En cuanto el caballo desapareció, Legolas se arrepintió de dejarlo ir ¿Qué pasaría si aquel chico no cumplía su palabra? Solo de pensar que, cabía una posibilidad de que no volviera a ver a Kassidy… No lo permitiría, sobre todo después de lo ocurrido la última vez que habló con ella. Sabía que le había hecho daño, le había hecho creer que ella no era importante para él. Nada más lejos de la realidad. Tenía que aclarar las cosas, tenía que decirle que le daban igual sus poderes, que estaba dispuesto a correr el riesgo, y sobre todo que lamentaba profundamente haber sido tan idiota. Eran tantas las cosas que necesitaba hacerle saber. Si después ella decidía alejarse de él, lo respetaría, lo último que quería era volver a verla sufrir.


Volvió a la zona donde acababa de tener lugar la batalla. Al parecer habían ganado y, los pocos orcos que consiguieron librarse de la furia de los jinetes de Rohan, habían huido.

Vio a sus amigos, parecían preocupados, probablemente no lo habían visto alejarse.

—¿Dónde te habías metido? Aragorn empezaba a angustiarse —dijo Gimli

Legolas no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, el enano nunca admitiría que él también se había inquietado por su ausencia. Pero al observar al hombre, enseguida borró la sonrisa. Sabía que Aragorn no se iba a tomar nada bien lo de Kassidy.

—¿Qué ocurre, Legolas? —el montaraz captó la expresión preocupada de su amigo.

Con un suspiro, el elfo les contó lo ocurrido.


Tras escuchar las explicaciones de Legolas, no tardaron ni un minuto en hacerse con unos caballos y dirigirse al Abismo de Helm. Aragorn sabía que su amigo había hecho lo mejor para Kassidy, él hubiera tomado la misma decisión, pero eso no impedía que un gran desasosiego lo embargara, necesitaba llegar cuanto antes y comprobar que ella estaba bien.

Pronto divisaron los enormes muros de la fortaleza. Era realmente impresionante, estaba situada entre un desfiladero que se abría al frente de las Montañas Blancas, las cuales contribuían a proteger el lugar de ataques enemigos.

Al reconocer a los recién llegados, en seguida les abrieron las puertas. Aragorn entró a toda velocidad, seguido de Légolas y Gimli. Los tres le habían sacado bastante ventaja al resto de los soldados de Rohan.

Preguntaron a todos con los que se cruzaban, pero nadie parecía saber el paradero de Kassidy. Légolas comenzaba a angustiarse, iba a matar a aquel chico, como lo encontrara lo mataría…

Entonces lo vio. Yerkan estaba sentado en un pequeño taburete, junto a la puerta de una habitación, su rostro mostraba una expresión distraída, como si estuviese aguardando algo.

—¡Ese es! —el elfo señaló al muchacho, y se dirigió a él, seguido de Aragorn y Gimli

El chico se levantó de golpe al ver a los tres compañeros acercarse a él, con semblantes preocupados y enfurecidos a la vez.

—¿¡Dónde está!? —dijo Légolas, agarrándolo por el cuello de la capa— Como le hayas hecho algo, te juro…

—Solo te lo diré una vez. Suéltame —lo interrumpió el muchacho, con una voz impasible, pero amenazante.

Aragorn le puso una mano en el brazo al elfo para que se tranquilizara, y este soltó al muchacho.

—Por favor, dinos donde está Kassidy —intervino el montaraz, a la vez que mostraba una mirada implorante.

Yerkan hizo un gesto con la cabeza, señalando la puerta que tenía detrás.

—Llevan horas ahí dentro —explicó— Se encontraba muy grave cuando la traje, la daga con la que la hirieron estaba envenenada. Todavía no me han dicho nada.

Los semblantes de todos se oscurecieron, comenzaban a temerse lo peor…


Abrió los ojos con dificultad, la luz le molestaba bastante y sentía como si su cuerpo pesara una tonelada.

—¡Hola! —una carita apareció en frente suya, sobresaltándola y provocando que sintiera un dolor agudo en el costado.

—¡Éared! Me has asustado —dijo ella sonriendo, al ver que el niño estaba a salvo— ¿Estamos en el Abismo de Helm? —preguntó, recibiendo un asentimiento del chiquillo como respuesta— ¿Cómo he llegado aquí?

—Te trajo un caballero —respondió Éared—, parecía que estabas muerta. No me puedo creer que te enfrentaras tú sola esas bestias, tenías que haberme dejado ayudarte, yo podría haberte salvado, mi madre dice que de mayor seré un gran guerrero.

—Sí, tienes razón —la joven tuvo que reprimir una carcajada, pues con cualquier leve movimiento sentía un doloroso pinchazo en la herida—, seguro que si tú hubieras estado ahí, ahora yo no estaría postrada en una cama.

El niño asintió, completamente convencido.

En ese momento Légolas entró en la habitación. Una expresión de alivio cruzó su rostro en cuanto la vio despierta.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó acercándose a ella.

—Bien, gracias —sonrió la joven— ¿Y los demás? ¿Dónde están? —de repente recordó que se habían separado por causa de una batalla, podría haberles ocurrido cualquier cosa. Intentó incorporarse.

El elfo notó el desasosiego en el semblante de Kassidy

—Están bien, tranquila. Aragorn ha ido a por unas hierbas para calmarte el dolor y Gimli lo ha acompañado, vendrán enseguida —colocó los almohadones de la cama, y ayudó a la joven a ponerse cómoda.

—Yo tengo que irme, mi madre me ha dicho que no te molestara, pero quería esperar a que despertaras —intervino el niño—. Cuida de ella mientras no estoy —le dijo a Legolas—, pero no se te ocurra hacer nada raro. Te estaré vigilando —le lanzó una mirada amenazante.

—Por supuesto —respondió el elfo, conteniendo una sonrisa

—Hasta luego, Éared —la joven se despidió del niño.

—Hasta luego —dijo el aludido, antes de abandonar la estancia.

Cuando salió, los dos comenzaron a reírse.

—Éared nos contó como lo salvaste de los orcos, te está muy agradecido, no se ha separado de tu cama desde que llegaste —explicó Légolas— Fuiste muy valiente.

—Tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar —respondió ella restándole importancia—, y probablemente no habrías acabado herido —añadió sonriendo—. Pero ¿cuánto tiempo he estado inconsciente?

—Casi un día —contestó él, devolviéndole la sonrisa. Estaba tan aliviado de verla sana y salva—. Kassidy —murmuró tras un momento de silencio—Tenemos que hablar sobre lo que pasó…

—No te preocupes —lo interrumpió la joven, sabiendo a que se refería Legolas—, tenías razón, es mejor que hagamos como que nunca sucedió. Por mi parte ya está olvidado —dijo ella.

No era verdad, no estaba olvidado. Le habían dolido las palabras del elfo, le había dolido la frialdad con la que le dijo que no volvería a pasar. Sabía que tenía parte de la culpa, pues fue ella quien evitó el beso, pero no lo hizo porque no lo deseara, lo hizo por él, por miedo a hacerle daño. Se lo hubiera explicado de haberle dado la oportunidad, pero no, antes de que pudiera decir nada, él le dejó muy claro que solo fue un error, que no volvería suceder.

Y ahora que tenía la ocasión perfecta para aclararlo, el miedo a perder su amistad, le impedía expresar lo que sentía. Si le confesaba la verdad, quizás él se distanciara de ella y, no estaba dispuesta a arriesgarse a perderlo.

Legolas miró fijamente los ojos negros de la muchacha. No contaba con que ella le dijera eso, él no quería ser solo su amigo. Pero si era lo que ella deseaba, lo aceptaría, lo importante era que ella fuese feliz, aunque para ello su corazón se deshiciera en mil pedazos.

—Entonces ¿amigos? —dijo el elfo, extendiendo la mano, en señal de paz.

—Amigos —ella le estrechó la mano.

Era extraño como, una palabra tan positiva y agradable como amigo, podía llegar a causar tanta desazón en las almas de dos personas.

Quizás habían tomado una decisión errónea, quizás aún no era demasiado tarde para decirse lo que en realidad ansiaban, quizás era el momento de enfrentarse a sus miedos de una vez por todas y arriesgarse por aquello que querían… Estos pensamientos rondaban la mente de ambos jóvenes, sin embargo, solo se quedarían en eso, pensamientos, pues, en ese instante, la puerta se abrió, interrumpiendo cualquier oportunidad de subsanar lo que ya se había dicho.

Aragorn entró en la habitación, cargado con un montón de hierbas, vendas y otros utensilios para ejercer su faceta de sanador, seguidamente apareció Gimli también con las manos llenas, aunque dejó caer todo al suelo en cuanto vio a Kassidy despierta.

—Jovencita, no te imaginas que preocupados nos tenías —dijo dándole un fuerte abrazo

—Auch, Gimli me haces daño —respondió ella riéndose.

—Oh, lo siento —el enano se apartó ruborizado.

—¿Cómo estás? —preguntó Aragorn, sentándose en la cama junto a ella. Se sentía tan feliz de volver a verla sonreír. Los momentos que pasó sin saber que había sido de ella, habían sido de los peores de su vida.

—Bien, apenas fue un rasguño, seguro que en un rato ya se me ha pasado —dijo la muchacha, intentando que su hermano no se preocupara demasiado.

—Kassy, a mi no me engañas —respondió él—, no solo perdiste mucha sangre, sino que además la daga que te clavaron estaba envenenada, cualquier otro en tu lugar habría muerto.

La joven puso cara de desconcierto. De acuerdo que aun le dolía bastante, pero no pensaba que hubiera sido tan grave.

—Entonces ¿Por qué estoy viva?

—Porqué tú no eres cualquiera —sonrió el montaraz—, tu cuerpo se cura a una velocidad impresionante, incluso más rápido que los elfos —explicó—. Pero ahora quiero ver esa herida. Por muy asombrosa que seas, aun necesitas algo de ayuda para curarte —añadió.

Kassidy no pudo evitar esbozar una sonrisa al ver a Aragorn tan metido en su papel de sanador. Con ayuda de Légolas, se sentó en la cama y se levantó un poco la camisa, descubriendo la venda que le rodeaba gran parte del tronco.

El montaraz deshizo el vendaje y le puso un ungüento en la zona herida, para ayudar a que terminara de cerrarse antes, luego volvió a vendarla.

—Bebe esto —dijo dándole una taza con un líquido humeante que, la verdad, no se veía nada apetecible.

—¿Qué es? —preguntó la joven poniendo mala cara.

—Te ayudará a dormir y a que se te pase antes el dolor —respondió Aragorn—. Venga, no protestes, solo bébelo —le ordenó con una firme voz

—Pero no quiero dormir, ya he dormido bastante —se quejó ella

—No seas infantil, Kassidy —intervino Legolas

Ella le lanzó una falsa mirada de reproche. Pero acabó cediendo a la presión de ambos hombres.

En cuanto se terminó la infusión, sintió como sus párpados comenzaban a pesar cada vez más, y un acusado sopor embargaba todo su cuerpo. Se recostó contra las almohadas, dejando que el sueño la dominara. Sintió como unas delicadas manos colocaban las sábanas de la cama, arropándola.

—Descansa, princesa —escuchó que le decía la voz de Légolas, justo antes de caer en un profundo y reparador sueño.


No habían pasado ni cinco minutos, cuando alguien abrió la puerta de la estancia.

—Me acaban de informar de que el rey Théoden desea veros —dijo Yerkan, entrando en la habitación.

Aragorn se levantó, de manera que sus amigos no tardaron en imitarlo.

—Dile que iremos enseguida —respondió el montaraz— Primero debo ir a buscar a Éowyn para que se quede con Kassidy. Ahora está bien, pero podría empeorar —agregó

—No será necesario, yo me quedaré con ella —alegó el muchacho en tono desinteresado.

El hombre asintió, ese chico se había ganado su confianza al salvarle la vida a su hermana y traerla a la fortaleza.

No tenían mucha información acerca de él, sólo les había contado que era hijo de un caballero que murió en uno de los ataques de las hordas de Saruman a las aldeas de Rohan. No tenía más familia y por eso había partido en busca del rey para pedirle que lo dejara luchar en su ejército. Fue entonces cuando se topó con Kassidy.

Quizás en otras circunstancias habrían sido más desconfiados, pero debido a los actos del chico, el monarca enseguida le había permitido quedarse y luchar a su lado, decisión que Aragorn había apoyado, pues le estaba realmente agradecido por lo que había hecho.

—Está bien —contestó el montaraz— Pero no dudes en avisarme si su estado empeora —añadió

—Descuida.

Los tres salieron de la habitación. Sin embargo, Legolas no pudo evitar echar un último vistazo atrás. No le gustaba ese muchacho, había algo en él que no terminaba de encajar, y no le hacía mucha gracia dejarlo a solas con Kassidy.


Cuando abandonaron la sala, Yerkan se dirigió hacia la cama donde la princesa descansaba, y se sentó en la silla situada al lado de esta.

La joven dormía profundamente, con una expresión relajada en el rostro.

El muchacho recordó la sensación que lo había invadido cuando la tuvo delante, justo antes de que ella se desmayara. En ese momento sus ojos se habían cruzado, apenas durante un segundo, pero sólo eso bastó para que un estremecimiento recorriera todo su cuerpo.

Era su poder conectando con el de ella.

No era la primera vez que la veía, pues además de haber seguido el viaje de la comunidad del anillo gracias al palantir, ya la había conocido en persona mucho antes de que ella abandonara Raendor. Pero durante aquella época, el poder de la joven aún estaba latente.

Durante años, Saruman había intentado despertar la magia de Kassidy mediante un sinfín de hechizos diferentes, sin obtener el más mínimo resultado. Yerkan había sido testigo del fracaso de su maestro, pues en muchas ocasiones lo dejaba acompañarlo a Raendor.

Así fue como conoció a la princesa, cuando ella apenas tenía tres años y él siete. Podía recordar casi como si fuera ayer, las largas tardes pasadas con la pequeña, jugando juntos en los jardines de palacio, o enseñándole pequeñas muestras de magia de las que Kassidy siempre se maravillaba, sobre todo cuando él le explicaba que algún día ella también podría hacer eso y más.

Sin embargo, todo cambió con lo del incendio. Aquella vez el mago se excedió con uno de los muchos hechizos que trataban de forzar el despertar del poder de la princesa, de manera que este casi mata a la niña de seis años que por aquel entonces era Kassidy.

A consecuencia del peligro, la magia de ella se descontroló, provocando que todo a su alrededor comenzara a arder. Saruman sacó a Yerkan de la estancia, dejando a la niña sola en medio del incendio, pues sabía que no le pasaría nada, ella era inmune al fuego. Pero la madre de la pequeña desconocía este dato, y murió intentando rescatarla de las llamas.

Después de aquello, el mago no lo dejó volver a Raendor, tenía miedo de que algo parecido ocurriera otra vez y, pudiera causarle daño a él.

Saruman borró la memoria de la niña, haciéndole olvidar todo lo sucedido antes de ese momento, tanto el horrible trauma de ver a su madre morir en frente suya, como el tiempo pasado jugando junto a él.

Yerkan siempre supo que su destino estaba ligado al de Kassidy, él era uno de los pocos que conocían la verdad acerca de ella, y en cierto modo sentía que la joven era la única persona que podría llegar a comprenderlo. Por eso, cuando era un niño, sintió pena por el hecho de que el mago hiciera que ella lo olvidara, a fin de cuentas, había sido su única amiga.

Sin embargo ahora eso le importaba más bien poco. Lo único que en principio le interesaba de ella era su poder. No obstante, posteriormente lo había pensando mejor y había llegado a la conclusión de que Kassidy podía serle muy útil a la hora de tomar su venganza.

Desde que había partido de Isengard, su mente no había dejado de barajar miles de opciones para hacer sufrir a Legolas, del mismo modo que su pueblo lo hizo sufrir a él. En ningún momento se había planteado la opción de usarla a ella, ya que probablemente Saruman no lo aprobaría, el mago la quería en Orthanc cuanto antes… Pero la reacción de Legolas cuando Kassidy corría peligro, hizo que una nueva idea cruzara su mente.

Durante años había sentido un odio desmesurado hacia los elfos del Bosque Negro, y en especial hacia su príncipe, quien había comandado la destrucción de su hogar. A pesar de todo, y por tentador que resultase, pudo contenerse ante su primer encuentro con Legolas, el día que salvó a Kassidy. Si se hubiera dejado llevar, habría terminado con él, en ese mismo instante, le habría atravesado el corazón y habría disfrutado con ello.

Pero si de algo era capaz Yerkan, era de controlar sus emociones, de volverse de piedra… de no sentir. Los orcos que estaban al servicio de Saruman lo temían incluso más que a su maestro, puesto que el joven aprendiz no solo era letal en batalla, sino que además carecía de todo tipo piedad. Tan solo le era leal al mago blanco, cualquier otro que se interpusiera en sus planes estaría muerto antes de poder pestañear.

Yerkan no creía que una muerte rápida fuese suficiente castigo para ese elfo engreído. No, lo que él tenía pensado era mucho mejor

Llevaría a Kassidy a Isengard, por supuesto, pero no todavía. Primero la usaría para vengarse de Legolas. No se necesitaba ser un experto en amor para percatarse de lo qué el elfo sentía por la princesa. Se la arrebataría poco a poco, haría que ella se fuera con él voluntariamente, y quizás, que fuera ella misma la que acabase con Legolas. ¿Por qué no? No existía peor sentimiento que el de verse traicionado por aquellos en quienes confiabas.

Al fin y al cabo, para conseguirlo, solo tenía que hacer que Kassidy viese la verdad y que tomase el destino para el que había nacido.