Em... sé que no tengo excusa, pero estaba de vacaciones y no podía actualizar (sin wi-fi, you know), pero aquí os traigo el siguiente. Estoy peleándome con el 13, pero pronto lo tendréis. Besos, y gracias por esperar!


ECO

Por la mañana, Lucie se despertó con dolor de cuello. Estaba encogida sobre un colchón blando, con la cabeza apoyada en una superficie blanda y fresca. Despacio, movió la cabeza, aún con los ojos cerrados, intentando volver a dormirse, No quería levantarse aún. Bostezó y se giró en la cama, enredándose los pies con la suave sábana. Frotó la cara contra la almohada, buscando una posición satisfactoria, y metiendo el brazo debajo para tener la cabeza más elevada, volvió a dejarse llevar.

Había empezado a quedarse dormida otra vez cuando escuchó la grave voz del presentador de la CNN anunciando un choque de trenes en La Toscana, y el aumento del IPC. Se incorporó de golpe, totalmente despierta ya, con los ojos muy abiertos. Las legañas no le dejaban ver muy bien, pero algo siempre era mejor que nada. Parpadeó varias veces mientras pensaba en dónde estaba. Era una habitación grande y blanca, con una cama de matrimonio de cobertores negros en la que se encontraba, una alfombra mullida al pie, y un enorme y largo muro de cristal polarizado en una esquina, sin cortinas. Un reloj de pared de color negro hacia tic-tac rítmicamente, marcando los segundos.

Se reprendió mentalmente por haberse quedado dormida fuera de casa, y por no haber notado a la primera que ese no era el Instituto. Intentó recordar cómo había llegado allí, pero no era capaz. La densa bruma blanca del sueño cubría todo pensamiento, incluso el vago recuerdo de las pesadillas de esa noche. Se palpó la cintura, buscando la estela, y casi le entró el pánico al no encontrarla. No llevaba el pijama puesto, y eso la puso alerta. Miró a su alrededor otra vez y... no. Increíble. La estela plateada con un hilo dorado alrededor descansaba sobre una mesilla negro metálico, junto a sus chanclas, colocadas frente a ella en el suelo, y unos pendientes en forma de aguja hechos de plata. El cinturón de las armas, vacío excepto por un triste y solitario cuchillo serafín, colgaba de un perchero en la pared, tras la puerta de sándalo rojo. Si alguien la había secuestrado, no había sido lo suficientemente listo como para alejarla de sus armas.

Se levantó del mullido colchón sin hacer ruido, y se calzó, colocándose el cinturón de las armas en la cadera. Tomó la estela y se dibujó una Marca de Recuerdo en el antebrazo, necesitando desesperadamente saber dónde estaba y cómo había llegado allí. Lo sucedido el día anterior le golpeó la memoria como un mazo, y se ruborizó hasta el nacimiento del vello. Vio su reflejo en el cristal del ventanal, y recordó que se había quedado a dormir en el ático de Simon. Sus padres la matarían. Si es que no se habían enterado ya. La que le esperaba al volver.

Se pasó una mano por el pelo, y se tiró de un mechón enredado, cabreada por que parecía una cualquiera, con la ropa desordenada de dormir con ella, y el pelo enredado de la sal del mar del día anterior y del sueño de la noche. Lo que daría por una ducha.

Se acercó a la puerta, y se asomó, sin hacer ruido. No había moros en la costa. Salió, caminando despacio para no hacer ruido, cuando el olor del café y los huevos revueltos con orégano y tomate le llegó a la nariz. Como arrastrada por el delicioso aroma, flotó hasta la cocina, donde Simon, con una toalla de baño enroscada en la cintura, preparaba el desayuno. Tenía el pelo mojado chafado sobre la cabeza y pegado a la frente, goteando sobre las pestañas. Lucie lo observó en silencio, comiéndoselo con la mirada. Al único hombre que había visto así alguna vez era a su padre (que no contaba por razones obvias), y a los actores de las películas. Tenía que admitir que, solo con la toalla y recién salido de la ducha, los tíos eran mucho más atractivos. Si su sex-appeal fuera una barra de experiencia, ahora mismo estaría por las nubes, pensó, y sonrió para si.

Simon la oyó, y se giró. Pero no paró de remover los huevos en la sartén. Sonrió.

- Siento que me hayas pillado así, pero contaba con que seguirías dormida. Y, bueno... no podía vestirme contigo allí -se disculpó. Acercó un plato blanco, y vertió los huevos junto a un par de lonchas de bacon -. Te he preparado el desayuno. Si tienes hambre...

- Gracias -contestó automáticamente. Aún seguía perdida en los músculos de su estómago, brillantes por las gotas de agua y la humedad. Siguió distraídamente la línea de vello que partía de su ombligo y se perdía bajo la línea de la toalla... -. Y por mi no te preocupes. Son unas vistas estupendas -sonrió.

Simon se rió, y salió de detrás de la barra, antes de dejar el plato con el humeante desayuno sobre una mesa de cristal.

Lucie miró el desayuno, mordiéndose el labio. El estómago le rugía de hambre, pero daría lo que fuera por asearse un poco.

- ¿Podría darme una ducha? -preguntó.

Simon señaló con la cabeza unas escaleras pegadas a la pared, sin barandilla, de estilo moderno.

- Arriba, la puerta blanca. Hay toallas bajo el lavamanos, y el champú está en el tercer estante. Y ten cuidado, la alfombrilla resbala un poco. Si necesitas algo más, solo grita como una Barbie cuando se le acaban las rebajas, y allí estaré.

Lucie se rió, y subió las escaleras, veloz y animada por la promesa de una ducha fría que la despejaría por completo.

Cuando llegó al baño, abrió el grifo, y empezó a desvestirse. Cogió el champú, una marca blanca del supermercado, y se lavó los rizos a conciencia, restregándose la cabeza con fuerza. Una vez salió de allí, fresca y limpia, se secó con una de las toallas verdes que había bajo el lavamanos, tal y como él había dicho, y después de vestirse, se enroscó el pelo con ella. Se miró al espejo, esperando que todo estuviera en orden. No tenía tiempo ni ganas para nada más. Oh, Raziel ¿Era eso un herpes? Demonios, trols, y babosas marinas. Lo que le faltaba. Gracias, oh, Ángel nuestro.

Soltó una palabrota que habría hecho sonrojar a cualquier marinero, y por la que su madre seguramente la habría regañado. Le pediría a Magnus más tarde algo con lo que poder deshacerse de él... no, espera, era solo una mancha. Menos mal. Suspiró, aliviada.

Mientras se miraba al espejo, recordó la tarde anterior, y, sin darse cuenta, se llevó los dedos a los labios.

Realmente le he besado.

Sonrió, sin saber por qué, como una tonta, y bajó las escaleras más alegre que nunca. Ya no le importaba la bronca monumental que le iba a caer al llegar a casa, o lo que dirían los vecinos de Simon al verla salir con la misma ropa con la que había entrado el día anterior. Tenía ganas de ponerse a cantar y bailar, y gritar y gritar hasta quedarse sin aire en los pulmones o afónica, lo que viniera primero. Una nueva vitalidad le corría por las venas, y nada tenía que ver con las runas.

Cuando se sentó frente a su desayuno, comprobó, decepcionada, que su yoghurín vampírico ya se había vestido. Llevaba piratas negros y una camiseta roja con un salero con la cabeza de Yoda como tapa que ponía: Sal Yodada, que la salud te acompañe*.

No le quitó el ojo de encima. Cuando éste se sentó frente a ella, con una copa llena de sangre en la mano, la miró, y señaló su desayuno con el mentón.

- ¿Te importa? -inquirió.

- En absoluto.

Simon brindó hacia lo invisible con la copa, y bebió, sediento, mientras las venas se le llenaban de vida, y las mejillas cogían color. Lucie cogió un poco de bacon, y se lo metió en la boca. Estaba delicioso. Miró al vampiro y a la copa de sangre. Si no fuera por lo espeso del líquido, el olor ferroso, y por las manchas que dejaba allá por donde pasaba, como si fuera un batido, podría haber jurado que bebía vino en lugar de sangre.

- Si miro en tu "nevera"... no encontraré un montón de gente muerta colgando boca abajo y abierta en canal como gorrinos en un matadero, desangrándose en cubos solo para ti, ¿verdad? -preguntó, cogiendo ahora unos cuantos trozos de huevos. Le gustaba la combinación del sabor del orégano, el tomate y el huevo.

- No. Me gusta invitarlos a cenar antes, charlar un poco, conocer sus gustos... imagina tener que beber la sangre de un psicópata. O de alguien con un gusto enfermizo por los gatos. Puaj -se estremeció, como si la idea le repugnara. Lucie se rió, y él esbozó una sonrisa mientras se llevaba la copa de nuevo a los labios -. No soy esa clase de chico.

- ¿Y qué clase de chico eres, Simon Lewis? -inquirió ella, cruzando las manos, apoyando los codos en la mesa, a ambos lados del plato, y posando la barbilla sobre los nudillos.

- Tendrás que descubrirlo tú misma. Eso es lo emocionante de conocer a alguien. La intriga.

Lucie se rió, meneando la cabeza, y apoyó la pala del tenedor en los labios.

- Si, podría ser. Te daré tiempo.

Simon pasó al recibidor, y cogió un reloj de muñeca plateado, y se lo abrochó. Descolgó unas Ray-Ban de una chaqueta de aviador colgada en un perchero de la entrada, y se las colocó en la cabeza. Se apoyó contra la puerta del piso.

- ¿Te llevo a alguna parte? –preguntó.

Luce, que ya había acabado de desayunar, se pasó el dorso de la mano por la boca, y se levantó, preparada para llevarse el plato al fregadero y limpiarlo.

Simon hizo un gesto con la mano.

- Déjalo donde quieras. Lo limpiaré esta noche.

Lucie miró el plato sucio de aceite y grasa del bacon, y luego a la encimera e hizo un mohín. Simon vio su duda, y sonrió de medio lado. A velocidad vampírica, pasó por su lado, le quitó el plato, y lo dejó sobre la encimera negra. Luego, ya de vuelta, se detuvo tras ella, y le dio un beso bajo la oreja, abrazándole la cintura por la espalda.

- ¿Ves? Arreglado. Y ahora, ¿te llevo a alguna parte, ángel? –susurró en su oreja. Lucie sonrió, y se apoyó contra su pecho.

- Bueno, podrías bajarme al Instituto… tengo que darles ciertas explicaciones a mis padres a cerca de por qué motivo he pasado la noche fuera de casa… y rezar a Raziel por no estar castigada –suspiró, derrotada, al pensar en lo que le esperaba.

Simon se rió, y ella pudo notar las vibraciones de su risa en la piel de la espalda, resonando en su propia caja torácica.

- Un instant, s'il vous plaît, madame-dijo él. Se llevó el móvil al oído, y esperó -. ¡Magnus! Hola, buenos días. Siento llamarte a esta hora. Seguro que estabas ocupado, pero… si, vale, está bien. Perdón… Vale. El caso es que Lucie se ha quedado a dormir en mi casa, y está… si, Magnus, en mi casa…. A dormir… -Magnus dijo algo al otro lado de la línea que hizo que el vello de Simon se erizara, y sonriera- ¿Y qué si fuera así…? Vale, vale, lo siento, qué irascible. Bueno, pues necesitaría, si hicieras el favor de… ¡Vaya! ¡No me jodas! ¿En serio? ¡Eres la caña! Perfecto. Gracias, Magnus. Te debo un par… Me imagino. Nos vemos allí.

Simon colgó, y apoyó la barbilla en el hombro de Lucie, muy pagado de si mismo. Parecía no tener ninguna prisa.

- ¿Y bien? –inquirió Lucie. No estaba para nada incómoda, pero su estómago se contraía de los nervios de tener que explicar a sus padres dónde había estado, y quería acabar con ello cuanto antes.

Simon la estrechó contra él.

- No sé por qué, pero Magnus parece ser nuestro ángel de la guarda. Tiene un plan para todo, en lo que a nuestras fugas se refiere. Resulta que ayer por la tarde, no me preguntes cómo… supo que habías venido aquí, y que probablemente no ibas a regresar al Instituto lo que se dice pronto… de modo que llamó a Clary para decirle que te iba a secuestrar por una noche, y que pasaríais el día en San Francisco. Tu madre dio el visto bueno, y "te quedaste a dormir en el loft de Magnus, a salvo de vampiros melosos y acosadores", o al menos, es como él lo ha descrito. El caso es que, gracias a tu padrino, ahora tienes el día libre.

Lucie, que había estado escuchando con una sonrisa que se iba ensanchando cada vez más, a medida que el relato de Simon avanzaba, se dio la vuelta entre los brazos del vampiro, y le rodeó el cuello con los suyos, mirándole fijamente.

- ¿Todo el día libre? Vaya ¿Y qué voy a hacer todo el día, yo sola…? –murmuró. Sus ojos se desviaron al sur, hacia los labios de Simon, y sonrió, pasándose la lengua por los suyos, hambrienta. Ya había besado a Simon. Dos veces. Y parecía que ya no podía parar. Se preguntó si los vampiros tendrían alguna encima adictiva en la boca que te hacía desear más y más… pero estaba segura de que ese era un problema exclusivamente suyo.

Acercó su boca a la de él, y cogiéndole un par de mechones de la nuca, lo atrajo hacia si. Simon, que parecía un gato satisfecho, la dejó hacer, casi ronroneando de satisfacción. No quería tomar la iniciativa, no le hacía falta. Estaba bien como estaba. Y aunque ella no era toda una experta, no le importaba. Había algo en esa inexperiencia que le resultaba tentador y muy atractivo. Sonrió contra su boca cuando ella se apartó para respirar y se apretó contra su cuerpo. Tal vez ninguno de los dos tuviera experiencia personal a cerca de lo que venía a continuación de los besos, pero el cuerpo de ella parecía saber bien lo que quería, aunque Lucie no lo tuviera tan claro. A Simon se le pasó por la cabeza la idea de dejar que las cosas siguieran su curso, pero había tres problemas.

El primero, y sin duda el más importante, era que no quería que Lucie hiciera algo para lo que no había vuelta de rosca y para lo cual no estaba plenamente consciente. Parecía embriagada, fuera de si. O tal vez no. No tenía manera de saberlo, pero, por si acaso, prefería pararlo a tiempo.

El segundo, que tenía cosas que hacer y que no podían esperar. Rebecca le había reservado un par de horas de su atareada vida como maestra en una escuela de arte de la ciudad, y si se demoraba mucho más, llegaría tarde. Tenía que comprar comida, reorganizar la casa… etc. Un sinfín de cosas que requerían su atención con una molesta premura. Además de que él no era de los que dejaban las cosas pospuestas de forma indefinida. Le molestaba sobremanera dejar tareas pendientes. Le hacía pensar que su vida estaba sometida a un completo caos.

Y la tercera y última, pero no por ello menos importante. La ayuda de Magnus en este caso no era gratuita. La condición que había impuesto para no llamar a Clary y a Jace y destapar el pastel, era que Lucie realmente se fuera con él de compras a San Francisco. Así se lo hizo saber.

Lucie hizo un mohín, y se separó de él.

- Maldita sea –masculló.

- Bueno, será mejor que no te quejes delante de él. Lo único que se interpone entre tu padre, furioso por que he mancillado a su amada hija y primogénita, y yo, es Magnus. Sus excusas son lo que nos salva de la hecatombe. Y la verdad es que me gusta esto de ser amantes encubiertos, como Romeo y Julieta. Es mucho más excitante.


- ¡Simon! –chilló Rebecca desde el otro lado de la calle, agitando una mano. El pelo se le movía a un lado y a otro con el viento que levantaban los rápidos coches. Simon la saludó de vuelta.

Su hermana era una mujer alta, castaña, de ojos verdes y piel blanca. Tenía unas pequeñas arrugas en la comisura de los ojos, de sonreír, y la piel tersa como cuando era joven. En cuanto el semáforo para los peatones estuvo en verde, corrió -literalmente corrió - a sus brazos, y se colgó de él, aunque con sus tacones de Gucci era mucho más alta.

- ¡Simon, cuanto te he echado de menos! ¿Dónde has estado? ¡Tienes que contármelo todo!

Los peatones los observaban, impresionados por la efusividad de Becky, pero Simon les ignoró. Sonrió a su hermana, y le pasó un brazo por la cintura.

- Ven, demos un paseo, y te lo cuento.

Central Park estaba lleno de parejas y familias tumbadas en los jardines, de picnic o simplemente para poder disfrutar del buen tiempo. Había niños jugando con sus perros, o saltando a la comba, jugando a futbol, o a palas, como si estuvieran en la playa. Otros tiraban migas de pan a los patos del lago.

Simon comenzó a explicarle a su hermana, que iba cogida de su brazo, sus viajes. Omitió ciertas partes, como la pelea con los lobos en Roma, y otras cosas que podrían alarmarla sin necesidad. Ella sabía que le ocultaba ciertos datos, pero no preguntaba, y él lo agradecía. Rebecca sabía que su hermano podía cuidarse solo, y que podía contarle lo que fuera. Si no se lo decía, tendría sus motivos.

Por su parte, Becky le explicó que se había casado con un profesor de la escuela el Junio anterior. Martin, creyó Simon que dijo. Se puso serio, y como si fuera mayor que ella, dijo:

- Tendré que conocerle. No puedo vivir sin saber quién es el marido de mi hermana –casi murmuró -. Además, le dejaré clarito con quién se está metiendo. Si te hace daño… -se petó los nudillos -, estaré encantado de hacerle una visita.

Luego se rió, y su hermana con él. La familiaridad de ese encuentro era algo que él necesitaba. Y le estaba sentando muy bien. Muchas de las tensiones que había acumulado, empezaban a irse de sus hombros. Se apoyaron en la barandilla del lago, y el rostro de Rebecca se ensombreció.

- Mamá… -empezó. Simon no se giró. Ni se inmutó. Sabía lo que seguía, y se había preparado para ello -. Mamá murió el año pasado. Un Ictus. Los médicos la tuvieron en tratamiento durante casi un mes, pensando que podían hacer que remitiera, pero al final no hubo nada que hacer. Lo siento mucho, tenía que haberte llamado.

Simon se mantuvo estático, y descubrió que no le dolía tanto como había pensado. La separación tal vez había ayudado en algo a mitigar su dolor.

- Está bien, Becks. No te preocupes por eso.

Ella asintió. Tenía los ojos brillantes cuando le miró. Sonrió.

- Y bueno, no todo serán malas noticias - se puso una mano en la barriga. Simon la miró a ella, y luego a su mano, alternativamente, y abrió mucho los ojos.

- ¿En serio? ¿De verdad? –preguntó - No puedo creerlo ¿Puedo? –preguntó. Ella asintió, y se inclinó hasta acercar una oreja a su barriga, no del todo plana. Muy tenue, como si estuviera tras una cámara insonorizada, podía oír el lento latido de un corazón. Se incorporó, y la abrazó - Felicidades, Becky.


- ¿Y qué tal tu cita? –preguntó Magnus, mientras disfrutaba de un helado de fresa que se había comprado en Gelatto's.

- No era una cita.

Las pesadas bolsas de papel llenas de ropa que la nefilim y el brujo llevaban a cuestas chocaban unas con otras al caminar. Magnus, cansado de su ruido y volumen, chasqueó los dedos, y desaparecieron.

- ¿A dónde…? –preguntó Lucie.

- A mi loft y a tu cuarto respectivamente.

Lucie abrió la boca como un pez cuando recordó todo lo que había comprado, y que su padre tenía la molesta manía de entrar y salir de su cuarto como si la puerta estuviera abierta en todo momento. Miró al brujo, y éste se rió.

- Que no cunda el pánico. Están dentro de tu armario, a buen recaudo. Respira hondo. Que el oxígeno llegue al cerebro. Eso es esencial.

Lucie empujó a Magnus de un codazo, y éste, que se estaba riendo, tuvo que hacer equilibrios para evitar que se le cayera el helado que sujetaba. Una bola se le cayó dentro de la boca, y se agitó la boca con la mano, la lengua helada.

Lucie rompió a reír por la escena, y se dobló por la mitad, llorando de risa y con dolor de barriga. Los viandantes se los quedaban mirando, como si estuvieran locos, pero ellos seguían como si nada.

- Está bien, ya me calmo –cedió Lucie, frotándose los ojos par secarse las lágrimas. Y, aunque no lo habría esperado jamás, Magnus también se reía.

- Vaya por Dios. Que espectáculo estamos dando. Ya puestos podíamos pasar la gorra, ¿no crees? A lo mejor ganábamos algo, y todo.

Media hora más tarde, estaban sentados en uno de los vagones del trenecito rojo que los llevaba a la parte de arriba de la colina. Querían buscar un buen restaurante para comer.

- ¿Y bien? –inquirió Magnus, estirando las piernas y apoyando los pies en el asiento de delante.

- No era una cita –repitió. Cuando el brujo la miró, ella sonrío -. Vale, si, era una cita. La playa fue… bien. Nos lo pasamos genial, me enseñó a nadar, y tomamos el sol un rato…

Magnus esperó. Intuía que había más. Casi lo sabía. Por la bola de cristal había visto las clases de natación, pero se había aburrido, y al final, les había dejado a lo suyo. Se había ido a leer, y después se echó en el sofá esperándola hasta que se quedó dormido sobre el regazo del Ligthwood. Se moría por saber si había más. La miró fijamente.

Lucie le miró, y sonrió como una niña traviesa. Encogió las piernas, y se las abrazó, apoyando la barbilla en las rodillas. Se tapó la cara con el pelo, y se quedó callada, disfrutando del recuerdo un poco más. Dudaba si contárselo o no.

Magnus se inclinó hacia delante, buscando una respuesta, y ella le miró.

- … y me besó.

El brujo dio una palmada, y se sentó de un salto delante de ella, con los ojos brillantes.

- Cuéntamelo todo.


Simon volvía a casa cuando caía la noche, con las manos cargadas de bolsas de comida. El paseo y la charla con su hermana le había sentado fenomenal. Tenía muchas ganas de hablar con ella, y nunca veía el momento. Siempre le parecía que era o demasiado pronto, o demasiado tarde. Que tal vez sería mejor que ella no supiera nada de él. Que equivocado estaba.

El móvil sonó en el bolsillo de sus vaqueros. Dejó las bolsas en la encimera, tan rápido como pudo, miró la pantalla, y cuando vio el ECO, recortado en blanco sobre el fondo negro, deslizó el dedo sobre la pantalla táctil y descolgó, llevándose el aparato al oído.

- ¿Diga?

Un suspiro al otro lado de la línea. Un mogollón de gente hablando a la vez. Alguien intentando que se callaran. Un sonido estridente de fondo, como el de algo que araña la piedra. A Simon se le puso el vello de punta.

- Simon Lewis, gracias a Raziel que contestas –oyó al otro lado de la línea. Era un tipo que hablaba bastante mal el inglés, para que engañarse, y que se atragantaba con las palabras. Italiano.

- Parla italiano. Posso capire che- le dijo, con la esperanza de que eso agilizara la conversación. Estaba claro que no era Ángelo el que llamaba, porque el viejo vampiro conocía el inglés, y siempre lo llamaba pulcino americano, no Simon Lewis. Una losa descendió sobre su estómago en caída libre. Si no llamaba el líder, algo iba espantosamente mal.

Oyó suspirar aliviado al otro subterráneo al otro lado.

- Tenemos terribles noticias –dijo, esta vez en su idioma natal. Se alejó del auricular, y gritó algo al barullo, del estilo de "no les dejéis llegar", o algo así. Luego regresó -. Ángelo ha desaparecido, y los licántropos del clan de Demetri nos atacan. Intentan entrar en la sala del homenaje, pero hacemos lo posible por contenerlos, Simon.

Simon maldijo en voz alta. Pateó la alfombra que tenía delante.

- ¿Cuándo ha desaparecido Ángelo? –inquirió.

- Hace un par de días –reconoció el vampiro.

- ¿¡UN PAR DE DÍAS!? ¿Y me lo notificáis ahora?

- Ángelo va a donde quiere, y no preguntamos. No sería la primera vez que se ausenta largo tiempo, pero esta vez es distinto. No dejó a nadie a cargo, y ninguno sabíamos de su marcha –explicó apresuradamente con la voz entrecortada. Parecía que estuviera haciendo fuerza contra algo. Volvió a gritar una orden, y gruñó -. Intentamos llamarte, pero la cobertura es fatal. ¿Estás muy lejos?

Simon se tiró del pelo.

- En Nueva York –apretó los dientes, pensando. La parte militarizada de su cerebro volvía a estar en acción, completamente encendida, y ocupaba toda su mente, eclipsando lo demás -¿Habéis contactado con los nefilims del Vaticano? –recibió un escueto no, y una explicación sencilla. El único modo de acudir a ellos era personándose en el Instituto de la zona, y ninguno podía salir de allí a la luz del sol- ¿Quién está al mando ahora mismo? Asumo que eres tú, por eso me has llamado… Está bien. Supongo que todo el clan de Demetri está allí… que hijo de perra. Vale. Quiero que apostes a los siete más fuertes que tengamos en el acceso a la sala del homenaje, y envíes a tres a controlar los respiraderos secundarios… Si, se colarán por ahí en cuanto lo encuentren… Quiero que los selléis. Todos. No tenemos refugiados ahora mismo, así que el no respirar juega a nuestro favor… Sí. Reúne a todos en la pira, y abrid la sala de armas… Exacto. Hay unas reservas de polvo de plata. Bañad vuestra piel en él, y luego coladlo por cerraduras, dinteles, y respiraderos, antes de sellarlos. Si desviamos el polvo hasta su zona, los mantendremos alejados de las puertas durante un tiempo. Manteneos en posición de defensa, y no dejéis que tomen las puertas norte y sur –se apoyó en la encimera, repasando el mapa de las catacumbas en su cabeza. Parecía que lo tenía todo cubierto -. Cogeré el primer vuelo hasta Italia. Intentaré que sea sin escalas… eso debería ser suficiente, al menos hasta que llegue yo. Intentaré hacerme con refuerzos, pero no hago milagros.

Caminó hasta su habitación mientras pensaba en cómo desplazarse más rápido que la luz hasta aquel remoto lugar, a tiempo para impedir una masacre. Descolgó ropa, y la metió en una bolsa de lona. Se la colgó al hombro.

- Y Sergio –añadió, sombrío.

- ¿Simon?

- Alzad la bandera negra –dicho esto, colgó.

No damos cuartel, ni lo esperamos.


Jejejeje . Bueeeenoooo... :p

el siguiente es muy interesante... ya veremos... de momento, un adelanto (como compensación por la espera):

"-¿A dónde se supone que vas? (...)

- No puedes venir conmigo -dijo Simon, tajante.

- ¡No es justo! Soy tan útil como el que más. ¡No puedes dejarme atrás! -gritó. Odiaba gritar, pero lo deba la sensación de que era lo último que le quedaba, porque en el fondo sabía que Simon lo la llevaría consigo, no importara lo mucho que razonara con él o le gritara.

- Puedo, y lo haré. Esta no es tu guerra.

- Es mía desde que decidiste que me querías. Las relaciones deben superar baches. Tú estás siempre ahí para mi. Déjame estar para ti, al menos una vez... - miró suplicante los ojos marrones del vampiro, duros como diamantes - Y si crees que me voy a quedar aquí tan alegremente mientras te pones en peligro sabiendo que puedo ayudarte, vas listo.

(...)

- Está bien. Se acabó -cortó Simon, tajante, irritado-. No quiero que vengas conmigo..."

(ceja, ceja, ceja) ¿pelea de amantes en el siguiente? ):)

MHG