He pasado la mayor parte del día en la Veta, paseando por sus viejas calles y saludando a personas que jamás he visto pero que ahogan suspiros mal disimulados cuando me ven pasar. Esa es una de las razones por las que nunca voy, no me gusta sentirme observada ni admirada. Para alguien como Peeta esas situaciones son muy sencillas, ya que posee un don natural para relacionarse con los demás, pero sospecho que el hecho de que la mayoría de la población todavía piense que estamos casados influye en la disminución de sus apariciones.

Las callejuelas están abarrotadas, todos quieren escuchar qué nuevas posibilidades les traerá la democracia, y me sorprendo al ver a Gale encima de una especie de caja de madera, vitoreando a los cuatro vientos que la tiranía ha terminado, que todos deben de acudir a las urnas como ciudadanos libres que son. Me oculto entre el gentío y lo observo desde la distancia: cuánto ha cambiado. Parece que para él los cambios no han sido negativos en ningún sentido. Sé que pensar eso es muy egoísta por mi parte, pero hoy tampoco es mi día.

Estoy dirigiéndome a mi casa cuando alguien me toma del brazo y me exige su atención, es Gale, mirándome con sus ágiles ojos grisáceos. No habíamos hablado de ir a cazar (yo desaparecí de allí y aún no había vuelto a hablar con él), pero el sol está demasiado bajo para ir ahora, algo que me tranquiliza, ya que lo último que me apetece en este nefasto día es ir a cazar, y menos con Gale.

- Hola desaparecida.- me sonríe. Apuesto lo que sea a que me ha visto entre la multitud.- ¿Te ha convencido mi discurso?

- Los he visto mejores.- bromeo, aunque no tengo muchas ganas de hacerlo.

- ¿Ibas a casa?

- Sí, quiero limpiar un poco.- el desorden sigue ahí.

- ¿Limpiar?- abre los ojos como platos y se echa a reír.

- Tengo la casa hecha un desastre.

- Mejor, esta noche tenemos visita.

- ¿Visita?, ¿"tenemos"?

- Viene Annie.

Siento una alegría inmensa cuando soy consciente de que voy a ver a Annie y a su hijo después de tantas semanas, los he echado de menos. Agradezco que la visita se vaya a producir ahora, no cuando me negaba a salir de casa. Los recuerdos compartidos con Finnick me nublan la mente durante unos instantes y me recuerdan que, después de todo, sigo siendo afortunada.

- Se quedaran pocos días, tres creo, pero quería verte.- Gale me estrecha el hombro y empezamos a caminar por la nieve en dirección a la Aldea de los vencedores.

- ¿Se quedaron en el 13?

- Sí, pero al poco tiempo contactaron conmigo para decirme que iban a venir al 12. Te hubiera avisado antes, pero no me dio tiempo.- ambos eludimos hablar del episodio melodramático del día anterior.- Estarán al llegar.

- ¿Lo sabe Haymitch?- "¿Lo sabe Peeta?".

- Yo no se lo he dicho.- se encoge de hombros, nunca ha tenido una relación muy estrecha con él.

Me sorprendo de lo pronto que hemos llegado, pero una fría bofetada me golpea cuando veo mi entrada cubierta de nieve hasta arriba. Es un detalle banal (yo misma le había dicho a Peeta que no lo hiciera), pero tras él se esconde una tristeza que ni yo misma entiendo.

- Parece que en casa de Peeta hay bastante movimiento.- observa Gale. Yo tardo varios segundos en darme cuenta que tiene visitas, pero el llanto de un niño me confirma que Annie ha llegado antes de lo previsto.

Suspiro varias veces antes de llamar a la puerta, pero ahí están las grandes manos de Gale para infundirme el valor que necesito para encontrarme con otro de los resquicios de mi pasado. Muchas veces me despierto soñando que Finnick no ha caído en la batalla, que sigue sonriendo como siempre, pero ese sueño nunca se cumplirá. Ojalá hubiera podido despedirme de él, decirle lo mucho que significaba para mí.

- Todo irá bien, Catnip.- me sonríe, golpeando la puerta por mí.

Ambos nos sorprendemos al ser recibidos por la sonrisa socarrona de Haymitch, quien parece que también ha acudido a la reunión "familiar". Nos mira sin decir nada, pero sé que está pensando que venimos muy juntitos y acarameladitos.

- ¡La chica en llamas está aquí!- exclama, sabe que lo odio.

Antes de que pueda esbozar una sonrisa, Annie se lanza a mis brazos y me abraza con fuerza, como si el propio Finnick me estuviera saludando. Trago saliva y entrecierro los ojos para disfrutar de sus muestras de cariño. Me alegra que sienta ese aprecio por mí.

- ¿Cómo estás?- me pregunta con su voz perdida, sin mirarme directamente a los ojos. Noto que observa a Gale con curiosidad, quizá porque no esperaba verlo justo en el mismo momento que yo. Eso me recuerda que he entrado con él, con sus manos entrelazadas a las mías, y que Peeta está al final de la estancia observando todo con fingida indiferencia. ¿Lleva otra vez un pincel en la mano?

- Muy bien Annie, muy contenta de veros. ¿Dónde está el pequeño Finnick?- tengo que carraspear para que no me tiemble la voz, demasiadas emociones en tan poco tiempo. Nunca he sido muy maternal, pero lo tomo en mis brazos como si fuera mi propio hijo, el último resquicio de Finnick que sí que logré salvar. Tiene sus mismos ojos.

- Le gustas.- Haymitch se ríe al ver cómo el niño juguetea con mi trenza.

Tengo poca práctica con bebés, se me escurre un poco entre las manos, y es cuando la veo por primera vez: una chica de estatura media, con larga melena rojiza y grandes ojos tono miel, preciosa de la cabeza a los pies, que acude en mi ayuda y se presenta como Abigail. Me quedo varios segundos mirándola, sorprendida por su apariencia, tan distinta a la de las mujeres habituales de mi distrito. Parece joven, pero se mueve con tanta discreción que atrae todas las miradas con facilidad, hasta la de Gale.

- Abigail se ha hecho cargo de Annie y el pequeño Finnick desde que el gobierno cayó.- aclara Haymitch.

- Encantada de conocerte Katniss.- pronuncia mi nombre con precaución, como si mi inquisidora mirada a hubiera pillado desprevenida.

- Cógelo tú.- le cedo al pequeño Finnick.- No quiero que se me caiga.- ¿Por qué Haymitch, incluso Gale, la miran con esa cara de bobos?

- Es cuestión de práctica.- me sonríe. Me pregunto de qué distrito procede…, su piel es pálida, como la de mi madre, de porcelana.

- Debería llamar a Sue la Grasienta para que nos ayude con la cena, somos más comensales de los que esperaba.- interviene Peeta con su habitual sonrisa. ¿La está mirando? Abigail no le quita los ojos de encima.

- Yo puedo ayudarla, somos demasiados.- se ofrece. Su pelo se asemeja al fuego, es ondulado, como el de la Comadreja.

Peeta le dedica una de sus habituales sonrisas, dejándola en el sitio. Es evidente que le gusta, le gustaba antes siquiera de verlo en persona, quizá desde los Juegos, y hiervo de ira cuando me percato que él es demasiado estúpido para darse en cuenta que la está matando en vida con su sonrisa y su maldito pelo engominado.

¿Te ha comido la lengua el gato, preciosa?- Haymitch me golpea en el hombro, disfrutando del momento.