Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos respectivamente a sus creadores.
Antes que nada quiero partir con el capítulo diciendo que hay una escena un poco violenta. Ojalá y no se vayan a ofender por eso. Cabe mencionar que la violencia en sí, no es buena.
XII. So I told him "don't rush, just give it some time"
El cielo de aquel día es limpio, despejado, claro; de un tono celeste que purifica y atrapa a una tranquila Hollow Town. Atrás queda la neblina de la noche anterior. Los rayos del sol caen plácidamente sobre su rostro, acariciando su piel expuesta, mientras que el aire da una sensación de frescura y de limpieza que lo hacen respirar hondamente. La mañana lo llena todo de un espectacular y cálido ambiente de tonos amarillos y blancos, iluminando el oscuro verde de los arbustos y del asfalto.
De fondo, el sonido del agua que produce la piscina combinándose con el canto de las golondrinas y el resoplar del viento.
Él inspira una vez más, inflando su pecho y dejando expulsar el aire contenido de sus pulmones. Siempre ha disfrutado del efecto que provoca la primavera en Hollow Town. El brillo del sol le quita todo aquel aspecto siniestro y gris que suele tener el pueblo. Los árboles de pronto son más verdes y las flores y rosas que abundan por los senderos pedregosos, cobran vida por la luminiscencia que entrega la estación. La tierra se vuelve fértil, y los días de lluvia no son tan abrumadores y espeluznantes como acostumbran a ser.
La mansión Stark, también, sufre un cambio. Es en primavera y en verano cuando se vuelve menos sombría a diferencia de cómo es el resto del año.
—Señor. — escucha a sus espaldas. Él sin prisa y solemnidad, gira sobre sus talones para observar al criado que lo ha llamado. Jarvis espera pacientemente, haciendo un gesto con su cabeza para que el joven continúe con lo que quiere decir: —Ha llegado correspondencia al buzón.
—Muchas gracias, Frank. Yo me encargo. — dice el anciano amablemente. El muchacho estira ambas manos con lo que es un paquete mediano y una muy pequeña pila de sobres blancos. En cuanto Jarvis recibe los objetos, el joven abandona el lugar, dejándolo a él solo en medio del patio trasero. Una punzada de nostalgia se instala en su pecho cuando ve alejarse a Frank. El muchacho no es tan joven, en realidad, pero él no puede evitar acordarse de sí mismo en su juventud, haciendo los mismos mandatos que el chico que se acaba de retirar. Ha estado toda su vida en esa mansión, sirviendo al mismo hombre por años. El cual logró formar una familia, y que ahora el anciano se permite sentir como propia.
Jarvis no se arrepiente de las decisiones que ha tomado para estar en esta situación. Nunca lo haría. Pero aquello no quita el deseo de no querer que Frank termine como él. Es muy joven, a su parecer, para que malgaste su juventud en servir a unos extraños. Si bien el muchacho puede tener sus propios problemas monetarios, o sus razones para estar donde está; desea desde lo más recóndito de su corazón, que no siga aquí. No estaría bien.
Tiene muchas cosas que vivir.
Suelta un suspiro por el fruto de sus pensamientos, girándose hacia una mesa compuesta de unos soportes de madera de roble y superficie de vidrio. Él acomoda una silla hecha del mismo material que los soportes de la mesa, antes de sentarse completamente y depositar el paquete con los sobres sobre la fría superficie. No es más que un proceso rutinario lo que hace por los siguientes minutos, sólo son facturas y un paquete que, al parecer, ha pedido el joven Anthony. No hay nada diferente en la correspondencia de este día martes, salvo el sobre burdeo que se encontraba oculto y entremezclado entre el blanco de los otros sobres.
Él lo reconoce de inmediato.
Y sabe que es un vano intento por ser discreto, porque fácilmente por el avance tecnológico que hay hoy en día la comunicación habría sido más rápida, en vez que una carta con el característico y pretencioso sello dorado. Algunas cosas nunca cambian, piensa Jarvis, mientras ve el sobre entre sus manos con una mezcla de sentimientos negativos y positivos amontonándose dentro de él, y repasa la firma que hay en una esquina y la letra cursiva y negrita que compone un: "Edwin Jarvis". Las comisuras de sus finos labios forman una mueca imperceptible que, si cualquiera lo viera, pensaría que es una sonrisa ladina. Edwin sabe que obviamente, el propósito que tenía ese envío, ha fallado rotundamente.
Ser discreto y prudente nunca ha sido un atributo en Howard Stark.
Son los sonidos que hacen las máquinas y la luz de cada pantalla que tiene a su alrededor lo que abunda allí. La oscuridad cubre el taller. Sus manos reposan en el mesón principal, aquel gris y metálico donde se encuentran desplegados varios papeles y notas con rayones y garabatos que ni él mismo entiende. Después se encargará de aquel detalle.
Por mientras, el pitido que emiten los ordenadores a su alrededor martillea su cabeza. No sabe si es de día o no, ni siquiera tiene idea de qué hora es afuera, en la realidad. Lleva sus manos hacia su rostro, totalmente frustrado por los nulos resultados de la investigación que ha tenido por años, y por la pérdida de la ubicación de esas cosas en estos últimos cuatro meses. Aún no logra comprender cómo pudo haberles perdido el rastro tan fácilmente. Un simple descuido en una sola pista, provocó que dos años de esfuerzo se fueran por la borda.
Si no hacía un movimiento ahora, la situación podría empeorar. Y su tarea, -sólo moral, porque en verdad no tenía la obligación de inmiscuirse en estos asuntos, lo tiene muy claro-, es evitar aquello. Aunque su condición no fuese igual a la de ellos, de alguna u otra forma, como era costumbre en él; se había metido en un gran lío.
Bueno, él quiso meterse en este problema. Lo había buscado, y poco le importaría si sólo le afectase a él. Pero la verdad es que no, que aquello ni iba a ser así y demonios, debía solucionarlo antes de que ocurriera algo peor a lo que ha estado sucediendo hasta ahora. No podría soportar otro fallo en sus cálculos y en sus investigaciones.
Suelta un suspiro prolongado, expulsando la frustración de su interior. Una de sus manos se alarga para alcanzar el teléfono, presionando un botón que lo comunicaría con una secretaria. Después de que la voz femenina inundara el taller, él le hizo saber lo que quería. Un simple: « Lo comunico de inmediato, señor », seguido de un nuevo pitido, la espera y la voz del hombre fue lo que se escuchó por los siguientes minutos.
—Stane. — dice, frotando la palma de su diestra contra su mentón. Desea sonar lo menos cansado posible, pero sus suspiros y su tono de voz lo delatan inmediatamente. —¿Cómo va lo que te he encargado?
—A estas horas, ya debió haber llegado.
—Bien. — murmura para sí mismo, irguiéndose completamente, desviando su mirada hacia un punto exacto del gran mesón. —¿Qué hay de lo otro?
Existe una breve pausa antes de que la voz del hombre se escuche al otro lado de la línea. Esa ínfima espera, por dentro, muy dentro, le abruma y le desespera. Pero todo aquello pasa cuando escucha las siguientes palabras: —Según con lo que él ha enviado durante estas semanas, todo está bien. La situación está controlada y las cosas siguen con normalidad.
Asiente varias veces mientras un diminuto; minúsculo peso se desprende de su cuerpo, por un breve lapso. Y él estira una de sus manos, alcanzando un antiguo y costoso marco que se halla en un rincón del mesón metálico y que ha estado mirando. Se permite disfrutar de la fotografía por lo que son unos segundos, antes de volver a la pantalla frente a sí y concentrarse de lleno a lo que hay en ella.
—Es todo.
El sol resplandece en lo más alto del cielo, haciendo brillar los helechos que se encuentran en el patio. Alrededor de ellos, los estudiantes disfrutan del último receso de la jornada de la mañana. No tienen mucho que hacer en quince minutos, en realidad. Barton y Wilson están enfrascados en una animada conversación mientras él y Bucky se mantienen al margen y en silencio. Natasha está recostada a su lado izquierdo, bajo la sombra del árbol en el que él se encuentra apoyando su espalda en el tronco, sentado. La brisa es fresca y mece la ropa y el cabello de todos.
El clima parece más veraniego que primaveral.
Mientras la pelirroja dormita plácidamente a su izquierda, a su lado derecho Bucky está lanzando piedrecillas que chocan y suenan contra la grava húmeda que atraviesa el césped del instituto. Las carcajadas que se escuchan, puede notar Steve, molestan a Natasha. Y cuando gira su cabeza para observarla, puede percatarse de su ceño fruncido y de la molestia reflejada en su arrugada y su respingada nariz. Al rubio le hace un poco de gracia la expresión de Natasha, pero se le va rápidamente cuando gira su rostro al lado contrario. Bucky, por su parte, se mantiene inexpresivo. No han hablado desde hace días; quizás desde hace una semana. Y Steve al verlo, tiene el impulso de hablarle como si nada hubiera sucedido, porque en verdad él no es de esas personas que pueden estar demasiado tiempo molestos con uno de sus amigos. Sobre todo cuando éste, precisamente, es más que una simple amistad. Es su hermano.
La persona que, después de todo, ha conocido gran parte de su vida.
Así que, luego de unos minutos de dudarlo, sus manos se estiran disimuladamente a cada costado de su cuerpo. Cuando nota que nadie los está observando y Clint y Sam están distraídos con sus tonterías, alejándose de ellos tres con la excusa de que van a la cafetería a comprar algo para comer porque están muertos de hambre, su izquierda alcanza el rostro de la pelirroja, aventurándose hacia la parte posterior de una de sus orejas y la acaricia con suavidad. Inmediatamente puede sentir que el cuerpo de la adolescente se relaja y su ceño fruncido desaparece. Mientras, su diestra traspasa las hebras oscuras de la cabellera de su mejor amigo y repite el mismo movimiento que su izquierda, recibiendo la misma respuesta.
Una extraña paz se instala rápidamente en él producto a la calma de esos dos, colándose entre ellos tres la envolvente fragancia a menta y el atrayente aroma de madera de cedro y bergamota. Es tan familiar e íntima esta situación y estos olores, que Steve se olvida del mar de sentimientos que ha sentido durante estos días, del resentimiento y del enojo. De ese cúmulo de emociones que no lo llevan a ninguna parte y sólo lo alejan de su mejor amigo. Puede que no esté de acuerdo con él, ni con lo que ha estado pasando. Quizá tampoco tenga suficiente con las disculpas de Bucky y las palabras de Natasha, pero todo eso no importa cuando está así, con sus amigos.
Con este momento, piensa Steve, es suficiente.
Y cuando menos se da cuenta, tiene a Natasha apoyada en uno de sus muslos y a Bucky recostado en uno de sus hombros. Tienen la respiración aterciopelada, y parecen dormidos. Una sonrisa se instala en su rostro, dejándose llevar por la calidez de ambos cuerpos y cesando sus caricias. Él se acomoda como puede, apartando sus manos hacia su regazo para tomar la vieja croquera que reposaba allí. Por fortuna, Natasha sólo tiene apoyada su cabeza en una parte de su muslo, cerca de la rodilla, por lo que sus movimientos no la incomodan.
Como puede, consigue abrir la croquera justo en la hoja dónde se encuentra un lápiz de carbón y el boceto en el que ha estado distrayéndose en las clases del Profesor Pym y en las de Química parte de la mañana. Los trazos son suaves y tenues, el color negro impregna la hoja en blanco. Su sonrisa desaparece al ver el boceto que ha hecho a propósito.
Steve quiso dibujarlo, la verdad, mientras lo observaba desde el fondo del salón.
Alza su mirada hacia el paisaje, buscándolo inconscientemente con la mirada. Y cuando sus ojos azules se posan en la salida al patio, como una mala y cliché coincidencia, logra encontrar a Tony. Está hablando con Janet y con dos muchachas más. Cuando Steve puede recordarlo, se da cuenta que esas dos son nada más y nada menos que Jane y Darcy, de tercer año. Como es inusual, Tony no está acompañado ni por Stephen Strange ni por Bruce Banner. Tampoco hay indicios de la presencia de Virginia Potts o, inclusive, de James Rhodes.
Steve sabe que no debería importarle, porque no es su asunto y nunca lo ha sido. Sobre todo por la extraña relación que tiene con Tony y con todo lo que ha pasado y lo que ha hecho. Es hipócrita de su parte sentirse de esta manera, lo sabe, al querer proteger a Tony del mundo de Bucky y Natasha, cuando no se llevan bien. Este hecho lo hace sentirse mal y responsable de todo. Stark siempre lo ha llevado a sus límites y eso sólo lo obliga a actuar de una manera que no es propia en él, arrepintiéndose en seguida de eso y frustrándose por no saber manejarse como debería.
Por eso, se dice Steve, no debe sentir este nudo en su garganta, ni tampoco la repentina tensión que experimenta el cuerpo de Bucky. Pero la expresión que tiene el insoportable y soberbio Tony Stark, no se lo permite.
Ni a él, ni al parecer, a Bucky.
El timbre suena en el instituto, anunciando el término del receso, mientras los estudiantes caminan hacia los casilleros y se van a sus respectivos salones. Él se queda inmóvil en su lugar porque no tiene ganas de ir a clases, mucho menos recordando que ahora les toca Literatura y Filosofía con Sallow. Y pensándolo bien, sería una completa tortura después de todo el numerito que se montó el día de ayer. Lo preferible sería fugarse, saltarse el muro y huir a la mansión para hundirse entre las sábanas de su cama y olvidarse de su propia existencia.
Lamentablemente, aunque esa idea es fantástica, no puede concretarla con su mochila y sus pertenencias encerradas en el salón 220.
Tony suelta un suspiro, antes de que sus pensamientos se centren en la llegada de Janet. Y como por arte de magia, la desgana que siente comienza a disiparse al hacerse consciente de la presencia de la muchacha. —Tierra llamando a Tony. — escucha la cantarina voz de Janet y se rinde, -como lo ha estado haciendo durante toda la mañana-, a ella, a su perfume y a la calidez que desprende su cuerpo. Atrás quedan sus intenciones de escapar del instituto. Tony está a punto de recargar su frente en el hombro de ella, cuando la castaña le pellizca el rostro, despertándolo de pronto.
Él no lo había notado, pero ha estado sintiéndose tan, pero tan adormilado al lado de Avispa. —¡Maldita sea, Janet! ¡Duele como el carajo! — exclama, viéndola caminar hacia los pasillos y siguiéndola automáticamente, frotándose el rostro con su palma izquierda.
—Eres demasiado sensible, Tony. — se ríe ella y el castaño frunce el ceño. —Apura, que vamos tarde.
Está a punto de rebatirle con el argumento de que ni siquiera ha pasado un minuto desde que sonó el timbre, pero Tony se detiene cuando escucha unos murmullos a su alrededor. Él quiere ignorarlos, de verdad, pero las palabras de cada uno de esos mocosos se le hace tan claras que no puede. No porque se sienta ofendido por el hecho de que personas tengan el descaro de hablar de él en su presencia, porque está acostumbrado a ello. Es la incomodidad y la inseguridad que siente y lo agobia, cuando el tema trata de él y la situación de sus 'amigos'.
Siempre se ha preguntado el cómo los rumores pueden difundirse tan rápido.
Tony inspira profundamente, y se adelanta para alcanzar a su amiga con rapidez. Una sonrisa petulante instantáneamente adorna su rostro frente a los cuchicheos, ignorando el hecho de que Janet está fulminando con la mirada a quiénes se encuentran tras ellos dos. Es cuando están más cerca al salón, en que ambos se distraen al divisar la figura de la profesora ingresando a la sala. Por supuesto que la muchacha se adelanta, revoloteando y haciendo gestos exagerados para subirle el ánimo. Y aunque lo intente, Tony no ríe frente a sus ridiculeces. Janet suelta un bufido y sólo eleva sin ganas una de sus manos incitándolo a que corra para que la vieja, -en realidad no es tan vieja, pero sí es una pesada que no le agrada a nadie-, no haga problemas exagerándolo todo.
En unos segundos, se percata él, Avispa ha desaparecido tras la entrada al salón.
Y Tony camina aumentando la velocidad de sus pisadas, cuando está a punto de llegar a la puerta y alguien pasa a su lado, empujándolo con ímpetu y haciéndolo chocar contra la muralla, a un metro de la puerta. La sorpresa que le causa la magnitud de aquel choque, le impide reaccionar de inmediato. —Eres tan asqueroso que al fin tus amigos te dejaron solo. — escucha, mientras Barton se pierde tras la puerta abierta que imposibilita que alguien lo vea a él tras ella. El escozor en su pecho apareciendo de repente tras sus palabras.
Tony no sabe que es lo que lo mantiene ahí, inmóvil y temblando del coraje, cuando lo único que quiere es golpear hasta el cansancio a ese imbécil. No sabe si es la furia o el trauma que ha dejado Clint en él durante estos años, lo que provoca que su pecho queme como el infierno y se le dificulte respirar.
Puede sentir, incluso, como se oprime su corazón y cada palpitación que hace le duele y le agarrota los músculos de su cuerpo.
Él, en definitiva, no necesita esto. Nada de esto.
Tony instintivamente lleva una de sus manos hacia su pecho y aprieta el sector donde debería encontrarse ese músculo, arrugando el holgado suéter negro que viste en estos momentos. Siente que está a punto de colapsar cuando su vista se vuelve difusa y suda frío, perlando su frente y humedeciendo su piel canela. Y él no quiere este dolor y este miedo que aprisiona su pecho, porque Tony no es ningún debilucho que se desmaya en medio de los pasillos por nada. Está hecho de hierro. Así que, antes de que alguien comience a sospechar, decide reprimir los espasmos de su cuerpo y tragarse todo antes de que Barton piense que ese simple movimiento lo ha acabado.
Y aunque su aspecto no sea el mejor, aquello no evita que finalmente, Tony ingrese a la sala.
Tony no puede aguantar la asfixiante sensación de pánico que siente cuando llega la hora de almuerzo. Afuera, en los pasillos, no hay ninguno de sus amigos esperando por él. Lo tiene bastante claro. Es por eso que se queda sentado en donde le corresponde hasta que la sala queda vacía e inundada en un sepulcral silencio.
Después de unos minutos que parecen horas, se percata que alguien más le acompaña ahí. Janet está esperándolo desde el umbral de la puerta, acompañada por Darcy y Jane. Y, a pesar de la calidez que le embarga al verla, Tony no quiere estar con nadie. Por eso se excusa con la castaña y con sus amigas cuando se precipita fuera del salón y se pierde entre los pasillos.
Esta vez Tony no almuerza con Janet en el comedor. En realidad, ni siquiera come, mientras se queda tendido bajo un árbol escuchando la perfecta canción Dosed de los Red Hot Chili Peppers.
Y un disgusto aplasta su estómago cuando lee "Peppers" en su reproductor de música.
El timbre suena nuevamente en el instituto, anunciando el término de la jornada escolar de aquel día, a las 16:45 de la tarde. Cada estudiante recoge sus pertenencias cuando los pedagogos dan por finalizada la clase. A lo lejos, el sol cae poco a poco entre las montañas. Hay algunos estudiantes que tienen algún club esta tarde, por lo que se van a sus respectivos talleres. Otros, simplemente, deben estudiar.
Afuera, los del club de atletismo entrenan por la cancha.
Lentamente, los pasillos y las salas comienzan a verse envueltos en un tranquilo silencio, mientras los tintes amarillentos de la tarde tiñen cada pared, pizarrón y pupitre que se halle dentro de algún vacío salón. Y las ramas de los árboles, en el exterior, se sacuden por las corrientes de aire que pasan entre ellas, elevando un par de hojas y balanceando los arbustos, junto a las flores.
Sin embargo, son sus apresurados pasos los que irrumpen en aquella quietud en la que se hunde el instituto. Las suelas de sus bototos haciendo un eco grave y torvo en los pasillos por los que transita. No hay ninguna alma por allí, y aquello lo agradece mientras la carne le palpita con vehemencia y el sudor escurre por su mentón. Las manos le cosquillean, y sus dientes rechinan al apretarlos de la manera en que lo está haciendo.
Tiene calor, mucho calor. La fiebre se está haciendo presente en su cuerpo y traspasa su piel.
Él no puede soportarlo, y aunque sabe que quizá lo que haga le traerá más de algún problema y que los impulsos que siente no son los correctos; no le importa en lo absoluto cuando su territorio se está viendo amenazado de esta forma. El aroma ajeno está tratando de dominar el recinto, apropiarse de lo que le pertenece. James no lo permitirá, claro está. Su instinto lo obliga a responder frente aquella provocación por parte de esa hembra.
Lo peor, es que una parte de él quiere evitarlo, pero la otra sólo quiere despedazarla por atreverse a desafiarlo. James desconoce los motivos que ella tiene para irritarlo y desplegar sus feromonas por su propiedad cuando nunca antes lo había hecho. Su olor era apenas perceptible en comparación al de él, o el de Natasha o el de otros.
Tanto, que apenas se acordaba de ella.
Y si no fuera por lo que ocurrió en la mañana, jamás se habría dado cuenta. El aroma a duraznos nunca antes le había resultado tan desagradable e insoportable. Se había combinado con el de Stark a propósito, dejando que sus feromonas alcanzaran al humano para conseguir algo que él desconocía. Y el sólo recuerdo de esa combinación y la escena del muchacho recargándose en ella, le enfurece de tal manera en que James se ve incapaz de aguantarlo más. Suelta un gruñido cuando se da cuenta que está corriendo por los pasillos del instituto, mientras la ira revuelve sus más primitivos instintos y le hierve la sangre.
El fétido olor de esa fruta picándole la nariz.
Es entonces que el sonido de otras pisadas resuena a su alrededor. Y está seguro de que se arrepentirá de esto, pero no puede evitar dejarse llevar cuando distingue a lo lejos la figura de Janet Van Dyne y él se arremete contra ella, haciendo que ambos cuerpos impacten debido a la fuerza que James está ejerciendo sobre la hembra. James está seguro de que se va a transformar porque está sobrepasando su límite. Pero no es hasta que su espalda choca contra la muralla y sus manos estrangulan a la hembra que lo tiene aprisionado contra la pared, en que los gruñidos de los dos cesan cuando él vocifera un: « ¡BASTA! » que se escucha por el lugar, y al parecer, por todo el instituto.
Inmediatamente el olor de Janet se ve opacado por el de él, y pese a que el agarre de la muchacha se ha aflojado considerablemente, no lo suelta. —Este es... — murmura, con el veneno y la furia dominando su profundo tono de voz, el azul de sus ojos tornándose más brillante y frío. Las yemas de sus dedos hundiéndose en su cuello. —Mi territorio. — él inclina su cabeza lo más que puede, acercándose peligrosamente al joven rostro femenino. Ya no está razonando. —¡MÍO!
Y es su voz la que paraliza el cuerpo de Janet, le quita el aliento y detiene el tiempo entre ellos. Es la misma que la obliga a rendirse a la fuerza del Alfa y dejar que su fragancia a duraznos se extinga completamente por el territorio y en su lugar le reemplace su sumisión. Luego de unos segundos, James relaja su agarre y permite que la muchacha retroceda un par de pasos tosiendo, con el rostro enrojecido y tratando de recuperar el aire de sus pulmones. Él suelta un gruñido involuntario, provocando que Van Dyne exhale un quejido y una nueva tensión se instale entre ambos. Sin embargo, aquello no impide que el enojo de la castaña disminuya.
Los zafiros que tiene por ojos destellan rencor.
—Barnes… — dice ella, la voz sonándole rasposa y jadeante. —¿Qué mierda haz hecho?
Él tensa su mandíbula y hace rechinar sus dientes, aún con la rabia sofocándolo por dentro y erizándole la piel. Las palabras de la extraña se le hacen confusas y lejanas que apenas y puede responder, después de unos segundos, con acritud: —¿De qué demonios estás hablando?
En el rostro de Janet se forma un amargo rictus. Un gesto lleno de impotencia y escepticismo al que James no le afecta en lo absoluto. —Creí que todos teníamos un acuerdo. — la castaña comienza a enderezarse lentamente, sus movimientos siendo más cautelosos que antes. El recelo abunda en su voz: —Lo haz roto, ¡Lo rompiste!
—¡¿De qué rayos estás hablando?! — ruge él.
—Tony. — interrumpe Janet, tragando saliva. No necesita ser demasiado suspicaz para darse cuenta del cambio de actitud que tiene Barnes debido a sus palabras. De pronto se le ve más ansioso. Y estaría segura de que la va a atacar en cualquier momento, si no fuera por la transformación que experimenta el olor del macho en el ambiente. Es más pesado, más cargante. Es simple y llano temor, ansiedad y sorpresa. Janet intenta no verse afectada por estas feromonas, por lo que prosigue: —Te descuidaste, y ahora por tu culpa Tony sabe acerca de nosotros. ¿Tienes consciencia de los problemas en los que nos estás metiendo? No sólo a ti, a él y a todos. Steve fue la excepción en su momento, porque tu familia se hizo cargo. Pero ahora, ¡Si no te acuerdas, ningún hum-
—¡Ya lo sé! — brama, interrumpiéndola. Tiene la cabeza hecha un lío. Él da dos pasos acercándose a la castaña, su pecho subiendo y bajando debido al ímpetu de sus emociones y de sus errores. Jamás iba a olvidar el precio que tuvo que pagar su familia por algo que no pudo ocultarse de los otros clanes y que había sido nada más y nada menos que su culpa. Su madre siempre le decía que no importaba, porque cuando Steve lo descubrió, apenas eran unos niños. Pero frente a los demás, James sabe que no importa las circunstancias ni la edad, cuando se trata de recalcar tus equivocaciones. Justo como ahora. Un momento que le hace recordar que en este pueblo la familia Barnes, en su mundo, está manchada. —¿Quién te lo dijo?
—No importa quién me lo dijo. En algún momento todos van a terminar por enterarse, Barnes. Y lo que importa aquí es que Tony es uno de mis amigos y lo único bueno es que podré manejar la situación. — relame sus labios. —Rompiste la única regla que no está escrita, Barnes. Tú y tus malditos descuidos que nos ponen en peligro.
—No tengo por qué responder frente a ustedes. — inquiere, entrecerrando sus ojos. —No soy parte de ninguna manada ni de ningún clan que sea de aquí como para darle explicaciones a otros en mi territorio. — las palabras escurren de su boca desde el lobo que aúlla dentro, haciéndose respetar y reclamando lo que es de su propiedad. —Ahórrate los sermones para otro. Stark es mi problema.
—No lo es.
—Él. Es. Mío. — murmura. El sonido de su voz es tan agrio y sombrío que Janet tiembla imperceptiblemente. El pasillo, de repente, se siente más frío en comparación a otros días.
—No está marcado. — dice ella, petrificada y consternada. —Además, no puedes reclamar a un humano.
Tony está desplomado sobre sus brazos, ocultando su rostro en ellos, cuando la profesora de Biología da por finalizada la clase cinco minutos antes de que suene el timbre, permitiéndoles salir lo más pronto posible aquella tarde. Él se ha pasado prácticamente las dos horas durmiendo, siendo acompañado y arropado por las suaves manos de Janet, quién insistió en sentarse otra vez, a su lado. Tony no le dijo nada, por lo que se dejó llevar por la agradable sensación de cosquillas que le produjo en el cuero cabelludo el tacto cariñoso de los finos dedos femeninos.
Para su sorpresa, y buena suerte, la profesora de Biología no lo notó. Y si lo hizo, no le reprochó nada.
Es entonces cuando siente que su hombro está siendo sacudido, en que vuelve a ser consciente de dónde se encuentra y la realidad le golpea de lleno en la cara. —Tony, Tony, Tony, Tony, Tony, despierta. — escucha, reaccionando al instante y levantándose perezosamente. —Ya, calla. — susurra, soltando un tenue bostezo. Janet lo está observando fijamente, con la cámara encendida en su izquierda. El flash, que llega de sorpresa, hace que sus ojos ardan y él grite. —Podemos irnos.
—¡Deja eso! — exclama, llevándose ambas manos a su rostro con molestia. ¿Ya había mencionado que Janet con una cámara es insoportable? —Eres estresante.
La muchacha suelta una risa, burlándose de su somnolencia y su reacción. De seguro debe tener una cara de mierda, o estar jodidamente despeinado como para que Avispa se ría de la manera en que lo está haciendo en estos momentos. —Cállate. — rezonga, guardando el cuaderno que utilizó junto con un libro, en su mochila. Sin embargo, y a pesar de que ella sigue riendo, Janet, piensa él, se ve diferente a como ha actuado durante todo el día. Y no tiene idea de por qué ha llegado esa idea su cabeza, así que sólo se limita a ignorarla.
—Escucha Tony, tengo que irme. — dice, y parece nerviosa. Él asiente, haciendo unos ademanes con sus manos para que se retire. Ella deposita un beso en su mejilla y se marcha diciendo. —Deberías irte a casa. Por favor.
Y al escucharla, Tony inmediatamente la busca con la mirada, sin encontrarla en el salón. A su alrededor, no hay nadie más dentro. Ni siquiera el idiota de Barnes, -al que le iba a pedir que se fueran juntos-, tampoco se encuentra ahí. Los asientos están vacíos y el pizarrón totalmente limpio. Ni siquiera existen ruidos fuera de la sala.
—Bueno, quizás se ha adelantado. — dice, el sonido del timbre irrumpiendo la soledad del salón. Los murmullos y las risas de los estudiantes haciéndose notar por los corredores. Tony siente un alivio cuando escucha las carcajadas, los malos chistes y las historias de los estudiantes. Eso, aunque sea por unos cuántos segundos, lo hacen sentirse en compañía. Como si no estuviera solo en ese lugar, como en realidad sí lo está.
Es, de todas formas, reconfortante. Porque es lo único a lo que puede aspirar en estos momentos.
Tony suelta un suspiro, dispuesto a pasar a la cafetería por algo para comer porque el estómago está molestándole y ya se siente algo mareado debido a la falta de comida. Arregla su cabello y acomoda su suéter, mientras una de sus manos se escabulle por su mochila, sacando los audífonos y su reproductor de música. Está tan concentrado en soltar maldiciones y en decidir qué canción escuchar, que apenas y se ha dado cuenta de la figura que le mira desde el umbral de la puerta.
—¿Tony?
Y es ahí, es este preciso momento, en que su cuerpo se paraliza y sus movimientos se detienen. A sus espaldas, hay alguien esperándole. Él nunca hubiera pensado llegar hasta a un punto en que su cuerpo es el que responde inconscientemente y tiembla como si hubiera pasado toda una eternidad desde la última vez que han interactuado.
—Tony. — insiste. Y Tony sabe, que no, que sólo ha pasado apenas un día desde que habló con ella y que no debería sentirse de esta forma tan acongojada cuando se encuentra con sus ojos verdes, sus bonitas pecas y su redondo rostro. No quiere que Pepper lo observe con tanto arrepentimiento cuando el error fue de él. Tony, por su parte, sólo quiere acariciar sus mejillas y quitar esa expresión de su cara. Quiere, además, que la culpa que experimenta ahora, se evapore. Es una exageración, piensa él, porque apenas y ha pasado un día desde que no se hablan. Entonces, ¿Por qué siente que ha pasado tanto tiempo entre ellos?
Jamás habría creído que querer implicaba tanto.
—Pepper. — corresponde, asintiendo con la cabeza en un gesto indiferente gracias a su orgullo, porque no sabe cómo reaccionar. No cuando se trata de estos temas en que apenas y puede hablar sin sentirse tan incómodo consigo mismo y tan mal. Han sido días tan, pero tan agotadores que no quiere más emociones ahora. —Voy saliendo, nos vemos.
—Tony, por favor, hablemos... — dice Virginia, viéndolo avanzar por la sala dispuesto a salir de allí. —Por favor.
Y él quiere quedarse, arreglar las cosas y hacerla reír porque ambos lo necesitan, ver como las esquinas de sus ojos se arrugan por la sonrisa que forman sus labios y escuchar las acertadas palabras que probablemente dirá. Ojalá y pudiera quedarse, porque la extraña y la necesita. Pero no puede, porque aunque ella lo está llamando desde el salón con la voz entrecortada y balbuceante, Tony no detiene ni a su actitud petulante ni a su orgullo cuando deja a Virginia atrás.
En otra parte del instituto, puede escucharse el grito de James y la discusión que se desata poco después.
N/A:
Hey, buenas. No tengo mucho qué decir, así que seré lo más breve posible. Primero, quería contarles que a partir de la próxima semana se me va a complicar subir y hacer capítulos, por cosas de la vida. Por lo que, quizás, quizáaaaaaas no haya uno nuevo la próxima semana. Hoy terminé en tiempo récord este capítulo, así que me decidí en recompensarles al subirlo el día de hoy. Ya sé, debí esperarme, pero no quise. (?
Cómo siempre, perdonen las faltas ortográficas, les quiero y cuídense.
-Lyrock
