ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenece, está adaptado por Martasnix.

Capítulo 12

Lexa se encontraba en el pequeño vestíbulo alfombrado que mediaba entre el ascensor y la amplia puerta de roble tallado del apartamento de Clarke, pensando en la primera vez que había estado allí y en lo mucho que habían cambiado las cosas desde entonces. No quería la misión, no quería a una mujer en su vida, no quería sentir nada por nadie. En aquel momento, todo lo que le importaba se hallaba al otro lado de la puerta. Alzó la mano para llamar, pero la puerta se abrió antes de que lo hiciese.

—Buenos días —dijo Clarke en tono inusitadamente apagado.

Vestía pantalones de algodón blanco con cordones y una camiseta de punto elástico a juego. Tenía los hombros y los brazos bronceados y musculosos, debido a los ejercicios de boxeo. Llevaba el pelo suelto, y había una mancha de pintura azul brillante en su camiseta, encima del pecho izquierdo. Unos círculos rodeaban los ojos azules, habitualmente vibrantes, y Lexa percibió algo en sus profundidades, algo oscuro y doloroso.

—¿Has estado trabajando toda la noche? —Lexa tragó saliva para atenuar la repentina sequedad de su garganta, provocada por un alud de sentimientos: amor, deseo, asombro, preocupación.

—Sí. ¿Qué podría hacer si no? El antídoto para todos los problemas.

Lexa permaneció en el umbral, esperando a que Clarke la invitase a entrar.

—¿Has dormido algo?

—Un poco. ¿Y tú?

—Un poco.

Clarke abrió la puerta del todo y con un gesto le indicó a Lexa que pasase.

—Entra. No tardaremos mucho porque no tengo demasiados planes para el resto de la semana. Sobre todo ahora.

—Muy bien. —Lexa la siguió hasta la barra de desayuno, desconcertada por el extraño desapego de Clarke. Era raro que Clarke no la tocase cuando estaban solas, aunque fuese un mero roce, y en el

apartamento se había acostumbrado a que Clarke la recibiese con un beso. La ausencia de aquel pequeño gesto le agarrotó el pecho. Clarke cogió dos tazas en silencio y sirvió café. Le dio una a Lexa y apoyó los codos en la encimera, arrimando la cadera a una silla. Cuando por fin miró a Lexa, su expresión era distante.

—¿Has sabido algo de Washington?

—Carlisle llamó muy temprano; bueno, en realidad llamó su secretaria. —Lexa se sentó junto a Clarke—. Me han convocado a otra reunión. No sé si es buena señal o no que no me llamase él personalmente. ¿Y tú qué tal?

—Abigail me llamó a las nueve de la mañana. Estaba muy acelerada, porque mi padre se dirigía a una reunión con el líder de la minoría del Senado para tratar de los presupuestos y ella le ponía al tanto en el coche de paso que hablaba conmigo. Creo que sus palabras exactas fueron: «Dime alguien a quien puedas traer a cenar a casa» .

—Caramba —exclamó Lexa, preguntándose si reunía los requisitos. ¿Qué pensaría el presidente de su hija y ella?—. ¿Algo más?

—Nada. Dijo que me llamaría más tarde, lo cual puede significar a medianoche.

—¿Qué vas a decirle?

—De momento, le diré que no le importa a nadie, ni siquiera a ella.

Por primera vez, Clarke actuó como era habitual en ella. Cuando se enfadaba, Lexa sabía que estaba bien. —Supongo que por ahora eso sirve —comentó Lexa asintiendo. Apartó la taza e hizo ademán de dar la mano a Clarke, pero se puso rígida cuando la joven se alejó, poniéndose fuera de su alcance. De nuevo se hizo el silencio hasta que Lexa preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Ha sucedido algo.

—¿Hemos acabado? Estoy ocupada.

—¡Maldita sea! No, no hemos acabado. —La brusca respuesta de Lexa surgió de una combinación de frustración, preocupación y fatiga que amenazaba con vencerla—. No hemos acabado hasta que me expliques qué ha pasado desde que me despedí de ti hace ocho horas.

—Absolutamente nada.

Clarke desvió la vista pero, antes de que lo hiciera, Lexa percibió el brillo de las lágrimas y su ira se evaporó al instante. Se levantó, se acercó a Clarke y le acarició el brazo desnudo.

—¿Es porque no subí contigo anoche?

—No —respondió Clarke ásperamente, sin mirarla, pero sin apartar el brazo.

—No sé qué hacer —dijo Lexa como si no la hubiese oído—. A veces, ni siquiera distingo quién soy: tu amante o tu jefa de seguridad.

—¿Qué? —preguntó Clarke, sorprendida, mirando a Lexa a los ojos.

—En último término, supongo que estoy más acostumbrada a ser tu jefa de seguridad. Lo siento.

—Oh, Lexa, ése no es el problema. —Resultaba casi doloroso que Lexa se disculpase por algo que, como Clarke bien sabía, no podía evitar—. ¿Por qué no acabas de una vez esta maldita reunión y haces lo que tu parte de jefa de seguridad te ordene?

—No. —Lexa cabeceó con una ligera sonrisa—. La jefa de seguridad se acabó. En este momento soy tu amante.

—Entonces, explícame a cuál de las dos debo preguntar por esto. —Clarke sacó un sobre de papel manila de debajo de la encimera y se lo entregó a Lexa.

Lexa observó el sobre, perpleja. Un asunto habitual. El nombre y la dirección de Clarke en letra de imprenta. Sin remite. Sin sello.

—¿Cómo ha llegado? —El tono era formal y la expresión concentrada. Sin duda, preguntaba la jefa de seguridad.

—Por mensajero.

Durante un terrible momento, Lexa esperó lo que su mente racional sabía que era imposible, que se tratase de otro amenazante mensaje de Loverboy. Clavó los ojos en Clarke y preguntó sin alterarse.

—¿De qué se trata?

—Ábrelo.

Lexa retiró con cuidado los ganchitos metálicos que cerraban el sobre y sacó una fotografía de 20x25. Mientras la miraba, la ira le abrasó el pecho.

—¡Dios mío!

—La fecha impresa es de anoche —observó Clarke sin inflexión en la voz.

—Sí.

—No sé qué hacer. Ni siquiera sé qué signi…

—Clarke, te juro que no sé quién es ella.

Clarke no dijo nada. Lexa, furiosa, no podía dejar de mirarse en la fotografía, inclinada hacia una mujer que parecía susurrarle algo al oído. Una mano de la mujer acariciaba la suya. La pose era íntima, como si la foto se hubiera hecho durante un momento de gran privacidad, una imagen robada de un encuentro amoroso. La mujer era la pelirroja de la noche anterior, y aunque sólo se habían enfocado los rostros, el fondo correspondía sin duda al bar al que había ido a tomar una copa. Lexa, sin apartar la vista de la foto, dijo:

—Anoche, después de dejarte, fui al centro…

—No tienes por qué explicar…

—Sí, tengo que hacerlo. Y a ver si nos entendemos —repuso Lexa acaloradamente, apartando los ojos de la imagen de la pelirroja y posándolos en Clarke—. No he estado con nadie más que contigo desde antes de que me disparasen. No he deseado estar…

—Lexa…

—Aún no he terminado. —Los ojos verdes de Lexa echaban chispas—. No quiero a nadie más que a ti y no tengo intención de estar con nadie más. Ni ahora, ni nunca.

—Calla, por favor —pidió Clarke con tono entre avergonzado y confundido—. Me siento ridícula obligándote a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque nunca había querido que nadie dijese lo que acabas de decir —respondió Clarke en voz muy baja.

—¿Y ahora?

—Ahora sí.

—Si te sientes mejor, nunca se lo había dicho a nadie. —Lexa se acercó y abrazó a Clarke por la cintura. Estaban cara a cara, rozándose los muslos y mirándose a los ojos, apoyadas la una en los brazos de la otra—. No sé qué diablos ocurre. No sé por qué alguien intenta separarnos… si es que se trata de eso. No entiendo que nuestra relación suponga una amenaza para nadie.

Ante eso, Clarke se rió abiertamente.

—Ah, ¿has estado en el cinturón de la Biblia recientemente?

—Éste no es su estilo. La fotografía del periódico tal vez, pero aún así me parece algo forzada. Eres la hija del presidente, por amor de Dios. Ni siquiera la derecha más rancia está tan loca como para insultarte.

—Tal vez. No estoy segura de que mi posición me garantice protección a partir de ahora.

—Lamento que tengas que enfrentarte a esto. —Lexa la besó en la frente. Sentir el cuerpo de Clarke entre sus brazos relajó la rigidez que la foto había provocado en su pecho.

—Bueno… ¿y quién es esa víbora? —preguntó Clarke bruscamente, aunque había una luz nueva en sus ojos.

Lexa se rió.

—No tengo ni idea. Anoche no podía dormir. Suele ocurrirme cuando no estoy contigo.

—Hum, sé lo que necesitas cuando no puedes dormir —comentó Clarke alegremente, pero la preocupación surgió de nuevo en sus ojos. Apoyó la mejilla en el hombro de Lexa y besó la nuca sobre el cuello de una inmaculada camisa blanca.

—Te necesito a ti. —Lexa besó los cabellos de Clarke—. Estaba en el bar, tratando de ordenar mis pensamientos, cuando apareció ella de pronto. No le presté mucha atención y reconozco que no sé si había alguien más en el bar. Decidí ir en el último minuto, pero evidentemente alguien me siguió, se quedó dentro vigilando e hizo la foto.

—¿Qué dijo la mujer?

—Pues…

—¿Lexa?

—Mero ligoteo… Nada serio.

—Como la encuentre…

La boca de Lexa detuvo el flujo de palabras con un beso. Luego, sus labios se separaron, pero permanecieron muy juntas, casi sin poder respirar. Clarke recuperó la voz y habló de nuevo, con la mejilla apoyada en el pecho de Clarke y una mano debajo de su chaqueta, acariciándole la espalda.

—¿Crees que pretendía tenderte una trampa?

—No lo sé. Tal vez pasaba por allí, y alguien aprovechó la situación. Lo que está claro es que me siguieron desde aquí al bar. —Posó el mentón sobre la cabeza de Clarke y suspiró—. ¡Vaya agente del Servicio Secreto que he sido esta semana! Primero dejo que alguien te fotografíe en una postura comprometida y ahora me han seguido sin que me entere. Tal vez haya llegado el momento de que me retire.

—Tonterías. —Clarke ladeó la cabeza mientras daba golpecitos con un dedo en el pecho de Lexa—. En toda la semana no has tenido una noche entera de sueño. Y, para colmo, sufriste una conmoción. Oh, sin mencionar más estrés del que cualquiera aguantaría en un año, y mucho menos en unas semanas. Si te has despistado, es comprensible. Sigo confiándote mi vida.

—El problema es que tú lo hagas y que yo no esté a la altura del trabajo…

—¡Oh, por Dios, Lexa, date un respiro! Cuando quiera que camines sobre las aguas, te lo pediré.

Durante unos momentos, Lexa se limitó a mirarla. Luego se echó a reír.

—Sí, señora.

—Y sea lo que sea lo que intentan hacernos, el efecto es el contrario. Lo único que han conseguido es cabrearme —afirmó Clarke, categórica—. Y no contigo.

—Gracias a Dios. No creo que pudiese soportarlo.

—Por otro lado —continuó Clarke, acariciando la mejilla de Lexa—. Si la vuelvo a ver cerca de ti, es mujer muerta.

Lexa se preocupó en un primer momento, pero enseguida reconoció el matiz de humor que había en la voz de Clarke. Hacía mucho que no la oía reír y su corazón se alegró.

—Esperemos por su bien que sólo estuviera en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Sin embargo, mejor la olvidamos.

—Sí. —Clarke hundió los dedos en los cabellos espesos y oscuros de la base del cuello de Lexa y atrajo hacia sí la cabeza de su amante. Antes de fundir su boca con la de Lexa, susurró en tono gutural—: Hagámoslo.