Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.
BEYOND TIME
"El amor es el emblema de la eternidad: frustra toda noción de tiempo, borra todo el recuerdo de un comienzo, todo el miedo de un fin."
-Germaine De Stael
Capitulo once – De Hacer las Paces y Conocer a los Padres
No era necesario ser psiquiatra para entender el significado de mi aterrador sueño. Obviamente, mi subconsciente tenía problemas con mi decisión de salvar a Edward y quedármelo para mí. ¿Estaba siendo egoísta? ¿Afectarían mis acciones a los otros Cullen – o evitarían incluso que se convirtieran alguna vez en los Cullen en primer lugar?
Mentiría si dijera que la idea no me asustaba. ¿Y si salvar a Edward significaba condenar a Esme... Emmett... Rosalie? Y, en cuanto a Alice, sabía que su transformación no dependía de Carlisle. Pero también sabía que cuando era transformada, vivía con la esperanza de encontrar algún día a Jasper, al igual que a la familia Cullen. ¿Le estaba quitando esa esperanza con mis actos? ¿Era esa la razón por la que se me estaba apareciendo o era solo una manifestación de mi propia mente culpable y mis dudas? ¿Estaba destruyendo toda una familia en el proceso de crear una para mí?
No lo sabía, pero me prometí hacer lo que hiciera falta para asegurarme de que eso no sucedía.
Excepto renunciar a Edward.
Tal vez estaba siendo egoísta, pero ahora que le había encontrado no podía perderle de nuevo.
Por supuesto, también me preocupaba por Charlie y Renee... y Jake... y Angela y mis otros amigos. A veces me preguntaba qué me había pasado en ese otro tiempo. ¿Estaba inconsciente en una cama de hospital de alguna parte? ¿Estaba muerta? ¿Simplemente me había desvanecido completamente? ¿Me echaba alguien de menos o era como si nunca hubiera existido en primer lugar?
Pero, como muchas preguntas sobre este extraño y loco viaje en el que estaba, éstas no tenían respuesta. No sabía qué estaba pasando allí. Más importante, no había nada que pudiera hacer. Así que, aunque a veces, de madrugada, me rendía a las lágrimas y la pena por aquellos a los que había dejado atrás – o aquellos a los que debía de estar haciendo daño – sentía que no podía dejar que me consumiera si quería sobrevivir.
Mi mayor miedo era uno que raramente reconocía, incluso a mí misma. ¿Y si tenía éxito en mi misión? ¿Y si salvaba a Edward y luego, contra mi voluntad, era devuelta al futuro. Un futuro sin Edward. Un futuro dónde nunca le conocía y no tenía recuerdos de él... dónde para mí, él solo era una foto descolorida de un hombre que llevaba mucho tiempo muerto y que me había encontrado una vez en un libro de historia o un periódico?
Ese pensamiento me llenaba de un terrible miedo. Incluso aunque él me había dejado sola en el bosque, con un agujero en el pecho, en el lugar en que una vez había estado mi corazón... incluso aunque perderle casi me había destruido... no podía soportar la idea de no conocerle nunca. Supongo que ese viejo dicho sobre que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado es cierto.
No podía imaginar un destino tan cruel.
Por supuesto, si eso pasaba, nunca lo sabría, ¿verdad? Ugh. Esta era la razón por la que los viajes en el tiempo eran tan complicados en las películas. Realmente no había forma de saber el efecto que tendrían tus actos. Así que decidí que todo lo que podía hacer era seguir mis instintos y hacer lo que creía que debía... y rezar a Dios porque pudiera quedarme con Edward una vez que lo hubiera hecho.
Esperaba que eso no significara que era egoísta.
Esperaba que significara que era fuerte.
- . - . - . - . -
Edward no llamó el miércoles y temí que nuestra discusión, y la llegada de Carlisle, le hubieran afectado más de lo que creí. Estaba bastante enfadado cuando le dejé en la acera y, aunque él había confirmado nuestros planes para Pascua, me pregunté si había cambiado de opinión desde entonces.
Así que el miércoles por la noche, mientras estaba sentada en la oficina de Carlisle trabajando con los archivos, estaba distraída y tensa. Le presté poca atención mientras él ojeaba los periódicos, buscando la última información del brote de gripe.
"¿La última página?" exclamó de repente, haciéndome saltar sorprendida. "Tres pulgadas en la última página - ¡eso es todo lo que hay! ¿No reconoce esta gente la seriedad de la situación?" preguntó sin dirigirse a nadie en particular.
Yo respondí igualmente. "Es solo la primera ola, Carlisle. Te lo dije. Nadie tomará esto realmente enserio hasta que la segunda ola llegue en otoño."
"¡Pero estamos hablando de cientos de casos solo en Kansas!" discutió. "Ya han muerto docenas y más tropas americanas van a Europa cada semana. Sabes que eso solo provocará que se extienda al otro lado del mar."
Me puse de pie y caminé hasta la silla que estaba frente al escritorio de Carlisle, le vi frotarse los ojos frustrado. "Tú y yo lo sabemos," le dije mientras me sentaba. "Pero no hay nada que podamos hacer."
"Lo sé," dijo mientras apretaba los puños. "¡Es solo que es tan frustrante! Creí que saber más sobre la enfermedad ayudaría pero..."
"Pero," terminé por él, "no ayuda para nada, ¿verdad?"
Carlisle suspiró. "Va en contra de mi naturaleza. Quiero ayudar... salvar vidas... pero saber que no hay nada que pueda hacer... es difícil."
"Estás haciendo lo que puedes," le animé. "Estás buscando tratamientos. Te estás preparando para luchar cuando llegue aquí."
"Pero no será suficiente," discutió. "Aún morirá gente."
Levanté una ceja mirando en su dirección. "Un hombre sabio me dijo una vez, 'No puedes salvar el mundo'."
Las comisuras de sus labios se levantaron un poco. "¿Qué idiota ha dicho eso?"
Reí. "Oh, solo un médico que conozco. Es terriblemente molesto. Cree que tiene todas las respuestas."
"Suena irritante," observó Carlisle mientras su sonrisa crecía.
"Lo es," estuve de acuerdo. "Lo que es incluso más irritante es que normalmente tiene razón."
"¿A qué te refieres con 'normalmente'?" preguntó juguetonamente.
Agradecí que parte de la tensión de la sala desapareciera. Carlisle había sido distraído de su frustración y yo de mis preocupaciones por Edward. Sin embargo, tras un momento, Carlisle se tranquilizó y me miró intensamente.
"Así que, ¿sabes algo de Edward?" preguntó.
Bajé la mirada. "No."
Carlisle gruñó. "Pensaba que habría llamado para disculparse."
"Carlisle..." empecé, soltando el aire pesadamente.
"Lo sé, no es asunto mío," interrumpió. "Yo solo... me preocupo por ti."
Me suavicé. "Carlisle, eso es realmente dulce... pero no tienes que preocuparte. Estoy bien."
"Solo ten cuidado con los amigos que eliges," dijo finalmente. "Esta ciudad está llena de indeseables que esperan cazar a una mujer inocente."
Sonreí satisfecha y decidí tomarle un poco el pelo. "Haces parecer a Edward algún tipo de depredador... esperando para devorarme."
Para su crédito, Carlisle no sonrió. "¿Cómo sabes que no lo es?"
"Créeme, sé como reconocer a un depredador," dije con una sonrisa sarcástica.
Carlisle solo soltó una risita y volvió a sus periódicos.
- . - . - . - . -
Edward finalmente llamó poco después de que me despertara el jueves por la tarde. Se disculpó por gritarme, aunque admitió que aún no le gustaba mi decisión de ir a Springfield.
"Todavía creo que es peligroso, Bella," dijo. "Desearía poder ir contigo, pero tengo entrenamiento de atletismo en Elgin el sábado."
"Edward, te preocupas demasiado," contesté. "Estaré bien. Va a ser una marcha pacífica y no haré nada peligroso, lo prometo."
Esperé que sacara el tema de Carlisle, pero sorprendentemente no lo hizo. Debería haberme hecho sentir mejor, pero su silencio en el tema solo sirvió para ponerme más tensa. Edward preguntó si podíamos salir de nuevo antes de Pascua y, en su lugar, me ofrecí a hacerle la cena en la casa de huéspedes la noche siguiente.
No le mencioné nuestros planes a Carlisle. Incluso aunque creía que se sentiría feliz al oír que Edward se había disculpado, dudaba que me apoyara en querer pasar más tiempo con él.
Encontraba irónico que, en mi tiempo, Edward y Carlisle fueran tan cercanos... fueran familia, en realidad... pero que en 1918 no se gustaran mucho. Por supuesto, si no fuera por mí, no se habrían conocido hasta que Edward se pusiera enfermo. Así que, una vez más, me quedé preguntándome si había provocado más problemas de los que había resuelto al meterme con el pasado.
Sin embargo, mis dudas no me llevaban a ninguna parte. Podía sentarme y dudar de mí misma todo el día pero, al final de éste, realmente creía que estaba en 1918 por una razón. Y todo dentro de mí me decía que esa razón era Edward.
Quería hacer la cena yo misma, pero dada la posesividad de Maggie en lo que se refería a su cocina, estaba nerviosa por proponerlo. Para mi impresión, le pareció bien tener la oportunidad de que otro cocinara y me ofreció acompañarme para comprar los ingredientes.
Había decidido hacer espagueti y albóndigas, pero las opciones en el mercado local eran limitadas, así que fuimos hasta Little Italy. Sonreí al recordar cuando caminé por esas mismas calles con Edward comiendo pizza.
Encontramos un pequeño mercado donde pude comprar pasta fresca y aceite de oliva. Más abajo, encontré un vendedor que mostraba tomates frescos, albahaca, ajo y cebollas en un carrito de madera. La ayuda de Maggie no tenía precio, me enseñó el fino arte del regateo.
"Deja que me encargue de esto," dijo en voz baja después de alejarme del carrito de verduras. Me encogí de hombros y me quedé detrás de ella, escuchando. Estaba lista para pagar los veintidós céntimos que el vendedor pedía, pero Maggie insistió en que podía conseguir un precio mejor.
¿Mejor que veintidós céntimos? Tenía que verlo.
Maggie y el vendedor debatieron unos minutos, dándome una nueva perspectiva de la frase 'ser duro de roer'. El vendedor no dejaba de insistir en que nos estaba dando el mejor precio y, por un momento, creí que Maggie iba a ceder. Me agarró del brazo para alejarme de allí y protesté.
"Pero necesito..." empecé antes de que Maggie me callara.
Dimos unos pasos antes de que el vendedor nos llamara, pidiéndonos que esperáramos un momento. Con una sonrisa de suficiencia, Maggie se giró para caminar de vuelta al carrito y yo la seguí. El vendedor entró en el edificio que tenía detrás y salió unos minutos después con un contenedor de metal envuelto en una toalla, y un pequeño paquete.
"Gelato y pizzelles," explicó con su fuerte acento, desenvolviendo el paquete para revelar una pila de delicadas galletas con forma de copo de nieve. "Mi mujer las ha hecho esta mañana. ¿Os lo lleváis todo por veinticinco céntimos?"
¿Gelato? ¡Sí, por favor!
Maggie estuvo de acuerdo y le pagué al vendedor, entusiasmada porque ahora tuviera un postre pasara servir. Volvimos a casa, parando brevemente en una carnicería en el camino para coger un kilo de carne picada. Me preocupaba que el gelato se derritiera, así que cuando volvimos a la casa de huéspedes, lo puse en la nevera, justo al lado del gran bloque de hielo.
La cena fue muy divertida. Tom había invitado a Samantha, así que nosotros cuatro, junto a Jared, Liza y Maggie nos colocamos alrededor de la mesa de comedor. Alistair iba a pasar la noche fuera, haciendo no sé que. Me costaba creer que el tipo tuviera vida social.
Tal vez tuviera un lado salvaje.
Reí por la imagen que se coló en mi cabeza del serio Alistair sentado en un bar eligiendo chicas o jugando a juegos de beber. ¡Oh! Tal vez fuera travesti.
Por alguna razón, Alistair se convirtió en Edna Turnblad de Hairspray.
Mamá ahora soy una chica mayor...
"¿Qué acabas de decir, Bella?" preguntó Edward, sacándome de mis locos pensamientos.
Mierda. ¿Había cantado eso en voz alta?
"Nada." Me sonrojé y bajé la vista a mi plato. "Es solo que tenía la canción en la cabeza... no es nada."
La conversación era distendida y amistosa. A todos les encantaron los espagueti y las albóndigas, que serví con pan de ajo francés y una ensalada verde con vinagreta casera. Jared y Edward repitieron dos... y tres veces... pero tampoco es que estuviera contando.
Samantha se limpió la boca y se giró hacia mí. "Así que, Bella, ¿cómo va todo en el hospital? Disfrutas de trabajar con el Doctor... ¿cuál era su nombre?" Noté que Edward se estremecía ligeramente, pero lo ignoré.
"Dr. Cullen," contesté.
"O Carlisle," murmuró Edward.
Los ojos de Samantha se ensancharon por el tono de Edward y me miró inquisitivamente. Yo solo rodé los ojos y respondí. "En realidad va bastante bien. El Dr. Cullen..." miré molesta a Edward "...es un jefe maravilloso."
"Apuesto que lo es," dijo Edward por lo bajo.
"¿Y qué se supone que significa eso?" gruñí.
Edward me miró furioso. "Significa que tu Dr. Cullen," espetó, "tiene más cosas en mente que estudiar gérmenes, o lo que sea que diga que hace."
Empecé a responder, pero Edward me cortó.
"... y, de todas formas, ¿por qué le llamas Carlisle? Es muy poco profesional, si me lo preguntas."
"¡Bueno, no te lo estoy preguntando!" respondí acalorada. "Para tu información, el Dr. Cullen es un jefe excelente y un hombre maravilloso. Me pidió que le llamara Carlisle porque sucede que somos amigos, al igual que colegas... ¡pero tampoco es que sea asunto tuyo!"
Edward enrojeció. "¿No es asunto mío? Solo te estoy cuidando," discutió.
"¿Sabes qué?" Me levanté, lanzando mi servilleta a la mesa y cogiendo mi plato. "¡He terminado con los hombres que sienten que deben cuidarme!" Coloqué varios platos encima del mío y planté una sonrisa falsa en mi cara. "¿Quién quiere gelato?" pregunté animadamente mientras me giraba para ir a la cocina.
Puse los platos en la encimera y luego me incliné contra ella, respirando pesadamente. Maggie se unió a mí en un momento, trayendo otro montón de platos y cubiertos. Me giré para vaciar los platos en el cubo de la basura, apartando enfadada trozos de espagueti con un tenedor. Podía oír una conversación en siseos en el comedor, pero no podía entender lo que decían.
"¿Estás bien?" preguntó Maggie mientras dejaba los platos en la encimera a mi lado.
"Perfectamente," gruñí. Sin embargo, me sentí mal por mis malos modales y me giré hacia ella con una pequeña sonrisa. "Estoy bien. Solo un poco... frustrada."
Maggie vació un plato pensativa. "Bueno, puedo entenderlo," admitió en voz baja.
"Quiero decir, ¿quién se cree que es?" susurré enfadada. "Diciéndome lo que debo hacer... a quién puedo tener por amigo."
"Un poco atrevido, ¿no?" estuvo de acuerdo, pero sabía que había algo más que quería decir.
"¿Qué?" pregunté resoplando.
"Nada."
"Maggie, ¿qué querías decir?" pregunté impaciente.
Dejó el montón de platos en el fregadero. "Los hombres son, de alguna manera, como los perros. Cuando ven otro perro entrando en su territorio, su primer instinto es atacar."
"¿Y crees que Edward ve a Carlisle como si estuviera entrando en su territorio?" pregunté sarcásticamente.
Genial. Ahora era la perra de Edward.
"Está atacando porque se siente amenazado, Bella," explicó Maggie. "Tú no te pareces a cualquier otra mujer que Edward conozca. Eres independiente. Tienes tus propias ideas. Y no te importa ponerle en su sitio."
Sonreí satisfecha. Eso era cierto.
Maggie siguió. "Tal vez los hombres parezcan fuertes, pero en realidad son bastante frágiles en lo que se refiere a su orgullo. Solo necesita que le tranquilices." Empezó a decir algo más, pero se detuvo cuando Edward apareció en el umbral de la puerta.
"¿Me concedes un momento?" preguntó en voz baja. Maggie me miró y yo me encogí de hombros.
"Prepararé el postre y lo sacaré en un minuto," le dije, yendo a la nevera a por el gelato.
Maggie volvió al comedor, y Edward se quedó incómodo en el umbral, moviéndose nervioso.
Empecé a echar bolas del cremosos gelato en boles y Edward finalmente se aclaró la garganta para hablar.
"Bella... yo... lo siento," dijo bruscamente. "No pretendía sugerir que te hayas comportado... de forma inapropiada con el Dr. Cullen." Intentó enmascarar su disgusto por el nombre de Carlisle, pero no tuvo mucho éxito.
Aún así, estaba haciendo un esfuerzo y no podía mantenerme enfadada con él durante mucho tiempo.
Suspiré. "Edward, tienes que creerme. No está sucediendo nada con Carlisle. Es un amigo y es mi jefe."
Para su crédito, Edward mantuvo su temperamento contenido. "He visto la forma en que te mira," dijo en voz baja, "y es mucho más que amistosa."
Quería discutir el punto, pero no estaba segura de poder. Aunque mi relación con Carlisle era inocente, a veces me preguntaba si tal vez lo que Edward había dicho era cierto. Veía a Carlisle como una figura paternal... un amigo. Sabía que se preocupaba por mí y sentía instinto de protección hacia mí, pero tenía que admitir que de vez en cuando sentía que había algo... más... que preocupación. Lo dejaba pasar como gratitud, más que nada – por tener un respiro de la soledad que había soportado durante décadas. Él sentía que podía confiar en mí y ser él mismo conmigo – al menos hasta cierto punto – y eso tenía que ser un alivio.
"Incluso aunque ese fuera el caso, y no estoy diciendo que lo sea," le dije a Edward, "no me siento así por Carlisle. No estoy interesada en él de forma romántica. Es un amigo. Eso es todo. Tienes que confiar en mí, Edward. No puedes dictar quienes son mis amigos."
La mirada de Edward cayó y vi su cara enrojecer. "Lo sé," dijo lentamente. "Supongo que... solo estaba..."
"¿Celoso?" terminé y sus mirada subió antes de que una sonrisa tímida iluminara su cara. Se encogió de hombros, bajó la mirada de nuevo y mi corazón se suavizó. Me acerqué a él, levantando la mano para acariciar su mejilla.
"Créeme," dije empáticamente, "no hay razón para que te sientas celoso."
Su sonrisa se ensanchó y nos quedamos un momento mirándonos, sonriendo como idiotas.
"Ahora vamos," ordené, dándole el plato de galletas que estaba en la encimera y volviéndome para terminar de servir el gelato. "Es la hora del postre."
- . - . - . - . -
Era un desastre nervioso para cuando llegó el domingo. No pude dormir, quedándome casi inconsciente finalmente unas horas antes de que mis ojos se abrieran al amanecer, negándose a cerrarse de nuevo.
A pesar de las palabras tranquilizadoras de Edward, mi estómago se retorció por la idea de conocer a sus padres. No recordaba sentir tanto miedo la primera vez que él me llevó a casa a conocer a sus padres... y eso había sido una casa llena de vampiros.
Evidentemente, estaba más preocupada por la desaprobación paternal que por la desangración.
¿Qué? Significa ser vaciado de sangre.
Así que veía mucho CSI. Demándame.
Liza había sentido lástima de mí el sábado y me arrastró de compras bajo la excusa de que necesitaba un nuevo sombrero de Pascua. Sabía que todos estaban simplemente cansados de que me paseara de un lado a otro ansiosamente y me mordiera las uñas, así que cedí y pasamos la tarde en Marshall Field's. Liza compró un bonito vestido nuevo lavanda y un sombrero a juego. Yo elegí un sombrero de seda amarillo pálido con un delicado lazo y compré una cinta a juego para usar como cinturón con mi vestido de tarde.
Me tomé una cantidad de tiempo anormal para prepararme el domingo por la mañana – debido a la vez a mi deseo de estar tan bien como fuera posible y porque tenía un par de horas para sentarme y preocuparme antes de que Edward viniera a buscarme. Me duché y me lavé el pelo, secándolo al lado del radiador y deseando la invención del secador. La casa estaba llena de actividad cuando estuve vestida y lista para marcharme. Supuse que todos iban a la iglesia en Pascua, porque cuando bajé todos llevaban su ropa de domingo, bebían café y comían rollos dulces.
No comí ni bebí nada. Todavía tenía mariposas en el estómago y me preocupaba echarme café en el vestido.
Nunca fallaba. Cada vez que me vestía de blanco estaba destinada a tirarme algo encima. Tenía probablemente seis camisas blancas en casa que solo llevaba para pintar o trabajar en el jardín, porque cada una estaba manchada de mermelada de uva o mostaza o salsa de soja. Había aprendido la lección y habitualmente me vestía de colores más oscuros, pero en la rara ocasión en que me vestía de blanco, intentaba evitar comer o beber algo que no lo fuera.
Esperaba que tuviéramos puré de patata para la cena de Pascua... o arroz... o tapioca.
Asqueroso. En realidad odiaba la tapioca.
Jared, Liza y Maggie fueron los primeros en marcharse, dirigiéndose a Nuestra Señora de los Lamentos, a unas manzanas al sur. Tom se fue unos minutos más tarde, con destino a la Iglesia Presbiteriana del centro para reunirse con la familia de Samantha. Edward, me había enterado, era Luterano.
Me senté en el sofá que estaba al lado de la puerta principal, retorciéndome nerviosamente los dedos, y luego me puse rápidamente de pie, preocupada por arrugar mi vestido.
Dios, era un desastre.
Me forcé a respirar profundamente y controlarme. Finalmente, escuché un golpecito en la puerta y me preparé por última vez.
Toda mi tensión se evaporó cuando abrí la puerta y vi a Edward al otro lado, vestido con una impoluta camisa blanca y traje y corbata oscuros, y sosteniendo su sombrero en la mano. Estaba recién afeitado y noté un pequeño corte en su nuez mientras al tragar. Había intentado controlar su salvaje pelo, pero algunos mechones se habían liberado y caían sobre su frente. Estaba sonrojado, y su nerviosa sonrisa se ensanchó cuando nuestros ojos se encontraron. Todo lo que pude hacer fue devolverle la sonrisa, olvidando mis preocupaciones.
"Buenos días, Bella," dijo con una voz baja. "Estás... hermosa."
"Tú también," susurré. Cuando sonrió satisfecho me di cuenta de lo que había dicho y me corregí rápidamente, "quiero decir... tu también... estás bien... muy... guapo." Me sonrojé y me di la vuelta para coger mi bolso.
"¿Lista?" preguntó.
Asentí. "Tanto como puedo estarlo."
- . - . - . - . -
No fue tan malo como había esperado. La iglesia en sí era preciosa con sus líneas románicas, trabajos en piedra de granito y vidrieras. Levanté la vista al edificio impresionada mientras Edward buscaba un sitio para aparcar.
"Impresionante, ¿verdad?" preguntó Edward orgulloso mientras se colocaba entre dos coches cerca del final de la calle. "Se construyó a partir de la Capilla de la Santa Trinidad en Caen, Francia."
Eso no significaba absolutamente nada para mí, pero murmuré apreciativamente de todas formas mientras salíamos del coche y caminábamos hacia la entrada principal.
"¿Quieres oír algo escandaloso?" preguntó juguetonamente mientras enganchaba mi mano en el hueco de su codo.
"Por supuesto," contesté con el mismo tono juguetón.
Edward se inclinó hacia mí, sus ojos brillaban como si compartiera un secreto. "Cuando construyeron la iglesia, usaron granito que sacaron de una..." se aclaró la garganta "...una casa de mala reputación."
"¡No!" exclamé divertida.
Él asintió. "Es cierto. Fue arrasada por la ciudad y utilizaron sus piedras."
"¿No es eso algo así como... pecado o algo?" pregunté.
Edward rió. "Estoy seguro de que algunas personas lo piensan. No es un hecho que la congregación suela contar."
Cuando nos acercamos a la puerta, pasé la mano por las piedras de granito. "Oh, si estas paredes pudieran hablar..." le dije a Edward, moviendo las cejas.
Para mi sorpresa, se sonrojó y no dijo nada, simplemente me abrió la puerta para que entrara.
El interior era tan maravilloso como el exterior y, mientras nos movíamos entre las llenas filas de bancos, noté las ricas molduras oscuras y los paneles de madera por toda la sala. Los altos techos se arqueaban sobre el altar, una gran vidriera circular quedaba centrada en la pared frontal. Bajo ella, había una pintura de La Última Cena rodeada de más madera intrincadamente tallada. La luz del sol se filtraba por el cristal tintado, creando en el santuario una atmósfera de ensueño. Por alguna razón, me recordaba a la abadía en la que María se casaba en Sonrisas y Lágrimas.
Los escalones que daban al altar estaban decorados con macetas de lirios de pascua y un organista tocaba suavemente mientras la gente encontraba sus asientos. Vi a la madre de Edward a la mitad del pasillo, sentada junto a un hombre de aspecto distinguido que supuse que sería el padre de Edward. Para mi sorpresa, no nos sentamos con ellos, sino que Edward me dirigió a un lugar vacío al otro lado del pasillo. Elizabeth Masen levantó la mirada y nos lanzó una pequeña sonrisa y un saludo con la mano mientras nos sentábamos.
Una vez más, fui torturada al sentarme lo suficientemente cerca de Edward como para sentir el calor radiando de su cuerpo, pero sin poder tocarle. Una pareja mayor estaba de pie al final del banco y todos se movieron hacia nosotros para dejarles sitio para sentarse. De repente, el firme muslo de Edward tocaba ligeramente el mío y noté una vez más que apretaba fuertemente las manos. Mi corazón se aceleró y mi respiración se hizo superficial por el contacto eléctrico. Tenía tantas ganas de estirar el brazo hasta él que mis dedos se retorcieron. Afortunadamente, mi cerebro todavía funcionaba lo bastante bien como para obligar a mis manos a que se agarraran entre ellas en lugar de agarrarse al duro muslo de Edward. Mis dedos entrelazados se apretaron fuertemente en mi regazo, pero todo en lo que podía pensar era en retorcer la corbata de Edward en mi mano, arrastrarle al suelo entre los bancos y montarme encima de él.
Correcto. En la iglesia. Estaba claro que iba a ir al infierno.
El servicio fue silencioso, tradicional... e increíblemente largo. El pastor, desafortunadamente, no estaba bendecido con la brevedad, ni ingenio, y su sermón se alargaba mientras la temperatura del santuario aumentaba.
Edward se inclinó hacia adelante, descansando sus antebrazos en sus rodillas y yo tragué con dificultad cuando pude ver más de él. Noté gotas de sudor brillando en la parte trasera de su cuello, sobre el cuello de su camisa, las puntas de su pelo estaban mojadas por la humedad. ¿Qué tenía su sudor que me volvía loca? En la mayoría de los hombres sería algo asqueroso pero, por alguna razón, en Edward era el afrodisíaco más potente. Todo lo que quería hacer era pasar mis dedos por su cuello y recoger las gotas... luego por su espalda, debajo de su camisa húmeda... a lo largo de la cintura de sus pantalones, bajando para agarrar un poco ese perfecto tra-
"¡Pecado!" gritó el predicador sin avisar, interrumpiendo mi fantasía inducida por el sudor. Mis ojos fueron de golpe al púlpito y sus ojos se enfocaron en mí.
Mierda. ¿Podía leerme la mente?
Rápido. Piensa en mascotas. O monjas. Espera, las monjas son Católicas. Piensa en algo Luterano.
"Deja de removerte," dijo Edward en voz baja, sin mover apenas los labios.
"¿Qué?"
"Si te remueves, él cree que te sientes culpable," murmuró sin quitar la vista del frente.
Vale. Me sentía culpable.
Edward siguió en voz baja. "No va a dejar de mirarte si cree que te está impactando."
Jesús. Eso era algo manipulador. Y malvado.
Así que tenía que parecer inocente. Me relajé conscientemente en mi asiento, obligándome a no removerme. ¿Ahora qué? Solo por si realmente podía leerme la mente, pensé cosas inocentes: soy una chica buena, repetí mentalmente, sonriendo ligeramente y colocándome el pelo detrás de la oreja. Los ojos del reverendo se ensancharon y su voz falló, luego alejó la mirada abruptamente.
Oh Dios. Ahora creía que estaba coqueteando con él. Perfecto.
Bueno, al menos ya no me miraba fijamente.
Sin embargo, el calor que aumentaba en la iglesia y la proximidad de Edward no conducían a pensamientos inocentes, y mis ojos volaron por la sala, buscando una distracción. Noté a varios parroquianos entreteniéndose con sus libros de himnos y moviéndose incómodos en sus asientos.
Un hombre mayor que estaba en el banco delante de nosotros movía la cabeza, y me di cuenta de que luchaba por mantenerse despierto. Me mordí el labio mientras veía su cabeza caer hacia delante y luego levantarse abruptamente mientras pestañeaba frenéticamente. Escuché una risita baja a mi lado y, de reojo, vi a Edward sonreír satisfecho. Estaba mirando al mismo hombre.
Finalmente, el sueño ganó y la barbilla del hombre cayó a su pecho y se quedó ahí. Un momento más tarde, el inconfundible sonido de los ronquidos llegaron a nosotros. Ahogué una risita, presionando mi mano contra mi boca y lanzándole a Edward una mirada divertida. Él también luchaba contra la risa, con la cabeza bajada mientras sus hombros se sacudían.
"Shhh..." nos amonestó una mujer mayor detrás de nosotros. Nos enderezamos e intentamos ignorar los ronquidos, que se hacían progresivamente más altos.
La voz del pastor ganó en fervor mientras intentaba probar un punto – sobre qué, no estaba segura, ya que no estaba prestando atención – y, con una exclamación final, golpeó la mano en el púlpito.
El hombre que roncaba se levantó de repente con un fuerte resoplido, despertándose por el susto. Su esposa le dio un codazo con una mirada dura y el hombre se encogió de hombros tímidamente.
Edward y yo nos encorvamos en nuestros sitios, agarrándonos el estómago e intentando no reír en alto. Noté que el padre de Edward nos miraba con desaprobación.
Genial. Ni siquiera conocía todavía al hombre y ya le había irritado.
Al menos toda la cosa de los ronquidos habían levantado de alguna manera la tensión que había entre Edward y yo. Los dos estábamos un poco más relajados al final del sermón, incluso intercambiando una pequeña sonrisa mientras compartíamos un libro de himnos para la canción final. Sin embargo, mi calma duró poco, ya que los padres de Edward se acercaron a nosotros en cuanto acabó el servicio.
"Hola, Bella," dijo la Sra. Masen con una sonrisa. "Me alegro mucho de que hayas podido unirte hoy a nosotros."
"Gracias por invitarme," contesté, mirando nerviosa hacia el padre de Edward.
La Sra. Masen captó la indirecta y se giró hacia su marido. "Querido, esta es Bella Swan. Bella, mi esposo, Edward Masen."
Extendí mi mano. "Encantada de conocerle, Sr. Masen."
Gracias a Dios, no mencionó nuestras inapropiadas risitas en la iglesia y solo sacudió mi mano firmemente. "El placer es mío, Bella," dijo formalmente, pero con una cálida sonrisa.
Seguimos a la multitud fuera de la iglesia y caminamos hasta coches separados, con planes de reunirnos en la casa de Edward. El primer encuentro parecía haber ido bien, pero ahora tenía que superar toda una comida con los padres de Edward. No sabía como iba a conseguir comer algo.
"Tienes que relajarte." Edward sonrió ampliamente mientras me sostenía la puerta del coche abierta. "No hay nada por lo que estar nervioso."
"¿Quién ha dicho que estoy nerviosa?" pregunté echándome hacia atrás el pelo.
Edward sonrió satisfecho mientras se sentaba a mi lado. "Bueno, te has estado mordiendo tanto el labio que me sorprende que no esté sangrando. Te retuerces las manos... y no has dicho una palabra en los últimos diez minutos. Solo eso es causa de alarma."
"Ha ha," solté. "Eres divertidísimo."
Edward rió y buscó mi mano, acariciándola suavemente con su pulgar. "Bella, va a ir bien. Mis padres van a adorarte," dijo para animarme, con la ternura iluminando sus ojos esmeralda.
Con un último apretón a mi mano, se dio la vuelta para arrancar el coche. Le miré fijamente un momento, sorprendida porque incluso como humano tuviera la habilidad de deslumbrarme.
"Es tan injusto..." murmuré para mí.
"¿Qué es injusto?" preguntó Edward.
"Nada," dije, enrojeciendo de nuevo. "Solo hablaba para mí."
Llegamos a la casa de Edward antes de que llegaran sus padres, sobre todo debido al gusto de Edward por conducir rápido. Por supuesto, rápido en el coche de Edward estaba alrededor de unos 70 km/h... Y, ya que había ido con él en el Volvo a velocidades casi super-sónicas, esto no era nada para mí.
Edward, sin embargo, lo disfrutó inmensamente. Había bajado el capó y el viento despeinaba su glorioso pelo y el sol lo teñía de tonos dorados y cobrizos. Su codo descansaba en la puerta, su mano colgaba suelta y una enorme sonrisa se extendía en su cara mientras adelantaba fácilmente a un conductor más lento.
Era tan malditamente lindo que hacía que mi corazón doliera.
Un silencioso suspiro escapó de mis labios mientras aparcábamos frente a la casa de Edward. Se giró hacia mí con una mirada de curiosidad y, de repente, me di cuenta de que le había estado mirando fijamente con expresión soñadora. Alejé la mirada rápidamente, avergonzada por haber sido pillada.
Para su crédito, Edward no dijo nada sobre ello. Solo se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta y ayudarme a bajar. Su mano descansó ligeramente en la parte baja de mi espalda mientras nos acercábamos a la puerta principal.
"Probablemente deberíamos sentarnos aquí fuera hasta que lleguen mis padres," dijo en voz baja, haciendo un gesto hacia la mesa y las sillas dónde me había sentado y bebido limonada con su madre el día que nos conocimos. No me había dado cuenta antes, pero había un gran columpio al otro lado del porche.
"¿Podemos sentarnos mejor ahí?" pregunté, apuntando al columpio.
Asintió y nos sentamos, hablando y riendo en el columpio del porche. Edward estaba relajado, su brazo descansaba en el respaldo del columpio, su cuerpo estaba ligeramente girado hacia mí. Doblé una pierna debajo de mí y usé la otra para impulsar de vez en cuando al columpio. La cálida brisa esparcía la esencia de la colonia de Edward por el aire, e inhalé profundamente.
Era perfecto.
Luego llegaron sus padres.
Aparcaron un gran coche negro detrás del de Edward. Nos pusimos de pie mientras ellos venían al porche... y sentí los nervios de nuevo.
"Perdón por manteneros esperando," se disculpó la Sra. Masen. "Los Bowling nos detuvieron y Muriel no dejaba de hablar." Rodó los ojos, moviendo una mano en el aire. "Vamos, entremos. La cena está en el horno y debería estar lista en cualquier minuto... ¡esperemos que no se haya quemado!"
No se había quemado. Compartimos una hermosa cena de pierna de cordero asada con salsa de menta, patatas asadas, guisantes y zanahorias, espárragos gratinados, galletas de hojaldre y una ensalada de gelatina con trozos de manzana y uva. Estudié al Sr. Masen con disimulo, buscando cosas de Edward en él. Su pelo oscuro y sus ojos daban prueba de que los colores de Edward venían de su madre, pero su altura y el corte anguloso de su mandíbula eran de su querido padre. En un momento, él y Edward compartieron una broma y jadeé cuando vi la sonrisa torcida de Edward en la cara de su padre. Todos los ojos se volvieron a mí por mi silenciosa exclamación y luché por encontrar una forma de alejar la atención.
"Esto es delicioso, Sra. Masen," dije finalmente, después de tragar un trozo de cordero.
"Gracias, Bella. Pero me temo que no puedo llevarme todo el crédito," objetó. "Marie es la que realmente tiene talento aquí."
"¿Marie?"
"Nuestra cocinera," explicó Edward.
"Está pasando Pascua con su familia, pero lo ha empezado todo esta mañana y me dejó instrucciones sobre como acabarlo todo," añadió la Sra. Masen. "Me mataría si destruyera todo su duro trabajo."
"Así que, Bella," intervino el Sr. Masen, dejando su cuchillo y tenedor en su plato con un tintineo. "Edward nos ha dicho que trabajas en el Hospital General County."
Me limpié la boca nerviosamente. "Sí. Trabajo allí con un médico, ayudándolo con su investigación sobre la gripe."
"Y trabajas por la noche, ¿cierto?" preguntó. Cuando asentí, continuó, "¿no es eso un poco extraño?"
Tomé un trago de agua para calmar mi boca seca. "Bueno, el médico con el que trabajo hace el turno de noche. Ya que a esas horas hay menos pacientes que necesitan su atención, puede pasar más tiempo con su investigación."
"Este médico... ¿está casado?" preguntó, su voz adquirió el tono que estaba segura que usaba con los testigos en el estrado.
"Ummm... no... no, no lo está," tartamudeé.
"¿No te preocupa tu reputación, trabajando con un hombre soltero... a todas horas de la noche?" presionó.
"Papá," intervino Edward, con un tono de advertencia.
La Sra. Masen trató de quitarle hierro al asunto. "Estoy segura de que Bella es muy cuidadosa con su reputación," regañó a su esposo.
Sí. Esto iba bien.
"Mi reputación no está en peligro alguno," dije, forzándome a hablar con calma. "El Dr. Cullen es la viva imagen de los buenos modales."
Edward carraspeó – era una palabra que jamás creí que fuera a usar, pero eso es exactamente lo que hizo. Desafortunadamente, fue lo suficientemente alto como para que su padre lo escuchara y, aparentemente, lo tomó como ánimos para seguir.
"Aún así, no parece estar muy bien, ¿no?" preguntó, apuñalando el aire con su tenedor para enfatizar su punto. "Una joven como tú tiene que tener cuidado o la gente hablará... y solo esas habladurías pueden ser ruinosas. Incluso si no hay algo inapropiado, la apariencia puede hacer el mismo daño."
Debería haberlo dejado pasar con una risa. Debería haber estado de acuerdo con él y haber prometido que sería extra-cuidadosa al proteger mi oh-tan-importante reputación.
Pero yo siendo yo, simplemente me exalté.
Dejé mi tenedor en mi plato con cuidado, ignorando la mirada de advertencia de Edward y la de pánico de la Sra. Masen. "He aprendido que las apariencias pueden engañar bastante," dije brillantemente. "Por ejemplo, las apariencias podrían llevarle a uno a creer que es usted un grosero crítico y arrogante. Por supuesto, todos sabemos que eso no es cierto, ¿verdad?"
Con un gemido bajo, la cabeza de Edward cayó a sus manos y los ojos de la Sra. Masen fueron con temor a su marido. La mesa se quedó completamente en silencio unos segundo mientras el Sr. Masen y yo nos mirábamos retándonos. Esperé a que estallara y me echara de su casa furioso, mis músculos se tensaron instintivamente como preparación.
Para mi sorpresa, no estalló. En su lugar, sus ojos oscuros brillaron y su boca se levantó con esa sonrisa torcida.
"Buen punto. Srta. Swan," dijo con una risa, antes de darle un gran mordisco a su galleta.
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El resto de la cena fue relativamente pacífica, evitando cualquier tema controvertido y hablando, en su lugar, sobre el despacho legal del Sr. Masen y los logros de Edward en la escuela. Él me había dicho que estaba en el equipo de atletismo, pero sus padres rápidamente me informaron de que era uno de los corredores más rápidos del estado y posiblemente se calificaría para el campeonato regional. Edward se sonrojó por el cumplido, pero supe que estaba complacido por el orgullo que sus padres sentían por sus logros.
Cuando terminamos de comer, el Sr. Masen se disculpó para ir a su estudio, diciendo que tenía algo de trabajo. Yo ayudé a la Sra. Masen a recoger la mesa, pero se negó a que la ayudara a fregar los platos.
"Bella, eres nuestra invitada," insistió. "Hace una tarde hermosa. ¿Por qué no vais tú y Edward a la terraza y os aviso cuando el postre esté listo?" Se giró para meter un pastel de moras que tenía una pinta deliciosa en el horno, y yo seguí a Edward por un largo pasillo hasta la parte trasera de la casa.
Salimos a una sala de cristal que daba al jardín trasero. El jardín empezaba a colorearse, con narcisos, azafrán y tulipanes de varios colores que se movían con la brisa primaveral. Más allá, un vibrante césped se extendía en el jardín, roto solo ocasionalmente por arces y uno o dos árboles frutales que también empezaban a florecer.
"Es tan hermoso," dije en voz baja. "Si viviera aquí, pasaría todo el tiempo en esta habitación."
"Yo lo hago." Edward soltó una risita. "¿Quieres sentarte?"
Miré las cómodas sillas que tenía delante, pero mi atención se la llevó un piano de cola que había en la esquina. Me acerqué y pasé los dedos por la brillante superficie negra.
"¿Tocas?" preguntó.
Reí. "¿Yo? No. Para nada." Le miré con timidez. "¿Tocarías algo para mí?"
Edward se sonrojó. "Oh, no soy muy bueno," dijo modestamente.
Sí. Claro.
"Oh, vamos," le animé. "¿Por favor?"
Se acercó al piano a regañadientes, se sentó en el banco y hojeó algunas partituras. "¿Qué te gustaría oír?"
Me senté a su lado entusiasmada. Me encantaba oír a Edward tocar. "¡Oh lo que sea!" dije, luego un nombre en una pieza me llamó la atención. "¡Espera! ¿Eso es de Debussy?" pregunté.
Edward la sacó. "Es el tercer movimiento de la Suite bergamasque," explicó. "Se llama Clair de Lune."
"¡Oh, quiero oír esa!" exclamé al reconocer la familiar pieza.
Edward colocó la música en el piano. "La he estado practicando, pero está lejos de ser perfecta," avisó.
"Edward, estoy segura de que será precioso," le tranquilicé. "Solo tócala, ¿por favor?"
Flexionó los dedos unas cuantas veces, respirando profundamente antes de acercar los dedos a las teclas. Cerré los ojos con anticipación, esperando a que la música me llenara.
Finalmente empezó a tocar, rozando las teclas tentativamente al principio y luego más firmemente, cuando cogió confianza.
Edward estaba muy equivocado cuando decía que no era muy bueno.
De hecho... era horrible.
Mis ojos se abrieron con la primera nota desafinada e intenté no estremecerme.
"Lo siento," dijo Edward en voz baja, mordiéndose el labio e inclinándose sobre las teclas concentrado. Siguió aporreando el piano, estremeciéndose y murmurando "lo siento" con cada nota equivocada.
Se estremeció y murmuró mucho.
Finalmente... gracias a Dios... la melodía terminó y Edward se enderezó, girándose hacia mí con una mirada de timidez en la cara. Coloqué mis rasgos en lo que esperaba que fuera una sonrisa de ánimos.
"Te dije que no soy muy bueno." Se encogió de hombros con disculpa.
"¡No!" discrepé. "Ha sido... genial," dije dándole ánimos. "Estoy segura de que con solo un poco más de práctica será increíble."
Sí. Como en cien años o así.
"¿De verdad?" preguntó con una sonrisa. "¿Tú crees?"
Asentí empáticamente. "Absolutamente. Defintivamente, deberías seguir con ello."
"Vale," aceptó, volviéndose al piano. "Seguiré practicando." Recolocó la partitura y me di cuenta de que iba a tocar otra canción. Sin pensar, estiré la mano para tocar su brazo.
"Tal vez... eso sea suficiente por ahora," dije. "No querrás practicar demasiado."
Me miró fijamente un momento antes de que sus labios se levantaran en una sonrisa satisfecha. "Sí. No querríamos eso," soltó una risita.
"¿Bella? ¿Edward? El postre está listo." La madre de Edward asomó la cabeza en la habitación. "Eso ha sido precioso, querido," añadió para Edward. "Me encanta que toques."
"Bueno, al menos a alguien le gusta," dijo Edward por lo bajo, pero su sonrisa hacia mí era genuina. Nos pusimos de pie y caminamos riendo por el pasillo antes de sentarnos para disfrutar nuestro pastel y el resto de la tarde.
Hola!
Seguis por ahí? Espero que sí y que os haya gustado el capitulo.
Muchísimas gracias por vuestra paciencia durante mis examenes. Tenéis en mi perfil la fecha de la proxima actualizacion y del adelanto en el blog.
Nos leemos!
-Bells, :)
