Toda tu transparencia

Jareth hizo arder una esfera en la punta de sus dedos que iluminó todo su entorno con matices de oro; Sarah estiró el cuello para poder ver por detrás de su espalda. Alrededor, algunas cadenas amuradas a la roca, de eslabones grandes y herrumbrosos, parecían dormitar un sueño eterno de quietud y silencio, semejantes a reos desmoralizados, tan afligidos y debilitados como los presos que seguramente atormentaron. Por sobre éstas sujeciones de hierro, y próximas a los recién llegados, telarañas desplegadas como mantos, resplandecieron a causa de la luz del cristal, junto a los restos de un par de velones a punto de consumirse. Por aquí, y por allá, nada más, sólo muros de piedra; incluso la bóveda del techo era exigua, incrementando la sensación de asfixia. Sólo aquello y una inquietante preocupación les dieron la bienvenida a su temible encierro. El mago hizo rodar la esfera por el suelo y los velones se encendieron solos. Ambos caminaron hacia el centro de la pequeña cueva y giraron tozudamente en todas direcciones, buscando con ansia una vía de escape.

- Creo que sé dónde estamos… - susurró Sarah padeciendo una especie de deja vú.

- ¡Pues yo no me quedo aquí! – bufó Jareth; y volviéndose feroz al hoyo, intentó volverse ave para escapar por él. Grande fue su sorpresa al descubrir que aquello le era imposible de realizar, por más que lo intentase. Quedóse paralizado de pie ante la única salida, llevándose una mano al pecho con una expresión doliente. Otra vez el malestar agudo, otra vez el abandono de sus facultades; de repente recordó lo que le había ocurrido aquella tarde en las inmediaciones del puente colgante. ¡No podía ser! ¿Otra vez? ¿Y justo ahora? Pero… si acababa de generar luz en una esfera, ¿por qué no podía echar mano a más poder?

- ¿Qué ocurre? – inquirió Sarah, preocupada.

- ¡Nada! – rugió él, enfurecido. Había acumulado demasiada tensión aquella noche, y ésta pugnaba por escapar de su cuerpo de alguna forma.

Y no sólo aquella noche, también la llevaba acopiando desde el inicio del viaje; el fastidio, las discusiones, el retener y doblegar sus frustraciones. Y a todo esto venía a sumarse, como corona del asunto, su ignominioso papel de galán deslucido, no siendo capaz de ufanarse siquiera de sus potestades sobrenaturales. Era aquello una daga de doble filo que laceraba su increíble presunción de autosuficiencia. ¿Qué, él no era capaz de recrear un poco de plumas? ¿Él, que otrora amedrentara a sus súbditos con un soplo de su boca, era incapaz de resolver un simple escollo? ¿Cómo, no era acaso portentoso, magnánimo, grandioso, noble y digno? ¿No era acaso un seductor nato, irresistibles sus encantos, de personalidad aguda y filosos comentarios? ¿Entonces por qué habíase quedado pasmado, incapaz de pronunciar dos vocablos congruentes en el momento adecuado? ¿No le era posible? ¿No era capaz? ¿El todopoderoso no era capaz?

- ¿Cómo que nada? – Insistió Sarah, ceñuda – Algo sucede. ¿Por qué no puedes convertirte en lechuza?

- ¡¿Quién dijo que no puedo? – espetó él, loco de rabia, y volvióse sobre el muro, rugido mediante, asestándole a la roca un par de puñetazos salvajes. Sarah contuvo entre sus labios el aliento y permaneció en silencio, expectante; el nerviosismo podía palparse: Jareth daba vueltas y vueltas en derredor como un gato enjaulado, hecho una pólvora, y por temor y por cuidado ella conservó las distancias; jamás le había visto en ese estado.

En su afán de divertimento, Wallas había dispuesto que cualquier Olvidadero en el cual el mago cayera tuviese la virtud de anular sus omnipotencias al cabo de unos minutos de hallarse dentro. Jareth se percató de ello, llegando a la conclusión correcta acerca del encargado de hacerle padecer el trance, y ahora se hallaba metido de lleno en un problema grave con la responsabilidad de la integridad física de Sarah a cuestas. Y no ser capaz de rescatarla del atascadero le retorcía el orgullo agónicamente por dentro. ¿Qué iba a pensar ella? Que era un ilusionista de circo, seguramente. ¡Oh, qué rabia! Hubiese echado abajo la cueva de haberle sido posible. ¿Qué le diría ahora? ¿Con qué cara iba a mirarla? Allí estaba, su llave maestra para sortear el laberinto, preso junto a ella en un apestoso Olvidadero. Junto a ella, sí, junto a ella. Y no había muchos rincones dónde esconderse de la dama allí donde se encontraban. Ambos sintiéronse muy inquietos; jamás habían atravesado una situación semejante… y con semejante colega. Y no distó mucho hasta que se les disparó el pensamiento: se hallaban encerrados juntos y a solas. Amedrentada, Sarah intentó hacerse imperceptible; sentóse en un rincón, empequeñecida, observando con avidez las reacciones de su compañero.

Jareth se deshizo en nervios apurando así el agotamiento, y pronto cansóse de dar vueltas, furibundo. Finalmente posó sus manos en la cara del muro dándole la espalda a Sarah y dejó caer su cabeza entre sus brazos, frustrado. Vaya ayuda había resultado ser. Si no era capaz de sacarla de un mero pozo en la tierra, ¿cómo esperaba serle útil de ahora en más? Aspiró profundamente y exhaló con lentitud y amargura. ¿Para qué iba a querer Sarah la compañía de un simple consentido? Sin su poder… sólo era lo que era... ¿cómo esperaba impresionarla? No pudo evitar sentirse terriblemente derrotado. Sarah se angustió sobremanera, adivinando sus sentimientos, ¿sería posible que él creyera que ella perdería todo su interés sólo porque no podía tronar los dedos y desvanecerse?

Durante unos minutos, entre ellos reinó un gran silencio, roto solamente por el leve sonido del viento que silbaba misterioso a través de unas hendijas en el techo de la caverna, trayendo consigo el frío del exterior. La atmósfera era apremiante y angustiosa; irreal, una pesadilla.

Las botas de Jareth crujieron en la tierra girando sobre sí. El mago dejóse caer de espaldas contra la pared y derrumbóse en el suelo con una expresión de fastidio, abatido. Tendió los brazos sobre sus rodillas y huyó de la mirada de Sarah descansando su cabeza sobre ellos. Lejos, muy lejos, allí donde nunca le pudiesen volver a hallar; ahí deseaba con todas sus fuerzas estar en ese momento. Afligida, Sarah no supo qué hacer, debatiéndose entre dos sentimientos atroces: una terrible necesidad de contenerlo, pero también el temor a sus arranques feroces; y no se atrevió a acercársele. Oh, sí, sus famosos arranques; en eso mismo estaba pensando él. No sólo había fracasado como su protector, sino que además toda la confianza que había logrado despertar en ella con tanto trabajo la había desmoronado con un solo puñetazo. La había asustado, eso había hecho; ¿cómo esperaba que ella no le temiera? Y encolerizóse contra sí mismo con una saña tremenda, jamás había estado tan enfurecido en la vida, jamás. ¿Y ahora? ¿Qué quedaba ahora? Nada. Que ella le viese tal cual era, como a través de un diáfano cristal. Y retorciósele el estómago de nervios; no era poseedor de ninguna virtud para alardear. Todo lo que ella vería sería tan sólo a un malcriado…

El silencio acrecentó la angustia y la ansiedad de Sarah; no podían pasar la noche entera en silencio, o al menos ella no lo lograría. Algo estaba ocurriendo dentro de él y ella quería formar parte. Se preparó unos instantes y finalmente tomó la iniciativa.

- Sólo tenemos que esperar a que los demás nos encuentren – susurró con timidez – Ya verás que lo harán. Hoggle lo hará.

Jareth elevó una mirada de puñal y Sarah sintió escalofríos.

- Hoggle… - musitó él, masticando cada letra con ira indecible – Sí… el buen… Hoggle…

Sarah había intentado animarle pero ahora el mago se sentía peor: no sólo era incapaz de rescatarla del problema, resultaba ahora además que el más apto para desempeñar ese papel era el más obtuso de los enanos. Por consiguiente, y por crueldades de la matemática, o de la lógica de los seres pensantes, Jareth era inferior al más obtuso de los enanos… Qué gran noticia… Qué felicidad…

- Gennah se dará cuenta de nuestra ausencia – se aventuró Sarah, tenaz – Es más, quizá ya lo sepan y estén viniendo hacia aquí.

- Gennah y Hoggle… - suspiró Jareth, echando un vistazo alrededor – Sí, qué gran equipo… Una trastornada que le teme hasta a su sombra y un servil enano tan leal como un escorpión…

Sarah frunció el ceño, indignada.

- No es verdad lo que dices…

- Ah, ¿no? – Ironizó él, molesto – Se ve que no observas bien.

- Hoggle nunca me traicionó – Expuso ella – Es más, su ayuda fue muy importante para…

Sarah enmudeció de repente, fulminada por una idea paralizante; había caído en la cuenta de que iba a traer sobre el tapete lo ocurrido en el pasado, en ese preciso instante. Pero su límite verbal se impuso demasiado tarde: Jareth discernió lo que hubiese proferido y abrió los ojos de par en par, sediento de sangre.

- ¿Para qué? – Renegó, furioso – ¡Para traicionarme! ¡Ese sucio y ruin cobarde desatendió mis órdenes para traicionarme!

- Para ayudarme – le corrigió ella. Se mantuvo tan calma como le fue posible, porfiando que era capaz de devolverle la cordura – Lo hizo para ayudarme a recuperar a Toby.

- Oh, sí, claro, claro…

- No voy a discutir…

- ¡Pues yo no comencé! – rugió él, como un león enfurecido. Sarah entendió que los hechos le habían sobrepasado; el mago se hallaba demasiado habituado a su linaje portentoso, y por lo tanto le era vergonzoso aceptar que no había manera que le permitiera dominar la situación y resolverla, como el libertador del momento.

- ¡Qué…! – desafió él, fuera de sí. Se hallaba desahogando toda su frustración y todos sus miedos con cada bramido - ¿No te gusta lo que ves? ¡Pues esto es lo que hay, nada más! ¿No te agrado? ¡Pues tú tampoco a mí! ¡Ojala nunca hubieses regresado aquí! ¡No eres más que una carga para mí…!

Habiendo dicho esto, desplomó nuevamente su cabeza entre sus brazos de manera impetuosa, berreando. Sarah hallóse atónita, jamás le había visto tan exacerbado. Pero, sin embargo, como ocurre con los corazones enamorados, se agudizaron sus sentidos y sus percepciones de lo subrepticio; él no era en realidad un manojo de ladridos, debajo de esos rugidos se hallaba en realidad un pedido de auxilio. Él todavía sentía algo muy fuerte hacia ella, estaba segura; y en su parlamento, entre líneas, el mensaje había sido muy claro: "Mira Sarah, estoy aterrado. Estoy convencido que tu interés por esta cimentado en el castillo de naipes de los sueños y las maravillas que puedo prometerte. Si ya no tengo nada con qué deslumbrarte no habrá razones para que sigas conmigo."

Una llama vivaz se le encendió muy dentro, la misma que le había impulsado a vencer el laberinto hacía ya cinco años, la misma que ahora le impelía a resolver esta otra maraña de pasadizos también: su valiente tozudez. Es que acababa de comprender que Jareth se encontraba bajo demasiada presión; se hallaba empeñado a jugar el papel de infalible y aquello tarde o temprano tenía sus consecuencias. Se le había encomendado una tarea y la iba a llevar a cabo de manera perfecta. Había asumido que la integridad física del grupo entero era responsabilidad exclusivamente suya, y al ver truncados sus planes de ser el as en la manga, ahora que había perdido sus facultades, habíase hallado mentalmente exhausto. Su vida como príncipe malcriado y luego rey mimado no estaba acostumbrada a estos excesos de cooperación. No sabía integrarse, tampoco relacionarse. Rehuía de la compañía de los otros por algún extraño complejo y debía luchar contra su mal genio todo el tiempo para no acabar fulminándolos a todos cuando lo exasperaban. Sumado esto a su agotamiento legible después de semejantes correrías dentro del laberinto, era esperable y comprensible que su reciente temor a perderle o desilusionarle fuera la chispa que provocase el incendio. Bien, hasta ahí todo muy bien, pero… ¿qué hacer? Sarah se llevó los dedos a la boca, intentando urdir algún plan. Entonces, súbitamente, una sonrisa sagaz se dibujó en su rostro. Lo tenía. Había recordado la imagen de las uniones de una armadura; y había recordado cómo él mismo había aplicado esa teoría con ella para que dejara sus celos en evidencia cuando Gennah le ofrecía atenciones. Si lograba tocar las emociones adecuadas le obligaría a revelar lo que sentía; no tendría opción. Muy bien, ahora sería ella la que pondría a prueba las cosquillas del mago. Era hora de actuar.

Snif, snif, snif… Un sonido tenue exhortó a Jareth a levantar la cabeza; era un sonido tímido, débil, casi cohibido, como si quien lo expeliese esperase no ser sorprendido. Y sus finos oídos le notificaron de inmediato, arrojando su vista consternada sobre Sarah, ya que de ella parecían desprenderse esos lamentos. Ella yacía sentada en el suelo, acurrucada sobre sus rodillas, escondiendo su rostro entre sus brazos y… llorando.

Al mago helósele la sangre ante la imagen; ¡Dios mío…! ¿Qué había hecho? ¡No, no, no! ¡Él no había querido jamás que eso ocurriera! Sus ojos se abrieron a pleno, como quien recibe una noticia nefasta; palideció su tez, y se abalanzó sobre ella aunque todavía no supiera muy bien para qué. Alarmado, atolondrado, frenó en seco ante las narices de la muchacha y sus manos titubearon trémulas, imposible de decidir si debía tocarla o no. Ella pareció no darse cuenta de su presencia, y no cesaba de llorar sin desprender su rostro del escondrijo; él fue presa fácil del pánico, perdiendo con ello cognición, entereza, estribos, todo.

- ¿Qué…Qué tienes? – preguntó, tarambana. ¡Qué pregunta! La chica estaba devastada por su culpa, ¿o acaso no lo notaba? Ella no respondía, sumida en su pesar, abstraída.

- No vas a decirme que estás así por esto, ¿cierto? – Suplicó él - ¿Cierto…? ¿Cierto…? Oh, diablos…

Llevóse las manos a la cabeza, agitóse de pronto; se acrecentaba la ansiedad y el reconcomio.

- Escucha…yo… Nada de lo que oíste fue verdad, lo dije para molestarte. Yo no quise… yo no quise… En ningún momento quise lastimarte.

Ella sólo lloraba. La culpa y el remordimiento fueron toda una avalancha que se le vino encima, endemoniada; y volvióse reo de muerte de sus sentimientos.

- Demonios, Sarah, no me hagas esto… - suplicó de nuevo ante su silencio. Su congoja iba en aumento; más culpa, más remordimientos. Sarah no dejaba de llorar. ¡Si tan sólo pudiera mirarla a los ojos! Comprimiósele al mago el corazón hasta lo sumo, casi hasta desvanecerse… y finalmente flaqueó.

- Sarah, perdóname – mendigó en un susurro – Por favor…

Sarah enmudeció espontáneamente; su voz estaba empapada en sinceridad, y aquello la había dejado pasmada. ¿Él? ¿Él le estaba ofreciendo una disculpa? Era casi como tocar el cielo con las manos; sabía que tras los muros impenetrables que él usaba para protegerse, había un grande y precioso tesoro aguardando por alguien que lo reclamase.

Ella levantó, pues, lentamente su cabeza ante la mirada amilanada de Jareth; y rutilaron sus ojos verdes, develando la tierna sorpresa que se había llevado hacía apenas unos instantes. Él, en cambio, se hallaba tieso y pálido, con el ceño fruncido; como un condenado a muerte al que nadie le cree que se ha arrepentido. Esperaba una negativa, era evidente; y ni siquiera la mirada dulce de su compañera bastó para llevarle paz. Sarah, enternecida, delineó entonces una suave sonrisa en sus labios y le ofreció una de sus manos. Él ladeó la cabeza, confundido; ¿qué significaba eso? ¿Que sí? ¿En verdad? ¿En verdad le había perdonado? El mago dejó caer su mirada anonadada sobre la pequeña mano de Sarah; era tan frágil, tan aterciopelada. Gradualmente, con cautela, extendió la suya propia hasta encontrarla, y cuando lo hubo conseguido se plegó sobre ella como si tomase una joya pálida, como si temiese ejercer presión y dañarla. Sarah se estremeció, había percibido su cuidado; y descubrió que la vista había encaramado, buscando con ansiedad la suya. Ella le sonrió aún más; su ardid había dado resultado, y había dejado al descubierto al verdadero mago. Qué precioso le pareció, en toda su transparencia. Él devolvióle la sonrisa, agradecido, y jugueteó nervioso con su pulgar sobre su mano. Se hallaba avergonzado, era obvio. Dejó caer su mirada, se incorporó nuevamente y comenzó a rondar por ahí, perdido en sus pensamientos.

Sarah cambió de posición un par de veces, intentando reanimar a sus entumidas piernas. A pesar de estar bajo tierra la corriente gélida del exterior hallaba cabida por algún sitio, y el frío pareció condensarse entre las paredes de piedra, tornándose cada vez más intenso. Jareth no se había dado por aludido, con el traje de lechuza era imposible sentir frío; pero Sarah estaba al tanto del clima porque le calaba los huesos: con sólo una camisa y un par de pantalones no se hallaba muy bien equipada que digamos.

El mago deslizó su mirada al azar por los alrededores hasta que se detuvo en su compañera de encierro. Estaba tiritando, pálida; con los brazos ceñidos en torno a su propio cuerpo, y soplando de cuando en cuando aliento caliente entre sus manos. Él meditó unos instantes. Escudriñó detenidamente su entorno y el hoyo. La helada ventisca se colaba furiosa por algún recodo asediando a Sarah, forzándole a estremecerse. Jareth observó que en el extremo opuesto, la caverna se deformaba de manera que no se cerraba en círculo, sino más bien en óvalo. Concluyó entonces que aquél sector era el más alejado del hoyo y por consiguiente más recomendable para pasar la noche. Mansamente, volvió a colocarse de cuclillas ante ella y tomó una de sus manos, invitándole a levantarse. Sarah no imaginó en ese punto para qué le requería, mas se puso de pie enseguida, desprendiéndose de su rincón en la roca. Ponerse en movimiento le prodigó alivio durante unos momentos; se hallaba congelada, con el cuerpo entumido, tiritando inexorablemente de la cabeza a los pies.

- Ven – dijo él, y aunque ella ignorase sus intenciones, siguióle dócilmente. Entonces la condujo al extremo más alejado del hoyo, donde el asedio del clima sería muy poco, donde sufrirían menos frío. Le fue menester templar carácter y ejercer dominio, para no delatarse ante ella que sufría torpeza por la ansiedad de protegerla y enmendar su error. Qué más deseaba que aliviarle, guardarle, y creía haber encontrado la manera. Ni magia, ni potestades, ni el universo adentro de una nuez: esta vez se ofrecería él. Sólo él. Tomó la iniciativa y se sentó en el suelo dándole la espalda a la pared, y recostóse sobre ella; la superficie estaba helada, pero el grosor de su capa era un excelente aislante. Sarah observaba, trepidando de frío y de expectación; presentía que algo estaba a punto de acontecer… algo importante. Y entonces toda esa tozudez, todo ese coraje, toda su osadía manifestada momentos antes comenzó a diluirse como arenilla entre los dedos, viniéndosele encima el monstruo de su timidez, otra vez.

Una vez en el suelo, Jareth levantó su brazo izquierdo abriendo tras sí su capa blanca. Era una evidente invitación a tomar asiento. Y no en cualquier sitio, sino junto a él. El corazón de Sarah salió disparado; sin embargo, la gravedad en la mirada del mago dejóle bien en claro que sus intenciones eran virtuosas y no de otra índole...al menos por ahora. Lo que él tenía en mente era evitarle una hipotermia; era impresionante la forma como ella temblaba, y más ahora, ante la oferta. Con todo, Sarah fue consciente de su estado, y aceptó silenciosamente la ayuda, sentándose a su lado. Una vez que estuvo bajo su brazo, él la cubrió con la extensa capa de plumas, que desdoblóse dócil sobre ella, tan suave y tan agradable como seda en gajos, seda espesa, que alcanzó a abrigarle hasta los pies. Descansó su brazo izquierdo sobre los brazos de Sarah y con su mano derecha desplegó aún más la capa hasta cubrirle por completo. Luego, con el resto que quedaba del lado derecho, hizo lo propio consigo mismo.

¿Cómo dejar de temblar? Sarah fue incapaz de dominarse, con sus ojos brillantes, expandidos de mar a mar.

Inmutable, con el rostro sereno, Jareth reclinóse hacia atrás para descansar y perdió su mirada en la bóveda de la caverna; había que esperar hasta el amanecer, no podían hacer más, así que dedicóse a divagar mentalmente en otras cosas, para mantener la situación bajo control. Sarah agradeció para sus adentros que le hiciese un favor al pasar por alto sus nervios, no haciendo mención alguna e ignorando por completo su exaltación; aquella realidad le era embarazosa pero necesaria y él supo respetar su intimidad, al punto de no volver a fijarle su mirada en toda la noche. Eso descansó la ansiedad de su protegida… y la enamoró de él aún más. En medio de un calmo silencio, ella meditó en eso y en el buen corazón que latía dentro del mago; meditó en el profundo respeto que le estaba poniendo de manifiesto, y en el interés genuino por su bienestar.

Si bien él hubo dispuesto no verle para no alarmarle, ella, por su parte, no lo pudo evitar. Una mirada curiosa escapósele fugitiva hacia el mago, al cabo de unos minutos; contempló su rostro iluminado apenas por la escasa claridad del interior, y cómo, al descansar inclinado hacia atrás, la nuez de su cuello habíase visto expuesta. Aquél era uno de sus rasgos físicos que más le gustaban, y avergonzada, como si todo el mundo pudiese leer lo que estaba pensando, exorcizó de su mente esos detalles delicados hasta nuevo aviso. Embebióse pues, otra vez en el más vasto silencio, cuando le oyó exhalar profundamente. Las horas pasaban, y él estaba muy cansado. Ella también; su organismo le clamaba a gritos que durmiera.

Con el correr del tiempo, y después de mucho vacilar, Sarah tuvo la osadía de reclinarse sobre el pecho de Jareth. Era un atrevimiento, es verdad, pero imposible detenerlo, se hallaba extenuada y lo necesitaba. Además… todo era tan suave y tan cálido: la camisa gris, la capa de plumas… y el comportamiento del dueño de estas cosas. El traje de lechuza resultóle un abrigo placentero, casi como hallarse envuelta en una nube calentita; y la actitud del mago… le había empujado a ceder a la tentación del acercamiento. Él se estremeció al sentir su contacto, sin embargo, fiel a su cometido, no emitió palabra, ni gesto, ni nada que pudiese inquietarla. Era un refugio viviente y su mayor meta era confortarla y ayudarla a pasar la noche.

Ella descansó su rostro por fin, embelesada por la tersura de su nido vivo, y percibió una fragancia oculta, cálida y deliciosa que se desprendía de la piel de Jareth; una fragancia con madera y almizcle, exquisita; esquiva y huidiza, sólo apreciable para quienes le tuviesen cerca. Erizósele a ella la piel; jamás había experimentado tal proximidad… y lo estaba disfrutando sobremanera. Unos minutos más y sus ojos comenzaron a cerrarse; las plumas eran tan suaves y su compañero tan tibio, que el sueño pronto hizo presa en ella. Sarah cerró los ojos y se durmió, acompañando su descanso con el compás de los latidos del mago.

Al cabo de un rato, Jareth deslizó una mirada curiosa, y diose cuenta que Sarah dormía profundamente. Su corazón se conmovió; era como un sueño hecho realidad; tenerla entre sus brazos, hacerle sentir tan segura que durmiera reclinada sobre su pecho. ¿Sería real, o el que se hallaba dormido era él? ¡Cuánto amor le palpitaba dentro sólo para ella! ¿Por qué no eran capaces de ponerse de acuerdo? ¿Por qué tantas idas y vueltas si al fin y al cabo todo era tan sencillo? No tenía respuestas. O quizá sí. Quizá había mucho estorbo entre ellos como para que pudieran acercarse. Como la fragilidad de su confianza en él, por ejemplo. Su porte le amedrentaba y él lo sabía, tenía que controlar su carácter. Y luego tal vez estaba la intensa timidez de ella, que se le presentaba siempre en el momento menos oportuno y la dejaba noqueada. Y tenía que abandonar su resentimiento por el pasado, eso le alejaba de ella tremendamente. En un instante, en un relampagueo, le asaltó el recuerdo de su plática con Toby, ¿qué papel se hallaba interpretando? ¿Cómo estaba reaccionando? ¿Se había endurecido de resentimiento, como el huevo cocido? La obviedad volviósele tangible. Sin embargo, ¿no sería posible convertirse en grano, - grano de café, claro - y encontrar la manera de enderezar las cosas? Había mucho trabajo que hacer. Pero… ¿estaba él dispuesto a llevarlo a cabo? ¿Se atrevería a intentarlo de nuevo? La última vez había sido todo muy doloroso, y se hallaba aterrado. ¿Asumiría el riesgo de nuevo por reconquistarla? ¿Estaría dispuesto a soportar los resultados si llegaban a ser negativos? ¿Pondría su corazón en juego otra vez? Podía pagarlo muy caro… y lo sabía por experiencia. Cuántas dudas en su mente…

Las horas pasaron. La tibieza que compartían le distendió suavemente, tentándole a entregarse al sueño. Casi sin darse cuenta, se dejó llevar por esa dulce calma hasta que descubrióse dormitando con su cabeza reclinada sobre la de ella. Sobresaltado por haberse rendido durante unos minutos, se irguió nuevamente y retomó fielmente su vigilia.