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Sangre y Muerte
—Para: AlphaYue / De: Violette Moore—
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Estaba por salir el sol cuando se unió a él en el cementerio. Jason jamás entendería por qué lo hacia pero para él, era algo más que una visita a sus muertos. Se trataba de recordar sus memorias, celebrar sus muertes, en especial las de ellos. Sonrió de lado cuando lo vio colocar varios ramos de flores frente a su tumba, encender los inciensos y ponerse de rodillas para elevar una oración al cielo.
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Hace tiempo que se lo advirtió. Si no iba a procurarlo y recordarlo su amor, dejaría que su tumba se secara y pudriera, que el nombre se desdibujara, junto a toda su historia. El mercenario se había tomado a broma sus palabras esa primera vez y las siguientes tres. No fue hasta que se cansó de esperar dos días completos para tenerlo en su lecho que notó, que lo decía en serio.
Él limpió y decoró las tumbas de su abuelo y su madre, también las de Hereje, Dusan, Nyssa. La de su amado, por estar destinado a ser un guardián de los Al Ghul, no debía colocarse dentro del mausoleo familiar, pero en cuanto decidió que sería con él, con quien uniría su destino, ordenó que la movieran. Yacía junto a la suya, aquella pequeña lápida piedra lisa que simplemente decía:
"En memoria del traidor.
Amado hijo, temible enemigo"
Ni siquiera la tocó. Cuando su amado lo abordó para exigir que regresara a su hogar, pues los vientos helados lo terminarían por matar, se arrepintió de dar por vacías sus palabras. Él estaba vertiendo licor sobre su lápida, era más vieja que la suya, el acabado rústico, en la inscripción se leía:
"En memoria del torturado.
Hijo perdido, inquebrantable guerrero"
Jason quiso saber por qué descuidaba su tumba. Tras cuatro años no había sucumbido a la tempestad, pero estaba cubierta de polvo, humedad y flores secas. Él se lo repitió. No tenía caso, si nadie más iba a recordar que existió.
—Tú sigues vivo Damian, también yo. Ninguno de los dos se quedó.
—Lo sé, pero es en la última parte donde te equivocas. Así haya sido por cinco años o algunos meses, los dos estuvimos muertos. Nos volvimos secreto, dolor y arrepentimiento. Tal vez nunca te lo dije pero tenía tres la primera vez que te vi.
Tú despertaste como un monstruo arrancado de la más cruel alucinación. Mi abuelo y mi madre querían usarte. Sin embargo, ella debía cuidarme y te enviaron a la isla donde años después, yo mismo habría de forjarme. Nyssa estuvo a cargo de tu entrenamiento, Dusan nos daba cuenta de tu evolución. No tenías recuerdos, tampoco consciencia, eras instinto y eso te convertía en el asesino perfecto. Yo no quería que fueras así. Después de todo, se suponía que aquel sería mi destino.
El hijo que algún día habría de volver a los brazos de su padre, el guerrero más formidable que jamás haya pisado la fortaleza de R'as al Ghul. Te busqué, dos años después de tu resurrección.
Efectivamente, no eras más que un impulso por huir de la muerte y yo el inocente tallo que querías destrozar con las manos. Luchamos, cuerpo a cuerpo y con armas bélicas pero algo en mi estampa te torturaba. La identidad del que te abandonó. El mismo rostro, los mismos cabellos, la misma sangre que sin piedad derramaste.
—No… —Jason se llevó ambas manos al rostro. Tenía vagos recuerdos del momento en que comenzó a recuperar su identidad y se concentró en abandonar la isla para cobrar venganza por lo sucedido. "El rostro de Bruce, el emblema de Robin, la sonrisa desquiciada del Joker, las manos impregnadas de sangre, más no era suya sino de un inocente y tierno niño" En sus memorias, él tenía la certeza de haber asesinado a ese chico pero no hubo masacre, sólo histeria. Damian se aproximó a él para hacerle saber que no había ninguna otra pena.
—Yo cubrí tu rostro con mi sangre, te llame "Hijo de la muerte" contrario de mi que solía ser referido como "Hijo de la sangre" —el adolescente imitó la acción como si abrazara el casco carmesí que desde hace años no lleva. Su amante evoca esa escena y lo comenta.
—El rojo…Tu sangre se volvió mi imagen. —Damian asiente y saborea las siguientes palabras.
—Juraste eliminar a quien te había asesinado y no volver a herir a ningún otro niño. Tú no me mataste. Las heridas que me abriste fueron superficiales, cortaste mi pecho y las palmas de mis manos. Después te arrepentiste y dijiste que todo lo que querías era a una persona que te procurara, guiara y amara. Yo te amé como el hijo al padre y admiré como el pupilo al maestro desde entonces.
Ambos queríamos lo mismo aunque tal vez, yo lo ambicioné tanto que hasta me morí.
—Te asesinaron. —pronunció Todd con profundidad y procedió a estrecharlo para acariciar su pecho. La cicatriz que se llevó su vida era la más profunda de las que habitaba ahí. Las que le abrió él, tan solo eran un recuerdo. El más preciado de todos, al igual que el momento de su resurrección.
—Nos asesinaron a los dos y por eso es preciso recordar nuestras tumbas. Tu regreso nos dio un motivo, el mío nos acercó. Si no fuera por eso, ¿te habrías atrevido a cortejarme y acecharme?
—No te acecho, te cuido. Si no hubieras muerto, seguiría haciéndolo desde las sombras.
—Jamás me bastaría con eso. Soy un chico por demás caprichoso y ambicioso. —los amantes se miran a los ojos y comparten un beso en este, el último día de los muertos. Se supone que antes de llegar el alba, las almas de quienes son recordados vuelven a beber, comer y celebrar con los suyos.
Lo que pretendía Damian al conservar las tumbas, no era precisamente esto. Sino demostrarles que ni toda la muerte, ni toda la sangre pudo acabar con lo más puro que habitaba en su corazón. Su identidad y deseo, su amor.
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Jason termina de orar como cada año desde entonces, lo mira a los ojos, seductor, decidido, él humedece sus labios, hambrientos por probarlo. Sabe que antes de llegar a su lado, visitó las tumbas de sus padres. Él lo adora por eso, acepta su invitación a lo eterno, aunque no sin antes enseñarle la tira de condones que eligió para la ocasión. Profanar el campo santo, hacerlo frente a todos los que trataron de destrozarlos, es algo que lo excita demasiado.
Muerde su labio inferior del mercenario al abarcarlo, las manos de Todd se cierran a la altura de sus glúteos y presionan la superficie para levantarlo, él lo rodea con sus fuertes piernas. Aunque los años han pasado y ahora es mucho más alto que aquel, sigue prefiriendo que sea el mayor quien lo gobierne. El que lo rompa y le enseñe, de lo funesto lo excelso. Las tenues flamas de las veladoras no se apagan, ni el incienso se acaba, al contrario se inflaman. Sus muertos están presentes pero no son más una amenaza, tan solo eco, susurro, lamento.
—27/Octubre/2018—
