Capítulo Décimo Primero: Adiós

Betty se dirigió a la oficina el sábado a media mañana para terminar de resolver varias cosas pendientes. Daniel Meade había sido demasiado condescendiente con ella, pensó, en dejarla tomar un día libre a sabiendas de todo el trabajo que había retrasado para la semana próxima. El viaje en tren había sido placentero en trayecto de Manhattan desde Queens y Betty se tomó el tiempo para reflexionar, dejándose mecer con los vaivenes de la cabina del tren, y así calmar su decepción del día anterior. La verdad que Gío no se había comunicado con ella desde que se dijeron adiós y ya estaba empezando a preocuparse. No era de Gío hacer esas cosas, pensó. Estuvo a punto de marcar su número pero algo la hizo detener. Era él quien debía llamarla a ella. Su orgullo pudo más que su corazón y guardó el aparato en su bolso.

El vestíbulo del edificio Meade se veía desierto. Sus ojos se dirigieron en donde se encontraba 'Gio´s deli'. Sabía que él abría todos los sábados hasta las dos de la tarde. Frunció el cejo y no pudo evitar que sus pasos la guiaran directamente al negocio. Apretó los labios, frunció las cejas y abrió la puerta con fuerza dispuesta a tener una conversación nada placentera con el dueño del local.

Raúl y Rori conversaban sentados en una mesa. Al escuchar el sonido brusco de la puerta abrirse ante ellos, ambos detuvieron la charla y sus vistas se posaron sobre Betty.

—Lo sentimos. No abrimos hoy, señorita —dijo Raúl. Betty se detuvo de golpe y miró a su alrededor. No había señales de Gío y el local seguía en desorden.

—No seas tonto. Ella es su novia —le dijo Rori.

Raúl escaneó a Betty de los zapatos a la cabeza hasta cerciorarse que realmente la conocía. Entonces se puso de pie de un salto y se acercó a Betty con una mirada de preocupación en el rostro.

—¿Quiere venir con nosotros?

Ella no entendió la pregunta. Dio un paso atrás. Realmente no gustaba del comportamiento de ese hombre, tan obviamente un Casanova, y recordó la forma libidinosa con que él la había visto la primera vez que la conoció. En cambio preguntó:

—Giovanni Rossi, ¿se encuentra?

Raúl y Rori se miraron entre sí.

—¿Será posible...? ¿Acaso no sabe?

–No, ¿qué cosa? –Betty escuchó su propia voz temblar ante un presentimiento. No gustaba de los misterios y ya estaba empezando a sentir un escalofrío por todo su cuerpo.

—Por favor, siéntese —le ordenó Raúl acercándole una silla.

Betty obedeció con renuencia. Sus oídos no entendieron las palabras que le pronunciaban, escucho las voces decir cosas en un lenguaje inentendible, frases que su cerebro no pudo procesar y flotaban sin sentido haciendo eco en su mente.

Un accidente. Anoche. De gravedad. Emergencia. Hospital.

¡Eso no puede ser posible!

Tuvieron que hacerse repetir varias veces antes que su cuerpo reaccionara en un ataque de pánico. Encontró difícil respirar y se asfixiaba con cada bocanada de aire que intentaba aspirar.

—¿Dónde está? ¿Dónde?

—Yo la llevo —dijo el hombre—. Déme un segundo.

Se dejó guiar como una paciente demente. Y le tomó todo el trayecto tratar de recuperar consciencia y comprender realmente la situación. Se sintió horrible por haber dudado de la honestidad de Gío y se tragó las lágrimas para llorarlas después. Por el momento todo lo que quería era verlo y confirmar que estaba fuera de peligro.

En el hospital, Raúl la llevó ante la puerta de la habitación donde él estaba. Una mujer y un hombre de tez oscura y aspecto asiático conversaban en el pasillo, entre susurros que ni siquiera disimulaban ser inaudibles.

—Yamir, está muy grave después de la operación. La enfermera me dice que él habla incoherencia entre sueños toda la noche —dijo una chica de piel morena, pelo negro brillante y ojos oscuros, parecida como gota de agua al joven que estaba a su lado.

—Creo que se quedó loco. La otra vez oí a su hermana decir… —dijo Yamir.

Raúl se acercó a la mujer y la tomó por el brazo. Ella se cayó de inmediato. Y le dirigió una mirada de inspección a Betty.

—¿Y ésta? —preguntó Indira, la hermana de Yamir.

Raúl le susurró algo a los presentes y entonces la joven la miró con más interés, de una forma en la que Amanda parecería la santa Teresa de Calcuta.

Betty no estaba como para soportar el mismo ambiente que estaba acostumbrada en Mode. Haciendo un gesto amable con la cabeza avanzó hasta la puerta frente a donde estaban. La tocó con suavidad y la abrió cautelosamente.

Una mujer estaba sentada al borde la cama de espaldas a Betty. Volteó a donde Betty se encontraba, de inmediato reconoció a la hermana de Gío.

—Betty… —se escuchó desde tras la espalda de Anna María y ella se movió para descubrir a aquel que yacía sobre el lecho.

Anna María se paró de la cama y abrazó a Betty dándole un beso en la mejilla, Betty no se movió con los ojos fijos a aquellos otros que la miraban suplicantes desde aquel lecho. La hermana de Gío le señaló la mesita de noche y algunos envases que estaban cuidadosamente dispuestos sobre ella, tomó su bolso y lo colocó en su hombro.

—Voy a tomar un poco de aire y a buscar a mama. Betty, querida, trata que se tome la leche, la necesita para reforzar uno de los medicamentos.

Betty asintió y, una vez estuvieron solos, se acercó y posó su mano sobre la que estaba tendida en dirección hacia ella. Gío tenía la piel pálida, el pelo revuelto y, por primera vez, le vio el rostro descuidado lleno de vello facial; sus ojos, antes tan despiertos y radiantes, prestos a irritarla por el solo hecho de divertirse, tenían un aspecto triste y cansado rodeados de grandes ojeras púrpuras y profundas.

Gío pareció notar su preocupación y rompió el silencio:

—Me dicen que tuve suerte… —su voz era entrecortada y lejana. A Gío le costaba mucho esfuerzo pronunciarlas— No pude llamarte… la consciencia hace unas horas.

—Me dijeron. Sí —asintió Betty sin poder apartar sus ojos de los moretones que sobresalían de su frente, su cuello y sus brazos—. No importa.

—Oye, linda. Estoy bien… No te preocupes —trató de incorporarse, en vano. Betty se aproximó y le socorrió. El pudo notar cómo Betty dio un ligero respingo al sentir el contacto de su piel febril. Pero evitó preocuparla y esbozó una sonrisa— estaré mucho mejor… en un par de días.

Betty se sintió un poco calmada por sus palabras, pero no pudo ocultar su intranquilidad. Hubiera querido abrazarle en ese mismo instante y llorar sobre su pecho. Pero sabía ser comedida y evitó mostrarle toda la preocupación que sentía. Se acercó a la mesa y tomó un vaso de leche y se lo acercó. Gío lo rechazó con un gesto de disgusto.

—La… leche es para… bebés, yo… —se interrumpió. sintiendo un dolor que desfiguró su rostro de repente. Betty trató de salir a buscar a alguien pero Gío le hizo ademán de que se quedara. Buscó una silla y la acercó a la cabecera de la cama donde Gío volvió a recostarse—. Eso pasa… quédate conmigo

Cerró los ojos y pareció tratar de dormir.

Betty obedeció y le acarició el brazo mientras le contemplaba. No pasaron diez minutos cuando Gío abrió lentamente los ojos y los dirigió a ella. Betty le sonrió al descubrir que habían recuperado la lozanía que conocía en ellos. Gío presionó la mano que le sujetaba con cariño y le habló con voz clara e ininterrumpida:

—Te voy a llevar de paseo en un carruaje de caballos en tu cumpleaños.

Betty rió de la ridícula ocurrencia. Gío no perdía su humor aún en los momentos de crisis, pensó. Acercó su mano libre y peinó los cabellos descuidados que se aplastaban contra la frente sudorosa de Gío.

—Pero… sabes que mi cumpleaños pasó hace dos meses.

El continuó, haciendo caso omiso a sus palabras.

—Ya verás. Te vas a enojar en un principio pero después… —se paró en seco y dirigió la vista hacia el techo—. Te va a gustar mi corte de pelo.

—A mí me gusta tu pelo como está —Betty siguió acariciándole los cabellos.

El sonrió sin dejar de mirar el espacio en blanco que existía entre él y el techo evitando encontrarse con los ojos de Betty.

—Tengo miedo —dijo—. Miedo de desaparecer. De no ser yo el que esté contigo.

—No me voy a ninguna parte —Betty se incorporó sin soltar su mano tratando de encontrar su mirada que seguía perdida entre ella y algún lugar detrás de ella que sólo él podía ver—. Estoy aquí contigo.

—Pero también estarás allí para él.

Cerró los ojos por un instante apretándolos con fuerza como si contuviera las lágrimas. Abrió los párpados suavemente, su rostro recuperó su pasividad y sus ojos, que volvieron a ser opacos y enfermizos, se enfocaron en los de ella.

—Hola, linda.

Betty pudo respirar al escuchar de nuevo su voz queda y trabajosa. Se sentó de un tirón en el sillón que estaba.

—Me tenías realmente preocupada. ¿Qué fue todo eso?

Gío hizo un gesto de burla antes de responderle.

—¿Tanta algarabía… por un ridículo… vaso de leche!

Un joven se apartó de la puerta donde había estado desde hacía un instante, sin que Betty se diera cuenta cuándo entró a la habitación. Se acercó a la silla donde Betty permanecía. Era alto y tenía razgos exóticos, aunque ordinarios, tenían un encanto especial. Betty reconoció ese rostro.

—Cuando tiene episodios como esos no parece recordar nada de lo que dijo o hizo —el joven posó su mano sobre el hombro de Betty de manera consoladora—. El doctor dice que es debido a algunos golpes que recibió en su gigantesca cabeza.

Gío forzó una sonrisa en su rostro, que pareció más una mueca debido al esfuerzo de sus músculos faciales.

—¿Tratando de asustar a mi chica, Robert?

Betty alternó su mirada entre las de Gío y la de Robert, el antiguo empleado de el carro de meriendas de Mode justo antes que Gio empezara a trabajar en el mismo puesto. Se movió incómoda en su asiento. Robert alejó su mano del hombro de Betty.

—No estoy haciendo nada malo. Tú y tu lengua venenosa, Gío. No debí haber venido. Estoy aquí sólo porque Indira insiste en ayudar a tu madre. Bueno, entonces —dijo dirigiéndose a Betty—, ¿y quién es esta bella dama?

Betty arrugó el rostro. Gío soltó una leve risita.

—La conoces… de Mode.

Robert puso cara de sorpresa y trató de reconocer el rostro de aquella que tenía frente a sí. Betty sonrió por cortesía mostrando sus 'bracers' en todo su esplendor. El dio un paso atrás y exclamó:

–¡Ya! ¡Ya recuerdo!

En ese instante la chica de piel morena y largo pelo brillante abrió la puerta y, sin apartar la mirada de donde Betty estaba, abrazó a Robert y le dijo algo en el oído. Entonces empezaron a llegar una cantidad de personas que llenaron el lugar empujando a Betty hacia una esquina de la habitación. Betty permaneció al margen de todo aquello observando cómo los demás interactuaban con tanta facilidad entre sí mientras ella permanecía entre las sombras.

Pudo escuchar a la madre de Gío, una mujer de apariencia fuerte, sollozar como una chiquilla en una esquina próxima a ella mientras abrazaba a otra señora de cómo su misma edad.

—Me dijeron que no era culpa de nadie. Que fue un accidente. Tanto que le decía que cambiara ese vehículo. Que le traería problemas y mira ahora…

—Cálmate. Ya. Ya.

—Cómo quieres que me calme si es mi bebe. Mi bebé —la señora Rossi escondió su rostro en un pañuelo y siguió sollozando.

Luego vio a varios jóvenes, rodear la cama de Gío; probablemente amigos del barrio. En otra esquina Ana María insistía con la leche tratando en vano de vencer las constantes protestas de Gío. Mientras tanto, los pequeños Angelo y Leah correteaban en el pasillo haciendo caso omiso a Antonella quien los ordenaba a callarse porque se encontraban en un hospital. Cada rato entraban más familiares y amigos. Mucha gente que apenas notó la presencia de Betty en una esquinilla del cuarto.

Betty lo veía todo con paciencia. No quería marcharse. Pero bien sabía que ella no era protagonista aún de la vida de Gio, ni siquiera un personaje secundario. Entonces, era apenas poco menos que una intrusa.

Pasó algo más de una hora. La hermana de Gio le dijo adiós y se marchó con los pequeños agradeciéndole la compañía.

Yamir, el joven de tez de chocolate, se acercó a ella indicándole que se marchaba y que él sería quien la llevaría a su casa. Betty se despidió de Gío más rápido de lo que hubiera deseado. Sus tías se habían adueñado de él discutiendo, alrededor de su cama, remedios caseros y cotilleos de barrio y haciéndole mil preguntas.

—Yamir… necesito un favor –pidió Gío antes que se marcharan. El se acercó para evitar que se esforzara, escuchó con atención, hizo un gesto de asentimiento y regresó al lado de Betty.

El camino hacia la casa en Jackson Heights fue silencioso y eterno. Yamir se despidió en la puerta de la casa Suárez. Le informó a Betty que Gío le había pedido que la buscara mañana por la tarde si no tenía inconveniente.

—Realmente no quisiera molestarte —empezó Betty pero él interrumpió.

—No es molestia. Además mañana temprano tengo que hacer una diligencia cerca de la zona. Hasta pronto.

Betty asintió y abrió la puerta donde todos los miembros de su familia se acercaron a recibirla consoladoramente. Todos sabían lo mucho que debía estar sufriendo.

—0—

Domingo por la tarde. Por fin solos. Betty acercó su mano a la de Gío. El día había sido terrible con toda esa gente entrando en la habitación y los tratamientos y análisis se volvían más frecuentes. La tarde moría y las horas de visita estaban llegando a su fin. La familia de Gío había salido a cenar algo y Betty aprovechó un momento antes de marcharse. El hizo un esfuerzo y señaló a una mochila que reposaba al lado del mueble de la esquina. Ella lo buscó y regresó a su asiento con él. Sabía que Yamir lo había traído con él en la mañana cuando con tanta gentileza la condujo al hospital. Atendiendo a las instrucciones de Gío, abrió la cremallera del bulto y se encontró con un paquetito envuelto en papel de regalo sobre las ropas que estaban en el interior. La envoltura estaba un poco arrugada y tenía unas manchas oscuras que evitó pensar que eran de sangre. Sobre el regalo había un pequeño sobre que contenía una tarjeta de presentación y una nota. La tarjeta rezaba: 'Cynthya Perez. Asistente Ejecutiva. Neo-writer´s magazine editor en jefe.'

Ella miró a Gío cuestionándole con los ojos pero él la instó haciéndole seña para que leyera la nota. Betty reconoció la escritura de Gío´s trazada en tinta azul:

'Querida Betty:

Hoy también he tenido el mejor día de mi vida.

Gracias por hacerme tu héroe.

Con amor,

Gío

p.d. revisa la página 23'

—Gío, ¿y esto? —Betty tuvo que acercarse para escuchar sus palabras.

—Es tu sorpresa. Abrelo.

Ella lo destapó con cuidado. El trató de similar una sonrisa escondiendo el dolor que sentía. Pero era divertido ver como ella no rompía la envoltura como todo el mundo sino que quitaba con cuidado la cinta adhesiva y dobló con cuidado el papel como si éste fuera el presente. Betty encontró un ejemplar de una famosa revista de lanzamientos de nuevos escritores de ficción: 'Neo-Writers'. Aparecer en esa revista cultural era como aparecer ante los ojos de todo el círculo de narrativa de Nueva York. Su corazón empezó a acelerarse. A sus manos temblorosas le costaron encontrar la página 23. Leyó: 'Betty Suárez'. Pasó sus dedos sobre su nombre. Era real, su cuento corto había sido publicado. Primera parte de tres publicaciones.

Las lágrimas empezaron a surgir de sus ojos sin siquiera avisarle, recorrieron su mejilla y cayeron arruinando la revista. Gío se las arregló para sonreír al darse cuenta que Betty no podía apartar los ojos de las páginas de la revista.

—Les encantó —dijo Gío. El placer que sentía por haberla agradado de esa forma era mucho mayor de lo que había esperado.

—Gío —pudo decir secándose las lágrimas de alegría que empañaban sus ojos—, más vale que mejores pronto. Te voy a castigar por esto. ¿Cómo es que nunca me dijiste? Te voy a besar y te voy a abrazar hasta el cansancio.

—Tontita —le dijo visiblemente satisfecho.

Ella presionó sus labios sobre los de él y, recordando una escena, le habló.

—No te acostaste con ella, ¿verdad?

—Claro que no… Tú te ganaste esto tú sola —rió ante la ocurrencia de Betty. Pero un nuevo ataque de dolor hizo que se contrajera su rostro y empezar a toser sin parar. Betty vio varias gotitas de sangre salpicar las sábanas.

¡Tanto dolor!

Betty entró en pánico y estuvo a punto de pararse de la cama pero él la tomó por el brazo evitando que se marchara de su lado. Una enfermera abrió la puerta y, luego hacer una rápida revisión, empezó a friccionar el pecho desnudo Gío con una especie de ungüento. Betty contempló con horror la profundidad de las heridas que Gío tenía en su cuerpo. Luego de unos breves instantes, dejó de toser. La enfermera cambió el suero y luego se marchó.

El le pidió que se acercara. Betty obedeció. Gío le susurró a su oído haciendo una larga pausa entre oración y oración, recitando las palabras con su voz grave y enfermiza como si hubiesen estado resguardadas en su mente por mucho tiempo.

—Si pudiera… devolver el tiempo. Si pudiera repetirlo todo. No vacilaría. Lucharía por tí. No importa con quién estés. Te ayudaría a seguir tus sueños, Betty —el trató de acercarse más a ella—. Si tuviera la oportunidad, te amaría otra vez.

—No digas esas cosas. Todo va a estar bien.

La puerta se abrió y un hombre entrado en años de apareció en el dintel. El pelo canuto corto y escaso, con trazos de cabellos negros, abundante vello facial, de contextura fuerte, el hombre parecía el vivo espejo de Gío. Su padre. Tras él estaba Anna María. Gío pareció darle una mirada de reproche pero ella no se inmutó. Betty se puso de pie y les dio espacio para que estuvieran juntos.

—Te veré mañana —le dijo a Gío y salió de la habitación seguida por Anna María. Ella se ofreció a llevarla a casa pero Betty rechazó la oferta. No era tan tarde y todavía podía tomar el tren.

Al caminar en medio de la calle, de regreso en Queens, notó que el cielo estaba despejado y alzó la vista tratando de encontrar a las estrellas que Gío le había mostrado una vez. Al escrutar el cielo notó un ligero destello recorrer el firmamento, como una estrella fugaz. Y sin saber porqué, empezó a llorar de regreso a casa.

—0—

Betty surgió del ascensor con una sonrisa en los labios. Era medio día y había aprovechado la hora del almuerzo para darle una visita a Gío. Bajo el brazo tenía la revista donde su historia había sido publicada. Aprovecharía para leérsela y discutir algunos puntos con él. De seguro eso le entretendría un poco, pensó.

Abrió la puerta de la habitación 1908 y se encontró conque Gío no estaba allí.

Sus ojos se abrieron de par en par y no pudo reprimir un gritito de alegría. ¿Sería posible que Dios hubiese escuchado sus plegarias, pensó, y ya Gío estuviera de regreso a casa?

Le preguntó a la enfermera que arreglaba la habitación.

—El paciente de este número, ¿le dieron de alta?

—¿Usted es familia? —esa no era la respuesta que esperaba.

—Casi —vació—. Soy una amiga… íntima.

La enfermera le tocó el hombro. A Betty no le gustó. La forma en que la miraba le congeló las entrañas.

—Lo siento —dijo la enfermera con voz entrenada—. Se ha ido. Falleció anoche. Lo siento mucho.

Los ojos de Betty trataron de descubrir desesperadamente en el rostro de la mujer que estaba ante ella cualquier indicio que revelara que estaba bromeando. No encontró de qué asirse y se sintió desmayar. Apretó la revista entre sus manos como tronco de salvación en alta mar. "No puede ser posible", pensó. El era el héroe de su historia. El no podía morir.

—¡No! —dejó escapar de sus labios palidecidos. La enfermera consideró que era mejor dejarla sola por un momento y cerró la puerta tras ella.

Betty con una fuerza inexplicable, rasgó la revista en dos. Su mente estaba al borde de la locura. Lanzó los pedazos de la revista contra la cama. Pero ahí no había nadie. Estaba vacía. Abandonada.

—¡Por esto terminaste muerto! No lo quiero. ¡No!

Lo imaginó descansando sobre esa misma cama, como había estado anoche tan solo horas antes. Las lágrimas rodaron como caudales salados imparables, deformando su rostro. Sus dientes chocando entre sí mientras gemía desconsolada.

Se lanzó contra la cama, en medio de un ataque de nervios. Se acurrucó alrededor de la almohada y lloró quedamente sobre las sábanas blancas, reconociendo harto tarde la profundidad de sus sentimientos, murmurando palabras que nadie podía ya escuchar.

—No te vayas. No me dejes —le susurró al aire—. Te amo.

Se había ido para siempre. Ni siquiera la oportunidad de decirse una última palabra. Ni una miserable palabra, ni siquiera 'adiós'.

—No… no —sollozó dándose finalmente cuenta que no había nada que pudiera hacer, nada que nadie más pudiera hacer. Gío había muerto y pronto no sería más que un recuerdo—. ¡Ay! no, no…

No, no…

———

Próximo capítulo: Una Última Oportunidad