Segundo a segundo, los latidos se hacían lentos, la visión se nublaba, la respiración se relajaba hasta el punto de poder sentir su pecho insuflado como un globo. A esas alturas, para nada importaba el tiempo o el espacio.

Un cosquilleo le recorría la boca, bailando en su paladar, saltando hacia su mucosa, forzando sus encías, no le costó nada sonreír, se sentía flotando sobre una barcaza o un tal vez un pedazo de madera de un naufragio, pues sentía la humedad en su espalda. El sonido se podía resumir a un zumbido constante, como el de una abeja volando cerca de su oído, los colores eran intensos.

Así, mientras flotaba hacia quién sabe dónde, delicadamente movía sus cascos sobre la superficie, solo para encontrarse con otros cascos que le sujetaron.

- Sabía que estabas allí. – Dijo, su boca parecía estar derritiéndose; pero de todas formas hablaba como podía, dominando una lengua que ya ni sentía para pronunciar las palabras de forma extraña.

Otro zumbido, más acuciante. Los cascos le tomaron por el pecho. Poco importaba que varios cuerpos inescrutables se movieran azarosamente a su alrededor, dilatándose y contrayéndose, moviéndose en espiral o círculo. Entonces sus ojos se encontraron con una potranca; debía tener entre nueve a once años, no le calculaba más que eso; su pelaje era de un naranja pálido, con manchas blancas sobre sus cascos y una línea que bajaba por su frente hasta perderse en su hocico. Sus ojos verdosos le observaron; tenía una melena y una cola de pelo delgado no tenía un peinado, se movían libremente con un viento que se apareció de repente, llevando también hojas secas a caer sobre una superficie líquida que le rodeaba. Éstas revoloteaban alrededor de la potra.

Un brillo peculiar llenaba sus ojos. La pequeña sacudió la cabeza debido a un estornudo y pronto se acercó al corcel con una sonrisa tierna y unos dientes de perla. Sus cascos delanteros se abrieron y la yegua le abrazó. Sin entender bien qué estaba pasando, Sunburst notó que ella comenzaba a resquebrajarse como una hoja seca. Perdiendo consistencia, su cuerpo entero comenzó a deshacerse, en un instante, desapareció, convirtiéndose en un montón de hojas que cayeron moviéndose junto con el viento y provocando ondas al tocar el agua por demás extraña en la cual flotaba.

Un sollozo quedó en la inmensidad de aquel espacio, uno que cerca estuvo de congelarle el corazón. Sus párpados se calentaron y, cuando menos lo esperó, los cerró. Todo se hizo difuso, una luz fuerte ascendió sus ojos de repente. Sintiendo un ardor en sus párpados y una pesadez en todo el cuerpo, se esforzó en que sus ojos se acostumbraran. Moviendo su cabeza de un lado a otro, trataba de hallar algo familiar a medida que sus ojos comenzaban a reconocer el color blanco de unas sábanas, una cortina celeste.

Ni una corriente de aire… aquel lugar definitivamente no era Forbidden Jungle. Giró la cabeza, frente a las grandes ventanas, por las cuales transitaba toda esa luz, se encontraba sentada sobre una silla la figura lila de una yegua que reconoció de inmediato. No supo qué palabras articular, guardó silencio por unos segundos, observándola mientras leía una revista. Fue cuando ella le observó, que una sonrisa invadió su rostro, más porque ella lo hizo primero que por otra cosa.

La yegua se acercó al corcel.

- Por fin despiertas. Nos diste un buen susto.

Una pegadiza canción, proveniente de una radio cercana, daba una pauta de dónde estaban. Era una mañana muy soleada. Pero, en ese instante, solo tenía ojos para su mejor amiga.

- Qué pasó Starlight.

- Verás. – La expresión de la yegua cambió drásticamente, ni siquiera pudo mirarle a la cara. – tu casco derecho fue envenenado con una cerbatana, hice todo lo que pude para traerte lo más antes posible… te salvaron, pero tuvieron que amputar tu pata.

El corcel se quedó sin habla, por un momento se congeló en el tiempo, su boca entreabierta fue el anticipo de la pronta exasperación que pareció apoderarse de él. Con suma velocidad levantó con su magia la sábana que le cubría, para observar la extremidad faltante.

Uno, dos, tres, cuatro… todo estaba en su lugar. Incrédulo, levantó la vista para observar a Starlight con una risa que, sin saber cómo, se le contagió. Jugar bromas demasiado pesadas, típico de Starlight. Mas, en ese instante, no podría haberlo disfrutado más. Los ojos de la yegua situados en él mientras sonreía, casi transmitían una paz interior.

- No olvides que me debes un desayuno en la cama.

- Jamás me diste tu sangre.

- Sí lo hice. – Respondió la yegua, levantando su casco para señalar el tripie portasueros que sostenía una bolsa de suero llena, así como otra de sangre a punto de vaciarse. – Así que, me debes un desayuno, y debe ser antes del viernes.

- ¿Por qué? – Cuestionó el corcel con un tono de voz más bajo.

- Porque debo irme a Ponyville.

- Qué día es hoy, por cierto.

- Martes.

Un leve dolor de cabeza repentino evitó que el corcel se concentrara en la yegua y aquella conversación. Aunque no tardó en volverse a fijarse en el rostro de su mejor amiga, llevaba una sonrisa y una identificación en el cuello. Entre sus muchos cambios, el peinado era de sus favoritos.

- Sun, todo el viaje ha sido una experiencia de lo más rara. Y yo sé de cosas raras.

- Recuerdo tu fijación con lo gótico. – Dijo el corcel entre risas, la yegua con sarcasmo, dio una risita de mofa. – Ya enserio, dime, qué pasó… apenas recuerdo algo de lo que pasó.

- ¿Por dónde comenzar? Ya lo tengo. Hace tres semanas.

- ¡¿Tres?!

- Sí, has estado como un bello durmiente todo este tiempo. Te despertabas a veces ¿Realmente no recuerdas nada?

- No, me gustaría hacerlo.

- Mejor olvídalo, cuando lo hacías, generalmente era para comer o vomitar. – La expresión de asco de la yegua era genuina. – Me debes demasiado Sun.

- ¿Y qué pasó?

- Pues… estuvimos en medio de una guerrilla. Lo sé, fue demasiado loco. – Starlight se mostraba desconcertada, así como él lo estaba. – No recuerdo bien los detalles; pero básicamente fue entre el bosque Everfree y otro bosque. Twilight ha partido como intermediaria junto a Celestia. Si quieres saber más, pregúntale cuando vuelva.

- ¿En serio?

- Tan cierto como que mi casco que está aquí. – Señaló la yegua levantándolo para que el corcel pudiera verlo. – fue rociado por ti en más de una ocasión. Cielos Sun, todavía siento ese terrible olor.

- Lo siento. – Expresó el corcel tratando de refugiarse nuevamente en la almohada.

- Sé que tú hubieras hecho lo mismo por mí. Tampoco es la primera vez que te vi en mal estado.

- No es mi culpa tener malas defensas.

- Y mira que atreverte a vivir en una región fría. – Interpeló pronto la yegua levantando la ceja.

- Allá hay libros que no han sido abiertos en cientos de años… - Dijo el corcel con una risa cómplice.

- Ay tú y tus libros. – Agregó la yegua mirando al corcel. – Y dime ¿Te sientes mejor?

- Bastante, apenas puedo ver algo de lo que pasó, te recuerdo a ti y después, estaba sobre la pirámide y solo escuchaba zumbidos.

- Sun, una jabalina con veneno llegó a tu pata. –Explicó la yegua, señalando con el casco el lugar preciso donde ingresó. – Era de Cutel o Colt algo.

- Coatl. A su veneno le dicen el suspiro de la muerte. – Reflexionó el corcel sin dejar de ver su pata. – ¿Me mordí la lengua?

- ¿Y tú de dónde sabes eso?

- Una de mis lecturas nocturnas. – Sunburst comenzó a mover su lengua, a tratar de doblarla sobre sí misma para ver si tenía alguna herida. Peno no halló nada en absoluto.

- Te ves gracioso; y no, yo te cerré la boca con magia durante todo el viaje.

- ¡Oh gracias Starlight! – Exclamó el corcel con alivio.

- No fue nada.

- Sí, sí lo fue. Si no me mantenías la boca cerrada, me hubiera cortado la lengua de tanto morderla. Muchos relatos hablan de eso. – Explicaba el corcel mientras no dejaba de sentir un profundo alivio. – Pero qué más pasó.

- Eh… pues, tuvimos que partir casi de inmediato hacia Equestria, Moondancer canceló la expedición hasta que la discordia entre ambos bosques frenara de forma oficial; Red Tail y el equipo de seguridad transportaron todo el campamento a la colonia, y por suerte, al día siguiente una embarcación de reaprovisionamiento llegó; subimos todo como pudimos y partimos hacia Horseshoe Bay. Dejamos la fortaleza con unos cuantos colonos a los que les gustó vivir allá.

Trixie me ayudó a cuidar de ti durante el viaje. Y aunque yo pensé que se la pasaría quejándose durante el camino de vuelta, se portó de lo mejor; hasta creo que ella tuvo que aguantarme a mí. Pero ya sabes como soy, a mí no me gusta salir de la ciudad.

- Pues no. ¿Cómo le hiciste para sobrevivir sin ninguno de los lujos de Equestria por tanto tiempo?

- Se hace lo que se puede, pero no sabes cómo extrañé la mitad de las cosas que tenía en casa. – Le respondió la yegua con una sonrisa bastante débil. – Bueno, fue bonito verte; pero tengo que poner algunas cosas en orden.

- Espera, ¿No te quedarás a contarme más?

- No, Twilight me necesita en Canterlot dentro de cinco días, tengo tres para ir a Ponyville a hacer unos encargos y a poner la escuela en orden, y todavía no he recogido mis cosas del puerto. Vendré a verte a eso de las cuatro.

- Un momento ¿Dónde están mis cosas?

- En el puerto, la expedición lo puso todo en los almacenes del puerto marítimo; tienes que ir, identificar tus cosas y después de inventariarlas a tu nombre te las llevas.

- Se oye muy tardado.

- Trixie todavía no ha terminado de encontrar todas sus cosas.

- Starlight ¿Podrías hacerme un favor?

- ¿Otro más? – Cuestionó la yegua, levantando la ceja izquierda, sonriendo de forma pícara y al mismo tiempo, tratando de mirar a Sunburst con indignación.

- ¿Podrías buscar mis diarios de investigación?

- Sun… yo… los buscaré. – No pudo evitar inspirar profundamente antes de terminar con la oración. Sus cascos pronto abandonaron la habitación donde yacía el corcel.

En un hospital había terminado, y, aunque un final asaz atroz pudo haberle aguardado, era un final inesperado. Parecía que hace solo unas horas estaba tomando notas de ideas que… no recordaba… no las podía recordar. Estaba a punto de llevar a una hipótesis mejor. Una a la que poco le faltaba para explicar el hecho.

Aunque repulsiva era la idea, debía encontrar a Levre, sus diarios de investigación. De la investigación no sabía nada de nada. A lo mejor estaba cancelada, pero su mente ni se rendía ni se cansaba. Seguro estaba el corcel de que sus aproximaciones dieron en el clavo.

Salvo uno que otro error que podía solventarse con esfuerzo. Su hallazgo era importante; no lo recordaba del todo. Pero, a medida que se esforzaba, recordaba pequeños fragmentos.

La magia nos habla… no, esa era una idea ridícula. Aunque tenía que ver con ello. Ni cuenta se dio de que sus ojos se cerraron para volver a dormir.

Así pues, al otro lado de la ciudad, en aproximadamente media hora de paso lento, cierta unicornio llegaba al puerto Marítimo de Horseshoe Bay. Tiempo después de encontrarse con la maga de escenario, Trixie Lulamoon.

Tres centenas de metros cúbicos que revisar, una hora por cada decena; definitivamente pasarían mucho tiempo para cubrir todo aquel volumen de objetos apenas organizados y, para empeorarlo, otros ponis trataban de reconocer sus propiedades. Mas, Starlight se pasó tres horas revisando montones y montones de objetos enderezados por la gravedad, en busca de tres objetos en particular. Nada le importaba el resto, solo deseaba encontrarlos.

- Trixie quiere algo de comer. ¿No te gustaría ir a un restaurante cercano que vi al venir?

- Dame cinco minutos. – Respondía una Starlight inmersa en una pila de objetos.

- ¿Sigues buscando esos diarios?

- Sí.

- Ya le salvaste la vida, ¿Acaso no es suficiente con eso?

- Solo cinco minutos.

- Me dijiste eso hace quince. – Insistió Trixie, con el estómago rugiéndole.

- Son importantes para él. Si quieres almorzar, puedes irte.

- Te diré qué, la gran y poderosa Trixie traerá la comida hasta aquí. – Concluyó la yegua saliendo del lugar tan pronto como enunció la última palabra.

- Tráeme unos bollos de canela y lechuga al vapor si tienen.

- Alguien está cuidando su figura… - Susurró lo suficientemente fuerte para que la oyera mientras se marchaba por la puerta.

- Cuidar la figura, sí cómo no. – Replicó la unicornio con una somera sonrisa.

A eso de los cinco minutos, escuchó unos pasos aproximándose a ella.

- ¿Tenían la lechuga? – Cuestionó.

- No deberías comer aquí. – Le respondió una voz que le provocó un respingo. Al voltearse, se encontró con Moondancer. Quien llevaba una libreta levitando junto con su pluma y por supuesto, vistiendo su jersey acostumbrado.

- No… no me refería a una lechuga, lechuga, sino que es una palabra que tenemos con Trixie para referirnos a… a… bien, no comeré aquí.

- Gracias por tu sinceridad, creo. – Moondancer se aproximó hasta un baúl que estaba a la izquierda de la yegua, tenía una hoja de papel donde estaba escrito el nombre de la yegua amarilla junto con la descripción, papeles de la administración.

Estaba cerrado con un candado, Starlight observó con atención a la otra yegua abrir el candado y extraer del baúl, una vez abierto, tres cuadernos forrados con cuero. Pudo verlos con total claridad. Entonces, la unicornio de lentes le sonrió mientras los hacía levitar.

- Que tengas un buen día. – Dijo a modo de despedida mientras se daba media vuelta para marcharse del lugar.

Anonadados, los ojos de quien había protegido media expedición la siguieron hasta que su interlocutora desapareció.

Mientras tanto, en el hospital de Baltimare, muy cercano a Horsheshoe Bay.

La discapacidad verbal era algo común durante esos periodos entre la realidad y la fantasía; ya no encubierta, era consciente de la alucinación, estaba en el hospital sobre una camilla. De hecho, hasta podía sentir que seguía echado sobre ésta. Sin embargo, eso irreal que sentía parecía tan real.

Veneno de Coatl, susurro de la muerte. Comenzó a divagar su mente, recordando todo lo que había leído al respecto.

Es susurro porque el primer daño es a los oídos, los sonidos se hacen sórdidos, difusos, a veces como zumbidos, a veces como rasguños; después… un punto negro aparece en la visión y va creciendo y creciendo hasta que todo se vuelve negro.

Después comienza una fiebre terrible, solo sientes frío y poco a poco, tu temperatura va elevándose hasta que tus órganos colapsan, el último indicador, dicen, es el olor a hierro que lo inunda todo y un sabor a limón en la lengua. Después de eso, todo termina.

El mismo veneno, usado en proporciones menores y modificado con procesos naturales que los nativos de Forbidden Jungle conocen, es valioso para los chamanes. Es susurro de la muerte porque se usa como componente para la clarividencia que ellos practican.

Produce fuertes alucinaciones, terribles y… y…

De repente, sus ojos se abrieron y yacía él en medio de un inmenso bosque de acacias, el otoño se aproximaba, pues las hojas decoloraban hasta el acostumbrado café que después pasaría al gris; la luz comenzaba a ser más débil y el frío a expandirse; de todas formas, era preciosa.

Avanzó varios metros, internándose en éste, pasando por una superficie húmeda, llena de césped y algunos arbustos. Las aves que no habían emigrado, cantaban bruscamente, roncas se podría decir. Avanzó y avanzó, hasta llegar a un claro. En medio del cual se erigía un árbol enorme, no era una acacia, pero no pudo reconocerlo.

Al margen de éste, un pequeño riachuelo, fluía generando un ruido pacífico. Sí alguna vez le daba la fiebre por vivir fuera de la ciudad, haría construir una cabaña no muy lejos de allí.

Se acercó hasta el inmenso árbol; mas, llegado hasta cierto punto, a no más de cinco metros del tronco, sus cascos se hicieron sumamente pesados. Entonces, se encontró sus oídos se aguzaron, para percibir movimiento detrás del tronco, y como era bastante grueso, no pudo apreciar de qué o quién se trataba.

- ¿Hola? – masculló. Pero no hubo respuesta inmediata, sino más bien, una quietud a la que le siguió un silencio frío.

- ¿Sigues allí? – Expresó una voz bastante suave tanto que casi estaba murmullando.

- ¿Perdona?

- Sí, creo que ya lo he hecho… - Esa voz era de una yegua, pero con cada palabra parecía estar a punto de perder todo el aire.

- ¿Estás bien?

- Pues no; pero… creo que está bien… - Su respiración se dificultaba.

Entonces, los sonidos de otros cascos pisando hojas secas y ramas llegaron de la nada.

- ¿Tú? – Preguntó casi como un suspiro la yegua.

Entonces, una tercera voz comenzó a cantar.

[NA: Ésta canción de cuna la hice en base a la melodía de Sleeping Beauty de Resident Evil, no lo jugué; pero tiene buenas bandas sonoras]

Duerme amor, por fin duérmete

Quieres tu descansar

El árbol te protegerá

De lo obscuro

Duerme amor, duérmete

Pon al frío fluir

El azar a camino asaz

Te llevará

Duerme amor como el ayer, y déjate caer

Con sus hojas rozándote como abrazo

Duerme amor, duérmete

Huele flores fablar

El azar a camino asaz

Te llevará

Y cuando cruja, la raíz

Sin cariz cruel cuñará

Cruzando y crujiendo en ti

Su amor

Duerme en calma, mi amor.

La voz le resultó familiar, pero no recordó de quién era. Y de pronto, las hojas ascendieron desde el piso, su color ocre, marrón o gris, al subir, develaba una superficie blanca, hoja por hoja, todo comenzó a desaparecer. Las nubes en el cielo se hinchaban y perdían toda sombra, hasta el punto de absorber las hojas en el aire, pronto no quedó rincón del cielo sin ser bloqueado por esas masas blancas.

Y, de un momento a otro, el propio árbol perdió su corteza, que se desprendía volando en la misma dirección que las hojas, teniendo su interior el mismo fenómeno donde todo color se borraba para convertirse en el blanco más puro.

De un momento a otro, abrió sus ojos; encontrándose con una yegua inesperada. Le miraba con cierta preocupación, aunque con una sonrisa.

- Me asustaste. – Dijo la misma.

- Moondancer, ¿Qué haces aquí?

- Tal vez reconozcas esto. – Alegó, elevando en el aire tres cuadernos.

Al iluminarse el rostro del corcel, la yegua de anteojos no pudo evitar imitarle.

- Ningún poni los reconocía y cuando les di una pequeña hojeada, supe que eran tuyos.