CAPÍTULO 10
Rosalie esperó ante las dos puertas.
La puerta sencilla estaba frente a ella, ya no estaba prohibida. Incluso estaba un poco entreabierta. Por un momento se sintió tentada. Sólo placer la esperaba al otro lado.
De mala gana apartó la mirada y se centró en el marco ornamentado. Con sus joyas y promesas de riqueza, esa sería la puerta con más frecuencia elegida. Pero sabía lo que la esperaba una vez que cruzara el umbral. Muerte y destrucción.
Se obligó a llegar al pomo, girarlo y entrar.
Este sueño no tenía la neblina habitual, cada imagen de muerte, el sonido y el olor eran claros y crudos. El rápido vestigio de una cuchilla le llamó la atención. La hizo temblar. La recordaba. La horrible criatura con forma de araña que solo la brujería de sangre podía crear. Rosalie se tragó las náuseas, obligándose a memorizar todos los detalles que antes había querido rechazar. Miró hacia las escaleras y se vio allí, como estaba la noche del ataque. Engalanada con el hermoso vestido con el que había despertado en Ursa. Estaba perfecto, ya no rasgado ni roto. La Rosalie de la escalera trataba de ser valiente y no mostrar miedo, pero cada nuevo terror, todo el horror que veía frente a ella, había dejado su cicatriz.
Entonces lo vio. Una visión tan aterradora, tan grotesca, que casi se obligó a salir corriendo del sueño. El Hechicero de Sangre. El hombre responsable de todo. Estaba hablando con sus padres, burlándose de ellos. Estaban a punto de morir, con su sangre alimentando su fuerza. Los vio tocarse las manos, y supo antes de sentir el barrido de energía que ellos la habían mandado lejos. Con su magia combinada, habían plantado las órdenes que le sonaban en la mente más como una maldición: Venganza y Sobrevivir. La fuerza de voluntad de su padre y el poder de la magia de su madre alcanzaron a Rosalie y desapareció.
Y Rosalie ahora estaba en los sueños de Emmett.
La estaba esperando, sus rasgos ya no estaban ocultos con la neblina del sueño. Sus labios eran firmes, con su largo cabello castaño y sus familiares ojos oscuros. Corrió hacia él, y la cogió en sus brazos fuertes, girándola en el aire, y luego permitiéndola deslizarse por la firmeza de su cuerpo. Tenía que tocarlo ahora. Quería ahuyentar el sueño detrás de la otra puerta de la mente... sólo por unos momentos.
Antes, Emmett había sido el agresor. Pero no era la misma Rosalie que se había deslizado en sus sueños en el pasado. Deslizó los dedos en el pelo de la parte trasera del cuello de él y atrajo sus labios hacia los suyos. Rosalie los abrió y hundió la lengua en su boca.
Emmett gimió, sosteniéndola con fuerza contra él, encontrando su beso con una fuerza creciente de necesidad igual a la suya.
—Ha pasado tanto tiempo desde que hemos estado así —dijo contra su boca.
—Demasiado tiempo —se hizo eco él.
—Fue tu elección.
—Soy un idiota —dijo, y bajó los labios a los de ella una vez más. El beso que compartieron fue duro, apasionado y lleno de todo lo que se habían negado a sí mismos fuera de este mundo de ensueño.
Rosalie le sacó la camisa del pantalón y deslizó las manos por su piel desnuda. Él contuvo el aliento cuando los dedos se arrastraron por encima de su estómago. Las manos comenzaron a inquietarse, acariciándolo y buscando cada parte de él. Cuando la palma llegó a su pene, él se quedó completamente inmóvil.
—¿Te gusta? —le preguntó.
Él sólo pudo asentir.
—Quiero que te sientas increíble. De la forma en que me hiciste sentir en el lago —le dijo mientras alcanzaba el cordón de su pantalón.
Emmett le cogió las manos.
—No, quiero darte placer. Déjame —insistió ella— Necesito esto. Tengo que dar en este momento.
Le aflojó el pantalón y se lo bajó con fuerza por sus piernas, el vello haciéndole cosquillas en las palmas de las manos. Su erección saltó hacia adelante y ella la agarró. Él se estremeció cuando le envolvió el pene con los dedos. Rodeó la cabeza de él con el pulgar.
—¿Se siente bien? —preguntó ella, amando lo que ya conocía.
—Sí —su voz era un gemido apretado, y Rosalie sintió el mismo tipo de poder apasionante que sólo un aumento de magia le podía dar.
—Pero se sentirá mejor con mi boca.
Los ojos de él se abrieron. El dolor y el ansia de lo que podía hacer por su cuerpo se había impreso en cada una de sus facciones.
Con un suave empujón, ella le envió la espalda contra el tronco de un árbol de su nítido sueño, después cayó de rodillas delante de él.
—Dime si lo estoy haciendo mal.
—No podrías.
Ella sonrió sobre la piel suave del pene. Le besó la punta. Le temblaron las piernas por un momento, y luego él juntó las rodillas.
La mano de Rosalie cambió cuando él se movió, y se volvió más duro entre los dedos. Ella deslizó la mano arriba y abajo de su pene, y luego encontró un ritmo constante, colocó la boca sobre la punta de él de nuevo.
Lo rodeó con la lengua de la forma en que él se lo hacía a ella. Su respiración áspera le dijo que no, que no estaba haciéndolo mal.
Rosalie nunca había visto a un hombre tan poderoso y fuerte como su guerrero, sin embargo él parecía cera derretida ante ella. Era estimulante. Trabajó con la boca más rápido, y Emmett le enroscó sus dedos en el pelo, empujándose a sí mismo más allá de la boca.
—Rosalie... —Su voz era como un grito ahogado, y ella aceleró el ritmo— Rosalie, tienes que...
Ella se despertó de repente en su nueva cama.
Emmett estaba sentado en el borde del colchón, con los pies en el suelo. Se acunaba la cabeza entre las manos, con la respiración áspera y desigual.
Ella le rozó el hombro.
—¿Emmett?
Él se encogió por el toque. Lanzándose de la cama como si ella le hubiese disparado energía cargada de ira.
—¿Hice algo mal?
Él negó, pero aún no miraba en su dirección. Apoyando las manos a lo largo de las molduras de madera de la puerta, Emmett se mantuvo de espaldas a ella.
—No podemos hacer esto de nuevo. —Después abrió la puerta y la dejó sola.
Rosalie estiró las mantas apretándolas debajo del cuello y se hizo un ovillo. Al sueño le llevó mucho tiempo vencerla, pero cuando lo hizo los sueños se limitaron a pesadillas.
Más tarde esa mañana se encontró con Seth y Collins construyendo una nueva cama.
—¿Vamos a practicar? —preguntó.
—Mañana —gruñó Emmett, sin molestarse en levantar la vista.
Seth le dirigió una mirada que decía algo así como "sálvame" y ella asintió. El armazón en el que trabajaban parecía robusto y sólido. A diferencia de la silla de la cocina de... ¿Hace apenas unos días? Se sentía como si hubiese pasado toda una vida.
—Hacéis un buen trabajo —les dijo a los dos.
—Después de aproximadamente treinta intentos —murmuró Seth.
—Cállate —disparó Emmett a su hermano menor.
—También prefiero practicar. No estamos destinados a ser ebanistas.
—Lo eres ahora.
—Si quieres hacer un descanso, no me importaría practicar con mi arma —le sugirió, tratando de calmar la situación, a pesar de que esperaba que la práctica fuese un poco de trabajo de equilibrio. Que no era ninguno en absoluto.
—Rosalie, vete de aquí —le dijo Emmett con los dientes apretados.
Nunca la había hablado tan bruscamente antes. Irritable, podía tolerarlo, pero no así.
—Seth, si nos disculpas. Me gustaría hablar con tu hermano en privado.
Seth dejó caer el martillo al suelo como si estuviera en llamas.
—Ven aquí —Emmett llamó a su hermano, pero Sethfingió no escucharlo. Buen chico.
—Un día vas a alejarlos para siempre. Seth y Collins se preocupan por ti. Quieren tu aprobación. Él porqué quieren eso de ti ¿quién sabe? Sobre todo porque siempre eres un gruñón con ellos, pero lo hacen.
El estado de ánimo de Emmett se agrió más, y profundizó su ceño.
—¿Te haría daño ofrecerles una sonrisa? ¿Decirles algo más que órdenes? —Ella rodeó a ese hombre furioso suyo—. ¿Por qué estás tan enfadado?
Emmettla acechó, le agarró la mano y la empujó hacia abajo entre sus piernas.
—Esta es la razón. Debido a que todo en lo que puedo pensar es en empujar mi polla en tu boca. A conducirme en tu cuerpo. Yo encima. Tú encima. A cuatro patas como los animales en el bosque. —Dejó caer la mano— No te quedes a solas conmigo. Otra vez.
La advertencia había regresado.
—Disponte a trabajar después del almuerzo —escupió mientras sus largas zancadas lo llevaban a la privacidad de los bosques.
Rosalie empezó a temblar. Todas esas cosas, cada palabra que sabía que Emmett quería hacer sonar como una amenaza... ella también las deseaba.
Emmett no había exagerado cuando le había dicho que estuviera preparada para el trabajo. El sudor le corría por las sienes y le cubría la espalda. Él había entrenado con ella, esquivando y atacando con el arma. Esperando que ella lo bloqueara.
—Acabas de morir ahora mismo —le dijo cuando su bastón le tocó el hombro— Una vez más.
Ella levantó el cayado, manteniéndolo en la posición que le había enseñado, pero él se impulsó a través de las defensas hasta el cuello.
—Estás muerta.
Rosalie lo empujó lejos y lo golpeó en las piernas con el bastón. Luego se detuvo y lo mantuvo en un punto justo por encima de su corazón.
—Un paso y tendrías que tomar tu último aliento.
—Es verdad, si hubieras despertado de entre los muertos. Pero fue un buen ataque sorpresa. Necesitas más.
Siguieron atacando una y otra vez con Rosalie perdiendo todas las batallas.
—¿Cómo esperas hacer justicia con habilidades como estas? —Su voz era casi una burla. Él estaba tratando de hacer que abandonase.
—Mis rivales no serán todos guerreros Ursan con una espina en el costado.
—Oh, es mucho más grande que una espina —le dijo crudamente.
Ella lo empujó lejos.
—Cálmate, Emmett. Tu temperamento es tu problema. Deja de hacer esto mi culpa.
Emmett dejó caer su palo.
—La práctica ha terminado.
—Bien —le gritó ella. Deseando tener algo cortante qué decir a disposición.
Rosalie se secó una lágrima de la mejilla. ¿Quién le diría que podía llorar de pura irritación? Se dirigió de nuevo a la cabaña, agarró el jabón que él le había dado, odiando el olor mientras se bañaba. Rosalie rápidamente se vistió, necesitando estar lejos de la casa y de sus habitantes tan rápido como pudiese.
Collins le había mostrado un camino que llevaba a los arbustos donde recogían las bayas maduras. Eso sonaba tan bien como cualquier otro lugar. Además de los arbustos, descubrió varios parches de flores silvestres, y se agachó para tomar el pétalo de una, frotándolo entre los dedos y soltando su dulce aroma.
Cuánto tiempo había estado allí, entre las flores no lo sabía, pero se puso rígida cuando oyó los pasos que ahora reconocía como los de Emmett. Él rodeó un árbol, con el pelo todavía mojado. Probablemente de una inmersión en el lago. Las mejillas se le calentaron con el recuerdo de lo que habían compartido allí, y miró hacia otro lado.
Se agachó junto a ella, estirando las piernas delante de él.
—Nunca he estado en una situación como ésta —le dijo después de unos momentos de silencio.
Ella esperaba que éste fuera el intento de Emmett de una disculpa, y la cólera se disipó. Rosalie había recibido instrucciones de cómo comportarse en cada situación social imaginable. Pero su madre se había perdido definitivamente ésta.
Emmett le deslizó algo grande, y ella miró en su dirección. Era uno de esos misteriosos paquetes que había llevado a casa con él después de su viaje a la aldea.
—Yo, eh, tengo esto para ti.
Ella amaba los regalos, y tan sorprendente y perfecto como el primer regalo de Emmett era para ella, Rosalie no podía esperar para ver qué había dentro de éste. Tiró del final de la cuerda y alisó el material de protección para revelar la tela verde.
—Es un manto —le dijo él—. El color me recordó tus ojos.
A ella se le hizo un nudo en la garganta. Los cortesanos le habían dicho cosas encantadoras durante años, pero el cumplido de Emmett era el más perfecto. Porque sabía que se originaba en su corazón. Las lágrimas le llenaron los ojos, y parpadeó de nuevo. ¿Cómo podía un hombre enviarle las emociones y la razón de las lágrimas a conducirse alocadamente de un extremo al otro? ¿Y tan rápidamente?
Rosalie extendió el manto a su alrededor. Los modelos que usaba en su casa en Elden eran mucho más elaborados, con pequeñas flores bordadas, cristales y joyas cosidas a los diseños. Pero éste era mucho más hermoso para ella que cualquier otra cosa que hubiese usado en el pasado.
—Me encanta —le dijo.
—Hay un vestido a juego.
Rosalie lo alcanzó, los dedos encontraron algo redondo y duro en su lugar. Lo sacó del paquete para ver un brazalete de oro en forma de serpiente. Un adorno de joyería inusual. Nunca había visto una cosa así. ¿Sería típico de Ursa?
—Me recuerda tu primera pelea. Cómo derrotaste a los exploradores parecidos a serpientes, y me salvaste la vida.
Ahora tenía sentido. Rosalie se deslizó el brazalete por encima del codo.
—Nunca me lo quitaré —le prometió. Igual que el reloj.
La posesión rápidamente fluyó en los ojos marrones de él.
—Gracias —le dijo mientras se levantaba. Rosalie se acercó el vestido al pecho, girando alrededor con la tela—Voy a usar este vestido el día que regrese a casa, Emmett. El día que nuestra casa esté restaurada, y mi hermano Edward sea coronado rey de Elden. Eso es lo que tu regalo significa para mí.
—¿Elden? —le preguntó, con el color abandonando su rostro. Todos rastro de posesión desaparecieron de sus ojos. Su mirada se estrechó, y tensó los hombros—. ¿Has dicho Elden?
Rosalie asintió lentamente.
—Esa es mi casa. Mi padre es... —Tragó—… era el rey.
Emmett se puso en pie. Alejándose de ella. Algo helado le cruzó por la espalda, y ella abrazó el vestido más cerca del pecho. Necesitando su protección. Emmett ya no la miraba con deseo y posesión, como el hombre del que estaba enamorándose. No, ahora la miraba con algo cercano al odio.
—Ahora todo tiene sentido —le lanzó a ella. Sus palabras mordaces y duras.
—¿Qué tiene sentido? —preguntó maravillada por el nuevo cambio.
—Debería haberlo sabido, cuando Hagan me habló de la caída de Elden estando tan cerca de tu llegada. Incluso mencionó que los herederos habían desaparecido. Tú. Es por eso que nunca me dijiste de dónde eras. Elden. Sabías lo que tu gente le hizo a la mía.
—¿De qué estás hablando?
Emmett hizo un sonido de burla.
—Oh, podrás tener problemas con tu memoria, Rosalie, pero yo no. Lo recuerdo todo. Tu padre eligió el momento de su ataque. Le concederé eso. El Bärenjagd, cuando los guerreros viajaron a nuestras tierras sagradas. Nuestro pueblo estaba indefenso. Era un momento de tregua —gritó, con voz angustiada.
Rosalie no supo qué decir, qué hacer. Se mordió el labio inferior, con la esperanza de que continuara con su historia. De que liberara toda su ira antes de que ella le respondiera.
—Elden era nuestro aliado. Tu padre se aseguró de eso —la acusó— Llegamos a una masacre. Y una emboscada. Maté a tantos de tu gente como pude. Disfruté viendo a tus muertos chisporrotear a la luz del sol cuando llegó. Te enseñé a luchar. Te traje a mi casa, he compartido... —Cortó sus propias palabras—. Todo este tiempo que te conocí. Me animaste a compartir mis historias de la gente que tu familia había asesinado —la acechó—. Tus mentiras no te protegerán ahora.
Rosalie negó, alejándose de él.
—No fue así en absoluto. Algo dentro de mí, me dijo que no mencionara a Elden, un instinto. —La disculpa sonaba terrible, incluso para ella—. Pero te juro, Emmett, no fue por eso. Mi padre es un rey honorable. Es un diplomático, no un luchador.
Emmett hizo un sonido feroz.
—Que se lo digan a mi madre. A mi hermana muerta. Juré vengarme de ti. De todos en Elden. Y te protegí. Pensando que eras algo más que... Elden.
La forma en que había dicho su país estaba lleno de amargura y veneno. Sus manos se volvieron puños a los costados, y se abalanzó sobre ella.
Rosalie se tambaleó hacia atrás, tropezando con los pliegues de la tela del vestido. Aterrizó en un árbol, con la corteza áspera incrustándose en los omóplatos. No podía ir más lejos. El hombre le había enseñado muchas técnicas, cuando la batalla era contra un oponente más grande y más fuerte que ella. Probablemente nunca se había esperado que se usaran contra él. Rosalie le tocó la mejilla. Distrayéndolo.
—Emmett... —Él hizo una pausa. Durante un momento crucial— Lo siento —le dijo en el mismo instante que ella le dio un rodillazo entre las piernas. Duro.
Emmett se quejó y se dobló, agarrándose el vientre. Rosalie aprovechó la oportunidad para empujarlo al suelo, sacó el cuchillo de la bota que le había enseñado a mantener oculto. Se sentó a horcajadas, empujando la nariz a la de él.
—Yo podría estar corriendo en este momento. Tus instrucciones fueron que no me quedase, ¿recuerdas?
Sus ojos ardían de odio por algo pasado.
Rosalie levantó la hoja al pulso latiendo en su cuello.
—También podría cortarte ahora mismo. ¿Ves? Te las arreglaste para enseñarme un poco.
Sus labios se estrecharon. Ella sintió su piel fría y vio que sus pupilas empezaban a contraerse y enfocarse. Ella había provocado a su berserkergang. Pero no tenía miedo. Rosalie acababa de pasar su último momento de temor. Moriría antes que asustarse de nuevo.
Y esa cosa terrible dentro de él no le haría daño. Lo sabía. La dureza de su respiración cubriéndoles. El sol arriba creaba horribles sombras sobre el cuchillo que empuñaba.
—Mi pueblo no atacó al tuyo. —Algo de su ira se enfrió— Puedo ver que lo crees. —Era un comienzo— ¿Dijiste que los atacantes se quemaron bajo el sol?
—Los que no huyeron. Cobardes de piel fría.
—Los vampiros de Elden pueden caminar al sol. Mi hermano Edward es de sangre caliente como tú y yo. Mi padre estaba arreglando un matrimonio ventajoso para asegurar el futuro de Elden. Así es como se hacían las cosas. No a través de la guerra.
Emmett apretó los ojos con fuerza. Ella sabía que él estaba luchando, combatiendo contra lo que había considerado cierto.
—Usaban los colores de Elden.
—Debe haber sido un movimiento táctico en caso de que hubiese supervivientes. —Ella lo vio tragar. Las emociones luchaban en sus ojos.
—Inteligente, porque yo planifiqué mi propia venganza contra tu pueblo.
Y con su poder berserker, habría quitado la vida a muchos. A pesar de que habría sido una muerte mucho más misericordiosa que la del Hechicero de Sangre.
—Me pregunto si será el mismo enemigo. Pero esperar todos estos años... parece poco probable.
Quería decirle a Emmett lo que había descubierto en el sueño. Que el Hechicero de Sangre había matado a sus padres. Pero ahora se trataba de Emmett.
—Voy a soltar el cuchillo. Tirarlo fuera del camino.
Ese era el plan que ella tenía, nada más que eso. Rosalie rodó de su gran cuerpo.
Él le atrapó las manos antes de que pudiese salir fuera de su alcance por completo.
—Sabes que podría haberte dominado en cualquier momento.
Ella lo había adivinado.
—Pero no lo hiciste.
Él dejó caer sus manos, y se apoyó contra el árbol. Ella miró cómo pasó su mano a lo largo de la parte posterior de su cuello.
—No, no lo hice.
—¿Por qué no?
Sus ojos marrones encontraron los suyos.
—Porque quería creer. Porque quiero... quiero tantas cosas desde que te encontré en mi cama.
El estómago le dio un salto, y el corazón comenzó a acelerarse. Muchas veces ella se había imaginado a su amante en su futuro. Un hombre con modales cortesanos. Un hombre que le besase el dorso de la mano. Un hombre que le solicitara el honor de bailar con ella.
Nunca había imaginado que el hombre al que querría a su lado estaría en conflicto, devastado por la culpa y por lo tanto, que pudiera fallar. Y sin embargo, ser perfecto.
Como princesa, Rosalie tenía dos trabajos, permanecer virgen y casarse bien.
Estaba a punto de incumplir una de las tareas como princesa.
Algunas cosas ya se van encaminando
¿ Les gusta la historia?
