Capítulo 12: Dos semanas y un día

Dos semanas enteras sin hablarse. Dos. Dos absolutas semanas, con sus siete días, con sus catorce noches. Trescientas treinta y seis horas de deberes, de clases larguísimas, de mirarse en el espejo y no reconocerse. Veinte mil ciento sesenta minutos de angustia, de orgullo incontrolable, de querer ir a buscarlo a su Sala Común pero perderse en el camino de sus dudas.

Un millón doscientas nueve mil seiscientos segundos de odiarlo de la misma manera en que lo echaba de menos.

Ginny caminaba el día que empezaba otra semana más hacia la Biblioteca. Los exámenes estaban lejos aún, pero la única solución para no pensar era pensar en lo que otros ya habían pensando antes que ella y se había dedicado a estudiar con ahínco; daba igual la asignatura. A esas alturas, todo lo que estudiase la beneficiaria enormemente y sabía que jamás había estado tan puesta al día como esa vez.

Dos semanas y un día, maldita sea. Y justo en el momento en que Draco abandonaba su casa para irse a Slytherins de donde no debió salir jamás. ¡Le odio!, pensaba en su camino. ¡Es una serpiente arrogante y manipuladora y solo me ha querido para olvidarse de Lavender!

Pero al momento se quedaba en blanco, sin poder terminar de odiarlo en silencio.

Dos semanas y un día. Ni un solo beso.

Cuando aquel día Draco cerró la puerta del compartimento, la invadió un sentimiento furioso que hizo que se levantara para ir detrás de él como un huracán incontrolable. Lo pilló justo cuando iba a entrar al compartimento de Zabini...De Zabini, y de tres chicas slytherins guapísimas que la miraron con una cara asco infinita cuando sin querer se asomó tras la puerta.

Ginny acabó pasando de largo como si se hubiera equivocado de sitio y se dio la vuelta para mirar por la ventana delante de un compartimento vacío, no sin antes hacerle una seña con la cabeza a Draco para que se acercara.

Y por supuesto, Draco se aproximó con fastidio infinito, levantando la cabeza con arrogancia para ir apoyarse en la pared que había justo detrás de ella. Ni siquiera se le acercó.

—¿Quién te crees que eres para obligarme?—le susurró con saña, viendo pasar delante de ella los árboles nevados que cercaban los terrenos de Hogwarts.

—No te obligo —le escuchó decir, como si nada. Pero quella indiferencia solo hizo reafirmar su postura y la cólera que sentía.

—¿Ah, no? —le preguntó con altivez.

—No. Tu sabrás que es lo que más te conviene. Yo solo te he dicho que es lo que hay y lo que hay es eso. No quiero verte más con el subnormal de Potter y punto.

¿En qué idioma hablaba este estúpido qué no se daba cuenta de que eso era obligar?

—¡Harry es mi amigo! —protestó finalmente—. Pasa las vacaciones en mi casa, es el mejor amigo de mi hermano, nuestras familias se conocen...

—Pansy también es mi amiga —le rebatió—. ¿Te gustaría verme con ella a cada momento?

—¡No es lo mismo!

—Potter me ha hechizado más veces de las que tu te crees y la gente sabe.

—¡Y tú también!

—¿Hubieras preferido que me dejara atacar?

—¡Qué tontería! Por supuesto que no.

La guerra que había entre Potter y Malfoy era de sobra conocida. Pero esa guerra era tan antigua que ninguno de los dos sabía a esas alturas quien había tirado la primera piedra, ni quien había empezado o terminado qué. No se podía haber imaginado en toda su vida que la consecuencia de aquello acabaría por lastimarla.

—Escúchame bien, Ginny, porque solo voy a decírtelo una vez —la amenazó, aún a su espalda—. Tu verás que es lo que haces, pero como te vuelva a ver con él ya te puedes ir olvidando de mí porque ibas a estar muy ocupada en juntar los trocitos que deje de él.

De pronto, la voz de Blaise salió del compartimento sazonado con las risas cantarinas de las slytherins.

—¡Maldita sea Draco!, ¿porqué tardas tanto? ¡Tienes esperando a estas tres preciosidades!

—¿Quieres callarte de una vez, subnormal?—se apresuró a contestar el chico, con una indiferencia lejos de sentir—. ¡Ahora entro!

Pero un grupo de pequeños alumnos cruzaron el pasillo a toda velocidad, interrumpiendo momentáneamente la cruda discusión. Ginny se pegó todo lo que puso contra la ventana, dejándolos pasar, agarrándose fuertemente de la barandilla. Intentaba por todos los medios que se le tranquilizara el corazón, pero solo a dos metros había tres chicas slytherins a la espera de que aquel rubio que carraspeó indeciso a su espalda, la abandonara allí de una buena vez y entrara al compartimento. Para sabría Merlín qué.

—Eh, Ginny—la llamó por fin cuando el corredor volvió a quedarse vacío. De pronto, notó algo diferente en su voz—. No le hagas caso. Esas tías ni siquiera...

—¡Olvídame!

No le dejó acabar. Cuando Ginny se marchó de allí, casi pisándose la túnica, sabía ya en su interior que Draco no la iba a perseguir. Era demasiado orgulloso para eso.

Mundos sutiles

—¡Hola, Ginny!

—¿Qué tal, Rosie?

Había acabado llegando a la Biblioteca, el día que que empezaba una semana más después de los acontecimientos del tren, para entregarse a eso en lo que se había enfrascado durante aquellos días para no pensar: Estudiar. Estudiar era lo único que la aliviaba.
Se había sentado en una sección cualquiera bajo una ventana llena de nieve y se había quitado la túnica para ponerla en el respaldo de la silla. No hacía frío, a pesar de que a fuera la temperatura aún seguía bajando grado a grado. Y allí se encontraba lejos de todo, del mundanal ruido, de las charlas insulsas que no le importaban. Pero estaba claro que nunca podría haberse perdido del todo.

Rosie había llegado con una bufanda azul entorno al cuello, sobre la camisa blanca del uniforme. Su pelo negro ondeaba detrás de ella como una bandera oscura y misteriosa y había empezado a mirarla como si no creyese lo que tenía delante de sus ojos. Que era ella.

—¡Joder!—acabó exclamando—. Cada vez que te veo tienes peor cara.

—Yo también me alegro de verte.

Ésta simplemente sonrió como si le hiciese gracia, y se sentó a su lado dejando la pequeña mochila en la mesa con un golpe.

—¿Tienes el trabajo de Encantamientos?—la interrogó la chica—. Dime que tienes el trabajo de Encantamientos. Te soborno. No tengo dinero, pero tengo caramelos de Honeydukes robados especialmente para ti.

—¿Siempre vienes a la Biblioteca con la esperanza de que encontrarme y que te haga los trabajos?—preguntó resignada y apoyando la cabeza en la mano. Pero luego entrecerró los ojos con desconfianza—. ¿Has dicho que los has robado?

—Pues si. A las dos cosas.

Ginny rió entre dientes por su sinceridad, dejándose resbalar por fin por su mano y golpeando la mesa con la cabeza. ¿Cómo podía sentirse tan cansada?

—¡Eh!—exclamó Rosie, mientras se acercaba a ella en la mesa para buscar su cara—. ¿Te encuentras bien?

Ginny gimió. No, no se encontraba bien. No se encontraba bien para nada y lo echaba de menos, y lo quería matar, pero sobre todo, lo echaba de menos. ¿Cómo podía contarle? La mirada de Rosie, sin embargo, era desinteresada y parecía abierta al diálogo. ¿Cómo contarle? No podía decirle que era Draco, Draco Malfoy, la serpiente de la que todos huían, la que era la perdición de medio plantel femenino. Ella lo sabía. Rosie no. Pero, ¿quería que supiera más?Tomó la decisión cuando sintió su mano acariciarle el pelo sin ningún motivo, sin decir palabra, y levantando la cabeza como quien levanta un pesado libro de miles de páginas hundió su pena en su oído y se dejó llevar.

—Esa...persona —empezó a contarle, titubeante—, la que me gusta me refiero. Me invitó a su casa por Navidad, ¿sabes? Y parecía que todo iba bien, hasta que al llegar aquí me vio hablando con Harry.

—¿Potter? —la interrogó Rosie, ceñuda—. ¿El capitán del equipo de quiddicht?

—Si. Y aquello no le sentó muy bien. No le soporta. Discutimos, y ahora él no me habla.

—Vaya...

«Resumido así suena hasta idiota», pensó Ginny, «pero así están las cosas».

Porque eran dos semanas. Dos malditas semanas y seguía sin hablarle y sin mirarla cada vez que se cruzaban por los pasillos o por el Gran Comedor.

—Pasa de él —dictaminó enseguida, sacando los pergaminos y los libros de la mochila, decidida y contundente—. No te merece. Si se pone celoso porque hables con un amigo tuyo, ¿que te pedirá luego?

Ginny asentía dándole la razón, porque había puesto palabras a sus pensamientos. Pero no podía evitar sentir cierto sentimiento de culpabilidad.

—Pero le echo de menos —se sinceró.

—¡Pues te aguantas un poco!—Rosie la miró a la cara seriamente. Sus ojos almendrados y oscuros brillaron por un momento—. Tienes que tener cuidado con esa persona. Los tíos pueden llegar a manipularte y jugar con tus sentimientos como si no tuvieras. Tú para ellos siempre serás una muñequita que se gana en un concurso para ver quien es más macho, no lo olvides.

Y aquella sinceridad sin preámbulos la confundió. Rosie hablaba demasiado furiosa, demasiado apocalíptica, como si escondiera una verdad mas grande en su boca. Parecía dolida. Si, esa es la palabra, pensó, viendo como volvía la cabeza hasta el pergamino y empezaba a escribir con saña. A Rosie parece que le habían hecho demasiado daño.

—¿Lo dices por experiencia?—preguntó, aventurando, mientras la observaba detenidamente.

Rosie seguía escribiendo con el ceño fruncido, con la mirada opaca de las que recuerdan un pasado tormentoso y no tan lejano. Apretaba los labios, quizás las palabras, pero acabó por levantar la mirada y la enfrentó.

—Él era un idiota, un idiota guapísimo y arrogante —explicó, en un suspiro cargado de frustración—. Pero le gustaban demasiado las causas perdidas y las tías facilonas que no tienen nada que perder porque ya lo han perdido todo. Si ella...—Rosie apenas pudo terminar la frase. Volvió la mirada al libro y Ginny esperó unos segundos. Pero de pronto saltó—. ¡Todo fue por su culpa!

Rosie dio un puñetazo a la mesa con los ojos acuosos, con demasiada ira. Ginny se fijó que se había clavado la punta de la pluma en la mano porque un hilillo de sangre empezaba a bajarle por la muñeca, proveniente de un punto minúsculo en el centro de su palma.

—¡Tú mano!—exclamó Ginny asustada, levantándose de su asiento y acercándose a ella—. Vamos, tenemos que ir a curarte.

Pero Rosie la alejó suavemente, obligándola a sentarse de nuevo.

—No, déjalo, estoy bien. De verdad.

—Pero Rosie...

—No es nada, de verdad, se cura enseguida —E intentó reír con poco resultado. Unas pequeñas lágrimas habían empezado a resbalarle por las mejillas—. Aunque bueno, hay cosas que no se curan jamás.

Ginny sonrió entristecida con ganas de sumarse a su llanto, con ganas de abrazarla y la abrazó. Hay cosas que no se curan, pensaba entre sus brazos. Heridas que sangran y sangran, que no llegan a cicatrizar jamás. Dolores que no menguan, amores crónicos, que no sanan con el tiempo ni en la huida. Corazones que se desbordan y no vuelven a encontrar su cauce. ¿Sería así su pena? se preguntaba. De pronto veía a Draco a través de la neblina de sus pensamientos. ¿Habría vivido Draco siempre así, durante todo ese curso? ¿Intentando ir hacia adelante con las heridas abiertas? Y si así fuera, ¿habría sido demasiado dura con él? Ginny suspiró sobre el hombro de Rosie. Sentía que sí. Sentía que había interpretado muy bien su papel de verdugo, de mujer incomprendida, de avara mercenaria contra unos sentimientos que por no ser suyos los había intentado enterrar sin pensar en nadie más que en sí misma. Y se sintió tan miserable como aquella chica que a la que de pronto abrazaba.

Y perdidas en ese abrazo las encontró Malfoy, a lo lejos, escondido detrás de una estantería.

Nuestro ayer

—¡Eh, pelirroja estúpida! —La voz detuvo sus pasos cuando salía de la Biblioteca. Quiso darse la vuelta, pero las piernas no les respondían—.¿No vas a mirarme?

Tampoco hizo falta. Draco la rodeó y se plantó como una visión delante de sus ojos. Su pelo rubio, la corbata desanudada, la mirada de príncipe destronado y siempre, siempre, tan seguro de sí mismo que asustaba.

—Hola —le dijo él, como si tuvieran necesidad de un saludo. "Hola", simplemente, y su mundo giró y giró—. ¿Lloras?

No, no lloraba. Se le escapaban los sentimientos de agua por los ojos como una corriente subterránea. Corrían por su cara toda la angustia de dos semanas y un día, trescientas treinta y seis horas y un día de pelearse la existencia por no sentirse sola, por no tenerlo y tenerlo tan cerca. Veinte mil ciento sesenta minutos y un día que habían sido tan largos como siglos de abandono y la nostalgia de besarle en la boca.

—Hola —le respondió a su vez y Draco rió, agarrándole la cara con las dos manos—. Eres un idiota.

—Lo sé —afirmó, y sonreía como un niño—. ¿Porqué lloras?

Pero no le dio tiempo de pensar en aquella absurda pregunta porque Malfoy ya la besaba. La besaba temprano y olvido, la besaba como se besan los que tienen tanto que decirse que al final no se dicen nada. La besaba una y otra vez, a las puertas de la Biblioteca cerrada, al amparo del corredor vacío. La besaba porque sí, porque nunca hay suficiente motivo para no hacerlo.

—Eso no quita que sigas siendo un idiota —argumentó, aún llorando aún sonriendo, aún abrazada a su cuerpo como si no tuviera más apoyo en el mundo que dejarse de caer en él.

—Y tú eres una orgullosa —contestó el chico contra su pelo.

Con la parte del orgullo si pensaba cargar, pero lo que había pasado en el tren no se quedaba en el tren por mucho que la besara. Aunque la besara así para el resto de sus días.

—Draco...—Y Ginny levantó la cabeza, aún perdida entre sus brazos—. Tenemos que hablar.

—Está bien —claudicó de pronto, con un suspiro—. Puedes hablar con Potter, pero que yo no lo vea. Y por el amor de Merlín, no le sonrías.

Ginny lo miró como si no creyera todo lo que había dicho. «¿Ya está, así de fácil?, ¿ni una discusión, ni una pelea, ni un reproche?».

Se separó de él para verle mejor, todavía confusa y absolutamente extrañada.

«¿Qué has hecho, Draco?»

—¿Porqué me miras así? —Como si adivinara, Draco se defendió orgulloso en su postura—. Lo he estado pensando y bueno, que mierda, estáis en Gryffindor y es amigo de la coma...de tu hermano —Ginny ya había levantado una ceja amenazante cuando Draco se corrigió—. Mira, no quiero hablar más de éste tema.

Y Ginny volvió a acercarse a él con coquetería, en las caderas con un lo siento, soy una mal pensada, con los labios brillantes en una muda disculpa.

Malfoy, sin embargo, pensaba cuantas veces más tendría que mentirle aunque no quisiera.

La niña que yo quiero

Entraba febrero pero aún era enero y ya llovía. Una semana después de aquello y Draco seguía esperándola en los corredores desiertos, besándose a escondidas, mientras la tocaba por encima de la ropa que siempre le sobraba.

—¡Nos van a ver!

Pero a Draco le daba igual. Cualquier sitio vacío le era propicio para meter las manos debajo de su falda y la lengua en su boca. Cualquier sitio

—¡Van a empezar las clases!

Y la besaba contra cualquier pared, hundía su mirada de hielo en su ojos como si quisiera enterrarse para siempre.

—¡Draco, nos van a ver!

Siempre escondiéndose. Ginny envidiaba silenciosamente a las parejas que iban cogidos de la mano por los pasillos. Los envidiaba de una manera sana, si existen envidias así, porque ella no podía ni siquiera mirarle mas de tres segundos sin levantar sospechas. Y cualquier sitio del castillo era un peligro enorme para las dos. Para Ginny, que jugaba con un amor prohibido que la dejaba sin respiración y sin condiciones. Para Draco, que vivía en un mundo aparte en el que ella no tenía cabida.

—Ginny...—Y él gemía su nombre en su oído poniéndole los vellos de punta—. Joder, Ginny...—Y sentía humedecerse, licuarse en su retina, bajo sus ojos calientes en la penumbra.

Recuerda una vez, cerca de febrero siendo enero todavía, que quedaron después de clases en un aula del cuarto piso.

Draco cerró la puerta con varios hechizos mientras que ella iba quitándose la bufanda y la timidez cada vez más perdida. Y él la encontró así, al final del aula, sentada en la mesa del profesor, balanceando las piernas de lado a lado como la niña que todavía era.

—¿Quieres jugar? —le preguntó Ginny nada más verlo llegar quitándose la corbata.

Alzó el pie y lo empujó hacia atrás, contra un pupitre vacío. Draco se rió, sentándose delante de ella en actitud interesada y con los brazos cruzados.

Se quitó la túnica despacio, mirándolo a los ojos, retándolo, provocándolo con los labios y adelantando el pecho hacia él. Dejó la túnica en el suelo con parsimonia y procedió a llevar sus manos a sus propios botones de la camisa, liberándolos de su prisión. Uno, dos, tres, ya se le veía el sujetador negro, cuatro, cinco, seis, su barriga y el ombligo, siete, y lo dejó ahí, sin ni siquiera abrírsela del todo.

Malfoy no se había movido ni una sola vez. Seguía sonriendo confiado, aunque su mirada parecía turbia y demasiado gris. Ella ya sabía que él estaba acostumbrado a que se quitara la camisa y nada más y jugaba a besarle los pechos, a lamerlos, a llenarlos de saliva, hasta que Ginny le pedía que parara porque no aguantaba y necesitaba de todo su autocontrol para volver a cerrársela y respirar de nuevo.

Y la verdad es que no quería hacer nada más, pero ante aquella actitud que indicaba que aquello ya era un juego demasiado visto, tuvo que improvisar y sin saber cómo, lo decidió.

Ginny intentó contener un suspiro como si aquello ya hubiera estado planeado con antelación, y bajó sus manos hasta sus piernas mientras veía como Malfoy seguía su recorrido con los ojos a la par que las perdía en el interior de su falda. Y metiendo los pulgares por dentro de sus bragas levantó el culo y, en un impulso hacia atrás, subió las piernas y las liberó, sin sacarlas todavía hacia abajo.

Malfoy ya no sonreía. Seguía con su vista clavaba entre sus piernas, apoyado con las dos manos en el pupitre y respirando con la boca entreabierta. Aquello le bastó para darse ánimos y, resbalando su ropa interior por sus piernas, se las quitó y las dejó sobre el escritorio.

—Joder, sí, quiero jugar—le dijo Malfoy de pronto, mordiéndose el labio inferior. Y en un abrir y cerrar de ojos, se adelantó de un salto y se arrodilló ante ella, agarrándola de las rodillas y obligándola a tumbarse sobre la mesa.

—Draco...—le reprendió, pero fue para nada. Porque él ya le besaba el interior de sus muslos, le pasaba la lengua implacable y le abría las rodillas con las manos como si quisiera extraviarse entre ellas.

De pronto no podía pensar. Sentía su lengua trepar entre sus muslos hasta la humedad que la invadía y se escondía entre sus piernas. Hundió su lengua allí, y se quedó sin aire por un momento. La notaba moverse diestra, más diestra de lo que en realidad deseaba; incontrolable, huidiza, mojada y certera. No sabía que hacer, solo gemir bajito y dejarse ir. Notaba subir un fuego por su barriga, como se hinchaba alrededor de su lengua, con su lengua, por su lengua. Solo había eso en su mente. Eso, y la sensación de que subía y subía, de que era agua, de que no podía evitar el impulso de poner una mano en su cabeza y empujar para que hubiera más contacto y acabó haciéndolo sin querer.

Porque de pronto ya quería que siguiera haciéndolo, que no parara, que siguiera moviendo la lengua de aquella manera aprendiendo donde quisiera que hubiera aprendido, porque notaba que ya no aguanta más y que iba a gritar y que aquello era nuevo para ella. Y alcazando un punto álgido donde no había vuelta atrás, apretó los labios y arqueó las espalda cuando se le contrajeron los músculos, gimiendo tan alto su nombre que el eco reverberó en la habitación como si lo llamara.

Ginny se derrumbó contra la mesa totalmente sorprendida y sin respiración, mientras sentía que Malfoy le lamía los restos de su orgasmo como si quisiera que perdiera el rastro de aquella humedad que la envolvía. Había cerrado los ojos, totalmente cansada, confusa, caliente y descolocada y solo los abrió cuando sintió el cuerpo de Malfoy tenderse sobre el suyo y apoyarse en su pecho.

—¿Bien?

Ginny se rió ante aquella pregunta. ¿Bien? Ahora entendía porque se destruían ciudades y se arrasaban imperios. Si todas las guerras del mundo se decidieran en una cama la paz reinaría por doquier.

—Muy bien —contestó por fin.

—¿Muy bien?

«¿Qué intenta?», se preguntó, riéndose.

—Bastante bien.

—Pues espera a que tengamos tiempo.

Porque claro, las ganas ya la ponían ellos.

Abajo, cuesta abajo y sin frenos

Se despidieron delante del aula mirándose a los ojos sin decirse nada, de prisa y vigilantes por si alguien se acercaba por el pasillo y los descubrían. Quedaron al día siguiente en el mismo lugar y a la misma hora, y Ginny avanzaba hasta su Sala Común como si tuviera un trozo de un paraíso perdido entre sus piernas. Se sentía un poco incómoda, un poco hinchada, confusa pero feliz de lo que iba sintiendo a la par que se movía.

Pero cuando llegó hasta el pasillo del retrato toda su alegría se esfumó. Se encontraba abierto, y en todos los años que ella llevaba en Hogwarts la Señora Gorda jamás había abandonado su cuadro en horas lectivas. Aquello se pasaba de insólito y en otro año, o quizás en otra vida paralela a la suya, habría sentido una especie de cosquilleo curioso subirle por las piernas. Pero lo único que sentía ahora era la sensación de ir cayendo en un vacío que no tenía final. Tenía un mal presentimiento.

Mientras se iba acercando con el corazón encogido e intentando vislumbrar que pasaba adentro, Hermione salió apresurada con el pelo revuelto y la mirada perdida.

—¡Hermione! —la llamó Ginny. Y su amiga se dio la vuelta asustada y totalmente compungida.

—¿Dónde demonios estabas? —la interpeló con dureza en cuanto llegó.

—¿Porqué? ¿Qué ha pasado?

—Será mejor que vengas...

Y la arrastró hacia adentro sin explicarle nada más. Cuando se fijó, notó que se habían formado grupos de alumnos divididos en grupos silenciosos de todos los cursos, que la miraban y cuchicheaban por lo bajo cuando ella pasó ante ellos sin saber todavía qué pensar.

Hermione la llevó hasta las escaleras que daban a su habitación y se encontró con que Linda también miraba hacia arriba, hacia su cuarto, donde estaba la puerta abierta y varios profesores observando a su alrededor.

—¡Ginny!—se abalanzó a su encuentro en cuanto la tuvo de frente—. Oh Ginny, no sé que ha pasado...

Pero Hermione volvía a arrastrarla escaleras arriba y sintió que el alma se le caía a los pies. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Su mente luchaba por encontrar una explicación plausible que la tranquilizara pero finalmente no encontró ninguna. Sobre todo, cuando vio a Mcgonagall salir de su cuarto y pararse bajo el dintel.

—¿Dónde estaba, señorita Weasley?—le preguntó nada más verla llegar, sin embargo no parecía enfadada. Su rictus se había encajado en una expresión seria y quizás, se dijo, casi a punto de marearse por los nervios, bastante preocupada.

—Dando un paseo —susurró por toda respuesta. Hermione seguía apretándole las manos bajo las suyas y era lo único certero que sentía.

—Ha pasado alg...Bueno, véalo por usted misma —Y se echó a un lado para que Ginny pudiese observar.

Al principio no vio nada extraño ni fuera de lo normal. Los escritorios de sus compañeras, sus camas, los doseles, los baúles, las cortinas...Hasta que cayó en la cuenta. La puerta no estaba abierta del todo, asi que entró lentamente empujándola con suavidad.

—¡Oh...!

Destrozado era la palabra exacta que su mente intentaba rescatar de su parálisis. El dosel de su cama estaba rasgado, la almohada que guardaba sus sueños destripada, las sábanas revueltas. Tampoco su escritorio estaba en mejor estado. Habían sacado todos los cajones y los habían vuelto del revés, con todo su contenido esparcido y desordenado, diseminado por doquier. La tinta manchaba las paredes, los pergaminos, los libros de texto rasgados, incluso habían arrancado varias páginas que ahora lucían solitarias en el suelo.

Su baúl tampoco había escapado al destrozo. Su ropa estaba rota, como si la hubieran cortado con un hechizo diffindo o unas tijeras, con saña, con una rabia que consumía. Todos su efectos personales hecho añicos, su espejo de mano brillaba bajo las luces de las velas que habían aparecido por toda la habitación para alumbrar bajo una luz fantasmagórica el estropicio.

Todo. Todo lo suyo. Y sin embargo, el resto de la habitación estaba inmaculada.

—Como verá, el resto del cuarto está intacto y no ha desaparecido nada de sus compañeras —coiincidió la voz de Mcgonagall con sus pensamiento. Ginny se apoyó en la pared, intentando no llorar de frustración y rabia,pero su profesora la agarró del brazo—. Vamos, iremos al despacho de Dumbledore y hablaremos con más tranquilidad.

Y la sacó de allí con un empujón leve. Ginny ni siquiera podía caminar.

Muere el sol, huele a nieve

—Bueno, empecemos por el principio —Dumbledore, sentado detrás de su escritorio, el lanzó una sonrisa que la tranquilizó—. ¿Que ha hecho en todo el día? Y no se salte ningún detalle.

Ginny intentó recordar a pesar de las miles de sensaciones que la asolaban.

—Me levante temprano, fui al servicio...—Pero Dumbledore carraspeó y le pidió que se saltara los detalles no importantes. Ginny se azoró y prosiguió tartamudeando—. Bueno pues...bajé al Gran Comedor, luego creo que...subí, claro, subí a coger la maleta. ¡Pero después de clase fui a la Sala Común a dejarla!

—Tranquilícese y piense, señorita Weasley —le pidió Mcgonagall, sentad a su lado.

Tenía que concentrarse. Por supuesto, la parte en la que se había visto con Malfoy así que hizo un informe más o menos pormenorizado de aquel día. Y cuando acabó de relatar su historia, Albus aún seguía sonriéndole tranquilamente desde detrás de su escritorio.

—Hemos hablado con la Señora Gorda—le dijo por fin—, y más o menos coincide con su declaración. Pero claro, no podemos pedir que sepa cada alumno que entra y que sale de la Sala Común...

Ella lo sabía, pensó, claro que lo sabía, pero en realidad, le daba más o menos igual lo que le dijeran. Porque ella ya sabía de más. Ella sabía demasiado, y no quería pensarlo porque acabaría por levantarse sin mirar atrás e iniciaría la hecatombe que ya presentía en su interior.

—Bueno, visto lo visto —se sumó de nuevo Mcgonagall—. Está claro que ha sido un ataque desde dentro.

Ginny y Dumbledore miraron a la profesora con idéntica sorpresa, pero solo uno de ellos se fijó.

—No tiene porque, Minerva, no tiene porqué...—Dumbledore dejó la frase en el aire y se levantó, paseándose por el despacho con las manos detrás de la espalda.

Llevaba una túnica plateada a juego con su larga barba, y era tan alto que Ginny tuvo que mirar hacia arriba para mirarle a los ojos.

—Si podemos formar una hipótesis—siguió explicando Dumbledore, dando vueltas a su alrededor—, creo que el ataque bien pudo hacerlo una persona de afuera.

—¿Quiere decir alguien ajeno al colegio? —preguntó Mcgonagall con el ceño fruncido.

Dumbledore rió.

—No, Por Merlín, no —cabeceó negando—. Claro que no. Quiero decir que si aventuramos y vamos más allá de lo predecible, podríamos decir también que bien pudo ser una persona de otra casa.

—Pero Albus, ¡alguien tendría que ver algo!—exclamó su profesora—. No creo que se paseará por ahí como si nada. Tuvo que prepararlo con antelación, tener mucha suerte, no sé. Pienso que nos estamos dejando llevar por una hipótesis demasiado compleja cuando la explicación más sencilla es siempre la más acertada.

—Y no te falta razón Minerva, no te falta. Pero creo que aquí hay algo que se nos escapa —Entonces se dirigió a Ginny—. ¿Podrías mirar si te falta algo cuando bajes? La persona que lo hizo es una persona muy lista pero también muy pasional. Lo hizo movida por algún tipo de sentimiento y estoy seguro que ahora se está arrepintiendo —Pero al ver que Ginny abría la boca para protestar, levantó las manos—. ¡Oh, no! No se arrepiente del acto, si no de haberse dejado llevar y haber cometido un fallo muy grande.

Esta vez fueron Mcgonagall y Ginny las que se miraron a la vez, totalmente confusas.

—¿Qué fallo? —se atrevió a preguntar su profesora. Y Dumbledore amplió su sonrisa.

—No haber dejado en un absoluto caos la habitación entera. Al no haberlo hecho, a reducido el círculo de búsqueda apuntando casi sin reservas al entorno de la señorita Weasley. ¿Sabe si alguien tiene algo en contra de usted? Algo...¿personal?

Ginny pudo sentir la mirada de sus dos profesores clavadas en ella y tuvo el impulso de agarrarse el anillo de repente. No se había detenido a pensar que diría cuando le preguntaran aquello, pero un pensamiento le surgió con más vida que nunca y contestó.

—No. Que yo sepa, no.

Mentía, obviamente, sin saber que Dumbledore sabía que mentía también.

—De acuerdo —convino finalmente su director—. Puede retirarse y no se preocupe. El colegio le restablecerá todo lo que ha perdido y tenga por seguro de que tarde o temprano encontraremos al culpable.

—Gracias, profesor Dumbledore.

Ginny y McGonagall se levantaron de las sillas, dispuestas ya a salir del despacho del director cuando la voz grave de Dumbledore las retuvo junto a la puerta. Aún seguía de pie junto a la chimenea y sus ojos azules brillaron tenuemente tras sus gafas de media luna cuando pronunció:

—Recuerde, señorita Weasley, que vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él.

—Si, profesor Dumbledore.

El despacho quedó en silencio una vez que la puerta se cerró tras ellas. Dumbledore no se había movido del calor del fuego y miraba las llamas subir y bajar con un pensamiento preocupado llenándole la mente. Los cuadros lo vieron primero negar y luego, pasarse una mano por la barba canosa.

«Estos chicos y sus desafíos personales. Solo espero que no llegue a pasar lo de señorita Brown».

Revelaciones

Cuando Ginny llegó a su cuarto, sus compañeras la esperaban despiertas y preocupadas. Le habían cubierto la cama con sábanas y almohadas nuevas, y habían recogido todo el cuarto escondiendo sus pertenencias a su alrededor. Y ella les quiso agradecer de corazón, pero no tuvo palabras para aquel gesto y se acercó a fundirse en un abrazo que pretendió que hablara más que ella misma.

Sin embargo, se acostó pensando una y otra vez en la frase de Dumbledore como una canción de cuna. Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él. Se lo aprendió de memoria, quiso que calara en ella como la lluvia que corría tras los cristales. Quiso invadirse de la paz que mostraba Dumbledore en la peores situaciones pero no pudo. Recordaba reiteradamente sus pertenencias destrozadas, pisoteadas, violadas. Aquel espejo al que le tenía un cariño sentimental por ser de su madre, su ropa, la poca que tenía, hecha pedazos, su diario...¿Su diario?

Se levantó de la cama de un salto y escuchó a Linda incorporarse y susurrarle que demonios pasaba ahora. Con la varita levantada, abrió el baúl y susurro «accio diario». Éste saltó a sus manos suavemente casi de inmediato, y suspiró de rodillas con el cuaderno pegado al pecho.

—Ginny, ¿ocurre algo?

—No te preocupes Linda, no es nada. Vuelvete a dormir.

Sabía que había escrito muchísimas páginas en aquellas dos semanas y un día que estuvo separada de él. Pergeñó sus páginas de insultos y de un amor que acababa de conocer y que ya lo sentía alejado y confuso. Una veintena de páginas con su nombre como un conjuro. Draco. Draco. Draco.

¿Lo vería Pansy?, ¿entraría en su cuarto solo para ver el diario y cuando leyó lo que quizás ya se imaginaba desde un principio, montó en cólera y lo destrozó todo? Se la imaginó con la mirada perdida y los dientes en una furia incontrolada, con los puños cerrados, llorando y riendo, partiendo con deleite sus camisas, pisando sus libros. ¿Encontraría quizás en ese caos el solaz que buscaba?

Fue a cerrar la tapa intentando alejarse de esos pensamientos cuando algo llamó su atención en la oscuridad. Se quedó un rato intentando vislumbrarlo en la penumbra, sin atreverse a tocarlo, pensando si quizás su mente le estaba jugando una mala pasada. Pero por más que pestañeara una y otra vez seguía sin moverse, estático como una pesadilla sin vida, siniestro en su inmovilidad. Y alargó una mano temblorosa mientras se detenía su respiración, pensando sin descanso solo es un mal sueño, un sueño viejo.

Pero el muñeco de Hermione, con sus ojos violeta y su pelaje marrón ya estaba en su mano y le sonreía con sus enormes dientes. Y en las cuentas negras de sus ojos se asomaba una burla siniestra que la paralizó. Porque Pansy se reía así de ella, se reía a lo lejos, dejándole una pista irrevocable de su autoría. Porque estaba segura de que ella quería que supiera y que no se equivocara. Y con ese gesto absoluto, Ginny entendió que no le tenía miedo ni a ella ni a nadie. A nadie.

¡Fuego!

Cuando Malfoy se enteró de lo ocurrido estaba comiendo en el Gran Comedor y fue por boca de Blaise.

—¿Te has enterado de lo que le ha pasado a la comadreja?—Draco se incorporó y tomó la jarra de zumo de calabaza.

—No lo sé ni me importa —contestó con indiferencia. Si se suponía que debía mostrarse interesado ya que a pesar de todo era algo cercano a un familiar, iba listo. El estúpido «Weasel» estaba casi a la misma altura que cuatro ojos en su lista de odiados, y solo esperaba que al menos no tuviera que ver con Ginny.

—¿No te importa en serio? Porque pensé que cuando estuviste en Gryffindor os hicisteis muy amigos... —acabó diciendo Blase con sorna, mordiendo una salchicha. Escondía una sonrisa en los ojos y tenía apoyado una bota llena de nieve en la banca, despreocupadamente. Malfoy, que estaba a punto de soltarle un insulto que incluía a toda su familia y unos cuantos más de los que estaban muertos, se le paró el corazón de golpe y lo miró. Porque Blaise seguía riendo demasiado elocuentemente.

—¿Te refieres a Gi...a la chica Weasley?

—¡Claro! Por lo visto, han destrozado su habitación de arriba abajo. ¡No se ha salvado ni una polilla!

Malfoy intentó no parecer demasiado confuso ni demasiado nervioso, y acabó por darle un enorme trago al jugo. ¿Pansy se había vuelto loca? ¿Quería que la expulsaran o qué? No podía creérselo aún y cortó la mitad de la empanada con las manos temblorosas. Por Merlín, ¿como estaría Ginny? Sabía que él en su lugar estaría rabioso, deseando poder encontrársela para hechizarla. O habría ido a buscarla en cuanto tuviera oportunidad. Es más, él mismo iba a matar a Pansy cuando llegara a su Sala Común porque aún no la había visto aparecer por allí. Intentó recordar si había intuido alguna clase de nerviosismo o agitación en ella pero no pudo identificar ninguno de esos signos mientras hacia memoria. ¿Desde cuando habría cambiado tanto? ¿Desde cuándo se había convertido para él en una desconocida? La Pansy que él conocía no hacía eso. La Pansy que él conocía podía ser un poco manipuladora, tener un sentido del humor retorcido pero jamás se jugaría de esa manera su reputación si la expulsaran. Pero estaba claro, ¿verdad? Había sido ella. Y debía de encontrar a Ginny en cuanto tuviera oportunidad. Si hubiera sido él al que le hubieran destrozado el cuarto... Draco dio gracias interiormente porque ella era mas cauta y más responsable y en definitiva, mejor persona que todos los que se sentaban allí, incluido él.

Pero no pudo pensar mucho más. Cuando las puertas del Gran Comedor se abrieron despacio, como pidiendo permiso, apareció Nott con una sonrisa siniestra en la cara acercándose a paso ligero hacia ellos. ¿Desde cuando Nott, el tranquilo y sosegado Nott, qué parecía que ya lo había vivido todo andaba de esa manera tan agitada?

—¡Chicos!—exclamó de pronto, sin darse tiempo a llegar—. ¡Pansy y la pequeña comadreja se están batiendo en el patio! ¡Vamos a verlo!

Draco se quedó un rato mirándolo fijamente, controlando las miles sensaciones contradictorias que le subían hasta la garganta pero Blaise lo sacó de su ensimismamiento para agarrarle del brazo con decisión.

—¡Mueve el culo, joder!—le instó, pero Malfoy ni siquiera esperó a que él lo siguiera porque ya había emprendido una carrera nerviosa para salir de allí.

Por mucho que Ginny estuviera enfadada, no se acercaba ni siquiera de cerca a una serpiente despechada.

Eye of the tiger

Cuando por fin logró conciliar el sueño aquella noche Ginny se dio cuenta de que ya era demasiado tarde. Aún sentía la suavidad del muñeco debajo de la palma como un recordatorio palpable, aún podía notar en su espalda el suelo frío de aquella noche de septiembre como si volviera atrás en el tiempo. Todo estaba allí, a su lado, tumbado con ella en la cama. Todo. Incluido el sentimiento de venganza que se despertaba en ella a medida que el cielo clareaba gris delante de sus ojos. Cuando volvió a dormirse otra vez, cuando sintió los párpados pesados y el corazón latiendo lentamente contra su pecho, sabía que ya era demasiado tarde para perdonar. Las palabras de Dumbledore cayeron en el olvido en el mismo momento que cerró el baúl, como si lo hubiera escondido en él para siempre y sin remedio.

No sabía que iba a hacer a continuación, no había planeado nada porque nunca conoció más que la venganza infantil de su días de niña, pero de lo que si estaba segura es que viera donde la viera, iban a saltar los engranajes de su paciencia como en un explosión mal controlada.

Y como si el destino hubiera jugado taimado con sus vidas, no tardó en divisarla por el pasillo para su sorpresa. La vio a lo lejos ajena a su mirada de hielo, saliendo por la puerta del Gran Comedor, inocente e inmaculada de toda culpa, como si no le pesara en la consciencia aquel acto ni todos los que cometió en su día. ¿Como viviría así? Pensaba, yendo detrás de ella vigilante de sus pasos. ¿Como lo haría? Pero recordó que había personas así, que la maldad del mundo es incongruente y despiadada, que lo que sería malo para ella quizás para Pansy solo fue la respuesta final a la que hubiera acabado llegando tarde o temprano.

Pansy dobló el pasillo que desembocaba en el patio exterior, despidiéndose con toda la tranquilidad del mundo de su grupo de amigas, y Ginny la persiguió con la rabia ciega que dan los enemigos cuando parecen simples personas. El corazón le latía en el pecho desesperado y apretaba la varita contra la mano con tanta fuerza que le dolía. Como se imaginaba, el corredor estaba lleno de alumnos y el patio exterior aparecía poco nevado y transitable después de mucho tiempo. Y hasta allí se dirigía cuando corrió los metros que las separaban y la empujó con el hombro.

Ginny notó su desconcierto por un momento, pero enseguida se recompuso y la miró como con la barbilla alta y la expresión arrogante.

—¿Qué haces, so mema? —Siguieron andando a la par, hasta llegar al mismo centro del patio rodeados de curiosos que olían los problemas a distancia—. Como me vuelvas a...

Pero Pansy no acabó la frase. Ginny no iba a dejar que la acabara.

—¡Pelea, pelea!

No sabe porque no la hechizó, si tenía agarrada la varita para tal fin. No entiende porque sacó la mano vacía y la agarró del pelo con toda la fuerza de la que era capaz. Mientras tiraba de la melena lacia que intuyó suave bajo sus dedos, iba rememorando una y otra vez sus cosas rotas. Lo necesitaba para darse el valor que no tenía, cuando Pansy con un golpe seco se deshizo de su agarre y la miró con una furia mal contenida.

—¿Pero de qué vas? —gritó.

No entendía muy bien de donde le salían las ganas de golpearla con sus propios puños, de querer notar su piel arañada por sus propias uñas. Porque estaba tan necesitada de un contacto físico, como si con ello conllevara la suerte de hacer de un ideal una cosa palpable y por tanto más manifiesta. Pero no pudo seguir pensando porque sabía que había abierto la veda para la que sería la pelea del año. El instinto primitivo había ganado la partida.

Adelantó los dos pasos que las separaban y la agarró de las manos justo a tiempo de que sacara la varita. Forcejeó con ella con saña, mientras cientos de alumnos empezaban a jalear a su alrededor. Consiguió por los pelos, y no exento de esfuerzo, agarrar la varita que Pansy enarbolaba por encima de su cabeza para que no la alcanzara y la tiró lo más lejos que se atrevió. Eso les dio un tiempo de mirarse a la cara con los dientes apretados y la rabia que las consumía.

—¡¿Te has vuelto loca?!—volvió a gritar. Pansy parecía fuera de sus casillas.

Y de pronto, fue la misma Pansy la que acortó la poca distancia que las separaban para tirarse encima de ella sin previo aviso. Ginny dio un paso atrás cuando la vio venir y aguantó el tirón como pudo, con los dos brazos hacia adelante. Mal asunto. Mientras ella seguía agarrada de su ropa, la slytherins tenía las manos libres. Y de un certero puñetazo que encajó en su mandíbula descubierta Pansy consiguió liberarse por fin.

No fue un golpe fuerte, pero Ginny notó el dolor de inmediato y apretó los dientes como si los quisiese volver a encajar. Final del primer asalto. Punto para la serpiente.

Se apartó en busca del aire que le faltaba y se concentró en la rabia que le subía por la garganta y en su dolorida mandíbula. Sabía pelear, ¿y qué? Ella tenía seis hermanos con los que se había disputado toda su vida cualquier cosa por la que no estuvieran de ó que alzó los puños en actitud defensiva y avanzó hasta ella, sin dejarse amilanar por la expresión furibunda de Pansy que, contrariamente a lo que pensaba, dudaba con enojo sobre si irse o seguir en la lucha.

Cuando estaba a punto de irsele a golpes que era lo que había deseado desde un principio, vio por el rabillo del ojo como en un punto del numeroso grupo de estudiantes que chillaban complacidos por la escena se abría de golpe. Y aparecía él como por ensalmo.

Oscuro el sol y el corazón oscuro

Malfoy apartó de un codazo a dos alumnos que no paraban de chillar enloquecidos, y sintió como Blaise le empujaba por detrás mientras se ponía de puntillas y se apoyaba sobre sus hombros.

—¡Están peleando sin varitas!—exclamó, sorprendido,dirigiéndose a él. Y de pronto sintió un orgullo mezclado con el el alivio y la angustia.

La veía allí de pie, con el pelo rojo hasta la cintura, sin la túnica y con un moratón que tendía al purpura en la comisura de sus labios. Parecía una guerrera salvaje con los puños en alto y la frente perlada, suspirando trabajosamente, con el cuerpo tan tenso como él lo recordaba cada vez que se acercaba a ella en un aula vacía.

Pero esa era la parte del orgullo que logró descifrar. El alivio, sin embargo, llegó con un sentimiento de culpa innato en él, que hizo que por primera vez diera las gracias a la providencia por aquel atino. Ginny se había salvado el culo, de alguna manera. Si Pansy hubiese tomado la varita, no habría tenido ni una oportunidad. Lo sabía bien. Y lo sabía porque él había sido el precursor de que Pansy se interesara por la magia oscura.

—¡Vamos Pansy, dale fuerte! —jaleó Blaise divertido, a su espalda, para luego dirigirse a él—. ¿Crees qué tiene alguna posibilidad? Porque la comadreja parece querer comérsela viva.

La angustia, a pesar de que sabía que más o menos estaban igualadas, y que Pansy quizás era un poco más alta pero que Ginny era quizás un poco más rápida, se debía a que sabía la fuerza que daba el sentirse despechado y tener enfrente la causa de dicho despecho. Pansy le destrozaría sus bienes materiales, era verdad, pero tal vez en la mente de Pansy, Ginny habría destrozado unos planes más altos a los que había puesto freno en cuanto dejó a Lavender.

No pudo evitar aguantar la respiración cuando vio que las dos se chocaban en el centro del patio como dos sueños contrapuestos que se disputaban el derecho de aparecerse. No quiso mirar, pero no podía apartar la mirada. No apostaba por Ginny en absoluto.

La luna sobre el agua

—¡Viene Mcgonagall!

Fue un solo grito, pero enmudeció el ambiente del patio de parte a parte. Y de pronto, todos los alumnos que estaban allí echaron a correr casi a la vez. Nadie tuvo mucho tiempo de nada. Solo los que estaban más cerca del corredor pudieron escapar fingiendo estar allí por casualidad. Porque no solo venía McGonagall. La capa negra de Snape ondeaba en el aire detrás de ella como el mal presagio que traen los cuervos negros.

—¡Quietos todos! —bramó, plantándose en el patio en dos grandes zancadas. La jefa de su casa apresuró su llegada con pasos cortos y el rostro cortado por un rictus severo, colocándose a su lado—. ¡Weasley, Parkinson!—gritó de nuevo, mientras Snape las miraba con el rostro agriado.

Y las dos bajaron los puños lentamente.

A pesar del miedo, Ginny aún sentía latir el dolor en la boca como si su propio corazón bombeara sangre desde allí. ¿Para qué negar lo evidente?, pensó. A esas alturas, nada de lo que dijera iba a salvarle el pellejo, pues iba directa al caldero hirviente que eran los ojos de Mcgonagall cuando se cruzaron sus miradas. Cuando los profesores llegaron hasta ellos ya nadie quedaba en el patio. Aprovechando la distracción, los alumnos fueron recularon poco a poco, sabiendo que aunque no lo vieran de primera mano, en menos de una hora, el rumor de lo que pasaría allí circularía por todo el castillo como una corriente de aire.

Mcgonagall se acercó a ella y la agarró de la túnica, detrás de Pansy y Snape, mientras iba restando puntos a su casa y recordándole todas las reglas que había transgredido desde que el curso empezó.

Cuando por fin llegaron a su despacho y la sentó en la silla, Ginny ya se esperaba lo peor. Se lo había buscado.

—Señorita Weasley —McGonagall rodeó su escritorio y se sentó también, y solo ahí pudo verificar no sin cierto asombro que la expresión de su profesora había cambiado drásticamente—. ¿Qué le está pasando?

Hubiera preferido mil veces que le gritara. Hubiera preferido incluso que le quitara todos los puntos a su casa, que la castigara hasta que terminara el colegio, pero aquello... De pronto se sentía como la hija díscola de una madre benevolente que la miraba preocupada.

—No lo sé —contestó por fin, con un hilo de voz.

McGonagall se quitó las gafas lentamente, y empezó a limpiarlas con un pañuelo blanco que había sacado del cajón del escritorio. Parecía cansada.

—Usted no es así. Usted es una persona inteligente, una persona que no se mete en problemas, que no falta a clase —le recriminó—. Ya ha faltado a Adivinación y Encantamientos. ¿Porqué?

Ginny no supo que decir y calló, juntando las manos en el regazo.

—Está bien, no diga nada —claudicó, y la miró con disgusto unos instantes—. Supongo que todos los alumnos, tarde o temprano, acaban faltando a clase alguna que otra vez. Pero eso no quiere decir que vayamos a pasar por alto su intransigencia. Y ahora procederá a contarme, con todo lujo de detalles, que diablos estaba haciendo peleándose con Parkinson al estilo muggle como dos boxeadoras callejeras.

Ginny volvió a callar e intentó hundir la cabeza en el cuello de la camisa. ¿Qué iba a decirle?

—¿Señorita Weasley?

Ginny miró a McGonagall intentando pensar en algo, pero lo único que le venía a la mente una y otra vez era la verdad, como una señal luminosa. De pronto, no encontraba la excusa perfecta mentirle, aunque sí para obviarle ciertas cosas.

—Somos enemigas —acabó diciendo, en un suspiro controlado.

Pero el único gesto de su profesora fue el de volver a colocarse las gafas después de mirarlas al trasluz.

—¿Y va usted por ahí golpeándose con todos los que no le caigan bien?

—Lo de Parkinson es más personal.

—¿Cómo de personal?

«Muy personal. Tan personal que ha sido capaz de atacarme en un pasillo y entrar en mi habitación para destrozarla. Eso si no contamos que le he quitado a su futuro marido. ¿Le parece a usted poco personal?», pensó. Pero Mcgonagall tenía ya ese gesto autoritario que usaba cuando esperaba que un alumno confesara un delito. Y de inmediato. Y pensó que aquella mujer no era precisamente de las que se contentaban sin una respuesta. ¿Qué podía perder ya?

—Creo que ella es la culpable de lo que pasó en mi habitación —contestó finalmente.

Esta vez sí que observó una reacción por parte de la mujer que tenía enfrente, ya que McGonnagall se removió inquieta sobre el asiento y apretó un poco más los labios.

—Usted sabe que esa acusación es bastante seria, ¿verdad?—preguntó por fin. Ginny asintió—. ¿Y se puede saber como ha llegado a esa conclusión?

—Simplemente lo sé.

Sabía que era muy arriesgado andarse con misterios a aquellas alturas, sobre todo ahora que sabía que seguramente tendría pendiente un castigo, pero de pronto tuvo miedo. No tenía ni idea de si podría llegar a comprender por todo lo que ella había pasado hasta llegar hasta allí ya que ella misma, a veces, ni siquiera lo entendía.

McGonagall, por su parte, terminó por fin suspirando y volvió a mirarla duramente.

—Mire, señorita Weasley. Usted no puede ir por ahí juzgando a las personas sin más argumentos de los que le dicten su conciencia. Sé que su director quizás ha influido un poco en esa decisión tan categórica, pero bien pudo haber sido alguien de fuera como alguien de dentro. ¿No cree usted que podría pensar un poco más? Tal vez si...

—Profesora —la interrumpió, indecisa pero convincente—, sé que ha sido ella. Se lo juro. Ha sido ella. No debería de haberme tomado la justicia por mi mano y lo siento. Sé que he obrado mal y no volverá a pasar. Pero sé que ha sido Pansy, se lo aseguro.

Después de aquella afirmación tan categórica, un silencio ominoso cargado de incertidumbres se instaló en la habitación. McGonagall la miró un momento por encima de sus gafas, como si pudiera leer más allá de su consciencia. Pero al cabo de un rato de mirarse la una a otra fijamente, la mujer acabó inclinándose hacia ella y cabeceó.

—Está bien. Digamos que tiene pruebas que no quiere airear y que Parkinson sea la culpable de todo eso. Como bien ha dicho, no puede tomarse la justicia por su mano. Sin pruebas, no podemos culpar a nadie. Estamos en un país justo y éste colegio se rige por ciertas normas que no nos podemos saltar a la torera. No quiero que vuelva a ocurrir. Aunque al cabo de un tiempo sepa verdaderamente que ha sido ella, no toleraré mas comportamientos incivilizados en mi casa, señorita Weasley. Queda advertida.

—Sí, profesora.

—Cumplirá su castigo junto a Parkinson mañana después de clases. Otra vez. Y siento decirle que si vuelve a ocurrir un hecho similar o simplemente se salte otra clase o haga algo que no deba, me temo que tendremos que volver al despacho del director para hablar sobre su expulsión.

La palabra "expulsión" quedó en el aire un momento y Ginny se encogió sobre su asiento. Expulsión. Quizá permanente. Su educación mágica cortada drásticamente por culpa de una persona a la que debía de haber parado los pies desde un principio. Pero antes de que pudiese aportar algún dato más o intentar una disculpa que la sacara del paso, McGonnagall había vuelto a sus papeles y ya la estaba despidiendo.

—Puede retirarse, señorita Weasley. Vaya directa a su habitación y mañana hablaremos sobre su castigo.

—Gracias, profesora.

—Buenas tardes.

Estaba a punto de ponerse de pie para marcharse de allí, cuando McGonagall alzó la cabeza de repente y la miró.

—¿Puedo preguntarle algo, señorita Weasley?

Ginny le devolvió la mirada. Sabía que no estaba en condiciones de negarse, no después de todo lo que había ocurrido, así que no tuvo más remedio que cabecear firmemente en señal de asentimiento.

—Por supuesto —contestó. Pero McGonagall ya se había levantado de la silla para acercarse a una estantería caoba que había a un lateral, cerca de la pared.

—¿Sabe usted qué es esto? —le preguntó de pronto, sacando una carpeta de entre los libros. Ginny observó aquella carpeta atentamente e intentó hacer memoria. La verdad es que le sonaba de algo pero no acertaba a decir de qué—. ¿No le suena de verdad?—insistió, cuando vio que Ginny no había contestado aún.

¿Debería?, la expresión de su profesora era la de siempre. Quizá un poco más seria que de costumbre, tal vez un poco más adusta. Pero al volver a sentarse frente a ella con aquella carpeta entre la manos Ginny recordó por fin.

—¿En serio qué no le suena?

—No. —Y esta vez respondió de inmediato. Claro que sabía que era. No hacía mucho que lo había tenido entre las manos.

—¿Segura?

—Sí.

Pero McGonnagall ya había abierto la carpeta, apoyando las manos suavemente sobre los papeles.

—Es un informe médico cedido por la enfermera Pomfrey —explicó—. Vino a verme hace unos días comentando que alguien había entrado en su despacho y había robado una hoja de este informe. ¿Quiere saber de quién es?

Ginny no contestó, con el corazón en un puño.

—Es de la señorita Brown.

McGonagall hizo una pausa y miró hacia el informe, mientras pasaba las hojas lentamente hasta llegar a la última.

—También me contó que el día que usted estuvo ingresada la encontró dentro de su despacho y no le dio ninguna explicación razonable. ¿Me podría decir ahora que hacía allí?

Ginny rememoró aquel día con algo de angustia, e intentó controlar el temblor en su voz cuando contestó:

—Entré por curiosidad...

—¿Y quizá, por curiosidad también, no podría ser qué se topara con el informe y decidiera sustraer la hoja?

—No.

De pronto no entendía porque diantres iba a querer sustraer una hoja de ese informe. Entendía que todos los indicios apuntaban a ella, era verdad, pero aquello era de locos. No había sido ella, había sido Pansy, estaba segura. Pero decírselo ahora sería como reconocer todo lo demás y ya estaba a punto de una expulsión. Así que miró a McGonagall con cara inocente y fingiendo tranquilidad.

—Está bien —Sin embargo, McGonnagall parecía disgustada—. Pensaba que podría encontrar un poco de colaboración en usted después de lo que ha pasado esta mañana, pero veo que he llegado demasiado tarde. Aún no sabe parte de la verdad, o al menos, eso quiero creer...

—¿Qué verdad? —se apresuró a preguntar, confusa por un instante.

Pero su profesora aseguró de pronto con total convicción:

—Sabemos quien ha sido el culpable.

Ginny se quedó sin saber qué decir. ¿Entonces lo sabía?, se preguntó de pronto, algo asustada. ¿Sabía que había sido Pansy? Pero, si lo sabía, ¿adónde pretendía llegar? ¿Sería una estratagema para que ella confesase que había estado en la enfermería de una vez y poder cumplir por fin esa amenaza de expulsión? Ginny intentó escrutar el rostro de su profesora para encontrar alguna pista que la llevase en la buena dirección, pero como siempre, los ojos de McGonnagall eran todo un enigma. Si verdaderamente aquello formaba parte de un plan, más le valía andarse con cuidado y fingir no saber absolutamente nada. Aún así, no tuvo más remedio que preguntar.

—Entonces, si ya saben quién ha sido, ¿qué tengo yo que ver en todo esto?

McGonnagall no contestó de inmediato. Y de pronto, supo sin saber cómo que no pensaban en la misma persona. Algo le decía que se estaban acercando a un terreno de arenas movedizas, que tendría que pasarlo a pie, con cuidado. Porque si ya tenían al culpable, fuese Pansy, fuese otra, ¿a qué venía ese cuestionario? Algo no iba bien. Y la respuesta de Mcgonnagall, por fin, no tardó en llegarle, no obstante, en forma de pregunta:

—¿Qué sabe usted de Lavender Brown, señorita Weasley? ¿Erais amigas?

«¿Qué sabe usted de Lavender Brown?». Parecía que el eco le devolvía una y otra vez aquella palabras. «¿Qué sabe usted?».

La recordó de pronto recortada contra el cielo estrellado, aquella noche de luna llena. Veía su silueta en el agua, los rizos rubios, la sonrisa. Qué sabe usted de Lavender Bronw era una pregunta que jamás podría responder con seguridad, porque la mayoría de los recuerdos que tenía sobre ella apenas le pertenecían.
Lavender y ella no eran amigas. Lavender y ella ni siquiera podían convivir en la misma frase sin que saltara sobre ella la duda innegable del abandono prematuro al que Draco estaba atado. No, no eran amigas. Y nunca lo serían. Pero no podía contárselo a la mujer que tenía de frente porque no sabría por donde empezar, y al final, contestó a media voz con una más de las muchas mentiras que contaría:

—Algo así.

Mcgonagall no dijo nada de inmediato, simplemente la miró fijamente durante unos segundos por encima de sus gafas, apretando la boca, juntando las manos. Y de pronto lo supo de nuevo como había sabido lo de antes: iba a contarle algo. Algo importante. Algo que tal vez aún no estaba preparada para escuchar. Algo que quizá despejara por fin todas aquellas dudas que habían venido atormentándola desde que todo aquello comenzó.

—Le voy a hablar extraoficialmente —empezó a decir despacio, tal y como se temía—. Pero no ya como su profesora, si no como una persona que le tiene aprecio...

Y haciendo una pausa elocuente aguantando un suspiró, prosiguió:

—Señorita Weasley, hay pocas cosas que se nos pasen en este colegio. Abarcamos lo que podemos, es cierto, pero todos nuestros alumnos están bajo nuestra protección y a nuestro cuidado. Cada estudiante es la extensión de los hijos que no tuvimos. Os vemos crecer como personas cada año hasta que abandonáis estos muros y no se extrañe que le diga que a veces tenemos miedo por vosotros. Porque hay veces que tomáis decisiones que no entendemos. Hay partes de vuestras personalidades que viven ajena a nosotros y no se crea, lo comprendemos mejor de lo que ustedes mismos llegaréis a entender algún día. Por eso, cuando vemos que os tropezáis tres veces con la misma piedra o que os asomáis al borde del precipicio de una mala decisión, nos gustaría alargar la mano y ayudaros. Pero a veces nos es imposible. No somos padres. No somos vosotros. Y tenemos que sentarnos impotentes a ver como caéis una y otra vez o caéis para siempre. Sin embargo, hay veces que sí podemos levantaros y llegar hasta vosotros. Alejaros de ese precipicio, tomaros de la mano, arrancaros de la caída. Siento los símiles —Y por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí sentada, vio como Mcgonagall esbozaba una sonrisa culpable en la comisura de sus labios—, serán los años.

Ginny le devolvió la sonrisa, dándose cuenta de que solo lo hacía para darle ánimos. Se notaba que le costaba trabajo seguir, que se había enredado entre lo que quería contar, lo que sentía y lo que pensaba.

—Me alegro de que hoy sea uno de esos días—prosiguió—. Sé que tal vez hoy no lo entienda, ni mañana tampoco pero algún día me lo agradecerá. ¿Está dispuesta a oír?

Estaba dispuesta, con el corazón acelerado y poca saliva, pero dispuesta al fin y al cabo. Asintió ligeramente porque era lo único que podía hacer y esperó.

—El informe que está en mi mesa, al que le falta una hoja, no solo le han sustraído parte del contenido...Está manipulado. Lavender jamás llegó a la enfermería con ninguna quemadura.

Ginny abrió los ojos por la sorpresa. A esas alturas, y después de aquella confesión, ni siquiera reparó en que momentos antes había negado tener relación alguna con dicho incidente. Pero Mcgonnagall continuó como si nada.

—Existe una persona en su entorno que no quiso que usted supiera la verdad.

A esas alturas a Ginny ya le costaba hasta pensar pero McGonagall calló, esperando quizás alguna clase de respuesta por su parte.

—¿Qué...qué persona?—preguntó por fin, después de un tiempo que se le hizo eterno—. ¿Y porqué?

Pero Mcgonnagall le contestó de inmediato:

—Porque esa persona no estaba dispuesta a que usted la mirara con otros ojos, estoy segura.

Por fin supo que no se trataba de Pansy, que aquella historia era un puzzle demasiado grande al que le faltaban demasiadas piezas. Piezas que ella había colocado en mal sitio y del que solo había visto una imagen bizarra que no se ajustaba con la reciente realidad. Podía ser que McGonagall estuviese equivocada, existía esa posibilidad. Pero «ese» algo que la tenía pegada a la silla le decía que tenía que creer. Que no estaba mintiendo. Que no estaba ni remotamente equivocada.

—Entiendo que esté confusa —confirmó McGonnagall, adivinando en el pozo de confusión en el que se encontraba—. Es demasiada información, y por su reacción, información que no se esperaba. Lo entiendo. Pero es hora de que tome una decisión. Creo estar en lo cierto cuando le digo que le han mentido durante demasiado tiempo y que hay una asunto un poco más grave que un cuarto destrozado. Sin querer, se ha metido en una historia que le era ajena. Incluso pensábamos que todo se enderezaría un poco con su llegada. Pero no contábamos con que las cosas saldrían al revés.

—¿Al revés? —se atrevió a preguntar por fin con un hilo de voz.

Y Mcgonagall apretó las manos que aún tenía cruzadas sobre el escritorio.

—Siento decirle, señorita Weasley, que la persona de la que hablo es Draco Malfoy.