13. TÉ DE LUNA

A Remus le encanta el té. Sirius lo descubrió el día que encontró aquella caja en su baúl. En Grimmauld Place siempre se toma el té a las cinco de la tarde, y es una especie de ritual que nadie puede quebrantar. Siempre, siempre, pase lo que pase, haga el tiempo que haga (fuera y dentro de la casa), siempre se toma el té a esa hora, servido por los elfos domésticos, en el salón anexo a la biblioteca, poca leche, menos azúcar y, por supuesto, nada de pastas o galletas para acompañarlo.

Pero Remus no sabe nada de mansiones ni de rituales, así que bebe una taza de té prácticamente siempre que puede. A cualquier hora. Y no se conforma con la bebida típica de su país, ah, no. A Remus le gusta experimentar con los más diversos aromas y sabores.

En esa caja, en su baúl, Remus guarda bolsitas con las más extrañas mezclas: tiene té de jazmín (una bolsa enorme) y té de lágrimas de sauce. También hay té de cereza con licor, de frambuesa y de atardecer del desierto. Hay té risas de hadas y de lluvia de estrellas y un paquetito, guardado con mucho mimo, de té de luna.

Sirius cree que tomar tanto té no debe ser bueno para la salud. De hecho está convencido de que la teína tiene mucho que ver con las constantes jaquecas del hombre lobo. Pero el té es uno de los pocos caprichos de Remus (junto al chocolate y los libros, por supuesto), y Sirius ha decidido que no será él quien le diga que debería de contenerse un poco con sus infusiones de colores.

Cada tarde, mientras algunos de sus compañeros juegan al snap explosivo o al ajedrez mágico, él se sienta frente a la chimenea con una taza de té caliente acunada entre sus manos y la bebe a sorbitos, perdido en algún rincón de su memoria, con una expresión tan melancólica que a veces a Sirius se le hace un nudo en la garganta. En esos instantes está seguro de que podría bebérselo entero, a Remus, a él y a todas esas lágrimas que se esfuerza por no derramar.

Es así como lo encuentra cuando entra hecho un vendaval en la torre.

-¿Has visto a James?

Remus lo mira desde la profundidad de un mundo que aún no comprende, unos ojos dorados que evocan paisajes perdidos y noches de luna.

-No.

Es asombroso que a pesar de la cantidad de té que toma, Remus parezca siempre el más calmado de los cuatro. ¿No se supone que la teína es un excitante?

Sirius se acerca, contagiado un poco por esa serenidad que siempre logra calmar los latidos acelerados de su corazón. Tiene la taza en una mano, con la otra sujeta un libro de poemas que el resto de la humanidad calificaría de indescifrables.

-¿Qué es?

Remus sabe que no se refiere al libro.

-No creo que te guste. Tiene un sabor muy intenso.

A Sirius no le gusta especialmente el té, pero cuando Remus tiene una taza en las manos siempre siente el extraño impulso de probar lo que él está bebiendo. A veces se conforma con un sorbo, pero si le gusta e insiste lo suficiente, siempre consigue que Remus le prepare una taza. Con poca agua y mucho azúcar, que tampoco hay que abusar.

En el alféizar de la ventana de su habitación, entre las canicas de Peter y algunos libros de Sirius, Remus guarda un aparato muggle muy curioso. Es una especie de hornillo en el que calienta el agua hasta hacerla hervir para luego aderezarla con todas esas hierbas que colecciona y que hacen que la habitación huela a bosque.

-Vamos –se sienta a su lado, con una mano en el respaldo del sofá, ligeramente inclinado hacia él-, ¿no vas a dejarme probarlo?

-No creo que te siente bien –ha dado un sorbo tan pequeño que Sirius se siente desesperado. ¿Cómo puede hacerlo? ¿Cómo consigue beber tan despacio?

Sirius se inclina sobre la bebida para oler el contenido. Un exquisito aroma que evoca noches cuajadas de estrellas le hace contener la respiración.

-Té de luna –murmura.

Remus lo mira sorprendido.

-Sí. ¿Cuándo has probado tú el té de luna?

-Me lo dejaste probar una vez. El curso pasado. ¿No te acuerdas? Dijiste que era tu preferido.

-¿Ah, sí? –Remus parece desconcertado.

-Huele bien. ¿Por qué no me preparas un poco?

-Lo siento, se acaba de terminar.

Remus va a llevarse la taza de nuevo a los labios, pero entonces Sirius hace un movimiento imprevisto y antes de que se dé cuenta, sujeta su mano y acerca la bebida a sus labios para dar un sorbo. Ni siquiera se le ocurre pensar que puede estar caliente y cuando el líquido roza su lengua no puede evitar dar un respingo.

-¡Joder! –Remus lo mira divertido, tratando de contener una sonrisa-. ¡Está hirviendo, Lupin! ¿Cómo puedes tomar el té tan endemoniadamente caliente?

-Sabes que me gusta así –replica él-. Además, es culpa tuya por haberme quitado la taza. Si te has quemado la lengua te está bien empleado.

-¿Quemado? –protesta-. ¡Me la he escaldado! Joder, noto el corazón en la boca. ¡Me late la lengua, Lupin, y es por tu maldita culpa!

No debería decir esas cosas. Ni siquiera delante de su amigo. Es consciente de que no es enteramente culpa del té por lo que siempre está tan caliente cuando está a su lado. Remus le mira sin saber muy bien si ocultar su sonrisa, desesperadamente tranquilo.

-La próxima vez avisa antes de quitármelo y dejaré que se enfríe un poco.

-Es igual.

Sirius se levanta. Ni siquiera le gusta el té, pero hay algo en la forma en que Remus lo toma que hace que siempre, siempre, tenga ganas de probarlo. Rebusca en sus bolsillos y al fin encuentra un par de monedas. Supone que será suficiente. Con un gesto se las lanza a Lupin, que las coge al vuelo.

-Compra un poco de ése –dice señalando a la taza-. Tengo ganas de probar el sabor de la luna. Y, Lupin –Remus alza una ceja a modo de pregunta-, te equivocas en una cosa, sí que me gustan los sabores intensos.

Y Sirius sale de la Sala Común, para buscar a Potter, mientras piensa que tal vez se equivoque. A lo mejor el té no es tan malo. A lo mejor podría acostumbrarse. Al té y a Lupin, a los dos.

Cuando su amigo se marcha, Remus desliza un dedo por el borde de la taza, allí donde los labios de Sirius la han tocado. Su suspiro es tan leve que nadie lo notaría aunque lo estuviera observando en ese instante. Cuando bebe, se asegura de que sus labios estén justo en el mismo sitio en el que han estado los de Sirius. Es una tontería, pero ese simple detalle le hace sentirse un poquito más cerca de él, y la sonrisa no abandona sus labios durante el resto del día.