Desde que era pequeña había tenido miedo a muchas cosas. Quizás su primera fobia fue a la oscuridad, enfrentarse a lo desconocido. Otra gran fobia fue estar sola, desprotegida, expuesta. Una parte de ella también tenía fobia al fuego, implacable, hermoso y peligroso. Leyó una vez en un libro que las fobias eran consecuencias del miedo a la muerte.
Irónicamente, cuando a Madge dejaron de afectarle todas aquellas fobias, fue el día en que halló la muerte.
Dos días desde las muertes de Clove y Glimmer. Dos días desde que Thresh se unió a ellos. Sabía que Gale un desconfiaba de él un poco, no podía culparle, había intentado matarla delante de sus propios ojos. Pero su actitud había cambiado por completo, bastaba con solo ver cómo se comportaba con la chica de su Distrito, tan jovial y protector como lo haría un hermano. Casi cómo lo hacía Gale con ella.
Madge se abrazó a sí misma cuando el frío de la noche empezó a hacerse notar. Alguien le tendió su propia chaqueta, la cual había dejado en el suelo cuando fue a recoger algo de leña para el fuego. Sonrió a la chica pelirroja y se dispuso a abrigarse de nuevo.
Dos días: ¿cuántos más les quedarían por vivir en aquel infierno?
—Podríamos intentarlo—dijo Rue en una conversación ya iniciada a la que Madge se unió.
Los dos chicos del grupo negaron con la cabeza.
—Imposible—aseguró Gale—. Ha crecido condicionado por una idea, no podemos sacársela de la cabeza tan fácilmente.
—Estoy de acuerdo—convino el otro.
Ambos se miraron a los ojos, en un silencio tenso y cargado de emoción. Quizá el hecho de estar de acuerdo en algo podía limar esa desconfianza entre ambos, lo cual ayudaría notoriamente al propósito del grupo. Madge optó por sentarse junto a Thresh, para sorpresa de su amigo. Podía ayudar un poco a que se produjese ese cambio, con que uno de los dos confiase en el otro, el restante no tardaría mucho en hacerlo también.
Gale puso mala cara mientras caminaba alerta. No le hacía ilusión salir a cazar con Melinda y dejar a la hija del alcalde con el chico que casi la había estrangulado. La pelirroja le hizo una señal. Tensó el arco y disparó. Volvió a cargar una flecha, que no tardó en salir volando. Una, dos, tres veces. Tenían ardillas más que suficientes para comer. Dejo que la chica cargase con ellas, se frotó las sienes. Seguramente seguirían hablando en el campamento sobre esa loca idea de convencer a Cato de que se uniese a ellos, de que se negase a participar en los Juegos.
Era una locura, todavía le costaba creer que ellos lo hubiesen conseguido. No podía evitar la sensación de que algo horrible no iba a tardar en ocurrir en breves.
Intuían que el último de los Profesionales habría vuelto a la Cornucopia, esperándoles. Su ego era demasiado grande para esconderse y tratar de emboscarlos, les esperaría, creyéndose capaz de poder con los cinco. Al fin y al cabo le habían criado para ese momento, para acabar con todos y cada uno de ellos: ¿Por qué iban a poder unos simples chicos de Distritos más pobres con él?
Glimmer y Clove le parecerían unas aficionadas a su lado, por supuesto. Por no hablar de Marvel, quién prácticamente se dejó matar nada más empezar los Juegos.
—Deberíamos volver.
El chico se pasó una mano por la cabeza, asintió. Siguió a la chica pelirroja, que marcaba el ritmo. Se encontraban a mitad de camino, lo sabía porque se había molestado en fijarse en los pequeños detalles del entorno. También sabía que desde ese punto no estaban muy lejos de la Cornucopia.
—Espera un momento—la chica se paró y le miró de forma inquisitiva—. Voy a recoger algunas bayas para acompañar a la carne, no creo que nos venga mal variar un poco la dieta.
La pelirroja se encogió de hombros, esperó a que Melinda desapareciese para girar sobre sus talones.
Había alcanzado a entender cómo funcionaba la mente de Cato, al menos en su forma más básica y primitiva. Nunca podrían convencerlo de nada: ¿Cierto? Así que aquella era su mejor oportunidad, un cara a cara. Acabaría con él y sus problemas. Si Thresh no los traicionaba y todos cumplían con la alianza el Capitolio no tendría más remedio que dejarles ganar, no iba a quedarse sin vencedor.
Les daría un gran espectáculo con Cato, de esa forma conseguirían olvidar lo ocurrido con ellos, serían unos estúpidos Juegos que pasarían a la historia. Todos saldrían ganando. Todos menos Cato, aunque sabía que su muerte sería posiblemente la que menos pesaría en su conciencia. Matar a un asesino no era algo malo, no podía considerarse algo malo.
El crujido de unas ramitas hizo que se girase. Vio un ciervo saltar veloz en su dirección, aunque esquivándolo al acercarse, supo que no huía de él. Supo que no huía de ninguna clase de cazador furtivo. Tan solo se alejaba del peligro de forma instintiva, tal y como hacían los animales cuando eran conscientes del peligro. En ese momento empezó a escucharlo, gritos. Reconoció la voz de Rue, la de Melinda.
La de Madge.
Corrió en dirección al campamento como si su vida dependiense de ello, porque una parte de él sentía que se moriría si después de todo lo que habían vivido juntos le ocurriese algo a Madge.
Sentía como la camisa se pegaba a su cuerpo, como la atmósfera de volvía asfixiante, árida y agobiante. Llegó finalmente, solo para encontrarse con una muralla de llamas que devoraba ávidamente todo a su paso. Los árboles, la hierba, las mochilas. Madge y sus aliados se encontraban en el lado equivocado. Podía ver a su amiga abrazada a la chica pelirroja mientras que el grandullón usaba su cuerpo como escudo para proteger a la más pequeña.
Aquello no podía estar pasando. Dejó a un lado su arco y el carcaj. Corrió hacia ellos tanto como sus pies se lo permitieron. Madge le vio en ese mismo instante, sus miradas se encontraron, aunque sus ojos ahora solo reflejaban las llamas que la rodeaban. En el Capitolio tenían un perverso sentido del humor. Entonces comprendió lo que ocurría, era un castigo, una represalia por intentar desafiarlos. De alguna forma temían que convenciesen a Cato de unirse a su alianza o simplemente se deshiciesen de él, privándoles de obtener un único vencedor.
—¡Gale!—la chica se separó de la pelirroja, avanzó con cuidado, esquivando las llamas.
—¡Madge!
Usó su brazo como escudo, podía sentir como parte del vello se chamuscaba por la simple proximidad al fuego. No le importó, como tampoco lo hizo el hecho de quemarse levemente la piel. Madge era vital, mucho más importante que su propio bienestar.
—Tienes que marcharte.
Su mundo se vino abajo al escuchar aquello.
—No te voy a dejar—miró a Melinda, a Rue agazapada en el suelo y a Thresh sacrificándose por ella. Tal vez le juzgó mal—. No os voy a dejar a ninguno.
La hija del alcalde parecía a punto de llorar, quizás lo habría logrado de no ser por las llamas. Se la veía seria, en parte segura de lo que quiera que fuese a hacer a continuación. Quitó el broche de su chaqueta, el sinsajo. Lo lanzó a través del muro de fuego. Gale lo cogió al vuelo, quemaba un poco, pero no le importó.
—Tienes que marcharte.
Algo ocurrió cuando ella dijo aquello. De pronto la temperatura volvía a ser normal, pero era imposible, porque las llamas seguían ahí, amenazantes. Gale se dispuso a cruzarlas para abrazar a Madge, para protegerla una última vez. Aunque ninguno de los dos saliese con vida. Algo se lo impidió. Una barrera invisible.
Un campo de fuerza.
—¡Madge!—gritó su nombre desesperado, como si así fuese a conseguir algo—. Vamos a volver a casa, me juré a mí mismo que te llevaría a casa por encima de mi propia supervivencia.
Ella cerró los ojos con fuerza.
—Ahora tienes que volver tú—dijo ella con la voz quebrada—. Vuelve a casa por todos nosotros, gana los Juegos. No dejes que ellos te ganen a ti.
Perdió el equilibrio, apoyó todo su peso sobre la barrera invisible y se dejó caer. Estaba rompiéndose de dentro a fuera, lo sabía. Tantos años aguantando, tantos años luchando contra obstáculos. No esperaba aquello, no lo vio venir.
—No quiero abandonarte, no puedo.
Escuchó como Madge se quejaba, alzó la vista y vio como ella apoyaba su mano en el campo de fuerza, aunque las llamas quemaban su piel. Ella se contuvo. Gale puso su mano sobre la de su amiga, como si con ello pudiesen sentirse. Ni siquiera una despedida digna, cuánto más le tenía que arrebatar el Capitolio a un chico que no tenía nada.
—Vete ya—suplicó ella—. Después de todo por lo que hemos pasado no creo que merezcas que mi cadáver carbonizado sea el último recuerdo que tengas de mí.
—Tú no mereces terminar así—replicó él con rabia.
Madge le miró de forma lastimera. La piel de su mano presentaba quemaduras bastante graves: ¿Cuándo había aprendido a contener el dolor de esa manera? Había muchas cosas de ella que todavía no sabía, cosas que nunca sabría.
—Vive.
—Ojalá pudiese despedirme dignamente—cerró el puño dónde llevaba el broche—. Algo sentido. Un abrazo, un beso totalmente platónico.
Ella se apartó del campo de fuerza, tosió un poco, se sostuvo su mano herida.
—Ambos sabíamos a lo que veníamos aquí.
—Eso no lo hace más fácil.
Volvió a toser.
—Adiós, Gale—hizo el esfuerzo por reírse—. Es probable que seas la última persona en la que piense antes de morir.
Él sintió una punzada en el corazón. Marchó de ahí corriendo, sin mirar atrás. Se negaba a afrontar aquello, se negaba a todo. Cruzó a través de la maleza, rasgándose la piel, dejando que pequeñas ramitas anidasen en su cabellera desordenada. Ni siquiera había recogido el arco y las flechas: ¿Tenía acaso un cuchillo? No lo sabía, tampoco le importaba. Ni se iba a molestar en preocuparse por aquello.
Sonó un cañonazo.
Se paró en seco. Entonces sonó otro más y otro y finalmente el cuarto.
Sus piernas no aguantaron su peso más tiempo, cayó al suelo. Un charco de barro. Se encogió sobre sí mismo, abrazó sus piernas y se rompió del todo.
