Jean se despertó, entre abrió los ojos y se dio cuenta de que ya era de día. Intentó moverse y entendió que no estaba en su cama. Y por último miró a su alrededor y casi le da un infarto cuando descubrió a Lucius dormido en el suelo al lado de ella.
La cama estaba deshecha, dos sillas estaban en medio de la habitación, y Lucius llevaba puesta ropa de Paul así que imaginó que en algún lugar del salón debía estar su túnica.
Las imágenes del día anterior volvieron a su mente poco a poco, y pensó que Paul estaría a punto de llegar, aunque eso no la preocupó mucho porque enseguida se acordó de su hija.
-Hermione…- dijo en voz alta al acordarse del día anterior.
Entonces el rubio despertó. -Jean, ¿qué…?- iba a preguntar ¿qué hago aquí?, pero al igual que ella empezó a recordar.
Después de irse Hermione, trataron de encontrarla, pero se dieron cuanta de que él no podía seguir el rastro de la aparición, la chica había hecho un buen trabajo.
Entonces volvieron a entrar en la casa y Jean le contó todo lo que había pasado en esos años que no se vieron, hablaron horas y horas y al final tuvieron que quedarse dormidos allí mismo.
-Tienes que volver a tu casa.- le dijo ella. Él sabía que así era, pero no quería irse, quería que Jean siguiera contándole todo sobre Hermione, sobre su hija.
-Vamos. Hay que recoger todo esto antes de que llegue mi marido y antes de que tu mujer se de cuenta de que no dormiste allí.- insistió ella.
La realidad golpeó a Lucius al comprender que la vida seguía igual a pesar de todo. ¿Pero qué estaba pensando? Claro que la vida seguía igual, él no estaba dispuesto a echar todo a perder por estar con ella. ¿O sí? ¡No, claro que no!
Jean no le dio tiempo a seguir con sus cavilaciones, porque se levantó del suelo y comenzó a hacer la cama. Así que con un movimiento de varita hizo la cama él, luego con otro puso las sillas en su sitio. Luego se quitó la ropa de Paul y la dobló.
Por último -¡Accio túnica!- y empezó a vestirse.
Jean lo miraba con la boca abierta, hasta que él completamente vestido, se la cerró y le dio un breve beso en los labios, mientras le susurraba que volvería, antes de aparecerse en su mansión.
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Hermione despertó, en un lugar mucho más oscuro que su cuarto y que el dormitorio de Hogwarts, extrañada, abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tapada hasta encima de la cabeza por una sábana negra. Qué raro. Se dijo.
Al apartar la sábana, la luz del día la deslumbró y, cuando por fin los ojos se le acostumbraron a la claridad, se dio cuenta de que estaba en una cama con estructura de madera y sábanas negras. Había un balcón a su izquierda, desde el que se veían terrenos de Hogwarts. De pronto una voz la sobresaltó.
-Estas despierta. ¿Cómo te encuentras?- le preguntó Severus Snape desde el marco de la puerta. Ella recordó de pronto el día anterior cuando descubrió a sus padres, verdaderamente sus padres, en el dormitorio de Jean.
-Mejor…- le respondió, pero casi enseguida empezó a llorar de nuevo, era un shock demasiado fuerte para pasarlo en una sola noche. El profesor se acercó a ella y se sentó a su lado en el borde de la cama.
-¿Quieres escribir a tu casa para decir que pasarás en Hogwarts el resto de las vacaciones de navidad?- La joven asintió mirándolo con los ojos brillantes de lágrimas. Con un elegante movimiento de varita, Severus hizo aparecer un royo de pergamino, una pluma negra y un tintero.
-Gracias…- susurró ella débilmente, y comenzó a escribir. Para cuando acabó, el profesor Snape se acercaba con una bonita lechuza parda en la mano.
-Y supongo que no querrás bajar a desayunar con el resto de tus compañeros. ¿Me equivoco?- El profesor puso los ojos en blanco oyéndose a si mismo, unos años dejándome barba y ya no distinguirán a Dumbledore de mí.
-No te equivocas, no me apetece mucho hablar con la gente.-
-Puedes quedarte aquí entonces el resto del día, yo tengo que salir, avisaré a la cocina para que te traigan algo de comer.-
-Muchas gracias.- Le estaba profundamente agradecida, la verdad es que necesitaba quedarse sola y pensar en todo lo que había pasado.
Snape salió de sus habitaciones y empezó a andar por el pasillo sin rumbo fijo. No tenía a donde ir, pero sabía que si la chica se parecía a él tanto como aparentaba le apetecería quedarse a solas.
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Lucius se apareció a las afueras de su mansión, miró a la cancela fijamente y esta se abrió reconociendo que era un verdadero miembro de la familia Malfoy. Recorrió el jardín y entró en el vestíbulo de mármol quitándose los zapatos para no hacer ruido, llegó a su dormitorio y Narcissa estaba dormida, suspiró, se puso el pijama y se metió en la cama a su lado.
-Lucius Malfoy ¿Se puede saber dónde demonios pasaste la noche?- dijo quedamente su esposa. Lucius se sobresaltó, pero enseguida la miró con mala cara.
-No tengo que darte explicaciones Narcissa Black.- Dijo él imitando la pregunta de ella.
-Narcissa Malfoy.- dijo ella fríamente. -Aunque te pases las noches con otras mujeres, no deberías olvidar que yo soy tu esposa.-
-Como si pudiera olvidarlo.- contestó él dándose la vuelta.
-Has amanecido un poco insoportable ¿no?- le preguntó Narcissa incorporándose y poniendo los brazos en jarras.
-Tú eres la que ha amanecido haciéndose la esposa celosa, ¿desde cuándo lo que yo haga o deje de hacer es asunto tuyo?-
-Desde que tus acciones rompen la buena imagen de esta familia, tienes suerte de que Draco no esté despierto, sino a ver cómo le explicamos que su padre se pasa las noches de cama en cama.- La cara de Lucius, que se había suavizado levísimamente al escuchar el nombre de Draco volvió a ponerse seria y burlona.
-Tú tampoco eres santa Narcissa, precisamente. ¿Quién le calienta la cama a Dolohov por ejemplo?- Narcissa le pego una torta y él la miró con los ojos muy abiertos.
-¿A qué diablos estás jugando? Nunca nos ha importado lo que hiciera el otro mientras guardáramos las apariencias, y llego tarde un día y mira como te pones.- le dijo poniéndose la mano en la mejilla dolorida.
-¡Puede que me empiece a importar que estés con todas menos conmigo!- le gritó ella.
-Querida, es un poco tarde para jugar al matrimonio fiel y enamorado.- le contestó él fríamente.
-¿Por qué va a ser tarde? En el colegio yo te gustaba, lo sé. No parabas de perseguirme.-
-No sigas por ahí, hace años de eso. No seas ridícula.- le dijo él molesto.
-Puede que haga años, pero donde hubo fuego quedan las cenizas. ¿Te acuerdas cuando te quedabas embobado mirándome y buscabas cualquier excusa para ir a verme?-
-Eso fue antes de que te liaras con mi hermano. Y luego con los años me di cuenta de que no habías sido más que un capricho, nunca estuve enamorado.- La risa fría y cantarina de Narcissa resonó en la habitación.
-¿Enamorado? ¿Enamorado has dicho? Claro que no estabas enamorado, ni tú de mí, ni yo de ti, ni yo de tu hermano, ni Flabius de mí. ¿Quién diablos se enamora hoy en día? Hablamos de deseo tontín.-
Lucius no le contestó y se metió en el cuarto del baño mientras ella continuaba riendo, necesitaba relajarse.
Ahora le venía con que nunca se habían enamorado Flabius y ella. Se avergonzó por pensar de ese modo formando parte de la clase a la que pertenecía, pero en su cabeza no entraba que dos personas que no se querían, dejaran que un niño naciera.
Hasta ese momento hasta había entendido que tenía que hacerse cargo de ella y del niño, después de todo, Flabius ya estaba casado con Violet, y no podía descubrirse que había dejado embarazada a otra mujer.
Así que así lo acordaron con los padres de Narcissa. Lucius, el hermano menor de Flabius, se casaría con ella y dirían que el hijo era fruto del matrimonio.
Había soportado mentir a todo el mundo esos dieciocho años porque sentía que estaba ayudando a esconder un amor incomprendido e imposible entre su hermano y Narcissa. Pero ahora se sentía engañado y perdido, Narcissa acababa de confesarle que el amor idealizado que el tenía en mente solo era deseo, y acababa de descubrir que tenía una hija verdadera, suya, y de la mujer a la que había amado siempre.
Se obligó a pensar en Draco para no huir rápidamente de allí. Pobre chico, él no tenía culpa de nada, él creía que Lucius era su padre y que su madre y él eran felices juntos, así lo habían disimulado siempre frente al muchacho.
Además Jean se había organizado muy bien sin él.
De pronto volvió a sentirse mal, él no era mejor que su hermano, pues había dejado a una mujer embarazada para casarse con otra. Pero si yo hubiera sabido… Paró de pensar por ese hilo, no sabía en realidad lo que hubiera hecho.
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