Hacía una semana que Nathalie había dejado de trabajar para Gabriel Agreste. Cuando llegó a la empresa de Remi para presentarse, él la vio tan afectada por el cambio que decidió dejarla un tiempo de margen antes de incorporarse a su nuevo trabajo, y desde entonces solía pasar los días y las noches en el lujoso apartamento de la Rue Bonaparte, al cuidado del chico que la adoraba.
-Estás muy pálida -le decía mientras se despedía de ella, aún en la cama-. ¿Seguro que estás bien?
-Sí, no te preocupes. Me encuentro cansada, y abrumada por todo lo que ha pasado -contestó mientras se dejaba mimar por las dulces caricias de Remi-. Siempre creí que terminaría mis días trabajando en esa casa...
-Lo sé, amor -dijo dándole un amargo beso en la cabeza. No le gustaba recordarlo-. No te preocupes por nada, tú descansa. Sabes que si no quieres trabajar por el momento, no es necesario que lo hagas.
-¡Pero quiero hacerlo! Me gusta mi trabajo, y me siento bien trabajando. Me mata quedarme en casa sin hacer nada...
-Pues... Escribe una novela.
-¿Escribir una novela?
-Sí, aprovecha que tienes las mañanas libres para hacerlo. Puede que algún día llegues a ser una escritora famosa.
Nathalie rió abiertamente.
-¿Y sobre qué escribiría? -"¿Sobre una asistente enamorada de su jefe que lo da todo por él y sólo recibe dolor? ¿Y de cómo se marcha de su lado para irse con el chico guapo y millonario que le promete la luna? No, no lo leería nadie..." pensó ella mientras se miraba las manos entrelazadas.
-Haz lo que quieras, cielo. Ya sabes que ésta es tu casa, y que me tienes a tu completa disposición. Yo tengo que ir a la oficina, pero estaré de vuelta a la hora de comer. ¿Quieres que traiga algo en especial?
Ella tomó su mano y la apretó sonriendo a aquellos preciosos e intensos ojos que la miraban con dulzura.
-Lo que tú quieras estará bien. Yo voy a dormir un poco más y luego trataré de levantarme y ver qué puedo ir haciendo.
-Descansa -dijo dándole un tierno beso en los labios-. Luego te veo -y con una mirada pilla terminó diciendo-. Te quiero.
La mujer suspiró cansada.
-Ya lo hemos hablado, Remi.
-De acuerdo, de acuerdo. Te daré tu espacio. Pero que sepas que te quiero.
Nathalie cogió una de las almohadas y se la lanzó mientras él salía corriendo por la puerta de la habitación. Se acurrucó abrazando la otra y aspirando inconscientemente su olor, entristeciéndose al no reconocer el de Gabriel en ella. No podía seguir así, la estaba consumiendo la vida. No levantaba cabeza, cada día estaba más cansada y parecía que hasta su periodo se lo estaba tomando con calma para venir este mes, del puro agotamiento que tenía en el cuerpo.
Se colocó boca arriba en la cama y se tapó hasta la cintura con la sábana, pensando en cualquier cosa que la hiciera despistar su mente de Agreste. De sus deliciosos labios, de su sensual cuerpo, de su maravillosa forma de hacerla el amor...
Un momento...
Se incorporó en la cama de un salto y buscó su móvil en la mesilla. Abrió el calendario y vio que llevaba unas semanas de retraso. Justo en ese momento recordó su último y loco encuentro, con el que aún soñaba algunas noches. Y no, no se habían protegido. ¿Podría ser que hubiese ocurrido... Un percance?
"Bravo, Nath, perfecta forma de nombrarlo..."
Calculó sus días fértiles y no le cuadró para nada con lo que le estaba pasando.
-Es imposible, no debería haber ningún problema...
Intentó calmarse, bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesilla, pero eso no resultaba. No dejaba de pensar que había algún indicio, algo que se le escapaba. Si resultaba estar embarazada de Gabriel... Sería todo un problema.

La mañana estaba siendo demasiado intensa para ella. Había intentado dormir sin éxito, luego se había levantado y puesto música para desayunar, y después se había metido en la ducha para tratar de despejarse. Cuando el agua empezó a caerle por el cuerpo no pudo evitar tocarse el vientre y pensar en si habría algo allí dentro creciendo. Tal vez le hacía un poco de ilusión que así fuera, pero no podía permitirse lidiar con algo así después de todo lo que había conseguido. Estaba fuera del alcance de la toxina Agreste, y estaba aprendiendo a olvidarle. Calculaba que en una o dos... Décadas más quizá lo conseguiría. Se lavó bien todo el cuerpo bajo el chorro de agua muy caliente y salió a los pocos minutos totalmente relajada y con el ánimo renovado. Se estaba secando frente al espejo cuando se giró a mirar su reflejo. Las marcas de los mordiscos que Gabriel le había dado el día que le dijo que se iría aún permanecían en su piel, recordándole el maravilloso encuentro que habían tenido alrededor de una semana atrás, y sin querer volvió a mirarse el vientre. No parecía hinchado, ni diferente. Estaba empezando a emparanoiarse demasiado con ello, así que decidió vestirse y salir a la farmacia para comprar un test y librarse de sus dudas. Aún era temprano, no daban las 11 de la mañana, pero cada vez sentía más ansiedad en el cuerpo por averiguar si tenía que enfrentarse a esa situación o no.
"Y la ansiedad puede ser mala para el bebé..."
Cuando se dio cuenta de sus pensamientos se detuvo en seco en mitad de la calle. ¿Qué era lo que se le estaba pasando por la cabeza? ¿En serio se preocupaba por aquel accidente? Si es que había algo de lo que preocuparse. Otro pequeño dolor de cabeza, otro Agreste en el mundo. De pronto, esa idea le hizo que se le acelerara el corazón. Pensar en llevar en su vientre al hijo de Gabriel de repente le parecía lo más hermoso del mundo, el mejor regalo que el diseñador podría haberle hecho. Una pequeña parte de él que conviviría con ella para siempre, un ancla al mundo terrenal y a su desmedido amor por su antiguo jefe. Pero él... ¿Cómo se lo tomaría? ¿Le gustaría la idea? ¿O por el contrario la repudiaría por su irresponsabilidad?
"Bueno, la irresponsabilidad fue de los dos, aunque sigo sin saber cómo ha podido pasar..."
Definitivamente, si estaba dispuesta a seguir adelante con esa posible criatura, no era factible hacérselo saber a Gabriel. Pero... ¿Y Remi? Le estaba dando su vida entera, y simplemente no podría ocultarle algo así. ¿Debería dejar esa relación antes de que la cosa se complicara? O tal vez... ¿Contarle la verdad y esperar que siguiera siendo igual de comprensivo? Un claxon la despertó de su mar de dudas, haciéndola volver a la tierra. ¿Qué estaba pensando? No debía adelantar acontecimientos. Probablemente sería un retraso normal, seguro que no habría por qué preocuparse. Primero iría a la farmacia y compraría el test, luego volvería al apartamento de Remi, se lo haría, y cuando viera el negativo se tomaría una copa de vino para celebrarlo.

Gabriel estaba encerrado en su despacho desde las 8 de la mañana con Marinette.
Después la marcha de Nathalie, pasó algo más de una semana sin apenas salir de su cuarto, más huraño que de costumbre, y desatendiendo demasiado su trabajo. Adrien había estado muy preocupado, y un día entró en aquella oscura y maloliente habitación, le quitó las sábanas de encima a su progenitor, abrió las ventanas y le exigió que se levantara.
-Padre, no puedes pasarte la vida así.
-Sí puedo. Vete.
-No, no puedes -decía abriendo una de las ventanas-. Tienes que levantarte, seguir a cargo de tu empresa, comer, darte una ducha -dijo mientras abría otra ventana-, y pararte a pensar lo que quieres hacer.
-Eso último es fácil: quiero dormir.
El chico suspiró.
-Esa no es una opción.
-Pues es mi opción.
Adrien se llevó una mano a la cabeza y se rascó distraído mientras pensaba qué decir. Nathalie tenía razón, no se podía hablar con él cuando algo se le metía en la cabeza.
-Mira, no sé qué es lo que ha pasado entre tú y Nathalie, pero estoy seguro de que se puede arreglar.
Gabriel levantó un poco la cabeza para observar a su hijo por primera vez desde que entró. Éste, considerando ese gesto un avance, se atrevió a sentarse a los pies de la cama buscando un acercamiento.
-¿Qué tiene que ver Nathalie con ésto? -preguntó de repente el padre, dejando al hijo descuadrado.
-¿Me vas a decir que estás en depresión porque te apetece? Está claro que algo ha debido de pasar entre vosotros. Desde que se ha ido no levantas cabeza, y algo tienes que hacer. Pasar página o luchar por recuperarla.
¿De verdad era Adrien quien le estaba diciendo esas palabras? ¿Cuándo había madurado tanto? Si hace poco era sólo un crío... Le miró perplejo dándose cuenta de la cantidad de razón que tenían esas palabras, y entonces dibujó una sonrisa y se volvió a tumbar en la cama.
-Marinette puede llegar a ser muy convincente, ¿no, hijo?
El chico enrojeció.
-Lleva una semana diciéndome que te saque de aquí...
Y un par de días más tarde ya estaban terminando por fin el proyecto para D'Etoile, sonriendo de nuevo a pesar de todo.
Marinette había faltado a clase ese día para preparar la reunión que tendría con Remi antes del medio día, y estaba temblando como un flan.
-Recuerda -decía Gabriel mientras recogía todos los diseños y los guardaba en una carpeta- que diga él lo que diga, eres tú quien sabe de moda, y quien puede convencerle de utilizar cualquiera de estos diseños. Lo que tú le expliques será lo que él sepa sobre ellos, y el contrato ya está cerrado. No vas a perder nada.
Ella tragó nerviosa y cogió la carpeta con los bocetos que le tendía su suegro.
-¿Y si no le gusta nada de lo que llevo?
Gabriel puso una mano en su hombro y la miró con una sonrisa paternal. Se le veía cansado, ojeroso, y más pálido que de costumbre.
-Le gustarán, estoy seguro de ello.
Ella se dejó llevar por la tensión que sentía y saltó a abrazarle con cariño, contenta de verle de nuevo en el mundo de los vivos con ellos.
-Gracias, Gabriel. Te debo mucho.
-Yo no he hecho nada, es tu trabajo el que va en esta carpeta -y dándole un apretón en ambos brazos dijo-. Vamos, peque. Cómete el mundo.
Ella se animó sobremanera con esa clara muestra de confianza que le estaba dando, asintió con la cabeza y se dio la vuelta para salir del despacho con la lección aprendida.

Remi esperaba en su oficina a que llegara Gabriel para la reunión que habían concertado en unos minutos. Le iba a volver a ver después de semanas, después de que Nathalie dejara su puesto en la mansión para irse con él. No sabía cómo tratarle, si con su acostumbrada prepotencia, con condescendencia, o como a un idiota que se deja arrebatar un tesoro tan importante.
Hana golpeó la puerta y acto seguido dejó ver la cabeza por ella.
-Señor D'Etoile, su cita de las 11:30 ya está aquí.
-¿Tan pronto? -miró en el reloj que eran las 11:20- Bueno, hazle pasar. Estoy listo.
Cuando la puerta volvió a abrirse y dio paso a una joven que si tenía la mayoría de edad cumplida debía ser un milagro, Remi se recostó en su silla sorprendido.
-Con permiso, señor D'Etoile -dijo la chica.
-Tú no eres Agreste -observó.
"Aún no..." pensó Marinette sonrojándose.
-Soy la señorita Dupain-Cheng, encargada del proyecto que tiene conjunto con mi jefe, Gabriel Agreste.
-¿Encargada del proyecto? -preguntó alzando una ceja escéptico- Vaya, ese no era el trato, pero a ver, déjame ver qué traes. Seguramente ésto sea lo mejor para todos...
Marinette no había dejado de buscar con la vista a Nathalie desde que había entrado en el edificio. Esperaba verla como asistente personal de Remi, pero no había encontrado rastro de ella por ningún sitio. Hasta ahora. Sobre la mesa del empresario había una carpeta con el nombre de Nathalie Sancoeur y un post-it en el que rezaba pendiente de incorporación . En uno de sus porta lápices reposaba aquella original aguja de pelo que le había visto alguna vez a la mujer cuando trabajaba para su suegro, esa con forma de pluma de pavo real. El hombre se dio cuenta de la dirección que habían tomado sus ojos y ahora la observaba con suspicacia.
-Si te ha mandado Gabs para que le informes sobre cómo está su ex asistente, puedes decirle que está viviendo felizmente conmigo en mi apartamento, donde se encuentra ahora mismo descansando.
Marinette se retorció incómoda en el sitio.
-Señor, no me ha mandado nadie para eso. Nathalie es una persona muy querida para mí y sólo me preguntaba si estaba bien. Hace días que no sé nada de ella y estoy preocupada.
Remi no apartó los ojos de ella, y unos segundos más tarde asintió sin tener del todo claro que eso no fuera una mentira.
-Ya. Pues que sepas que conmigo está bien.
Ella sonrió apesadumbrada.
-Me alegra saberlo, y si no es mucha molestia, dígale que a Adrien y a mí nos gustaría verla algún día.
-Se lo diré -contestó tenso-. Bueno, ¿qué tienes para mí?

Nathalie estaba sentada sobre la taza del váter leyendo las instrucciones del maldito test. No parecían muy difíciles, pero en este momento su concentración era mínima. Tenía en una mano un vasito de plástico que había conseguido en la despensa, y en la otra el papel que estaba leyendo y el palito sin abrir. Lo miraba todo alternativamente, volvía a tratar de leer, miraba el reloj...
"Venga, no lo retrases más. Seguro que no hay nada de qué preocuparse."
Se preparó, recogió la muestra de orina en el vaso, abrió el test y lo metió en el líquido unos segundos. A medida que la tira iba absorbiendo sus fluidos se le iba formando un enorme nudo en el estómago, cada vez más pesado. Dejó el palito sobre la encimera, lo recogió todo y se dispuso a esperar el resultado. Cinco minutos, decían las instrucciones. Pero en ningún sitio avisaban de que serían los 5 minutos más largos de su vida.

Gabriel había decidido bajar a su guarida. Hacía semanas que no bajaba, no se atrevía a mirar el ataúd de Emilie después de todo lo que había pasado. Había sido el amor de su vida, y la había perdido. Se había obsesionado en traerla de vuelta y, fracaso tras fracaso, se había ido dando cuenta de que tal vez, sólo tal vez, ese no era el camino correcto. Paseó por los largos pasillos escondidos, con el pequeño Nooroo flotando a su lado, esperanzado de que su amo hubiese decidido abandonar el camino de la maldad, y mostrándole silencioso apoyo a su nueva actitud. Llevaba tiempo sin akumatizar a nadie y esperaba que siguiera así. Todo era un idílico remanso de paz.

Marinette le mostraba a Remi dibujo tras dibujo, y le explicaba las características de cada uno, le enseñaba las telas que se utilizarían, le contaba los pros y los contras... Todo estaba saliendo a pedir de boca para ella. Al contrario de lo que D'Etoile pensó en un principio, era toda una profesional. Se notaba que sabía de lo que estaba hablando y le apasionaba lo que estaba haciendo. Definitivamente, había sido una buena idea de su némesis el contratarla para llevar este proyecto en el que ninguno soportaría trabajar con el otro.
-Estoy asombrado, señorita Dupain-Cheng. Debo decir que en realidad no pensé que fuera a ser tan capaz en su labor.
-Sinceramente, señor D'Etoile, yo pensaba que iba a resultar más capullo, pero veo que también estaba equivocada. Me alegro que le guste mi trabajo.
Remi se quedó un momento boquiabierto ante la contestación de la chica. ¿De verdad le había llamado capullo en su cara con esa sutileza? Entonces rompió a reír a carcajadas sinceras.
-Me caes bien. Sigamos con lo nuestro, que necesito terminar lo antes posible para ir a ver al amor de mi vida.

Nathalie sostenía el test en la mano desde hacía un rato. No se atrevía a mirar el resultado, fuera cual fuera le iba a hacer daño saberlo. Dio un par de vueltas más por el baño intentando quitarse esos nervios de encima y enfocarse en lo que realmente necesitaba que dijera ese test. Y eso era un no. Necesitaba que fuera negativo o su vida se complicaría una barbaridad. No podía consentir tener un pequeño Agreste correteando por su casa, quitándole el sueño, llamándola mamá... Los ojos empezaron a escocerle y antes de que se le escaparan las lágrimas, sacudió la cabeza y se dispuso a mirar el resultado.
Despacio, muy despacio, fue girando el palito hasta encararlo a sus ojos y poder contemplar lo que ponía. Sabía lo que significaba, pero aún así quiso comprobarlo en las instrucciones. Observó una y otra vez el papel y el resultado alternativamente, confirmando qué era exactamente lo que decía. Una vez que se hubo convencido se dejó caer al suelo suspirando aliviada y dejando correr las lágrimas que antes había retenido. Tiró el test usado, se levantó del suelo con una sonrisa, y fue a buscar su móvil de encima de la mesa. Tenía varios mensajes de Remi que obvió descaradamente mientras pasaba las aplicaciones una por una hasta encontrar la que quería, navegó un poco por ella y entonces dijo en voz alta con una risita nerviosa:
-Nacerá en febrero.

Gabriel notó que su prodigio respondía a algún tipo de sentimiento muy poderoso, y se extrañó de ello. No era negativo, era más bien pura luz. Lo que no llegaba a entender era por qué lo hacía ahora de repente. Miró todas las mariposas que había a su alrededor bajo la cálida luz de mayo en su guarida, y con las mismas, cerró la ventana y se marchó por dónde había venido. Seguramente sería alguna tontería a la que no dar importancia.

Remi y Marinette terminaron por fin su extensa reunión, llegando al acuerdo con varios diseños que ella le había sabido vender muy bien. Se la notaba entusiasmada con su trabajo, tenía mucho potencial. D'Etoile le pidió que le trajera algunos más la siguiente semana, y cada diseño extra que eligiera pagaría a su autor por él y a la chica por su espléndido trabajo. Cada vez le gustaba más esa muchacha, era una mina de oro por explotar, y tenía claro que si Gabriel no lo hacía, ya se encargaría él de captarla para su equipo. Tenía que preguntarle a Nathalie por ella para que le diera referencias. Pero eso sería otro día, hoy de momento sólo deseaba llegar a casa y abrazar a su amada hasta que el hambre pudiera con él. Haber pasado toda la mañana mentando al hijo de puta de su ex jefe le había dejado mal cuerpo, necesitaba quitárselo de la mente de una vez.
Cuando llegó a casa, Nathalie estaba sentada en el sofá mirando su móvil concentrada. Se acercó por detrás y la abrazó, sintiéndola tensarse en el momento.
-Hola, preciosa. ¿Qué tal la mañana? -le dio un corto beso en la mejilla y cuando se iba a separar pasó la vista por la pantalla que estaba leyendo su chica. Se sorprendió al ver la imagen de un bebé mamando.
Antes de que pudiera darse cuenta de más, ella bloqueó el aparato para evitar que viera algo.
-Bien, he salido a dar un paseo. ¿Qué tal tu reunión?
Él dio la vuelta al sofá y se sentó junto a ella, abrazándola con mimo.
-Pues... Mucho mejor de lo que esperaba. Hoy... -miró a Nathalie de reojo para observar su reacción- tenía la reunión con Gabriel.
Ella se tensó aún más. En cierto modo, sabía que algo así iba a ocurrir, pero tenía la pequeña esperanza de que después de casi dos semanas conviviendo con él, el efecto que pudiera causar en ella hubiese disminuido.
-Entonces habrás estado con Marinette, ¿no? ¿Cómo está?
Remi soltó una pequeña carcajada recordando a la chica y su primera impresión.
-Me ha mandado recuerdos para ti, y me ha dicho que Adrien y ella tienen ganas de verte -el gesto de la mujer se entristeció notablemente-. ¿Qué me puedes contar de ella?
Nathalie respiró profundamente para quitarse ese sentimiento amargo del pecho.
-Es una muy buena chica. Tiene mucho talento y estoy segura de que llegará lejos.
Él empezó a acariciar su cabeza con mimo.
-Entonces, ¿crees que es un buen fichaje para mí compañía?
-No serás capaz... -respondió ella sarcástica entre risas por la ocurrencia del empresario.
-¿Por qué no? Me gusta esa chica, creo que nos haría ganar mucho dinero.
-No creo que acepte -dijo Nathalie sin dejar de reír-. Es la novia de Adrien, el hijo de Gabriel. Admira a su padre desde que tiene uso de razón, y nunca los abandonaría. Tiene muy buena relación con él, además de que adora a su chico sobre todas las cosas.
Remi se quedó de piedra al escuchar esas palabras. Sí que la conocía bien, sí. Lo malo es que no iba a conseguir a esa chica para su equipo.
-Tenía que intentarlo -acercó los labios a su cabeza y repartió varios besos por ella-. ¿Y qué estabas leyendo cuando he llegado?
Sin poder evitarlo tembló un poco. Esperó que él no lo hubiese notado, pero con la cercanía de sus cuerpos estaba segura de que lo había hecho.
-Curioseaba por Internet.
Remi la apretó más entre sus brazos. Si Nathalie curioseaba sobre cosas de bebés podría ser que estuviera pensando en la idea de ser madre, y no había nada en el mundo que le hiciera más ilusión a él que formar una familia con ella. Dejó otro beso en su cabeza y apretó un poco más el abrazo.
-Sabes que puedes pedirme todo lo que quieras, tesoro -ella se giró para mirarle a la cara y sonreír las dulces palabras de ánimo del chico-. Te quiero.
-Remi...
Intentó reñirle pero él la silenció con un dulce beso en los labios que la hizo sentirse bien y mal al mismo tiempo. Cuando separaron sus bocas se volvieron a mirar, pero algo había cambiado en el interior de Nathalie.
-¿Tienes hambre? He traído algo que te gustará.

Marinette salía del coche de la familia Agreste en la puerta de la mansión con una seriedad que no le gustó nada a Gabriel, quien la esperaba asomado por uno de los ventanales. Se llevó una mano al mentón, pensativo, imaginando los posibles escenarios en los que se podía haber estropeado el fantástico trabajo de su aprendiz, y sólo se le ocurría una satírica burla por parte del capullo de D'Etoile. Se encaminó hacia la puerta para recibir a la muchacha en cuanto entrara en el recibidor, que no tardó mucho en hacerlo. Ella le miró un momento, fijando los ojos en ese gesto arisco pero inescrutable, y cuando no pudo aguantarlo más, dejó escapar una sonrisa de oreja a oreja.
-Le ha encantado.
Con sólo esas tres palabras Gabriel volvió a respirar, soltando todo el aire que llevaba conteniendo desde que el coche se acercaba a la mansión. Observó la felicidad en la cara de la chica, tan inocente, tan pura, que no pudo evitar contagiarse y sonreír como un adolescente.
-No esperaba menos de mi joven pupila. Estoy orgulloso de ti.
Ella se emocionó con las palabras de su suegro y sin poder evitarlo salió corriendo hacia él para colgarse de su cuello y abrazarle con cariño.
-Muchas gracias, de verdad.
Al principio, él se sorprendió por la reacción de la chica, pero poco a poco se dejó llevar por su entusiasmo y correspondió al abrazo como hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie.
-Ésto no es muy profesional, señorita Dupain-Cheng -bromeó divertido-. ¿Trata así a todos sus jefes?
Ella le apretó aún más a sabiendas de que aquello le hacia falta al hombre.
-Sólo a los que quiero con locura.
-¡Oye! -la voz de Adrien se hizo oír con molestia desde la puerta de la mansión- ¿Qué pasa aquí?
Marinette se separó lentamente de Gabriel para mirar a su novio sin entender el motivo de de su enérgico tono.
-Adrien -comenzó el padre con una enorme sonrisa en la cara-, tu chica es un genio. Acaba de llegar de su primera reunión y al parecer ha sido todo un éxito.
Él chico seguía mirándolos sin tener claro que esas palabras le tranquilizaran.
-Vale, pero padre, ¿puedes apartar ya las manos de ella? Empiezo a sentirme incómodo.
Marinette se ruborizó notablemente y saltó hacia un lado para separarse del diseñador. Éste la observó divertido, luego miró a su hijo con el corazón lleno de celos, y rompió a reír sin poder contenerse.
-De acuerdo, no intentaré conquistar a tu dama -la aludida se encogió aún más en el sitio intentando desaparecer, muerta de vergüenza-. Os dejo un rato para que os pongáis al día -y girando se hacía Marinette le puso una mano en el hombro y le dijo-, cuando quieras pásate por mi despacho para contarme los detalles de la reunión -miró a Adrien con el ceño fruncido-. O... Cuando te dejen.
Ella se volvió a encoger mientras el mayor se daba la vuelta y se marchaba. Enseguida notó a su chico acercarse y tomarla de la mano para tirar de ella en dirección a su cuarto. Cuando entraron, cerró la puerta y apoyó a la muchacha contra ella para besarla con necesidad. Los labios le ardían y los dedos apretaban sin piedad el cuerpo de Marinette contra el suyo propio. Cuando se separó ella le miró atónita.
-¿Se puede saber qué pasa, gatito?
Él apoyó la frente en la suya cerrando los ojos y aspirando su embriagador aroma.
-No quiero que nadie te toque -murmuró.
-Em... Adrien, es tu padre.
-Ni siquiera él.
Sus agarre se hizo más fuerte aún de lo que estaba siendo hasta ahora, y su respiración se enturbió.
-Adrien, por favor. Entra en razón. Él sólo...
-Eres mía, Marinette. No pienso consentir que nadie te separe de mí.
Las palabras del muchacho causaron dos sensaciones muy contradictorias en ella. Por un lado se sentía poderosa, orgullosa, vencedora. Por otro lado, atemorizada. Éste no era el Adrien Agreste que ella conocía, y esa faceta posesiva suya no le terminaba de agradar.
-Nadie me va a separar de ti -dijo sujetando su cara con ambas manos y haciendo que la mirara-. El único que puede hacer que me aleje, eres tú. ¿Quieres que me vaya? -Él negó con la cabeza, perdiéndose en la calma que le proporcionaban sus preciosos ojos azules- Entonces no debes preocuparte por nada. Estaré aquí siempre que me necesites.
Y con estas palabras le abrazó dejándole notar el amor que sentía y la tranquilidad en su cuerpo. Él se dejó caer sobre ella y hundió la cara en su cuello, reparando su corazón tras el golpe. Ella le acarició la cabeza para calmarle, pero enseguida notó los juguetones dientes del muchacho sobre su fina piel, buscando terminar ese momento de forma diferente al que ella había pensado.
-Bueno, milady, pues ahora necesito que estés aquí para mí -el tono que usó la hizo estremecer de pies a cabeza. Sonaba muy tentador-. Necesito que te quites la ropa y te tumbes en mi cama para hacerte mía antes de que vayas a hablar con mi padre.

Gabriel tamborileaba con los dedos sobre la mesa. No había dejado de pensar que tal vez Nathalie podría haber estado presente en esa reunión, como asistente del imbécil aquel. Se moría de ganas de preguntarle a Marinette sobre ella, pero al ver la chispa de celos en los ojos de su hijo quiso dejarles su espacio. Cuando la había abrazado al llegar se había sentido tan orgulloso, tan bien, que le había recordado la última vez que había abrazado así a su hijo. Tendría unos doce años y Emilie aún vivía. Gracias a Marinette y a su triunfo se dio cuenta de la enorme distancia que había puesto entre Adrien y él, sintiendo una enorme punzada en el pecho por lo que debió sufrir el chico todos esos años. Nunca había sido un padre emocional, esa parte se la dejaba a su esposa. Pero desde que ella se fue, se había sentido tan perdido que no había sido capaz de manejar la situación como debía. Y cuando Adrien empezó su relación con Marinette, de no ser porque tenía a Nathalie con él probablemente lo habría estropeado de la misma manera. Gracias a ella había manejado la situación, ganado un importante fichaje, instruido a una persona interesante y visto un poco más de la vida de su hijo.
Dios, cómo la echaba de menos...
Aún se preguntaba cómo podía haber estado tan ciego de no ver que la estaba perdiendo, que con cada paso que se acercaba a ella sólo conseguía hacerla más daño. Una lágrima rodó por su mejilla sorprendiéndole, limpiándola lo más rápido que pudo para evitar que toda la desesperación que sentía desde hacía un par de semanas aflorara de nuevo. La puerta sonó y al abrirse dio paso a su nueva asistente, la tercera desde que ella se había ido.
-Señor Agreste, la comida está lista. ¿Bajarán ahora o aviso en cocina para que no la sirvan aún?
La voz de la joven le resultaba molesta. Tal vez era porque escucharla le recordaba que quien realmente quería que estuviera allí, se había marchado por su culpa. Se llevó dos dedos al puente de la nariz y los apretó con fuerza estabilizando sus emociones.
-Yo te avisaré, Nath... -se detuvo a mitad del nombre, dándose cuenta de su recurrente patinazo con sus nuevas asistentes- perdona, ¿te llamabas...?
-Alice, señor.
-Alice, sí. Te avisaré cuando quiera que sirvan la comida. Aún tengo que reunirme con la señorita Dupain-Cheng, que ahora está reunida con mi hijo.
-De acuerdo, señor. Estaré organizando el horario hasta que me necesite.
La chica dejó a su jefe a solas en su despacho y se marchó a intentar cuadrar la apretada agenda de la que era responsable. No sabía cómo su predecesora había podido mantener ese ritmo durante tantos años sin volverse loca. En esos momentos la admiraba sinceramente, y se preguntaba por qué dejaría el trabajo si lo tenía todo tan bien atado. Pero el tema de aquella antigua asistente era tabú en esa casa, y siempre se llevaba respuestas cortantes de parte de su jefe al preguntar por ella.
No habían pasado ni veinte segundos desde que su asistente había abandonado su despacho, pero no podía soportarlo más. Agarró su móvil y lo desbloqueó, buscando el contacto de Nathalie entre sus últimas llamadas. Lo seleccionó y se quedó un momento mirándolo, dudoso. ¿Debería llamarla? Estaba claro que no. ¿Deseaba hacerlo? Por todos los dioses, por supuesto que sí. Necesitaba hablar con ella, saber que estaba bien, acallar esa pequeña vocecita que no dejaba de repetirle que debía hacer algo por recuperarla. Dejó de nuevo el móvil en la mesa y se quedó mirándolo un momento más, hasta que la pantalla se oscureció y pasó a modo reposo. Tal vez debería darle más tiempo, pero no era capaz de aguantar. No soportaba las esperas, y llevaba esperando casi dos putas semanas. Se estaba volviendo loco de la ansiedad que sentía al pensar en ella, al imaginarla en brazos de Remi, al creer que era feliz a su lado. Gruñó apartando la vista del aparato, sólo para volver a cogerlo y presionar el botón de llamada.

Nathalie jugaba con la comida en su plato, distraída. Remi había acabado de comer hacía rato, y la observaba embelesado imaginando que en ese momento su mente divagaba entre pañales y chupetes. Estaba encantado con la idea de unir su vida de esa forma a la de aquella mujer, y no podía esperar a que fuera ella quien sacara el tema.
—Y dime, preciosa —comenzó meloso—. ¿Hay algo que desees y que yo pueda ofrecerte?
Ella le miró extrañada por la pregunta, no sabía a qué se podía referir, y sin ganas de entrar en una de esas melosas conversaciones en las que él le declaraba constantemente su amor incondicional y trataba de hacerla sentir única y especial. No, ahora no le apetecía ese tipo de atenciones por parte del chico. Contestó lo más neutral que pudo, aunque en cuanto abrió la boca se dio cuenta de que no sabría ser diplomática en ese momento.
—No.
Para no crear una disputa ni permitir que Remi siguiera preguntando, se levantó para llevar su plato a la cocina y empezar a lavar lo que habían utilizado. Al verse cortado de forma tan tajante no pudo reaccionar, y cuando Nathalie desapareció por la puerta hacia la cocina, se apoyó sobre la palma de la mano, clavando el codo en la mesa y fijando la mirada en un punto aleatorio de la habitación. Justamente en el teléfono móvil de ella. Miró de reojo hacia la sala contigua para confirmar que fuera a estar a solas un rato con el aparato, y sin pensarlo, lo tomó y empezó a husmear en el historial de navegación.
Dietas saludables para gestantes, evolución del embarazo por semanas, cuidados del recién nacido, ejercicios beneficiosos para embarazadas... Y de repente una llamada entrante vibró en su mano.

Gabriel?

Remi deslizó el dedo por la pantalla como un autómata, contestando a la llamada del ex jefe de su chica.
—Hola, Gabs. ¿Qué te cuentas?
El silencio se hizo en la línea durante un momento.
Quiero hablar con Nathalie.
Se le notaba tenso hasta por teléfono.
—Pero yo dudo que ella quiera hablar contigo.
¿Podrías al menos preguntarle?
—¿Qué te hace pensar que no me ha dado ella el teléfono para que conteste en su lugar? —Gabriel sintió quebrarse un poco más su corazón y Remi pudo jurar que escuchó cómo pasaba a través de la línea— Mira tío, déjala en paz de una vez. No quiere volver a saber nada de ti ni de tu vida. Ahora es feliz conmigo, y no dejaré que vuelvas a hacerla daño.
El otro suspiró con pesadez, sabiéndose vencido por ese capullo engreído.
Por favor, sólo quiero hablar con ella un momento...
La súplica en la voz del diseñador casi conmueve a Remi. Casi. Pero, parafraseando a Nathalie un rato antes, contestó a su némesis:
—No.
Y sin más dilación, cortó la llamada en ese momento, devolviendo el aparato al lugar del que lo había cogido mientras sonreía con soberanía y se recostaba sobre su silla. Tardó un segundo en darse cuenta de que no oía el grifo de la cocina, y otro más en escuchar el silencio en la casa. Se giró despacio hacia la puerta, encontrándose con la gélida mirada de Nathalie asesinándole. Lanzó el paño de cocina con el que se estaba secando las manos, recogió su teléfono y se fue directa a la habitación para encerrarse en ella sin dar opción al chico a excusarse, pedir perdón o simplemente tirarse por la ventana tras verse descubierto.