Capítulo 12: La vocación de Kagome
- Me aburro mucho… - murmuró Inuyasha- ¿por qué sale tan tarde de clase, Kagome?
- Todos los del turno de mañana salen a las dos de clase, Inuyasha- le sonrió la madre- ¿por qué ya no trabajas de mañana?
- Porque entonces cuando yo vuelvo a casa Kagome se va a trabajar y casi no nos vemos…
Sonomi sonrió enternecida por la contestación de Inuyasha y entendiendo a la perfección cómo se sentía y pasó la página de su revista. El día anterior había librado por lo que estuvo haciendo una buena limpieza para que en ese día pudiera descansar bien antes de irse a trabajar. La idea era dedicarse sólo a hacer la comida en ese día pero entonces, una fantástica idea cruzó su mente. Acabaría cansada pero estaba segura de que divertiría a Inuyasha. Además, necesitaba hacer algo antes de que esa revista de culebrones la acabara volviendo loca.
- Inuyasha, ¿me ayudas a ordenar el almacén?
Inuyasha la miró sin comprender. ¿Almacén?, ¿qué almacén? No tenía ni la más mínima idea de a qué se podía estar refirieron Sonomi pero aún así asintió y se levantó para seguirla a cualquier parte que le llevara. A Kagome le faltaban más de dos horas así que no perdía nada por entretenerse ayudando a aquella mujer. Agarró los trapos y todos los utensilios de limpieza con los que le fue cargando y la siguió al exterior de la casa. Ella lo llevaba hacia los templos y por un momento sintió miedo de que el abuelo le viera cerca de su lugar sagrado de rezo pero por suerte, el abuelo estaba muy ocupado fabricando esos dichosos amuletos falsos.
Se detuvieron delante de uno de los pequeños templos que rodeaban el principal y vio como ella sacaba una llave para abrir el candado que lo cerraba. La puerta chirrió al abrirse y luego salió una gran humareda de polvo.
- El almacén está peor de lo que me imaginaba- dijo Sonomi- aquí hay mucho trabajo.
Inuyasha se tapó la nariz por la cantidad de polvo que le estaba atacando y observó con creciente interés las cajas en el interior de aquel almacén. ¿Qué habría dentro?
- Lo primero será sacar todas las cajas y luego limpiar las telarañas del techo- fue diciendo Sonomi- luego habría que darle una pasada rápida a las paredes con un trapo y por último barrer y fregar el suelo.
- Entonces, tenemos mucho trabajo.
- Sí- suspiró- ayúdame a sacar las cajas y mientras yo limpio el almacén, tú las limpias.
El hombre asintió obedientemente ante la orden de la madre y entró con ella para sacar las cajas. Sonomi no tuvo que mover un solo dedo para ayudarle con aquellas pesadas cajas porque sorprendentemente, él pudo levantarlas y cargarlas hasta el patio sin hacer el menor esfuerzo. Tardó menos de diez minutos en vaciar el almacén entero y dejó que la mujer se adentrara una vez que le hubiera prometido llamarle si se sentía muy abrumada con el trabajo. Él empezó a limpiar a cajas.
Iba por su segunda caja cuando descubrió que aquella no estaba precintada. Sintiendo cierto interés, la abrió y se encontró un montón de libros. Abrió uno y suspiró emocionado por lo que sus ojos veían. Aquella era la madre de Kagome, la reconocería en cualquier parte y estaba mucho más joven, parecía de la edad de su hija. También vio a un hombre que era la viva imagen de Kagome y de Souta. Parecía muy alto, casi tanto como él, era un hombre de complexión fuerte pero no estaba nada gordo, el cabello azabache era idéntico al de Kagome pero era tan liso como el de Souta y sus ojos, sus ojos sin duda alguna eran los preciosos ojos que había heredado Kagome. Aquel hombre, sin duda alguna, era su difunto padre. Sonrió al ver lo feliz que parecía la pareja hasta que se cruzó ante sus ojos la imagen de un bebé, una preciosa niña envuelta en una manta. Reconocería a Kagome en cualquier parte y a cualquier edad. Ella había sido bonita desde que nació, no recordaba haber visto nunca a un bebé tan bonito y tan delicado. Además, los padres la observaban con tal adoración que por un momento la imagen de su madre se cruzó por su mente. Ella también le miraba así, en sus recuerdos se veían como ellos.
- Inuyasha, ¿cómo vas?
El hombre no tuvo tiempo de esconder el libro que había estado fisgoneando cuando apareció la mujer.
- Yo… esto… no pretendía…
- No importa, Inuyasha- sonrió- hace mucho que no vengo a ver esas fotos- suspiró- me recuerdan tanto a Takeo que no soy capaz ni de ver a mi Kagome de niña…
- Lo siento…
- Souta no pudo conocerle- le contó- murió cuando sólo tenía tres añitos… - murmuró- por eso no le echa tanto de menos pero Kagome… ella se siente tan culpable…
- ¿Culpable?- le preguntó sin entender- ¿por qué?
- Eso no tiene importancia ahora- le sonrió- mira- rebuscó dentro de la caja- aquí hay un álbum precioso en el que salen montones de fotos de Kagome…
Aquella frase le distrajo por completo de todas sus curiosidades. La idea de ver a Kagome con todas las edades de su vida, era demasiado tentadora. Agarró con entusiasmo el álbum que le pasó Sonomi y empezó a pasar las hojas observando con detenimiento cada foto, cada recuerdo. Fue tan emocionante ver la primera vez que anduvo Kagome, el momento en el que dijo su primera palabra, su primer cumpleaños, su primera muñeca, su primer día de colegio, etc. Todas las imágenes eran fascinantes y no podía pensar más que en ver muchas más. Entonces, Sonomi le pasó otro álbum y se lanzó sobre él como un animal a su presa. En él, aparecían fotos de una Kagome adolescente comenzando a desarrollar. Se veía realmente hermosa pero nunca parecía divertirse. Había fotos suyas haciendo deberes, estudiando en su habitación, junto a una biblioteca con una matrícula, hablando con profesores y fotos familiares… pero ella ya no salía jugando en las fotos, no parecía hablar con nadie o por lo menos, no parecía querer divertirse con nadie. ¿Cómo una niña que había estado en cientos de fotos jugando con decenas de niños, podía querer quedarse tan sola de repente?
- ¿Por qué ella no se divierte?
- Inuyasha…
- Ella no sale con esas amigas que tiene, ya no juega…
- Sólo ella puede contestarte a eso.
Ella lo sabía, estaba completamente seguro de ello pero no se lo diría, no lo haría porque una vez más consideraba que era el derecho y privilegio de Kagome y conociendo a aquella mujer, lo más seguro era que tuviera razón. Kagome, tenía derecho a tener cierta intimidad y por más que le doliera si no quería contarle algo, debía aceptarlo pero no se quedaría sin saberlo por no preguntar. En cuanto volviera, bueno, después de pasar un rato con ella, le preguntaría.
- Voy a volver a entrar para seguir limpiando, Inuyasha.
- De acuerdo.
Inuyasha agarró de nuevo el trapo que estaba utilizando y tras sacudirlo se volvió hacia la siguiente caja para limpiarla pero se detuvo en seco. Sobre la caja había una especie de rectángulo de color negro. No sabía lo que era pero estaba seguro de que sería algo tan interesante como aquellos libros. Se acercó con cautela y lo agarró percatándose de que estaba dividido como en dos. Se podía abrir como esas carpetas que tenía Kagome en su habitación y usaba tanto. Deshizo el nudo que encontró tras unos segundos de búsqueda y abrió la carpeta quedándose sin aire por la impresión.
Eran dibujos, muchos dibujos y todos estaban firmados por Kagome, ella siempre escribía esos caracteres incomprensibles para él cuando hacía un trabajo. Había dibujos de fruta, de flores, un puente que pudo reconocer, animales y algunos de personas. Sintiendo la adrenalina recorrerle por todo el cuerpo, corrió hacia el interior del almacén con la carpeta en las manos.
- ¡Sonomi!
- ¿Sí?
- Mira esto.
Inuyasha se detuvo en seco junto a ella y abrió la carpeta mostrándole los dibujos que había encontrado.
- ¡Oh!- exclamó la mujer- encontraste los dibujos de Kagome.
- ¿De verdad los hizo ella?
- Por supuesto- le aseguró- Kagome dibujaba mucho cuando iba a secundaria pero un día guardó su carpeta y sus pinturas aquí y no volvió a pintar.
- ¿Por qué?
- Supongo que quiso dejar la pintura para ser doctora… - suspiró- a veces veo cómo dibuja sobre las servilletas o en los márgenes de los cuadernos- sonrió- estoy segura de que sigue gustándole.
- ¡Tiene que volver a pintar!- insistió- ella lo hace muy bien.
Sonomi le sonrió y le dio una suave palmada sobre el hombro a modo de consuelo.
- Ella lo dejó, Inuyasha. Ya no quiere seguir pintando.
- Sí que quiere, tiene talento y necesita que la apoyemos.
- Yo apoyaré a Kagome en lo que sea pero no la presiones- le advirtió- o se enfadará contigo.
Inuyasha asintió con la cabeza y se dirigió de nuevo hacia el exterior para limpiar bien el polvo de aquella carpeta. Después de comer se la enseñaría y le pediría que volviera a dibujar.
…..
- La cardiopatía isquémicaes l aenfermedad ocasionada por la arteriosclerosis de las arterias coronarias, es decir, las encargadas de proporcionar sangre al músculo cardíaco (miocardio). Laarteriosclerosis coronaria es un proceso lento de formación de colágeno y acumulación de lípidos (grasas) y células inflamatorias (linfocitos). Estas tres causas provocan el estrechamiento (estenosis) de las arterias coronarias.
Odiaba dar clase con aquel maldito profesor. Finalmente, le había puesto la matrícula en el trabajo salvándola de pagar la asignatura pero eso seguía sin compensarla por el alto nivel de aburrimiento que se respiraba en sus clases. Además, tenían clase con él a última hora. Algunos alumnos se turnaban para quedarse a coger apuntes uno cada día, otros pagaban por los apuntes, otros se marchaban y no volvían hasta el día del examen, otros se quedaban e intentaban copiar como hacía ella y luego había otros que a pesar de quedarse, caían presos del sueño.
- Este proceso empieza en las primeras décadas de la vida, pero no presenta síntomas hasta que la estenosis de la arteria coronaria se hace tan grave que causa un desequilibrio entre el aporte de oxígeno al miocardio y sus necesidades. En este caso se produce una isquemia miocárdica (angina de pecho estable) o una oclusión súbita por trombosis de la arteria, lo que provoca una falta de oxigenación del miocardio que da lugar al síndrome coronario agudo (angina inestable e infarto agudo de miocardio).
Se empezaba a sentir cada vez más agobiada por el rollo que le estaba echando, por la falta de tiempo para copiarlo sin fracturarse la muñeca y porque sinceramente, quería marcharse ya a su casa para poder ver a Inuyasha. Se le estaba acumulando todo en la cabeza y cada vez empezaba a notar más el peso de los exámenes sobre sus hombros. Tal vez debiera tomarse unas auténticas vacaciones en ese año en vez de pasarlas repasando todo lo que había dado en el año. Ese verano lo disfrutaría junto a Inuyasha.
- La cardiopatía isquémica es una enfermedad que se puede prevenir de forma significativa, si se conocen y controlan sus factores de riesgo cardiovascular. Los principales son: Más prevalencia en personas…
Fue interrumpido por el sonido de las sillas arañando el suelo. Ya eran las dos y ningún alumno en esa clase estaba dispuesto a pasar un solo minuto de más en esa aula con aquel profesor. El profesor suspiró viendo a sus alumnos marcharse y se encogió de hombros soñoliento. Entonces, vio en la puerta a un compañero de su facultad y le saludó con la mano. Éste correspondió al saludo pero evitó acercarse para que no le entretuviera.
Kagome se colgó su bandolera como ya era costumbre y miró con cinismo el puesto que deberían haber estado ocupando sus amigas. Al parecer decidieron faltar a clase para ir a comprar zapatos porque aquel profesor era un rollo. Suspiró y se dirigió hacia la salida deseando llegar de una buena vez a su casa.
- Higurashi.
Se detuvo al escuchar su apellido, rezando para que no se tratara de aquel maldito profesor.
- ¿Sí?
Al volverse suspiró aliviada. Se trataba de Makoto Saionji, su profesor de neurología del año anterior. Se había librado por los pelos de que fuera el otro.
- ¿Podemos hablar un momento, Higurashi?
- Claro, profesor.
Era algo extraño que quisiera hablar con ella puesto que ya no era su profesor pero teniendo en cuenta que él siempre había presentado un especial interés por sus estudios, a lo mejor sólo quería preguntar. En el año anterior llegó hasta a presentarse en su casa sin avisar y quedarse a cenar con ellos. Le preocupaba demasiado su carrera y no lograba entender el por qué.
- ¿Puedes dejarnos solos, Ikuto?- le preguntó Makoto- necesito hablar a solas con la alumna Higurashi.
- El profesor Ikuto le miró con cara de pocos amigos y luego se marchó de su propia clase obedeciéndole tan solo por su posición un tanto superior a la suya en la facultad.
Makoto se apoyó contra la pared con las manos metidas en los bolsillos y se quedó mirándola fijamente. Ella, por primera vez, se fijó en su físico. No era feo, la verdad. Juraría que era más alto que Inuyasha pero no poseía su musculatura, era muy delgado. Tenía el cabello castaño muy fino y unos preciosos ojos verdes pero la nariz no le favorecía demasiado. Por un momento, le recordó a Adrian Brody.
- ¿Qué desea, profesor?
Él enarcó una ceja y luego recorrió su cuerpo de los pies a la cabeza. Eso la puso muy nerviosa.
- Lo que yo desee en este instante no es lo que me ha traído aquí, Kagome- sacó las manos de sus bolsillos- me gustaría que colaboraras en un proyecto neurológico conmigo.
- Mi especialidad es la cardiología,- le contestó- no es mi campo y no tengo tiempo.
- Tranquila, no necesito que pienses, ni que estudies neurología… - rió- Dios sabe que tú cabecita ya piensa demasiado sola- se irguió- necesito que colabores con algún escáner…
- No- se negó- el año pasado ya le dije que me negaba y me mantengo.
No es que tuviera nada que ocultar. Ella nunca se había hecho un escáner y no creía que tuviera nada muy diferente a los demás pero es que ella era claustrofóbica y a pesar de que no estuviera encerrada, se sentía encerrada en aquella máquina. Una vez, intentó hacerse un escáner en la intimidad de un sábado por la mañana pero tuvo que salir corriendo y se pasó horas intentando normalizar del todo sus constantes. Sin duda alguna, no se haría ningún escáner. Si ni siquiera era capaz de subirse a un ascensor sin que le temblaran las rodillas.
- Me temo que debo insistir- le dijo- serías de gran ayuda…
- Lo siento pero no- le repitió- busque a otra persona.
- Kagome, por favor- insistió- tienes que ser tú.
- Hasta otra, profesor.
Se dio media vuelta dispuesta a marcharse pero de repente sintió unas manos agarrando su brazo y fue lanzada contra una pared. En menos de dos segundos, tenía sus muñecas atrapadas por las manos del profesor Saionji y se encontraba atrapada entre la pared y su cuerpo.
- Kagome, no lo entiendes… - la miró a los ojos- te necesito, a ti y sólo a ti…
- Yo no…
Fue interrumpida por los labios del profesor, por su lengua intentando hacerla sucumbir y sintió como las lágrimas resbalaban a lo largo de sus mejillas. Ni aunque le pagaran hubiera correspondido a aquel beso y él debió de darse cuenta porque rompió el beso y la miró horrorizado, la miró como si le hubiera rechazado y de hecho, ella le había rechazado. No deseaba tener nada que ver con aquel hombre. Resentida y enfadada alzó su rodilla y le dio una patada en la parte que sabía que más le dolería. Él chilló de dolor y la soltó. Ella aprovechó para apartarse de la pared y corrió hacia la puerta pero se detuvo en el umbral.
- No vuelva a acercarse a mí nunca, ¿me entiende?
No esperó a que él contestara, salió corriendo a través de los largos pasillos de la universidad y entró en el baño. Abrió el grifo de unos de los lavabos y empezó a escupir mientras sollozaba y murmuraba cosas sin sentido. Aquel beso le había causado repugnancia, acababa de perderle el respeto a un profesor que admiraba y ni siquiera podía denunciarle porque no sólo no había nada que probara lo ocurrido sino que además, no era ilegal que un profesor de universidad intentara ligar con una alumna. Se supone que ambos son mayores de edad.
- ¡Ey, nena!- dijo una voz femenina a su espalda- ¿necesitas uno?
Kagome se giró encontrándose con una chica con muy mala pinta ofreciéndole tabaco. Miró la caja, a la chica y luego salió corriendo del baño.
…
- Estaba todo muy bueno, Sonomi.
- Sí, mamá- continuó Souta- hoy te has lucido.
- Mi hija es una experta en la cocina.
Sonomi se sonrojó ante los elogios de todos los hombres y les agradeció encantada tanto peloteo. Entonces, se volvió hacia su hija percatándose de que ella no le dijo nada. No es que deseara que fuera todo el mundo detrás de ella inflándole el ego, es que era muy raro en Kagome. Estaba tan callada que era imposible no darse cuenta de que le ocurría algo y por cómo la miraba Inuyasha, él también debía de haberse dado cuenta.
- ¿Te ha gustado, Kagome?
La única intención de aquella pregunta era que Kagome dijera algo de una buena vez.
- Sí, mamá- recogió su plato- estaba muy bueno, como siempre.
La muchacha se levantó cargando su plato y rodeó la mesa para coger también el de Inuyasha, el de su hermano y el de su abuelo. Los tres hombres la observaron sospechando algo. Los tres sabían que le ocurría algo a Kagome y los tres estaban dispuestos a pegar al canalla que hubiera osado dejarla en esas condiciones.
- Voy a estudiar un poco antes de ir a trabajar.
El abuelo fue el primero en levantarse e ir tras ella. La interceptó cuando aún estaba en la cocina y sacó uno de sus amuletos de entre sus ropas.
- Este amuleto es para ti, Kagome- le dijo- es muy especial porque es una perla auténtica- le explicó- y está hechizado para protegerte.
- Ojala sea cierto… - murmuró- gracias, abuelo.
El abuelo sintiendo que había fracasado se dio media vuelta y se volvió hacia el salón en busca del consuelo de su hija. Kagome mientras tanto, se guardó el amuleto en un bolsillo y cogió el pasillo para ir a su habitación, encontrándose a su hermano pequeño al pie de la escalera.
- ¿Me dejas pasar, Souta?
- Claro, hermanita- sonrió- pero antes- le impidió pasar- tengo algo para ti.
Souta se sacó un sobre de su chaqueta y se lo ofreció. Lo cogió con algo duda y lo abrió descubriendo que estaba lleno de calendarios con chicas desnudas. Frunció el ceño y ante la mirada atónita de Souta rompió el sobre en varios cachos con los calendarios rotos. Souta sollozó por la gran pérdida y porque había fracasado intentando ayudar a su hermana.
Kagome suspiró agotada por las tonterías de su hermano y se dirigió hacia su habitación. Agarró el pomo de la puerta y la abrió dispuesta a irse en primer lugar a la cama a descansar cuando se encontró a Inuyasha y una carpeta que conocía demasiado bien sobre la cama.
- Mis dibujos…
- Esta mañana ayudé a tu madre a limpiar el almacén y los encontré- los señaló- son increíbles.
Kagome se sentó en la cama y abrió la carpeta para volver a ver sus dibujos. No estaban mal pero tampoco eran obras de arte. Le traían tantos recuerdos, tanta nostalgia, tantas sensaciones…
- Deberías dedicarte a pintar y no a la medicina- le dijo- seguro que también ganas mucho como pintora.
No pudo evitar reír ante su comentario.
- Inuyasha, no me malinterpretes- le dijo- yo no estoy estudiando para ser doctora sólo por dinero- le explicó- también me gusta la medicina porque así puedo ayudar a otras muchas personas- agarró un dibujo d en paisaje- y es innegable que adoro pintar pero no puedo distraerme ahora.
- ¿Por qué?
- Porque ya casi he terminado con mi carrera- le dijo- sólo me queda un año y cuando sea doctora y tenga un trabajo me pagaré una academia de dibujo para seguir dibujando.
- No necesitas ninguna academia- le aseguró- tu técnica ya es perfecta.
Kagome volvió a reír ante su comentario y comenzó a juguetear con sus utensilios de dibujo. Hacia tantos años que no tocaba todo aquello que casi se le hacía hasta extraño, como si nunca hubiera pintado. Entonces, se le ocurrió una gran idea.
- Inuyasha, ¿me dejarías pintarte?- se levantó- ahora.
- Claro que sí- sonrió- me desnudaré.
- No hace falta- le detuvo con las mejillas sonrojadas- así estás bien.
- Pero estaré mejor desnudo.
Inuyasha lo había conseguido. Su arrogancia, su prepotencia, sus aires de macho ibérico, sus comentarios jocosos, su intento por volver a llevarla hacia el camino que a ella más le gustaba,… le había hecho olvidar lo mal que se estaba sintiendo por aquel desgraciado incidente y no hacía más que provocarle una sonrisa tras otra. Admitía que le daba cierta vergüenza pintarle desnudo pero ella era una artista o así la llamó él y los artistas, nunca debían sentir vergüenza por lo que dibujaban.
Ella se veía feliz de nuevo, entusiasmada mientras le dibujaba y sus mejillas sonrojadas le parecían encantadoras. Kagome volvía a ser ella misma, él había ganado el premio. Ahora bien, la interrogante sobre la muerte de su padre todavía le acosaba. Quería preguntarle por qué Sonomi parecía demasiado dolida para hablarlo (y era normal) pero no se atrevía. Algo le decía, una voz dentro de él, que debía guardar silencio y no meterse en ese asunto. Aunque al margen de todo aquello, también debía averiguar qué era lo que la había llevado a casa tan deprimida. A Kagome le pasaba algo y si ella no lo decía, reclutaría a su madre con él y ambos irían a investigar a la universidad.
Continuará…
