Decisiones
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Bella quería dormir abrazada a Edward. De hecho, debería haberse dormido hacía rato; después de hacer el amor durante horas, debería haber estado prácticamente en coma. Pero a diferencia de su guapo amante, ella no podía dejar de pensar, de buscar la manera de comprender lo que estaba pasando.
Aquélla no era la primera vez que utilizaba la seducción para atrapar a un ladrón. Había conocido a muchos hombres que la habían encontrado atractiva y nunca había tenido el menor reparo en utilizarlos, pero nunca se había implicado tanto. Nunca se había sentido atraída por el objetivo de una misión.
Había creído que podría controlar la química que había entre ellos y usarla en beneficio propio. Pero había subestimado a Edward.
Y sus sentimientos hacia él.
Miró al hombre que dormía plácidamente a su lado y deseó abrazarlo, acariciarlo hasta despertarlo para volver a hacer el amor con él, pero no podía hacerlo, no podía confiar en él. Ése era el problema del enemigo, no se podía cometer la estupidez de confiar en él.
Edward Masen llevaba más de una década, según sus informes, recorriendo el mundo y abriéndose camino gracias a sus encantos. A pesar de sus gestos nobles y los maravillosos orgasmos, Bella no había dudado ni por una décima de segundo que estaba jugando con ella del mismo modo que ella había pretendido jugar con él.
Aquella idea hizo que acabara por renunciar a dormir y decidiera levantarse de la cama. Pensó en salir al balcón e intentar relajarse con la ayuda de la brisa nocturna, pero ella no solía hacer esas cosas. Así que optó por meterse en cuarto de baño y abrir la caja fuerte donde ambos habían dejado sus cosas.
No esperaba encontrar nada de interés, pues sabía que Edward no le habría dejado las llaves si hubiera algo en su mochila. Pero en aquel momento necesitaba hacer algo que distrajera un poco su mente y sus emociones.
Después de echar el cerrojo de la puerta, sacó las cosas de la caja fuerte y sentada sobre la tapa del inodoro, abrió la mochila de Edward con mucho cuidado.
Un fajo de billetes y una cámara.
Como todo en Edward, la cámara digital era de primera clase, aunque algo grande para un hombre acostumbrado a tener que entrar y salir sin que lo vieran. Bella habría esperado algo más pequeño y ligero, como el dispositivo que había colocado en la galería de Nueva York.
Bella apretó el botón de encendido y empezó a mirar las fotos, entre las que no esperaba ver algunas estampas turísticas de Venecia. Las últimas imágenes de la lista eran las que habían tomado para retocar los pasaportes, pero como aquéllas no tenían ningún interés, siguió mirando más atrás. Fue entonces cuando encontró una foto que no reconoció.
Amplió un poco más la imagen y descubrió que se trataba de un documento en el que figuraba la historia de las vidrieras de la iglesia de Santa Lucía y se detallaba la composición pictórica de cada una de ellas. Había varias fotografías de diferentes documentos, todos ellos relacionados con las vidrieras. Pero, ¿por qué las vidrieras? Dado el tamaño y el peso de las ventanas, las vidrieras no serían fáciles de robar.
Quizá si Volturi estaba interesado en alguna pieza del retablo, Edward había estado investigando el modo de entrar en la iglesia y de ahí el estudio de las vidrieras… Pero tampoco tenía mucha lógica porque había accesos mucho más sencillos.
Las siguientes imágenes le parecieron más previsibles. Se trataba de un estudio completo de la iglesia en el que se incluían todo tipo de planos, mediciones. Con sólo mirar aquellas imágenes, Bella veía al menos cuatro maneras de acceder al templo sin acercarse siquiera a las ventanas.
Fuera como fuera, le pediría a Bree que mantuviera vigilada la iglesia, aunque no creía que Volturi fuera tan tonto como para intentar algo después de que su hombre hubiera sido sorprendido allí por la policía.
Tener un plan la hizo sentirse satisfecha y sintiéndose más tranquila, siguió observando la cámara, pero no las fotos sino la máquina en sí. Le extrañaba que hubiera una parte tan grande en la que no había ni botones, ni ningún tipo de pantalla, ni nada. Quizá fuera el compartimento de la batería.
Para comprobar si era así, abrió una tapita, pero lo que encontró no fue la batería sino una cajita negra. Edward era increíblemente astuto. Al abrir la cajita, rió en silencio.
La Estrella Blanca.
Aunque nadie la hubiera informado al respecto, no habría tenido la menor duda del valor de aquella pieza. Nada que ver con el broche de lady Denaly, aquello era una antigüedad que desprendía una energía que sólo daba el tiempo, el paso de los años y de los siglos.
Había leído una descripción de la pieza en el informe de la casa de subastas; la estrella estaba tallada en marfil y cada punta estaba ribeteada en oro. Lo que no había leído en el informe era el poder que irradiaba del amuleto, una especie de energía que había actuado como protección a lo largo de los siglos. Bella no era una persona crédula, pero había algo cautivador en aquel objeto, algo que parecía estar… vivo.
Ahora comprendía que Volturi hubiera sido capaz de matar por conseguir La Estrella Blanca…
Después de limpiar las huellas, empezó a preguntarse por qué Edward llevaría encima el amuleto. ¿Había sentido él también el poder que residía en aquella estrella? La posibilidad le resultaba bastante improbable. Aunque no hubiera podido hacer la entrega, seguramente podría haber encontrado un lugar más seguro donde guardarla, en lugar de llevarla de un lado para otro. Nadie pondría en peligro un objeto tan valioso, ni lo dejaría descuidado en ningún momento…
Entonces se dio cuenta de que había vuelto a caer en su trampa.
Por muy rápida que fuera, Edward siempre le llevaba varios pasos de ventaja. Aquella guerra no tenía fin.
Volvió a dejarlo todo en la caja fuerte exactamente igual que estaba y después de tirar de la cadena aunque no fuera necesario, decidió salir al balcón en busca de un poco de aire fresco. Necesitaba pensar con claridad para intentar salir del caos en el que cada vez se sentía más atrapada. Edward estaba acabando con su energía.
La Estrella Blanca podría incriminarlo. El señor meticuloso jamás llevaría consigo tal evidencia de su culpabilidad si no tuviera un motivo para hacerlo. Aquel objeto podría servirle para presionarlo para que negociara con la agencia. Podía amenazarlo con llamar a la policía si no le daba la información que necesitaba.
Si lo encontraban con el amuleto en su poder, no tardarían en extraditarlo a los Estados Unidos…
Pero Bella no podía delatar a Edward porque sabía que había dejado ahí La Estrella Blanca para que ella la encontrara. Era una especie de mensaje… y Bella lo había recibido.
Estaba claro que sabía algo de ella y debía de ser algo muy sólido, mucho más que su ética profesional o que lo hubiera seducido para conseguir información. Su gran error había sido darle a Edward el tiempo suficiente para encontrar algo con que atacarla.
De pronto recordó lo que le había preguntado. «¿No te causará ningún problema desaparecer unos días? ¿Qué hay de tu familia, o del trabajo?»
Y recordó también lo que Emmett le había contado. Alguien había entrado en los archivos de la policía… Sólo tuvo que sumar dos más dos para darse cuenta de lo que había ocurrido.
Edward había descubierto su verdadera identidad.
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Edward y Bella se dirigían hacia el muelle en el que estaba amarrado el barco que habían alquilado en San Remo. Los habían llamado de recepción para avisarles que los de la empresa los esperaban en el muelle, así que habían vuelto a ponerse la ropa de baño.
Bella estaba preciosa con el pelo recogido y los ojos brillantes después de haber dormido. Llevaba todo el día bastante callada y pensativa, por lo que Edward sospechaba que sentía la misma tensión que él. El juego continuaba y aunque habían conseguido disfrutar en algunos momentos robados, había fuerzas externas que los manejaban y contra las que no podían luchar.
Habían formado un buen equipo durante unos días, pero Bella seguía teniendo que responder ante el M16 y Edward tenía que encontrar la manera de salir de la imposible situación en la que ella lo había metido.
—¿Qué te parece si vamos a comprarnos algo de ropa después de entregar el barco?
Bella se limitó a asentir y Edward deseó poder borrar la arruga que se le había formado entre las cejas y hacer que volviera a reír como lo había hecho en la cama la noche anterior.
Otra cosa que tenía que solucionar, esa inesperada sensación de perfección que había conocido tan sólo estando con Bella.
—Parece que ya han llegado —comentó Bella al ver a dos hombres.
Uno estaba ya a bordo del barco y el otro en el muelle. Edward no los reconoció. El primero que los vio se volvió rápidamente a avisar al otro. Edward vio algo extraño en aquel movimiento y los observó con más atención.
A primera vista parecían dos navegantes a punto de zarpar y aunque los dos tenían el pelo moreno y la piel oscura como buenos italianos, ninguno de los dos tenía el bronceado que sólo tenían aquellos que pasaban horas bajo el sol, en el mar. El tipo que los esperaba en el muelle los saludó de lejos.
Aquellos hombres no deberían haberlo identificado, pues sólo conocían su nombre, no su aspecto.
Miró a Bella, seguía igual de seria. ¿Le había tendido una trampa?
Comenzó a andar más despacio y dejó caer al suelo los papeles del barco. Al agacharse para recogerlos, tiró a Bella del brazo para que hiciera lo mismo.
—¿Son de los tuyos? —le preguntó.
Parecía genuinamente sorprendida.
—¡Maldita sea! —dijo entre dientes al mirar a los dos tipos—. No, no son de los míos.
Tiró de ella hacia el agua justo en el momento en el que se oyó el primer disparo. No eran del M16, a no ser que la agencia hubiera decidido deshacerse de una de los suyos, lo cual no era propio de ellos. Pero sí de Volturi.
Otros dos disparos cayeron muy cerca de ellos, así que no pudieron hacer otra cosa que sumergirse más y más y tratar de nadar hacia debajo del embarcadero de madera, el único lugar donde no podrían verlos en aquellas aguas transparentes.
Su única posibilidad de huir era ir nadando de embarcadero en embarcadero hasta llegar al final del muelle. Eso debió de ser lo que pensó también Bella porque después de la primera parada le hizo un gesto para que la siguiera y continuó buceando. De no haber habido dos personas tratando de matarlos y no haber tenido la sensación de que Aro estaba detrás de todo aquello, habría vuelto a fijarse en cómo se complementaban Bella y él.
Pero en la situación en la que estaban, sólo pudo sentirse aliviado de que Bella nadara tan bien porque la idea de que pudieran matarla de pronto le resultaba insoportable.
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Marsella
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Edward vio a Bella cerrar la puerta del baño. Después de un largo viaje, quería ducharse y no lo había invitado a acompañarla, pero Edward trató de no tomárselo como algo personal. Comprendía que necesitase un poco de intimidad y él no había hecho nada que le diera derecho a irrumpir en dicha intimidad.
Llevaban el día entero corriendo. Después de escapar del muelle, no les había quedado más remedio que pasar por el hotel a recoger sus cosas, algo que habían conseguido hacer sin llamar la atención. Allí habían averiguado que la policía italiana seguía buscándolos.
Lo ocurrido en Santa Lucía no era tan grave, el problema era que había ocurrido en el peor de los momentos. Edward sabía por experiencia que la suerte era un factor determinante en su trabajo. Y esa vez había tenido muy mala suerte. El país aún estaba conmocionado con recientes actos terroristas y con un robo de objetos religiosos que nada tenía que ver con las adquisiciones de Aro.
En esas especiales circunstancias, la policía había enviado sus descripciones a la prensa y lo cierto era que los retrato robot que aparecían en la televisión eran bastante acertados.
Con toda esa información no había tenido dificultad en imaginar lo que había ocurrido. Aro había dejado de llamarlo hacía más de doce horas, poco después de que las autoridades hicieran públicas las descripciones. Seguramente al saber que se le había visto con una mujer, habría averiguado quién era dicha mujer y habría asumido automáticamente que lo había traicionado. De ahí los matones del muelle.
Exactamente lo mismo que había ocurrido en Nueva York cuando James Scott había aumentado el precio de La Estrella Blanca.
Dado que Aro sabía cómo habían salido de Italia, no habían podido salir de Mónaco del mismo modo, así pues habían robado una moto para ir hasta la estación de tren, donde habían comprado dos billetes a París antes de tomar un taxi que los llevara al aeropuerto. Allí habían alquilado un helicóptero privado en el que habían podido cruzar la frontera franco-monegasca sin tener que mostrar su documentación. Durante el vuelo habían pasado por encima de la zona en la que se encontraba su casa, pero no se había molestado en contárselo a Bella.
Una vez en Niza, habían tomado un autobús que los había llevado a Marsella, donde se encontraban ahora, en un modesto hotel del puerto.
Después de tantos problemas, no podía evitar preguntarse si Bella seguiría pensando que estaban juntos en todo aquello.
El sonido del móvil anunciando un mensaje lo sacó de sus pensamientos por un momento.
Era el investigador de Northumberland. Ahora ya tenía el nombre, la profesión, la dirección y el número de teléfono de los padres de Bella. Y sabía que Kristen Stewart, hija única, figuraba como consultora financiera afincada en Londres.
Con aquella información, ya podía dar el siguiente paso. Pero… ¿cuál era ese paso?
En Nueva York, Bella lo había amenazado con sacar a la luz su falsa identidad, ahora él podría hacer lo mismo. Le pediría que destruyera el expediente que el M16 tenía sobre él si no quería que eso ocurriera. Era una maniobra sencilla.
Tan sencilla como la que había utilizado con el policía de Nueva York. La diferencia era que el único error de Bella había sido hacer su trabajo demasiado bien, sólo había tenido la mala suerte de dar con él.
¿Podría obligar a Bella a poner en peligro su trabajo para sacarle de un lío en el que se había metido él solo?
De pronto empezaba a ver la magnitud del problema. Sabía que su mejor oportunidad de seguir con vida era chantajear a Bella y después desaparecer. Aro nunca lo dejaría marchar, pero quizá si le enviaba La Estrella Blanca a tiempo, ganaría el tiempo necesario para que Bella lo acusara de algo serio.
Si antes no la mataban.
Con la mirada perdida en la imagen que ofrecía el pequeño balcón de la habitación, se dio cuenta de que llevaba años evitando pensar en su vida. Por eso no había sido consciente de lo bajo que había caído. Sólo después de conocer a Bella se había despertado su conciencia y había empezado a resultarle cada vez más difícil huir de la verdad.
Pero la verdad estaba dentro de él, pisándole los talones allá donde fuera.
Había chantajeado a un policía, lo había obligado a poner en peligro su trabajo y probablemente a perder el respeto por sí mismo… Pero lo más grave era la facilidad con la que lo había hecho. La misma facilidad con la que había investigado a Bella hasta encontrar algo que pudiera utilizar en su contra. E incluso había llegado a considerar la idea de hacerlo.
Por fin había conocido a una mujer a la que admiraba y respetaba… una mujer para la que él era algo tan nocivo como el veneno.
En realidad se merecía todo lo que le estaba ocurriendo, pues nunca se había parado a pensar en el precio que estaba pagando por dejar atrás su vida. Su objetivo había sido que nadie volviera a sentir lástima por él, como cuando tenía que ir a comer a las casas de sus compañeros de colegio porque su madre ni siquiera había aparecido por la suya. Quizá hubiera recuperado su orgullo pero, ¿a costa de qué?
De perderse el respeto a sí mismo.
De la carrera de Bella.
Y de vender su alma.
Se rió con rabia y tristeza. Sólo había sido necesario que apareciera una agente con una hermosa sonrisa para que viera la verdad. En lugar de dejar atrás el pasado había dejado que ese mismo pasado controlara su vida. Y se había convertido en un sinvergüenza sin escrúpulos capaz de utilizar a quien fuera para seguir adelante.
De pronto el peso de todas las decisiones equivocadas que había tomado a lo largo de su vida se interponía entre la mujer hermosa e inteligente que se había encerrado en el cuarto de baño y él.
Pero al menos ahora sabía lo que quería hacer.
Para bien o para mal, sabía que estaba harto.
Que hará Edward¿? Alguna lo adivina ¿? Jejeje.
por cierto grácias de corazón por todos sus comentarios y favoritos y alertas... y ... por todo en general son un encanto y como recompensa a esos minutos que dedican a escribir sus comentarios... esta noche subiré dos historias nuevas... apasionantes (como siempre) divertidas (de verdad se reiran hasta llorar) y emocionantes... a alguien le parece sensual la pasión mezclada con la comida¿? jejeje o un poli de nueva york babeante ante la hija de un hombre relacionado con la mafia... jejeje.
Un besote nos leemos mañana guapas
