Capítulo 12


Advertencias para lectores que no quieren ningún tipo de sorpresas: por las dudas, reitero el aviso del capítulo anterior, para que quede claro que de ahora en más en cualquier momento pueden aparecer anécdotas o pequeños detalles relacionados con otras parejas. También repito la confirmación de que ninguna de esas menciones irá en menoscabo de que la única pareja central son Levi y Eren.

Gracias infinitas a Daris Teufel, quien revisa todos los capítulos antes de que los publique. Es un sol. Vayan también a leer sus relatos y a ver sus ilustraciones, es una gran artista.


Bueno, ya se había admitido que Eren le gustaba. ¿Y ahora qué?

Este pensamiento lo hizo buscar el celular instintivamente. Lo había dejado junto a su mesa de luz. No parpadeaba. ¡Pero claro, estaba apagado! Lo encendió con cierta ansiedad. Ya habían pasado tres horas desde que dejara la computadora; algún mensaje del atolondrado de Eren seguramente tendría.

Contempló con impaciencia cómo se desplegaba el logo en el medio de la pantalla. Luego hizo una musiquita tonta de comercial y al fin comenzaron a aparecer los íconos. Por algún motivo, no le reconocía el wi-fi y tuvo que volver a poner la clave.

Bien, ahora sí deberían llegarle todos los mensajes atrasados.

Contó hasta diez.

Le llegó un correo publicitario del banco.

Casi arrojó el celular por los aires.

"Tranquilo, tranquilo…", se dijo. Tal vez Eren ni siquiera se había levantado. En una de esas, después de que él se fue, se puso a conversar con alguien en la barra, hizo amigos, y se quedó allí toda la noche bebiendo. Y bailando. El barman no se veía mal. Quizás intercambiaron números. Y hablaron hasta las seis de la mañana. Y al cerrar, el barman lo alcanzó hasta su casa en su auto y, claro, cómo no iba a quedar cansado después de todo eso (que vaya a saber uno si continuó); sería esperable incluso que siguiera durmiendo hasta el domingo.

Esta reflexión no lo estaba ayudando a calmarse. ¿Por qué mierda estas eran las primeras explicaciones que se le ocurrían? Buscó en los recovecos de su mente alguna línea de pensamiento más razonable. ¿No había raquetas de tenis en las fotos de su Facebook? Los sábados son buenos días para jugar un partido. También podría estar compartiendo con su familia… tal vez tuviera un día a la semana para apagar el celular y desconectarse del mundo virtual (¿Eren era el tipo de persona que haría eso? No lo parecía; eso sonaba bastante más a él).

¿Y qué tal si él mismo le había escrito alguna grosería ayer, antes de caer inconsciente en la cama? ¿Se habría desubicado? Le parecía improbable. En todo caso, se negaba a abrir el Messenger y revisar los últimos mensajes. Podría decirse que le daba miedo lo que pudiera encontrar allí.

Por otro lado… él tampoco le había escrito nada en esas tres horas. ¿Qué pretendía de Eren? Es que siempre era el chico el que empezaba las conversaciones…

Uff, cuántas vueltas. Sería mejor dejar de pensar en ello y ya.

Se fue a dar un baño y luego se dispuso a limpiar su biblioteca. De reojo vio su celular brillar y lo agarró enseguida. Pero no era una luz verde sino azul. Se trataba de un mensaje de Hange.

"¿Ya prendiste el celular o aún no, enano? Avisame si seguís mareado, espero que al menos hoy hayas comido. Ayer me preocupaste bastante."

Sonrió. Esa Hange era una especie de hermana mayor, a pesar de que solo le llevaba un año. Aunque todo lo del día anterior había sido principalmente culpa de ella (por llevarlo al after office, primero, y, segundo, por el estúpido posteo en Facebook), también era cierto que sin ella no habría sobrevivido a tremendo trance. Hacía al menos tres años que no se enfrentaba a la posibilidad real de tener una cita con alguien que le gustara verdaderamente, por lo que sin dudas no estaba preparado en su corazón para encontrarse a Eren así como así.

No pudo evitar que le viniera a la mente la dichosa última cita a la que había ido con alguna expectativa. Se trataba de un muchacho rubio cuatro años menor que él —que, sin embargo, lo triplicaba en altura y musculatura— y que trabajaba en la confitería del hotel boutique* donde su madre, en ese entonces, era recepcionista. Como el lugar quedaba cerca de su barrio, ocasionalmente pasaba por allí a visitarla y acabó por notar que el hombre lo miraba con cierta insistencia.

Hubiera quedado en eso si no fuera porque la segunda recepcionista cayó enferma y Kuchel aceptó cubrir parte de su turno nocturno como si fueran horas extra. A esa altura de la noche ya no había trenes para regresar a Ituzaingó, la ciudad en que vivía, por lo que Levi le llevaba algo de comer, se quedaba con ella en su última hora de trabajo y la acompañaba hasta su departamento, donde, a falta de espacio, compartían la cama como cuando él era bebé.

A los tres días de esa rutina, su madre ya había reconocido las miraditas que se tiraban su hijo y el rubio, y aprovechó la primera ocasión en que vio la confitería vacía para invitar al chico a cenar con ellos. Se llamaba Mike y era ayudante de cocina, aunque a menudo también hacía de mesero y atendía la caja. Levi se decepcionó al descubrir que no agarraba un libro ni por puta, pero en cambio sí compartía con él su interés por la cocina y la limpieza. Era de pocas palabras y trataba a Kuchel con mucho respeto, lo cual le hizo sentir cómodo.

Cuando, dos semanas después, la otra recepcionista regresó, Levi creyó que ya no tenía excusas para hablar con Mike y se resignó. No estaba enamorado —apenas se conocían—; sin embargo, sí le resultaba bastante atractivo y su conversación era muy agradable. Se lamentaba por no seguir viéndolo pero eso no alcanzaba para que se animara a hacer algo al respecto, sin importar cuánto le insistiera su madre.

Mike, en cambio, a pesar de sus largos silencios, resultó ser más valiente, porque cuando las cenas compartidas cesaron le preguntó a Kuchel por su hijo y al fin esta accedió a darle su número de celular. Al día siguiente le escribió y lo invitó a tomar algo, sin muchos preludios.

Levi estaba en shock. Se puso tan nervioso que leyó al menos seis veces el mensaje, mientras caminaba en círculos por su departamento. Como su madre lo había traicionado entregando con facilidad su teléfono —y sin consultarle—, sintió que solo podía recurrir a Hange. Y ella efectivamente lo aconsejó bien.

—Mirá, Levi… pensá racionalmente. Lo primero es si el tipo te gusta o no, y eso dijimos que sí, ¿no? Listo. Lo segundo, es considerar si hay algún riesgo. Trabaja con tu mamá y ella sabe su nombre completo, ¿verdad? O sea que no le conviene secuestrarte o matarte, porque ella lo denunciaría y perdería el trabajo. Y tercero, hay que pensar qué pasaría si algo sale mal. Y bien, a este tipo no tenés por qué volver a cruzártelo, su turno solo coincide con el de Kuchel en sus últimas dos horas, no trabaja con vos, no es tu vecino, no es tu pariente, ¡listo! Si no te agrada cómo van las cosas, bloqueás su número y ¡au revoir!*

Así que aceptó. Quedaron para ese viernes en la noche. Levi dedicó al menos dos horas a bañarse y vestirse. Se probó casi todo lo que tenía y se maldijo por no ser como Hange, que podía usar tres días seguidos la misma muda de ropa sin hacerse problema —bueno, en verdad realmente no quería ser como Hange, puaj—. Llegó al bar que había elegido Mike con una ansiedad que casi le volaba los sesos.

Tuvo que aguardar por él casi 40 minutos, aunque al menos tuvo la decencia de avisarle por mensaje que estaba retrasado porque su jefe no sabía que había cambiado el turno con un colega y le había hecho un lío. Ya empezaba a considerar con seriedad la posibilidad de huir cuando Mike apareció.

Y entonces ocurrió. La alarma que le indicaba que no estaba donde quería estar inició su canto: Mike simplemente se acercó, lo agarró de la cintura y le estampó un beso en la boca. Sin mediar palabra. No solo eso, sino que lo manoseó con una impunidad que no podía justificarse de ningún modo. Levi estaba tan anonadado que ni siquiera atinó a cerrar los labios. Parecía que tenía dedos en todo el cuerpo. Sentía asco y horror, sobre todo de sí mismo, por no poder reaccionar.

—Veo que aún no pediste nada —murmuró el hombre apenas lo soltó, como si nada—. ¿Compartimos una cerveza de litro? ¿Te va la Stella*?

Levi inspiró fuerte. ¿Quién se creía que era? ¿Cómo lo iba a agarrar así, sin decir "hola"? ¿Qué acaso él era su juguete para tomarlo sin pedir permiso? Todas las razones por las que escapaba de las citas volvieron a su memoria.

—Prefiero whisky. Pedí vos que yo ya vengo.

Y se fue. Bloqueó su número en cuanto pisó la calle.

Por supuesto, fue Hange la que soportó sus quejas al respecto durante el siguiente mes. Era una loca y debería bañarse más seguido, pero era una gran amiga.

Tomó el celular para contestarle su mensaje preocupado, intentando traslucir lo menos posible sus sentimientos de agradecimiento con ella. No podía mostrarse blandito. Vaya uno a saber qué ventaja sacaría la cuatro ojos sobre él si lo hiciera.

Después de apretar "enviar" se quedó largo rato observando el ícono del Messenger. Pero no, no quería ser él quien le escribiera al mocoso. Que hubiera admitido que le gustaba no quería decir que ahora se arrastraría a sus pies o algo así.

¿Escribir un puto mensaje era arrastrarse…?

Volvió a su biblioteca. Se demoró más de lo necesario pasando el trapo por el lomo de su edición de Narciso y Goldmundo, pero fuera de eso estaba bastante concentrado. Luego hojeó un poco Los monederos falsos, de André Gide. De pronto le urgió releer el encuentro entre Edouard y Olivier, los dos protagonistas cuyo romance dicho a medias atravesaba todo el argumento. Edouard le llevaba bastantes más años a Olivier que él a Eren. Además, era su tío (¿y a qué venía esta comparación?). Y así y todo, cuando se reencontraban en la estación de tren, a ambos les palpitaba rápido el corazón. Al fin encontró el capítulo IX:

«No tendríamos que deplorar nada de lo que sucedió a continuación, con solo que la alegría que sintieron Edouard y Olivier por volverse a ver hubiera sido más expresiva; pero una singular incapacidad para medir su crédito en el corazón y en el espíritu del prójimo les era común y los paralizaba a ambos; de modo que, al creerse que el único emocionado era cada uno de ellos, preocupado enteramente por su propia alegría y como avergonzado de sentirla tan viva, solo le importaba a cada uno no dejarla traslucir en exceso.»

¿Estaba haciendo lo que creía que estaba haciendo? ¿Estaba proyectando sus fantasías amorosas en un libro como una niñita de 15 años? O un niñito, bien que él hacía esas cosas de manera regular a esa edad. Pero, ¿a los 35? ¿Con qué necesidad? Y más aun, ¿por qué mierda estaba actuando él, en la vida real, igual que el tarado de Edouard, el protagonista de una novela de enredos?

Tenía que poder actuar más seriamente. Sí. Él podía hacerlo. Simplemente… al día siguiente, digamos, podría escribirle a Eren, con mucha tranquilidad, preguntarle cómo había ido su sábado e invitarlo a tomar un café en la semana. Un café era algo aséptico, no tenía implicancias difíciles de sobrellevar, pero al mismo tiempo simbolizaría su madurez al demostrarlo capaz de dar el primer paso como cualquier otro ser humano normal con intereses románticos y/o sexuales en otro ser humano. Bien, él podía, sí. Ya iban como dos veces esa semana en que le habían reconocido el talento novedoso de entablar diálogos con los de su misma especie. Era tiempo de aprovechar esa herramienta que hasta ahora había ignorado tener.

Acabó de acomodar sus libros y se sacudió las manos, satisfecho consigo mismo.

Se lavó los dientes minuciosamente.

Tras ir al baño, le echó lavandina a la taza del inodoro y luego al lavatorio. Revisó todas las perillas de gas, apagó la computadora (se apuró a cerrar el Chrome sin mirarlo, no quería prenderse de las fotos de Eren otra vez y mucho menos andar revisando su número de contactos) y bajó todos los interruptores de las luces.

Entró en la habitación a tientas en la oscuridad, dejó un vaso con agua en la mesita de noche y encendió el velador. Se colocó su mordillo* para los nervios en la boca, se puso una remera grande y cómoda para dormir y dobló cuidadosamente sus pantalones de entrecasa sobre una silla.

Ya recostado en la cama, agarró el celular para ponerse una alarma a las 8hs. No quería desperdiciar el domingo como había desperdiciado el sábado. Estaba por apoyarlo en la mesita cuando le ganó la tentación y abrió el Messenger. Quería verificar si Eren se había conectado durante el día, aunque no sabía qué probaría con ello.

Con un esfuerzo de voluntad, clavó los ojos en la parte superior de la pantalla, para obligarse a leer los últimos mensajes en orden.

vie. a las 3:16 PM

"Si está enojado conmigo, por favor dígamelo. Estaba pasándola bien con nuestras conversaciones, déjeme disculparme si es preciso."

"Si es por las fotos o los audios o el número de teléfono… no volveré a pedírselos, en serio."

sáb. a las 1:23 AM

"No quiero molestarlo, pero avíseme si llegó bien y si se siente mejor."

Y entonces, una respuesta suya, lacónica, a las 2:05 am:

"Aprendí a leer esta mierda en la computadora".

¿¡Qué!? ¿Eso era todo lo que le había dicho? ¿No podía ser un poco menos cortés? ¿Qué carajos le pasó por la cabeza en ese momento? Ni siquiera recordaba haber escrito semejante cosa. Para el caso, hubiera sido mejor no explicar nada, pues en lo que concernía a Eren, debería suponer que su teléfono no funcionaba y que no prendería la PC hasta después de desayunar por lo menos.

Tal vez… de hecho, seguramente lo había puesto como para sí mismo, para resolver la mentira que había dicho al respecto (eso sí estaba clarito en su memoria), sin ninguna mala intención, sin enojo ni nada, pero sonaba pésimo, pésimo, pésimo. Eren, a pesar de ello, le había contestado.

"Supongo que eso quiere decir que llegó bien. Lamento incomodarlo. Cuando tenga ganas de volver a hablar, escríbame."

Y él… él no había escrito ninguna cosa más. Dejó que el intercambio muriera allí. POR ESO Eren no le había mandado mensajes en todo el día. Pobre ángel, solo quería ser respetuoso de su carácter agrio de lobo estepario. Quiso patear algo pero ya estaba en la cama y era imposible.

Bueno, bueno, ¿qué era eso de "pobre ángel"? Estaba empezando a hablar como su madre, la edad le había pegado fuerte. Mmm… le escribiría disculpándose, diciéndole que aún estaba borracho en su última respuesta o algo así… ¿eso hablaba bien o mal de él?

Comenzó a escribir pero de pronto cayó en la cuenta de que eran las doce de la noche. Eso sí que lo haría quedar mal, mandarle un mensaje desesperado cual adolescente ebrio antes de dormirse. No, tenía que esperar. Sí, sería mejor esperar.

¿Con qué cara lo iba a invitar a un café al día siguiente? "Sí, hola, yo soy el hijo de puta insensible que casi que solo te escribió la palabra mierda ayer, pero juro que ahora hablaré como una persona". Argh… tiró el aparato sobre la mesita y se tapó la cabeza con la almohada.

Bien, quizás… quizás sí se estaba comportando como un quinceañero tonto, porque eso era lo que le surgía. Debía de tener en cuenta en sus planes que esa era su personalidad verdadera si quería evitar cagarla aun más. No podía seguir jugando a ser un adulto cuando evidentemente esa no estaba resultando ser su especialidad.

Al menos no en algunos temas. En estos temas. Para ser más exactos: en Eren.


Notas de Autora: he notado que en muchos comentarios usan la palabra "ereri" para describir esta historia. Solo quería recordarles que a la hora de los bifes esto será un riren. Pero como se habrán dado cuenta, eso no condiciona en nada la personalidad de nuestros protagonistas. Espero que todos los que siguen esta historia no se tomen a mal ni una cosa ni la otra. Les agradezco infinito por sus comentarios, me hacen muy feliz. Aunque no parezca, leo todo minuciosamente. En algún momento contestaré todo. Ah, perdón por todavía estar en la misma semana que el capítulo dos xD Ya avanzará el tiempo, ya avanzará... Y por cierto, intenté evitar que este capítulo me quedara desproporcionadamente más largo que los demás, pero no lo logré. Espero que eso les dé felicidad :P ¡Hasta el próximo sábado!

Glosario:

* hotel boutique: supongo que estarán en todos lados, son unos hoteles muy pequeñitos que están de moda en Buenos Aires, a veces son temáticos o tienen una galería de arte o algo que los hace especial. Es decir, tienen pocos clientes pero son muy caros.

*au revoir: expresión francesa que literalmente significa "hasta que te vuelva a ver" pero en la práctica se usa como "adiós", que es lo que está queriendo decir Hange aquí.

* Stella: Stella Artois es una marca de cerveza muy conocida aquí y se supone que es menos fea que otras (mi país no se caracteriza por la buena cerveza, al menos no a nivel industrial).

* mordillo: usé esta palabra porque es menos rara, pero en realidad se trata de una placa mio relajante. Es algo que te hace el dentista cuando tenés bruxismo (o sea, cuando presionás los dientes inconscientemente, hasta dañarte). Es una plaquita con la forma de tus dientes superiores, transparente, que te ponés al acostarte y te quitás al levantarte. Se hacen a medida. El bruxismo no es algo que se cure con el tiempo, así que lo normal es que lo uses toda la vida.