Los personajes no me pertenecen a mí, sino a la señora Meyer. La historia sí es mía.

Capitulo 12: Bebés y chinches

―Y entonces lo supe. Tenía que casarme con ella para que ningún otro tío me la quitara. ―dijo Edward―Así que fui a la joyería, le compré un anillo y le pedí que se casara conmigo justo en el baile de primavera delante de los chicos.

―Y muy a mi pesar, acepté. ―contesté con una sonrisa.

Nos encontrábamos cenando en San Antonio junto con Alice y Jasper y estábamos improvisando una historia sobre como Edward y yo empezamos nuestra relación amorosa. Por lo visto, nos habíamos conocido en la escuela donde ambos éramos profesores y yo me había resistido hasta que por fin accedí a tener una cita con él. Me llevó a dar un paseo por Central Park, luego a cenar y por último me acompañó a casa, donde no pude resistirme a sus encantos y le besé. Casi me atraganto al escuchar esto último. En la vida hubiera dado el primer paso. Pero claro, eso era algo que Edward no llegaría a saber nunca.

Alice y Jazz nos habían llevado a un elegante restaurante italiano y, aprovechando que era sábado, íbamos a ir al cine después a ver una de esas películas empalagosas que tanto adoraba Alice. Ella ya había decidido por nosotros y ninguno de los tres se atrevió a llevarle la contraria. El restaurante era uno de los más caros de la ciudad, y al parecer era el típico sitio donde solían acudir las parejas para celebrar aniversarios, pedidas de mano y otras celebraciones que implicaban grandes dosis de romanticismo y sensiblería. Habían pasado un par de semanas desde el incidente de la vaca y todavía escuchaba algunas risitas entre los trabajadores del rancho cuando pasaba por su lado.

― ¡Como en las películas! ―exclamó Alice, radiante de felicidad, mientras daba una palmada. Juraría incluso que asomaba alguna lágrima.

― ¡Tendrías que haber visto a las chicas! ―rió Edward mientras bebía un sorbo de su copa de vino ― Adolescentes en plena efervescencia hormonal que reían como tontas y deseosas de que algo así les pasara a ellas.

―Pobres niñas, no saben la que les espera… ―suspiré.

― ¡Oh, yo volvería a mis dieciséis años! ― rió Alice―Volver a ver el mundo de color de rosa, creer que la gente no hace daño, a creer en el amor …

―¡Oye, perdona! ―se quejó Jasper― No creo que te haya ido tan mal en el amor, ¿sabes?

―Claro que no, cariño, pero tienes que reconocer que con esa edad todo es maravilloso. No es hasta los dieciocho cuando la realidad te da de golpes en la cara.

Nos reímos. Hablar de la adolescencia me había puesto un tanto nostálgica. Y aún más sabiendo que mi vida como adolescente no había sido precisamente un camino de rosas. Quizás por eso ahora me había hecho de hierro. Quizás por ello ahora era invencible. O más bien, eso creía yo.

―Bueno chicos, os hemos traído por una razón muy especial para Alice y yo. ―empezó a decir Jasper― Cómo habéis visto, este es un sitio donde se celebran muchas ocasiones especiales y queríamos sorprenderos.

Miré hacia la mesa de al lado. En aquel momento una chica de unos veintitrés abría una caja y gritaba de emoción al ver un anillo de compromiso en su interior. A continuación besó con gran efusividad a su nuevo prometido mientras lloraba sin parar. Me estremecí. Realmente nunca me había planteado qué sería eso de que me pidieran matrimonio, pero me conocía bien y el hecho de pasar el resto de mi vida con alguien era un tema que me abrumaba bastante. Renunciar a mi independencia era algo a lo que no estaba dispuesta, al igual que a mi precioso apartamento o a mi libertad de tener sexo con cualquiera. Sin embargo, veía a Jasper y a Alice y no podía evitar sentir un poco de celos por ellos. Irradiaban muchísima felicidad y llevaban una perfecta vida llena de satisfacción y confianza el uno en el otro. Supuse que para algunas personas era más fácil, simplemente habían tenido la suerte de encontrar a una persona con la que compartir vida, planes y deseos. Y bueno, quizás había otras que sencillamente no estaban destinadas a encontrarla. Mucho me temía que yo pertenecía al segundo grupo.

Sacudí la cabeza. ¿Cómo podía desviarme tanto del tema? Habíamos venido para estar con Alice y Jasper y mi mente no dejaba de pensar tonterías. Decidí concentrarme a la conversación.

―Bueno, ¿y qué es eso tan importante? ¿Acaso piensas pedirme en matrimonio, Jazz?

―bromeó Edward ― Últimamente me miras mucho mientras corremos, picarón.

―Ya te gustaría a ti… ―respondió Jasper a carcajadas.

―La cuestión chicos ―comenzó a decir Alice― es que he descubierto la razón de mis malditas indigestiones. ―dio un gran suspiro mientras cogía la mano de su marido y sonreía con felicidad― ¡Estoy embarazada!

Abrí mucho los ojos, sorprendida y aturdida a la vez. Esas náuseas, el poco apetito de Alice, esas ganas de ir al baño constantemente… ¡Debí haberlo imaginado! Me había pasado varios años de mi vida interpretando las señales que veía a mí alrededor, pero un mes en Texas había sido suficiente para olvidar mis conocimientos. Inconscientemente me pregunté cuanto tiempo tendría que pasar para olvidarlo todo. Había conseguido desconectar tanto de Nueva York que estaba empezando a creerme mi vida ficticia en Texas. Me pregunté si a Edward le estaría pasando lo mismo, quizás se lo comentaría. Aunque claro, eso sería después, porque los grititos de felicidad de Alice interrumpieron mis pensamientos. Otra vez desvariando.

―¡Muchísimas felicidades a los dos! ―exclamó Edward sacudiendo a Jasper en el brazo mientras sonreía sin cesar. A continuación, me miró y me guiñó el ojo.

―Me alegro muchísimo ―sonreí mientras cogía a mi amiga de una mano― Vais a ser unos padres geniales.

―Gracias, chicos ―dijo Jasper emocionado― En realidad lo sabemos desde hace casi una semana, pero estábamos esperando el momento más oportuno para decíroslo.

―¡Estoy tan feliz! ―gritó Alice con voz aguda y dando palmaditas. A nuestro alrededor la gente miraba divertida.

―Cariño, ya sabemos que estás feliz, pero no hace falta que se entere hasta el cocinero del restaurante. ―le riñó Jasper cariñosamente mientras le pasaba un brazo por sus hombros. Alice le ignoró.

―Pensamos en decíroslo el mismo día que nos enteramos. En realidad yo ya lo sospechaba, ¿sabéis? ―Alice comenzó a hablar muy deprisa y tuve que prestar especial atención en no perderme― Tenía un retraso y llevaba un par de semanas encontrándome mal. Se lo comenté a Jazz y bajó al pueblo a por un test de embarazo. ¡Fueron los cinco minutos más largos de mi vida! Resultó ser positivo y el pobre Jazz no dejaba de llorar ―ella le miró divertida mientras él agachaba la cabeza, sonrojado. Edward y yo soltamos una carcajada sonora. ―Fui corriendo a ver al doctor ¡y el sinvergüenza casi ni me atiende!

―Era domingo y tú le llamaste a la hora de comer ―dijo Jasper razonadamente― Era lógico que el pobre hombre estuviera grosero.

―Eso no es excusa. ¡Era una emergencia! ―dijo Alice indignada.

―Cielo, no lo era. Gracias a Dios que fue amable y no llamó a la policía.

―Bueno, estoy embarazada y tengo derecho a estar cabreada. ―Alice se encogió de hombros― Ya sabéis, las hormonas.

Los tres reímos. Alice era encantadora hasta enfadada. Me imaginé al pobre médico siendo acosado por la loca de mi amiga y sonreí. Era imposible enfadarse con ella, a pesar de que sus enfados siempre resultaban ser más cómicos que dañinos.

―Bueno Alice, y ¿cómo te sientes? ―quise saber. En realidad, ya sabía la respuesta. Era la que daban todas las embarazadas: alegres, eufóricas, al mismo tiempo que asustadas y nerviosas.

―Oh, Bella ¡Estar embarazada es maravilloso! ―dijo mi amiga dando un chillido― Siento muchas cosas, aunque los cambios de humor son cada día peores…

―Que me lo digan a mí ―masculló Jasper. Alice le lanzó una mirada asesina, pero no añadió nada.

―Lo peor son las náuseas…¡y nada de matutinas! Duran todo el día.

―Se pasarán en unas semanas, cariño, ten paciencia ―la consoló Jasper. A continuación se volvió a dirigir a nosotros― Bueno chicos, ¿y vosotros qué? ¿No os animáis?

Edward, que en ese momento estaba masticando sus tallarines a la parmesana, se atragantó y comenzó a toser. Yo, desesperada por retrasar la incómoda respuesta que en breve tendría que darle a Jasper, me volví hacia él y le di palmadas en la espalda.

―Que te ahogas, cariño ―dije entre risas.

―Dios mío, casi muero del susto ―consiguió decir Edward mientras se golpeaba con suavidad el pecho. ―Esa pregunta es muy traicionera, Jazz.

―¿Por qué? ―preguntó el aludido.

Exhalé un gran suspiró y miré a Edward. Él asintió con la cabeza, confirmándome que tenía que improvisar otra historia. Otra mentira más. A este paso, iba a tener que hacer un diario con todo lo que nos estábamos inventando. Suerte que Cullen tenía un don para ser actor.

Pasamos una noche genial. Debo admitir que la película no estaba tan mal como me esperaba, aunque hubo algún momento de tensión entre Edward y yo en una escena de sexo entre los protagonistas, donde se escuchó un carraspeo de mi marido y un fuerte sonrojo por mi parte. Después del cine, volvimos a casa y Alice y Jasper nos prepararon unas copas de helado que degustamos con gran placer en el porche de la pareja. En cuatro preciosos sillones de mimbre rodeamos una mesa de cristal y estuvimos un par de horas más entre risas y charlas. Cuando Edward y yo decidimos regresar a nuestro apartamento eran casi las doce de la noche.

―Me parece maravilloso que vayan a ser papás ―comento Edward mientras caminábamos hacia nuestra casa.

―Sí es genial, debe ser una experiencia preciosa ―respondí.

―Estoy seguro que lo harán genial. Alice es muy dinámica y el niño nunca va a estar aburrido.

―Gracias a Dios que Jazz estará ahí para que el pobre no se vuelva loco.

Ambos soltamos una carcajada.

―Bueno, en general no ha estado mal la noche, ¿no? Apuesto a que todavía estás alucinando con mis dotes para crear historietas ―bromeó Edward mientras entraba en la casa. A continuación se dirigió hacia el salón y se quitó el pantalón y la camisa, dejándolos cuidadosamente en la silla, y se quedó en bóxer. Tuve que recordarme que tenía que seguir respirando si quería seguir con vida.

―Admito que estoy impresionada ―dije con una sonrisa, tratando de recomponerme ante su cuerpo semidesnudo ―No sé qué sería de nosotros sin tu creativa mente.

―Soy un partidazo, nena ―dijo muy pagado de sí mismo― Tienes suerte de estar casada conmigo.

Solté una carcajada y me dirigí hacia la habitación para coger mi pijama. Tras desvestirme y ponerme algo más cómodo para dormir, me dispuse a ir al cuarto de baño para lavarme los dientes. Me encontré a Edward en la puerta dispuesto a hacer lo mismo.

―¿Vas a entrar en el baño? ―pregunté.

―Sí, pero entra tú primero si quieres.

No le discutí. Estaba cansada y tenía ganas de irme a la cama, así que entré y tardé un par de minutos en cepillarme los dientes. Cuando salí me encontré de frente con él, pegándome un susto de muerte. Como no, mi encantador marido se rió.

―Me encanta ―se burló

―Idiota.

Su sonrisa se amplió y casi sin que me diera cuenta se acercó a mí y me dio un suave beso en la mejilla.

―Buenas noches, Bella

―Buenas noches, Edward.

No me moví ni un centímetro. Me tenía hipnotizada con sus ojos y su sonrisa y era incapaz de articular una palabra coherente.

―Podríamos estar aquí toda la noche.

―Oh lo siento, discúlpame. Que descanses.

Me aparté rápidamente y salí disparada hacia mi habitación. Maldito Cullen y sus encantos devastadores… ¡Iba a volverme loca! Abrí la cama y me metí entre las sábanas deseando quedarme dormida…

Estaba sentada en una playa. Era fácil de reconocer porque había ido allí cientos de veces cuando era niña: la playa de La Push. Mirar el mar me daba calma y serenidad, algo que no recordaba tener desde hacía años. Estaba abrazada a mis rodillas y sentía el Sol pegado a mi espalda. Hacía calor, pero no era desagradable ya que corría una encantadora brisa que refrescaba el ambiente de verano.

Fijé la vista hasta el horizonte y distinguí una figura conocida corriendo hacia mí. Era Edward. Corría y corría y a cada segundo que pasaba reconocía mejor sus rasgos: su pelo alborotado y bailando con el viento, su pecho fuerte y marcado envuelto en una camisa de seda azul marino y un pantalón blanco dejaba entrever sus piernas torneadas y firmes. Sonreí y él hizo lo mismo. Su sonrisa hizo que mi corazón latiera con fuerza y sentí la necesidad de ir corriendo en su busca y abrazarle. Sin embargo me quedé inmóvil, disfrutando de esa imagen tan placentera para mí.

En pocos segundos ya me alcanzó, se sentó a mi lado y me atrajo hacia él. Mi cabeza se fue directa a su pecho y noté como me daba un suave beso en la frente. Sonreí, llena de paz. No era suficiente, desde luego que no lo era. Me puse a su altura y le bese repetidas veces en los labios hasta que volví a la postura anterior.

Te he echado de menos ―susurró en mi oido. Yo le abracé por la cintura.

Y yo a tí . No puedo creer que estemos aquí por fin.

Tenemos que disfrutar de estos momentos. Recuerda que todo esto no es más que un sueño.

Lo sé, pero ¿por qué? ¿Por qué no estamos juntos?

Aún es pronto.

¿Pronto? Te quiero y quiero estar contigo. ¿Qué es lo que estamos haciendo?

Esperar a que sea el momento. Ahora debes tener paciencia, todo llega cuando tiene que llegar, créeme.

No es justo. No entiendo nada.

Ya lo harás, cariño.

Volvió a besarme, pero esta vez fue un beso más profundo. De esos que te dejan con ganas de algo más. Notaba su cuerpo igual de excitado que el mío y resoplé de pura frustración.

¿No podríamos…?

Todavía no, Bella. Te prometo que todo irá bien, pero tienes que esperar un poco más.

Asentí y me relajé. Pasamos un rato sin decir nada hasta que noté que Edward se tensaba mientras veía como un animal se acercaba hacia nosotros. Era un animal enorme, de color marrón oscuro casi negro y pude distinguir que se trataba de un lobo.

Ya están aquí.

Edward se levantó de un saltó y corrió en la dirección opuesta. Mientras, el lobo me miraba sin quitarme ojo de encima y sentí que iba a atacarme en breve. Volví a mirar por donde Edward se había marchado pero no había ni rastro de él.

¡No te vayas! ¡No! ¡No!...

Me sorprendí gritando en la habitación. Había sido un sueño muy real, tanto que me asustaba el haber sentido los labios de Edward sobre los míos con tanta claridad. Seguía asustada, pero entonces me di cuenta que los gritos no eran míos: procedían de la habitación de al lado.

Edward .

Salté de la cama, esperando lo peor. ¿Nos habrían encontrado los Vulturi? ¿Habían mandado a alguien para que descubrieran dónde estábamos? Siempre supe que sería Texas no era una buena idea, los Vulturi eran tan poderosos que nos encontrarían aunque nos mudáramos a una isla en mitad del Océano Pacífico. Pensé en Alice y Jasper. ¿Les habrían hecho algo malo para tratar de encontrarnos con vida? Dios mío, si ocurriera algo con ellos no podría soportarlo. Corrí hacía el salón y me encontré a Edward de pie semidesnudo, con cara de dolor y rascando cada parte de su cuerpo como si no hubiera un mañana.

― ¿Qué demo…?

― ¡Chinches!

Señaló hacia una esquina del sofá y efectivamente ahí estaban. Eran casi imperceptibles pero si te fijabas bien podías observar un montoncito negro de pequeños bichos muy unidos y moviéndose muy lentamente. Di un respingo.

―¡Qué asco! ―exclamé

―Me he despertado porque me ha empezado a picar todo―explicó―. Al encender la luz, me he fijado en que tenía todo el cuerpo cubierto de manchitas negras. Al principio pensaba que me había intoxicado con algo que hemos comido en el restaurante, pero entonces recordé que esto había sido antes una caballeriza y até cabos.

―Tenemos que decírselo a Alice y Jasper para que lo desinfecten todo.

―Lo sé, pero… ¿dónde voy a dormir esta noche? Es muy tarde para avisarles ya y evidentemente no voy a poder pegar ojo aquí…

Suspiré. No podía ser injusta, tendría que dejarle dormir conmigo. Resultaba bastante obvio que era imposible que durmiera en otro lado y, al fin y al cabo, aquella también era su casa.

―Puedes dormir conmigo ―dije mientras se me aceleraba el corazón.

―¿Lo estás diciendo en serio? Podría… no sé, poner una sábana en la bañera o algo así.

―No seas ridículo, Cullen, no voy a dejar que duermas en la bañera.

―Pero…

―Vamos, antes de que me arrepienta. ―Reparé en su ropa, más bien, en la ausencia de ella. Mi compañero estaba en bóxer― ¿No piensas ponerte nada encima?

―Sudo mucho mientras duermo, no puedo dormir con ropa. ―se encogió de hombros― ¿ Te incomoda mucho?

"Lo que me incomoda es el hecho de que tenga tantas ganas de tener sexo contigo y vayamos a dormir juntos"pensé mientras me sonrojaba vorazmente. Carraspeé.

―No bueno, no eres el único hombre semidesnudo con el que he dormido. ―dije para restarle importancia. Él soltó una carcajada.

―De acuerdo entonces.

Nos dirigimos hacia la habitación y me metí en la cama acurrucándome en la sábana. Él me imitó, situándose en el lado que quedaba libre. En seguida sentí su cuerpo pegado al mío y comencé a hiperventilar, así que decidí darle la espalda.

―Te advierto, Cullen, que como intentes algo volverás con las chiches.

― ¿De veras? ―se rió―Debería decirte lo mismo a tí.

― ¡Ja! ―bufé

―No soy yo quien se ha sonrojado antes ―soltó en tono burlón

―Ha sido por calor ―me excusé rápidamente. Maldito Edward y sus dotes para observar.

―Y yo pensando que me deseabas en tu cama…iluso de mí.

―Duérmete ya, tengo sueño.

― ¿No me das un beso de buenas noches?

―Piérdete.

―Está bien, lo haré yo, como buen marido.

Sin dejarme tiempo para reaccionar, se acercó a mí y me cogió por la cintura. A continuación me apartó el pelo de la cara y me dio un suave beso en la mejilla. Sentí tal escalofrío en mi espina dorsal que creía que iba a desmayarme.

―Buenas noches, Bella.

―Buenas noches.

Cuando se apartó y me dio la espalda estuve a punto de impedírselo. Me había sentido tan bien entre sus brazos que cuando se alejó no pude evitar sentir un vacío dentro de mí. Había perdido totalmente el control de mi cuerpo, estaba tan acelerada que me removí entre las sábanas y volví a girarme solo para distinguir su silueta en la oscuridad.

Su respiración se fue haciendo más y más pesada hasta que se quedo dormido en cuestión de segundos. Ojalá yo tuviera esa capacidad para entrar en brazos de Morfeo tan rápidamente y no tuviera estos pensamientos tan incordiantes. Resoplé frustrada. Iba a ser una noche muy larga.*

A la mañana siguiente y después de un maravilloso desayuno consistente en tortitas con sirope de chocolate y café recién hecho, Edward y yo nos dirigimos hacia la casa de Alice y Jasper para comunicarles lo que había ocurrido la noche anterior. Tuvimos que convencer a Alice de que lo más probable es que un domingo por la mañana no estaría abierta ninguna oficina de la ciudad, y mucho menos de ninguna que se dedicara a fumigar bichos, de modo que acordamos que aquella noche la pasaríamos allí.

Edward y yo hicimos una mini-maleta, donde guardamos una muda de ropa y nuestras pertenencias más básicas. Íbamos a compartir cama de nuevo€, ya que la única habitación de dos personas que había en casa de nuestros amigos era en la que normalmente se quedaban Carlisle y Esme cuando visitaban a su hija. Era una habitación preciosa con una cama de matrimonio más grande de lo habitual, de modo que me tranquilizó el hecho de que nuestros cuerpos casi no iban a rozarse. La noche anterior había sido un calvario, aunque me sentía muy orgullosa de mí misma al haberme controlado de esa manera. Ningún hombre había provocado ese efecto en mí.

Mientras preparaba la habitación con Alice, me asomé por la ventana de la habitación y pudé divisar a Jasper y Edward arreglar una gran mesa para el almuerzo. Al parecer, Edward iba a preparar unos deliciosos burritos mexicanos en agradecimiento a que nos hubieran acogido allí.

―Bella, ¿me estás escuchando?

Me volví hacia mi amiga, sentada en la cama y con expresión medio enfadada medio divertida.

―Lo siento, Alice, estaba distraída.

―Mirando a tu maridito, ¿eh? Es comprensible, yo también me distraería. ―soltó un carcajada. ― Te estaba preguntando que qué hacía Edward a esas horas en el sofá, ¿no dormís juntos acaso?

Me quedé sin palabras, realmente no había caído en ese detalle. Si le decía que no iba a levantar todas las sospechas, ya que no era normal que un matrimonio de recién casados no durmiera en la misma cama. Decidí inventarme una excusa, no tenía otra opción. Alice me miraba intrigada.

―Oh, no, no es eso, es que a Edward le gusta leer antes de ir a dormir y para no molestarme se va al salón.

Alice asintió y yo suspiré aliviada.

―De acuerdo, entonces me temo que va a estar una temporada sin poder hacerlo, a menos que prefiera leer en nuestro salón, claro.

― ¿Una temporada?

―Claro. Los fumigadores tardarán al menos un par de semanas en limpiar la casa y ese tiempo tendréis que pasarlo aquí.

―Oh, claro…No había caído en eso ―susurré.

Estuve a punto de pedirle que nos pusiera en otra habitación, pero me contuve. Si iba a tener que dormir dos semanas seguidas con Edward iba a tener que hacer uso de todo mi autocontrol y mi frialdad, cosa que cada día me resultaba más difícil. Aquel hombre iba a acabar con toda mi cordura.
**

Pasamos un domingo tranquilo viendo un par de películas y comiendo dulces y helados, al fin y al cabo, otra cosa no podía hacerse. Alice no paraba de pensar en nombres para niños y nos pasamos varias horas comentando los posibles nombres para la futura criatura. Tras la cena, decidí irme a la cama y Edward navegó un poco por internet en el portátil de Jasper. Se nos había prohibido terminantemente mirar en nuestro correo electrónico, así que decidió mirar las noticias y algo de deportes a través de la web.

Después de asearme un poco y ponerme un camisón fresquito, me dispuse a dormir. Edward estaba tirado en la cama con el portátil entre sus piernas, pero cuando yo llegué lo cerró y se metió entre las sábanas, de nuevo, en bóxer.

―Me muero por actualizar mi Facebook ―dijo frustrado mientras se acomodaba en la almohada. Yo me reí.

―Según Rosalie, las redes sociales son un peligro para las relaciones sociales y la seguridad personal.

―¡Venga ya! Es divertido eso de cotillear la vida de la gente…―respondió Edward―Rosalie es una aburrida.

―Bueno la psicóloga es ella, no yo. ―contesté.

Edward se encogió de hombros y se tumbó completamente en la cama. Yo le imité, apagué la luz y me tapé con una fina sábana a pesar del horrible calor que hacía. Era preferible eso que el estar en contacto con él.

―¿Tienes frío? ―preguntó en la oscuridad.

―No, ¿por qué?

―¿Entonces por qué te tapas con la sábana?

―Bueno, es costumbre…

―Costumbre…ya ―soltó una risita y a continuación se pegó a mí, pasando su brazo por mis hombros. Involuntariamente, le pasé la mano por su cintura y me acomodé a él.

―¿Por qué haces esto? No tenemos que fingir ahora mismo.

―Te abrazo porque quiero ―contestó―Y veo que tu no opones resistencia.

―Tengo demasiado sueño como para oponerme a nada

Eso era cierto, pero la verdadera razón era que no podía sentirme mejor. Y ya no hablaba de deseo o de ganas de tener sexo con él a todas horas. Era algo más profundo, algo más íntimo. De esas cosas que solo te pasan con una persona cuando descubres que es una en un millón, que es única, que no puedes pensar que puedes estar con alguien mejor porque ella es la mejor. Entonces de repente me dí cuenta y me asusté. Así era como me había descrito Alice lo que era el estar enamorado de alguien.

Todos estos sentimientos que mi compañero estaba provocando en mí…

¿Sería amor?


Hola gente! Bueno he tardado poco esta vez, ¿no? Al menos no tanto como el anterior capítulo. Espero que os haya gustado, yo desde luego me he reido un monton al escribirlo :)

Espero vuestros reviews con vuestras opiniones, ¿vale? Un besazo suuuuuuuuuuuper grande para todas y agradeceros vuestros apoyo porque sin vosotros, esto no seria lo mismo.