Capítulo 4.- La roca del ahorcado

Costa norte de Tenerife, primavera de 1606

"ALONSO

Señores, pues ya sabéis,

aunque vuestro gusto ataje,

lo que os dije del tesoro,

no hay sino luego intentar

cómo se puede buscar:

que si en Tenerife hay oro...

¿Cuáles Indias son como ella?

LOPE

Señalad el monte vos.

ALONSO

Pues vamos, que espero en Dios,

que siendo Miguel la estrella,

hoy tendrá España un tesoro.

LOPE

El primero he de cavar.

CASTILLO

¿Qué es lo que vais a buscar?

LOPE

No menos que un monte de oro."

"Comedia la Famosa de los guanches de Tenerife y Conquista de Canarias"

Lope de Vega


Chema fingió irse al puerto, pero se quitó de paseos y envió las fotos del mapa a Gil-Pérez vía SMS. El plan era que la carraca con los hombres de Pargo costeara rumbo norte y luego oeste en cuanto les dejara la marea, mientras ellos cuatro llegaban al acceso a las grutas que el mapa indicaba en tierra. A caballo llegarían antes, en menos de un día, y podrían según Alonso comprobar las fuerzas que Roberts guardaba dentro.

Sobre qué guardaban las grutas, la cosa estaba menos clara. Dácil sabía que su padre escondía en ellas un barco, pero ni idea del número de hombres, ni de si el oro de los cojones estaría allí.

Alonso no las tenía consigo y opinaba si los de la taberna habían sido como temía hombres de Roberts, algo les esperaba en aquellas grutas; era mejor andarse con ojo. Lope había sido menos cauto y había discutido, no obstante, que con la ayuda de Dácil el inglés no les vería llegar. Chema era escéptico ante ambos enfoques; por un lado y por lo poco que sabía del Ministerio, estaba casi seguro de que Roa no podía haber vivido ya aquello: 2018 era el central de los Ministerios y que Roa les hubiese tendido una trampa pasaba por que hubiera un futuro posterior a 2018, algo que no veía posible. Por otro lado, siglo XVII y artes amatorias de Lope de por medio o no, que la muchacha estuviese tan encantada por ayudar desde el minuto cero, como a Alonso, a Chema le olía a chamusquina.

Fuera como fuese, seguir el mapa y confiar en Dácil por el momento parecía la única opción posible.

Tras enviar el mensaje, Chema deshizo camino hasta el punto de encuentro en lo alto del fuerte de San Pedro y sobre los caballos que había podido conseguir Dácil, vieron cómo las luces del 'Zeneze' se movían en la oscuridad. La carraca con Pargo y Gil-Pérez salía a toda mecha antes de perder la marea.

– ¿Cómo le explicasteis el mapa? –se extrañó Lope.

– Tengo... Este... Memoria fotográfica.

– ¿Foto... qué?

– Que hice copia del mapa... En mi... Memoria y se la dibujé –mintió Chema horrorosamente.

Entrerríos salió al quite.

– El señor Chema es hombre de habilidades especiales –señaló–. Si no, Gil-Pérez no le habría... Convencido, para venir hasta aquí.

– Ya veo... –contesto Lope, claramente desconfiado.

Dácil, en la yegua a su lado, compartió ojillos torvos.

Había cambiado corpiño y falda por jubón y pantalones; también había escondido la melenaca rubia bajo un sombrero de ala. Espada y pistola al cinto. De lejos daba el pego como hombre.

Partieron con la noche y los caminos del este de la isla fueron quedando detrás.


Tras comprobar de nuevo el móvil, Gil-Pérez se echó disimuladamente un sobre de café soluble en su vaso de agua caliente y tras tragarlo, salió de su cabina camino al timón, aun somnoliento. Amanecía y habían conseguido dejar Santa Cruz al sur; dentro de poco, imaginó, tocaría girar al oeste, o como se dijera en términos naúticos. El capitán Pargo seguía cerca del timonel, haciendo anotaciones de viento y velocidad; la costa de la isla, sin estar muy lejana, quedaba a la izquierda. O sea, a... ¿Babor?

Gil-Pérez no ocultó un bostezo al subir al castillo de popa: estaba viejo para aquella mierda. Desde el lío con Folch en la Biblioteca Nacional, no le había quedado otra que unirse a la resistencia (*1); uno, supuso, nunca se jubila del todo en el Ministerio. Tuvo que aceptar además que con toda una vida dedicada a proteger la Historia, que viniera un genio maligno para trastocarlo todo le tocaba bastante los cojones.

De ahí a jugarse el cuello con un montón de piratas, también era verdad que había un mundo.

Eh pronto aun para despertar, señor Gil-Pérez –murmuró el capitán Pargo–. ¿Hay acaso alguna novedad?

Observó al pirata en su disfraz de mercante del siglo XVII; debajo de aquellos ropajes simples, imaginó, probablemente guardaba aun la imagen de sor María de Jesús de la que nunca se despegaba. Hacía apenas unos días le había sacado de 1733, más de un siglo en el futuro, y tras haberle explicado la existencia del Ministerio sin dar muchos detalles, había seguido el plan de Salvador para reclutarle. La Historia decía que el capitán Amaro Pargo no había sido un pirata (o corsario) especialmente cruel; no obstante, no dejaba de serlo. Por no fiarse, a decir verdad, no se fiaba ni de Arendibar y a ese le conocía de más tiempo.

– Ninguna novedad, capitán –contestó Gil-Pérez–. Me preguntaba tan solo si... Podríamos hablar a solas.

Pargo asintió y despidió con una orden al timonel para ponerse él mismo al mando. Gil-Pérez esperó a que el joven bajase del castillo de vuelta, afortunado, a su coy.

Tenéih miedo de que robe el oro –sonrió Pargo sin darle tiempo a rodeos.

– Naturalmente que lo tengo –contestó Gil-Pérez–; sois un pirata. ¿Son mis temores fundados?

Pargo se encogió de hombros y le guiñó, con una sonrisa, el ojo derecho.

– También soy hombre de palabra –pensó en voz alta–. Cumplid la vuestra y no os pediré nada excepto la parte de la tripulación. –Cambió Pargo de tono y de cara, tras unos segundos de silencio y pareció observarle sin desconfianza, pero con algo parecido a la duda dibujada en el rostro–. Debo confesar, señor Gil-Pérez que en esta situación me encuentro algo perdido.

– Creí que conocíais la costa.

– Como la palma de mi mano. Aprendí a navegar en estah aguah.

– ¿Entonces?

Pargo volvió a encongerse de hombros y se llevó la mano al pecho

– Aun no nació sor María en este tiempo –razonó–. Siempre me ha protegido en vida y despuéh... Pero no sé si anteh.

Gil-Pérez guardó silencio ante el suspiro del marino.

El poder místico de sor María era algo sobre lo que no estaba seguro de poder opinar más allá, claro, de agradecer que hubiese sido la devoción por la monja de Pargo lo que le había convencido para colaborar con el Ministerio. Volvería a verla una vez más: aquel era el plan de Salvador para reclutarle y la única salvaguarda de que aquel pirata no se quedara el oro.

– No veo motivo por el que, si os protegió en el pasado, no deba favoreceros ahora –razonó Gil-Pérez–. Si el cuerpo y la sangre pasa las puertas del tiempo, ¿por qué no los espíritus?

Pargo asintió, la mirada en el infinito.

Pueh espero que en verdad no oh equivoqueih en eso de que está con nosotroh –musitó–. Porque temo que en cuanto vayamoh al oeste, el viento no noh será tan favorable.


Alonso encontró el norte de la isla extrañamente verde y húmedo. De no ser por la costa, las afiladas peñas y la montaña al sur dominándolo todo, no hubiese podido decir que acaso en las Canarias estaba. Las brumas fueron otra sorpresa ya que al amanecer y a caballo, más de varias horas pasaron envueltos en una niebla que sólo a la muchacha Dácil parecía no inquietar. Fue gracias a su guía por lo que encontraron camino y ya con el día entrado, pudieron dejar las brumas detrás.

Detuviéronse al mediodía y durmieron unas horas al pie de lo que parecían solitarios pinos, los caballos descansando, la húmeda brisa del inmenso mar llegándoles desde lejos. El mapa de Dácil indicaba que el escondrijo estaba al oeste. Hacia allí iban, por tierra.

Lope comprobó con un catalejo la situación del Zeneze.

– Aun no les veo... A este paso les acabaremos sacando un día –musitó–. El viento no les acompaña.

Alonso asintió. El señor Chema había ido a comprobar cómo les iba a los del barco, discreto móvil mediante, mientras que Dácil daba de comer a los caballos.

Lope sonrió al descubrirle mirándola.

– Tendríais que haberla visto hace unos años –sonrió el poeta–. Me la encontré bañándose en la laguna de Aguere. Sentí que me robaba el alma.

Alonso no le devolvió la sonrisa. Preocupado andaba por Dácil, a decir verdad. Una mujer que traicionaba una vez, bien podía hacerlo dos.

– ¿Sabíais que se llevaba mal con su padre?

– Por supuesto. Desde el momento en que me lo presentó –rió Lope, un punto de nostalgia–. Supe que ella me eligió porque le haría rabiar, ¿entendéis? Yo buscaba información de primera mano para mi "Dragontea", hará unos años. Oí en Sevilla que un inglés que había viajado con Draque se había establecido en Tenerife. Y aquí me vine. Los archivos históricos no siempre son buena fuente cuando uno hace poemas, amigo Alonso. Historia hermosa también la de Roberts: se enamoró el pirata de una hermosa guanche de las que aun quedaban, cuando volvió de correrías con el temible pirata Draque. De ese amor nació Dácil. Y gracias a Dácil, conocí a Roberts. Con el suficiente ron me reveló un par de anécdotas. Con Dácil, a sus espaldas, tuve varias noches que aun atesoro en mi recuerdo...

Alonso observó el gesto ensoñado de Lope de Vega, a su lado.

– Habláis como si la amarais –pensó en voz alta

Lope torció el gesto, ofendido.

– ¡Pues claro que la amo! ¿Que creéis? ¿Que yací con ella por los dones que la naturaleza le dio? –gruñó. Luego, ante la mirada firme de Alonso, rectificó levemente–. Admito que... En un principio, sí. Pero no habría vuelto a yacer si... Bueno... No la amase un poco.

– También amáis a Micaela, claro.

Lope se le quedó mirando como si hubiese dicho lo más obvio del mundo.

– ¡Pues claro!

Alonso trató de no llevarse las manos a la cabeza.

– Mirad maestro, que no os entiendo.

Lope se encogió de hombros y al ver venir a su Dácil cambió a acaramelados ojos.

– Reconocer os debo, amigo Alonso –dijo recibiéndola con un beso en la mano–, que yo a veces tampoco.


Les llevó todo un día arribar,

a la peña del ahorcado.

El barco detrás, ellos delante.

¿Cómo hallarían, Dios mediante,

la gruta para entrar,

a donde el oro era guardado?

Lope observó el atardecer frente a ellos, mientras Dácil y el buen Alonso comprobaban los fragmentos de mapa. Llegado habían a una zona llena de acantilados, las rugientes olas espumando bajo ellos en rompientes y afiladas peñas. En lo alto, junto a los caballos, el señor Chema miraba en derredor perdido, como todos, en búsqueda de la entrada a la cueva del pirata. El mapa indicaba que estaba al pie de una roca del ahorcado llamada; mas allí, sólo piedras bajas había. Dácil andaba segura de estar en buen lugar, pues hacía poco habían dejado atrás la cala negra con forma de media luna.

– No hay aquí piedra donde colgar a un hombre –protestó Alonso–. Mirad señora que errada andáis. Proseguir debemos.

– Y yo os digo que aquí ha de ser.

Lope acudió entrambos.

– ¿Segura estáis, Dácil?

– Segura estoy.

Miró en derredor. El cielo oscurecía las cercanas brumas y en el bajo monte, verde y espinoso, no salían árbol o palmera algunos. Lope llevó la vista a una hilera de rocas las cuales, comprendió, galernas habrían tirado. Al pie de la más grande, saliendo de grieta, encontró las lanceoladas y verdes hojas.

– Es aquí –informó.

– ¿Pues cómo? –sorprendiose el buen Alonso.

– Mandrágora –aclaró Lope–. Bajo los ahorcados nace.

– No veo entrada a gruta o foso –observó el señor Chema–. Oculto debe andar el tema y habrá que ponerse a cavar.

Dácil se unió a Lope a buscar.

Al poco, bajo tierra negra, apareció la vela.

Bajo la tela, escalas que al bajar,

talladas en la roca, conducían,

parecía,

a un profundo y negro infierno.

Dácil dijo:

– La hallasteh, Lope.

Lope contestó, tierno:

– La hallamos, Dácil.