DP: Hoy, más noticias, pero, como siempre, al final del cap T___T
Capítulo 12.
Estaba tan embobada, que le costó lo suyo encontrar las llaves de la puerta dentro del bolso. Cuando lo consiguió, entró dando saltitos –al más puro estilo Heidi- y se dirigió al salón entre suspiros, donde estaban todos menos Ayame e Inuyasha. Todos se la quedaron mirando, estupefactos, y ella, tan campante, siguió saltando hasta dejarse caer sobre sofá, posicionando su cabeza en el regazo de Sango.
-Cuenta, ¿cómo ha ido? –preguntó Sango, cambiando su cara de tristeza por una de picardía.
Kagome suspiró, con la mirada perdida en algún punto infinito del blanco techo que había sobre ellos y comenzó a hablar.
-No sé exactamente cómo ha sido, pero ha sido ahora mismo, hace apenas dos minutos… Nos hemos besado –informó, hundiendo la cara en un cojín que aferraba fuertemente contra su pecho, y dando patadas al aire -. Aún no me lo puedo creer, ha sido tan –los miró a todos- …increíble ¿Qué os pasa? –preguntó de repente, cortando su relato, al ver las caras de sus amigos.
-¿Y qué pasa con Inuyasha- preguntó Kouga de repente.
-¿Qué pasa con él? –preguntó, haciéndose la loca, pero por el tono de reproche en la voz del lobo, supo perfectamente de qué iba esa pregunta.
Miró a Sango y a Miroku, y vio que ellos dos también la miraban con reproche.
-¡Ah, no! Eso sí que no. Ni se os ocurra intentar hacerme sentir culpable –vociferó, levantándose y lanzando el cojín al sillón individual, donde estaba Kouga-. Inuyasha ya se puede ir a tomar viento. Es un estúpido, un egocéntrico, un egoísta y un manipulador, y estoy harta de que me trate como a un segundo plato. Nakura me trata como una princesa, es amable, divertido, cariñoso, considerado y montón de cosas más que le faltan a Inuyasha –cogió aire-. Así que no intentéis hacerme cambiar de opinión, para mí, Inuyasha, ¡está muerto!… -chilló, con lágrimas en los ojos, y de un salto se levantó del sofá y se dirigió al pasillo.
Allí, antes de poder cruzar el umbral de la puerta, chocó con alguien. Ayame estaba allí, espiando lo que hablaban.
-Mira, otra paparazzi –la agarró de la muñeca y comenzó a arrastrarla hacia su cuarto -. Tú y yo tenemos una charla pendiente.
Ayame se dejó arrastrar hasta llegar al cuarto que utilizaban ella y Sango, la verdadera habitación de Kagome. Allí, Ayame se sentó en la cama, y Kagome comenzó a echarle la broca, mientras se desvestía para cambiarse de ropa y ponerse más cómoda.
-Ayame… ¿Por qué te fuiste a ese lugar? –preguntó de forma demasiado severa.
-No fui yo, me llevaron dos chicas –se excusó, y Kagome vio que no mentía, porque unas lagrimitas comenzaban a asomar en sus ojos.
-¿Y por qué las seguiste?
-No lo sé… Antes de hacerlo me dieron un caramelo muy extraño. Empecé a sentir una sensación extraña y no pude negarme a acompañarlas…
Kagome paró de hacer todo lo que estaba haciendo, sus ojos se ensancharon y comenzó a recordar algo.
-Flash back-
Mientras buscaban desesperadamente a Ayame por todas las calles cercanas a donde ella y Sango habían estado espiando a la parejita, Kagome encontró en el suelo una tabla vacía donde anteriormente habían habido unas píldoras. Leyó en la parte del papel de plata de qué se trataban, y lo que leyó no le gustó nada. Eran anfetaminas, drogas. Si alguna de esas la había tomado Ayame, íbamos apañados.
Mierda… -murmuró Kagome, buscando en todos lados -¡AYAME! –gritó de nuevo, desesperada.
-Fin del Flash back-
-¿Tomaste una de esas pastillas? –preguntó Kagome, mirándola amenazante- ¿Te encuentras bien?
-E-ellas me dijeron que un caramelo… -se defendió, viendo como eso de que aceptase el caramelo no le había gustado a Kagome- Era extraño, no tenía olor ni sabor… y Sí, ya me encuentro mejor.
-Es que no era un caramelo, era una anfetamina ¡era droga! –Chilló, cerrando el armario de un portazo –Menos mal que tienes sangre demoníaca, si no ya estaríamos en el hospital…
-¿U-una droga? –La miró estupefacta- ¿Y eso que es?
-Algo muy, muy peligroso. Es lo peor que te puedes encontrar sobre el planeta, pero que el veneno, incluso –la miró con los inyectados en reproche-. La anfetamina, que es una droga, es un estimulante del sistema nervioso central. Puede producir dependencia física o psicológica, o síndrome de abstinencia en caso de que te hubiesen dado muchas dosis. Genera sentimientos de autoconfianza e ilusiones de ser invulnerable…
Ayame no había entendido prácticamente nada, pero se dio cuenta de que eso último era verdad. Ella se había sentido así, invulnerable, invencible. En cuanto había visto a aquellas chicas, ella había sentido unas enormes ganas de imitarlas, y bailar hasta el cansancio para saciar sus extrañas ganas de actividad, aguantando la lujuria de aquellos cerdos.
-Lo siento, Kagome… -subió los pies a la cama y se abrazó a sus piernas-. No tenía ni idea de que algo tan peligroso existiese, yo pensaba que era un simple caramelo.
Kagome se sintió realmente mal al ver así a la loba. Su expresión dura y severa se cambió por una de preocupación y abatimiento, y lentamente se acercó a la cama, se sentó en el borde, junto a Ayame, y pasó un brazo por su espalda.
-Te voy a decir algo que se les dice siempre a los niños pequeños: nunca hables ni aceptes cosas de un desconocido de la calle, sea quien sea o lo que quiera que sea lo que te ofrezca. No te puedes fiar de nadie, porque lo único que busca la gente ahora es hacer daño.
-¿Eso se les dice a los niños? –Miró confundida a Kagome -¿Por qué?
-Mmm… Los críos son fáciles de impresionar y engañar. Si tú a un crío le ofreces algo que le gusta, dulces, por ejemplo, o juguetes, el niño irá corriendo a ti, y ese será el momento en el que lo tendrás a tu merced. El mundo en esta época es mucho más peligroso de lo que crees. Es incluso peor que vuestra época, te lo aseguro –finalizó, al ver la cara de sorpresa de Ayame-. En fin, no quiero asustarte, sólo quiero que lo sepas para que no vuelva a pasar otra vez. Y tranquila –acarició su espalda- no estoy tan enfada como crees.
En eso, entró Sango por la puerta, delatándose.
-¿De verdad? –preguntó en un hilo de voz, arrodillándose ante ellas.
-Sí, de verdad –sonrió dulcemente, acariciando la mano de Sango que se había posicionado en su rodilla-. No quiero que os pase nada, ¡que sois mis amigas, jolín! Y sé que queréis saber qué hago con Nakura, pero… no quiero que os expongáis de esta manera. Además, sabéis que luego yo os lo cuento todo con lujo de detalles.
Las dos chicas se miraron, convencidas, y Sango habló con picardía.
-Cierto, y cuando has entrado has dicho que os habéis besado…
-¡Cuéntanoslo todo ya! –exclamó Ayame, sonriendo de oreja a oreja.
-Bueno, pues ha sido…
Y así comenzó otra charla, pero esta vez de cotilleo, en la que Kagome les explicó lo que había llegado a flipar con los besos y las caricias que Nakura le había dado. Les explicó cada detalle, sin dejarse ni uno, desde el sentimiento más profundo hasta el más externo. Explicándoles cómo le habían llegado a temblar las rodillas, y como se había quedado sin respiración. Debía reconocer que por su parte había sido un poco torpe, pero que gracias a él, que parecía tener bastante más experiencia que ella, había sido uno de los mejores besos de su vida. Aunque bueno, sólo había llegado a besarse con Inuyasha, y le costaba bastante decidir cual le había gustado más.
Si lo analizaba bien, se daba cuenta de que los besos de Nakura eran lentos, dulces y suaves. La trataba como si fuese un tesoros, como si fuese un pedazo de cristal que si se escapada de sus labios se rompería en mil pedazos. Todo con él era mágico y bonito. Mientras que con Inuyasha, por otro lado, por contraposición, todo era más… salvaje. Sí, esa era la palabra. Nunca veía venir los besos del hanyou, él se los robada cuando y como le daba la real gana, sin avisarla. Y poseía sus labios de una forma feroz, con ansia y ahínco, nada de delicadeza o dulzura, hala, ahí, a palo seco. Y bueno, tampoco es que eso le desagradara… Debía reconocer que le encantaba sentirse sumisa bajo su merced, pero es que o se pasa, o no llega. Y eso, en cierto modo, es bastante desconcertante y molesto.
Pasadas unas horas de cháchara, las chicas se dispusieron a irse a dormir. Sango y Ayame se pusieron sus pijamas, ayudaron a Kagome a sacar la cama de debajo de la cama (DP: eso suena raro… xD Ui, ¡cuánto tiempo sin cortar la narración! O.o), y se acostaron en ellas dispuestas a dormir. Kagome, ya armada con su camisón de dormir, les deseó buenas noches y sin hacer mucho ruido se dirigió al salón. Allí sólo estaban Kouga y Miroku, viendo la tele.
-Chicos, ¿dónde está Inuyasha?
-Ni idea, cuando nos fuimos de aquel local no volvió con nosotros.
-Ah… -suspiró- De acuerdo –y se internó en el pasillo dispuesta a volver a su actual habitación –Qué tío más tonto…
Tranquilamente se dirigió al baño de la segunda planta. Hizo pipí, se cambió la compresa, se lavó la cara y los dientes y se cepilló el pelo. Una vez aseada se internó en su dormitorio y se metió bajo las sábanas, dispuesta a dormir.
Aunque lo intentó, no lo consiguió. Demasiadas cosas eran las que tenía en la cabeza: los peligros por los que había pasado Ayame, las locuras de Miroku, las confesiones de Kouga, las actitudes extrañas e inesperadas de Inuyasha, Nakura, y, sobretodo, la mayor duda y la que hace mucho tiempo se planteaba ¿Cómo podían estar todos ahí y no poder volver? Era… frustrante no saber el porqué.
Desde hacía rato, algo la tenía inquieta. No sabía exactamente qué era, pero notaba algo extraño que la tenía en alerta. Será el estrés, pensó.
Miró el reloj de la mesita. Eran las tres de la madrugada. Pues sí que he un buen rato comiendo la cabeza, pensó sorprendida. Necesitaba un poco de aire. Lo mejor sería abrir la ventana y observar un poco el paisaje. Y sentir la fría brisa de la noche la relajó, pero llegó un punto en el que comenzó a sentir frío. Sin embargo, no quería dejar de tener la cabeza afuera, así que buscó en alguno de los cajones de la habitación alguna bata de su madre, y cuando encontró una, un poco corta, de seda color azul celeste, se la puso.
Se dispuso a volver a sacar la cabeza por la ventana, pero al voltearse, cerró los ojos fuertemente porque había topado contra algo grande y robusto. Rebotó, y una mano la agarró del brazo para evitar su caída. Abrió los ojos lentamente y se fijó en los ojos dorados que brillaban en la oscuridad, y que la miraban de una forma muy extraña, una forma que no sabría describir.
-Hombre… -lo miró, alzando un ceja, en un gesto demasiado seductor- Hasta que apareces… -sonrió con picardía, intentando zafarse de la mano masculina -¿Qué haces? Suéltame –exigió al ver que él insistía en no soltarla- ¿Se puede saber qué te pasa? –preguntó, mirándolo desafiante.
Inuyasha, en vez de contestar, la zarandeó bruscamente, la empujó hacia la cama y las piernas de Kagome tropezaron con el borde de ésta, haciéndole perder el equilibro, provocando su estrepitosa caída sobre el blando colchón.
-Inu… Yasha… -murmuró en un hilo de voz.
Su respiración comenzó a acelerarse. Ella siempre había pensado y sabido que junto a Inuyasha se sentía segura y protegida, que estando con él nunca podría pasarle nada malo, pero debía reconocer que ahora mismo estaba temblando de puro terror. La mirada de Inuyasha se había convertido en una mirada hostil, llena de rabia, celos, lujuria y un montón de sentimientos considerados como pecados. Las piernas le temblaron al ver como él se subía a la cama y se posicionaba sobre ella, acorralándola.
La besó. Así, como lo leéis. Atrapó sus labios y no le permitió escapar, y los poseyó de forma salvaje, tal y como él sabía hacerlo. Al principio, Kagome se resistió. En su cabeza no había otra imagen que la de ella y Nakura besándose a los pies de las escaleras del templo. No quería engañarlo, no a él, porque él no se lo merecía. Intentó con todas su fuerzas zafarse, derramando algunas lágrimas de angustia en el intento, hasta que finalmente consiguió persuadir al acosador, que dirigió sus labios al oído femenino, exactamente como había hecho esa tarde.
-Así que soy un estúpido, un egocéntrico, un egoísta y un manipulador –recordó junto a su oreja, con un claro tono de reproche -. Y estás harta de que te trate como si fueras un segundo plato, ¿no? –mordió el lóbulo de su oreja.
Notó como Kagome se estremecía.
-¿Y tú… cómo sabes eso? –preguntó entrecortadamente, y con ese simple gesto le hizo saber a Inuyasha que estaba asustada.
-¿Me temes? –La miró a los ojos- Dime la verdad Kagome –la agarró del mentón para que lo mirara, ya que ella había girado la cara para no mirarlo a los ojos -¿Me tienes miedo?
Kagome, insistente, cerró los ojos para no mirarlo.
-¿Le tienes miedo a alguien… que está muerto para ti? –soltó sin anestesia.
Y esas palabras hicieron que los ojos de Kagome se abriesen desmesuradamente, creando dos esferas perfectas, y, sin poder evitarlo, mirar los ojos reprochadores del medio demonio, que la miraban fija e intensamente.
Para Kagome fueron eternos los pocos minutos en los que estuvieron mirándose fijamente, sin decir ni una sola palabra. Con el único sonido de su respiración agitada y de su alterado corazón, que palpitaba con fuerza y brusquedad en su pecho, provocándole mal estar, producto de todo el nerviosismo que estaba sintiendo bajo el cuerpo de aquel chico. No tenía calor, ni mucho menos, pero de una fina capa de sudor sí que se impregnó toda su piel. Temblaba como una hoja expuesta al aire, y su único consuelo era sentir el cálido aliento del chico, que chocaba contra su cara. Si no fuera por el aliento, pensaría que aquel chico no estaba vivo, porque no se movía, ni siquiera su pecho subía y bajaba de la respiración, ni sus irises dejaban de fijarse en los de Kagome, ni parpadeaba siquiera.
¿Qué estaba pasando? ¿A qué venía todo esto en ese momento? Se preguntaba Kagome. Buscaba respuestas, pero sus pensamientos en busca de esas respuestas se vieron interrumpidos por un nuevo apretón de labios por parte de Inuyasha.
Kagome utilizó todas sus fuerzas para quitárselo de encima, pero era demasiado débil para apartarlo. Inuyasha, en cambio, no parecía molesto ni preocupado por los intentos de ella. Él, simplemente, se dedicaba a besarla hasta dejarla sin aliento. Y los más graciosos de todo, es que mientras Kagome intentaba alejarlo de ella, correspondía a sus besos.
Era toda una contradicción.
Cansado de sólo besarla, comenzó a acariciarla. Comenzó por un lugar fácil, sus pechos, no muy grandes, pero suaves y bien puestos. Eran perfectos, pensaba él.
Kagome se paralizó. Dejó de moverse de golpe. Esa caricia la había pillado desprevenida.
-¿Q-qué… ha-haces…? –preguntó con la voz temblorosa.
A Inuyasha, por lo que se ve, le encantaba verla tan nerviosa, y más si era por su culpa.
Exigió silencio sellando autoritariamente los labios femeninos con un ferviente y apasionado beso, mientras las caricias no cesaban. Al contrario. Manoseó un rato más el seno derecho de Kagome, notando, por el olor y por el tacto, como ella estaba empezando a excitarse. Tímidamente, el pezón adquirió rigidez, haciéndose notar sobre el camisón. Inuyasha jugueteó con él, acariciándolo, contorneándolo y pellizcándolo suavemente. Eso sí, intentando que sus garras no lastimen la fina piel ni la delicada prenda que llevaba Kagome.
Abandonó los labios femeninos, y con los suyo empezó a besar su cuello. El sabor de la piel de la chica, se le antojó a Inuyasha condenadamente delicioso. Depositó millones de besos por toda esa porción de piel, lamiéndola de vez en cuando, mordisqueándola y haciéndole pequeños chupetones. Kagome, por su parte, lo único que podía hacer era suspirar, sintiéndose desfallecer.
De nuevo, algo mayor que sus fuerzas se apoderó de Inuyasha. El instinto. Perdido en la suave y rica piel del cuello de Kagome, instintivamente, su boca se abrió, dejando ver sus colmillos, que ahora eran un poco más grandes de lo normal. Con ellos creó un camino hasta llegar al hueco entre el cuello y el hombro femenino. La idea de clavarlos ahí, dejar salir su ponzoña y marcarla como su hembra para que ningún hombre, en especial uno muy parecido a su peor enemigo, se acercara a su Kagome era demasiado tentadora.
No, se dijo a sí mismo. Ese no era el momento. Marcarla ahora no sería buena idea, para eso ya habría tiempo. Ahora lo que debía hacer era disfrutar de ella, aprovechar que su miedo la había calmado y la había vuelto mansa bajo su merced. Aunque… pensándolo bien, no era justo que fuese de esta manera. Le encanta tenerla así de tranquila para él, pero él, a la que realmente adora, es a la Kagome fuerte y luchadora, indomable y rebelde que a veces sale para enseñar sus garras.
Aunque… Verla así de excitada, suspirando de placer, y todo por su causa lo estaba poniendo muy, pero que muy caliente…
Pero todo ese análisis y todos esos pensamientos, quedaron anulados en el momento en que un olor más cítrico e intenso del normal llegó a su nariz. Kagome estaba a punto de caramelo…
Eso lo hizo excitarse más a él también, y ahora comenzó de verdad. Sentó a la chica en medio de la cama, sin dejar de besarla en los labios. Le quitó la bata, que ya sólo se agarraba de la mitad de los brazos de Kagome, y la lanzó lejos. Ahora sí que dejó de besarla para mirarla fijamente a los ojos, esos ojos chocolates que estaban brillando demasiado en la penumbra de aquella habitación. Estos lo miraron con aprobación. Inuyasha le devolvió la mirada, y con una media sonrisa dibujada en sus labios, se acercó a los de la chica para atraparlos de nuevo y besarlos con ternura y delicadeza. Kagome se apoyó en sus rodillas y se lanzó a los brazos de Inuyasha. Rodeó su cuello, sin dejar de besarlo, y él la atrapó de la cintura.
Las caricias no cesaron, por eso. Inuyasha acarició su cintura y su costado, y después masajeó durante largo rato la pequeña espalda de Kagome, hasta que notó como ella se relajaba y dejaba de tensarse. Finalmente descendió sus manos hasta el trasero respingón de la chica. Abrió disimuladamente un ojo para ver como un gran sonrojo se apoderaba de las mejillas de Kagome. Sobó con sumo cuidado ambas nalgas. Agarró el borde del camisón, que terminaba justo bajo su trasero, y delicadamente fue subiéndolo hacia arriba, observando primero los muslos de la chica, que en su parte interior, y bajo una prenda en forma de triángulo, escondían el monte de Venus de Kagome. Más arriba pudo recorrer su plano, liso y suave vientres, perfectamente moldeado. Y finalmente pudo ver sus ya conocidos y vistos –de lejos- pechos, de tamaño estándar, redondos, blanco, bien puestos, suaves… En fin, que comenzaba caérsele la baba sólo de verla desnuda.
¿Qué sería tocar toda esa piel? O no, mejor ¿cómo se sentiría besarla y lamerla hasta la saciedad? Esos son el tipo de pensamientos que ahora mismo ocupaban la mente del hanyou. Y sus deseos no tardaron en cumplirse. Con sus manos, y con cuidado de de herirla con sus garras, acarició su cuello, que, como había comprobado con sus labios, era suave y delicado. La agarró de la nuca y juntó de nuevo sus labios, fundiéndolos en ansiado beso. Sus manos recorrieron con tranquilidad los hombros femeninos, y al igual que con su espalda, su contacto hizo que dejaran de estar tensos. Bajó de nuevo a su pecho, esta vez al izquierdo, e hizo lo mismo que antes, lo acarició, lo sobó con toda la delicadeza y dulzura del mundo, y después contorneó su pezón, ya erecto.
Todo eso lo tenía muy, pero que muy excitado. Bajo su pantalón ya comenzaba a despertar la cabezona uniojo con ganas de guerra.
Pero, sin duda, lo que más lo estaba poniendo caliente, no eran sus actos, sino las reacciones de ella. El olor de la excitación de ella, la suavidad de su piel, el sabor de la misma y de sus labios, su dulce y femenino aroma y sus suspiros y leves gemidos. Eso, eso era lo que a él le estaba afectando. Él no estaba disfrutando de lo que hacía, sino de cómo eso afectaba a la chica. También le gustaba acariciarla cuando se le ponía la piel de gallina, porque descubría que eso que acaba de hacer, a ella le gustaba.
Ahora Kagome decidió tomar un poco de iniciativa. Inuyasha había abandona sus labios para besar su cuello, y ahora se disponía a atrapar uno de sus senos, así que antes de que lo hiciera le agarró del aori para ponerlo a su altura. Lo beso de nuevo en los labios, y sus manos le quietaron la ropa, lanzándola lejos de la cama. Sus pequeñas manos recorrieron el torso masculino, sin dejarse ni un tramo de piel sin acariciar, hasta que posicionó sus manos en la cintura de Inuyasha, las fronteras que comunicaban con su espalda. Sabía que ese era un punto débil del chico, así que despacio, con las uñas, recorrió ambos costado, provocándole un escalofrío. En medio del beso, río, divertida, y sus manos finalmente dejaron de producirle cosquillas para pasar a acariciar la espalda masculina, tan fuerte, tan suave y grande.
Eso había sorprendido de sobremanera a Inuyasha, aún así la dejó hacer, sabía que ella estaba disfrutando, pero de lo qué él le hacía, y no de lo que ella misma quería hacerle a él.
Kagome siguió deleitándose de la espalda del chico, él, en cambio, volvió a acariciarle el cuello con las manos, atrapándola de la nuca para intensificar sus besos. La chica dejó la espalda, volvió sus manos a su pecho, rozando los pezones del chico, que suspiró. Siguió su camino hasta rodear el fuerte y ancho cuello de él, enredando sus dedos con las finas hebras de cabellos plateados.
Inuyasha estaba ansioso, estaba que no podía más. Se moría por saborear uno de los senos de Kagome, si no besaba uno de esos a la de ya, sentía que se volvería loco. Así que agarró los brazos la chica para que dejase de rodearle el cuello y así poder descender. Kagome aceptó a regañadientes. Pero sus dedos, traviesos, no quisieron dejar en paz al chico para poder llevar a cabo su esperada labor, así que mientras él besaba insistentemente uno de sus pechos y el otro lo acariciaba con una de sus manos, ella se dedicó a acariciar sus orejita. Inuyasha emitió un sonido extraño ¿Un gemido? No ¿Un gruñido? No. Eso había sido… Sí, un ronroneo. En cuanto Kagome se dio cuenta no pudo evitar reír y seguir acariciándolo, oyéndolo ronronear. Le encantaba ese sonido.
El hanyou se percató de lo bien que se lo estaba pasando ella martirizándolo, así que agarró sus manos y las alejó de sus oreja, viendo como Kagome inflaba los mofletes en un claro puchero de desacuerdo. La amarró de la cintura, atrayéndola lo máximo posible a él, haciéndole notar de paso su creciente erección sobre la parte más baja de la tripa. La estiró sobre la cama. Besó de nuevo sus labios, de un rápido movimiento, amarró las manos de la chica, para que no pudiesen volver a tocar sus orejas, y sus labios volvieron a posarse sobre su pecho, pero esta vez, en el seno que no había besado con anterioridad.
A Kagome se le puso la piel de gallina, y no pudo evitar dejar escapar un gemido de puro placer. Inuyasha lo escuchó, aunque lo escuchó sobre los alocados latidos de ambos corazones y de la respiración agitada de ella.
Pero, para Kagome, toda sensación de placer se esfumó en cuanto sintió una sensación extraña dentro de ella, una sensación conocida. Una sensación que, en cierto modo, odiaba.
-Inuyasha, para –ordenó sin vacilar. Pero pareció que él no la había escuchado-. Inuyasha, por favor ¡estate quieto! –chilló en voz baja, pero esta vez tampoco sirvió.
Como pudo, liberó sus manos de las del medio demonio. Le agarró la cara y lo subió a la altura de la suya, y de un rápido y ágil movimiento, dieron un giro de ciento ochenta grados, y Kagome quedó sobre él.
-Inuyasha, ¡quieto! –exigió.
-¿Q-qué pasa? –preguntó desorientado, mirándola confundido.
-He… he notado algo –contestó simplemente, sin dar más detalles.
Sin más explicaciones, se apartó de encima de él y se levantó de la cama, buscó por el suelo su camisón y se lo puso y sin recordar que tenía a un Inuyasha medio desnudo en la cama de su madre, recorrió el pasillo, bajó las escaleras, abrió la puerta principal y salió de la vivienda.
En la habitación se había quedado un desconcertado Inuyasha, mirando al techo con cara de póquer. Suspiró con abatimiento, intentando guardar para sí esos sentimientos de rabia y frustración que ahora mismo le recorrían el cuerpo. Eso, y para intentar bajar la erección de su entre pierna.
***
A paso decidido y sin vacilar, Kagome caminó por los patios del templo, dejándose acariciar por la fresca y suave brisa de la madrugada, que ahora mismo estaba ayudándola a serenarse y a quitarse esa quemazón que sentía en su entre pierna por culpa de la excitación. A zancadas, prácticamente, llegó a la entrada del pozo. Antes de entrar notó como Inuyasha ya estaba tras ella, a la retaguardia.
Respiró hondo, y de un estirón abrió ambas puertas. Lo que vieron los dejó sorprendidos. Del interior del pozo salía una brillante y, para ellos, conocida luz violácea, y que en cuanto ellos se quisieron dar cuenta, ésta ya se había desvanecido en la oscuridad. Kagome no lo pensó dos veces y saltó al interior del pozo. Pero lo único que encontró en su fondo, fue arena.
-Mierda… -murmuró con frustración.
Rebuscó un poco entre la arena, palpándola, y para su sorpresa, encontró algo fuera de lo normal. Cuando palpó esa cosa extraña, se dio cuenta de lo que se trataba. Era un pergamino.
-¿Pero qué…? –se preguntó extrañada.
-¿Qué pasa Kagome? –preguntó el hanyou una vez se encontraba allí abajo con ella.
-Un pergamino –se lo enseñó-. ¿Qué pinta aquí un pergamino?
-¿Lo leemos?
-Sí, pero aquí no tenemos luz, volvamos al cuarto de mi madre.
Dicho y hecho. Inuyasha la agarró de la cintura, atrayéndola a él, y de un salto salieron del pozo. Después de la caseta, y con tres o cuatro salto más, ha estaban ante la ventana de la habitación que ahora ocupaba su madre. Entraron dentro, y delicadamente, Inuyasha la dejó en el suelo. Kagome se sentó en el borde de la cama –Inuyasha la imitó-, prendió el interruptor de la mesita, y la luz se hizo sobre ellos.
Ambos se quejaron, ya que después de tanta oscuridad, ahora la luz torturaba quemando sus retinas. Parpadearon unas cuantas veces hasta acostumbrarse y observaron el pergamino. Estaba enrollado, y sellado con cera roja. Con sumo cuidado, Kagome arrancó la cera y desenrolló el papel, mostrándoles una carta.
Kagome lo primero que hizo fue fijarse a nombre de quién estaba firmada al carta, y sus ojos se ensancharon al ver dos nombres muy conocidos para ella.
-La envían… Kaede y Kikyo… -murmuró suavemente Kagome, sin poder creérselo todavía.
Sus ojos pasaron de los nombres allí firmados a la cara de Inuyasha. Él la miraba a ella con la misma cara de interrogación.
*****
DP: ¡Holaaaaaaa! Estaréis pensando que soy una verdadera hija de puta, ¿verdad? Lo sé *_____* Sé que os ha jodido que os haya dejado a la mitad, muahahahaha! Peo tranquilas, el lemón completo vendrá más adelante, jijiji.
Inu: Priincess, ¡eres asquerosa! –me reprocha-
DP: Anda, anda, no te quejes tanto, que no te lo pasaste bien ni nada cuando hubo que rodar esa escena… -lo miro de soslayo- Y no me interrumpas, que estoy hablando con mis lectoras y ¡tengo cosas importantes que decirles! ¡CÁLLATE! –y, hala, ya lo tenemos comiendo tierra- Me gustaría decir algunas cosas: la primera, disculparme por la tardanza. En mi perfil debería poner que uno de mis defectos es la impuntualidad u.u', lo siguiente es comunicaros que me quedan menos de quince días de libertad, ¡QUINCE DÍAS! Los que suelo tardar en actualizar (cuando no me demoro, claro), apuntadlo en vuestras agendas como día de peligro: 14 de Septiembre, ¡DARK PRIINCESS COMIENZA EL INSTITUTO DE NUEVO! Voy a echar muchísimo de menos mis tres queridos meses de vacaciones de verano T_____T Voy a tener que volver a aquella cárcel, a ver a toda esa gentuza, a coger los libros, libretas, bolis, tomar apuntes, hacer dosieres… Qué asco de vida, o mejor dicho, ¡qué asco de adolescencia! Si no fuera por vosotras, que me subís la autoestima con vuestros queridos reviews… Y quiero daros también información extra, jiji: no queda mucho para el final. No creo que este fic llegue a los veinte capítulos, pero sí pasará de los quince, así que ya no queda mucha diversión. Eso sí, para las que os hayáis quedado con ganas de sex yo os aseguro que habrá escenita, muahaha! A sí, ahora lo de siempre ^-^ :
setsuna17
yukino14
Natsuki Hikari
KagomeStarPrincessMiko
kagome-chan1985
Sakura-chan05
kaoru-inuma
aiko amitie
hadaLila1992
Kyome-chan
kagome.54-2
DP: Por último, quiero seguir haciendo publicidad de mi nuevo fic "Polos opuestos ¿siempre se atraen?", porque si este os ha gustado, ese os va a gustar más, jejeje. Muchísimas gracias por leer y aguantarme, ¡y comentarme!
Se despide vuestra fiel servidora:
dark priincess
