Lobotomía

Durante la noche decidimos que era mejor idea salir de caza que esperar sentados a que los humanos despertaran, así aprovecharíamos de pasar más tiempo junto a ellos. Volveríamos antes del amanecer. Pero la caza fue más larga de lo que anticipamos –el hambre, más latente de lo que sentíamos –por lo que cuando volvimos a la cabaña, los humanos ya habían despertado y el sol ya había despuntado completamente en el horizonte. Las mujeres, todas con el pelo tomado y vestidas para su clase de yoga, tomaban té en el porche de la casa. Divertidas, charlaban y se reían, mientras observaban a los hombres que estaban en el jardín.

Los tres nos sentamos junto a las chicas –cerca de Nessie, prácticamente acosándola –y nos dispusimos a observar aquello que les causaba tanta gracia.

-Pues van a competir –susurró Reneésme con poco entusiasmo cuando le pregunté qué se traían los chicos entre manos.

Con un gesto rápido del mentón, me señaló al grupo de cuatro altos y fornidos hombres que se encontraban en uno de los extremos del jardín: la manada de Jacob.

En la otra esquina, Gabriel y Tomás cuchicheaban entre ellos.

Obviamente, no los podíamos oír.

-¿En qué competirán? –pregunté.

-Harán una carrera –se apresuró Edward en contestar, mientras les leía el pensamiento –Jacob y Tomás verán quién es el primero de los dos en correr hasta la casa de Carlisle y de vuelta.

Levanté los ojos hacia el cielo.

-Qué tontería de parte de Jake, él es más rápido que un humano normal.

-No creas que Tomás es un chico común y corriente, mamá. Es el mejor preparado físicamente para esta tarea. Piénsalo: es cazador de vampiros oficial.

Oh, pensé.La competencia se había vuelto repentinamente muy interesante.

Gabriel, Quil, Embry y Seth, se fueron trotando por el bosque, mientras Jacob y Tomás caminaron calmada –pero solemnemente –hacia nosotros.

-El resto de los chicos se esparcirán por el bosque para que sea una carrera justa. Gabriel estará al otro lado del río para ser el árbitro de la primera etapa. Esto será pan comido –se burló Jacob.

Estaba despreocupado, sumido en su arrogancia. Pero a pesar de su actitud me sentí orgullosa de él; por fin demostraríamos que también guardábamos algunas cartas bajo la manga.

Edward se cruzó de brazos, sonriendo entusiasmado: al igual que yo, quería pavonearse con Jacob. ¡Cómo habían cambiado las cosas!

Olivia se puso de pie y caminó hacia la mitad del jardín, justo entre la casa y el bosque. Levantó los brazos y los dos chicos se acuclillaron flexionando las rodillas para tocar el piso con las manos.

Salieron disparados cuando Olivia contó hasta tres y dio la partida, dejando caer los brazos como señal. A los tres segundos desaparecieron entre los árboles, dejando atrás los vítores de las brujas.

-Estos chicos…-dijo Amanda, que había salido al patio para ver la carrera –Tengo que confesar que me entusiasma saber quién ganará.

Su cara se iluminó levemente, pero no alcanzó a reflejar una sonrisa genuina.

Recordé su triste historia y me dieron ganas de abrazarla. Que terrible debía ser para ella llevar una vida normal después de haber perdido al amor de su vida.

Sacudí la cabeza y abracé a Edward por la espalda, rodeando su cintura con mis brazos para poder sentirlo cerca. Él me tomó las manos.

Un par de minutos después, divisé a lo lejos el movimiento de dos sombras que se escabullían entre los árboles, peleando por ganar centímetros. Gabriel corría detrás de los competidores, acompañado por Emmet y Garret. Supuse que el brujo les había contado de qué se trataba todo esto, y decidieron venir para saber quién ganaría.

Tomás y Jacob corrían muy pegados. La competencia era estrecha: Jacob llevaba la delantera por un par de centímetros. Ambos tenían la cara arrugada por el esfuerzo, se notaba a lo lejos que ninguno esperaba tanto del otro, por lo que estaban ocupando todas sus energías, terminando en una carrera que los agotaría por el resto del día.

Calculé la distancia que les quedaba por recorrer y supe que no alcanzarían a frenar, los dos chocarían contra la cabaña; y con la fuerza que llevaban, terminarían por destruirla.

- ¿Cuál es la meta? –me apresuré en preguntar.

-Nosotras –sonrío Olivia sacando del bolsillo dos pañuelos.

Le pasó uno a Reneésme. Las dos se pusieron de pie, una al lado de la otra y alzaron el brazo que sostenía el pañuelo.

Me fijé que estaban demasiado cerca de la pared de la cabaña. Para alcanzar los pañuelos y ganar, tendrían que chocar contra la pared.

-Harán una acrobacia Bella, no te preocupes –me explicó Edward al oído –Es la única manera de no destruir la casa.

Justo en ese minuto, los competidores entraron en el jardín. Emmet y Garret frenaron en las lindes del bosque, mientras que Tomás y Jacob se apresuraron hacia las chicas para tomar los pañuelos.

No evite la carcajada que me provocó ver a Jacob ganarle a Tomás por un segundo de distancia. No pensaba que pudiera ganar, a lo más el asunto terminaría en un empate, tan estrecha era el carrera. Pero al final creo que el peso fue lo que marcó la diferencia, puesto que los dos apoyaron sus pies en la pared de la cabaña, exactamente al mismo tiempo.

Pero el impulso de la caída llevó a Jacob a apoyar los pies sobre el pasto y levantar el pañuelo que hábilmente recogió de la mano de Nessie, menos de un segundo antes que su competidor. Él era más alto y seguramente más pesado que Tomás.

Las chicas se alzaron de un golpe en gritos y aplausos al ganador, aunque también festejaban a Tomás, quien a pesar de haber perdido la carrera, sonreía satisfecho de haber demostrado su habilidad. El resto de la manada festejaba con el grupo, palmoteaban a Jacob y se pavoneaban entre ellos sobre el poder de los licántropos.

La situación me pareció muy divertida y me dejé llevar por el impulso de la celebración: aplaudí con entusiasmo a mi mejor amigo y les grité bromas a los brujos, al igual como lo hizo Alice y el resto de los que apoyábamos a Jacob. Pero él, motivado tal vez por el espíritu del compañerismo entre humanos, se desprendió de los abrazos de sus amigos y corrió hasta Tomás, tomándolo en brazos antes de que este pudiera oponer resistencia. De inmediato, Gabriel y el resto de la manada se unieron a la idea, y entre todos comenzaron a lanzar a Tomás en el aire, haciéndolo casi volar.

Según mis cálculos, el chico debía estar recorriendo más de 40 metros cada vez que lo lanzaban. La fuerza sobrenatural del grupo que lo sostenía, era más que suficiente para lograrlo. Las brujas también se unieron a la broma, y coreaban sumando la cantidad de veces que Tomás se desprendía de la tierra.

Veintiuna veces fue lanzado el pobre chico, antes de me desconcentrara debido a que reconocí efluvio de licántropos desconocidos. Por supuesto, todos los vampiros nos percatamos del particular olor, nuevo en este sector del bosque. Nos intercambiamos miradas dubitativas, pues ninguno sabía cómo proceder. Eran licántropos, de eso estábamos seguros, pero no era nuestra responsabilidad lidiar con sus requerimientos, aún cuando estuviesen en nuestro territorio.

Edward carraspeó para llamar la atención de Jacob, que se dio vuelta para mirarlo. Su movimiento alertó a sus compañeros, justo cuando Tomás caía. Gabriel lo alcanzó a sostener antes de que se rompiera la cabeza contra el césped.

-¿Qué sucede? –preguntó Amanda mientras se unía a nosotros, dejando atrás al grupo de brujos, que silenciosos e inmóviles, agudizaban el oído.

-La otra manada de la zona se acerca –explicó Jacob.

-¿Qué quieren? –pregunté a Alice.

Ella no respondió y me miró con cara de fastidio.

Cierto, olvidaba que ella no los podía ver.

-Es Sam. Viene a hablar con nosotros. Está todo bien –aseguró Edward concentrando su mirada hacia el bosque.

Salimos a su encuentro, deteniéndonos a unos veinte metros del límite del jardín. Jacob estaba a la cabeza, flanqueado por su manada. El resto de nosotros, Emmet y Garret incluidos, nos quedamos atrás. Aunque de ser necesario, en menos de una zancada nos podíamos alinear con Jacob.

Se creó un silencio ficticio, de anticipo a la entrada de los desconocidos, y gracias a él distinguí el sonido del caminar de los extraños: eran pasos humanos. No venían en forma lobuna, pero aún así el olor característico de los licántropos los antecedía.

Pude determinar que eran cuatro los que se acercaban. Los pasos eran pesados, se movían al mismo compás. Todos, menos uno, más débil y apresurado que el resto. Por cada un paso que daban los otros, este tenía que avanzar tres para mantenerse en línea.

No pude conjeturar qué razones tenía Sam para venir a nuestro territorio. Menos en su forma humana. No había razones para que se molestara en venir a hablar con nosotros, sobre todo sabiendo que el territorio estaba siendo patrullado por la manada de Jacob, y que por ahora, no había peligros al asecho.

No fue hasta que divisé la figura de Emily caminando con dificultad entre los árboles, que relajé los labios para ocultar mis colmillos. Ella no era un licántropo, por lo que venir a estos lados podía significarle peligros ante los cuáles no se podría defender. Si Sam había aceptado venir junto a ella, no sería por razones conflictivas.

Frente a mí, Jacob relajó los hombros cuando la mujer entró a nuestro jardín. La recibió con una cálida sonrisa.

Tras ella, Sam, Jared y Paul, caminaban con cara de pocos amigos.

-Emily –dijo Jacob asombrado -¿Qué haces aquí?

El rostro de la mujer no había cambiado. Una horrible cicatriz le recorría el rostro, ocultando para siempre la belleza que alguna vez cautivó a todos. Pero sus ojos resplandecían de autoconfianza, su sonrisa era genuina. No parecía la expresión de una mujer marcada por la fealdad.

Ella se acercó caminando hasta Jacob y le dio un beso en la mejilla. Luego miró al resto del grupo y nos saludó con la mano.

Como guardaespaldas, Sam y sus lobos se apresuraron en situarse a espaldas de la mujer.

-Sam.

-Jacob.

Las alfas se saludaron respetuosos, pero con ningún atisbo de la amistad que antaño los unió. Pues Sam, a pesar de respetar la imprimación de Jacob por Reneésme, no podía aceptar la amistad que este llevaba con los vampiros. Ya no nos perseguía, pues tras el enfrentamiento con los Vulturi, y al vernos confirmar nuestra forma de vida respetando a los humanos, decidió confiar en nosotros. Aunque prefería abstenerse de una relación directa, limitándose a tratar con Jacob sólo para lo estrictamente necesario.

-Tuve que venir yo a hablar con ustedes, pues Sam no estaba convencido de esto –explicó Emily.

Su novio torció los labios.

-¿Sucede algo malo? –preguntó Jacob.

-Para nada –sonrió ella –les vengo a hacer la invitación oficial a nuestra boda.

Había escuchado decir algo sobre el tema a Reneésme, mucho antes de la llegada de las brujas. El alfa por fin se casaría, y por supuesto, la otra manada tenía que ser invitada, siguiendo las normas de buena educación. Aunque la novia de Sam había llegado un poco más lejos: hacía un tiempo le había pedido a Nessie que fuera dama de honor junto a las otras chicas imprimadas.

-Ya recibimos el parte Emily, gracias. La manada asistirá completa. Bueno, menos Leah.

Por supuesto que la mayor de los Clearwater no asistiría al matrimonio de su ex novio. Desde que este la dejó por Emily, la pobre de Leah se replegó en una esfera de amargura, alejando a todos aquellos que alguna vez la quisieron, incluyendo a sus amigos más cercanos. Por ahora seguía siendo miembro de la manada de Jacob, pero cada vez se le veía menos por los alrededores. Su zona de patrullaje era el más alejado, se movía en los límites del estado de Washington. Ella misma había solicitado ese territorio, ya que así se mantendría lejos de Sam y de la vida que tanto dolor le causaba recordar.

La verdad es que yo me compadecía de ella. Entendía perfectamente sus razones para alejarse de su familia y de La Push. Más que mal, Emily estaba viviendo lo que a ella le hubiera tocado, si es que la imprimación no fuera tan poderosa entre los licántropos.

-Sé que la manada asistirá… –repuso Emily –Vengo a invitar al resto.

La mujer miró por sobre el hombro de Jacob, alcanzando mi mirada.

¿A nosotros?, pensé contrariada, pues me parecía difícil que Sam quisiese que estuviéramos en la ceremonia o en la recepción de su boda, infectando todo el ambiente con lo que para él olía a pestilencia.

-Sé que les puede resultar extraño –explicó Emily acercándose a mí –pero me gustaría que estuvieran mañana en la ceremonia.

He escuchado lo que está sucediendo aquí. Sé que irán a pelear contra los vampiros que estuvieron por estos lados hace cuatro años. Supe también que están siendo acompañados por humanos –dijo dando una rápida mirada hacia Amanda-. La pelea que darán es en nombre de todos nosotros, y me gustaría agradecerles por arriesgar vuestra vida.

Sé que ir a nuestra boda no significa mucho para ustedes, pero es importante para nosotros. Quisiera que asistieran todos. Tu familia Bella, el aquelarre que ahora se aloja en vuestra casa, y también el grupo de humanos que recién llegó. Sé que no nos conocemos, pero será una instancia para poder hacerlo.

-Muchas Gracias por la invitación Emily –sonreí complacida – ¿Estás segura que esto no te causa inconvenientes? –di una mirada interrogativa hacia Sam.

-Por supuesto que no –se apresuró ella en contestar –estaremos todos felices si pudieran ir.

-Ahí estaremos –confirmó Edward – ¿A ti qué te parece, Amanda?

-Creo que es una excelente idea. Nunca es malo celebrar el amor. Nosotros también iremos. Muchas gracias por la invitación, Emily –la sacerdotisa reverenció con la cabeza.

"Oh si, tenemos una boda", escuché susurrar a una de las brujas a mis espaldas.

"¿Qué nos vamos a poner?", preguntó otra.

Alice nos arreglará, dijo Elisa convencida.

La vampiresa se volteó y le guiñó un ojo a su amiga clarividente.

Una especie de mareo me volteó los ánimos cuando imaginé lo feliz que se sentiría Alice de arreglarnos a Reneésme y a mí para la ocasión. Rogué que no me visitera nuevamente como Gwen Stefani.

Emily y el resto se despidieron unos minutos más tarde, después de explicar dónde y a qué hora sería la ceremonia. Los humanos se replegaron hacia la cabaña para comenzar sus ocupaciones diarias –ni idea cuáles serían- mientras que la manada se despidió, pues comenzarían a patrullar los alrededores.

Alice se alejó por el bosque junto a Elisa, pero antes acordó volver a la hora del crepúsculo, para arreglar los vestidos que usaríamos en la boda al día siguiente.

-Entonces dejaremos el entrenamiento para mañana –le dije a Emmet en voz alta, para que Olivia alcanzara a oír desde la casa.

-Una lástima –escuché responder al vampiro entre dientes.

Todos se dispersaron. Los vampiros volvimos a la casa de Carlisle.

Al llegar, no nos sorprendimos al encontrar a nuestros familiares en otro debate sobre el conflicto. Era lo único que hacían últimamente, cuando no estaban cazando.

Solo que ahora Carlisle había telefoneado, por lo que habían novedades en nuestro frente. Habló con Esme y le confirmó que los aquelarres nos seguirían hasta Italia para pelear contra los Vulturi. Eran buenísimas noticias, sobre todo porque Amún y Kebi se habían alineado con nosotros. Llegarían en dos días más.

El grupo de vampiros iba por fin tomando forma.

Eleazar insistía en que necesitábamos aún más aliados, por lo que pidió a Carlisle, por intermedio de Esme, que invitara a las amazonas. Él consideraba el poder de Zafrina de mucha utilidad, sobre todo porque Aro le temía y tal vez se rendiría antes de que el conflicto llegara a las armas. Nos sorprendió saber que ella ya se había comunicado con él, avisándole de su llegada a nuestro continente. Se encontrarían en una de las escalas antes de aterrizar en Washington. Al parecer, Reneésme ya se había comunicado con Zafrina, y esta no había dudado en participar.

La presencia de las amazonas era un buen atenuante para intentar disipar el conflicto, pero en realidad, toda esperanza de evitar la guerra era infundada. Aunque la guardia se rindiera –lo cual me parecía improbable- debíamos ejecutarlos a todos, pues la venganza estaría siempre latente en ellos, y no dejarían de perseguirnos por el resto de la eternidad. Supuse que Carlisle no estaría de acuerdo conmigo, pues odiaba tener que matar a otra criatura, pero esa era, lamentablemente, la realidad.

Y si Carlisle no estaba dispuesto a dar esa orden, entonces la tarea de limpieza recaía sobre mí. A cualquier costo, me preocuparía de eliminar a los más importantes, Aro y Cayo, pero sobre todo, a Demitri, Alec y Jane, los más peligrosos. Seguro que Olivia me respaldaría; con la ayuda del grupo de brujos, podíamos hacerlo sin involucrar al resto.

Sonreí para mis adentros.

-¿Cuántos híbridos creen que existan? –preguntó Garret. Estábamos todos nuevamente reunidos en el living.

-No lo sabemos con certeza. Las brujas estiman que alrededor de cien. El cálculo se hizo considerando la cantidad de mujeres desaparecidas en el último tiempo –contestó Edward.

-¿Pelearán ellos con los Vulturi o se unirán a nosotros? –Tanya preguntó en voz baja.

La rabia contra los italianos se había apaciguado. El primer impulso asesino que ella y su hermana Kate, experimentaron al conocer los crímenes que cometían los Vulturi en secreto, había desaparecido completamente, dando paso a la tristeza que cargaban desde la muerte de su hermana Irina.

Llevaban días con nosotros, y cada mañana se les veía nuevamente vestir de negro. Tal vez, como lo hicieron tras la muerte de su madre, mantendrían el luto por décadas.

-Ese es el punto decisivo –Eleazar hablaba para sí –Si la niña logra que los híbridos se revelen y peleen junto a nosotros, entonces ganaríamos. En el caso contrario, si se alinean con los Vulturi, es posible que perdamos rápidamente, pues nos superarían en número.

El peso que llevaba Reneésme sobre su espalda, cargó también sobre la mía. Su tarea era la de convencer a los híbridos para que lucharan junto a nosotros. Mientras esto sucedía, el resto estaríamos peleando contra la Guardia. Pero, ¿Qué pasaría si es que no le creían? Ese era un riesgo grandísimo; por intentar liberarlos, podría ella misma morir en sus celdas.

La angustia nuevamente se apoderó de mí. Para disimular, caminé hasta el ventanal y perdí la mirada hacia el bosque.

Quería tanto proteger a mi hija, pero debía dejarla recorrer el camino que ella misma había elegido.

Me alivió un poco saber que contaba con poderosos amigos, los brujos, que la acompañarían al encuentro con los híbridos. Eso era en definitiva mucho mejor que la fuerza o la protección que yo podía darle. Si las cosas salían mal, los chicos encontrarían alguna forma de salir de la ciudad y salvar sus vidas. Más que mal, Demitri no los había visto aún, por lo que no los podría rastrear.

Pero, ¿Qué pasaría si algo me sucedía a mí o a su padre? Se quedaría sola, aunque en compañía de Jacob. ¿Pero y si algo le pasaba a él? Nos estábamos arriesgando mucho. Podíamos perder a personas que amábamos demasiado, nos veríamos fraccionados como familia, nunca volveríamos a ser los mismos, nunca seríamos tan felices como ahora.

Agradecí que Charlie se mantuviera al margen de todo esto. Él y Sue Clearwater se habían vuelto una pareja más estable: vivían juntos en casa de mi padre, lejos de los conflictos de los licántropos y los vampiros que tenían por hijos. Sam les tendría un ojo siempre encima, si algo nos ocurriese a nosotros.

Era un alivio que la guerra se peleara en Italia y no en Forks. Aunque pensándolo bien, si es que la visión que Alice y Elisa estaban destinadas a tener, implicaba que los Vulturi vendrían aquí a masacrarnos, entonces Charlie, Sue y todos los humanos del lugar corrían un riesgo enorme.

¡Como no lo había pensado antes! Era absolutamente lógico, pues la guerra tenía dos formas de comenzar: nosotros íbamos a Volterra o ellos venían a Forks. La primera opción era nuestro plan inicial. Tomar la delantera, marcando el territorio que quisiéramos para la pelea. Podríamos aprovecharnos de la protección que los antiguos detentaban sobre la ciudad, para obligarlos a contener la furia de su ataque.

Pero si ellos se enteraban de nuestras intenciones, tal vez alcanzarían a organizarse y tomarían la delantera, armando el conflicto aquí, en Forks. Y si eso sucedía, seríamos nosotros los que estaríamos en una desventaja mortal.

Podrían tomar al pueblo como una herramienta de distracción, obligándonos a dividir nuestras fuerzas para mantener a los pueblerinos fuera de peligro. Aro conocían nuestro lazo con los humanos: Charlie, mi padre, los familiares y amigos de la manada en La Push; todos eran blancos fáciles que querríamos defender. Si lo hacíamos, se romperían nuestras filas y se debilitaría nuestra defensa. Sobre todo considerando que yo era el objetivo principal y al mismo tiempo, la más interesada en mantener a los humanos a salvo. Si amenazaban a mi padre o a mis amigos, me obligaban a bajarme de la línea de fuego para protegerlos, dejando a nuestros aliados a merced de los ataques neutralizadores de Alec y Jane.

Un escozor se apoderó de mi garganta cuando el veneno llenó mi boca. La sola idea de que los Vulturi amenazaran a mi padre, me enfermaba de ira.

No, definitivamente teníamos que empezar el conflicto nosotros. No podíamos arriesgarnos a una situación como esta.

Si ellos venían, estaba todo perdido. Debíamos prepararnos.

Si ellos descubrían nuestro plan, nosotros deberíamos adelantarnos: cuando ellos estuvieran preparándose para venir, nosotros estaríamos en camino. Cuando ellos salieran al descubierto, nosotros los estaríamos esperando.

Era la única forma de asegurarnos la victoria.

Salí del trance y me volteé bruscamente para enfrentarme a mi familia. Edward se envaró preocupado y se apresuró en llegar hasta mí, tomarme la cara entre las manos y preguntarme qué estaba mal.

Le expliqué lo que pensaba: si los Vulturi llegaban a enterarse de nuestro plan, debíamos estar preparados de ante mano para salir a encontrarlos lo antes posible y así evitar que el conflicto sucediera en nuestro territorio.

Si, ya lo había pensado. Pero no veo forma en que esto suceda. He advertido a Carlisle de ser muy cuidadoso al momento de hablar, cuidando de estar sólo con los interesados. Todos aquellos que han sido contactados, vienen en camino. No debería haber filtración alguna –me tranquilizó él, aunque su rostro reflejaba preocupación.

-Debemos prepararnos de todos modos –pasé mis dedos entre sus cabellos.

Él me abrazó con fuerza.

-Por ahora no hay mucho que podamos hacer, Bella. No hay manera de anticiparnos a los hechos si no hemos definido aún a la gente que nos acompañará –reflexionó Garret –Tendremos que esperar la llegada de Carlisle.

Todos asentimos en silencio.

De verdad, no había nada más que hacer por el día.

Acompáñame, le dije en el secreto de mis pensamientos, antes de salir corriendo de la casa, camino al bosque.

No esperé oír su respuesta, pero podía sentir sus pasos tras de mí, siguiéndome a través de los árboles.

Corrí durante un rato, hasta llegar al lugar donde había cazado por primera vez junto a él.

Ahí me detuve y me giré para mirarlo. Él hizo lo mismo.

Me acerqué, hundiendo rápidamente mi cuerpo en su abrazo. Nos quedamos así unos segundos.

-¿Qué sucede mi amor? Cuéntame.

-No es nada, solo necesito descansar un momento de todo este asunto.

Suspiró aliviado, luego me aferró con más fuerza y buscó mi rostro para besarme. Sus labios ya no se sentían fríos, pues nuestros cuerpos fluían ahora a la misma temperatura.

Su beso era abrasador, con mis manos le apreté la nuca, acercándolo más hacia mí, haciendo más intenso nuestro contacto.

Él captó inmediatamente el mensaje.

Sin importar la luz del sol que nos hacía brillar, nos dejamos llevar por nuestros instintos e hicimos el amor por horas, hasta que logramos sentirnos satisfechos.

Luego nos fuimos de caza.

Nos estiramos sobre la tierra tras haber rellenado nuestros estómagos con la sangre de un puma y dos ciervos. Satisfechos en todo sentido, nos quedamos en silencio disfrutando de la tranquilidad del bosque. Él apoyaba su cabeza sobre mi vientre, mientras yo le acariciaba la cabeza.

Nos quedamos así, como estatuas, durante un tiempo indefinido. Horas tal vez, no lo pude saber, y no me interesaba tampoco. Quería disfrutar del momento tal cuál era, sin preocupación de ningún tipo. Sin horarios, sin brujos, sin guerras.

-Bella –interrumpió de pronto nuestro silencio.

-Dime.

-¿Soñarías para mí?

Sin dudar, me levanté de mi posición para quedar sobre él. Acurruqué mi cabeza en el surco de su hombro, y dejé que nuestros cuerpos llevaran el mismo ritmo de respiración.

Froté mi nariz contra su cuello, respirando su magnífica esencia.

Cerré los ojos y me quedé inmóvil mientras él me acariciaba la espalda. Suavemente, levanté el escudo de mi cabeza, dejándolo entrar a mis pensamientos. Al notarlo, sus brazos me rodearon con fuerza.

Recordé nuestra boda. Nos imaginé bailando abrazados, tal como había sucedido. Mi vestido y su traje eran el mismo, lo único que cambiaba era que en mi sueño yo no era humana, sino vampiro.

Nos mecíamos al compás de mi canción, la que él compuso para mí.

Nos acompañaban nuestros hermanos: Rosalie y Emmet, Jasper y Alice, Carlisle y Esme. Ellos también bailaban.

De pronto, unos pasitos se acercaron corriendo hasta nosotros. Miramos hacia abajo y vimos a la pequeña Nessie, de unos tres años, que tironeaba el pantalón de su padre para que la tomara en brazos.

Entre los dos la abrazamos y seguimos bailando.

Me giré a mirar hacia el lado y pude vernos reflejados en un gran espejo. En él, todos bailábamos felices y despreocupados. Protegidos, amados, seguros.

No había sensación mejor que esa.

Pero sin quererlo, mi mente me traicionó. Pues mientras observaba nuestra imagen reflejada en el espejo, imaginé una sombra fantasmagórica pasando muy rápido por nuestra espalda. De pronto, todo volvía a la oscuridad, y nosotros tres, solos, éramos rodeados por cientos de capuchas rojas.

-¡Bella! –exclamó Edward, y se sentó para observarme mejor. Yo seguía encima de él escondiendo mi cara en su pecho, avergonzada de mi propia pesadilla.

Inmediatamente volví mi escudo a su lugar, para evitar que pudiera seguir escuchando mis temores.

Rodeé su cintura con mis piernas y me aferré fuerte con los brazos a su cuello. No quería mirarlo a los ojos, no quería que se preocupara por mí. Yo podía ser más fuerte que esto, debía serlo.

-Siento tanto que te sientas así, quisiera poder disipar todos tus miedos mi amor –me acarició el pelo y siguió hacia abajo para frotarme la espalda –Pero todo lo que puedo hacer es prometerte que nunca te dejaré sola, pelearé siempre a tu lado. Daría mi vida si es necesario, para que Reneésme y tú estén a salvo.

-Oh Edward –gemí desesperada y comencé a besarlo repetidas veces –Eso es lo que más temo, perderte. No podría vivir si no es contigo.

El siguió acariciándome para infundirme calma. Lentamente, la desesperación comenzó a ceder.

Mantuve mi mirada hacia el suelo, pero él me levantó el mentón para forzarme a mirarle a los ojos. Analizó mi gesto por medio segundo y luego sonrío.

-¿Qué? –le dije haciendo un puchero.

-No deberías tener tanto miedo –dijo divertido –con todo lo que has aprendido este tiempo, peleando con Emmet y aprendiendo cosas con Olivia…

¿Lo sabía? ¡Lo sabía! ¡Qué tonta! Era tan obvio, probablemente lo supo desde el principio. Lo pudo haber leído en la mente de Emmet o en la de Olivia.

-¿Por qué no me dijiste que lo sabías?

-¿Por qué no me querías contar?

-Para no preocuparte, por supuesto. Ya veía que me ponías esa cara de Apocalipsis y te enfurecías con Olivia por enseñarme ese tipo de cosas.

La carcajada que dio fue tan potente que echó la cabeza para atrás.

Yo levanté las cejas, haciéndome la molesta por su reacción.

-¿Cara de Apocalipsis? No seas exagerada, no soy tan terrible, ¿o sí? –deslizó su mano por mi cuello y comenzó a besarlo mientras desabrochaba mi blusa.

-Espera, ¡espera! –necesité toda mi fuerza de voluntad para frenar sus caricias – ¿No te molesta?

-En serio Bella, me estás haciendo parecer un monstruo.

No contesté. Lo miré obligándolo a responder.

Sonrío y volvió a besarme el cuello.

-La idea de que te lancen árboles no es de todo mi gusto…-dijo entre cortado –pero es una buena idea que sigas explotando tu potencial.

Hasta ahí llegó nuestra conversación.

¿Dónde está?, pensaba desesperada por encontrar el celular de Edward entre sus ropas, arrugadas y repartidas cerca de un árbol, a unos dos metros de distancia.

A él no parecía incomodarle el ruido. No pensaba en contestar. Estaba inmóvil, desnudo, tendido sobre el césped.

Aló, contesté al encontrarlo en uno de los bolsillos de su pantalón.

- Disculpen la molestia –dijo Alice con tono divertido –pero necesito probarles los vestidos para mañana.

- Eh…, -balbuceé pensando en una excusa para no volver.

- Es en serio Bella, ¿no pretenderás ir con jeans a un matrimonio?

Demonios, teníamos que volver.

Le prometí a Alice que estaríamos de regreso lo antes posible, y corté.

Giré la cabeza para admirar a mi marido, tendido en toda la comodidad de su perfección.

-Te amo.

-Te amo.

Su sonrisa era perfecta e infinita.

- ¿Me alcanzas los pantalones?

La boda se celebró a fines de la tarde, a la hora del crepúsculo.

Por primera vez, después de décadas para los Cullen y cuatro años para mí, volvimos a pisar territorio Quileute. El tratado que Carlisle firmó con los antiguos licántropos de la tribu de Jacob, nos permitían convivir en paz, siempre y cuando ninguno de nosotros pusiera un pie sobre la reserva.

Caminar por la calle principal me trajo muchos recuerdos, la mayoría felices, de aquélla época en la que Jacob y yo pasábamos tarde enteras en su garaje, arreglando motos.

En La Push todo seguía igual. La playa, las casas, el olor, nada había cambiado. Aunque estaba curiosamente vacío aquél día, en las calles no se avistaba ningún movimiento. Claro, la boda de Sam y Emily debía de ser "el evento del año"; probablemente se encontraban todos ya en la iglesia.

Para llegar nos repartimos por raza: vampiros con vampiros, licántropos con licántropos y humanos con humanos. No éramos pocos, por lo que tuvimos que poner todos nuestros autos a disposición. Obviamente, por los lujosos motores que mi familia ostentaba, no pasamos desapercibidos al llegar a la reserva.

Nuestros familiares miraban a todos lados. Incómodos en territorio hostil, y curiosos por encontrarse en un lugar prohibido, que nunca antes habían visto.

Asistimos todos: el clan Denali, Emmet, Rosalie, Alice, Esme, Edward y yo, más el grupo de brujos. Alice nos había acicalado con esmero: los inmortales parecíamos estrellas de cine, con trajes largos, escotes prominentes y espaldas descubiertas. No teníamos que camuflarnos de personas normales, pues aquí todos, o la mayoría, sabían qué éramos en realidad.

Aunque por descontado, los que acapararon toda la atención fueron los brujos. Nunca habían sido vistos por el lugar y nadie entendía por qué estaban viviendo con nosotros. Parecíamos los parientes urbanos de una familia campestre. Esa era la impresión que causábamos en los asistentes a la boda, pues nadie nos quitaba un ojo de encima.

Charlie corrió a nuestro encuentro en cuánto vio los autos por el camino. Llevaba el mismo traje que había usado para mi boda.

No le tomaba tanta importancia a la forma de vestir, por lo que la segunda opción era ocupar un traje anticuado que ya le quedaba pequeño. Los años comenzaban a notarse en sus cabellos y en sus arrugas, pero en el resto seguía siendo casi el mismo. Lo único que había cambiado, era que se le veía más feliz, más pleno. El amor y la convivencia con Sue Clearwater habían servido no solo para atenuar mi partida del hogar, sino también para revivir en él, sentimientos que tenía enterrados desde el divorcio con mi madre.

Nos abordó con entusiasmo y nos hizo un par de preguntas, completamente sorprendido de nuestra presencia, pero como siempre, no quiso saber más detalle sobre quiénes eran nuestros acompañantes. Seguía firme con su intención de mantenerse ignorante con respecto al mundo de lo sobrenatural. Durante los últimos años tampoco había hecho preguntas sobre el crecimiento de Reneésme, que en cuatro años había pasado de infante a adolescente.

-Me encantaría seguir charlando con ustedes, pero me parece que ahí viene la novia. Deberíamos entrar. ¿Vienen?

-Creo que mejor esperaremos para entrar al final.

Radiante en un vestido blanco invierno, la novia llegó con 10 minutos de atraso, montada sobre un carruaje tirado por caballos. La acompañaba su padre, un hombre fornido de unos 50 años.

Su cara iba tapada por un velo traslúcido que permitía que se le viera la cara, marcada por una sonrisa de extremo a extremo. La mujer irradiaba felicidad, tanto que su cicatriz quedaba en segundo plano.

Sam, al verla, no pudo contener el asombro, la admiración y la emoción, por lo que derramó una lágrima secreta, que pudimos observar con claridad, todos lo que estábamos dotados de capacidades especiales, a pesar de lo rápido que fue él en secársela con la manga.

No habíamos entrado a la iglesia aún, por lo que le propuse a nuestro grupo que nos quedáramos en los asientos de atrás, para no molestar a nadie con nuestro olor a muerte – no ahogarnos con el olor a perro mojado –y no desviar la atención de la novia.

Las damas de honor eran las mujeres de la manada: chicas imprimadas por los licántropos. Entre ellas, Reneésme relucía más hermosa que ninguna, con un largo vestido de satén rosa pálido.

Puaj, pensé al ver el horrible vestido de las damas de honor, que resaltaba imperfecciones en todas las niñas de la corte, menos en mi hija, por supuesto, que llevaba la piel de vampiro tallada desde el momento en que nació. Ella se veía estupenda.

Los novios ingresaron a la iglesia, y nosotros nos instalamos atrás, acompañados por la manada de Jacob, que debía también mantenerse al margen de la situación, pues el otro grupo, el de Sam, era el que mandaba en este territorio.

La ceremonia fue igual a cualquier otra. Sollozos de abuelitas y tías de los dos lados, niños aburridos jugando en el suelo y una prédica inteligible para los que no se encontraban cerca del cura.

El olor a perro mojado era muy fuerte, como nunca antes lo había sentido, por lo que procuré no respirar mucho. De hecho, ninguno de nosotros lo hacía, aprovechando que no era necesario hablar en medio de la ceremonia.

Entre lo común y corriente de lo extraordinario, de pronto ocurrió lo inesperado:

Primero llegó Nessie a sentarse con nosotros. Me pareció extraño, pues las damas de honor debían mantenerse al lado de la novia durante toda la ceremonia. Pero ella se abrió paso sigilosamente para estar entre Jacob y yo.

Me acerqué para hablarle despacio.

- ¿Qué haces aquí?

Nessie dudó antes de contestar.

- No lo sé, tengo una corazonada.

Bruja, me reí para mis adentros.

Al hablar perdí el aire que había guardado para evitar respirar el olor a licántropo, así que me vi forzada a inhalar. Tomé una bocanada de aire y sentí un efluvio distinto. Inmediatamente lo identifiqué como aroma a licántropo. Su olor estaba mezclado con otra sustancia, tal vez alcohol, no lo sabía con exactitud, pero destacaba potente sobre los otros. El efluvio venía desde afuera. No estaba en la ceremonia, pero se encontraba muy cerca. Intenté concentrarme para recordar a quién pertenecía ese aroma, pero mi me distraje porque Edward se puso rígido y enfocó la mirada hacia el vacío, señal de que estaba escuchando los pensamientos de alguien.

Alcancé a despegar los labios, antes de que se girara hacia Jacob.

- Jacob –dijo Edward en voz baja.

- ¿Ah? –contestó él obnubilado. La ceremonia lo tenía somnoliento.

- Hay una complicación Jacob, deberás hacerte cargo tú –los brujos y los vampiros se giraron para mirar a mi marido.

- ¿Qué sucede? –preguntó Nessie.

- Leah está afuera, medio borracha. Va a interrumpir la boda en 20 segundos.