Como correr en el aire
Historia original de Eleventy7
Traducción de Dulzura Letal
Por supuesto, los personajes originales son de JKRowling y de quienes posean los derechos.
Es una historia de amor entre Harry y Draco. Se desarrolla muy lentamente. Tiene altas dosis de nostalgia, de tristeza y de esperanza. Y narra, sobre todo, el camino interior de dos personas que se encuentran al final.
Gracias por todos los reviews, las alertas y los favoritos.
Capítulo 13
La mañana avanzaba en el cielo.
Draco sugirió manejar hasta Brighton, pero Harry acusó los efectos del cansancio y se registraron en una hostería local. La recepcionista -una mujer mayor que escribía en su computadora con un solo dedo, dolorosamente, una letra por vez-, parecía no poder dejar de mirarlos.
De pronto, Harry notó su ropa arrugada.
-¿Están juntos? -preguntó.
-No -dijo Harry.
-Sí -dijo Draco.
La recepcionista hizo una pausa.
-Sí -repitió Draco, firmemente. La mujer asintió, volviendo a su computadora-. Se refiere a si vamos a pagar juntos, Potter -murmuró.
-Bueno, no vamos a pagar juntos -dijo Harry, levemente avergonzado, tratando de cubrir su error-, yo tengo algo de dinero muggle…
-No seas estúpido, tengo mi tarjeta de crédito. Yo pago.
Si era honesto consigo mismo, Harry debía reconocer que la situación lo puso de mal humor.
Draco pagó por dos cuartos y cometió el error de preguntar por los senderos costeros. Inmediatamente, la mujer se lanzó con una conversación entusiasta -con su sola participación-, sobre la flora y fauna local. Draco se las arregló para escabullirse, quince minutos más tarde, y ambos se dirigieron a sus habitaciones.
El cuarto de Draco estaba exactamente frente al suyo, notó Harry mientras abría su puerta para revelar una habitación espaciosa y prolija, con una excelente vista al mar, pero él estaba demasiado cansado como para apreciarla.
-Voy a tomar una siesta -le dijo a Draco, casi esperando que anunciara que iría a caminar; pero Draco solo asintió, abrió la puerta de su cuarto y desapareció dentro.
Harry cerró la puerta del suyo, lo cruzó y se dejó caer en la cama. En minutos, se durmió.
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Al día siguiente, exploraron los acantilados. Harry aprendió que el faro se llamaba Faro del Cabo Sur, había dejado de funcionar en 1988 y se había convertido en un pequeño museo a cargo de un anciano guía.
Draco se quedó observando un diagrama de la instalación eléctrica, montado en la pared, mientras el guía lo acosaba con explicaciones entusiastas -estimulado por el aparente interés de Draco- y procedía a darle una clase de quince minutos sobre las lámparas de arco de carbón. Aunque divertido, Harry tuvo piedad de Draco y lo rescató.
-Deberíamos irnos -dijo, caminando hacia Draco y señalando la puerta con la cabeza.
-Sí -dijo Draco, casualmente y con un dejo de gratitud en la voz. Educadamente saludó al guía con una inclinación y se retiró con rapidez. Una vez fuera de alcance, Harry comenzó a reír y Draco frunció el ceño.
-Siempre me pasa eso -dijo, enojado-. Siempre. Estoy parado, metido en mis asuntos, y alguien viene y empieza a hablarme. Es una pesadilla.
- ¡Qué horror! -Se burló Harry-. La gente es amable contigo. ¿Cómo haces para tolerarlo?
-Muy gracioso, Potter. -Draco giró hacia el sendero de la costa-. Mi padre era un maestro en parecer frío y distante, no alentaba a que nadie se le acercara. Quisiera tener el mismo efecto en la gente.
Harry hizo una pausa y lo observó. -No lo haces, ¿sabes? Es sorprendente, en realidad, pero no lo haces.
Es verdad, pensó; y extraño, porque en el colegio Draco siempre tuvo un aire distante, pero ahora…algunas veces parecía distante, pero era distinto. Ya sea que estuviera examinando un diagrama en silencio en el faro, o parado pacientemente en la recepción de la hostería, parecía el tipo de persona que puede que no fuera un gran conversador, pero ciertamente era un buen oyente. Se lo dijo.
-Eres un buen oyente y eso le agrada a la gente.
Draco no supo qué contestar, pero Harry espió un leve sonrojo en su cara.
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Condujeron hasta Brighton. A pedido de Harry, pararon en una pequeña comunidad mágica llamada el Cruce de Hopper. Determinado a evitar las expresiones de asombro y las bocas abiertas, Harry usó un encantamiento rápido para cambiar el color de su cabello y hacerlo crecer un poco -para que tapara su cicatriz-. No era un gran esfuerzo, pero sería suficiente. La gente no esperaría verlo por allí, y Harry había aprendido que las personas, con frecuencia, ven lo que esperan ver.
Cambió algunos galeones por dinero muggle en el banco local, luego visitó una tienda y compró algo de pergamino y una pluma con tinta sin fin. Draco, que hacía rato había desaparecido dentro de una tienda de ropa cercana, reapareció con el ceño fruncido y cargado de bolsas.
-¿Qué estás haciendo?
-Escribiendo a mis amigos. No quiero que se preocupen.
El frunce en la frente de Draco se hizo más pronunciado. Adivinando cuál era la fuente de su preocupación, Harry agregó. -No te mencioné para nada. –Le alcanzó la carta a Draco. La había redactado corta y exacta, les decía que necesitaba unas cortas vacaciones y les informaba a Hermione y a Ron que había hecho un viaje breve, que estaba perfectamente bien y que esperaba verlos pronto.
Draco leyó la carta una, dos, tres veces, y luego dijo, suavemente.
-Puedes contarles que estoy contigo.
Entonces fue el turno de dudar de Harry.
-Está bien -dijo Draco-. Está bien.
Harry tomó la pluma y escribió una posdata.
P.D: Draco está conmigo, los dos estamos perfectamente bien.
Cinco minutos después, una lechuza gavilana levantaba vuelo hacia el cielo azul, con una carta aferrada a una pata, y desaparecía a la distancia.
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Más tarde, ya en camino a Brighton, Draco dijo que debería regresar a la mansión.
-Mi madre debe estar preocupada -dijo.
Harry hizo señas y se adelantó al automóvil que iba al frente. -Hermione y Ron le avisarán que recibieron la carta. Sabrá que estás bien.
Draco miró por la ventanilla, el paisaje pasaba rápidamente.
-Debería regresar -dijo-. Tengo obligaciones. Mi madre organizó varias funciones sociales por mí, y Astoria quería que me reuniera con la abogada…
-Olvida las obligaciones.
Eso captó la atención de Draco y se giró para mirar a Harry.
-¿Qué?
-Olvida las obligaciones -repitió Harry-. No vas a regresar porque tienes que atender cualquier evento social que organizó Narcissa, ni porque Astoria quiere que te reunas con alguien. Recuerdo lo que me dijiste una vez: '¿Para qué sentarse en una caja y dejar que otro te lleve?' Esa es la razón por la que te fuiste, y será la razón por la que volverás a irte.
Draco siguió mirándolo fijamente.
-Yo nunca te dije eso -dijo, al final.
Harry frunció el ceño. -¿Qué?
-Nunca te dije ¿Para qué sentarse en una caja y dejar que otro te lleve? Se lo dije a Astoria. Lo viste en un recuerdo.
Harry rió, incrédulo. -¿Eso es lo que te quedó de todo lo que te dije? ¡Dios, Malfoy, puedes ser tan…! -negó con la cabeza.
Draco no se dignó a replicar, pero cinco minutos más tarde, cuando Harry lo miró, sonreía.
-¿Qué? -Preguntó Harry.
-¿Qué?
-¿Por qué sonríes?
-Por nada.
Volvieron a quedarse en silencio, pero 20 minutos más tarde, cuando estaban a medio cruzar el puente del Río Ouse, Draco habló, sin quitar la mirada de la ventana.
-Me conoces demasiado, Potter.
Harry escondió una sonrisa.
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Llegaron a Brighton.
Harry, cansado de transformar cosas en cepillos de dientes y peines, fue a la farmacia más cercana. Draco, a pesar de su familiaridad con los automóviles y las estaciones de combustible, parecía tan fascinado con los productos ofrecidos que Harry tuvo que arrancarlo de la góndola de los jarabes para la tos.
-Son como pociones pimentónicas -dijo Harry.
-No lo son. Nosotros usamos crisopas y ojos de escarabajo, ellos usan…-Draco torció la cabeza para leer la etiqueta-, …dextrometorfano.
-Sí, bueno, no dudo que los muggles se horrorizarían igualmente si supieran que ingerimos partes de insectos.
-Todo el mundo ingiere insectos. La barra de chocolate promedio contiene 8 patas de insectos.
-¿Qué? ¡Eso es una completa basura!
-El proceso de cosecha del grano de cacao hace que la presencia de los insectos sea inevitable. Tratar de producir un chocolate completamente libre de insectos es demasiado caro.
Harry miró la barra de chocolate que tenía en la mano y pensó en volverla a su sitio. Luego, si Draco decía la verdad, había insectos en todos los chocolates.
-¿Quieres una? -Preguntó, en cambio, extendiéndole una barra de chocolate con un dejo de desafío en la voz.
-¿Por qué no? -Dijo Draco, devolviéndole el reto con una ceja alzada.
Pagaron por las cosas, o al menos Draco pagó con su tarjeta. Harry se sintió un poco incómodo porque Draco pagaba por todo, pero a él no parecía importarle y tampoco le hacía sentir -a Harry- que le debiera nada.
-¿Y dónde aprendiste sobre el chocolate? -Preguntó Harry, más tarde, cuando caminaban por el Pabellón Real.
-Viajé a Birmingham y visité el Mundo de Cadbury.
Harry rio. -¿Fuiste al Mundo de Cadbury? ¡Y yo que creí que habías hecho viajes serios e introspectivos por toda Inglaterra!
-¡Ve tú a encontrar algo que hacer en Birmingham! -Replicó Draco.
Era un día de verano, las cúpulas en forma de cebolla y las torres del Pabellón Real se elevaban al cielo, brillando su blancura bajo el sol del mediodía, los jardines se extendían más allá de los edificios, en verdes extensiones lozanas. Harry pensó que no le importaría quedarse un tiempo por allí.
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Fueron a almorzar en una cafetería. Harry quiso pedir el especial del día, pero Draco rápidamente se lo impidió.
-¿No sabes que el 'especial del día', usualmente, es comida que está a punto de vencerse y quieren deshacerse de ella?
-¿Sabes -replicó Harry-, que estás destruyendo sistemáticamente lo que más me gusta comer? Primero, chocolate con insectos, ahora esto…
-Y aun así no cambias tus elecciones. -No lo dijo como un insulto, pensó Harry, a juzgar por el tono de voz de Braco, y la manera en que se encogió de hombros, como si hiciera una observación casual.
Sin embargo, Harry lo pensó durante la comida: las personas eligen mal, después se informan, pero siguen eligiendo mal -a pesar de estar informadas-.
Se preguntó hasta qué punto la lealtad de Draco para con Voldemort había sido una decisión informada.
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Harry insistió en visitar la playa antes de partir.
-Cuendo era niño -dijo-, todos los conocidos iban a las playas de Brighton.
Ahora tenía la oportunidad de hacerlo. Draco no parecía demasiado entusiasmado, pero tampoco discutió con Harry mientras se hacía camino al muelle. El área frente a la playa estaba llena de turistas desorientados, de irritados lugareños y de cafés con música alta. La playa en sí misma, estaba llena de familias. Harry recordó que los niños estaban de vacaciones escolares. Había demasiados niños chillando y pateando arena.
-Esta lleno -observó, al final, mirando por encima de las narices quemadas por el sol y de las piernas regordetas.
-Es Brighton.
Harry había esperado un triunfante ¡Yo te lo dije!, o algo desdeñoso o irritante; pero al Draco desdeñoso hacía rato que se lo había llevado la guerra y el hastío.
¿Recuerdas cuando teníamos once años? Volvamos a ese momento.
Harry se contentaba con dejar el pasado donde estaba.
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Esa tarde, condujeron hasta Southampton. Un viaje de dos horas. Harry, el copiloto, tomó la ruta directa, preguntándose si Draco hubiese preferido tomar la ruta serpenteante y costera -como acostumbraba-, pero Draco no dijo nada sobre la elección. Viajaron a gran velocidad por la M27.
En la luz tenue del atardecer de verano, se les cruzó un zorro, y Draco -tan seguro de sí mismo al manejar como siempre-, lo esquivó con cuidado.
Llegaron a Southampton a las ocho y media, con el sol poniéndose sobre la ciudad. Draco no parecía inclinado a quedarse. Harry hizo la observación y Draco se encogió de hombros.
-Ya he estado aquí antes.
Se detuvieron en un paso a nivel con las barreras bajas, la señal colorada parpadeante como un faro en la noche y la campana de alarma resonando. Mientras esperaban que el tren pasara, los ojos de Draco se posaron en el espejo retrovisor.
-Esto es real -dijo.
Harry hizo una pausa. La voz de Draco decayó al final, transformando la afirmación en una incierta media pregunta.
-¿Crees que no lo es? -Preguntó Harry, cuidadosamente.
-No lo sé -Draco desvió la vista del espejo y la posó en Harry-. A veces, tengo dificultades…para diferenciar los sueños de los recuerdos y la realidad.
¿Se lo dijiste a los sanadores? Harry quiso preguntarle, pero se mordió la lengua. No, por supuesto que Draco no se lo dijo a los sanadores. No le hubiesen dado el alta. No, por supuesto que tampoco se lo dijo a su madre, pues ella se aferraba a su máscara de normalidad.
No, solo se lo contó a él. Harry sabía que era algo importante.
-Mira -dijo, extendiendo la mano hacia Draco, quien pareció sobresaltado, pero no quitó la mano cuando Harry la envolvió con la suya-, cuando estabas atrapado en el tiempo no podíamos hacer contacto, ¿recuerdas? Esto tiene que ser real.
Draco lo miró, y luego miró sus manos entrelazadas.
-Tienes una cicatriz -observó Draco.
Sorprendido, Harry siguió la dirección de la mirada de Draco. Las luces de la calle daban un leve brillo de plata a la piel de Harry, resaltando el curso de las letras 'No debo decir mentiras'.
-Tú también -dijo Harry, soltando la mano y rozando ligeramente con la punta de un dedo la curva descolorida de la cola de una serpiente.
El tren pasó, rugiendo, los vagones golpeando los rieles con una repetición precisa. Draco miró fijo hacia adelante y Harry se preguntó si estaría contando los vagones.
El último vagón pasó y rápidamente, la línea oscura del tren desapareció siguiendo la curva de las vías. La campana de alarma detuvo abruptamente el ruido constante, la luz roja parpadeó y se apagó. Draco quitó la mano, sacó el freno de mano mientras se levantaban las barreras y condujo sobre las vías.
Las luces delanteras del automóvil bajaron un momento, y luego volvieron a iluminar la extensión interminable de asfalto.
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Se detuvieron en Bournemouth para pasar la noche.
Hallaron una posada aceptable. Después de que se registraron, Draco le preguntó a Harry si iba a decirles a los sanadores.
-¿Decirles qué? -Preguntó Harry, caminando lentamente por el pasillo, mientras buscaban los números de las habitaciones.
Aparentemente, aún la paciencia recién descubierta de Draco tenía sus límites, pues lo miró irritado y Harry recordó, de pronto. La realidad, los recuerdos entremezclados y cayendo desparramados como arena arrojada al cielo.
-No -dijo-. Porque no es asunto mío, ¿verdad?
-Mi madre se preocuparía infinitamente si se enterara.
-Bueno, no se lo cuentes, entonces -dijo Harry, llegando a su puerta.
Draco lo miró, abrió la boca, y luego evidentemente cambió de parecer y la cerró.
-Te veo mañana – dijo, en cambio.
-Hasta mañana -saludó Harry, abrió la puerta y entró. Cerró la puerta detrás de sí y observó la habitación oscura y vacía.
Esa noche, soñó con la lluvia golpeando sobre un tatuaje oscuro, sobre la piel de la tierra.
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Harry había hablado en serio cuando le dijo a Draco que no volviera por los demás, sino por él mismo.
Se preguntó por quién volvería él. Había vuelto por todos los demás, durante la guerra. Al menos, eso es lo que quería pensar: lo había hecho por ellos, los miles de personas sin rostro, los nacidos de muggles reprimidos por la mano cruel del régimen de Voldemort, por las brujas y magos que deseaban desesperadamente un futuro mejor, por sus camaradas de Hogwarts, los que llenaron de gritos los pasillos cuando fueron torturados por los Carrow.
Había vuelto por sus amigos, Hermione y Ron, siempre a su lado, incondicionales; por Luna, secuestrada y abandonada en las oscuras mazmorras bajo la mansión Malfoy; por Neville, que había gritado que nunca, nunca se daría por vencido; por Ginny, brillante y hermosa e imbatible.
Había vuelto por ellos, por supuesto…pero una parte de él siempre había deseado unirse a sus padres. Era extraño, pues al principio le había temido a la muerte, le había temido a su propia mortalidad.
Pero al final, llegó a pensar que sería algo bueno, hasta placentero; simplemente dejarse ir…allí se reuniría con sus padres, con Sirius, y luego, con Remus…Todos ellos sonriéndole, dándole la bienvenida.
¿Morirse? Había dicho Sirius, era más rápido y más fácil que dormirse.
Por supuesto que era así, volver a casa es fácil, pero Harry nunca volvió a casa.
Siempre, siempre se alejó.
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Al día siguiente, condujeron -pero no muy lejos-, se detuvieron entre Poole y Exmouth. Pasaron tres días en el pequeño pueblo costero de Salmouth.
Harry no tenía problema con eso; a veces caminaban juntos por la playa -tan vacías y ventosas como llenas las calles de Brighton-; otras veces, Draco desaparecía solo, para mirar tiendas, caminar por el sendero de la costa o visitar el viejo faro.
El tercer día, Draco trazó el mapa con un dedo, por la costa sudeste, y dijo que irían a Cornualles.
-Está bien -dijo Harry.
La luna brillaba, llena, en el cielo tachonado de estrellas, mientras ellos se alejaban.
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Dejaron atrás la ruta costera, para tomar la A31. Harry oía el sonido de la olas, que iba menguando. Iba a extrañarlo. En los últimos días había empezado a sentir que el ruido constante de las olas era un eco de la sangre que corría por sus venas, en sintonía con el latido de su corazón.
-Estás tomando la ruta directa -dijo Harry, alrededor de la medianoche, cuando Draco conducía a través de Launceston-. Creí que te gustaban las rutas escénicas.
-A veces -se permitió Draco.
El silencio volvió a cubrirlos y Harry se dedicó a mirar por la ventanilla cómo pasaban las luces de la ciudad, borrosas, y se perdían en la distancia, cuando Draco habló, otra vez.
-¿Por qué lo haces?
Harry, casi adormilado por las luces de la calle, se tomó un momento para registrar la pregunta. -¿Qué hago? -Preguntó, aletargado.
-Venir conmigo.
-¿A Cornualles? -Harry siguió tratando de despertarse completamente.
-A cualquier parte, a todas partes -dijo Draco-. ¿Por qué arreglaste mi Renault? ¿Por qué aprendiste a conducir? ¿Por qué viniste conmigo a Dover, a Brighton, a cualquier parte?
Al corazón de la nada.
-Por ti, supongo -respondió Harry, en el borde del sueño, y rindiéndose a él.
-¿Qué?
-Por ti -repitió Harry.
Por unos minutos solo hubo silencio, o tal vez duró más, Harry no estaba seguro, porque pronto el sueño lo llamó, en un susurro, y él sucumbió al llamado.
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Harry despertó, iban por la ruta en medio de la nada. Parpadeó, lentamente retomó la conciencia y observó los campos que pasaban.
Entonces…
-Espera -dijo-, détente.
Draco puso las luces indicadoras, aunque no se veía otro auto en la calle. Nunca era imprudente.
No confundas mi seguridad con temeridad.
Se detuvo a un lado de la ruta. -¿Qué es, Potter?
-Dame un minuto -dijo Harry. Lentamente abrió la puerta del auto. Draco apagó el motor.
El campo se extendía, oscuro como un frasco de tinta derramada, pero Harry conocía este lugar. Se paró en la curva de la ruta, sintiendo cómo la grava suelta daba paso a la tierra suave. Los tallos de trigo se inclinaron gentilmente cuando él les pasó la mano por encima. El verano había menguado el color del campo, dejándolo de un dorado pálido, casi el color de los huesos…
-Los huesos…-dijo Harry.
-¿Qué? -Preguntó Draco, cortante-. ¿Hay huesos?
-No -Harry negó con la cabeza y luego rio. El sonido resultó mucho más fuerte de lo que esperó, y en vez de ser absorbido por la tierra, se amplificó a través del campo y se elevó en la noche clara-. Ya no. El verano pasado encontré huesos aquí. -Exhaló-. Y aquí estoy, otra vez.
Miró hacia Draco y captó un rápido destello de incertidumbre cruzándole el rostro.
-¿Estás bien? -Preguntó.
Draco dudó. Eso fue todo lo que Harry necesitó para acercarse y tomarle la mano.
-Es real -dijo, apretándole la mano-. No es un recuerdo.
Draco observó las manos unidas. -A veces me olvido -dijo, en voz baja.
-Lo sé.
-No puedo diferenciarlo.
-Está bien.
El reloj de Harry marcaba los segundos suavemente. Era medianoche y ellos estaban de pie, juntos, tomados de la mano bajo un cielo tan claro que Harry podía ver las estrellas luminosas de Orión, los cúmulos de la Vía Láctea, hasta podía ver la brillante constelación de Sirius y la estrella Eltanin, de la cabeza de Draco.
Harry bajó la vista hacia el campo, tal vez era el mismo lugar, o tal vez no lo era.
No importaba.
In inceptum finis est.
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Se detuvieron en Truro para cargar combustible. Harry sugirió que pasaran allí la noche. Si suponía bien, iban hacia Landewednack, ya para cuando llegaran a la pequeña parroquia, todo estaría cerrado y tendrían que dormir en el auto o permanecer despiertos durante la noche.
Los primeros lugares a los que fueron no tenían vacantes. Estaban al comienzo de la temporada de vacaciones y Cornualles era el sitio preferido de muchos viajeros. Al final, encontraron una hostería con una habitación disponible. Solo una, pero al menos tenía dos camas. Harry creyó que Draco haría un alboroto, pero apenas se encogió de hombros y pagó el depósito. Cuando se las arreglaron para localizar la habitación -porque en el sistema de números había sido abandonado por uno de nombres para las habitaciones-, Draco abrió la ventana y reclamó como suya la cama más cercana.
Harry se preguntó si sería un hábito, pues en Hogwarts, Seamus siempre dejaba la ventana celosamente abierta, sin importarle la época del año ni el clima, y eso ocasionaba frecuentes peleas con aquellos menos interesados en padecer el clima helado de Escocia. Finalmente, en un ataque de frustración, Ron había terminado aplicando una furiosa cantidad de cinta adhesiva para cerrar la ventana permanentemente.
Tuvieron una breve e infantil pelea por el baño, que Draco ganó después de darle un golpe a Harry en la cabeza con el cepillo de dientes.
-¡Está bien, toma la primera ducha! -Dijo Harry, malhumorado-. Ojalá que te resbales en los azulejos.
Draco solo le lanzó una mirada petulante y cerró la puerta. Unos segundos después, comenzó el ruido de la ducha.
Harry fue hasta la ventana y la cerró, solo para molestar a Draco.
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Por supuesto, una vez que Harry regresó de su ducha, la ventana volvió a estar abierta. Aparentemente, Draco ya dormía, a pesar del ruido que hacía el canto de un borracho de alguna habitación vecina, y de la luz que la lámpara de Harry proyectaba en el cuarto. Por alguna razón, Harry imaginó que Draco tenía el sueño liviano. Se sentó en el borde de la cama, se quitó los lentes, escuchó el sonido familiar de las patillas al plegarlas. Era la rutina que mantenía desde siempre, a lo largo de su vida, sin importar lo que sucediera -se tratara de dormir bajo la escalera de Privet Drive, o de aquella primera noche en Hogwarts, o terminada la batalla de Hogwarts, después de identificar a todos los muertos; al final del día, siempre se quitaba los lentes y los colocaba a un lado, seguros.
Y más tarde, por supuesto, colocó su varita junto a los lentes.
Durante la guerra, mientras buscaba Horcruxes, comenzó a dormir con la varita bajo la almohada. A Hermione no le agradaba -decía que demasiados magos sufrieron daños severos por hacerlo, pero Harry no quería arriesgarse a un ataque nocturno y a perder la varita.
Ahora, colocó la varita junto a los lentes, escuchando el pequeño ruidito que hizo. Había algo muy tranquilizador en el hecho de que aún tenía su varita, la misma varita que contenía una pluma donada por Fawkes, la misma varita que había sido robada por Crouch hijo -con la que conjuró la marca tenebrosa-, la misma varita que destruyó la varita de Lucius Malfoy, la que realizó su primer Patronus, la que salvó a Sirius de los dementores, la que forzó a la varita de Voldemort a dejar ir los fantasmas de las maldiciones asesinas que había realizado.
A medida que se dormía, creyó escuchar el sonido del océano.
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Cuando despertó, Draco no estaba, cosa que no le molestó demasiado: el cepillo de dientes seguía junto al lavabo en el baño, y su varita sobre la mesita de noche. Harry pensó que era raro que Draco dejara la varita; se preguntó si se la habría olvidado y, después de un momento de duda, la tomó.
Esperó notar un cambio, pues la varita había cambiado de dueño otra vez, y de seguro ofrecería resistencia, pero no, la varita pareció recibirlo como a un viejo amigo.
-Lumos -susurró Harry, para probar si se resistía. Inmediatamente, la varita iluminó el cuarto con un una luz blanquiazulada.
Se oyó el leve click del picaporte y la puerta se abrió. Harry se apresuró: -Nox -espeto, y dejó caer la varita-.
Draco se quedó mirándolo, luego miró la varita, y otra vez a Harry.
-Eso fue sutil -dijo Draco, después de un momento.
-Yo…yo creí que la habías olvidado -dijo Harry, ruborizándose.
-Fui a desayunar -dijo Draco, cortante; cruzó el cuarto y tomó la varita.
-¿Qué, y no te llevaste tu varita?
-Este es un lugar completamente muggle, no necesito la varita para comer tostadas y leer el periódico.
-Siempre deberías llevar tu varita, por si acaso -dijo Harry, rápidamente-. ¿Y si te atacaban?
-Cálmate, Ojo Loco -replicó Draco-, y quita tus manos de mi varita.
Harry se ruborizó más. -Yo…solo creí que…que no sería amigable conmigo, eso es todo, por eso pensé en intentar un hechizo…quiero decir, debería haber cambiado de lealtad…¿No se ha resistido contigo, no?
-Por supuesto que no.
Draco desapareció en el baño, aparentemente dando por terminada la conversación. Un momento después, comenzó a lavarse los dientes.
Sintiéndose miserable, Harry bajó a desayunar.
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Condujeron hacia Landewednack. Harry permaneció en silencio una gran parte del viaje, hasta que Draco perdió la paciencia, en algún lugar después de Helston.
-¿Qué? -Espetó.
Harry, mirando sin ver el atlas de rutas, frunció el ceño. -Nada.
-Estás de mal humor desde que dejamos Truro -dijo Draco, lacónicamente.
Harry se volvió para mirarlo. -¿Yo? -Preguntó, incrédulo-. ¡Tú eres el que me está dando el castigo del silencio!
-¿De qué estás hablando?
-Estás enojado conmigo -dijo Harry, irritado-. Porque hice un hechizo, y bueno, no debería haberlo hecho, debería…
-¿En verdad estás enojado por eso? -Demandó Draco-. ¡Es increíble, Potter! Sí, me molestó un poco en ese momento, pero para cuando dejamos el lugar ya se me había pasado. A diferencia de ti, no soy rencoroso.
-¿No eres rencoroso? ¿Estás loco? Cuando eras adolescente-
-¡Todo adolescente es rencoroso! ¡Dame un ejemplo de adolescente que no sea autorreferencial!
Harry abrió la boca y recordó a Hermione y a Ron besándose excitados mientras la guerra rugía a su alrededor.
-Neville -murmuró Harry, en cambio, mirando a Draco con enojo-. Neville no fue egoísta.
-Longbottom también disfrutaba regando plantas y usando suéteres con rombos. Acéptalo, nunca fue adolescente.
-¡No insultes a mis amigos!
-¿Eso es un insulto? Todo lo que dije fue-
-¡Sí, te escuché! Por lo menos yo tengo amigos-
Draco salió inmediatamente de la ruta. Harry se asustó.
-¿Estás tratando de matarnos?
-No -Draco apagó el motor, sacó la llave y se la arrojó.
A Harry le tomó un momento registrar lo que estaba sucediendo. Draco abrió la puerta, salió y la cerró.
-¡Espera! ¿A dónde vas? -Espetó Harry, peleando con el cinturón de seguridad.
Draco giró y lo miró. -Lejos de ti -dijo, y con eso, desapareció.
Xxxxxxxxxxx Dulzura Letal, Año Nuevo 2016 xxxxxxxxxxxxxxxx
