Y ahora…
Bienvenidos a: Capítulo 12- Odios
TELA DE ARAÑA
Al final el mundo se redujo a una caverna de piedra ensangrentada, a un hombre (si podía ser llamado así) que se moría, y a conjuros musitados hasta ser ininteligibles.
Cada segundo colgado del borde del siguiente latido, de la próxima inspiración.
Draco ofreció cada hechizo curativo que alcanzaba a recordar, y algunos que sólo intuía podrían ayudar. Hasta quedarse sin más magia que dar.
Agotado, la varita resbaló de sus dedos entumecidos. Su respiración se había tornado lenta, atrapada entre sus labios y sus pulmones, como agua estanca. Sus latidos, pesados, tenían la cadencia de pasos cansados.
Se dejó caer sentado contra la roca, apoyando la espalda en algo húmedo que no quiso mirar, con las piernas extendidas en el suelo ante él.
A su lado, el otro seguía inconsciente, pero al menos ya no temblaba de había hecho todo cuanto podía, ahora, si vivía o moría no estaba en sus manos, sin embargo, si había algo más que todavía podría hacer por él.
Con sus últimas energías, levantó el rostro inerte, y apoyó el cráneo redondeado, empapado en sangre y mugre, en su regazo. Sus dedos temblorosos se enredaron en los mechones pegajosos, blanco mármol entre pelo de un negro teñido de marrón rojizo, sin fuerzas.
Bajo sus yemas y las garras, que ni sabía habían florecido en lugar de sus uñas, podía sentir el calor del otro. Su piel caliente en el regazo, la vida que aún corría en la carcasa maltratada.
Había un sonido al borde de su percepción, algo más que sus respiraciones y el tintineo de las gotas rojas resbalando hasta el suelo; un murmullo casi callado, ronco, y ajado.
Draco se dio cuenta de que la voz era suya, y de que estaba entonando palabras que no recordaba.
-No te mueras, no me dejes ahora, no me dejes, Raksa, ¡No te atrevas a dejarme, tu miserable bastardo!- el murmullo se convirtió en un grito inarticulado, atragantado, que hizo que le doliera la garganta, y se le llenaran los ojos de lágrimas.
Estaba temblando.
-Si me abandonas no te lo perdonaré jamás.- Musitó. La voz seca y agrietada. – No te atrevas a dejarme solo. – La mano se movió un poco, temblando convulsa, para acariciar la cabeza.
Sus palmas blancas bañadas de quitina cristalina, entre el pelo oscuro.
Dentro, algo angustiosamente intenso, se había abierto paso por las junturas de sus huesos, descosiendo la persona que era Draco. Trayendo algo íntimo y extraño a la superficie; Una llama palpitante que no dolía, un quejido bajito como el de una cigarra. Una necesidad extraña, una reacción orgánica parecida a respirar, a la magia que siempre había habido en sus venas, como el palpitar de su corazón.
Draco ya no era Draco, era otra cosa.
Y cuando esta nueva cosa, aún informe, miró a Raksa, a su rostro convertido en una máscara de polvo, sudor, y sangre coagulada… una sensación terrible, hambrienta, hecha de garras y dientes, se desplegó por cada fibra de su cuerpo.
Esto que no era Draco, se inclinó sobre Raksa, aspirando el aroma de su piel; vitae, sudor, y la íntima, íntima especia, que lo marcaba como uno de ellos.
Por la ranura de sus párpados entreabiertos, su rostro, tan cerca, era una mancha enorme y rojiza, como una flor de acuarela.
- Quédate conmigo.- el susurro fue un suspiro casi inaudible, sobre la piel maltrecha. Su aliento fue respirado por el otro, colándose por los agujeros de su nariz para expandirse por su organismo.
Lo que ya no era Draco, sintió una profunda satisfacción al ser consciente de esto; porque… Raksa era suyo, Suyo, SUYO.
La idea se desplegó por su cràneo, insidiosa, hincando diminutas y afiladas uñas en su cerebelo.
Suavemente, el nuevo ser hundió la nariz en la sien sudorosa, aspirando su olor. Sintiendo el roce del cabello sucio y duro. Sus labios trazaron la curva de la mejilla masculina, la barbilla,… la otra boca... Labios contra labios, suaves y calientes.
Parpadeó, respirando deliciosamente en el aliento del otro.
El rostro de Raksa era una máscara irreconocible, bajo la costra de suciedad. Y la criatura deseó limpiarlo, para poder mirar debajo, conocer su forma humana, como ya conocía a la araña y el híbrido.
Saber quién era.
La idea floreció delicadamente, como una planta carnívora se abre en su apetito.
Imposible de ignorar, se mezcló con el oxígeno en sus pulmones y se hizo respirar por todo su organismo.
Aquí no tenía agua, ni trapos limpios, y aunque hubiera podido conjurarlos, la posibilidad no pasó en ningún momento por su mente.
Tenía maneras mucho más placenteras para hacerlo.
Delicadamente lamió una tira de piel, saboreando la mezcla de sangre humana, sudor masculino y ceniza ardiente.
Su lengua fue trazando el rostro del otro. Lamidas alternadas con besos, con susurros. Hasta que la cara estuvo completamente limpia. La piel ya no tan pálida, visible a su mirada escrutadora.
Se quedó quieto, mejilla contra mejilla, el aroma del otro en los labios, en la nariz… tan cerca de poder conocer al humano dentro de Raksa… saboreando el momento antes de la revelación, como el placer antes de un beso. Casi más delicioso que el propio encuentro de lenguas y labios. Levantó un dedo, aun levemente tembloroso, para trazar la mandíbula, la nariz patricia, los labios…
"Me eres tan familiar…"
Las pestañas oscuras se estremecieron. Se incorporó apenas, la respiración contenida. Los párpados temblaron… y los ojos se abrieron.
Verdes e intensos, por un momento las pupilas fueron del verde suave y dulce de la hierba en verano, solo un poco desorientados, pero un segundo más tarde, toda sombra de sueño se evaporó, y con él cualquier rastro de suavidad.
Las pupilas se convirtieron en piedras facetadas de verde óxido, la mirada de un depredador observándole desde un cuerpo humano…
El cabello enredado levemente apartado de la frente… la cicatriz de trueno entre los mechones desordenados, de repente imposible de ignorar.
Draco sintió que se le paraba el aliento. Que su mundo se inclinaba de nuevo, que se le paraba el corazón.
-¿…Potter?- El susurro, incrédulo, delicado, se quebró entre sus dientes. Casi sin sonido. Pero tan cerca, Harry no podía dejar de captarlo.
-Malfoy.- Musitó. Y actualmente hizo el esfuerzo de levantarse, alejándose de él.
La repentina distancia fue una cuchillada más profunda todavía, y la cosa, no-Draco, se encogió de dolor y regresó a las profundidades del humano, dejando solo a Draco con el dolor, la ira y la rabia.
( Harry)
Al abrir los ojos, y ver a Malfoy inclinado sobre él, se dió cuenta de que lo que estaba observando era su forma híbrida; ojos inmensos y grises sin pupila ni rastro del globo ocular, y colmillos de araña entre sus labios de un blanco puro, tocados de quitina cristalina. No había sabido cómo reaccionar. Sus latidos se aceleraron...
Pero un segundo más tarde, su nombre había salido entre aquellos labios, y supo que tenía que poner una distancia segura entre los dos.
No quería estar sentado para lo que sabía que venía.
(Draco)
El dolor era terrible.
-…Tu… - No había palabras para darle forma, ni manera de apaciguarlo. Sus cuerdas vocales parecían haberse enredado con alambre de espino, y cada sonido era un esfuerzo agónico.
La ira, negra y espantosa, le quemaba las entrañas.
Su cuerpo, desesperadamente débil, casi le falló al ponerse en pie, pero el dolor le dio las fuerzas para conseguirlo.
Estaba temblando de forma incontrolable.
-...¿Cómo has podido?... - las palabras surgieron estranguladas, hechas añicos. Y cuando solo recibió una mirada ausente como respuesta, ya no puedo mantener la cordura.- ¡HIJO DE PUTA!
Se lanzó contra Potter, pero él ya lo esperaba, y las garras que de otro modo se habrían incrustado en su garganta, fueron detenidas cuando su mano se cerró bruscamente sobre la pálida muñeca.
El gesto no le detuvo, y Draco atacó con la otra garra, rápido como una serpiente. Esta vez Harry recibió un profundo arañazo en el costado, antes de poder retenerlo completamente. El trallazo de dolor, solo sirvió para levantar su propia ira.
-¡YA BASTA!- Rugió.
-¡QUE TE JODÁN!-
Enredados en un nudo de miembros tensos, cara a cara, Draco apenas podía respirar, pero había suficiente fuego en su mirada para calcinar a Harry, que fue incapaz de sostenersela.
Culpa y odio visceral se enredaron en sus entrañas, desquiciando al dominante. "Malfoy no sabía nada. No tenía derecho a hablar de aquello que no entendía. Ni a exigirle explicaciones."
Sin darse cuenta realmente, había apretado las pàlidas muñecas hasta rozar los huesos dolorosamente unos con otros.
Repentinamente, Draco se deshizo en una carcajada quebrada, como metal contra piedra. Fría y desagradable, que se transformó en un rictus de odio visceral.
- Todo este tiempo… y eras tú. TÚ QUE ABANDONASTE CUANDO MÁS TE NECESITABAN. ¡TÚ QUE DEJASTE QUE CREYÉRAN QUE HABÍAS MUERTO! ¡TÚ! ¡SUELTAME!
Puede que estuviera débil, atrapado, pero la ira desquiciada, falta de cordura, es una poderosa fuente de energía. Y aún con las manos atrapadas, Draco seguía teniendo colmillos.
Con una rapidez que Harry no anticipaba, Malfoy cerró la mandíbula en el hueco entre su cuello y hombro. Si no se hubiera movido instintivamente, el mordisco hubiera atrapado su garganta.
El veneno de un submisivo es una hebra distinto del de un dominante, y en vez de hacerle lánguido y calmado, el bebedizo levantó sus más primarios instintos. Y en esta situación, fue ira.
Harry bramó, finalmente furioso; ira por las palabras de ese mortífago que nada sabía, ira por el mordisco, por el garrazo. Ira ardiente calcinando su torrente sanguíneo.
Agarró a Draco por el cabello, apartándolo de su cuello por la fuerza, aplastàndolo contra la piedra, apretando su cara contra la pared sanguinolenta, y atrapando sus brazos a la espalda con una sola mano, en una maniobra salvaje, demasiado brusca para que Draco, débil y miserablemente cansado, pudiera evitarla.
-No hables de lo que no comprendes, Malfoy.- Susurró en su oído, mientras su piel se iba tornando rápidamente negra, quitina oscura floreciendo como insectos sobre la epidermis. –No sabes nada de mí.
-¿No sé nada?- Draco siseó en la piedra, resistiéndose a pesar de poder oler la furia del otro. -¿Nada puede justificar lo que hiciste, lo que me has hecho.- Palabras que goteaban veneno.
La culpabilidad se hizo más intensa en Harry, mezcláda con la ira, el dolor vagamente aún medio olvidado de las últimas horas, la furia.
Un coctel de ácido sulfuroso.
Horrible, doloroso, insoportable.
Tenía que hacerle callar.
Los colmillos negros se clavaron en la piel blanca.
Continuará
