Cuando Enjolras abrió los ojos comprobó que se encontraba en la cama y que la cabeza le martilleaba con un hormigueo insistente por el exceso de sueño. No sabía cuantas horas habían pasado, pero era de día y el sol iluminaba sus paredes creando figuras en ellas.
Se levantó y comprobó que le temblaban las piernas. ¿Cuánto hacía que no dormía una noche entera? Caminó hacia el salón siguiendo las luces que se proyectaban ahora en su piel. Las ventanas estaban abiertas y en la mesa de madera desgastada que daba al balcón, Grantaire escribía furioso, la tinta mojaba sus palmas y la pluma que asía se despeinaba entre sus dedos.
Se acercó con sigilo y observó al hombre desaliñado, bañado de ojeras negruzcas y venas rojizas que se sentaba en el borde de la silla, como si quisiera salir corriendo. Una sonrisa bailó en sus labios, pero la ocultó para que él no la viera. El momento mágico pasó como un suspiro.
―Grantaire, ¿Habéis pasado la noche escribiendo? ―susurró Enjolras con la voz ensoñada.
―¿Recordáis aquellos personajes que no podíamos permitirnos? ―dijo el cínico sin apartar la mirada del papel―. Van a volver y van a estar al servicio de vuestras letras. Con su complejidad y vuestra pasión.
―Se os ve alegre ―dijo Enjolras apoyándose en la mesa. Estaba tan cerca de él que su muslo casi le acariciaba el brazo―. De un modo que me hace pensar que aún sueño.
―Estáis despierto, aunque puede que yo ayer estuviera muy borracho, pero ¡preguntadle a Bahorel!
―¿El operario del teatro viejo? ―Enjolras no lo entendía.
―Estaba yo con él en la taberna de Lesgles. Demasiado vino para dos amigos, aunque podría juraros que aquel que vino a encontrarnos era monsieur Courfeyrac. Al menos vestía como él ―se iba por las ramas y Enjolras chistó para que fuera al grano―. Debéis construirle a Combeferre un palacio, pues el apuesto joven es partícipe en nuestra obra y hasta se ha ido a buscar a Prouvaire. Vuestro amigo posee poder de convicción. Debe ser la dulzura de su voz ―añadió con un guiño―. Si Prouvaire regresa, Bahorel nos ayudará, pero no preguntéis a qué se debe esta relación, pues bastante tenemos por delante. La caída de una torre tirará la siguiente, como en ese juego de fichas chino.
…...
Había música en sus oídos aún cuando el silencio retumbaba feroz en las paredes. Todas las butacas estaban vacías, pero Combeferre esperaba. Era a lo que se había acostumbrado toda su vida.
Ya de pequeño veía a los niños jugar, las flores crecer, a esos feos polluelos grisáceos de la campiña convertirse en cisnes. Su abuela le reñía, pues no se esperaba que un joven despierto que iba a sacarles de aquella casa vieja se quedara embobado con el decoloro de las hojas en otoño. ¿Cómo iba a buscar un buen oficio observando la vida ir y venir como un caballo salvaje?
Al fin, su espera y su visión prudente demostraron ser buenas para algo, aunque ese algo, ese oficio, fuera leer, recordar y fingir.
Aquella vez, sin embargo, Combeferre no sabía qué esperaba, pues no dependía de él. Habían pasado tres días sin noticias, aunque su trabajo estaba hecho y entregado. Sus heraldos sólo debían correr la voz.
Enjolras fue el primero en llegar, con Grantaire tras él como de costumbre. Tenía las mejillas coloradas, los ojos vivos de pasión y los labios hinchados de emoción. Combeferre no esperaba menos de aquel que había originado todo aquello (aunque él había sido el que había creado la oportunidad). Lo que le tomó por sorpresa fue su abrazo. El calor de sus brazos le derritió el corazón y Combeferre sonrió en su pelo.
―Cuando creo que estoy perdido, apareces ―susurró el rubio en su oído―. A veces olvido lo increíble que eres.
―No debería llevarme todos tus halagos. Yo sólo avisé a un amigo. Courfeyrac hizo el resto ―le contestó Combeferre intentando ocultar el orgullo al pronunciar el nombre del ser amado. Grantaire permanecía dos pasos atrás―. Y he de decir que Grantaire nos ha sido de gran ayuda.
―No me vanagloriéis, señor. Nos falta ver el resultado de mi apuesta ―le contestó Grantaire.
Como si de una profecía se tratara, la puerta se abrió y Bahorel entró por ella. Sus pasos retumbaron entre las butacas del Marais. Llevaba a Feuilly cogido de su capa de sirviente.
―Sabed que he encontrado un espía ―dijo cuando se hubo acercado a los presentes. Saludó con una pequeña reverencia pero no soltó al hombre, que parecía resignado.
― ¿Tenéis orejas? ―dijo Feuilly al fin, y se dirigió a Enjolras―. Informadle vos.
― No es un espía. Actuará con nosotros ―dijo Enjolras sin más.
― Perdonadme, señor ―respondió Bahorel a Enjolras sin mirar al hombre mientras lo soltaba―. Debía asegurarme.
―¿Son todos vuestros actores tan efusivos? ―se quejó Feuilly.
Enjolras comenzó a hablar, pero una brisa bañada de color se coló en el teatro. Tenía el pelo revuelto y la sonrisa brillante. Caminaba a zancadas, dejando atrás a aquellos que lo seguían. Combeferre sonrió instintivamente y luego enrojeció al pensar que podían descubrir todo aquello que sentía.
Era tan hipnótico que incluso Enjolras lo imitó como si se mirara en un espejo. El chico parecía confiado en sus pasos, pero no apartó la mirada de Combeferre, como si el resto del mundo no existiera.
No podían abrazarse y confesar cuanto se habían extrañado, no allí.
…...
Bahorel no prestó atención a Courfeyrac, aunque su presencia ocupara sin querer toda la sala. Para él sólo había una presencia, tan añorada como el verano en enero, tan adorada, y a la vez fuente de tantos miedos.
Cuando sus ojos negros se posaron en los verde claro de Jean Prouvaire y una sonrisa iluminó su rostro, Bahorel supo que estaba condenado. Condenado a explicarle porqué lo dejó solo, por qué si aún lo quería con él.
Vivía tan confundido que no se dio cuenta de que lo único seguro en su vida era que amaba a Prouvaire. A su modo, y sin ponerle un título o un artículo, de la única forma en la que sabía amar.
La reverencia fue extraña. Todos sus músculos se contrajeron y el dolor cubrió su espalda, pero Jean no dejó de sonreír. Bahorel había olvidado al doctor, que lo saludaba quitándose el sombrero. Estaba con él, tan cerca que parecían uno solo.
El doctor también sonreía, aunque debajo de aquella superficie de felicidad, sus ojos mostraban nerviosismo y miedo.
Joly le tendió la mano y habló con la voz dulce como las fresas, sincera como la de un niño.
―Me alegra volver a veros ―dijo sin abandonar la sonrisa, las tenues pecas de su nariz resaltaban.
―Y a mí veros, a ambos. Gracias por cuidar de Jean, doctor. Parece tan sano y hermoso como la primera vez que lo vi ―había un deje melancólico en la voz de Bahorel y Prouvaire se entristeció.
Bahorel no quería verlo así, no cuando la última vez que se habían encontrado, hematomas purpúreos adornaban sus brazos y su cara. Volvió a sonreír mientras se acariciaba la nuca. Necesitaba escuchar su risa.
―Aunque con ese pelo parecéis un infante. ¿Quién os lo ha cortado? ¿Fuisteis vos mismo?
―A mí me gusta ―le contestó Prouvaire con un guiño.
―Entonces a mí también ―la voz de Bahorel se tornó suave―. Queda bien con vuestro color de piel. El campo os sienta bien ―dijo al fin.
No sabía qué hacer y Joly lo miraba, pero Prouvaire actuó por él y se lanzó a sus brazos, estrechándolo contra su pecho mientras no dejaba de reír. Parecían dos niños que comparten juegos y secretos. Bahorel le acarició los mechones cortos, notando como ya no colmaban sus dedos. Prouvaire ya no era Julieta.
Cuando se separaron, Jean estaba llorando y Joly lo miraba con indudable preocupación, pero el joven le tomó la mano y le besó los dedos. El hombre se calmó al instante y Bahorel comprendió que el amor era eso, y que él no podía ofrecerle todo aquello a Jean, esa complicidad silenciosa.
Tenía que aceptar que las cosas que suceden, lo hacen por un motivo, y que él no era nadie para cambiar su destino.
Fue Enjolras quién lo rescató de sus pensamientos. Se había subido al escenario y los miraba a todos con los ojos brillantes y los brazos en alto.
Todo los que lo habían visto sobre la desgastada madera reconocieron al Enjolras actor. Por debajo de aquella peluca y del corsé, de la falda y el maquillaje, nunca había dejado de ser esa presencia hipnótica que merecía ser contemplada.
―Señores, gracias por venir. Mentiría si dijera que no estoy impresionado ―era evidente en su voz―. He pasado media vida recitando palabras con la seguridad de aquello que decía y sin embargo, no encuentro aquellas que os agradezcan tal lealtad. Esta obra es mi pensamiento, mis entrañas y mi corazón, pero es vuestra como fue mía, cuando aún estaba naciendo entre mis dedos. Debo avisaros: es arriesgada y no es convencional. No sería consecuente que aquel que no cree en el poder absoluto os obligara a participar en ella. Os necesito, a todos, pero si alguien no desea asumir tal riesgo y se marcha, será libre como lo debería ser cada ciudadano.
Al decir eso último miró a Feuilly, pero el sirviente parecía estático en su posición.
―Somos actores, Enjolras ―dijo Courfeyrac desde abajo. La sonrisa no había abandonado sus labios―. Morimos cada noche por amor, luchamos por las letras más cruentas, más lascivas. El riesgo es parte de todo aquello que amamos.
Juraría que Bahorel había levantado un puño. Enjolras miró a Grantaire desde su atril de poder. Sus ojos le dieron las gracias y el asistente movió la cabeza aceptando unas palabras invisibles.
…...
Desde aquella tarde que los reunió, la fortuna pareció sonreírles, al menos dentro del teatro. Los ensayos marchaban bien, y todo aquel que se había implicado disfrutaba de su personaje y le daba una vida, un matiz.
Combeferre y Courfeyrac se miraban a escondidas cuando parecía que los demás leían en silencio. No eran más que cordiales en aquellos momentos entre sus compañeros, y se entregaban cuando los únicos presentes eran la luna y las estrellas.
No era de extrañar que, pese al contagioso entusiasmo, se viera a Enjolras pensar con los brazos cruzados, el ceño fruncido y una idea flotando sobre su cabeza. Él era el maestro y por ello siempre necesitaba más.
Y como los valientes guerreros sacan la espada aún cuando están rodeados, Enjolras no se conformó con aquellos que habían acudido y repartió carteles y dio discursos, pidiendo apoyo para su nueva obra.
Una tarde incluso se acercó a Joly.
―Perdonadme, doctor, ¿me permitís hablaros?
― Por supuesto ―respondió el médico cordialmente.
Enjolras aprovechó para dejar escapar sus pensamientos.
―Quería daros las gracias por curar a Prouvaire. Vivimos en tiempos difíciles los actores como nosotros. Tengo en cuenta el esfuerzo que el muchacho hace volviendo a un escenario tras el miedo y el dolor.
―Jean es valiente ―le contestó Joly. Estaba tranquilo, sólo trataba de constatar un hecho.
―No lo olvido ―le contestó Enjolras―. Hay gentes que piensan que no se necesita ese valor para ponerse un corsé y dejar aflorar el lado femenino, que sólo los débiles son capaces de realizar tal oficio. Ahora es un estigma.
―Creedme. Me atormenta que pueda volver a pasar.
―Tenéis asuntos y seguís, sin embargo, aquí. Lo que voy a deciros me avergüenza ―dijo Enjolras agachando la cabeza.
―Entonces no lo posterguéis.
―Prouvaire me dijo que leéis como un erudito y que recitáis para él. Esa es una razón más que importante para pediros lo que ahora mismo mis labios demandan. Os necesito.
― ¿Me necesitáis como médico? ―aventuró Joly.
―Os necesito como actor ―respondió Enjolras con la claridad que siempre utilizaba, aunque era consciente de que podía asustar al hombre que tenía enfrente―. Sé que no tenéis experiencia. Muchos de estos hombres no la tienen, pero sabed que esto es algo más.
―Estoy seguro ―los ojos del doctor buscaron el suelo. Su timidez le impedía expresarse con claridad, pero era siempre tan jovial que acababa maravillando a todo el mundo―, y me halagáis, pero no me siento capaz. Disculpadme.
―Es una pena ―dijo Enjolras con total sinceridad―. Os ayudaría y…
―Y a monsieur Prouvaire le encantaría, lo sé ―acabó él la frase. Sabía perfectamente que que él participara colmaría de alegría a Jehan―. Dejad al menos que lo piense.
Enjolras mostró una pequeña sonrisa y se alejó con un apretón de manos que le auguraba un éxito casi seguro. Sólo tenía que esperar.
...
Éponine había pasado toda su vida esperando. Esperando primero ser lo bastante alta, lo bastante fuerte para poder defender a aquellos que eran más débiles que ella, para poder salvar a otros del infierno que había sido su vida.
Hasta los nueve años sólo esperaba ser bella y casarse con un príncipe. Hasta ese momento en el que supo que su padre no la quería como ella pensaba. Hasta ese momento sólo esperó cosas triviales, estúpidas, sueños.
Cuando fue fuerte esperó que todo cambiara, que hubiera algo más para ella.
Y ahora que lo había, querían quitárselo como se lo quitaban todo.
Montparnasse le había marcado la cara con una amenaza. Claquesous la había sujetado por los brazos para que no intentara arañar a su agresor.
"Necesitamos oro, mi querida princesa" le habían dicho. Se burlaban de su destino aquellos hombres que no tenían uno porque nunca habían esperado, porque simplemente tomaban aquello que estaba a su alcance.
Éponine se derrumbó en la puerta del teatro antes de poder entrar. Pensó que iba a morir, exhausta en la escalinata de piedra, cuando unos brazos callosos y grandes la levantaron de la basura que se escondía en la calle; de aquel lugar al que siempre había pertenecido.
…...
Enjolras levantaba los brazos, intentando indicar su posición a todos aquellos que se habían reunido en el escenario aquel día. El tiempo corría en su contra y sus vidas estaban ocupadas por otros quehaceres. Sólo él y Prouvaire se desvivían por aquella causa.
El joven lo hacía por todas aquellas marcas que eran invisibles en su piel, pero no en su corazón. Aquello que había sido una desgracia tiempo atrás, lo alimentaba ahora, y Enjolras no podía quejarse, pues su sonrisa era el ancla que levantaba a los demás.
Lesgles, el tabernero, les había acogido en un cuarto de la parte de atrás de la taberna. Su amada Musichetta lo había dispuesto todo para que sus invitados estuvieran cómodos y contentos con buena comida y sábanas limpias. Aquella mujer parecía conocer muy bien a Joly, pero Prouvaire no quiso preguntarle.
De los libros había aprendido que es la parte que queda por leer, y no la que ya se ha leído, la que más se debería cuidar.
Aquella tarde no era una excepción.
No hasta que la puerta se abrió con un potro desbocado entrando por ella y atrayendo al mismísimo Céfiro. Los presentes se volvieron. Bahorel parecía frenético y alterado mientras cargaba con un pequeño bulto que descansaba en sus enormes brazos.
―¡Ayudadme, por favor! ―gritó mientras se dirigía a escena.
Algunos se acercaron y comprobaron que aquello que no parecía más que un niño pequeño era en realidad una chica. Fue evidente cuando Bahorel la tendió semiinconsciente en una butaca y su pelo se esparció por el terciopelo rojo.
―Voy a llamar a Joly ―le dijo Prouvaire a Enjolras cuando el caos inicial se disipó.
―Deprisa ¿Combeferre?
Su amigo estaba a su lado, blanco como la tiza. Los labios se le habían secado y los ojos parecían dos lunas oscuras, de un azul casi negro. Parecía no poseer ni un ápice de sangre en su piel.
―Es… es Éponine ―dijo con la lengua seca y paso vacilante.
Combeferre bajó de la plataforma y Enjolras se quedó sobre ella, bloqueado. Algunos corrían y otros demandaban una tarea. El mismísimo averno se abría a su alrededor.
