Capítulo 13

El automovil frenó frente a la entrada del Theotokos, el sueño lo desarmaba por las mañanas pero se sentía afortunado de que su padre lo acercara de vez en cuando, a veces el horario de trabajo de su padre era un poco más temprano que el de su ingreso a clases. Algunos días de la semana se la pasaban desencontrados pero eso no quitaba que compartiesen algún momento juntos antes de que la jornada finalice.

Su padre tuvo que esforzarse mucho, había quedado viudo de muy joven y con un niñito de 2 años a su cargo... ese niñito era él. Aunque fuera un gran profesional y en los negocios estaba más que satisfecho, en el amor no se daban las mismas condiciones, no podía olvidar a su esposa, ver la mirada de ese niñito era recordarla y era la fuerza suficiente para seguir adelante. Él comprendía el esfuerzo de su padre al entretenerlo durante los primeros años de vida, por eso no quería molestarlo; tampoco le pedía una madre, madre había una sola... la hubo. No negaba la posibilidad de aceptar si su padre rehiciera su vida sentimental, era algo que no comprendía, un hombre joven como su padre podría recomponerla pero se encerraba en sí mismo, hacía chistes siempre de volver a casarse, mas quien hace esa clase de bromas nunca las concreta.

- Hoy cenaremos juntos, yo llevaré algo preparado, así que espérame.

- De acuerdo, papá. Que tengas un buen día y gracias por traerme.

- De nada, hijo. Nos vemos a la noche. – Cerró la ventana de su auto y se puso en marcha nuevamente. El auto terminó por alejarse completamente de su vista, solamente quedaba la calle vacía y el silencio antes de entrar al Theotokos, entre el sopor y la tranquilidad a su alrededor se quedó regulando, hasta que alguien lo asustó por detrás.

- ¡Kouga! Me has asustado, estaba tan tranquilo.

- Eres muy niña, Souma – respondió el chico

- Si Yuna llegase a escucharte sabrías que le estás errando al concepto de "niña".

- Hablando de niñas, Haruto dijo que vio un pupitre con útiles que nunca había visto... ¿será posible? Lo que él había dicho días atrás...

- Esperaremos hasta el recreo.

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Había dejado sus útiles en el salón, había llegado muy temprano, creía pertinente dar un par de vueltas para conocer un poco más el establecimiento, le parecía enorme. Su escuela de Epiro no era como un gran palacio, esta sí lo era.

Sentía nervios, no sabía porqué, pensaba que quizás sus compañeros la ignorarían, ese no era el miedo principal que tenía en mente, era una ansiedad desconocida, ya que siempre le dio igual si sus compañeros la adoraban o no. Los nervios le dieron sed, había visto el bar del colegio pero no tenía ganas de ingresar allí, mejor bebería del dispenser de agua. Todo estaba tan silencioso, le daba miedo estar en un ambiente tan amplio y silencioso; tomó un sorbo de agua, dejó el vaso en su lugar y emprendió su marcha hacia el salón.

En medio del sórdido silencio del pasillo escuchó pasos apresurados, esos pasos se tornaron similares a un galope, alguien venía corriendo a toda velocidad, no sabía quién era pero mejor apartarse. Esa persona se acercaba y en la mitad del tramo empezó a resbalar, el piso recién lustrado por la mañana le estaba jugando en contra, ella no sabía para dónde correrse y evitar la colisión con el que venía cual Pegaso atravesando los cielos. La rozó por el hombro, ella se asustó y él detuvo su marcha:

- ¡Oh! Discúlpame. Es que estoy llegando tarde a mi clase de Gimnasia y todavía ni me he cambiado... – Observó un poco más su rostro y se sonrojó al ver que ella se quedó observándolo sin darle respuesta alguna. – Bien, adiós. – Continuó su camino corriendo apresuradamente.

- Eso estuvo cerca. - Lo dijo estando ya sola en medio del pasillo. Llegó al salón, todavía no estaban todos sus compañeros, decidió sentarse en su pupitre y esperar a que empezara la lección. Luego de varios minutos la profesora había llegado, todos la miraban, era el bicho raro de la clase; como lo supuso, tuvo que pasar al frente para ser presentada. "Ella es Aria Dalaras, chicos, sean buenos con ella". Todos la saludaron y la miraban como si en el Theotokos no existiesen niñas. Se sentó nuevamente en el pupitre, acomodó su mochila y miró por la ventana, realmente el Theotokos tenía jardines preciosos, podía contemplar ese jardín con sus rosas naranjas toda la mañana, la ventana estaba entreabierta, el aroma se filtraba delicadamente, eso le agradaba. Esas flores no se moverían, podría distraerse siempre que estuviera aburrida en clase, serían su compañía; continuaba mirándolas, como un relámpago fugaz pasó alguien, de cabellos verdes agua, nunca había visto a alguien con ese andar tan despreocupado, pero siguió mirando las rosas.

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- ¿Aria, dices? – preguntó Souma.

- Sí, así se llama, es una niñita muy tranquila, al parecer. – comentó Haruto.

- ¿Ha hablando alguien con ella? – preguntó Yuna

- Nadie, todavía. Y para serles sincero: es muy santa para mi gusto.

- ¿Muy santa? – preguntaron todos.

- Si, destila aroma a extrema bondad.

- ¿Y que eso no es bueno? – preguntó Ryuho

- Respóndeme una cosa: ¿hasta qué punto es tan buena la bondad?

- ¿Quiere decir que las prefieres delincuente? – preguntó Kouga en tono burlón.

- No. Lo que quiero decir es que no me parece terrenal su presencia personal, nada más.

- ¿Y cómo es? – preguntó Souma.

- ¡Ah! Lo había olvidado – saca del bolsillo su teléfono celular – logré tomarle una foto sin que se diera cuenta.

- ¡Yo me la he topado esta mañana antes de ir a la clase del profesor Harbinger! No parece mala. Esa niña no caerá por nadie, les cuento para que vayan sabiendo.

- En el Theotokos siempre hay alguien atractivo e interesante para cada muchachita, mi estimado amigo- Dijo Souma.

- Lo dices como si este colegio fuera un Club de Solos y Solas. – Acotó Yuna un poco molesta.

- Es más que eso... y no querría profundizar en la cuestión. – Yuna calló, miró a Haruto y dejó que la charla siguiera su curso.

- En fin, veremos ante los encantos de quién cae rendida Miss Bondad. – Dijo Souma decidido.

Todos estaban en el recreo, todos estaban en grupos, ella estaba sola, había almorzado dentro del salón. Si bien todos la habían invitado a almorzar ella rechazó todas las invitaciones, todavía no se sentía con ánimos de hacer amistades. Aún le quedaban unos veinte minutos para seguir explorando el establecimiento. Lo único que caminaba ya era puro parque, se había alejado un poco del ala correspondiente a la secundaria, avanzó un poco más y se encontró con una reja alta, muy trabajada, color verde oscuro, cubierta por una enredadera de orquídeas, no podía subir la reja, poco podía curiosear ya que la enredadera obstruía su vista; escuchó unas pisadas en el césped:

- Está prohibido pasar por ahí, si quieres ver lo que hay del otro lado tienes que entrar por la entrada de la otra calle. – era la voz de un chico, ella decidió darse la vuelta. Él la miró sorprendido ante esos ojos celestes que lo observaban con cuidado y timidez.