CAPITULO 12
Cuando Candy por fin se despertó, Terry ya se había marchado de la habitación. La luz del sol se filtraba por la ventana abierta. Cuando se dio cuenta de que era bastante tarde, se quedó atónita. Nunca había dormido hasta esa hora, ni tan profundamente. Con un suspiro de dicha, supuso que estaba camino de la decadencia total.
Se sentía maravillosamente bien hasta que se levantó de la cama. Fue entonces cuando le llamó la atención el ardor entre las piernas, También tenía las piernas rígidas. Sin embargo, toda esa incomodidad no empañó los recuerdos de la noche anterior. Nada podría deslucir la belleza del acto que habían compartido.
Ahora era oficialmente la esposa de Terry, notó con una sonrisa. Había cumplido con su obligación y estupendamente, pues había sabido complacerle.
Podrían tener una bella vida juntos. Terry era un buen hombre. Por supuesto que era normando; pero también, amable, considerado y comprensivo.
Candy permaneció en su habitación hasta que se dio cuenta de que era la vergüenza lo que la obligaba a ocultarse. No estaba segura de cómo reaccionaría cuando volviera a ver a Terry. ¿Querría que le besara al saludarle? Meneó la cabeza ante esa idea tan ocurrente. Terry era un guerrero y por supuesto que no querría que ella le besara a plena luz del día. Probablemente, no querría que ella le diera ninguna muestra de afecto frente a sus hombres. Sin embargo, si por casualidad se encontraban a solas en algún corredor, tal vez…
Candy suspiró profundamente. Se estaba comportando como una tonta. Tenía que manejar su casa y había muchos asuntos que requerían su atención inmediata. No debía malgastar su tiempo pensando en los probables deseos de su esposo ni en su propio bochorno.
Se puso un vestido color verde y unas enaguas color crema. Luego bajó rápidamente las escaleras. Fue extraño, pero no se cruzó con ningún criado en todo el camino.
Un considerable grupo de caballeros se había dado cita en el salón principal. Estaban reunidos alrededor de la larga mesa. Solo tres estaban sentados. Candy vio a Terry de inmediato, ocupando la cabecera. Estaba medio de costado a ella, hablando en voz baja a sus hombres. Archie se había sentado a la derecha de Terry y el joven rubio, de nombre Jimmy, a la izquierda.
Todos parecían muy tensos. Candy creyó que estarían en medio de alguna reunión secreta muy importante, y no sabía si debía o no interrumpir. Luego, por casualidad, Archie levantó la vista. Al verla, le sonrió y dio un codazo a Terry.
Su esposo, lentamente, volvió la cabeza. No le sonrió. Simplemente, se la quedó mirando durante un largo rato y le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara.
Fue extraño, pero Candy tuvo la sensación de que él se alivió al verla. Esa reacción no tenía ningún sentido para ella, sin embargo, ¿por qué Terry se habría tranquilizado al advertir su presencia?
Descartó la idea y luego trató de disimular su irritación. Cómo odiaba esos gestos con la cabeza que Terry le hacía. ¿Acaso no la podía saludar de una manera más decente? Y además, ¿por qué no era él el que se le acercaba aunque solo fuera una vez? Candy decidió hacerle esas preguntas en cuanto estuvieran a solas.
Todos fijaron sus miradas en ella, mientras entraba en el salón. Candy se sentía torpe e insegura, una sensación totalmente nueva y desagradable, por cierto.
Suspiró profundamente.
—Te ruego me disculpes por interrumpir tu conversación, esposo—dijo ella—. Yo…
Se detuvo abruptamente y se quedó perpleja.
El pequeño Ulric estaba de regreso en casa. Dormía profundamente, en brazos de Terry. Estaba todo envuelto en una inmaculada manta blanca, por lo que solo se le veía el rostro.
Candy se quedó contemplando a su magnífico sobrino mientras luchaba por contener las lágrimas que acudían a sus ojos.
Ni siquiera se dio cuenta de que fue corriendo al Lado de su esposo. Él la asió por la cintura para que mantuviera el equilibrio. Cuando por fin Candy le miró, sintió un nudo en la garganta. La dicha de sus ojos llegó al corazón de Terry.
El normando no comprendía por qué la dicha de Candy le emocionaba tanto, pero se limitó a aceptar la verdad: la dicha de ella era también la suya.
Candy sintió que una lágrima le rodaba por la mejilla. Se la secó.
—Gracias.
Él asintió con la cabeza.
—¿Quieres que me lleve a Ulric arriba para que tú puedas continuar con tu conversación? —le preguntó.
—Los sirvientes están limpiando su cuarto —contestó Terry. Cuando Candy trató de retirarse, él le apretó la cintura con más fuerza—. No estábamos hablando de nada importante —agregó, de pasada.
—Pero estabais murmurando… —De pronto descubrió el porqué—. De modo que hablabais en voz baja para no despertar al bebé, ¿eh?
Terry volvió a asentir. La soltó, se puso de pie y puso al pequeño Ulric en sus brazos. Indicó a sus hombres que se retiraran del salón y luego se encaminó hacia la salida. De pronto, se detuvo. Dio media vuelta, regresó junto a Candy, le alzó el rostro por el mentón y la besó intensamente.
Cuando se apartó de ella, Candy se aferraba con una mano a su túnica y con la otra, al bebé que seguía durmiendo.
—¿Te sientes bien hoy? —le preguntó él, en voz baja.
Candy se tomó un momento para concentrarse en lo que él estaba preguntándole. Luego asintió.
—Acabas de devolverme a mi sobrino —contestó—. ¿Cómo no podría sentirme bien?
Terry meneó la cabeza.
—No me refería a eso —dijo—. Anoche te hice daño. Fue necesario, Candy, pero ahora estoy… preocupado. Temo haber sido demasiado violento contigo.
Inmediatamente, ella fijó la vista en su pecho. Sentía que las mejillas le ardían.
—Fuiste muy considerado —murmuró—. Y solo me ha quedado un poco sensible esa zona.
Terry comenzó a darse la vuelta, obviamente complacido con la respuesta. Pero ella tiró de su túnica y le preguntó repentinamente:
—Terry, ¿quieres que te bese cada mañana?
Terry se encogió de hombros.
—¿Tú quieres?
—No se trata de lo que yo quiera — contestó ella—, sino de lo que deberíamos hacer… por Ulric.
Él arqueó una ceja. Las mejillas de Candy se habían encendido más que nunca. Terry tenía ganas de reír. Era tan bello verla cuando se sentía avergonzada.
—¿Tenemos que besar a Ulric? —preguntó él, sabiendo perfectamente que ella no se había referido a eso. Simplemente, Terry no quería terminar esa conversación tan superficial, aunque edificante.
—Sí, por supuesto que debemos besar a Ulric. Los bebés necesitan afecto, Terry. Pero también debemos besamos nosotros frente a él, para que él se sienta feliz.
Luego decidió que estaba mezclando todas las cosas.
—Un bebé debe estar rodeado por una familia feliz—continuó—Si nos ve besarnos, pensará que somos felices. ¿Entiendes?
Terry le sonrió. Se acercó a ella hasta que estuvieron separados por escasos centímetros.
—Lo que entiendo es que quieres que te bese todas las mañanas.
No le dio tiempo para discutir la cuestión. La besó solo para hacerle olvidar el tema y volvió a darse la vuelta para retirarse.
Candy corrió tras él.
—Terry, ¿qué hay de Anthony?
—¿Qué pasa con él? —gritó, por encima del hombro.
—¿También a él lo has traído a casa?
—Sí.
Candy no comprendió por qué, repentinamente, se había tomado grosero.
—Me gustaría dar la bienvenida a casa a mi hermano —dijo a él—. ¿Podrías pedirle que entre, por favor?
Terry se detuvo, se volvió y la miró durante un largo rato. Candy advirtió su expresión de incredulidad. ¿Qué habría dicho para provocar semejante reacción? —se preguntaba.
—¿Pedirle? —refunfuñó.
Candy asintió.
—Por favor.
Terry suspiró.
—Candy, entiendes cuál es la posición actual de Anthony, ¿verdad?
Candy no sabía a qué se refería.
—Lo que entiendo es que está de vuelta en casa —contestó.
—Esta ya no es su casa, esposa. Es la mía. Tu hermano es ahora uno de mis soldados. Yo no pido nada a mis hombres. Les doy órdenes, simplemente.
Por la expresión de su rostro, Terry se dio cuenta de que ella aún seguía sin entender.
—De acuerdo, entonces —contestó—. Por favor, ordena a mi hermano que entre.
—No.
—¿No?
Candy tuvo que ir corriendo hacia la entrada para poder detenerle.
—No entiendo por qué te pones tan difícil —comentó— Anthony nació y se crio aquí. Este es su hogar. Si tú no quieres que entre él, entonces saldré yo.
Terry le bloqueó la salida.
—Tú te quedarás aquí dentro, atendiendo a Ulric, Candy. Podrás ver a Anthony en cuanto se haya instalado.
La muchacha frunció el entrecejo, muy confundida, pero decidió que lo mejor era no pelear.
—Me sentiré feliz de esperarle hasta que se instale. ¿Crees que le llevará una hora, tal vez dos?
—No, esposa. Supongo que tardará un mes. Quizá más. Hasta entonces, permanecerás lejos de él. ¿Entiendes?
Terry cerró la puerta antes de que Candy pudiera protestar ante semejante mandato. Se negaba a creer que su esposo hubiera hablado en serio. Era imposible que Terry pretendiera realmente que ella ignorase a su hermano.
Candy se quedó preocupada por el tema hasta que Ulric empezó a moverse en sus brazos. Bajó la vista y le vio sonriendo. De inmediato se le levantó el ánimo. Llevó al bebé arriba y le instaló en su nuevo cuarto. Candy pasó el resto del día con su sobrino. Pensó que Ulric era terriblemente inteligente. Podía recorrer de un extremo a otro de su cuarto, con una velocidad y agilidad que le parecieron sorprendentes. Si era tan rápido ahora, ¿cómo sería cuando aprendiera a caminar?
—Tendremos que clavar los muebles al suelo cuando empiece a correr —comentó Dorothy—. ¿Puede levantarle un momento, señora? El barón quiere que llevemos esta cómoda a su cuarto.
Candy canceló esa orden.
—Déjala aquí, Dorothy. Podremos usarla para las cosas de Ulric.
Antes de la cena, Candy había dado la contraorden por lo menos a seis de las órdenes de Terry. Él había pedido a la cocinera que preparara codorniz; ella la cambió por faisán.
Cuando Alice, que sería la niñera hasta nuevo aviso, mandó a Ulric a la cama, Candy regresó al salón principal. La mesa larga había sido trasladada al centro del mismo, cerca de la chimenea. Candy la hizo poner de nuevo en el sitio donde estaba. Y los sirvientes obedecieron, pues eran extremadamente leales a ella…
Candy pensó que Terry ni siquiera se había dado cuenta de que no se habían acatado sus órdenes. No dijo ni una palabra sobre la posición de la mesa. Además, comió una abundante porción de faisán. La cena fue muy amena. Archie e Jimmy compartieron la mesa con ellos y la charla se centró, principalmente, en los planes de expansión de la fortaleza. Sin embargo, Terry no fue muy específico respecto de esos planes.
—¿Te refieres a que mandarás construir un nuevo murallón para fortalecer el que ya tenemos, que está en perfectas condiciones?—preguntó Candy.
—No, milady. Ese murallón no está en tan buenas condiciones—dijo Jimmy.
Candy concentró su atención en el vasallo.
—¿No?
Jimmy estaba tan hechizado por su hermosa señora que no podía recordar lo que estaban hablando. Esos bellos ojos verdes le distraían. La sonrisa le arrebató el corazón. Casi no podía respirar.
El codazo que recibió en las costillas le devolvió violentamente a la realidad. Se dio la vuelta y vio la expresión ceñuda de su barón.
—Puedes retirarte, Jimmy.
El súbdito se incorporó de un salto para cumplir la orden de su superior, tirando un banco por el apuro. Se apresuró a levantarlo, hizo una reverencia exagerada a su señor y salió corriendo del salón.
—¿Qué le pasa? —preguntó Candy.
—Usted —anunció Archie.
Candy cuadró los hombros.
—¿A qué te refieres, Archie? Casi ni le he hablado. No he podido molestarle. Pero su comportamiento fue bastante peculiar durante toda la cena, ¿no es cierto, Terry?
Esperó a que su esposo asintiera y luego siguió conversando con Archie.
—¿Ves? Terry también lo ha notado. Vaya, si Jimmy apenas ha comido —hizo un ademán en dirección a la bandeja llena de comida. No debe de sentirse bien.
Archie sonrió. Jimmy no estaba enfermo. El hombre no había probado bocado porque estuvo demasiado ocupado maravillándose con su bella señora. Claro que la mujer era una conquistadora nata, admitió el vasallo. Y cada vez que esos ojos verdes miraban a un hombre directamente era lógico que este perdiera el hilo de todo pensamiento coherente.
Candy se quedó pensando en la repentina sonrisa de Archie. Le pareció una reacción bastante extraña a su sugerencia de que, tal vez, Jimmy pudiera estar enfermo. Descartó la idea y volvió a mirar a Terry. También él estaba sonriendo. No sabía por qué parecía tan contento, pero decidió aprovechar la ocasión.
—¿Anthony se siente bien?
Terry se encogió de hombros. Luego, cambió de tema.
—Archie, en cuanto termines, reúne a todos los sirvientes.
—¿Por qué quieres reunir a todos los sirvientes? —preguntó Candy.
—Quiero hablarles.
Candy ignoró su expresión ceñuda.
—La mayoría de ellos ya se ha retirado a sus aposentos, esposo. No olvides que se levantan antes del amanecer.
Terry la ignoró.
—¿Archie?
—Sí, milord —contestó el vasallo—. Ahora mismo me encargo de ello.
Candy comenzó a protestar otra vez. Terry le puso la mano sobre la de ella y la apretó. En cuanto Archie se retiró, Terry la miró.
—No vuelvas a cuestionar mis órdenes, Candy.
—No estaba cuestionando nada —protestó ella. Trató de quitarle la mano. Él no la dejó—. Solo tenía curiosidad. Por favor, dime por qué quieres hablar con los sirvientes a estas horas.
—Muy bien —le respondió—. Esta mañana he dado instrucciones específicas que no se han seguido. Aquellos que me han desafiado serán expulsados de esta fortaleza.
Candy se quedó perpleja.
—¿Expulsados? ¿Pero adónde irán? Pertenecen a este lugar. Seguramente no te referirás a que vas a despedirlos, ¿verdad?
—Me importa un rábano adonde vayan —replicó, con tono duro.
—Esas… instrucciones, ¿fueron de gran importancia?
—No.
—Entonces…
—Todas y cada una de las órdenes que imparto deben seguirse al pie de la letra —dijo—. La importancia que revisten no debe ser calificada por los soldados ni por los sirvientes.
Candy estaba tan furiosa por esa postura tan inflexible que sintió deseos de gritar. Sin embargo, el bienestar de sus sirvientes le importaba tanto que sabía que no conseguiría nada gritando a su arrogante esposo.
—¿No vas a darles una segunda oportunidad? ¿Con un solo pecado ya quedan condenados?
—Durante la batalla, un caballero jamás recibe una segunda oportunidad.
—Esto no es una batalla.
Sí, lo era, pensó Terry para sí. Y Candy era su rival. Sabía que había sido ella quien había dado las contraórdenes. Pero quería que lo admitiera. Entonces, él procedería a explicarle la importancia de una buena organización, la necesidad de una jerarquía y el lugar que debía ocupar ella en la casa.
Terry empleó una voz sumisa al decir:
—No me levantes la voz, esposa.
Candy se quedó contemplándole durante un largo momento y entonces decidió que él no estaba hablando por hablar. Inspiró profundamente. No estaba dispuesta a permitir que sus sirvientes cargaran con la culpa de un error de juicio que le pertenecía exclusivamente a ella.
—Tengo que pedirte algo, esposo.
—¿De qué se trata?
—Me gustaría hablar con los sirvientes en primer lugar, si me permites que interfiera en este asunto.
Candy se sintió muy agradecida de que Terry accediera. El solo se limitó a asentir con la cabeza. Pero en sus ojos apareció un brillo muy especial. Candy no entendió la razón de esa reacción.
Los sirvientes se presentaron en el salón principal de inmediato. Algunos de ellos estaban con su ropa de cama. Candy se puso de pie y fue al otro lado de la mesa. Tenía las manos montadas, una sobre la otra, y la expresión, serena.
Alice fue la última en unirse al grupo. Candy asintió en dirección a ella.
—Mi esposo ha tenido la gentileza de permitirme que les hable en primer lugar —comenzó. Se alegró de que la voz no se le quebrara, a diferencia de su corazón, que en cualquier momento se partiría en dos—. En el día de hoy, vuestro señor os impartió unas órdenes específicas.
Varios sirvientes asintieron. Candy sonrió.
—Yo cambié esas órdenes. Fue una desconsideración de mi parte —agregó—. Y me disculpo, ante vosotros y ante mi esposo, por haber creado esta confusión.
Cuando llegó a la parte difícil de su oratoria, inspiró profundamente.
—En el futuro, cuando mi esposo dé una orden, vosotros la obedeceréis. Si yo, sin darme cuenta, contradijera cualquiera de sus mandatos, es vuestro deber informarme que seguiréis la orden de vuestro señor. Él es el amo de esta fortaleza ahora y vosotros le debéis lealtad por encima de todos los demás.
Dorothy dio un paso al frente.
—¿También por encima de usted, milady? —preguntó, con una mirada ceñuda.
Candy asintió.
—Sí, hasta por encima de mí. ¿Alguna otra pregunta?
—¿Y qué sucede si es usted la primera que da la orden y luego el barón la cambia? —preguntó Alice.
—Tendréis que obedecer la orden de mi esposo, Alice.
Los sirvientes asintieron. Candy conservó su sonrisa.
—Ahora es mi esposo el que desea hablar con vosotros.
Candy, no se volvió hacia él, sino que lentamente salió del salón con la esperanza de que él no la llamara. Sabía que no podría mantener la sonrisa a flor de labios, mientras por dentro estaba furiosa.
Mientras subía las escaleras, Candy murmuraba cosas que solo ella podía escuchar. Su esposo era un canalla. Primero, le había arrebatado su fortaleza, y ahora, estaba dispuesto a robarle la fidelidad y lealtad de sus sirvientes. Todo era tan injusto, tan descabellado. ¿Por qué siempre tenía que ser ella la que cediera en todo? Supuso que era porque los normandos habían ganado la guerra. No obstante, ella era la esposa de Terry ahora y él debía tener en cuenta sus opiniones.
Pasó por su antigua alcoba y decidió comprobar que el pequeño Ulric estuviera bien. Seguramente, la imagen del precioso bebé le recordaría por qué estaba intentando tan fervientemente llevarse bien con su obstinado marido.
Cuando entró en el cuarto, trató de no hacer ruido para no despertar al niño. Estaba cerrando la puerta detrás de sí cuando creyó detectar un movimiento entre las penumbras, hacia su izquierda. Instintivamente, se volvió. Quiso gritar; pero una mano le tapó la boca tan apretadamente que no pudo emitir ni un solo sonido. La empujaron contra algo muy duro, que le pareció una pared de piedra.
Forcejeó como una loca. Mordió la mano de su captor, mientras le clavaba las uñas en los brazos.
—Maldita sea, Candy. Basta ya. Soy yo, Albert.
Entonces, se relajó completamente entre sus brazos. Su hermano le quitó la mano de la boca y, lentamente, fue dándole la vuelta para que le mirase a los ojos.
Candy no podía creer que su hermano estuviera frente a ella. Estaba profundamente emocionada. Y aterrada.
—¿Por qué te has arriesgado de este modo? ¿Cómo has entrado? Dios mío, si te encuentran aquí…
Albert la rodeó con sus brazos y la estrechó con fuerza.
—Entré por uno de los pasadizos secretos. Tenía que verte, Candy. Necesitaba asegurarme de que estuvieras bien. Dios, por poco te mato, ¿no? Cuando vi esa cabellera dorada, supe que eras tú a quien había dado con mi flecha.
La angustia de su voz rompió el corazón de Candy.
—Fue solo un rasguño —mintió.
—Yo tenía al normando en la mira. Pero, en el último segundo, tú te interpusiste. ¿Por qué? ¿Estabas tratando de protegerle? Eso me pareció, pero no tiene ningún sentido. ¿Sabías que yo estaba allí?
—Te vi, Albert. Supuse que Terry era tu blanco.
—¿Terry? ¿Así se llama tu captor?
—No es mi captor —murmuró—. Es mi esposo.
Albert no tomó bien la noticia. Le estrujó los brazos con tanta fuerza que Candy sabía que tendría hematomas al día siguiente. En sus ojos azules se leyó una inequívoca expresión de ira. Candy trató de liberarse de sus manos, mientras buscaba el medio para hacerle comprender.
—Tenemos mucho de qué hablar —exclamó—. No me juzgues hasta que no conozcas todos los hechos.
Tomó la mano de su hermano y le condujo al otro lado del cuarto, para no molestar al bebé, que seguía durmiendo.
La luz de la luna se filtraba por la ventana. Candy encendió una vela y miró a su hermano.
Albert era tan robusto como Terry. Tenía cabello rubio y el rostro libre de cicatrices. Era apuesto, aun cuando fruncía el entrecejo, pero se le veía agotado.
—No puedes volver aquí —dijo Candy—. Terry ha encontrado la mayoría de los pasadizos, de modo que es una cuestión de tiempo que descubra el que conduce a esta habitación. No quiero que te pase nada.
—Candy, ¿te obligaron a casarte con ese normando?
No había tiempo para explicarle todo lo que había sucedido. Albert jamás lo habría entendido, de todos modos. Inhaló profundamente.
—No.
Albert no quiso escucharla.
—¿No te obligaron?
—No —dijo ella otra vez—. Yo le escogí. Si alguien estuvo obligado a casarse fue Terry y no yo.
Albert se apoyó contra la ventana. Un trueno retumbó a la distancia. Candy se sobresaltó. Su hermano se cruzó los brazos sobre el pecho y la contempló.
—¿Y por qué hiciste semejante cosa?
Candy sabía que toda la verdad serviría solamente para alimentar más su ira.
—Si las circunstancias fueran diferentes y tuvieras la oportunidad de conocer a mi esposo, sabrías por qué le escogí. Terry es un buen hombre, Albert. Ha sido muy amable conmigo.
—Es normando.
Escupió las palabras como si hubieran sido una blasfemia. La furia de su voz le hizo un nudo en el estómago y también la enfadó.
—La guerra ha terminado, Albert. Si no te arrodillas frente a William y le juras lealtad, te matarán. Te imploro, por favor, que aceptes esto. No quiero que mueras.
Albert meneó la cabeza.
—La guerra no ha terminado —dijo—. La resistencia cobra fuerzas con el paso de cada día. Es solo una cuestión de tiempo, pero finalmente, destronaremos a ese bastardo rey normando.
—No puedes creer semejante tontería —gritó ella.
Albert suspiró, agotado.
—Has estado aislada aquí. No puedes entender. Tenemos que irnos ahora. Mis hombres están esperando al otro lado del murallón. Envuelve a Ulric en las mantas. Apúrate, antes que se desate la tormenta.
En un principio, Candy se quedó demasiado perpleja como para reaccionar. Albert era mucho más alto que ella. La mujer retrocedió un paso y meneó la cabeza.
—No puedo ir contigo. Terry es mi esposo ahora y tengo que quedarme aquí.
—No puedes estar hablando en serio. No puedes desear quedarte con él.
La repulsión en su tono de voz le produjo dolor de estómago. Bajó la cabeza.
—Quiero quedarme aquí.
Pasó un largo rato en silencio. La voz de Albert sonó quebradiza cuando volvió a hablar.
—Qué Dios se apiade de tu alma, Candy. Le amas, ¿verdad?
No fue sino hasta ese preciso momento, cuando se vio enfrentada con la realidad, que aceptó el hecho.
—Sí, le amo.
Asqueado por la confesión de su hermana, Albert levantó la mano y abofeteó a Candy en pleno rostro. El golpe por poco la tiró al suelo. Perdió el equilibrio, pero lo recuperó casi de inmediato. Le ardía la mejilla de dolor, pero no gritó. Simplemente miró a su hermano y esperó su siguiente reacción.
Nunca le había levantado la mano en toda su vida. Siempre había sido de carácter muy fuerte; pero también, comprensivo. Candy pensó que la culpable era la guerra, que le había convertido en un desconocido…
—Te has convertido en una traidora.
Esas palabras le dolieron más que la bofetada. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Trató desesperadamente de llegar al corazón de su hermano.
—Yo te quiero, Albert. Tengo miedo por ti. El odio está comiéndote el corazón. Piensa en tu hijo, Ulric te necesita. Olvida tu pecaminoso orgullo y considera el futuro.
Albert meneó la cabeza.
—Mi hijo no tiene futuro con los normandos —masculló— ¿Dónde está Anthony? ¿Todavía sigue en la abadía?
—Está aquí.
Candy extendió la mano para tocar el brazo de Albert. Él se la quitó de un manotazo.
—Por favor, no seas así —susurró ella—. Anthony quería morir, Albert; pero Terry no le dejó.
Albert no mostró reacción alguna a las fervientes palabras de Candy.
—¿Dónde está exactamente?
—Con los otros soldados.
—¡Oh, Dios, cómo debe odiar esa humillación!
—Terry prometió ayudarle.
Albert meneó la cabeza.
—Dale a Anthony un mensaje mío. Dile que no le he olvidado. Volveré… pronto.
—¡No!
Candy no se dio cuenta de que gritó esa negativa. El sonido hizo eco en las paredes. Ulric se sobresaltó y empezó a quejarse. Candy se apresuró hacia la cuna y empezó a dar suaves palmadas a la espalda del bebé. Ulric se llevó el pulgar a la boca y cerró los ojos.
—Apártate de su lado —le ordenó Albert—. No quiero que toques a mi hijo.
La repulsión de Albert la hizo sentir como una leprosa. Se alejó de la cuna y se volvió para mirar a su hermano.
Ulric pudo haberse quedado dormido otra vez, si Terry, en ese momento, no hubiera pateado la puerta abruptamente para abrirla. Las bisagras aguantaron, aunque apenas. La puerta golpeó dos veces contra la pared, antes de pararse.
Candy dio un salto. Ulric, un grito.
Terry bloqueó la salida con el cuerpo. Tenía las piernas separadas y los puños cerrados a los lados del cuerpo. Asumió una postura de lucha, intimidatoria; pero no fue esa imagen, sino la expresión de sus ojos lo que aterró a Candy.
Ella estaba bien. Terry empezaba a subir las escaleras cuando la oyó gritar. Entonces comenzó a correr, pues sintió que el corazón se le detenía. Las más nefastas posibilidades se cruzaron en su mente y cuando llegó por fin al cuarto del pequeño, el terror le consumía.
Ella estaba bien. Terry se quedó contemplando a su esposa, hasta que la realidad quedó bien registrada en su mente.
Candy, deliberadamente, escondió el lado izquierdo de su rostro para que su esposo no se lo viera. Por la frialdad de su mirada, se dio cuenta de que estaba furioso. Si se enteraba de que Albert la había golpeado, seguramente olvidaría que era un hombre paciente y se pondría tan irracional como su hermano.
Candy estaba decidida a prevenir el caos, pero no supo a quién debía aplacar primero. El bebé seguía inquieto, aunque se había producido un profundo silencio en el cuarto. Ulric no corría ningún peligro. Terry, tal vez, sí. Albert ya había dado un paso al frente.
Candy se paró en el medio de la habitación, entre los dos adversarios. Terry y Albert la contemplaban fijamente. Ella miró a uno, luego al otro. Y entonces empezó a correr… hacia su esposo. Se arrojó en sus brazos.
—Por favor, sé paciente —murmuró—. Por favor.
El nerviosismo de sus súplicas mitigaron la ira de Terry. La abrazó rápidamente Y luego la colocó detrás de sí, protegiéndola con su cuerpo, mientras observaba detenidamente al enemigo.
El hermano de Candy avanzó otro paso. Terry se apoyó contra el marco de la puerta. Se cruzó de brazos y miró al sajón. Su actitud indiferente desconcertó a Albert.
—Hace rato que te espero, Albert.
La voz de Terry fue tan serena que Albert se desconcertó aún más. Pero se recuperó de inmediato.
—¿Candy te reveló los pasadizos secretos?
Terry meneó la cabeza. Sentía que su esposa le retorcía la parte posterior de la túnica. Sabía que estaba aterrada, por lo que decidió no prolongarle más la tortura.
—Decídete, Albert —le ordenó, con un tono duro esta vez.
Candy trató de ponerse aliado de su esposo. Terry no la dejó. Su mirada nunca abandonó el rostro de Albert.
—La elección es tuya —le dijo—. O me entregas tu espada y juras fidelidad al rey, o…
—¿O qué? —preguntó Albert— ¿O me muero, normando? Te mataría primero.
—¡No! —gritó Candy. Sintió que alguien le ponía la mano en el hombro, se volvió y vio a Archie detrás de ella.
—¿Barón? —dijo Archie.
Terry no quitó los ojos de Albert.
—Lleva a mi esposa a nuestro cuarto, Archie. Quédate con ella.
El vasallo tuvo que desprender las manos de Candy de la túnica de Terry, a la fuerza.
—¡No! —gritó ella—. Terry el bebé… Por favor, déjame llevar a Ulric.
Entonces fue Albert quien gritó la negativa.
—Vas a dejar a mi hijo donde está, Candy. Tú ya has escogido tu camino.
Entonces, Candy soltó a Terry. Cuadró los hombros con aire decidido y salió de la recámara.
Terry avanzó un paso. Archie siguió a Candy y cerró la puerta.
Albert dio otro paso hacia Terry.
—Debiste dejar que tus soldados entraran en este cuarto.
—¿Por qué?
Albert sonrió.
—Para que te protejan. Ahora te tengo todo para mí, bastardo. Te mataré.
Terry meneó la cabeza.
—No, no me matarás, Albert. Dios sabe cuánto me gustaría que lo intentaras —se detuvo para suspirar—. Entonces podría matarte. Me complacería muchísimo, pero mi esposa se entristecería demasiado.
—Ella ha traicionado a su propia familia.
Terry arqueó una ceja. El esfuerzo de controlar su ira estaba dificultándose más y más cada minuto.
—¿Y cuándo se convirtió Candy en una traidora? —preguntó con voz humilde, totalmente controlada—. ¿Antes o después de que tú la abandonaras?
—¿Abandonarla? No sabes de qué estás hablando.
—¿No? La dejaste librada a su suerte —contravino Terry—. Y después, le enviaste a tu hijo para hacerle más pesada aún la carga. Ella fue capaz de todo con tal de proteger a Ulric, pero a ti te importan un rábano todos los sacrificios que tuvo que hacer, ¿verdad? Claro que la abandonaste.
—Me necesitaban en el norte —masculló Albert.
—Ah, sí, el norte —repitió Terry con sorna—. ¿No fue allí donde dejaste a tu hermano para que se muriera?
El rostro de Albert se puso colorado carmesí. El odio por el normando le consumía. Ya no había cabida para el razonamiento en su mente.
—Me dijeron que Anthony había muerto.
Algo en su voz le delató. Terty se dio cuenta de que estaba mintiéndole.
—No —le dijo—. Te dijeron que le habían herido. Pero cuando te enteraste de la clase de herida que tenía, le dejaste morir. Eso fue lo que sucedió en realidad, ¿no, Albert? Anthony, con una mano sola, no te servía para defender tu causa, ¿verdad?
Albert estaba demasiado agitado por toda la información que Terry había recabado como para disimular su reacción. El normando trataba de echarle la culpa de la desgracia de su hermano.
—Continué peleando porque quería vengar a mi hermano.
A Terry le repugnaron sus palabras. El solo había logrado encajar unas pocas piezas de aquel rompecabezas. Lo del abandono de Anthony, para que muriera, lo había adivinado, simplemente. Pero la defensa que hizo Albert de su vil comportamiento confirmaba sus sospechas. Ese bastardo realmente había abandonado a su hermano para que muriera.
—Anthony lo sabía, ¿no? —preguntó Terry.
Albert asintió.
—Lo comprendió. ¿Mi hermano se ha convertido en traidor?—preguntó—. ¿Te contó lo que pasó?, ¿o Candy habló con él? ¿Acaso en la debilidad que tiene Anthony en estos momentos, ella le convenció de que estaría mejor con los normandos?
Terry no contestó a ninguna de sus preguntas.
—Dime una cosa —le ordenó—. ¿Condenas a Candy porque se ha casado conmigo o porque todavía está viva?
—Su confesión la destruyó.
—¿Qué confesión?
—Me ha dicho que fue ella la que te escogió a ti —farfulló Albert—. Nadie la forzó. Deja que la toques, ¿verdad? Dios santo. Mi propia hermana compartiendo la cama con un normando. Ojalá mi flecha le hubiera atravesado el corazón.
El control de Terry se desvaneció. Albert no tuvo tiempo para prepararse. Terry se movió demasiado rápido. Su puño se estrelló contra el rostro del sajón antes que Albert pudiera protegerse. Por el violento golpe, Albert salió despedido hacia atrás, contra la chimenea. Los soportes de la repisa se soltaron del muro de piedra y aquella cayó ruidosamente al suelo, mientras Albert se tambaleaba para mantener el equilibrio.
Terry le había roto la nariz. Ojalá hubiera sido el cuello, pensó. Los gritos despavoridos del bebé ayudaron a que el normando controlara sus emociones. Miró en dirección a la cuna, para asegurarse de que Ulric se encontrara bien, y luego abrió de una patada el panel que se había dispuesto en la pared de madera.
—Te he permitido la entrada, Albert, porque quería hablar contigo. Quiero el nombre del sujeto que amenazó a mi esposa cuando estábamos en Londres. Vas a decirme quién fue antes de irte de aquí.
Albert meneó la cabeza.
—No sé de qué estás hablando —refunfuñó, mientras se secaba la sangre que tenía en la boca con el dorso de la mano—. No tenemos a nadie en Londres… todavía —agregó—. Sin embargo, muy pronto recuperaremos lo que es nuestro. No quedará ni un solo normando…
—Guárdate tus oratorias políticas —le interrumpió Terry—Quiero la verdad. Dime el nombre de ese sajón o te lo arrancaré a puñetazo limpio.
Los gritos de Ulric por fin atravesaron la ira de Albert. Se acercó a la cuna y tomó al bebé entre sus brazos. Suavemente, palmeó la espalda de su hijo para tranquilizarle.
—Voy a llevármelo conmigo.
—No, claro que no —contestó Terry—. A ti tal vez te importe un rábano el bienestar del bebé, pero a Candy y a mí nos importa mucho. Fuera hace mucho frío y está lloviendo. No te llevarás al pequeño en esas condiciones. Haré un trato contigo —agregó, antes de que Albert pudiera protestar—. Cuando encuentres un lugar seguro donde tenerle, puedes enviar a alguien por él.
—¿Le dejarás ir?
Terry asintió.
—Te doy mi palabra —le dijo—. Y ahora quiero que me des la tuya de que realmente ignoras el nombre de la persona que amenazó a mi esposa.
—Dime que pasó —le dijo Albert.
Terry le explicó el incidente con la mujer que había entregado a Candy la daga y las instrucciones correspondientes para matarle. Por la expresión de Albert, Terty se dio cuenta de que realmente él no sabía nada al respecto.
—Los barones sajones que se han aliado a William, obviamente, no son de fiar —dijo Albert—. Nosotros jamás habríamos encomendado tamaña misión a ninguno de ellos. Busca a ese hombre entre tu gente —agregó—. Nosotros jamás enviamos a una mujer para hacer un trabajo.
Terry le creyó. Observó a Albert, que ponía al bebé a la cuna. Ese sajón era su enemigo; pero también, el hermano de Candy. Terry aguardó con paciencia, mientras el padre se despedía de su hijo.
Albert inhaló profundamente. La lógica le obligó a admitir que el normando tenía razón. Sin embargo, le exacerbaba el hecho de tener que dejar a su hijo en la guarida del enemigo. Tendría que confiar en la palabra del normando. Y eso le exacerbaba aún más.
—Ulric se quedará con la familia de mi esposa. Cuando ellos lleguen, usted tendrá que entregárselo.
Fue una orden, no una petición. Terry asintió y luego analizó su decisión.
—La familia de su esposa puede venir. Si me convencen de que están capacitados para cuidar al pequeño y protegerle, entonces le dejaré ir. Ahora vete, Albert. Ya has agotado todo el tiempo que tenía para ti.
Albert miró a su hijo y luego se encaminó hacia la salida que conducía a la escalera secreta.
—Libérate de tu odio, Albert. Todavía hay tiempo. No tienes que permitir que te destruya.
Si el hermano de Candy escuchó el consejo, no dio indicios. Bajó las escaleras sin volver la vista atrás ni una sola vez.
Terry cerró el panel y luego se acercó a la cuna. Ulric estaba furioso otra vez. Terry lo levantó y se lo apoyó sobre el hombro, imitando el gesto que Candy tantas veces repetía. Tranquilizó al niño susurrándole las tonterías que había escuchado murmurar a su esposa y en cuestión de minutos le calmó el berrinche.
Jimmy aguardaba en el pasillo. Terry le ordenó sellar ambas entradas al pasadizo, tanto la de arriba como la de abajo.
Advirtió que Alice estaba parada junto a las escaleras y le hizo un gesto para que se acercara.
—El bebé está bien —le dijo, cuando la vio con el entrecejo fruncido—. No ha sufrido ningún daño.
Ulric estaba muy despabilado. Se apartó del hombro de Terry y miró a su alrededor. Alice le tomó en sus brazos.
—Ha tranquilizado a este pequeño inocente —le dijo la criada—Ahora será mejor que vaya a tranquilizar a la otra —Alice se ruborizó al hacer la sugerencia— Le ruego me disculpe, milord, por haberme atrevido a hablar con tanta osadía, pero estoy preocupada por mi señora. Seguramente, debe de estar muy angustiada con toda esta preocupación.
Terry asintió.
—Sí, Alice, seguramente —coincidió.
Dio una palmada a la cabecita de Ulric, luego se volvió y tomó por el corredor. Francamente, temía la tarea que le aguardaba. No se sentía apto para cumplirla. No tenía ni la más remota idea sobre qué debía hacer para calmar a Candy.
Ella estaba parada junto a la ventana, mirando la oscuridad de la noche, cuando Terry entró en la recámara. Se volvió en cuanto oyó el crujido de la puerta al abrirse. La expresión de su rostro angustió a Terry: estaba aterrada. Terry suspiró, exhausto. Estaba convencido de que ella pensaba que ya había matado a su hermano y que solo aguardaba la confirmación fatal.
Archie estaba de pie junto a la chimenea. Parecía aliviado de volver a ver a Terry
—Lady Candy ha estado muy preocupada —vociferó, redundando en lo evidente.
Terry siguió con la vista fija en su esposa.
—No tiene por qué preocuparse. Su hermano aún sigue con vida. Archie conservó su sonrisa. Pasó junto a Terry al salir del cuarto.
—No estaba preocupada por Albert, barón. Estaba preocupada por usted.
Archie cerró la puerta cuando terminó de hacer el comentario.
—No estaba preocupada por ti —le dijo ella.
—Archie acaba de afirmar lo contrario.
—Mintió.
—Nunca miente.
Las lágrimas empañaron la visión de Candy.
—Debería odiarte, Terry. Sí, claro. Desde que nos conocimos me han sucedido las cosas más horrendas. Mírame —levantó las manos—. Tengo cicatrices en las dos manos y otra, espantosa, en el hombro. Todo ha sido por tu culpa.
Candy se desató el cinturón y lo arrojó al suelo. Se quitó el calzado con dos patadas.
—Y todo porque eres normando. Por eso todo es culpa tuya.
Se quitó el manto pasándoselo por la cabeza y luego metió la mano por debajo de las faldas, para tirar de las enaguas.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿No tienes nada que decir para defenderte?
No le dio tiempo a responder.
—De no haber sido por ti, mi cuerpo no parecería un mapa por todas las cicatrices que tengo.
—Yo pensé que solo se trataba de una tendencia tuya a sufrir accidentes.
Terry estaba convencido de que ella ni le escuchó. Estaba demasiado entretenida recitando la larga lista de defectos. Terry ni siquiera sonrió, a pesar de que ella le culpaba absolutamente de todo. Le permitió que despotricara hasta el cansancio, pues sabía que era la única manera que Candy tenía para descargar su ira y su temor. Además, era evidente que tenía pánico de preguntarle sobre Albert y Ulric.
Candy estaba agotada cuando terminó de quitarse todas las prendas, excepto la camisola. Estaba de pie frente a Terry, aunque conservando la distancia; con la cabeza gacha, los dedos de los pies encogidos y una expresión de irremediable vulnerabilidad.
—¿Estás dispuesta a escucharme?
Ella no le contestó.
—Candy, ven aquí.
—No —atravesó todo el cuarto para pararse frente a él—. Nunca más voy a obedecer ninguna de tus órdenes, Terry.
El guerrero no creyó oportuno señalar que era justamente lo que acababa de hacer. La rodeó con sus brazos y trató de atraerla hacia sí.
Ella le golpeó las manos.
—Tampoco permitiré que vuelvas a tocarme.
Pero Terry no estaba dispuesto a aceptar un rechazo. La obligó a acudir a sus brazos y la estrechó con fuerza. Ella relajó todo el cuerpo, abrigada entre los brazos de Terry y lloró desconsoladamente. Tan. indisciplinadamente como Ulric solía hacerlo, a gritos. Terry apoyó el mentón sobre su cabeza y, simplemente, se quedó esperando a que se desahogara.
Y cuando Candy terminó de llorar, Terry sintió que tenía la Parte delantera de la túnica empapada por las lágrimas de su esposa. Candy siguió sollozando unos cuantos minutos más contra el pecho de él. Estaba asombrada por su propio comportamiento, pero tampoco había podido impedirlo. Se sintió tan aliviada al ver entrar a Terry en la habitación, sano y salvo, que no pudo controlar sus emociones.
En ese momento, temblaba de cansancio y de frío. Terry la sintió temblar y la apretó con más fuerza.
—Tienes que meterte en la cama y taparte antes de que mueras congelada —le dijo.
Candy ignoró la sugerencia. No entendió por qué, pero necesitaba que Terry la tuviera abrazada un rato más.
—Debes de pensar que soy una niñita — le dijo—. Estoy actuando igual que Ulric.
—Puede que te comportes como él, pero créeme que hueles mucho mejor.
Candy le escuchó el tono de voz tan peculiar y se dio cuenta de que estaba bromeando. Era una reacción extraña, pensando en todo lo que había sucedido esa noche.
—¿Terry?
—¿Sí?
Pasó un largo rato hasta que pudo formular la pregunta:
—¿Soy una traidora?
—No.
La fuerza de su negativa la sobresaltó.
—No te enojes conmigo. Esta noche ya ha habido demasiada ira.
Terry le tomó el mentón y la obligó a mirarle.
—No estoy enojado contigo. La pregunta me ha irritado, eso es todo. Albert te ha dicho que eras una traidora, ¿verdad?
Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos. Terry estaba asombrado de que todavía le quedaran.
—Por Dios, Candy, no te pongas a llorar otra vez. Todo ha terminado. Albert está a salvo.
—Sabía que lo estaría —gritó ella—. Solo estaba preocupada por ti.
La vehemencia de Candy le dejó atónito. No sabía si debía sentirse insultado o no.
—¿Tan poca confianza tienes en mi habilidad?
Candy hundió los dedos en su pecho.
—Tu habilidad nada tiene que ver con esto.
—¿No?
Terry parecía totalmente confundido.
—No, por supuesto que no.
—Candy, habla con coherencia, ¿quieres?
—Albert es mi hermano.
—Ya lo sé.
—Le conozco mejor que tú.
—Sí.
—Tiene muchas cualidades buenas.
—No te atrevas a defenderle frente a mí.
Candy trató de alejarse de él, Terry no la dejó. La obligó a mirarle y luego le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Él te ha hecho esto, ¿verdad? —le preguntó, con una mirada tan feroz como la marca que ella tenía en el rostro—. Y si me dices que Albert no tuvo la intención de golpearte, perderé la paciencia por completo.
—¿Cómo sabes que Albert me golpeó? ¿Él te lo ha dicho?
—Tienes la marca del tamaño de un puño de hombre en tu mejilla, esposa. Por eso me di cuenta.
La furia de su voz la hizo estremecer.
—No perderás tu paciencia —le dijo ella—. Y eso es lo que trato de explicarte. Albert tiene un carácter terrible. Desde que era niño, reaccionaba antes de pensar. Papá siempre se enfadaba con él. Aparentemente, nunca pudo enseñarle a controlarse. Mi hermano no pelea con honor, Terry. Tú sí.
Su sonrisa estaba llena de ternura.
—¿Y cómo conoces mi manera de pelear?
—La conozco, simplemente —le contestó—. Tienes valores muy importantes. Has aprendido a controlar tus emociones. Además, eres extremadamente paciente. Durante el viaje a Londres, cuando yo siempre trataba de escapar y tú, de capturarme, jamás perdiste la paciencia conmigo.
De pronto, Candy se sintió agotada. Se apoyó contra Terry.
—La guerra ha cambiado a Albert. Ahora está lleno de odio. Jamás habría luchado justamente.
—¿Y tú crees que yo sí?
—Por supuesto.
Terry le besó la cabeza, la levantó en brazos y la llevó a la cama. Sonreía por dentro. No creía que la mujer hubiera comprendido lo mucho que le había complacido. Su esposa no sabía qué era justo y qué no lo era. Obviamente, Candy pensaba que había reglas específicas de conducta.
Candy estaba en un error de concepto, claro, pero Terry no estaba dispuesto a explicarle que en la lucha no se seguía ninguna regla. Estaba demasiado orgulloso por el hecho de que ella se hubiera preocupado por él.
La bajó junto a la cama y luego tomó las cintas que ataban la camisola de Candy.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella.
—Quitándote esto.
Ella trató de apartarle las manos. Los tirantes de la prenda se deslizaron por los brazos de la muchacha.
—Pero yo no quiero.
—Yo sí.
La camisola cayó al suelo. Candy estaba demasiado avergonzada por su desnudez como para ponerse a discutir. Apartó las mantas hacia atrás y se metió en la cama. Terry apenas alcanzó a ver el rubor que teñía sus mejillas antes de que Candy se tapara con las mantas, a modo de capullo.
La timidez de la muchacha le divertía. Terry se quitó la ropa, apagó las velas y se acostó. Estaba tan contento que ni siquiera tuvo que obligar a Candy para que acudiera a sus brazos. El frío ya había hecho la tarea en su lugar. Candy fue rodando hasta acurrucarse contra su cuerpo, para robarle un poquito de calor.
Terry se puso de costado, la rodeó con los brazos, le atrapó las piernas entre las suyas y colocó la cabeza debajo de su mentón. Pocos minutos después, los escalofríos habían desaparecido.
A Terry le encantaba abrazarla. Su fragancia era tan suave y ligera que habría enloquecido a cualquier hombre. La deseaba. Suspiró al descubrirlo. Era demasiado pronto para ella. La noche anterior le había hecho daño, por lo que debía dejar pasar un poco de tiempo para que se recuperase. Además, esa noche Candy había tenido que soportar el purgatorio y también debía recuperarse de eso. No. Terry no debía tocarla.
Sin embargo, su cuerpo hacía caso omiso a las decisiones que su mente había tomado. Ya tenía el miembro erecto y la ansiedad le consumía.
Dios, tenía tanta disciplina como un carnero en celo cada vez que estaba cerca de ella. No comprendía el porqué de esa falta de dominio. Candy era solo su esposa. Nada más. Realmente era algo asombroso que fuera capaz de producir ese efecto en él.
—¿Qué vas a hacer con Albert? —murmuró Candy en la oscuridad. Todo el cuerpo se le puso tenso, mientras aguardaba la respuesta.
—No voy a hacer nada con él.
Candy no le entendió.
—¿Le encerraste arriba? Le llevarás a Londres, ¿verdad?
Estaba preocupándose otra vez. Terty la apretó contra su cuerpo.
—Le dejé marchar, Candy.
La joven se quedó pasmada con la noticia. Se quedó callada durante un largo rato. Luego le preguntó:
—¿Tendrás problemas por haberle dejado marchar?
La pregunta fue tan ridícula que Terry sonrió.
—No —le contestó, secamente…
—Escuché un estruendo —dijo—. Era como si las paredes se hubieran venido abajo.
Le apoyó la mano en el pecho, mientras esperaba que le explicara. Su piel era tan increíblemente tersa. Le acarició, distraída. Terry la detuvo, poniéndole la mano encima de la suya. Transcurrió otro minuto, hasta que Candy por fin se dio cuenta de que Terry no añadiría nada más. Supuso que tendría que insistir.
—¿Ha habido pelea?
—No.
—¿Entonces por qué tanto ruido?
Terry suspiró. Candy no iba a ceder.
—Se cayó la repisa al suelo —Terry parecía medio dormido.
Candy acercó la cabeza para mirarle y advirtió que tenía los ojos cerrados.
—¿Se cayó sola?
—Duérmete, Candy. Es tarde.
—¿Por qué has dejado que Albert se marchara?
—Ya sabes por qué.
—Le has dejado ir por mí, ¿verdad?
Terry no le contestó.
Ella le besó el mentón.
—Gracias.
Terry abrió los ojos y frunció el entrecejo.
—No tienes por qué darme las gracias —dijo con voz dura, casi desagradable—. Yo quería hablar con Albert y eso fue lo que hice exactamente. Le di la oportunidad de rendirse. Pero él prefirió no hacerlo. Entiendes lo que eso significa, ¿no?
Candy entendía perfectamente bien el significado de aquella negativa, pero no quería hablar al respecto. Trató de darse la vuelta, pero Terry la atrajo hacia su cuello otra vez.
—No permitiré que te engañes. Albert se resistirá hasta que muera. Si vuelve a esta casa, tendré que matarle.
—¿Pero y qué hay de Ulric? —gritó ella—. Albert tendrá que volver por su hijo. No podrás tener la intención de…
Terry la obligó a bajar la cabeza, aplicando una ligera presión por detrás del cuello. Al mismo tiempo, selló las protestas con un beso prolongado. Solo pensó en distraerla, pero sus labios se enternecieron de repente y adquirieron un sabor tan delicioso que Terry no pudo dejar de disfrutarlos. Su boca, por el contrario, estaba ardiente, abierta, exigente. Metió la lengua dentro, lo más profundo que pudo. Y a ella le gustó. Terry se dio cuenta, por el sensual gemido que emitió. Oh, Dios, cuánto la deseaba. Siguió deslizando la lengua, hacia adentro y hacia afuera, con un ritmo tan erótico que solo le hacía desear más y más. Por mucho que se le acercaba, todo le parecía poco. Mientras con una mano le sujetaba el cuello, con la otra le apretaba las nalgas, restregándola con fuerza contra su erecto miembro viril.
Cuando por fin la soltó, Candy sintió que le faltaba el aire. Aparentemente, él estaba en las mismas condiciones. Contempló su boca. Candy tenía los labios colorados, hinchados, tentadores. Masajeó el inferior con el pulgar. Sentía que el corazón le golpeaba contra el pecho. Inspiró profundamente, varias veces, para tranquilizarse.
—Ahora escúchame —le dijo, con voz ronca—. Albert no volverá. Enviará a alguien de la familia de su esposa para recoger a Ulric. Si esos tutores son de mi agrado, entonces dejaré ir al bebé.
—No —trató de alejarse de él.
—Sí —pasó una pierna sobre las dos de ella, para atraparla. Albert es el padre de Ulric. Como es de tu familia, he aceptado. No discutas conmigo, Candy.
—¿Del mismo modo que no puedo discutir contigo sobre Anthony? No me permites ver a mi hermano menor y ni siquiera me das una buena razón para no hacerlo. Me pides demasiado, Terry.
—Solo te pido lo que sé que puedes dar —le respondió. Le besó la ceja—. En la decisión que he tomado con respecto a Anthony no he tenido intenciones de lastimarte.
—Sin embargo, me estás lastimando.
—Ya veo. ¿Y crees que yo, deliberadamente, te alejé de Anthony para que sufrieras?
—No —admitió ella con un suspiro—. No serías tan despreciable.
—En este momento, eres la última persona que necesita tener a su lado, esposa…
La ira de su voz la confundió.
—Yo jamás haría daño a Anthony.
—Sí, claro —le contestó. Meneó la cabeza—. Recuerdo claramente que el día que fui por ti a la abadía, te dije que yo asumiría personalmente la responsabilidad de cuidar a Anthony, Candy. ¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que te dije?
—No recuerdo —masculló—. Por entonces, estaba muy deprimida. No puedo creer que pienses que le he hecho daño a mi hermano a propósito. Siempre le he cuidado. Después de todo, es el más pequeño de la familia y ahora que yo estoy…
—Candy, basta ya de tonterías. Anthony malinterpretaría tu preocupación por compasión. Y ese sentimiento le humillaría. Ya tiene demasiadas cosas de qué preocuparse ahora. No puedo permitirte que le hagas más pesada la carga.
—¿Y de qué cosas tiene que preocuparse?
—De mí.
Fue extraño, pero el comentario arrogante la calmó. En el fondo de su corazón, sabía que Terry tenía razón con lo que estaba diciéndole con respecto a su hermano. Anthony era un hombre muy orgulloso. Habría sido humillante para él ver que Candy observaba cómo luchaba él para recuperarse. Candy no podría disimular su dolor. Y Anthony pensaría que en lugar de congoja sería compasión.
Su marido también estaba en lo cierto acerca de Albert. Con la promesa de permitirle que Ulric se marchara del castillo le había quitado una razón valedera para volver. Rezó una plegaria deseando que su hermano se diera cuenta de su buena suerte. Sabía que Terry no le daría otra oportunidad de salir bien parado.
Candy apoyó la cabeza sobre el hombro de Terry y cerró los ojos. Se sentía fuera de lugar. No tenía tendencias a la autocompasión, pero todo estaba patas arriba desde que los normandos habían empezado a dirigir las cosas.
Terry le levantó el rostro, le besó la frente y luego la nariz.
—Te deseo, Candy —murmuró, con un suspiro de cansancio. Repentinamente, rodó sobre ella, de modo que Candy quedó acostada boca arriba y con el cuerpo totalmente cubierto por el de Terry, desde la cabeza hasta los pies—. Duérmete antes de que olvide mis buenas intenciones.
Candy no quería dormir. Quería… no, deseaba que él la tocara. Y mientras Terry estuviera haciéndole el amor, ella creería que de verdad la amaba. Ni siquiera le importaría estar mintiéndose a sí misma. El encuentro con Albert había sido tan doloroso, tan desgarrador.
Terry era capaz de hacerle olvidar el tormento, aunque solo fuera por un rato.
—Has dicho que me deseabas —murmuró ella, con tono de vergüenza—. No cambies de opinión, Terry, pues yo también te deseo.
Terry apoyó todo el peso de su cuerpo sobre los codos y le sonrió. Su corazón advirtió la sonrisa pícara de su esposa y comenzó a latir a toda velocidad.
—¿Cómo puedes sentir tanta vergüenza frente a mí ahora, cuando has estado envuelta en mí durante la última media hora?
—Nuestra discusión me ha hecho olvidar que… estaba desnuda—balbuceó—. Ahora lo he recordado. Bésame, por favor. Me haces olvidar la timidez. Eso fue lo que hiciste anoche.
Terry meneó la cabeza. El recuerdo del acto sexual de la noche anterior le colmó de ansiedad. Quería tomarla otra vez.
—Pero te lastimaría.
—¿Un beso? Seguramente será inofensivo.
—No me detendré, Candy. Mi disciplina se reducirá a la nada.
La sonrisa de Candy le cautivó.
—Me encanta cuando tu disciplina se reduce a la nada.
Le tomó el rostro entre ambas manos y le atrajo hacia sí. Le besó profundamente. Sin embargo, no tuvo respuesta alguna de su parte. Por fin, tuvo que morderle el labio inferior para llamarle la atención. Apenas fue un pellizco, pero resultó. Terry emitió un gemido gutural y su boca se plantó sobre la de ella, posesivamente. El beso borró de inmediato todas las demás consideraciones. Fue insolentemente carnal. La estaban seduciendo y fue una sensación gloriosa. Terry la hizo arder, desear más y más caricias. Se aferró a él y dejó que su amor y pasión por ese hombre arrebataran su mente y su alma.
La respuesta de Candy hizo añicos su control. Terry trató de calmarse, de darle tiempo para que la mujer le deseara tanto como él a ella. Pero como su miembro había estado erecto durante tanto tiempo, la tarea le resultó prácticamente imposible.
Arrancó su boca de la de ella, para descender hacia el valle que se hundía entre sus senos. Luego le besó el vientre y bajó aún más. Candy no tuvo tiempo para protestar, hasta que advirtió que Terry estaba besándole la zona que más le quemaba. Su asombro se convirtió en un grito de placer inconmensurable.
La intimidad que Terry había impuesto era decadente. Y maravillosa. Candy pidió más, a gritos.
Y para Terry, Candy sabía tan bien. Deslizó la lengua hacia la femenina protuberancia que se anidaba entre los pliegues de la vulva y luego presionó hacia adentro. Fue como si un rayo la hubiera alcanzado. Se arqueó contra él, exigiendo que aquella dulce tortura se prolongara.
—Terry, por favor —gimió, rogándole para que le brindara la satisfacción total, que estaba allí, pero fuera de su alcance…
Terry no pudo esperar más. Se arrodilló entre sus muslos, le levantó las caderas y penetró profundamente en ella. Se detuvo cuando ya no pudo hundirse más. Tenía la voz cargada de pasión.
—¿Estoy lastimándote? Dímelo si es así.
Candy no podía decir ni una palabra. Se arqueó contra él, hundiéndole las uñas en los hombros. La presión que crecía dentro de ella fue fatal.
Terry deslizó la mano entre ambos cuerpos unidos. La acarició con las yemas de los dedos hasta que el fuego que ardía dentro de ella se descontroló por completo. Sus gemidos indicaron que el gesto la complacía sobremanera. La boca de Terry volvió a cubrir la de ella. Y entonces, empezó a moverse. No fue para nada suave. Se retiraba hacia atrás, para volver a penetrarla casi con violencia. Candy estaba tan ardiente, tan mojada, tan maravillosamente estrecha. Sus pujos fueron más poderosos, más agobiantes. Y cuando por fin la sintió ponerse tensa a su alrededor, supo que estaba alcanzando el orgasmo. En ese mismo instante, eyaculó con un grito de placer.
Ambos vivieron juntos el clímax. El esplendor la devastó. Se aferró a su esposo y se dejó llevar por el éxtasis. No tenía miedo, aun cuando tenía la sensación de que la mente se le había separado del cuerpo. Saboreó esa sensación tan gloriosa, pues supo que Terry siempre la protegería.
Cuando el último temblor se desvaneció, Candy se recostó contra las mantas. Se creía muerta.
Terry pensó que la había matado. Se desplomó sobre ella, plenamente satisfecho. Su dulce esposa le había arrebatado todas las energías y también la fuerza de voluntad, pues al parecer no podía alejarse de ella.
Le llevó varios minutos reponerse. Luego empezó a preocuparse.
—Candy, ¿te sientes bien?
La preocupación de su voz fue tan cálida como el fuego de la chimenea.
—Sí.
Terry creyó que hasta la voz de su esposa estaba ruborizada. Dios le amparase, pero se echó a reír a carcajadas. Su esposa había sido totalmente insolente pocos minutos atrás y en ese momento era pura timidez.
—¿Qué te resulta tan gracioso? — preguntó ella—. ¿Te estás riendo de mí?
—Me complaces —le dijo él—. Por eso me río.
—¿Terry?
—¿Sí?
—Todo saldrá bien, ¿verdad?
El temor de su voz le obligó a recuperar la compostura.
—Yo cuidaré de ti, Canfy —dijo él, eludiendo la respuesta.
—Ulric tiene que irse.
—Sí.
—¿Crees que Albert no volverá una vez que el bebé ya no esté en esta casa?
—Eso espero —admitió—. Volverá por Anthony.
El suspiro de Terry fue prolongado. En un momento, había abrigado la esperanza de que Candy no llegara tan pronto a esa conclusión.
—Anthony no se irá con Albert. Duérmete, Candy. Es mi obligación proteger a esta familia.
Cierto, era obligación de Terry y él jamás volvería la espalda a algo que creía justo. Esa responsabilidad había caído sobre sus hombros desde el momento en que ella le había elegido como esposo.
Candy deseó con todo su corazón que no fuera solo la obligación lo que le impulsara a actuar de ese modo. Cerró los ojos y trató de no llorar. Contaba con la protección de Terry. Por supuesto.
Pero ella pretendía su amor.
CONTINUARA...
