Lo lamento, mis excusas están abajo ;_;
¡Zelda no me pertenece!
¡Disfruten!
XI
Rezagos de la contienda
…
Era de madrugada para cuando salieron, con la luz de la luna y las estrellas filtrándose a través del follaje, iluminando levemente la oscuridad y el silencio en el que se había sumido el bosque completo, únicamente interrumpido por el ulular esporádico de un búho y el mullido mecer de las hojas contra el viento.
Zelda había utilizado lo último que le quedaba de su poder mágico —no sin antes tomar la mitad de la botella de poción roja que había quedado— para dos cosas: una, teletransportarlos fuera del templo, pues las puertas de la estancia nunca se abrieron de vuelta y, sin la corriente de adrenalina surcándole por las venas, a Link le volvieron a bajar sus miedos. Y ella no estaba de ánimo ni con las fuerzas para buscar una salida o directamente hacer estallar la puerta, mientras él sufría un ataque de pánico. Así que optó por la opción más rápida y la que menos energía consumía.
Viento de Farore era el nombre del hechizo, y consistía en recrear una corriente de aire que envolvía al conjurador y a aquello ligado a éste, en este caso al hyliano, sujeto de las manos de Zelda al momento de transportarse.
Link tenía que admitir que eso de ir de un lugar a otro sin dar ni un paso era una sensación extraña. En esos escasos segundos es lo que había durado el conjuro, sintió como una corriente de aire lo envolvía y luego lo comprimiera en un medio estrecho y apretujado, le quitaran el oxígeno de los pulmones y, entonces, sus partículas se disolvieran para convergir en otro sitio, después de ser arrastrado por ese mismo medio, como si estuviera bajando por un tubo, alargado y pegajoso, que cada vez se iba encogiendo más y más, comprimiéndolo a su paso. Por suerte, la incomodidad duraba menos que un pestañeo —aunque él lo sintió una eternidad, porque era una sensación similar a las que otorgaba la claustrofobia— y se desvanecía apenas abrías los ojos de vuelta.
No quería volver a pasar por eso nunca en la vida, y así se lo dijo a Zelda cuando le preguntó el porqué de su respiración agitada y la sudoración repentina.
Lo segundo había sido conjurar una esfera de luz para iluminar el camino, una vez ambos estuvieron a lomos de Epona que, muy mansa, los había recibido entusiasmada, dando vueltas alrededor de ambos pese a su cansancio, luego de haber pasado el día completo sola apenas yendo de un lado a otro para pastar y curiosear por los alrededores sin ir demasiado lejos.
Ya fuera por observación o mera intuición, Link le pidió a la muchacha que fuera delante de él para que pudiera recostarse si lo necesitaba, y ella, sin poner objeción alguna y demasiado agotada como para negarse, accedió sin decir nada. A cinco minutos del recorrido, Zelda ya estaba dormitando con la espalda en el pecho del joven y la cabeza sobre su hombro, respirando tranquila y, momentos más tarde, se había quedado dormida así mismo.
Debido a que el ritmo de la caminata de la yegua se volvió más lento para no despertar a Zelda, es que tardaron algo más del tiempo de ida. Pero a Link poco le importó, de todas formas, no creía poder dormir esa noche. El camino le dio tiempo de divagar cuánto quisiera, mientras se concentraba en el recorrido, mucho más difícil de reconocer ahora que estaba sumido en la oscuridad, opacada por la luminosidad de la esfera. Pues, sin importar que la aprendiz de bruja no siguiera despierta, la luz continuó brillando con la misma intensidad de su tono azulado al momento de aparecer, guiándolos por el camino correcto hacia la cabaña del bosque, como si tuviera mente propia o siguiera instrucciones, el príncipe no podía decirlo con certeza.
Llegaron, y la vista de la destartalada cabaña en donde vivía la muchacha tan solo le causó pereza, no alivio ni consuelo, simplemente unas ganas de tirarse en un colchón para no despegarse de ahí en meses, pues tenía el mismo ánimo del día en el que despertó después de que Zelda lo encontrara: disperso y levemente amargado.
—Oye, ya llegamos —dijo Link en un intento de despertar a la hyliana, pero en respuesta recibió un gimoteo somnoliento— Vamos, Zelda, despierta.
—No quiero…—murmuró. Y luego, ya fuera por cosa del sueño o el sopor que se había apoderado de ella, acercó los labios hacia su oído. Link sintió su aliento cálido chocar contra su piel expuesta, y los vellos de la zona se le erizaron al contacto; se sintió desarmado de repente, incluso cuando seguía sintiendo el peso de su espada tras su espalda—. Cárgame —susurró.
Link se puso tenso, no era la orden en sí —pues Zelda se lo había pedido de una forma que no daba lugar a titubeos—, sino el tono que empleó, demasiado aletargado, lento; como un ronroneo.
—Voy a bajarme —anunció con voz seria, para que Zelda se acomodara y no se fuera de espaldas.
La escuchó murmurar algo inentendible y luego dar un bostezo antes de que se separara de él y pudiera llegar hasta el piso. Y apenas lo hizo, Zelda le extendió los brazos como una niña, en una petición muda que, medio abochornado, no tuvo más remedio que cumplir, pues a Link le daba la impresión de que apenas se pusiera de pie, la muchacha se desplomaría del sueño. Con un suspiro dejó que la hyliana le rodeara el cuello con los brazos, mientras él posaba una mano tras su espalda y otra debajo de sus rodillas para finalmente ir hasta la cabaña. A medio camino sintió que una de sus manos se separaba de su hombro para emular un rápido movimiento con sus dedos, abriendo así la puerta frente a ella.
—Pude haberlo hecho yo —dijo Link. Le parecía un completo desperdicio de energía, pero Zelda no le contestó. En cambio, volvió a colocar la mano en el mismo sitio, tanteando suavemente la herida que aún había ahí, lo suficientemente delicado para no causarle dolor, solo para examinarla.
Rodó los ojos.
Ella y sus mañas de hechicera.
Link no le siguió dando más vueltas. Entró a la cabaña y se dirigió hasta la primera sala atravesando por el pasillo y, en cuanto llegó, dejó suavemente a Zelda sobre uno de los sillones de la estancia, para luego decirle que iría a ver a Epona y volvería, eso sí, con luz de antes acompañándolo.
Sentada como estaba, Zelda estiró los brazos lo máximo que pudo, sintiendo los tronidos de sus articulaciones agarrotadas, poco acostumbradas al esfuerzo físico de ese día, para luego dar un bostezo y, con un chasquido de sus dedos, encender las velas de las lámparas de la sala. Tenía las ganas de dormir adheridas a todo el cuerpo y el letargo en el pensamiento, pero sabía que había cosas más importantes, como hacerse cargo de todas las heridas que ambos tenían. Con ese pensamiento en mente, se levantó de donde estaba, fue hasta la cocina, donde se dirigió al barreño que ahí había y se echó algo de agua en el rostro, helada por el frío del ambiente, aprovechando de espabilarse, quitar el polvo de su cara, enjuagar los rasguños y cortadas de sus mejillas, y lavarse concienzudamente las manos, removiendo la tierra de entre las uñas.
Link llegó poco después, brevemente más tarde que ella buscara lo necesario para atenderlos: algo de agua, un par de pañuelos, algodón, alcohol y algunos emplastos colocados en frascos, a los que el hyliano prefería no preguntar de qué estaban hechos por lo extraño de su aspecto: grumoso, seco y poco agradable a la vista con sus colores opacos, tiznados de grises desconfiables y verdes agrios y musgosos.
—Quítate la túnica —ordenó Zelda una vez dejó todo los objetos en la mesa frente al sillón de la sala de estar.
Link simplemente se encogió de hombros y le hizo caso.
Dejó sus guantes y demás en uno de los brazos del mueble. Ahora que veía la túnica, se daba cuenta de lo rasgada y sucia que estaba, al igual que la camisa blanca que traía abajo en la zona de los cortes.
—No te preocupes, arreglaré las costuras con magia y las lavaré —dijo Zelda al ver la mirada que Link le echaba a ambas prendas.
—Gracias —dijo, muy quedamente.
—Siéntate ahí, voy a examinarte.
Rasguños menores, la leve marca de la herida hecha por el espectral guerrero en el hombro derecho y, un poco más abajo, aquella creada por el Stalfo, a medio curar, pero aún abierta; quizá por el efecto de la poción mermado por la agitación de la batalla y la agitación constante. Además de la hecha por la garra de la bestia, muchísimo más profunda y complicada que el resto. Zelda tanteó ambos hombros buscando cualquier otro daño o molestia, observando con ojo crítico las reacciones de su paciente, inundadas de gemidos quejicosos y esporádicos e inhalaciones profundas. Luego siguió bajando sus palmas por los extremos del abdomen del hyliano, presionando levemente en las zonas coloreadas de morado a causa de los hematomas, ante la mirada cohibida de Link, que se ponía más tenso conforme las manos de Zelda descendían.
—Y… ¿Encontraste algo? —preguntó él, tratando que los nervios no se le reflejaran en la voz.
—Bueno, además de unos abdominales marcados, tienes una costilla rota —dijo, con voz que oscilaba entre la burla y el asombro—. Me sorprende de lo poco que te has quejado, Link. He tenido pacientes que se ponen a llorar por menos. Debes ser bueno soportando palizas.
Zelda alzó la vista despegando la mirada del torso del hyliano, obteniendo una ceja alzada como única respuesta por parte de él.
Luego de eso se hizo cargo del resto de las heridas, enjuagándolas con abundante agua para después aplicar los extraños emplastos en cada una. «Son para desinfectar y desinflamar» explicó la aprendiz de bruja ante la expresión compungida de Link, medio atosigado por el olor de los ungüentos. Al cabo de un rato volvió a limpiar la zona, lista para terminar de sanar con su magia.
—¿En serio te queda aún? —preguntó Link cuando se lo dijo.
—No, estaba agotada, pero dejé una botella de poción verde acá, porque supuse que algo como esto podía pasar —explicó ella, concentrando el poder mágico en sus palmas— En este rato ya tuvo que haber hecho efecto.
—¿Cuánto demora?
—Pues, en reposo, un poco más de cinco minutos —contestó, para luego volver a observar sus manos, las cuales desprendían una leve luz azulada—. Esto te va a doler.
—¿No es tu trabajo decirme que no me va a doler? —cuestionó él, entre sorprendido y nervioso.
—Esos son los médicos, y yo solo soy una curandera —replicó Zelda, más concentrada en la energía que desprendía que en la exacerbación de su paciente— Pase lo que pase, trata de no moverte.
Link asintió.
La hyliana se inclinó entonces y colocó ambas palmas de sus manos sobre la herida a tratar, aquella en el hombro producida por la bestia. Y al momento de sentir el primer contacto, Link maldijo a todos los escritores que definían a los hechizos curativos como una sensación apacible y reconfortante, como el beso de una Gran Hada, porque en realidad era todo lo contrario. La magia actuaba de forma que los tejidos se renovaban a velocidad vertiginosa, ligándose unos a otros conforme se componían; esa era la verdadera función del hechizo: acelerar el proceso curativo natural. La zona afectada ardía como si fuera fuego lo que la tocara. Y a Link se lo ocurrió que de verdad era una suerte haber estado inconsciente la primera vez que la aprendiz de bruja usó su magia en él, que no podía evitar estremecerse del dolor y quejarse de vez en cuando, por mucho que Zelda le acariciara la mejilla y le susurrara que ya faltaba poco.
Por suerte, la sensación solo era momentánea.
—Ya está, eso era —anunció ella, pellizcándole la mejilla. Link respiró hondo antes de contestarle.
—Fue horrible —comentó él, aunque en el fondo tenía que admitir que nada permanecía de esa sensación molesta.
—Y lo será, porque quedan aún —respondió ella con tono neutral, sin intención alguna de mentirle ni lanzar palabras piadosas. Y él se preguntó si cada cosa que le dijera esa noche tenía la intención de amedrentarlo, aunque no fuera a propósito.
Zelda colocó la mano que aún seguía sobre él en el hombro contrario y volvió a darle indicaciones con tono profesional.
—Respira hondo y relájate.
Link le hizo caso, inhaló profundo, soltando levemente las extremidades, y una vez Zelda lo vio lo suficientemente menos tenso, procedió a concentrar su magia nuevamente. Y así hizo con el resto de heridas que restaban, hasta únicamente quedar la costilla rota.
La hyliana se apartó durante un momento del sillón y le indicó al príncipe que lo necesitaba recostado para proceder. Link obedeció e instantes después, para su sorpresa, Zelda se arrimó sobre él, colocando las rodillas sobre sus muslos para inmovilizarlo y ubicando sus manos en la espalda del mueble para sujetarse mientras se acomodaba.
—¿Q-qué haces? —tartamudeó al inicio, Zelda lo tomaba totalmente desprevenido.
—Necesito que no te muevas por mucho que te duela. Si haces un movimiento brusco y el hueso solidifica mal por eso, será tu culpa —advirtió la hyliana en respuesta.
—¿Inmovilizas así a todos tus pacientes? —preguntó Link, con un poco más de confianza, pero sin dejar de sentirse acorralado y hasta incómodo. Mas Zelda no parecía ser víctima de ninguna de esas sensaciones.
—Pues por lo general tengo un par de manos extras en estos casos —contestó ella todavía ejerciendo presión sobre sus muslos—. Coloca tus manos en ambos costados.
Una vez hecho esto, Zelda volvió a concentrar su poder mágico y ubicó ambas manos sobre la zona a curar para acelerar el proceso y ahorrarle algo de dolor necesario a Link, que al primer contacto no pudo evitar removerse levemente debido a la presión que ejercía Zelda sobre él, con sus rodillas en el punto exacto para dejarlo inútil. Sentía como la energía se acumulaba alrededor del hueso roto, una especie de calor insoportable proviniendo de su interior que presionaba como constrictor para arrebatarle el aire de los pulmones y extenderse por su caja torácica. Link respiraba rápidamente y presionaba con sus dedos todo lo que podía los cojines del mueble, tratando de canalizar el dolor de alguna forma. No era el mayor de los sufrimientos que había experimentado —tenía un gran historial—, pero la sensación de sentirse asfixiado lo estaba desesperando.
El hyliano no supo cuánto tiempo estuvo exactamente en ese estado, hasta que las sensaciones se esfumaron, pudo volver a respirar normalmente y las punzadas desaparecieron totalmente.
Abrió los ojos y vio a Zelda acariciándole la mejilla con cierta ternura y una sonrisa reconfortante en los labios, para decirle que eso era todo y apartarse finalmente. Link se reincorporó con un suspiro aliviado, ya sin ninguna molestia.
—Gracias.
—¿Por hacerte sufrir? Eso es muy masoquista de tu parte —inquirió Zelda con humor en su voz y las manos en la cadera.
Link rió en respuesta. Una risa corta, medio apagada, como si temiera ser escuchada.
—¿Y qué hay de ti? ¿Si te curas a ti misma no te duele igualmente? —contestó—. Eso es verdaderamente masoquista.
Zelda negó suavemente con la cabeza.
—No puedo —dijo, Link la miró curioso —. Las reglas de la hechicería indican que la magia curativa no puede utilizarse con propósitos egoístas.
El príncipe lo reflexionó, un poco y luego le dijo:
—Haces esto de forma totalmente altruista.
—Es una forma de decirlo —suspiró ella, sentándose junto a él.
Ciertamente así era, pero ella no tenía por qué determinarlo de esa manera y tampoco era tema para esa noche.
—¿Y qué hay de ti, con tus heridas? —preguntó Link, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos e imaginando la cantidad de rasguños y hematomas que debían surcarle por la piel debido a los golpes.
—Me tomaré una poción, no hay ninguna regla sobre eso —respondió—. Solo debo preocuparme de mantenerla en el estómago durante media hora.
—¿Tan malo es?
—La magia es mejor que cualquier poción —aclaró—. Solo huele esto —dijo, inclinándose hacia la mesa para agarrar la única botella que no había abierto en todo ese rato. La descorchó y se le entregó a Link, quien con solo acercarla a su nariz tuvo que apartarla rápidamente, ahogando una arcada con la mano y una expresión de asco en el rostro.
Zelda se rió de él.
—¿¡De qué demonios está hecho esto!? —exclamó, todavía aguantando las náuseas. Su cara de asco no tenía precio.
—No te lo diré —contestó Zelda, con expresión y tono divertido—, si lo hago no volverás a tomar una poción en la vida.
Luego de eso, la hyliana agarró la botella dispuesta a beber el contenido.
—¿En serio lo vas a hacer? —preguntó Link, anonadado. Estaba seguro que él no lo haría aunque le pagaran.
—No me queda otra —respondió. Entonces, pellizcándose la nariz con los dedos, acercó la boquilla hasta su boca y se tomó el brebaje de un tirón, dándose la oportunidad de saborear lo menos posible. Zelda dejó la botella en la mesa y colocó una mano sobre su boca y otra sobre su vientre, tosiendo levemente y tratando de soportar la sensación desagradable que se le había acomodado en el estómago, como si lo tuviera vacío y apretujado. Para su mala suerte, el gusto de todas formas se le había quedado en el paladar.
—Odio esto…—murmuró.
—No me lo jures —contestó Link, recordando la repugnancia que le había dado con solo olerla. No podía imaginarse cómo se sentiría Zelda.
La muchacha suspiró y, sobándose levemente el estómago para aliviar el malestar, volvió a acomodarse entre los cojines del sillón, para luego agarrar la larga trenza que la caía por la espalda y comenzar a desamarrarla, aprovechando de desenredar su larga cabellera castaña, la cual sentía enmarañada y llena de tierra.
Mientras lo hacía, observó a Link por el rabillo del ojo, sentado junto a ella con postura perezosa y aletargada, y le pareció que de esa forma se veía mucho más meditabundo y cansado de lo que sus palabras y su forma de hablar dejaban ver. Zelda sopesó esto y se preguntó si era el mejor momento de hablar con él sobre un tema que le venía rondando de hace tiempo en la cabeza, mas finalmente terminó desistiendo de no hacerlo pese al estado anímico del hyliano, por lo necesario que era.
—Hay algo que me lleva dando vueltas desde lo que pasó en el templo y de lo que me gustaría hablar contigo —inició ella con voz serena, Link le prestó atención con cierto nerviosismo previo, imaginando a qué se refería—. Hasta hoy no le había prestado importancia a tu comportamiento en los lugares enclaustrados, como que no te gusta mantener las puertas cerradas, prefieres los sitios ventilados o te cuesta concentrarte en una conversación, a menos que algo te llame la atención y te distraiga, como ahora.
Link tragó en seco y cambió su postura somnolienta por una más tensa y alerta, sintiendo como poco a poco el ritmo cardiaco se le aceleraba. Toda la calma que había estado sintiendo antes de que Zelda iniciara se le había esfumado por completo.
—Link, tú… ¿eres claustrofóbico, cierto?
Y él no supo por qué, pero el tono de voz que la hyliana empleaba le hizo saber que no preguntaba para asegurarse —Zelda ya sabía la respuesta—, sino para que él lo admitiera.
Era el primer paso.
Hubo un breve momento de silencio entre ambos hylianos, Link estaba distante, levemente reticente y compungido, tenía las palabras trabadas en el paladar y la garganta echa un verdadero nudo.
Zelda se mantenía expectante, pero tratando de no atosigarlo.
—Sí…—el hyliano finalmente apartó la mirada y apretó una de sus manos contra la otra debido a su frustración. El solo hecho de confesarlo le parecía tremendamente vergonzoso.
¿Cómo actuar cuando lo habían visto combatir contra una bestia inmensa sin dejar que el miedo obnubilara sus acciones, pero a la hora de encontrarse en sitios pequeños, estos hacían mella como ninguna otra cosa?
Que humillante.
—Quiero ayudarte —dictaminó Zelda, al cabo de unos segundos. Link la escuchó acercarse a él—. Solo tienes que decirme cómo.
Pero él no lo sabía, ni siquiera cómo ayudarse a sí mismo.
¿Cómo se sentía ser claustrofóbico?
Antes de desarrollar la fobia, Link poco o nada sabía de ésta. Al igual que todas, se llevaban con el mayor secreto posible, disimulando los temores de la mejor manera, algo que Link había intentado todo este tiempo, pero que detonó al verse totalmente desprovisto de una salida.
Había estado en fase de negación.
—Zelda —dijo él de repente, saliendo de su ensimismamiento.
—Dime.
—Antes dijiste que confías en mí.
—Sí —aseguró ella firmemente.
—¿Puedes confiar en que podré con esto? —preguntó con voz calma, pero al segundo de decirlo Link se maldijo por no morderse la lengua a tiempo, porque sabía que ésta tendía a castigarlo y que tarde o temprano necesitaría de ayuda; le gustara o no.
Por suerte, Zelda era distinta.
—Aun así estaré ahí.
Link sonrió. Y, usando uno de sus brazos, la acercó a él a modo de abrazo.
—Muchas gracias.
Él siempre terminaba agradeciéndole, por todo.
Permanecieron un par de minutos de ese modo, sin palabras de intermedio, únicamente la cercanía de sus cuerpos y la calidez desprendían uno del otro. Link se despidió de ella por esa noche para irse a dormir, mientras Zelda permanecía en la sala de estar, esperando que la poción hiciera efecto para recostarse sin malestar alguno.
El hyliano se dirigió hacia la habitación donde descansaba, se envolvió entre las sábanas y se acurrucó entre ellas.
La visión de Zelda iluminada por las llamas de su conjuro fue lo último que se le pasó por la cabeza.
…
Cuando Ganondorf se enteró que su prisionero se había esfumado de las paredes de su castillo a tres días después del suceso, mandó a echar a todas las gerudo que estuvieron presentes durante el arranque del príncipe, argumentando que no quería ver a ninguna de las ineptas que no lograron impedir su huida. Con el decreto hecho, las gerudo degradas y repudiadas por su rey, no tuvieron más opción que reubicarse en comunidades alrededor de todo Hyrule, libres, a la deriva y sin protección más de la que pudieran prodigarse ellas mismas, con la condición no volver a inmiscuirse en ningún asunto si no querían mayores represalias.
Mas lo que nadie esperaba era el castigo que tuvieron las tres guerreras encargadas de custodiar al prisionero las veinticuatro horas del días. A una semana después de que las anteriores esclavas se marcharan, las tres guerreras seguían ahí impartiendo su función y designando a las compañeras recién llegadas del desierto, cumpliendo la rutina diaria sin percance alguno, ni ninguna represalia que se asemejara al repudio sufrido por las compañeras degradadas.
La madrugada de un día que nadie podía decir con certeza cuándo sucedió, las tres guerreras fueron llamadas a los aposentos del rey por una vigía, sin ninguna sospecha de lo que sucedería. Las muchachas llegaron a la estancia, se postraron frente a su rey mostrando su respecto, compartieron algunas palabras —instrucciones que nunca cumpliría ninguna de las tres—, risas sofocadas por el miedo que les daba estar frente aquel hombre tan poderoso, con su mirada ambarina y penetrante observándolas como si de una fiera se tratara. Ganondorf sentado sobre aquel sofá recubierto de terciopelo las intimidaba como nunca antes; tenía el aspecto de un animal en caza. El rey hablaba parco, serio, con la amenaza oculta en la gravedad con la que modulaba comúnmente.
Lo que pasó entre las paredes de la habitación era algo nadie más que los presentes supo, pero que varios podían imaginarse. Hubo gritos que no fueron escuchados, sangre derramada de la que solo se vieron los rezagos, suplicas que no fueron escuchadas por los oídos indicados; únicamente por las del verdugo que las martirizó hasta la muerte.
Únicamente un par de ojos desafortunados fueron los que vieron los cuerpos destazados y sin vida de lo fueron anteriormente sus compañeras, y que luego se deshicieron de ellos sin dejar rastro. «Que nadie se entere de esto», fueron las palabras del rey en ese momento, con un tono de voz lúgubre que ordenaba hacer el trabajo encargado a la perfección y sin queja alguna.
La chiquilla se las llevó por partes en tres sacos distintos, esperaba no haberse equivocado al momento de separarlos.
Y puede que por parte de ella nadie se enterara, pero la masacre ocurrida en esa madrugada indeterminada de todas formas corrió por toda la región de Lanayru para todos los oídos despavoridos del puro pánico que les provocaba. Por la única prueba de una alfombra manchada de carmesí saliendo de los aposentos del rey.
La situación en Hyrule cambiaba a velocidad escalofriante, si antes el ambiente de las revoluciones caldeaba el entorno, con Ganondorf en el trono ya no se podía respirar con calma o evitar sentir como los ojos ambarinos de las guerreras te amenazaban. La ciudadela de Hyrule era un lugar fantasma, la población se resguardaba en sus hogares y solo salía por la necesidad de salir a trabajar o para las situaciones de urgencia.
Los miembros de la aristocracia estaban siendo perseguidos por las gerudos por razones que no se entendían del todo, pero la búsqueda llevaba desde el golpe de estado y estaba centrada en el gabinete de ministros, la reina, sus hijas —desaparecidas desde aquel fatídico día— y algunos otros miembros relevantes, escondidos como ratas en un alcantarillado, sin poder recurrir a la fortaleza de su palacetes ni a la influencia de antes.
En la mayoría de los casos el resultado fue el mismo, la mitad del gabinete estaba fuera de rango y de los Lowcraft —la familia de la reina—, nada se sabía. Pero para la minoría que fue capturada con éxito, muchos que iban de paso pudieron ver cómo eran apresados, las damas gritando con sus vestidos rasgados, hombres de familia con el orgullo destrozado, niños que no tenían la culpa de nada, siendo arrastrados hasta las puertas del palacio para nunca volver a aparecer.
Era una pesadilla de la que nadie en la ciudadela podía escapar.
En el resto de la región de Lanayru la situación no era muy distante. En los pueblos desperdigados por la extensión de la pradera de Hyrule muchos contaban una situación similar: cabañas de apariencia inocente siendo allanadas por las guerreras para sacar de ahí a los ministros restantes, junto a la familia de cada uno, tomados de la mano mientras esperaban llegar a un destino del cual no se librarían ni rogando o sumiéndose en las más degradantes condiciones.
Muchos lo intentaron sin éxito alguno.
De aquel panorama desequilibrante los únicos que podían salvarse por el momento eran los Zoras, confinados en sus territorios y negados a colaborar con la tiranía de Ganondorf, pero sin dar síntomas de osadía y rebelión para no convocar la ira del coloso del desierto. Mientras que la única sección rescatable del ejército Hyruleano se encontraba en la milicia del norte, impenetrable bajo la seguridad del aquel territorio traicionero en donde se ubicaba, reconocido por su frío eterno e intransitable para las gerudo.
Hyrule era cada vez más fácilmente comparada con una balanza desequilibrada, las fronteras estaban cerradas y custodiadas por las mujeres en el desierto, la región de Lanayru y su capital a órdenes del tirano, la población asustada y sumisa, las protestas calladas por el miedo.
Ganondorf ejecutaba, reinaba y asolaba con mano de hierro con si de un simple juego de cartas se tratara, sin dificultad alguna: tenía sus tretas bajo la manga.
…
Zelda fue la última en quedarse dormida y la primera en despertar, como de costumbre, después de horas dando vueltas en su lecho y otras muy escasas de sueño; su insomnio empeoraba noche tras noche.
Aprovecharon la mañana para empacar los preparativos y marchar rumbo a la región de Latoan esa misma tarde. Botellas de poción, las suficientes para la batalla que librarían y cualquier percance que pudiera suceder durante la excursión; un par de sacos de dormir; algunas mantas; una linterna; dos garrafones con aceite; vendas; emplastos, lo necesario para los primeros auxilios; provisiones como agua, queso, pan y torrejas de carne seca, entre otros artilugios. Y con todo aquello acomodado en el armario enlazado a la alforja del hyliano —suficiente para un viaje que prometía al menos una semana— partieron sin dilación a lomos de Epona, cabalgando por el resto de la tarde, hasta que el azul de aquel día fue sustituido por las nubes arreboladas del ocaso, coloreando con su tono anaranjado característico y tiñendo las copas de los árboles con sus tonos.
Era la primera vez que Zelda tenía una experiencia como ésa, y no podía decir que fuera del todo mala, al estar más que acostumbrada al ambiente del bosque, al olor a tierra y el sonido de las hojas al pisarlas. La voz del bosque era una, condensada en el murmullo de los animales que lo habitaban, de los insectos que se resguardaban en sus árboles y el cantar de las aves que los habitaban; Zelda la oía como un arrullo que invitaba a relajarse, muy pese a que se dirigía a enfrentarse a un horror como el recién acontecido.
Link también parecía estar bastante armonizado con el medio ambiente en general, a diferencia de lo que ella pensaba, pues no creía que se llevaría tan bien con el aire libre. Pero, muy al contrario, el príncipe había demostrado tener aptitudes para acampar y valerse bastante bien al estar fuera de cualquier comodidad que pudiera brindarles un hogar promedio. Así que, sabiendo esto, la muchacha se sintió mucho más resguardada.
Se habían establecido en un pequeño claro guarecido por robustos árboles y arbustos, lo suficientemente ocultos de los ojos nocturnos que pudieran acecharlos durante la noche. Mientras Zelda preparaba los sacos de dormir y armaba un pequeño montón de ramitas secas y hojas para hacer una fogata, Link estaba de caza, habiéndose llevado consigo su espada, la daga y algunas cuerdas. «Ya verás para qué son», le dijo al momento de irse, con una sonrisa confiada en los labios. Y al momento en que lo vio llegar con una par de liebres al hombro lo tuvo completamente claro.
—Tenía a un faisán y a un venado en la mira, pero el primero estaba fuera de mi alcance y el venado me parecía muy grande para solo nosotros —explicó—. Así que luego de un rato no me quedó más que revisar las trampas.
—Me da algo tristeza por las pobres liebres —comentó Zelda, levemente acongojada.
—¿Por qué? Son nutritivas y te llenarán el estómago —contestó Link, con aire metódico y objetivo en sus palabras, mientras destazaba a ambos animales.
—Eran muy lindas —respondió ella con simpleza.
Pero Link se rió de ella.
Ambas liebres, algo de agua y un puñado de sal fueron suficiente para elaborar un estofado para la cena de esa noche, que si bien no se antojaba muy apetitoso por lo simple, era lo suficientemente consistente para quitarles el hambre. Link y Zelda comieron su porción entre divagaciones, comentarios, preguntas y demás, mientras Epona pastaba por los alrededores, con el bamboleo de su cola danzando casi al ritmo de las llamas.
El cielo sobre ellos se asomaba limpio y estrellado esa noche, las hijas de la soberana de la noche brillaban como puntitos blancos por sobre sus cabezas, opacando la belleza del fuego que los iluminaba y otorgaba algo del calor deprendido por el viento arremolinado que mecía las hojas como canción de cuna. Zelda rara vez se detenía a ver la hermosura que traía la oscuridad consigo, prefería el día por sobre todo y la actividad a la luz del sol. La noche solo traía consigo el insomnio, tiznado de sentimientos de culpa y remordimientos, recuerdos añejos, vivencias pasadas que preferiría no rememorar. Pero desde que tenía compañía a su lado, la cosa había cambiado. En aquel claro, únicamente resguardado por los robustos árboles y la protección que podían darse ellos mismos, todo le parecía cálido. Y Zelda se sintió tan segura como si estuviera en su propio hogar, sumergida entre las paredes de madera roída y el calor proveniente del cuarto de los calderos.
Un cuadro que contrastaba totalmente con lo que sucedía más al sur, justo hacia donde se dirigían.
...
Una vez más lamento mucho mi ausencia, pero este mes he estado viajando de un lado a otro y en eso se me ha ido todo Febrero en eso. Aún así, me esforcé para traerles el capítulo el de hoy, verdaderamente no quería retrasarme más, mucho menos siendo que este lunes parto con las clases y oficialmente terminan mis vacaciones.
Tenemos otro capítulo de interludio y al fin sabemos lo que ha ocurrido más allá de donde se encuentran nuestros protagonistas, ¿qué creen que suceda?
Muchas gracias a todos los que han pasado a comentar y lamento mucho si no he podido pasarme a responder sus reviews. Todos ustedes han dicho cosas muy lindas que realmente me animan y no me gusta no poder contestar. Así que muchas gracias, de todo corazón por todo su apoyo.
¡Nos leemos en el siguiente!
