Andrómeda Tonks

Andrómeda se retorcía las manos en el salón de su casa. A su lado, en la cuna, el pequeño Teddy dormía ajeno a todo. No sabía que en ese mismo instante sus padres estaban luchando para acabar con el mago oscuro más peligroso de todos los tiempos.

Cuando creía que iba a volverse loca por la incertidumbre, una lechuza entró volando por la chimenea, soltó un pergamino en su regazo y salió volando a toda velocidad. Andrómeda lo abrió apresuradamente y cuando sus ojos pudieron enfocar bien las palabras lo leyó, mientras el miedo le atenazaba la garganta.

Andrómeda, hemos vencido. Pero ven a Hogwarts lo antes posible.

Minerva.

Andrómeda, cuyas manos ya sabían la verdad, dejó caer la carta al suelo. No, Dora no. Después de perder a Ted, no podía perder también a su única hija.

Pero sabía que así había sido.

Cogió la carta del suelo y se dio cuenta de que no la firmaba Remus, si no Minerva. Eso solo podía significar una cosa: que Remus tampoco había sobrevivido. Con los ojos anegados en lágrimas se acercó a la cuna de su nieto y le miró con tristeza.

¿Qué iba a ser ahora de él, de ellos? Estaban solos, no tenían a nadie. Teddy la miró con sus enormes ojos castaños y sonrió, mientras su pelo se teñía de rosa, el color favorito de Dora.

Lentamente, Andrómeda sacó al niño de la cuna y se desapareció rumbo a Hogwarts. Pensaba que los hechizos anti-desaparición habían sido desactivados, y tenía razón: en un segundo estaba en el vestíbulo del castillo. Caminó despacio hasta la puerta del comedor, de donde prevenían numerosos ruidos y gritos, tanto de júbilo como de angustia.

Justo cuando iba a entrar una mano se posó en su hombro. Se giró y se encontró cara a cara con Narcissa, con la que llevaba tantos años sin hablar, sin mirarse ni siquiera a los ojos las pocas veces que se habían encontrado. Andrómeda la miró con ira mal disimulada y esperó.

- Drómeda, yo...solo quería decirte que lo siento.

- Ya –dijo secamente -.¿Algo más?

Narcissa se ruborizó ligeramente y bajó los ojos mientras decía.

- No...sí...no lo sé – Dijo finalmente: en ese momento alzó la mirada y Andrómeda pudo ver que estaba a punto de llorar -. Solo quiero decirte que siento mucho todo lo que ha pasado en los últimos...

- ¿Treinta años? –le cortó. Ahora se estaba empezando a enfadar -. No me sirven de nada tus disculpas Narcissa. Ya no.

"He perdido a toda mi familia en esta estúpida guerra –después miró por encima del hombro de Narcissa y sonrió amargamente -. Ironías de la vida: mi marido, mi hija y mi yerno, muertos. En cambio veo que Lucius y Draco están indemnes. No es justo. No lo es"

Ambas se miraron a los ojos y entonces Narcissa volvió a hablar en voz baja.

- Andrómeda, tu hubieses hecho lo que fuese por proteger a tu familia, ¿verdad?

- Claro –no sabía a dónde quería ir a parar.

- Pues yo he hecho lo mismo. Defender a mi familia lo mejor que he podido dentro de esta locura.

Y se dio la vuelta para reunirse con los suyos.

Andrómeda permaneció unos minutos más en la puerta y justo cuando llegaban los primeros aurores para detener a los Malfoy, tomó una decisión. Rápidamente se acercó a ella y le dijo.

- Quizás, cuando todo esto acabe, podamos vernos y hablar. Tenemos mucho de que hablar.

Narcissa sonrió tristemente, pero se veía agradecida por el gesto de su hermana.

- Cuando esto acabe...¿crees que acabará algún día? –ambas se miraron. Ninguna de las dos conocía la respuesta -. Me encantaría Andrómeda. Ahora si me disculpas...

Y tendió las manos para que un auror la esposase y la llevase al Ministerio de Magia.

Mientras Andrómeda veía como se llevaban a los tres Malfoy se dijo que le iba a ser muy difícil superar todas las perdidas de ese año, y quizás nunca lo haría.

Pero a lo mejor no iba a estar tan sola como había pensado minutos antes.