Capítulo 12: Pureza
La mayor preocupación de Inuyasha había sido entrenar pero eso cambió cuando sintió la presencia del demonio que había estado buscando. No pidió permiso, no era su estilo, no quería perder tiempo, saldría en su búsqueda y cuando obtuviera lo que deseaba regresaría, no podía olvidarse de su principal objetivo.
Tomó a Kirara e inició el viaje. No solo era una estrategia para evitar ser perseguido o llegar con mayor velocidad al lugar indicado, era el deseo de llevar a Kirara.
Conocer a Kikyou cambió su vida, enamorarse lo hizo ver el mundo de otro modo y perderla lo hizo tomar un rumbo diferente. Fue tan corto el tiempo que compartieron pero había sido más significativo que muchas de las décadas.
Él, a pesar de ser un hanyou, no era diferente. La sangre demoníaca corría con fuerza a través de sus venas, no era algo que pudiera ocultar o negar. Era algo de lo que estaba orgulloso y sin embargo llegó a desear cambiar, todo por amor, cuando lo buscaba y cuando lo tuvo.
Conoció a Kikyou, la mujer que le había enseñado a amar y que había perdido de una manera trágica. Hicieron tantos planes, crearon tantos sueños pero cayeron en una trampa, no confiaron el uno en el otro.
Ella estaba viva, lo sabía y anhelaba tanto poder encontrarla ¿Todavía tenían una oportunidad? Quería creer que así era, que la historia de ambos no había terminado. Pero para ello primero debía acabar con Naraku, la perla de Shikon debía ser purificada.
La primera vez que escuchó que estaba viva fue cuando buscaba algo de comida para Kirara. Dos aldeanas se encontraban en el río lavando su ropa mientras que hablaban tranquilamente, las hubiera ignorado de no ser porque escuchó el nombre de Kikyou.
El saber que estaba viva lo hizo bajar la guardia, quería saber dónde buscarla pero ambos mujeres mal interpretaron sus intenciones. Varios de los hombres de la aldea se aproximaron y lo atacaron.
Él se defendió, bloqueó cada uno de sus ataques pues no podía atacarlos. Ganas no le faltaban pero tuvo que reprimirlas, no podía permitirse ser imprudente. Todo terminó cuando Kirara pasó por él y se lo llevó sobre su lomo.
Quizás se habían apresurado demasiado y pagaban las consecuencias de ello. Para él el tiempo era relativo, no tenía ninguna prisa y sin embargo estaba seguro de querer estar junto a Kikyou. Podría tener más de cien años pero seguía siendo un adolescente, era su primer amor y él siempre había sido impulsivo.
Era más poderoso que antes. Tenía la legendaria espada Colmillo de Acero, herencia de su padre y una de las mejores. Sesshomaru había deseado apoderarse de ella pero al final fue él quien la obtuvo.
Manejarla había sido difícil, adquirir nuevos poderes era todo un desafío. Cada día se hacía más fuerte y eso le gustaba. Cada vez estaba más cerca de su objetivo, podría superar a Sesshomaru y a su padre, nunca más permitiría que alguien se burlara de él y protegería a todas esas personas importantes para él, no quería perder a nadie nuevamente.
Había cambiado tanto pero seguía siendo el mismo. Quizás solo había mejorado, tanto cambió desde el momento en que conoció a Kikyou, cuando la perla de Shikon apareció en su vida. La pureza de esta lo había llevado a conocer el amor, la parte corrupta lo que era el odio y el sufrimiento. Desearía que nunca hubiera existido pero nunca se arrepentiría de haber conocido a Kikyou, sentimientos contradictorios, demasiado confusos como para tratar de racionalizarlos.
Si todo aquello había sido demasiado rápido ¿qué importaba? ¿Acaso aquello hacía que perdiera valor? Lo dudaba. Si estaban juntos eso era lo de menos. Además a él le gustaban los desafíos, de lo contrario sería aburrido.
—Descansa, Kirara —le dijo Inuyasha —, comeremos algo y continuaremos.
Kirara era otro cambio en su vida. Al principio solo la vio como una molestia, una pequeña gata indefensa sin embargo ahora la reconocía como a una aliada, juntos habían recorrido grandes distancias, más que una mascota era compañera de viajes.
Al aterrizar Kirara regresó a ser una pequeña gatita y el fuego que envolvía sus patas desapareció. Descansarían un rato y luego seguirían con su búsqueda. Tenía prisa pero no quería agotar a Kirara, se lo debía, después de todo la había usado para sus entrenamientos y por su culpa casi queda calva.
Kikyou no pudo evitar pensar en cómo su vida había cambiado. Quizás ella no viviría tanto tiempo como un demonio, tal vez aún le faltaba mucho por vivir pero no por ello era menos madura. Desde que conoció a Inuyasha su vida había dado un giro de 360 grados. Había hecho lo que consideró imposible, se había enamorado. Una mujer que no creía en el amor, que vivía solo para ser una sacerdotisa, ella pudo experimentar lo que era ese sentimiento.
La perla de Shikon cambió de manera extrema su vida. Si bien estaba acostumbrada al peligro este aumentó cuando se convirtió en la guardiana de la perla. Muchos la querían y ella debía evitar que la obtuvieran. Fue la perla la que la llevó con Inuyasha y eso era lo único que hacía que valiera la pena.
El monje Miyatsu era peculiar, no podía negarlo, nunca había conocido a un hombre tan pervertido como él y sin embargo no podía dejar de considerarlo un amigo. Ambos habían sido víctimas de Naraku y él había salvado su vida, estaba en deuda con ese hombre.
Pero también tenía sus cualidades. Como el valor. Cuando se trataba de cumplir con su deber. No dudaba a la hora de enfrentarse a demonios o si la vida de alguien peligraba. Era optimista y había hecho de su nombre una leyenda.
Su vida había cambiado, de tantas maneras que le resultaba difícil definirlas. No podría decir que se arrepentía de lo vivido. El final estaba cerca, podía sentirlo, para bien o para mal pronto terminaría aquello.
—Detengamos un momento, por aquí hay una aldea cerca, seguro encontraremos una mansión donde descansar… quiero decir exorcizar.
—Ese es un comportamiento poco adecuado para un monje.
—No sé de qué habla, yo solo soy un humilde monje que viaja por el mundo ayudando a quien lo necesite —comentó el monje Miyatsu de manera despreocupada para cambiar a una expresión de absoluta seriedad.
—Sí —respondió Kikyou a la vez que tomaba una de sus flechas —, está cerca pero no siento ninguna energía maligna en él ¿Podrías dejarme un minuto a solas?
—Mientras iré a buscar un lugar que exorcizar y bellas jovencitas a las que enseñar lo que es amar.
El buscar las casas más lujosas e inventar que están poseídas por una presencia demoníaca era una costumbre común en el monje Miyatsu, casi tan habitual como el pedirle un heredero a toda mujer que se cruzara en su camino. Kikyou no lo apoyaba pero prefería no decir nada, en ese momento otro pensamiento ocupaba su mente.
—Deja de ocultarte —había dicho después de varios minutos.
—Como la primera vez.
—Ha pasado mucho tiempo.
—No creí que te volvería a ver.
—Ni yo.
Inuyasha no era alguien calmado, nunca lo había sido y tampoco planeaba hacerlo. Corrió hasta Kikyou y la abrazó como deseaba hacer desde hace tiempo. Lo demás carecía de importancia cuando estaba con ella.
Al principio Kikyou dudó en corresponder el abrazo, su mente le decía que era peligroso, que podía ser una trampa pero su corazón quería sentirlo cerca, abrazarlo y no dejarlo ir nunca de su lado. Nunca permitiría que alguien que no fuera él tocara uno solo de sus cabellos.
—Lo siento —le dijo Inuyasha notablemente incómodo.
—No te sientas culpable Inuyasha, cuando acepte cuidar de la perla de Shikon asumí los riesgos que implicaba. No es tiempo de lamentarse, hay mucho por hacer.
—Prometo estar a tu lado y protegerte, esta vez no te fallaré.
Las palabras de Inuyasha eran sinceras pero Kikyou no le creyó. La flecha que tenía en sus manos ató a Inuyasha en el árbol que estaba detrás de él.
—¿Crees que puedes engañarme dos veces? Al menos tu amigo fue más listo y me atacó de frente.
—Naraku no es mi amigo —respondió Inuyasha molesto, quiso agregar que él los había engañado pero ella no le dio ninguna oportunidad.
—No me engañaras tan fácilmente, esta vez voy a sellarte —agregó Kikyou mientras buscaba una flecha en específico, no había querido usarla pero no podía confiar en Inuyasha, el sentir un fragmento en la perla en él hacía que sus sospechas aumentaran.
El hanyou usó la mano libre para retirar la flecha y tomar el fragmento que le había arrebato a Naraku cuando perdió el control de su mente, se lo entregó a Kikyou, era lo menos que podía hacer para demostrarle que estaba de su lado.
No hizo que confiara en ella pero sí que dudara y eso era algo, no deseaba hacerle daño.
Kirara lo tomó y se lo llevó, no podía hacer nada más. Debía encontrar una manera de convencerla.
El fragmento que Inuyasha le había dado estaba corrompido, no era algo que debiera extrañarle pues así era como ella se sentía. No había muerto pero una parte de ella sí, el amar a Inuyasha la había hecho conocer un mundo nuevo, el sentirse traicionada destruyó todo eso.
Sabía que Naraku era el enemigo, su energía demoniaca lo delataba sin contar que era quien poseía la perla de Shikon a la que le faltaba un fragmento pero Inuyasha le había dado su fragmento y ella quería creer en él.
Cuando Miyatsu se reunió con ella se limitó a mostrarle el fragmento de la perla. Lo purificó y emprendieron el viaje, debían encontrar a Naraku cuanto antes, con todo el poder que tenía era cuestión de tiempo para que mostrara sus verdaderas intenciones.
Cuando el monje Miyatsu se encontró con Kagura le pidió un hijo a pesar de saber que se trataba de un youkai, pudo sentir en ella la esencia de Naraku, todo en ella gritaba que se trataba de una extensión.
—¿Qué trae a una hermosa jovencita por estos lugares?
—Déjate de bromas, voy a exterminarme —respondió Kagura notablemente molesta.
—Será un honor morir entre los brazos de tan hermosa jovencita —comentó Miyatsu de forma coqueta —. Pero primero podrías decirme ¿Qué es lo que hace a una hermosa jovencita trabajar con alguien tan despreciable?
—Eso no es de tu incumbencia —respondió Kagura de notable mal humor antes de atacarlo con su abanico.
—Así que no es algo que decidiste —comentó el monje después de esquivar el ataque de la mujer youkai —. Puedo liberarte.
—No necesito de tu ayuda —respondió Kagura antes de devolver el ataque.
El monje Miyatsu liberó el agujero negro pero no absorbió a la mujer youkai, solo la obligó a huir. Fue poco lo que faltó para que lo lograra, quizás ella tuvo suerte pero no podía negar que se trataba de una poderosa mujer.
Quizás fue una conversación corta pero aquellas palabras bastaron para que Miyatsu trazara un plan a seguir. Debía apresurarse pues el agujero en su mano seguía creciendo y él no quería morir sin tener un hijo.
La siguiente vez que se vieron fue diferente, Kagura regresó acompañada de Kanna pero sus intenciones eran diferentes. El monje Miyatsu le había demostrado ser fuerte, especialmente poderoso y ella anhelaba ser libre.
Miyatsu estaba con Kikyou trazando un plan para recuperar la perla de Shikon. No fue difícil localizarlos, el monje las estaba esperando. Kagura lucía apresurada, sabía que Naraku no podía saber lo que planeaban pues de lo contrario tomaría su corazón y lo aplastaría.
—Sí lo que dicen de ustedes es cierto no tendrán problema con Naraku —comentó Kagura de mal humor antes de hacerle a Kanna una señal —. Pero antes hay algo que deben saber.
En el espejo de Kanna comenzó a reflejarse todo lo sucedido el día en que Inuyasha y Kikyou fueron engañados. Cuando el recuerdo terminó ambas se retiraron, no podían estar demasiado tiempo lejos pues Naraku sospecharía.
—Quisiera estar un minuto a solas —le dijo Kikyou a Miyatsu. Había sido demasiada la información recibida y necesitaba asimilarla. Tenían que enfrentarse a un enemigo muy poderoso, Inuyasha no le había mentido, todo fue una trampa y ambos fueron engañados.
Cuando Kikyou e Inuyasha se reencontraron ya no había rencores entre los dos, quizás arrepentimiento por haber dudado pero ese sentimiento era opacado por la nueva oportunidad que tenían frente a ellos.
Ella le entregó el fragmento que antes le había dado, era necesario para el plan y quería protegerlo. En el pasado ambos se enfrentaron por la perla de Shikon y fue la misma la que los separó, la vida de ambos había estaba marcada por esa gema pero eso estaba por terminar.
No tuvieron tiempo para hablar pues Naraku hizo acto de aparición. El monje Miyatsu les indicó que no estaban solos y que había llegado el momento de actuar, ambos tenían una deuda con Kagura y Kanna que debían pagar, perder no era una alternativa.
Que Naraku quería la perla de Shikon era algo obvio para ambos al igual que las consecuencias si esto llegaba a pasar. Tal vez no era un demonio en su totalidad pero al ser la unión de varios demonios lo hacían el adversario más difícil que habían enfrentado.
Él estaba frente a ellos. Ya no lucía el traje de siempre, mostrándose por primera vez tal y cómo era. Su mirada se encontraba nublada por el odio y en su rostro lucía una sonrisa de satisfacción. La victoria o la derrota, era todo o nada, su destino estaba por decidirse.
Kagura y Kanna se encontraban detrás de él, esperando la señal de su amo para atacar. Una vez fallaron pero dos no, esa era la última oportunidad que se les había dado, debían ser discretas si no querían levantar sospechas.
—Entrégame el fragmento de la perla de Shikon, Inuyasha —ordenó Naraku —, o atente a las consecuencias.
Para Inuyasha aquello era suficiente, no necesitaba de más razones y atacó usando Viento Cortante, ataque que fue aumentado por el poder de la perla de Shikon.
Pero jamás llegó a su destino, dicho ataque fue rechazado por el espejo de Kanna, dejando una grieta en el mismo. Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Naraku, quien permanecía ajeno a ese detalle.
—Kagura, Kanna, encárguense de él y asegúrense de conseguir el fragmento.
Kagura murmuró unas cuentas palabras inentendibles para ellos, probablemente insultos hacia Naraku, antes de atacar. Su objetivo era Inuyasha aunque no por ello evitaría que Kikyou resultara herida.
Su ataque resultó efectivo, aunque no del todo. Inuyasha estaba más preocupado en proteger a Kikyou por lo que difícilmente pudo detenerlo. Él sabía que ella no necesitaba de protección, que era una de las sacerdotisas más fuertes pero no podía evitar hacerlo, no quería volver a sentir lo que sintió al creerla muerta.
Una flecha fue lo que necesitó Kikyou para desarmar a Kagura, dos para sellarla en el árbol. Como usó una flecha ordinaria era solo cuestión de tiempo para que lograra salir de aquella situación, aunque no sería rápido, de eso estaba segura.
Tal cantidad de energía maligna había logrado que el monje Miyatsu regresara. No pudo evitar sonreír al ver a Naraku frente a él. Lucía diferente a la última vez que lo vio pero la energía maligna lo delataba. Era consciente del peligro al que se enfrentaba pero no podía evitar emocionarse, aquella era la batalla final, no había lugar para el temor.
No dudó en unirse a la batalla, usando el mismo agujero negro que Naraku le había dado absorbió el espejo de Kanna pero cuando intentó hacer lo mismo con Naraku la energía maligna de este comenzó a afectarlo. Como si se tratara de veneno sentía el dolor extendiéndose por todo su cuerpo, principalmente en la palma de su mano.
Aquello no lo hizo cerrar el agujero negro, estaba decidido a acabar con aquel híbrido a como diera lugar, aun cuando su propia vida fuera el precio. Sintió como algo cálido y húmedo se deslizaba por su rostro, como su visión se nublaba, era sangre.
Kikyou lo hizo detenerse, no podía dejar que muriera, no cuando todavía quedaban esperanzas. Si podía salvar una vida ella lo haría sin dudar. Su largo entrenamiento como sacerdotisa la habían preparado para una situación como esa, sabía perfectamente que hacer.
Aquello molestó a Inuyasha, descuido que le costó caro. No podía evitar sentir celos al ver como Kikyou curaba a un desconocido. No tenía razones para sentirse de ese modo pero es que desde pequeño había sido inseguro, acostumbrado al rechazo y después de perder a su madre temía quedarse solo nuevamente.
Naraku aprovechó la ocasión para arrebatarla la perla de Shikon a Inuyasha ¿Qué importaba si sus extensiones habían sido vencidas? De haber muerto sería lo mismo, solo importaba el ver como sus planes tenían éxito, que en unos minutos podría acabar con la vida de Kikyou, podría verla morir entre sus brazos como tanto deseaba.
El fragmento de Inuyasha se unió al de Naraku. Lentamente comenzó a adquirir un color oscuro, contaminándose al estar expuesta a la perla y a la energía maligna de Naraku ¿Acaso ese era el fin?
Sí, pero Naraku no sería el vencedor. Esa era la oportunidad de purificar la perla, el momento ideal y quizás también el único. Kikyou tuvo que concentrar toda su energía espiritual, hacer uso de todas sus fuerzas.
La perla comenzaba a ceder ante su energía espiritual y con ella Naraku se veía afectado. La luz era lo único que podía afectarlo, tuvieron suerte de que el mismo ignorara ese detalle.
Con Naraku vencido era el momento de pedirle a la perla de Shikon un deseo, solo así podrían ser libres.
—Eres un tonto, creí que no vendrías —le regañó Kikyou pero sus palabras perdían credibilidad con la sonrisa en su rostro —, pero me alegra ver que llegaste.
—Eso fue muy irresponsable de tu parte.
—Qué más da, he llegado y eso es lo que importa. Además no fue culpa mía, el pervertido de Miyatsu se quedó coqueteando con unas aldeanas.
—No confundas las cosas, Inuyasha, yo solo actuaba como el caballero de buen corazón que soy y…
—Les pedías que tuvieran un hijo tuyo.
—¿Quién diría que ustedes se adelantarían?
Kikyou removió aquella manta mostrando lo que esta ocultaba, una pequeña niña de cabello blanco como el de Inuyasha en su estado de demonio y las mismas orejas que él solía tener antes de convertirse en humano. Ella abrió sus ojos y mostró unas pupilas del mismo color que Kikyou, era tan pequeña y tierna.
Inuyasha tomó a la pequeña y la cargó entré sus brazos. Ella era su hija, su pequeña princesa. No lo podía creer, ya era padre, de una niña tan adorable.
—Bienvenida al mundo, pequeña Tsuki. Soy tu padre, Inuyasha.
Para Inuyasha seguía latente el recuerdo de la última batalla, como Naraku había sido vencido y la perla había desaparecido. A pesar de que fue la perla de Shikon la que los llevó a conocerse no necesitaron de ningún deseo para ser feliz.
Naraku había sido vencido y con ello Kagura y Kanna obtuvieron su libertad. Pudieron ser una amenaza para Inuyasha, Kikyou y el monje Miyatsu pero prefirieron no hacer nada, ya no tenían una razón para continuar con aquella batalla.
¿Cuál fue el deseo de Kikyou? Ninguno, cualquier deseo que se pidiera se volvería en su contra, algo que aprendió por las malas pero le ayudó a superar tan difícil prueba.
Juntos habían pasado por momentos difíciles, supieron lo que era el amor y el odio. El dolor de la traición y lo cómo se sentía enamorarse… Juntos encontraron la fuerza para romper su destino.
Notas Autora:
Capítulo editado.
Sobre los cambios de este capítulo, originalmente eran dos capítulos independientes pero han sido fusionados en uno solo y se han hecho muchos cambios, el más importante es el guión, este se ha hecho en toda la historia pues se estaba usando un guión incorrecto. Otro cambio significativo es la forma en que Kikyou descubre la verdad y la participación de Kanna y Kagura pero estos cambios no afectaron el transcurso y el desenlace de la historia, solo ata puntos sueltos.
Sobre el nombre de la hija de Inuyasha, originalmente era Izayoi como la madre de Inuyasha pero según tengo entendido en Japón no se acostumbra nombrar a los hijos como los antepasados o amigos sino que se les da un nombre similar. Según tengo entendido Izayoi significa "Dieciséis noches" o "Décimo sexta noche", Tsuki es luna y la luna se nota más durante la noche.
Con este capítulo la historia llega a su fin. Si llegaste hasta aquí, gracias por leer.
