tiró de su collar de perlas, un gesto muy propio de ella cuando estaba realmente seria.

—En cuanto recibí tu correo adjuntando el relato de ejemplo, lo leí. 45 páginas completas en una noche —señaló.

Todos estaban en silencio, esperando a lo que Charlotte tuviera que decir.

—Debo serte franca.

Aquí vamos.

—Ha sido magnífico —finalizó.

Bueno, debía estar preparada para… Espera, ¿qué?

—Bella, has hecho un trabajo extraordinario. ¡No podía parar de leer! Es el mejor relato que he leído de ti en todos estos años que he trabajado contigo.

Me llevé una mano al pecho, muy sorprendida. Digo, siempre recibía elogios, pero no de este calibre; Charlotte era de palabras cortas, si te decía que estaba bueno es porque era increíblemente perfecto. Ahora esto era sin palabras.

—Necesitaba que vinieras porque no sólo lo leí yo, sino todos aquí —señaló, mirando a los demás.

Me acomodé los anteojos, sin saber qué decirles.

—Ha hecho un trabajo muy bueno, Srta. Swan —dijo el director, mirando a Charlotte para tomar la palabra—. Ha construido personajes muy divertidos en un relato pequeño, congruente, conciso, entusiasta y con personalidades realistas.

Me sentía inmensamente halagada. El director aprobaba y nada más firmaba, si estaba haciendo esto era porque en realidad le había gustado bastante.

—Pero… no nos parece suficiente.

Fruncí el ceño, sin entender a qué se refería.

—Consideramos que tu relato es muy bueno como para desperdiciarlo de esa manera —añadió Charlotte.

El director le dio una mirada a mi editora y prosiguió:

—Queremos que hagas una novela respecto a esa historia en específico.

Abrí mis ojos, sorprendida.

¿Una novela respecto a ese bombero? ¡Se suponía que sólo sería una historia corta de 45 páginas. Una novela era mucho más que eso.

—Pero…

—Tu antología de relatos eróticos iría de todos modos, ya tienes casi la totalidad de la obra, no es ningún problema que puedas enfocarte en una nueva historia, ¿o sí? —inquirió el hombre.

Miré a Charlotte y luego a todo el equipo de la editorial.

—Bella, sería un éxito tan rotundo que es primera vez que me atrevo a confiar ciegamente en lo que vayas a escribir —confesó ella—. Tendrías libertad creativa, un equipo de publicidad inmenso. Somos la editorial más competitiva del mercado y contigo será un triunfo asegurado. Lo que quisiste mostrar en esas 45 páginas no son suficientes para todo lo que puede salir de esa cabeza. —Sonrió, desbaratando sus constantes muecas de seriedad.

Dios, ¿crear una historia referente al bombero y a su protagonista que inevitablemente se parecía a mí? No sabía ni cómo tomármelo.

—Te pagaremos la mitad del contrato por adelantado, lo que no incluye las ganancias de tu antología ni de la publicación de la novela y sus ventas —respondió el director, ansioso porque aceptara—. Lo único que queremos es ver una historia erótica con romance y trama, sabemos de lo que eres capaz, es tu decisión.

Pensé en ese dinero, tendría suficiente para pagarle a Edward de aquí a un par de meses, lo que era fenomenal, pero también pensé en lo mucho que él me inspiraba y lo que saldría de mi cabeza frente a la imaginación. Sólo había una pregunta: ¿cómo iba a hacerlo si un libro no se escribe de un día para otro?

—Acepto —dije de pronto, muy impulsiva.

Ni siquiera sabía cuáles eran las consecuencias, así como tampoco sabía si las habían en realidad.

—Escribiré ese libro. Sólo quiero pedir algo.

—Mientras podamos realizarlo, pídalo.

Junté mis manos sobre la mesa de reuniones.

—Quiero el pago hoy.

Los grandes jefes levantaron la ceja y entonces se miraron. Finalmente y en un profundo espacio de dudas, ellos asintieron.

—Así será —finalizó.

Charlotte sonrió nuevamente y todos le siguieron, levantándose para darme su mano.

—Bienvenida a otro éxito mundial, Isabella —me dijo la editora, contentísima por mi paso.

Yo boté el aire, y aunque aún no sabía cómo, supe que saldría una historia intensa que nada bien haría a mi salud mental.

.

.

.

Miré el cheque y tomé el teléfono para llamarle.

Era una buena excusa para saber de él.

—Justo estaba por llamarte —fue lo primero que dijo—. Hola.

Sonreí.

—No te creo. Hola.

—Estoy hablando en serio. —Sonaba divertido—. He quedado libre del cuartel por unos cuantos días, tiempo suficiente para poder verte, ¿no crees?

Sentí que mi barriga se estremeció.

—Y yo que deseaba hacerlo porque te tengo increíbles noticias.

Se rio, lo que me contagió sin remedio.

—¿Sí? ¿Qué novedades hay?

—Tendrás que descubrirlas.

Podía apostar a que estaba ronroneando.

—Es para hablar de negocios.

Sonreí, traviesa ante mi tono de voz tan serio.

—Oh, vaya, ¿alguna novedad respecto a mi coche, Rompecoches?

Me acosté en el sofá, mordiéndome el labio inferior.

—Sí.

—Entonces eso amerita más que un encuentro en una de nuestras casas, digo, debe haber mucha seriedad en estas cuestiones.

Carraspeé, manteniendo mi seriedad.

—Por supuesto, Edward, y tomando en cuenta que es viernes y apenas son las 5, creo que vernos en el lugar que te acomode, entrando la noche, no es mala idea.

Dios, moría por verlo.

—Tengo una idea.

Volví a sentir que mi vientre se contraía de forma deliciosa.

—¿Qué te parece si voy a buscarte a las 9? Te llevaré a un lugar perfecto para que tú y yo podamos discutir de estos asuntos tan serios.

Me mordí una uña esmaltada y moví mis piernas de la emoción.

—¿Y qué haremos con los niños?

—Me ofende tu pregunta, ¿crees que de eso no voy a encargarme?

Me volví a reír.

—Sophie estará allá, buscará a Fred y se lo llevará a mi casa, ¿eso está bien?

—Está perfecto —susurré mientras pensaba qué ponerme hoy—. Imagino que tanta seriedad amerita elegancia.

—Ni lo dudes. Te veo a las 9.

Cuando corté escondí mi cara en la almohada y rápidamente comencé a gritar de emoción, esa misma emoción propia de una niña de 15 años, emocionada porque ese galán vendría a buscarla.

.

La casa estaba en silencio desde que Fred se había ido con Sophie para ver películas junto a Agatha. El único sonido que primaba era el de mis tacones rojo sangre, lustrosos y de charol, que golpeaban constantemente el suelo, pues caminaba desde aquí para allá, insegura de mi atuendo.

Bufé y me despeiné el flequillo.

De pronto, sentí el sonido de un coche derrapando con furia y luego el sonido del timbre.

Por poco se me salió el corazón por la boca.

Tomé mi bolsito, donde llevaba todo lo necesario, y me embarqué a otra aventura con la Sexy Bestia.

Cuando abrí la puerta tragué como pude, porque Edward se veía más guapo de lo que jamás había apreciado en él. Y eso era quedarse corto.

Vestía un saco apretado que le marcaba muy bien esos brazos fuertes. Era de color azul oscuro. Bajo esa prenda llevaba una camisa sin corbata, con los primeros tres botones abiertos, dejando escapar sus tatuajes, mezclando de una manera increíble su ser rudo innato y una elegancia que no creí que pudiera tener, al menos de la manera en la que me demostraba. Sus pantalones eran también apretados, marcando su pelvis y desviando bastante mi atención de su rostro.

Mierda, ¿por qué es tan guapo?, pensaba mientras volvía a su rostro.

Entonces noté que le había crecido la barba; al parecer había decidido no afeitarse por unos tres días.

Santo dios, me iba a volver loca. Quería subirme a su cuello y besarlo hasta que mis labios quedaran enrojecidos debido a la aspereza que hoy llevaba en su quijada.

—Vaya —susurró, mirándome de pies a cabeza.

Parecía más sorprendido que la vez pasada, y es que nuevamente llevaba otro atuendo de infarto para su deleite, y tal como acordamos, muy elegante.

Se saboreó el labio inferior mientras repasaba mi falda tubo de cuero, pegada a mi culo con fuerza. Luego subió, admirando mi camiseta de encaje y malla negra, que translucía mi sujetador del mismo estilo.

—¿Algo que decir? —le pregunté, sabiendo que lo había vuelto loco.

Ese era mi propósito, ¿no?

—Traes tacones rojos —susurró, apretando la mandíbula de excitación.

—¿Algo malo con eso? —inquirí, elevando mi ceja.

Sonrió lentamente.

—Para mi salud mental, sí, y para ti también.

—¿Por qué lo dices? —jadeé.

No contestó y sólo rio, mostrándome su mano para que la tomara. Antes de hacerlo saqué mi abrigo del perchero y entonces me fui con él, arrastrada por su agarre fuerte, pero seguro.

—¿Adónde vamos?

Se cerró el cinturón con rudeza y encendió rápidamente su coche.

—Déjate sorprender, Isabella Swan, hoy los negocios se hablan en la mejor mesa de Chicago.

¿Qué tenía esta bestia en mente?

.

Me ayudó a bajar y yo miré anonadada mientras un hombre le pedía la llave. Era un restaurante super elegante de la ciudad, donde generalmente iba la gente con buen gusto. Nunca había podido entrar porque, en realidad, no tenía quien quisiera acompañarme y yo odiaba comer a solas, sin poder charlar.

Ahora era el momento, con un hombre que no creí poder darme en el gusto como ahora.

—Un rudo hombre queriendo invitar a una mujer a la elegancia misma, no me lo creo.

—Para que veas —señaló, mostrándome su brazo para que lo tomara.

Así lo hice, acercándome mucho más a su cuerpo.

—Qué efusiva, Srta. Swan —me susurró, dándome su respiración contra la cara.

Me perdí varios segundos en sus ojos antes de contestar de manera cuerda.

—Un poco.

Nos hicieron entrar al lugar, que tenía una fuente de agua en medio de todas las mesas.

Vaya qué elegancia. Definitivamente.

Todo dentro era esotérico, la comida debía ser principalmente hindú dado la decoración y la oscuridad medio tántrica y erótica, que se mezclaba con el rojo y el marrón. Nos sentaron cerca de la fuente, que era una estatua religiosa inmensa, dentro del agua había peces de diferentes colores, lo que seguía fascinándome.

—Aquí todo es afrodisiaco —contó, arrastrando la silla para que yo pudiera sentarme.

Sabía que estaba mirándome el culo con mucho descaro, sus ojos me quemaban.

Afrodisiaco. Dios, ya me imaginaba el inmenso jugueteo que esto nos llevaría a desarrollar. Se me apretaban las entrañas de pura emoción y diversión.

Cuando Edward se sentó en frente, mantuvo la mirada seria delante de mí, actuando como si realmente esto se tratara de una reunión de negocios, pero los dos sabíamos cuál sería el fin de los más bajos instintos.

Desde el fondo sonaba una canción de Nina Simone versionada de una manera bastante diferente, homologada al ambiente.

—Espero que te gusten las ostras —susurró, mirándome a los ojos.

De inmediato caí en cuenta de algo que se me hacía muy conocido. Él se dio cuenta y sonrió.

Los personajes de mi libro habían comido ostras en casa de la protagonista, que amaba el esoterismo sexual tántrico y que, por tanto, tenía toda una habitación decorada de esa manera, muy similar al que nos veíamos rodeados.

Me estaba compartiendo en otra escena, donde no hacían cosas muy decorosas.

Volví a apretar las piernas, sintiéndome francamente dominaba por mis emociones más primitivas.

—Sí, me gustan —respondí, arrastrando las palabras para no jadear.

—Excelente, porque eso comeremos. Espero que te gusten a lo thai.

Todo lo que me hagas comer me encantará, pensé, no solo refiriéndome a la comida, la verdad.

Un hombre se nos acercó y esperó a que dijéramos qué pedir.

—Prefiero que me sorprendas tú en todo —le dije a Edward, sujetándome la barbilla con las manos.

Enarcó una ceja.

—Bueno, déjamelo a mí.

Él conocía el menú, así que me dejé agasajar.

—Nos saldremos un poco de la regla y beberemos Chardonnay —contó.

A los segundos, el hombre se acercó con una botella de vino blanco para servirnos.

—Me parece la bebida perfecta para hablar de negocios, Edward Cullen.

Él se cerró el blazer, muy correcto y nada parecido a la bestia que conocía.

Por poco me reí, entusiasmada por seguir jugando.

Cuando nos dejaron a solas, recordándonos que traerían la entrada, yo crucé mi pierna, rozando suavemente la suya con la punta de mi tacón.

—Bien. Quería verte porque tengo novedades que pueden importarte.

—Soy todo oídos.

Abrí mi bolso pequeño y saqué el cheque. Edward levantó sus cejas y se quedó mirándolo bastante sorprendido.

—Recibí una muy buena noticia hace dos días, me ha llegado dinero suficiente para cubrir la mitad de lo que ha costado arreglar tu coche.

Él tomó el papel y lo miró nuevamente. Incluso parecía incrédulo.

—Esto es fantástico, ¿cómo es que lo has logrado?

—Tuve una reunión con mi editorial —susurré, mirando con cierto aire misterioso al dueño de mi inspiración.

Si tan sólo supiera.

—¿Es que ya han recibido tu gran relato? —ronroneó, recordando perfectamente lo que había leído en mi laptop.

Me reí y me mordí el labio, deseando contarle las buenas nuevas.

—La verdad, sí, ya han leído el relato, su favorito, por cierto, creo que cierto bombero ha servido para que ellos se entusiasmen más de lo que ya estaban con mi trabajo.

Se acarició la barbilla y yo imaginé qué tan áspera era su barba, sobre todo si la frotaba con mi ingle.

Tuve que cerrar las piernas.

Nos trajeron la entrada de verduras salteadas en azafrán, que previamente habían sido sumergidas en ginseng. Una bomba para las erecciones. Muy ad hoc al momento, ¿no? Demonios, ¿cómo iba a llegar viva hasta dónde sea que fuéramos a enloquecer?

Estaba demás decir que los sabores eran increíbles.

—Así que… su favorito.

Mirar hacia sus ojos verdes, malignos y dispuestos a comerme, hizo que otra oleada de imprudente desinhibición comenzara a hacerse presente.

—Lo malo es que, de momento, no tengo cómo pagarte la otra mitad, sé que no es suficiente con lo que te he entregado dado el tiempo que ha pasado desde el suceso, pero quizá… pueda darte un pago provisorio mientras ajusto mis cuentas —susurré.

Entrecerró sus ojos, interesándose aún más.

—¿Y qué es?

Jugueteé con el cubierto mientras sentía el aroma inconfundible del azafrán.

—¿Tú? —finalizó por mí.

Sonreí, muy divertida.

—Bien dicen que una buena parte de los pagos es… la carne y el placer.

Frunció el ceño y se acomodó en la silla, como si algo debajo de la mesa le estuviera incomodando. Ya me imaginaba qué.

—Ya veo. Un beneficio bastante interesante. ¿Hay algo que no me has contado, a todo esto?

Tomé aire, decidida a contarle.

—En realidad, la editorial me ha pedido algo más, por eso me han dado tanto dinero.

—¿Qué?

—Que escriba una novela enteramente sobre un bombero que les ha fascinado.

Sus ojos se oscurecieron.

—Vaya.

—Así es. Les ha gustado tanto que quieren que lo haga. ¿Te molesta la idea?

Sonrió.

—Me halaga.

Me sonrojé de deseo.

—Si te soy sincero, creo que esto hace que tu necesidad de pago provisorio sea aún más interesante —jugueteó.

—Pues, te escucho.

Alargó su mano hasta la mía, acariciando de manera sutil la piel del dorso.

—Los dos nos beneficiamos juntos, ¿no crees? Disfrutamos, pero además, tú tendrás una gran fuente de imaginación, lo que en definitiva hará que escribas mejor, más rápido y más real. —Se pasó la lengua por los labios—. Eso hará que recibas las ganancias más pronto, lo que significa que podrás tener tu deuda saldada más pronto de lo que imaginas.

Mi vientre se contrajo ante este jugueteo de negocios basado únicamente en el placer y en el explorar.

—¿Tienes un trato que ofrecerme? —inquirí en un hilo de voz.

Acercó su tronco hacia el mío.

—Algo así. Esta es una reunión de negocios, ¿no?

Apreté los labios para no sonreír.

—Sí.

Hizo una pausa mientras nos contemplábamos.

—Disfrutemos juntos, tú te inspiras y yo veré los frutos de ello lo más pronto posible.

Iba a hablar, pero me calló poniendo un dedo contra mis labios.

—Pero entre todo negocio debe haber un contrato, ¿no crees?

Mi respiración comenzó a hacerse más pesada.

—¿Cuál será?

—Será mínimo un mes de diversión, siempre y cuando los dos queramos hacerlo —señaló.

¿Mínimo un mes? Dios santo, ese mínimo sonaba tan excitante.

—Pero hay algo más.

—¿Sí?

—Debes estar dispuesta a hacer volar tu imaginación, recuérdalo bien.

Tragué.

—En esa imaginación sólo seremos tú y yo, nadie más. No debe haber límites, especialmente porque me gusta tomar el poder cuando menos te lo esperas.

Me sentía temblar desde los pies a la cabeza.

—Recuérdalo bien: me gustan muchas cosas, Isabella, muchas —enfatizó—. ¿Qué me dices? ¿Aceptas o no?


Buenas noches, traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido? Uff, estos dos están que arden. ¿Qué creen que responda Bella? ¿Dirá que sí a semejante proposición? ¿Qué ideas creen que tenga la Sexy Bestia? ¡Ustedes hagan volar su imaginación. ¿Les ha gustado la breve aparición de los niños? Lo sé, los extrañan, pero es momento de que estos dos pasen más tiempo a solas, ¿o no? ¿Qué piensan de Jasper y todo lo que está pasando? Desquítense si quieren

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Espero volver a leerlas a todas, ya saben cómo me gustan sus gracias y su entusiasmo para seguir escribiendo, no saben cómo disfruto ver qué les parece mi historia

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Cariños para todas

Baisers!