Disclaimer: La historia y los personajes no me pertenecen, sus creadoras son Helen Brook y Stephanie Meyer respectivamente.


Capítulo 12


La última semana pasó volando. Alice conoció a la abuela de Jasper por fin. La anciana había estado enferma durante algunas semanas y no había podido recibir visitas. Alice descubrió que era una anciana indomable, muy italiana y que se mostraba sospechosa de los extranjeros.

Después de conocerla, ella comprendió por qué Jasper no había querido dejar a Rosalie a su cuidado.

A pesar de que hubo algunos contratiempos, nadie parecía tan alterado como Alice, seguramente porque lo único que les preocupaba era la boda. Ella tenía que enfrentarse a la realidad de que nunca volvería a ver a Jasper. Era un pensamiento insoportable y, durante el día, lograba olvidarse de él. Las noches eran un asunto completamente diferente. Los fantasmas salían para turbarla.

Las náuseas de Rosalie habían ido disminuyendo hasta el punto de que ya no eran un problema. Sin embargo, seguía acusando el cansancio. Rosalie se marchaba a la cama inmediatamente después de cenar, algo que a Alice, dadas las circunstancias, le parecía una bendición.

La víspera de la boda, después de almorzar en casa de Emmet y de supervisar los últimos detalles, Rosalie pidió que le llevaran la cena a su habitación. Alice y Jasper tuvieron que cenar solos.

Ella no podía ni siquiera describir cómo se sentía. Una parte de ella había esperado que Jasper le pidiera que se quedara un poco más, aunque su respuesta siempre había sido «no».

Llevaba varios días sin dormir. Se despertaba muy temprano y paseaba por su dormitorio como una leona enjaulada, llena de inquietud y nervios que le impedían descansar.

La semana anterior, Jasper la había llevado a un festival de folclore, donde el baile nacional de Italia, la tarantella había sido la estrella. Alice conocía la historia del baile. En el siglo XV, las campesinas de la ciudad de Taranto habían sido picadas por la tarántula, una araña cuyo veneno solo puede abandonar el cuerpo de quien pique por medio de un abundante sudor.

Tal vez a ella no la había picado la tarántula, pero la infección que estaba sufriendo era incluso más mortal. Si hubiera podido librarse de ella por medio de aquel frenético baile, lo habría hecho. Al menos así habría podido dormir por las noches.

Cuando entró en el comedor, vio que Jasper estaba esperándola. Alice forzó una sonrisa y se sentó en la silla que él se apresuró a sujetarle. Entonces, le puso la copa de vino en la mano y tomó asiento.

–Por mañana –dijo ella, aliviada por lo tranquila que le sonó la voz considerando que se estaba muriendo por dentro–. Por Rosalie y Emmet.

–Por Rosalie y Emmet. Y también por ti –añadió él mientras rozaba suavemente la copa de Alice con la suya–. Tu ayuda ha sido muy valiosa.

Jasper llevaba una camisa gris y unos pantalones negros, una visión de belleza masculina. Su atractivo pocas veces había sido tan potente. Alice deseó arrojarse a sus brazos y besarle apasionadamente. Para contenerse, dio un gran trago de vino.

–No hay de qué. Me he divertido mucho. No es frecuente que una mujer se vea tan implicada en una boda que no es la suya y, gracias a ti, he visto más cosas de Puglia que las que habría visto por mi cuenta.

–Yo también me he divertido. Creo que cuando uno nace en un lugar, resulta muy fácil no tomarse interés por conocerlo. Sin embargo, al verlo a través de tus ojos ha sido maravilloso. Eres encantadora.

Pero no lo suficiente. Durante un terrible instante, Alice creyó que lo había dicho en voz alta. Sintió un profundo alivio al ver que el rostro de Jasper no se alteraba. Estaba en el último tramo de su estancia allí. Lo superaría. Flirtear era algo natural para los italianos. Podía superarlo. Llevaba haciéndolo semanas.

La única diferencia era que, en aquellos casos, su partida no era inminente.

Habían hablado mucho en las últimas semanas. Alice le había contado más de lo que había pensado que haría y él también había parecido abrirse con ella. Alice había empezado a hacerse ilusiones. Tal vez, solo tal vez, él estaba empezando a considerarla diferente a las demás mujeres que había conocido. Entonces, otros días, se mostraba frío y distante cuando estaban solos.

Ese no era el caso aquella última noche. Alice tragó saliva. Aquella noche el deseo resultaba evidente sobre su hermoso rostro. Si ella no estuviera sexualmente excitada, habría podido mantener de mejor manera la cabeza fría.

–Alice, ¿te ocurre algo?

–No, nada.

Siguieron cenando en silencio. Aquella última cena no estaba resultando ser como ella había imaginado. Reconoció que era culpa suya. Cuando Gilda les llevó el postre, la tensión en el ambiente era tan fuerte que el aire prácticamente vibraba. De estar relajado y sexy, Jasper había pasado a mostrarse frío, cauteloso. Las respuestas monosilábicas de Alice y el tenso lenguaje corporal enviaban un mensaje que ningún hombre podía ignorar.

Él esperó hasta que Gilda hubo servido el café antes de hablar.

–Está bien, Alice. Sé que te ocurre algo. ¿Qué es lo que pasa?

–Nada. De verdad. Solo que creo que deberías saber que me marcho pasado mañana. He mandado a la empresa de coches de alquiler que me envíe un vehículo a las once.

–¿Por qué?

–La razón por la que he estado aquí varias semanas ya no existirá. Rosalie estará casada. Es hora de que yo continúe con mis vacaciones.

–¿Tus vacaciones? No sabía que tenías tantas ganas de marcharte.

–No se trata de eso.

–¿No? ¿Y entonces de qué se trata?

–Llegué a esta casa por accidente y tú fuiste muy amable y me ayudaste. Soy consciente de ello.

–Deja de hablar como si fueras una gata perdida…

–Accedí a quedarme para ayudar a Rosalie porque quise hacerlo. Nadie me puso una pistola en la sien. No estoy diciendo eso, pero no estaría bien que me quedara después de que Rosalie se casara. Tú querrás seguir con tu vida y yo tengo la intención de seguir con la mía.

–¿Y si yo deseo que te quedes? ¿Qué ocurre entonces?

Ella lo miró con frialdad. Se alegraba de que él estuviera tan enfadado. Eso le ayudaba a decir lo que debía.

–No voy a ser una muesca más en el cabecero de tu cama, Jasper. Esto te lo he dejado claro desde el principio.

–Entonces, ¿vas a salir huyendo a Inglaterra, tal vez a los brazos de ese Peter? Tal vez esperas que él te vuelva a invitar a su cama.

Alice se sintió furiosa con él. ¿Cómo se atrevía a decirle aquello después de todo lo que habían compartido?

–Yo jamás estuve en su cama –le espetó ella–. Jamás he estado en la cama de nadie y, ciertamente, no voy a empezar contigo. Por lo tanto, ¿por qué no chascas los dedos para que venga una de las mujeres que estoy segura hacen fila para tener su oportunidad?

Jasper la miró completamente asombrado.

–¿Por qué estamos discutiendo? –le preguntó. Entonces, se inclinó sobre ella y le tomó la mano antes de que ella pudiera apartarla–. Estas semanas han sido muy agradables, ¿verdad? Y podrían haber sido mejores. Te deseo, mia piccola. Jamás he deseado más a una mujer ni he esperado tanto tiempo. Créeme.

Alice se creía lo de la espera. Se imaginaba que la mayoría de las mujeres caían entre sus brazos como moscas y se consideraban afortunadas por ello. Respiró profundamente.

Dudaba que pudiera hacerle entender, pero tenía que intentarlo.

–Para mí tiene que ser más que deseo, Jasper.

–Pero tú me deseas…

–Sí, claro que te deseo, pero no solo para una semana o para un mes o incluso para un año o dos. Y sé que tú no quieres eso. Ni conmigo ni tal vez con nadie.

Ya estaba. Lo había dicho.

–¿Acaso no confías en mí? ¿Acaso no crees que yo sería bueno para ti? Ella apartó la mano.

–Ya sabes lo que estoy diciendo, Jasper, pero, para que conste, confío en ti. Eres sincero en tu trato con las mujeres. No haces promesas ni garantizas nada.

–Eso no es cierto –replicó él. De nuevo, volvía a parecer enfadado–. Dije que esperaría hasta que estuvieras lista, ¿verdad? Los dos sabemos que podría haberte poseído muchas veces a lo largo de las últimas semanas si hubiera querido.

–Pero no lo habrías hecho porque eres un hombre y no un animal. Un buen hombre – dijo ella. Estaba temblando por dentro. No había querido que todo terminara así. Tal vez habría sido mejor marcharse sin decir nada y dejar tan solo una carta explicando por qué–. Y, como tú acabas de decir, sabías que yo no estaba lista para una breve aventura. De hecho, nunca estaré lista porque no podría entregarme sin que significara algo especial para mí. Así soy yo.

–¿Estás diciendo que te vas a marchar sin darnos una oportunidad? En ese caso, no considero que ese sentimiento que tú dices que tienes hacia mí valga nada.

Aquello había sido un golpe bajo, pero Alice no iba a dejar que él se escapara sin afrontar los hechos.

–Ese sentimiento es amor, Jasper, tanto si crees en ello como si no. Si me quedara, para mí tendría que ser para siempre, tanto si permaneciéramos juntos como si nos separáramos. Yo siempre sería tuya aquí –dijo mientras se tocaba suavemente el pecho, justo encima del corazón–. La diferencia es que, si me marcho ahora, podré seguir con mi vida y seguir funcionando. Un día, esto incluso podría parecer un hermoso sueño. Si me quedara, tú me destruirías. No estoy preparada para sacrificarme ni para dejar que lo que hay entre nosotros se convierta en algo complicado, enredado y oscuro. Yo siempre querré más y sé que tú eres incapaz de dármelo. Te sentirías atrapado. Entonces, la separación dentro de unos meses, un año… Yo… –susurró. Sacudió la cabeza incapaz de encontrar palabras para describir cómo se sentiría–. Y tú, culpable, enfadado, avergonzado porque, tal y como he dicho, eres un buen hombre.

–Entonces, ¿te vas a marchar? ¿Así?

–Sí. Así –afirmó ella.

Cuando se puso de pie, medio esperaba que Jasper trataría de detenerla, pero no hubo nada. No reaccionó de ninguna manera. Simplemente la observó mientras ella abandonaba el comedor.

Alice acababa de abrir la puerta de su dormitorio cuando él subió las escaleras. Se volvió para mirarlo con el corazón latiéndole a toda velocidad.

–Si dijera que me casaría contigo, ¿qué me dirías entonces?

Durante un instante, la esperanza floreció en el pecho de Alice. Solo durante un momento. Ni en sus más extrañas fantasías, y había fantaseado en muchas ocasiones que Jasper le pedía que se casara con él, se había imaginado que la proposición de matrimonio que él le haría sería como un desafío.

–En ese caso, te diría que te lo volvieras a pensar.

–¿Qué significa eso?

–Que un matrimonio así sería un desastre. Un trozo de papel y una alianza de boda no hacen un matrimonio. No sería nada diferente a lo que te dije abajo, a excepción de que tú te sentirías atrapado mucho antes. ¿No lo ves? ¿Acaso no has comprendido nada de lo que te he dicho? Quiero lo que no eres capaz de darme. No solo quiero tu cuerpo. Lo quiero todo. Amor. Complicidad. Hijos. Nietos. Quiero alguien que me ame cuando mi cuerpo ya no sea tan joven, que me apoye contra el resto del mundo si es necesario, que se enfrente a la alegría y a las penas y a lo que nos depare el destino agarrándome la mano…

Alice estaba a punto de llorar. Se dijo que no iba a hacerlo. Aquella sería la máxima humillación.

–¿Por qué no puedes ser como el resto de las mujeres? ¿Por qué tienes que hacer que esto sea tan complicado?

La tomó entre sus brazos antes de que ella pudiera protestar. Cuando prendió los labios con los de ella, estos contenían un deseo más fuerte que nunca. La intensidad de lo que él expresaba sorprendió a Alice. Se tensó antes de dejar que la pasión prendiera en ella y se dejara llevar.

Cuando Jasper sintió que ella se rendía, dejó escapar un gruñido de satisfacción. La lengua de él buscó la dulzura de la boca de Alice. Ella no se pudo resistir y le permitió el acceso. Las manos de él se prendieron en la estrecha cintura y la moldearon contra sí de tal manera que ella casi no podía respirar. Los labios de Jasper transmitían sensaciones indescriptibles a sus sentidos. Una dulce y lenta tensión comenzó a crearse dentro de ella y la animaba a apretarse más contra él a pesar de que el cerebro le pedía que se detuviera.

Jasper deslizó las manos sobre su cuerpo para cubrirle el trasero. Entonces, comenzó a moverse contra ella, firme, eróticamente, con un lánguido ritmo que la hizo vibrar.

Alice casi no se había dado cuenta de que él la había hecho entrar en el dormitorio y había cerrado la puerta. A pesar de todo, no sintió pánico, tan solo el deseo de pegarse más a él, al hombre que amaba.

Cuando cayeron encima de la cama, ella estaba debajo de él, pero Jasper no había dejado de besarla ni siquiera un instante. Sintió que las manos de él comenzaban a levantarle la falda del vestido hasta que sus bronceadas piernas quedaron al descubierto. Mientras le tocaba los muslos, ella se sintió galvanizada por las sensaciones que la obligaban a arquearse de un modo más antiguo que el tiempo, un acto que reclamaba la posesión total.

Al principio, cuando él se retiró, Alice no se lo podía creer. Durante un instante, pensó que él se estaba desnudando, pero Jasper se había quedado completamente inmóvil. Cuando trató de agarrarlo para tirar de él hacia su cuerpo, se levantó de la cama y se puso de pie.

–No te poseeré así –dijo–. No quería que ocurriera esto cuando subí las escaleras. Debes creerme. No tenía intención de hacer esto.

–Yo… yo no comprendo.

–Hace semanas me prometí que no te metería prisa. Tu inocencia es un arma terrible, ¿lo sabías? No, por supuesto que no lo sabes. Ese es el problema. No juegas ni te muestras coqueta.

Alice no tenía ni idea de lo que él estaba hablando. Lo único que sabía era que él había dejado de hacerle el amor. Que había sido capaz de controlar su atracción sexual hasta el final. Eso era lo poco que le importaba.

Sintió unas ganas tremendas de llorar. Si él la veía, la humillación sería total.

–¿Te importaría marcharte? Por favor.

–Alice…

–Por favor.

Jasper se marchó. Alice sintió que se le hacía un nudo en la garganta al contemplar la puerta cerrada. No se podía creer que él se hubiera marchado realmente.

Entonces, se puso a llorar.


Capitulo 12 ~ El anteultimo

XOXO