La historia es una adaptación del libro The Wall of Winnipeg and Me de Mariana Zapata y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
Era increíble lo fácilmente que podías acostumbrarte a un cambio importante en tu vida.
O tal vez solo me sorprendió lo fácil que era para mí vivir con Emmett y Jasper, y seguir viviendo mi vida de la misma manera que había estado haciendo en el mes después de renunciar. En serio, no era que la vida en sí hubiera cambiado mucho; simplemente estaba en un nuevo entorno, pero seguía haciendo lo mismo que había hecho en mi apartamento.
Unas pocas semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y antes de darme cuenta, llevaba en mi casa nueva un mes. Había firmado los papeles hace dos semanas. La temporada había empezado para los chicos la semana pasada. Básicamente, la vida seguía la misma trayectoria de siempre.
Excepto que la casa no se sentía completamente mía. Me recordaba cuando era niña, durmiendo en casa de Angela, cuando no podía caminar en mi ropa interior o andar sin sujetador porque no era mi casa. Por otro lado, pasaba la mayor parte de mi tiempo en mi habitación trabajando y nunca nadie estaba en casa, por lo que podía andar con cualquier ropa —o desnuda o sin ropa interior— que quisiera usar, solo para correr como una loca escaleras arriba cuando la puerta del garaje se abría. Luego estaba el pequeño problema de tener que bajar el volumen de los altavoces de mi ordenador cuando uno de los chicos se encontraba en casa y yo estaba trabajando.
Todavía no me había convencido de pasar el tiempo en la sala de estar viendo televisión, incluso cuando los chicos no estaban. Afortunadamente, la claustrofobia no se había apoderado de mí, teniendo en cuenta que pasaba la mayor parte del tiempo en el mismo lugar, y eso era porque me aseguraba de ir al gimnasio un par de veces a la semana, iba ver a Angela una vez por semana o cada dos semanas y me tomaba mi tiempo para ir a la tienda de comestibles. Veía Netflix en mi televisión cuando estaba aburrida. Dibujaba en mi cuaderno cuando me sentía de humor. A veces, salía con Jasper, pero no ocurría a menudo porque él había estado pasando mucho tiempo fuera de casa después de las prácticas y reuniones, viendo a su chica de la temporada.
Cuando me despertaba cada mañana, ambos chicos ya se habían ido. Básicamente, eran los mejores compañeros del mundo. Lo mejor de todo era que Emmett resultó ser el tipo de compañero al que no tenías que pagarle alquiler.
Se lo mencioné, por supuesto. Ese día que me mudé, le pregunté qué cuentas podría ayudarle a pagar, y todo lo que había hecho fue poner esa expresión aburrida a la que mi temperamento no se había vuelto inmune. Luego le pregunté otra vez, y me ignoró.
Había dicho que trabajaría en ser mi amigo, pero no podía esperar un milagro de la noche a la mañana, ¿cierto?
Si era extraño para ellos tenerme en esta casa, no dijeron nada sobre eso ni me hicieron sentir como una intrusa, sobretodo porque ambos tenían suficiente con sus propios asuntos. Jasper me había mencionado de pasada lo estresado que estaba por otro quarterback que el equipo había elegido, y Emmett vivía y respiraba por su deporte, sin permitirse holgazanear. No era que fuera algo nuevo. Me saludaba cada vez que nos encontrábamos en la misma habitación y me ofrecía sus sobras si había algunas, lo que normalmente no había porque el pobre hombre parecía estar sobreviviendo con batidos, frutas frescas, batatas, frijoles, nueces, arroz integral y como mínimo un alimento congelado diario.
Sin embargo, no era mi problema, ¿verdad?
Pero todos los días, encontraba la papelera más llena con recipientes de cartón que el día anterior. Me hacía sentir mal, culpable.
También me hacía preguntarme de nuevo por qué Aro no había contratado a alguien que se hiciera cargo de todas las funciones de las que yo había sido responsable. Sabía que había contratado a alguien para que contestara los correos electrónicos de Emmett porque entré en su cuenta solo para ver cuál era el daño y encontré que cada pocos días había respuestas, pero nadie nunca apareció en la casa y, a veces, encontraba correo de su apartado postal en la cocina después de que él llegara a casa. ¿Dónde estaba su Isabella 2.0?
El problema con ser amigo de alguien es que a menos que quieras ser un amigo de mierda —o por lo menos un amigo falso porque los reales no deberían ser una mierda— no puedes fingir que no notas si algo está mal con tu amigo.
El mayor problema de mi nueva amistad con Emmett era lo complicada que resultaba. Lo que habíamos hecho era técnicamente una transacción de negocios. Pero nos conocíamos más o menos, y sabía que, aunque no era perfecto y no era realmente mi amigo-amigo, quien me donaría un riñón en caso de que necesitara uno, aun así me preocupaba por él de todos modos. Era así de tonta. Creía que, en el mejor de los casos, le caía lo suficientemente bien para pagarle a alguien que donara lo que necesitaba. Es decir, había ido a correr conmigo para que no fuera por mi cuenta cuando era demasiado tarde para salir.
Además de eso, vivíamos juntos. Estábamos técnicamente casados.
Complicada era la mejor palabra para describir la situación.
Así que cuando encontré a Emmett en la barra del desayuno con la pierna apoyada en una de las sillas y una bolsa de hielo sobre su pie días después de que habíamos ido a correr, solo semanas después de que la temporada de fútbol hubiera comenzado, no pude pretender no verlo. Los amigos no hacían eso. Tampoco las personas que se habían conocido durante dos años. No cuando conocía a Emmett tan bien que sabía que trataba su cuerpo como a un templo. Entonces, ¿por qué tenía una bolsa de hielo en su tobillo?
La culpa inundó mi pecho. Los Three Hundreds tenían a algunos de los mejores entrenadores y fisioterapeutas del país. Tenían todo tipo de tecnología avanzada para mantener a sus jugadores en forma. El personal no habría dejado ir a Emmett de la instalación hasta que hubieran hecho tanto como podían por lo que sea que estuviera molestándole.
Su expresión facial solo confirmó que algo estaba mal. Su mandíbula sobresalía y las venas de su cuello estaban más pronunciadas que de costumbre. Se sentía adolorido o, al menos, muy incómodo.
Este hombre a quien había visto salir del campo como si sus costillas no hubieran sido fracturadas hace dos años, mucho menos sin gritar un "Ay", tenía obvio dolor.
Y no podía ignorarlo. Porque los amigos no hacían eso, ¿no es así?
Me tomé mi tiempo rodeando la isla de la cocina, mirándolo, sin pensar que todo lo que había hecho era levantar un dedo para saludarme. Estaba comiendo un sándwich y leyendo un libro sobre... tenía la palabra "tonto" en la parte delantera. Abrí la puerta del refrigerador para agarrar los ingredientes para hacer una sopa y volví mi atención tan discretamente como era posible para ver al gran hombre en la pequeña mesa.
―Voy a hacer un poco de sopa, ¿quieres? ―ofrecí.
―¿De qué? ―Tuvo la desfachatez de preguntar sin apartar la mirada del libro.
Contuve mi sonrisa.
―Una que te gusta.
―Está bien. ―Hubo una pausa―. Gracias.
Corté unas pocas verduras mientras lo miraba de vez en cuando. Pensando en algunos escenarios en mi cabeza para acercarme a él y averiguar si sentía dolor o no, me di cuenta de que estaba siendo tonta.
―¿Emmett?
―¿Hmm?
―¿Qué le pasó a tu pie? ―inquirí.
―Me lo torcí. ―Eso fue fácil, sin esfuerzo, ninguna tontería de Emmett para mí.
Por desgracia, su comentario no me ayudó o me tranquilizó. No me sorprendería si alguien lo hubiera golpeado con un auto y el tendón ya no estuviera fijado a su pierna e insistiera en que era solo un esguince.
¿Pero iba a decir eso? Nop.
―¿Esguince alto o esguince bajo? ―le pregunté, tan casual como pude.
―Alto ―respondió simplemente con indiferencia.
Entre sus lesiones y las de Jasper, me había familiarizado con los diferentes tipos posibles. Los esguinces altos tendían a tomar menos tiempo para sanar, generalmente una semana o dos. La recuperación de los esguinces bajos variaba de un mes a dos. Por lo tanto, estaba mal, pero podría haber sido peor mucho.
―¿Qué te dijeron los entrenadores?
Eso tensó su mandíbula.
―Soy dudoso para el próximo juego.
No probable, dudoso. Oh, hermano. Los estados dudosos hacían de Emmett Mccarty un ganso gruñón.
Bajé mi mirada a la tabla de picar y al apio que tenía allí.
―Sería una buena idea que fueras a ver a ese acupuntor al que fuiste el año pasado cuando te estaba molestando el hombro. ―Mientras más mencionaba sus lesiones pasadas, más me provocaba una mueca. Jasper me había dicho una vez que cada jugador de fútbol que conocía, vivía con dolor constante; era inevitable.
―Podría ser una buena idea ―murmuró, girando una página en su libro.
―¿Quieres un Advil? ―sugerí, mirándolo, sabiendo muy bien que nunca tomaba analgésicos. Por otra parte, casi nunca utilizaba una bolsa de hielo.
Cuando dijo:
―Dos estarían bien. ―Tuve que contener mi grito de asombro.
.
.
Temprano a la tarde siguiente, el sonido de la puerta del garaje abriéndose y cerrándose me dijo lo suficiente acerca de lo que estaba sucediendo. Cuando la televisión se encendió unos pocos minutos después, me quedé arriba con mis lápices de colores y un encargo de un tatuaje que estaba haciendo para un cliente.
Tres o cuatro horas más tarde, una vez que terminé mi proyecto, inicié otro y me había bañado para ir a la cama, bajé por las escaleras, escuchando el zumbido de la televisión de fondo. La sala de estar estaba directamente a la izquierda de la parte inferior de la escalera y la cocina a la derecha.
Me asomé y encontré a Emmett tumbado en el sofá, el pie de su lesionada pierna estaba apoyado en el reposabrazos. Tenía un brazo doblado detrás de su cabeza como almohada. El otro estaba estirado a su lado, con la palma de su mano descansando sobre su estómago. Sus ojos estaban cerrados. Sabía que no se había quedado dormido accidentalmente en el sofá. Lo sabía con cada fibra de mi ser. Lo había hecho a propósito.
La preocupación que nadaba alrededor de mi estómago no me sorprendía. Aquí estaba este hombre aparentemente indestructible en quien creía con cada célula de mi cuerpo, que se había quedado en el sofá para evitar subir las escaleras para llegar a su habitación.
Maldita sea.
Volví a subir al segundo piso y saqué la prístina colcha blanca de la parte superior de su cama y agarré su almohada favorita. Una vez de vuelta en la planta baja, caminé hacia la sala de estar y puse la colcha sobre la parte inferior de su cuerpo, remetiéndola para que no arrastrara por el suelo. Di un paso atrás, mordiendo mi labio, y fue cuando lo vi.
Sus ojos estaban abiertos y me observaba.
Le sonreí y le tendí la almohada.
Una pequeña sonrisa extendió sus labios llenos mientras me la quitaba y la metía debajo de su cabeza.
—Gracias.
Dando un paso atrás, asentí, sintiéndome atrapada.
—De nada. Buenas noches.
.
.
Había estado sentado en el garaje por mucho tiempo.
El hecho de que no hubiera salido de la casa para ir a practicar fue la segunda cosa que encendió una alarma en mi cabeza. No era del tipo suicida, pero…
Dejando mi plato en el fregadero, abrí la puerta y saqué la cabeza para ver qué estaba pasando. Efectivamente, se hallaba en el asiento del conductor de su Range Rover con su cabeza en sus grandes manos, mirando hacia abajo. Me aproximé y di golpecitos en la ventana. Levantó su cabeza y frunció el ceño antes de bajar la ventanilla.
—¿Quieres que te lleve? —ofrecí, pensando en el proyecto que quería terminar esa mañana y apartándolo al fondo de mi mente.
Las fosas nasales de Emmett se expandieron, pero asintió. Para darle crédito, lo único que hizo fue cojear ligeramente alrededor del auto, pero fue más que suficiente para preocuparme. Había estado pensado en él desde la noche anterior cuando lo encontré en el sofá, pero sabía que no debía actuar como su niñera. En su lugar, corrí hacia la casa, tomé mi bolso y activé la alarma antes de volver al garaje y ponerme detrás del volante.
No era la primera vez que conducía su auto, excepto que la última vez que había estado detrás del volante, fue para cambiar el aceite y lavarlo.
—¿A dónde vamos?
—Al acupunturista.
—¿Pusiste la dirección en el navegador? —pregunté mientras salía del garaje, muy cuidadosa, increíblemente consciente de mis habilidades de conductora.
—Sí.
Asentí y seguí las indicaciones de la amable voz femenina durante todo el camino hacia la oficina de acupuntura, aunque después de un tiempo conduciendo, recordé exactamente hacia dónde nos dirigíamos. Al igual que todas las otras veces que llevé a Emmett, parecía que todas las mujeres que trabajaban en la clínica homeopática encontraban excusas para ir a la recepción mientras él firmaba. Tomé asiento y, con una mueca, miré a una mujer tras otra acercándose al mostrador, pidiéndole al grandote un autógrafo o una foto. Emmett hablaba en voz baja y calmada, sus movimientos moderados y su cuerpo tenso de la forma en que siempre se encontraba cuando estaba rodeado de extraños.
Ni siquiera pudo sentarse antes de que la puerta que conducía al área principal de la clínica se abriera y otro empleado lo llamara. Emmett me miró, ladeó la cabeza hacia la puerta y luego se fue. La multitud de mujeres se disolvió. No había estado pensado bien antes de apresurarnos en salir, así que olvidé traer algo para entretenerme. Tomé una de las revistas sobre la mesa y empecé a hojearla, tratando de convencerme de que Emmett estaba bien.
Una hora más tarde, la puerta por donde Emmett había entrado se abrió nuevamente y su voluminosa silueta lentamente salió, un paso claramente doloroso a la vez. Un hombre detrás de él con un corto delantal blanco, movió la cabeza.
—Hazte con unas muletas o un bastón.
Emmett solo levantó una mano antes de acercarse a la ventana, donde solo dos empleados esperaban en ese punto. Dejé las revistas en la mesa y me puse de pie. "El Muro de Winnipeg" se agachó sobre el mostrador, firmando algo.
—Es un gran placer volverlo a ver —canturreó la recepcionista mientras me acercaba al lado de Emmett. ¿Estaba batiéndole sus pestañas?
Si lo estaba haciendo, él no se dio cuenta. Su atención estaba centrada en lo que parecía ser una factura.
—Soy una gran fan —añadió ella.
Una fan de ese culo, mejor dicho, pensé.
Siguió hablando:
—Todos esperamos que se mejore pronto.
Sí, definitivamente estaba coqueteando. Uh.
Emmett respondió con uno de esos sonidos indescifrables que hacía, mientras se enderezaba y deslizaba el papeleo hacia ella.
—Señor Mccarty, puedo programar una visita con su asistente, si quiere tomar asiento —dijo la recepcionista con voz dulce, sus ojos verdes moviéndose hacia mí por un momento.
Emmett encogió un hombro mientras se volteó para mirarme. Ni su expresión o lenguaje corporal me dieron una advertencia.
—Es mi esposa.
El tiempo se detuvo.
¿Qué demonios dijo?
—Encárgate de eso por mí, ¿sí, pastelito? —preguntó casualmente, sacando de su bolsillo trasero su billetera como no hubiese dicho la maldita palabra con "E" en frente de extraños.
Y, espera un segundo, ¿acaba de llamarme pastelito? ¿Pastelito?
Mi boca se secó y me sonrojé, pero de alguna forma me las arreglé para sonreír cuando la atención de la mujer curiosa y ligeramente sorprendida cayó en mí, más que consciente del peso de la mirada de Emmett sobre mí.
Su esposa.
Era su maldita esposa y lo dijo en voz alta.
¿Qué mierda?
Había palabras para todo, y entendía que muchas veces no significaban nada. En este caso, me di cuenta que sí, "esposa" no significaba una mierda, pero de todas formas, era raro. Era, de verdad, de verdad extraño reconocer el título por un centenar de razones diferentes.
Era incluso más extraño escuchar esa palabra en la boca de Emmett, sobre todo cuando se refería a mí.
Lo de pastelito fue una bomba, algo para lo que, definitivamente, no estaba preparada en ese momento.
Tomando la billetera de Emmett de su mano, me giré para mirar a la recepcionista con mi con suerte no tan sorprendido rostro y le extendí la tarjeta de débito de Emmett. Con una falsa y tensa sonrisa que era más una mueca, tomó la tarjeta y la deslizó por la máquina. Después de entregarme un recibo, encontré a Emmett esperándome en la puerta y salí caminando a su lado. Resistí la necesidad de preguntar si quería que lo ayudara como una muleta para apoyarse. Una vez que estuvimos en el auto, antes de hacer cualquier cosa, me volteé hacia él en el asiento, actuando como si nada fuera de lo normal hubiese ocurrido.
—Emmett… uh… —Me rasqué la frente, tratando de mantenerme tranquila. Primero lo primero—. ¿Me acabas de llamar pastelito?
Me miró. Parpadeó lentamente, lo observé pensado en que quizás lo imaginé.
—Pensé que era muy pronto para llamarte panecillo.
Lo miré, y mientras lo hacía, era posible que mi boca se abriera al mismo tiempo. Poco a poco, finalmente, asentí tontamente, intentando procesar que acababa de hacer una broma. Una broma dirigida a mí.
—Tienes razón. Hubiese sido muy pronto —murmuré.
Puso esa expresión irritante de "te lo dije".
¿Quién demonios era este ser humano? Se parecía a Emmett. Olía a Emmett. Sonaba como Emmett, pero no era el mismo Emmett que conocía. Era el Emmett que me había buscado en Las Vegas y el que me decía que me callara cuando me burlaba de él. Está bien. Tragué y asentí, aceptando que esto era lo que había querido de él. Y por fin lo había conseguido.
Me gustaba más esta versión, a pesar de que parecía una persona completamente diferente. Toqueteando las patillas de mis gafas, exhalé y pensé en las otras cosas que daban vueltas en mi cabeza.
—¿Por qué dijiste que era tu esposa? —Mi voz sonó extraña.
Esa mirada de párpados pesados y listilla era tan fría como un maldito pepino.
—¿Por qué no lo haría?
—Pensé que iba a ser un secreto que mantendríamos tanto como pudiéramos. —Y por los menos, podría haberme advertido que iba a hacerlo así podría haber estado mentalmente preparada.
"El Muro de Winnipeg" no se veía ni remotamente arrepentido.
—Eres mi esposa y no tengo paciencia con las coquetas —dijo con esa voz tranquila e indiferente que me daban ganas de golpearlo—. No eres mi asistente. ¿Querías que lo negara?
—Yo solo… —Mis fosas nasales se ensancharon por sí solas. ¿Quería que lo hiciera? No estaba segura. Pero no era como si me hubiese presentado como su zorra o algo así—. Está bien que lo hicieras. Me tomaste desprevenida, eso es todo.
Estirando ese largo cuerpo en su asiento, Emmett no añadió nada más. Me senté allí por un momento, cavilando sobre qué pensaría acerca de este falso y poco convencional matrimonio, y esta nueva, extrañamente formada, creciente amistad. Y fue cuando pensaba en esas cosas que recordé lo que Emmett me había dicho en Las Vegas. Que nos habíamos hecho promesas y que iba, a su propia manera extraña, a cumplirlas.
Con las manos alrededor del volante, lo miré sobre mi hombro, y le pregunté directamente, con una exhalación entrecortada:
—¿Qué quieres? ¿Muletas o un bastón?
No dijo nada.
—Muletas o bastón, grandullón —repetí.
Emmett se movió en su asiento.
—Dame un respiro.
Dame un respiro. Tuve que contar hasta cinco. Arranqué el auto, me recordé que él me había llamado por lo que era: su amiga, y extrañamente, su esposa. Me conocía. Extrañaba esa Isabella que había sido cuando las cosas estaban bien entre nosotros.
—Voy a conseguirte un andador si no tomas una decisión antes de llegar a la autopista —amenacé, manteniendo mi atención al frente—. Mientras más rápido sanes, mejor. No seas un dolor en el culo más de lo necesario.
Suspiró.
—Muletas.
Eso fue muy sencillo, y no era lo suficientemente tonta para presionarlo para que cambiara de opinión. No dije nada más mientras conducía hasta la farmacia y estacionaba. Emmett se mantuvo en silencio también cuando salí de su camioneta. En poco tiempo, encontré las muletas y compré un nuevo bote de píldoras antiinflamatorias del mostrador.
El camino a casa fue bastante tranquilo. Me aseguré de no ver que cojeaba lentamente hacia el interior y se dirigía al sofá, donde el edredón que le llevé la noche anterior estaba perfectamente doblado y apilado debajo de la almohada. Dejando las muletas que había comprado apoyadas contra el sofá, dudé por un segundo en las escaleras mientras lo miraba acomodarse.
—Voy a estar arriba —dije.
Asintió con rigidez, tomando el control remoto en su mano y girando su cabeza hacía mí.
—Gracias por llevarme.
—Sí. —Caminé lentamente—. ¿Para qué están los amigos? —bromeé en voz baja, sin saber cómo reaccionaría.
—Para eso, Bella.
El hombre que había visto más o menos, casi, quizás sonreír un par de veces, tenía una sonrisa tentativa en su boca. La expresión en su rostro me tomó con la guardia baja. Para un hombre que nunca, jamás reaccionaba físicamente, incluso cuando ganaba un juego, su sonrisa…
Que el cielo me ayude.
Era hermoso. No había otra palabra para describirlo. Era como un arcoíris doble. Mejor que un arcoíris doble…
Me sentí aturdida. Fijada en ese lugar para siempre.
Sus rasgos no necesariamente se suavizaron, pero la forma en que todo su rostro pareció relajarse…
Toqué mi boca para asegurarme que estaba cerrada y no ampliamente abierta.
No podía responder. Solo podía quedarme allí asintiendo con algo que estaba bastante cerca de ser una sonrisa demente en mi rostro.
—Grita si me necesitas. Yo, uh, tengo trabajo que hacer. —Sí, me metí mi imaginaria cola entre las patas y corrí escaleras arriba.
Buen señor. Mi corazón latía con fuerza mientras estaba sentada en la silla detrás de mi escritorio, y puse una mano sobre él. ¿Qué demonios fue eso? Esa sonrisa era como una bomba nuclear que tenía a su alcance. Quiero decir, sabía que Emmett era atractivo, obviamente, pero cuando sonreía, no había nada que pudiera prepararte para esa arma de destrucción masiva.
Hola, tenía ojos. Incluso si me había vuelto mayormente insensible a esos músculos por encima de los músculos esculpidos cuidadosamente, sabía que estaban ahí. Sabía que su rostro era hermoso, a pesar de cuán inflexible era normalmente.
Aspiré una bocanada de aire, y exhalé, tratando de aclarar mi cabeza. Pero no fue tan fácil como debería. Cuando estaba buscando fotografías de modelos masculinos para la portada de un libro electrónico, pensé en Emmett una o dos veces más de lo necesario.
Santo cielo, él necesitaba mantener eso bajo control.
Hola, gracias a todos por sus comentarios. Me pone feliz ver el apoyo que tiene esta historia. No suelo pedir comentarios, soy feliz viendo que la disfrutan así no comenten.
Ahora alguien me pregunto si en algun momento se enamoran, la respuesta es si pero lo que me gusto de esta historia es que todo pasa de manera suave y sutil, en donde los pequeños detalles cuentan todo lo que no se dice.
Ahora sí, espero que lo hayan disfrtuado.
Nos leemos
xoxo
