NdA: Me hace mucha ilusión ver que tengo tantos lectores de países donde no se habla español. ¡Siento mucha curiosidad por vosotros, lectores de Japón, Reino Unido, Noruega...! ¿No me contaríais cómo habéis terminado leyendo Alianza? Entiendo perfectamente el inglés, si lo preferí cualquier caso, os dedico este capi ^^ Y a todos, ¡muchas gracias por leer y comentar!

Capítulo 12 Dolores Umbridge.

Tardaron un poco más de lo que Harry había previsto, pero al final los Vengadores por la Justicia devolvieron la agresión contra McMurray y la víctima que eligieron fue Dolores Umbridge. Harry recibió esa noticia con emociones encontradas. Umbridge había rendido cuentas por su entusiasmo a la hora de seguir las directrices anti-muggle del gobierno de Voldemort y, además de pasar dos años en Azkaban, había sido inhabilitada de por vida para volver a trabajar en el ministerio. No era oficialmente una Marcada, pero casi. Desde su excarcelación, había estado llevando una vida bastante apartada y a los ojos del gran público era sólo un mal recuerdo o un misterio. Pero los aurores le echaban un ojo de vez en cuando, así que Harry sabía que vivía cerca de Leeds, con una anciana tía suya, squib, y que tenía trabajos ocasionales lejos de la vista de la gente. En aquellos veinte años sólo había hablado con ella una vez, a causa de unos tipos que habían intentado entrar en su casa y habían llegado a romper los cristales y a proferir amenazas, y a pesar de que en esos momentos se había encontrado alterada y asustada por lo sucedido, Harry había salido de allí con la sincera impresión de aquella mujer lo odiaba con más intensidad que cualquiera de los mortífagos, encarcelados o libres, de Voldemort.

Harry aún tenía un par de finas líneas blancas en el dorso de su mano; hacía años que las palabras se habían desvanecido. Él no la odiaba, pero cada vez que pensaba en ella, sentía el mismo asco visceral que habría sentido Ron pensando en una araña grande y peluda.

Umbridge se tomaba muy en serio su seguridad; nadie habría podido atacarla dentro de su casa y extremaba las precauciones cuando salía para evitarse encontronazos con antiguas víctimas y secuestradores en potencia. Pero los Vengadores debían de haberla tenido vigilada varias semanas, porque habían caído sobre ella en su único momento vulnerable: dos jueves al mes, Umbridge iba al cementerio a poner flores a la tumba de sus padres.

Y aunque Harry sólo sintiera repugnancia por ella, encontraba que había algo feo, especialmente feo, en agredir a alguien en un momento así.

Umbridge había salido peor parada que McMurray, quien se recuperaba lentamente de sus lesiones: el estado de ella era muy crítico, pues no había recuperado la consciencia y los medimagos no sabían si sobreviviría. Harry estaba preocupado, y no era el único, por cuáles podían ser las consecuencias si Umbridge moría. Lo más probable era que los Purificadores tomaran represalias y mataran también a su siguiente víctima. ¿Y entonces? Se encontrarían con dos bandas de asesinos, no de gamberros, actuando en el mundo mágico.

Tanto él como Shacklebolt, Rookwood y otros miembros del Wizengamot hicieron aquellos días llamamientos a la tranquilidad y la armonía, si bien Harry no estaba seguro de lo que podía esperar de El Profeta: no descartaba que Bullard usara lo que estaba pasando para sus objetivos políticos. Cuando vio que no era así, al menos que él –ni Hermione- pudieran detectar, sintió cierto alivio. El mundo mágico no podía volver a dividirse como veinte, cuarenta años atrás. Como siempre. En aquel momento tenían que permanecer unidos y luchar contra los extremistas, fueran cuales fueran sus ideologías.

-¿Qué posibilidades crees que hay realmente de que… ya sabes, de que todo vuelva a empezar? –le preguntó Hermione un día, a la salida de una de las reuniones del Departamento.

Harry, que sabía perfectamente a qué se refería, había pensado en ello. Quería creer que no muchas, que la sociedad mágica había dejado atrás las rencillas del pasado, pero cosas como lo que había pasado con James y Scorpius o la mera existencia de aquellos dos grupos evidenciaban que ese fuego no se había apagado del todo. Aun así, una cosa era que existiera gente descontenta en ambos bandos y otra muy distinta, que estuvieran dispuestos a sumergirse en una nueva guerra.

-No lo sé, espero que pocas –contestó.

Hermione suspiró y meneó la cabeza.

-¿Esto no va a acabar nunca? –Chasqueó la lengua-. Umbridge puede ser una mujer horrible, pero ya ha cumplido su pena y además la tenemos controlada. No tenían por qué hacer algo así. Ella ni siquiera mató a nadie.

Harry asintió y saludó con la cabeza a Chloe cuando se cruzó con ella. La ligera tensión que había reinado entre ellos cuando había averiguado la artimaña de Shacklebolt ya había desaparecido; podía entender que había cumplido órdenes y apreciaba que hubiera tratado de minimizar daños. Sus sentimientos hacia el ministro eran más complicados, y ni siquiera el tiempo que habían pasado juntos aquellos días, analizando el caso Umbridge y sus posibles consecuencias, había hecho que se olvidara de lo que había pasado. Podía trabajar sin problemas junto a él y aún lo prefería en el cargo antes que a Rookwood, pero no podía evitar seguir resentido por su manipulación.

En esas circunstancias, casi era un alivio que Malfoy no quisiera que intercediera por él frente a Shacklebolt, porque a Harry le habría dolido en su orgullo tener que pedirle un favor en ese momento. Rookwood no había mencionado a Malfoy en ninguna de sus reuniones, así que no sabía si éste iba a pedir en el Wizengamot la revisión de su caso. Esperaba que sí. No sabía si era el momento adecuado, pero él pensaba que hacer justicia estaba –o debía de estar- por encima de consideraciones políticas o sociológicas; si empezaban a actuar pensando en las posibles reacciones de los extremistas, éstos ya habrían ganado la mitad de la partida.


Aunque Lucius siempre había respetado intelectualmente la voraz ambición y la crueldad de Dolores Umbridge, a nivel personal no sentía ninguna simpatía por ella y no le importaba si vivía o si moría. Había estado esperando un ataque similar, como todos, desde la agresión a McMurray y le aliviaba que no le hubiera tocado a nadie de su familia o a alguien a quien apreciara.

Fuera cual fuera el desenlace, Lucius pensaba que se había dado un paso más. Después de veinte años de relativa calma, de pronto había peligro proveniente de múltiples frentes: muggles, sangresucias e incluso sangrepuras. Lucius no se creía a salvo ni de los Purificadores; si eran seguidores de Voldemort podían considerar a todos los Malfoy traidores al Señor Tenebroso.

Enemigos sin nombres, sin caras. Él y su familia se atenían al plan original –aguardar acontecimientos en una estricta neutralidad incluso en compañía de sus amigos-, pero Lucius seguía pensando que necesitaban reunir información. Bole le había citado aquella tarde, presumiblemente para hablar de sus averiguaciones, y Lucius esperaba que hubiera podido conseguir algo.

Habían vuelto a quedar en las ruinas de la vieja escuela. Bole ya estaba allí. Llevaba puesta la capucha, pero su figura, su postura, era inconfundible. Cuando le vio Aparecerse, Bole se echó la capucha hacia atrás, dejando ver su rostro.

-Señor Malfoy…

-Timothy… -dijo, dedicándole un cortés asentimiento-. ¿Tienes algo para mí?

El joven afirmó con la cabeza, aunque con una ligera vacilación.

-Creo que sí. Sean quienes sean los Purificadores, se están tomando muchas molestias para mantenerse en el anonimato. He estado sondeando a un montón de gente y nadie sabía nada. Pero al día siguiente del ataque a esa mujer, Umbridge, estaba hablando con Alex Furmage de lo que había pasado y de pronto dijo que no me preocupara, que los Purificadores sabrían responder a ese ataque contra ella. Yo le pregunté si sabía algo de ellos y cambió enseguida de tema.

Bole hizo una pausa, como si esperara su reacción, pero Lucius no le dio ninguna aunque en ese momento estaba repasando todo lo que sabía de los Furmage, que no era mucho. A pesar de que el patriarca del clan había simpatizado con Voldemort durante la primera guerra, era una familia de clase media y por lo tanto no pertenecía al mismo grupo social que ellos. Lo que sí sabía es que el hermano pequeño de Alex Furmage estaba todavía en Hogwarts y era el capitán del equipo de quidditch de Slytherin.

Su silencio puso ligeramente nervioso a Bole, quien debió de interpretarlo como decepción.

-Creo que Furmage es uno de ellos, o al menos conoce a alguien que lo es –continuó entonces-. Pero… este asunto es peligroso, señor Malfoy. Si esa mujer muere, seguro que los Purificadores intentan asesinar a algún sangemuggle y no quiero verme mezclado en eso.

Lucius se preguntó hasta qué punto esas palabras reflejaban precaución o eran simplemente un intento de sacarle más dinero.

-Como ya te dije, nadie quiere que participes en esas actividades, Timothy –contestó entonces, dejando que su voz sonara fría y suave-. Sólo debes averiguar si Furmage forma parte de los Purificadore; el resto es cosa mía. En cualquier caso, estoy dispuesto a darte un extra de… digamos quinientos galeones más por el riesgo.

Bole dejó escapar un suspiro casi imperceptible, como si hubiera estado conteniendo el aliento, pero Lucius todavía no fue capaz de distinguir si lamentaba la tentación o se congratulaba por su éxito.

-Está bien… Le avisaré en cuanto sepa algo.

Lucius esbozó una pequeña sonrisa.

-Seguro que sí.

Bole se despidió de él y se Desapareció. Tres cuervos alzaron el vuelo en ese momento, lanzando graznidos. Un presagio, pensó Lucius. Pero no pudo saber si era bueno o malo.


Cuando Draco recibió la noticia, estaba en el laboratorio de pociones de la mansión, terminando una remesa de poción para el resfriado mientras Pansy le contaba las últimas novedades. Habían sido novios en el colegio; Draco no recordaba ya por qué habían roto, pero sabía que tenía que ver con tener dieciocho años, con los juicios a sus padres, con las miradas despectivas de la gente. En aquel momento le había parecido una pérdida más, un fragmento de su antigua vida que desaparecía. Ahora, con la perspectiva de los años, se alegraba de que eso hubiera pasado. Era más feliz con Astoria de lo que habría sido con Pansy y, además, a su lado habría sido imposible distanciarse tanto del pasado, convertirse en el hombre que había querido ser. Aun así, eran buenos amigos y Draco disfrutaba de su compañía y sus comentarios sarcásticos.

Fue Astoria quien les interrumpió, circunspecta y formal a pesar de su tremendo resfriado.

-Acaban de decir en la radio que Dolores Umbridge ha muerto.

Draco intercambió una mirada de consternación con Pansy. La mujer nunca les había caído bien, aunque bajo su mandato en Hogwarts hubieran pasado ratos divertidos. Pero si habían ido a por Dolores podían ir también a por ellos, y las consecuencias, ya lo habían visto, podían ser mortales.

-Jodidos sangresucias –masculló Pansy.

Astoria apretó los labios, pero dejó pasar el epíteto, más preocupada sin duda por lo que podía pasar a raíz de esa muerte.

-Termino esto en un momento y ahora subo –le dijo Draco.

Ella asintió y las dos mujeres salieron de la habitación. Draco siguió trabajando en la poción mientras pensaba en lo que acababa de pasar. Ni el mayor genio de la política habría conseguido hacer de Dolores Umbridge una mártir, no cuando no contaba con simpatías de ningún bando, pero al menos esa muerte había hecho volver el empate, aunque fuera uno horrible, y Rookwood ya le había dicho que, llegado el caso, no permitiría que se la enterrara sin una reflexión pública. Shacklebolt ya había condenado la agresión, pero Draco sabía que Rookwood le pediría una condena aún más enérgica del asesinato, si es que el ministro no lo hacía por propia iniciativa.

Cuando Draco se reunió con su familia, en la radio estaban hablando todavía de la muerte de Umbridge. A Draco le parecía que estaban siendo bastante tibios, como si pensaran que se lo había buscado, que era inevitable dado lo que había hecho durante la guerra. No pudo evitar preguntarse un tanto morbosamente si le darían el mismo trato a un hipotético asesinato suyo, pero luego se dijo que él, al contrario que ella, tenía familia y amigos que le llorarían con independencia de lo que pensaran los demás. Tampoco criticó con demasiado calor a los de la radio; él mismo no iba a llorar por ella y estaba, sobre todo, como todos, preocupado por las consecuencias.

-¿Los niños estarán seguros en Hogwarts? –le preguntó Astoria, con las cejas fruncidas en ademán preocupado.

-No es inexpugnable –dijo, pensando en su propia experiencia-, pero no creo que las cosas hayan llegado ya tan lejos.

No era la primera vez que atacaban a alguien relacionado con Voldemort, algo que el propio Draco podía atestiguar después de su intento de asesinato en Italia. Y Angus Selwyn, un mortífago que había pasado diez años en Azkaban, había sido envenenado un mes después de salir en libertad por la madre de una de sus víctimas. La diferencia era que lo de antes habían sido venganzas de particulares, no obra de grupos organizados. Aun así, no tenían razón para pensar que fueran a atacar a los niños, entre otras cosas porque esos criminales debían de saber que cualquier simpatía que pudieran despertar en algunos sectores de la población desaparecería rápidamente si la tomaban con críos inocentes.

Cuando Rookwood se puso en contacto con él fue para preguntarle si podía reunirse con él en su casa. Draco acudió allí sin Astoria y se encontró también a Sienna Bullard, a Medea Key y a Hesper Scrigmeour. Rookwood le explicó que tenía una cita al cabo de una hora con Shacklebolt para hablar de cómo iban a reaccionar frente al asesinato. El mero hecho de que el ministro estuviera contando con Rookwood daba una buena idea de la influencia que éste ya había conseguido en el Wizengamot.

-Desde luego vamos a hacer un llamamiento conjunto a la calma, una declaración de unidad y todo eso –dijo Rookwood-. Estoy seguro de que eso es lo que Shacklebolt tiene en mente. Pero creo que deberíamos dar un paso más.

-¿A qué te refieres? –preguntó Hesper.

-Bueno, me consta que Dolores Umbridge no era una mujer que despertara mucho aprecio, pero hay que tener en cuenta que el suyo ha sido un crimen político, no un desafortunado arrebato de alguna de sus antiguas víctimas. Y un crimen político merece un funeral con presencia oficial, sea cual sea su víctima. Creo que deberíamos ir todos al entierro.

Draco sintió un rechazo instintivo ante la sugerencia aun antes de poder pensar que era un movimiento arriesgado para su familia. Hesper también puso mala cara; ella odiaba a todos los que hubieran tenido que ver con Voldemort y Draco no estaba seguro de que hiciera una excepción con él, mucho menos con Umbridge.

-¿Cuál es el problema? –le preguntó Rookwood.

-La idea no es mala, pero no creo que Astoria y yo debamos ir.

Rookwood le entendió a la primera y le sorprendió con una mirada entre amable y reprochadora.

-Vamos, Draco, ¿a estas alturas…? Cualquiera que piense que vas a ese funeral por simpatía hacia las ideas de esa mujer también podría pensar que mi hermana y yo fuimos tan mortífagos como mi hermano Augustus. No tiene sentido que intentes convencerlos de tus buenas intenciones.

La expresión de Hesper sugería que ella era una de esas personas, pero las otras dos mujeres asintieron con una ligera sonrisa convencida. Draco lo pensó unos segundos y al final asintió también. Quizás Rookwood tenía razón, quizás ya podía hacer un gesto así sin temer que la gente lo malinterpretara como un apoyo entre mortífagos. La paranoia y la precaución estaban ya tan firmemente arraigadas en él que sabía que le costaba ser objetivo. Astoria y él, por si acaso, no se separarían de Rookwood para dejar bien claro cuáles eran sus alianzas.


Después de ultimar detalles, todos excepto Medea Key se fueron al ministerio para reunirse con Shacklebolt y los suyos. En el despacho de Shacklebolt les esperaban también Potter, Granger y Arthur Weasley. Draco saludó a estos dos últimos como si no los hubiera visto en su vida, sin prestarles más atención; ya no tenía por qué sentirse incómodo frente a ellos, no cuando James Potter andaba libre gracias a él. Ellos le saludaron con la misma neutralidad envarada, pero Potter le estrechó la mano con una ligera sonrisa cordial. A Draco le hizo gracia ver cómo Granger y Weasley padre apartaban fugazmente la vista, como si les incomodara verlos en buenos términos, y sólo por eso también le sonrió a Potter.

La reunión empezó rápidamente. Shacklebolt creía que él, Potter y Rookwood debían de dar una rueda de prensa conjunta a la mañana siguiente y hacer un llamamiento a la calma. También insinuó la conveniencia de mantener aquel asunto alejado de la primera plana de El Profeta, pero Bullard no quiso oír hablar de eso.

-No pretendo ser irresponsable ni azuzar a nadie, ministro, pero con todo mi respeto, nadie me dice cómo llevar mi periódico.

Shacklebolt no insistió, quizás porque no era la primera vez que se las veía con ella y sabía que no conseguiría nada. Rookwood sugirió entonces la conveniencia de acudir todos al funeral, dando las mismas razones que había dado antes. Draco miró con curiosidad al ministro, pero este asintió sin pensarlo demasiado, como si ya hubiera pensado en ello. Potter parecía más resignado que otra cosa; Draco recordaba bien cuánto la había odiado en quinto y si la memoria no le fallaba, Umbridge había vuelto a cruzarse en su camino durante la guerra.

-Yo puedo publicar una convocatoria para que la gente acuda al entierro, haciendo hincapié en que se trata de reivindicar la paz, no de rendirle homenaje a ella –dijo entonces Bullard-. Pero sinceramente, no creo que acuda mucha gente del bando de las víctimas.

-Bueno, lo importante es que la gente entienda que el ministerio se opone a esta clase de comportamiento sea cual sea la víctima –dijo Shacklebolt.

La conversación continuó entre detalles y menudencias. Draco se dio cuenta de que Weasley padre y Granger le lanzaban miradas de reojo cada dos por tres que ponían de evidencia que no se sentían nada cómodos con él allí, y eso le hizo preguntarse si estarían callándose algo que habrían dicho si él no hubiera estado presente. Quizás estaban esperando a que se diera media vuelta para empezar a sugerir que tenían que interrogar de nuevo a los Marcados con veritaserum con la excusa de que así se aseguraban una vez más de que no formaban parte de los Purificadores ni pensaban vengarse por lo de Umbridge. Pero entonces miró a Potter y comprendió que no podía ser eso, o éste no habría sido capaz de mirarlo a la cara, no tal y como estaba ahora la relación entre ellos.

Aun así, el tema terminó saliendo cuando el propio Shacklebolt mencionó que no podían mostrar más manga ancha con los Marcados sólo para que los Purificadores se apaciguaran y no buscaran venganza por la muerte de Umbridge. A Draco le sorprendió la reacción de Rookwood.

-Vamos, Kingsley, estoy seguro de que sabes que mucha gente considera que llamar a alguien Marcado es tan grosero como llamar a alguien sangresucia.-Se giró hacia Granger-. Con perdón, señora Weasley.

Draco tuvo que esforzarse en mantener el semblante impasible cuando cuatro pares de ojos se giraron hacia él mostrando diversos grados de culpabilidad, Potter y Granger los que más. Le molestaba el término, pero no tanto como parecían creer todos de pronto, ya que hasta él mismo lo había usado algunas veces: era mucho peor lo que implicaba legalmente.

-No pretendía insultar a nadie –se defendió Shacklebolt, algo envarado-. Es sólo una manera de llamar a todos los que fueron condenados por colaborar con Voldemort.

-¿De verdad es... como un insulto? –le preguntó sin embargo Potter, con las cejas fruncidas.

Draco no supo qué decir. Contestar que sí era reconocer que algo le dolía, lo cual equivalía a mostrarle a sus posibles enemigos dónde golpearle; también era darle pie a Granger o a cualquier otro de su grupo para que le dijera que se lo merecía. Y realmente se le ocurrían insultos peores. Por otro lado, contestar que no era dejar en mala posición a Rookwood, que siempre le había defendido, y desperdiciar una oportunidad de hacerles sentir culpables; quizás no tenía interés en crearle remordimientos a Potter, pero los otros eran otra historia. Incapaz de decidirse, optó por algo intermedio.

-Bueno, desde luego no es un cumplido, pero no voy a echarme a llorar por eso –dijo, con el mínimo sarcasmo posible.

-Este estilo de cosas han abonado el terreno para la aparición de los problemas que tenemos ahora –dijo Rookwood, con severidad-. El ministerio tendría que haber dado ejemplo a la hora de mostrar que estaba dispuesto a partir de cero con los condenados en la guerra una vez cumplidas sus condenas; el menosprecio que ha mostrado por ellos ha hecho por un lado que crezca el resentimiento y por otro ha alentado a la gente de nuestro bando a creer que era aceptable seguir viéndolos como simples criminales aun veinte años después.

Weasley intervino con gesto airado.

-El ministerio ha sido muy generoso considerando lo que habrían hecho ellos si la situación hubiera sido a la inversa.

Potter dio un respingo cuando su ex suegro pronunció la palabra "generoso" y le lanzó a Draco una mirada furtiva, pero éste se distrajo inmediatamente con la réplica de Rookwood.

-Oh, no dudo que a manos de Voldemort todos los aquí presentes habríamos muerto, sin excepciones. Pero no creo que eso nos dé derecho a hacerlo sólo medio bien y decirnos que somos maravillosos en comparación. Se podría haber hecho mucho mejor y ahora no tendríamos estos problemas.

Shacklebolt soltó un pequeño resoplido irónico.

-Colaborando, ¿eh?

Rookwood alzó una ceja.

-No te preocupes, Kingsley, no tengo intención de repetir esto en público. Ni siquiera en el Wizengamot, de momento. Pero tampoco estoy a tu servicio ni pienso tranquilizarte y decirte que no tienes parte de la culpa de todo esto. Tú has sido el Ministro de Magia durante todo este tiempo; si no es responsabilidad tuya, ¿de quién es? ¿Quieres que le pidamos cuentas a Peeves?

Draco estaba impresionado. Raras veces había podido ver a Rookwood enfrentándose a Kingsley, ya que a pesar de ser parte de su equipo no podía estar presente en las sesiones del Wizengamot, y conociendo su talante conciliador, no había imaginado que pudiera llegar a marcar tan de cerca al ministro.

-¡No se puede culpar al ministerio de todo lo que pasa en el mundo mágico! –exclamó Granger, indignada.

-Por supuesto que no, señora Weasley –replicó Rookwood, imperturbable-. Por eso he hablado de parte de la culpa. Por otro lado, por supuesto que nadie está diciendo que debamos hacer gestos para apaciguar a esos indeseables. ¿Saben?, esta conversación será más fluida si todos prestamos realmente atención a lo que dicen los demás.

Oh, era bueno, era bueno, pensó Draco, tan emocionado como si estuviera viendo a su equipo darle una paliza al equipo rival en la final de la Euroquidditch. En cuanto llegara a casa iba a poner el recuerdo de aquella reunión en un Pensadero para que toda la familia pudiera verlo.

-Una cosa es hacer gestos de cara a la galería y otra cosa es hacer las cosas bien –intervino entonces Potter, tras lanzarle a Draco una nueva mirada fugaz-. A mí no me importaría que el Wizengamot revisara las condenas de algunas de las personas que fueron juzgadas por sus acciones durante la guerra.

Había algo en el modo terco que tuvo de no mirarlo al decir eso que casi provocó una sonrisa en Draco. No podía controlarse, ¿verdad? Ahora se le había metido entre ceja y ceja que la situación de Draco era injusta –no es que éste fuera a decir lo contrario- y tenía que hacer algo para cambiar las cosas y quedarse tranquilo. Por otro lado, Granger pareció entre disgustada y resignada, lo cual quería decir sin duda que Potter ya había comentado algo de eso con ella, o al menos que ella lo había visto venir. Arthur Weasley y Shacklebolt, sin embargo, se tensaron como si acabaran de meterles una polla por el culo sin lubricante.

-Las sentencias eran de por vida y ahora mismo no están abiertas a discusión –replicó el ministro, intentando sonar mínimamente cordial, ya que se dirigía a uno de sus colaboradores.

Potter no ocultó su malestar por esa negativa, pero Granger intervino rápidamente antes de que pudiera seguir la discusión.

-Discutir sobre esto ahora no nos llevará a ningún sitio. ¿Por qué no nos centramos de nuevo en el entierro de mañana?

-Por supuesto –asintió Rookwood, sin que nada en su expresión indicara que le fastidiaba que hubieran interrumpido lo que prometía ser una pelea de lo más reveladora entre Potter y el ministro.

Draco estaba intrigado. El propio Rookwood le había dicho que las cosas entre ambos estaban un poco tensas, pero no era lo mismo oír el rumor que verlo con sus propios ojos. La última vez que había hablado con Potter ya había tenido la sensación de que estaba resentido con Shacklebolt por haber actuado a sus espaldas; si necesitaba alguna prueba más, acababan de dársela.


A la mañana siguiente el día se presentaba desapacible. No llovía, pero el cielo estaba nublado y corría un viento cortante y molesto. Harry pensaba que era un buen día para despedir a alguien como Dolores Umbridge.

Ron y Hermione habían decidido ir también al entierro y él se encontró en el cementerio de Hogsmeade con ellos. No eran los únicos Weasley; Arthur, Molly, Percy y Audrey también estaban ya allí, todos vestidos de oscuro, lo cual hacía destacar sus rojas cabezas como insolentes notas de color. Sus ex suegros aún no sabían bien cómo manejarse ahora con él y a Harry le pasaba algo parecido, pero saludó con más comodidad a Percy y a su mujer.

El cementerio estaba lejos de hallarse a rebosar, pero había mucha más gente de la que Dolores Umbridge había merecido. Harry reconoció a un puñado de compañeros de Hogwarts, todos con cara de no estar allí precisamente por amor a la difunta; los demás eran magos y brujas de la generación de Umbridge y diversos cargos del ministerio. Tanto Shacklebolt como Rookwood ya andaban por allí, este último con su hermana y su familia, y Harry fue a saludarlos a ambos. Poco después llegaron Draco, Astoria, Narcissa y los padres de Astoria; Harry no sabía si las ausencias eran simples casualidades o tenían un propósito, pero le extrañó que Narcissa hubiera ido sin su marido. Cuando le vieron, los Malfoy fueron a saludarle, encabezados esta vez por Narcissa, pero después se quedaron prácticamente pegados a Rookwood, como si quisieran dejar claro que estaban allí por él, y no por Umbridge. Harry pensó que quizás Rookwood no quería que le vieran en público con Lucius Malfoy

-¿Estás bien? –oyó que preguntaba Ron detrás de él.

Harry se giró y vio que Hermione estaba un poco pálida y tensa.

-Sí, no es nada.

Pero Harry, como Ron, sabía que Hermione estaba así por Narcissa; los padres de Draco habían estado presentes mientras Bellatrix la torturaba y a Hermione le venía todo a la memoria cada vez que los veía. Por suerte, eso no sucedía muy a menudo.

Quizás ese era el problema del mundo mágico. Eran una comunidad relativamente pequeña y, por dispersos que estuvieran los hogares, se veían forzados a encontrarse unos con otros en los lugares públicos, recordándose el pasado.

Pero esa era también la razón de que tuvieran que encontrar la manera de hacer cicatrizar las heridas, porque les gustara o no, estaban todos en el mismo barco y tenían que compartir aquel pequeño y paradójico mundo. Sólo faltaba por saber si aquello era posible o estaba esperando algo que jamás ocurriría.

Kingsley comenzó su discurso de condena al asesinato de Umbridge. Las cámaras de los periodistas lanzaban un destello tras otro, a veces dirigido directamente al propio Harry. El viento le metía todo el rato mechones de pelo entre los ojos y por una vez le envidió la gomina a Malfoy, quien en ese día ventoso había vuelto a sus antiguos hábitos y a esas alturas era probablemente la única persona peinada del entierro.

La gente prorrumpió en aplausos corteses y concienciados cuando Kingsley terminó su discurso y entonces el oficiante comenzó la ceremonia. Harry se esforzó en encontrar algún aspecto positivo en Umbridge que recordar durante aquella despedida, pero fue en vano; su terrible muerte no cambiaba el hecho de que había sido un pobre y cruel ejemplar de ser humano y probablemente peligrosa como un volcán inactivo hasta el final. Por más que miraba, no veía a nadie llorándola.

El oficiante aún seguía hablando cuando la atención de la gente se distrajo con la llegada de un patronus, una pequeña ardilla plateada que se posó en el hombro del ministro y le dio un mensaje al oído. Harry sabía que ese era el patronus de Cavan, que se había quedado en el ministerio, y se preguntó qué habría pasado. No pensó por un momento que aquel mensaje tuviera que ver con él hasta que vio que Kingsley lo miraba. En cuanto el patronus desapareció, el ministro le hizo un gesto discreto para que se alejara unos metros de la gente y así poder hablar.

-¿Qué ha pasado?

-Acaba de llegar una comunicación al ministerio procedente del gobierno senegalés. Han capturado a Gowon y lo han acusado de espionaje y sacrilegio.

-¿Qué? –exclamó, asombrado y preocupado-. ¿Sacrilegio? ¿Qué? ¡Eso tiene que ser un malentendido! Gowon estaba investigando una pista muggle. Hay que aclarar esto cuanto antes, Kingsley.

-En cuanto termine el entierro y volvamos al ministerio intentaré conectar con el ministro senegalés por Red Flú –le dijo con voz tranquilizadora-. Cavan no ha podido decirme mucho más sobre los detalles de su detención, pero seguramente todo podrá arreglarse en un momento.

Harry necesitaba mucho más para calmar su preocupación por su agente.

-¿Hay alguien en Senegal que pueda echarle un vistazo y asegurarse de que está bien? ¿Algún representante del ministerio?

-¿Por qué iba a haberlo?-En el mundo mágico no había embajadas, Harry lo sabía-. No te preocupes, si en un par de días esto no se ha resuelto enviaremos a alguien de Internacionales para que lo solucione allí mismo. Si es necesario, llevaremos el caso hasta la Confederación Internacional de Magos.

Harry no tenía constancia de que hubiera pasado un caso similar desde que él había llegado al mundo mágico y no sabía qué esperar. Pero estaba seguro de una cosa: no iba a descansar hasta tener a Kayim Gowon de vuelta.

Continuará