Capítulo 13

Alfred los volvió a encontrar en la cama a la mañana siguiente. Matthew no sabía dónde esconder su vergüenza, mientras que Francis saludaba al tercero en cuestión sin entusiasmo alguno. Fue a bañarse, mientras los hermanos se quedaban hablando en la habitación sobre la vuelta de Alfred a Estados Unidos y la próxima gala que habría en New York, con motivo de arte francés. Lo invitó, si quería, añadiendo que estaba próximo de convencer a Arthur.

—¿Y además de él, quiénes más irán…? —preguntó Matthew, sin ganas de ver a Arthur por las próximas décadas.

—Eh, pues Japón, ese país que habla español, ese país que no es Brasil, pues Brasil, el otro que me grita mucho, el otro de donde tomé mis lentes, el que es serio, el que come pasta, el que…

—Ya, me doy una idea —cortó Matthew, añadiéndole nombres a las descripciones de su hermano—. Van a venir bastantes.

—Después de la gala habrá una fiesta de las mías. Ya sabes cómo es. —Alfred sonrió, como satisfecho consigo mismo. A Matthew le gustaba esa sonrisa, porque le daba una frescura infantil.

Alfred no quiso indagar sobre lo que había entre Francis y él, aunque pensaba que sería lo primero que preguntara dado lo curioso de su personalidad. Sin embargo, recordó las veces que había sorprendido a Alfred y a Arthur en la misma cama, generalmente después de una noche de películas de terror; supuso que su hermano habría concluido que sucedía lo mismo entre ellos. Arthur, a pesar de la separación, seguía tratándolo como su hermano menor, tal cual a veces también trataba a Australia, Nueva Zelanda y el resto de sus antiguas colonias.

Francis salió del baño de mejor humor y preparó el desayuno como se había hecho costumbre. Comieron de buena gana. Al terminar, Alfred se despidió de ambos y partió hacia su tierra. Una vez solos, Matthew pensó que deberían hablar de lo que había ocurrido anoche. ¿Creería la explicación de Francis o se inclinaría a favor de su hermano mayor? No, de ninguno de los dos. ¿Por qué meterse en un asunto entre otros, que poco le concernía? Francis dijo que no lo había amado nunca y por eso lo había desdeñado la última noche. No lo amaba. Lo había herido, pero ¿no hubiera acabado así, o peor, de haber seguido después de la declaración de amor? Tal vez… tal vez…

Y entonces, ¿ellos qué? ¿Qué creer de los sentimientos de Francis hacia él? ¿A él sí lo amaba, si se acostaban, sería por algo más que sexo? Él no había tenido problemas de acostarse con personas antes, incluso aunque solo hubiera deseo entre ellos, pero con Francis era diferente: Acostarse por sexo estaba vetado, sería un golpe del que difícilmente se repondría. Porque sí, a estas alturas consideraba que Francis valía más para él que un simple encuentro de una noche.

Lo buscó por la casa y lo encontró en su habitación, arreglando la maleta. ¿Se iría por fin? ¡No! Espera, ¿por qué no? Tampoco voy a impedírselo, después de querer que se fuera antes, pero…

—¿Se va?

—Debo ir a París para atender mis obligaciones —le dijo Francis—, pero volveré en cuanto pueda. Si me recibes, claro.

—Pero… es tan violento… —consideró Matthew, inseguro. Su voz se volvió pequeña y escuálida, terminó por bajar el rostro—. Pensé que hablaríamos de lo de ayer. Lo que dije era cierto. Nadie tiene la culpa y mi opinión sobre usted era injusta. Lo que no quiere decir que usted sea un santo.

—¿He conseguido la absolución?

—Por poco —se atrevió decir Matthew y se encontró con que Francis se le había acercado, tomándole de la barbilla para levantarle el rostro.

—No te apenes. Cuando hables, mírame a los ojos, no al piso —le acarició la barbilla, Matthew se lo permitió—. Entonces ¿tengo una oportunidad contigo?

—No. No si procurará amarme como si fuera el único —dijo Matthew y se sorprendió de lo firme que había sonado—. Si me querrá, será porque no habrá nadie más. Estará conmigo y solo conmigo. Nada de terceros. De buenos amigos. De amantes. De citas, ¡de otros Adams! ¡De otros Viggo! Entienda que para mí, la fidelidad cuando quiero a alguien es esencial.

—¿Me quieres?

Matthew se encontró enrojeciendo, habiendo perdido el impulso valiente de antes.

—Es un compromiso, mon chou. No estaré con nadie, porque te amo a ti, tanto para adaptarme a tu modo de amar. Y tú a cambio me dirás que me quieres siempre. Me querrás por siempre.

Matthew hubiera querido hacer críticas en todo lo dicho, pero Francis le quitó la oportunidad dándole un beso en la boca, hambriento y risueño, devorador y tierno, como si ambas cosas pudieran congregarse en un solo momento y así volar el tiempo. Matthew se rindió, con las piernas débiles y la sangre agolpada en su rostro.

¡Te quiero! ¡Te querré por siempre! ¡Ya lo hago, ya lo estoy haciendo! Matthew hubiera querido decirle todas estas cosas, pero solo alcanzó a soltar un jadeo, y se derritió ante la risa encantada de Francis, que volvió a hacer posesión de sus labios conquistados.


Francis se había ido hace una semana y ya lo extrañaba como si hubieran pasado siete siglos. Se distrajo con todo lo posible, pero por las noches, solo y sin amigos, su pensamiento caía en él. A veces —no, la mayor parte del tiempo— cedía a su anhelo y se tocaba recreándolo en sus fantasías.

Por supuesto que se hablaban. Ya fuera por Skype o por mensajes por el celular, pero no era suficiente. Él quería tocarlo y escucharlo hablar de temas serios o frívolos, de verle despertar de humor huraño y ver cómo poco a poco se iba transformando en esa estrella que nunca dejaba de brillar en su firmamento. Pensó en ir a París, pero se controlaba demasiado como para ceder ante sus impulsos. Confiaba en que Francis vendría pronto, que buscaría desocuparse de su trabajo lo más rápido posible. Era de esperar que tardara más de lo que habría esperado, porque se había quedado mucho tiempo en su casa, desatendiendo los asuntos de su tierra. Era hora de ponerse responsable. Él también intentó adelantar trabajo, reunirse con sus ministros y ser la nación ejemplar de siempre, aunque por dentro estuviera contando las horas que habían pasado lejos de Francis.

Por ello, cuando un sábado por la mañana lo encontró frente a su puerta, le abrió los brazos mientras Francis se le abalanzaba a su cuello y a su boca, casi a punto de llorar de las ganas que había estado contenidas desde entonces. De la emoción, no se fijaron y Matthew se tropezó con el primer escalón de la escalera, cayendo al suelo y dándose un golpe que no sintió en absoluto. Se posicionó arriba de Francis y éste lo detuvo después de unos instantes.

Mon chou, por dios, parecemos unos animales. Y me estoy lastimando la espalda —le indicó, alejando a Matthew de su cuello—. Vamos a un sitio donde pueda explayarme como quiero.

—Lo siento, lo siento mucho pero mucho… —se disculpó. Francis le dio un pico antes de levantarse y tomarle de la mano, llevándolo a su habitación.

Allí descubrió que, por la manera que tenía de usar sus dedos sobre su cuerpo, parecía que Francis lo conocía de toda la vida. Conocía exactamente qué puntos tocar para causar estremecimientos involuntarios en Matthew, nublado por el placer y las ansias de que aquello continuara toda una eternidad. ¿Cómo había aprendido a saber sus puntos débiles en tan poco tiempo? Era una maravilla.

—Ridículo, mon chou, solo tengo mucha experiencia —le dijo Francis, sin evitar esbozar una sonrisa de suficiencia—, y te he observado mucho. ¿Quién dijo que yo pierdo el tiempo…?

Hasta entonces, era Francis quien más solía moverse de los dos. Matthew estaba inseguro sobre cómo avanzar en él; qué le gustaría, qué iba a disfrutar más, ¿y si se equivocaba? ¿Y si era brusco? ¿Y si en cambio era muy blando y lo aburría? Las dudas carcomían su mente.

La semana continuó sin que Matthew tuviera un alivio a su conmoción mental. Necesitaba mejorar en el terreno donde Francis era amo y señor. Cuando se encontraba desocupado, entraba a internet y usaba los buscadores para hallar páginas sobre sexo. Algunos consejos eran cursis, otros muy imaginativos, pero ninguno parecía ser la respuesta para Matthew, quien no tenía idea de cómo llevarlos a cabo. O, más bien, de dónde encontrar el valor para lanzarse en pleno riesgo.

El viernes por la tarde Francis volvió a su casa, con una caja de chocolates belgas y un beso en la boca que no tardó en darle. Matthew lo recibió como siempre, encantado y nervioso. Francis le tendió la caja de chocolates, Matthew la recibió y sus manos la dejaron caer.

—Lo siento, lo siento, qué torpe soy… —murmuró, limpiándose el sudor de las manos al tiempo que se agachaba a recogerlo.

—¿Te sientes bien? Estás pálido —dijo Francis—. Y frío. Y esa cara es horrible.

—Es mi cara de siempre —repuso Matthew.

—Lo sé. Pero no. No me refiero a… ¿estás asustado?

—¡No! ¡Qué va! ¿Asustado yo? —Matthew intentó reírse, pero le salió una risa desganada que no convencería a nadie.

Francis le tomó de la mano y lo llevó al sofá, donde lo sentó y le miró con aire crítico. Se puso a su lado y lo examinó de pies a cabeza. Matthew se azoró, preguntándose qué hacer entonces. Jamás se le había dado bien actuar.

—Tienes un problema y creo saber cuál es —le dijo Francis.

Maldición, lo sabe todo, es como dice Alfred: ¡Francis lee la mente y lo sabe todo, hasta cuando no te lavas las manos después de utilizar el baño! ¡Lo sabe todo! Ahora pensará que soy ridículo y se burlará y quién sabe qué más… Matthew quería que la tierra se lo tragara y lo llevara a resguardo, al centro mismo. Seguramente el infierno sería más llevadero que el estar bajo la mirada seria de Francis.

—Piensas mucho —le acusó—. Te estás complicando demasiado. Mírame a los ojos cuanto te hablo. Te quiero, y no me gusta verte así. Bueno, no tanto, si soy sincero. ¿Te sientes incómodo cuando estamos juntos?

Matthew se vio incapaz de hablar. Lo intentó, pero se había convertido en mudo en el peor momento.

—Asiente si es así —dijo Francis, dándose cuenta de su problema. Eso fue lo que hizo Matthew—. Bien, ¿quieres que detenga lo que estamos haciendo? —Esta vez, Matthew negó—. ¿Ir más lento, entonces? —Una negativa, otra vez—. Bueno, ya vamos lento, considerando que… No, lo pasado no tiene nada que ver. Matthew, si no te expresas no sabré cuál es el problema exacto. Soy incapaz de leer la mente.

Mentiroso, claro que lo hace. Matthew se tapó el rostro con las manos para ver si así la vergüenza se iba, pero no ocurrió. Sus mejillas ardían, sudaba como nunca, y estaba seguro que Francis no lo dejaría ir hasta que consiguiera lo que quería.

Entonces Francis se levantó y desapareció de la habitación sin anunciar a dónde iría. Tuvo la esperanza de que se hubiera ido, aunque otra parte de él detestara esa perspectiva. Para su alivio y tormento, volvió cinco minutos después con papel y lápiz.

—Se me ha ocurrido que, como te cuesta hablar, me escribas lo que te ocurre. Ten. —Matthew los tomó, sintiéndose un idiota, aunque Francis no parecía mirarlo como si fuera tal.

Ante la hoja en blanco dudó un poco, pero luego pensó que sería más fácil que continuar con toda aquella cómica. Escribió sus problemas, absolutamente todas sus dudas, y al cabo de un tiempo se lo devolvió a Francis, con el rostro igual de rojo.

Francis leyó en silencio. Ojalá fuera capaz de contener sus expresiones, pero era imposible. A cada contrariedad, sus cejas se fruncían, se mordía el labio, entornaba los ojos y arrugaba la frente. El rostro de Francis siempre había sido expresivo, ya fuera por un sentimiento real o teatral, para él era ajeno el ser indiferente a su entorno y a sus propios sentimientos.

—¿Esto es lo que has sentido?

Matthew asintió, bajando la cabeza. Francis le tomó de la barbilla y le obligó a mirarlo.

—Soy el idiota más grande de este mundo al no darme cuenta —le confesó Francis—. Matthew, no creo en lo absoluto que seas lo que te has descrito acá. No pienses que das pena o que vales poca cosa. Porque que yo esté contigo ya te tiene que dar una idea de lo mucho que vales.

—Soy como un virgen para usted —se atrevió a decir.

—Es claro que hay una diferencia en experiencia, pero esto no es lo más importante. No quiero que tengas preocupaciones cuando estés conmigo.

—Pero yo no soy lo suficientemente bueno en. Esas cosas. Que usted hace.

—Que ambos hacemos. Te quiero. Te quiero y eso es lo único que me importa. Cuando me besas, cuando me tocas, eso es lo que me dices y lo único que vale para mí. ¡No hay más! ¡Olvídate de lo demás! O si no… romperé en llanto. Eso haré —agregó de repente—. Lloraré y moriré de agonía. Soy capaz de hacerlo. Muy capaz.

—Nadie se muere de agonía.

—Oh, no has visto nada.

Por un momento le creyó que sería capaz de morirse de verdad.

—Bien —dijo, decidiéndose por hacerle caso—, confiaré en usted. —Y decir esto era muy importante, porque media vida se la había pasado desconfiando de la palabra de él, influenciado por Arthur, viendo cómo mentía a menudo a quienes le conocían, adorando ponerse una máscara y actuar en la vida real—. Pero si usted… si usted falta a su palabra…

—¿Me matarás? —interrumpió Francis.

—No —¿De dónde sacaba esas suposiciones tan dramáticas?—, pero será como si usted me hubiera matado a mí.

Francis vio bien sellar la promesa con un beso que ya no podía contenerse en realizar. Matthew hubiera querido seguir hablando, pero quedó desarmado ante él. Tenía razón, si Francis le fallaba, él sería quien se moriría.

—Otra cosa más —dijo Matthew, sonrojándose para su pesar. Reunió fuerzas y se lanzó a hablar—: ¿Podemos… quiero decir, no crea que no me gusta si no que… podemos…? Quiero decir… Eh… usted sabe… —Francis arqueó una ceja, demostrando que no, no sabía—… o tal vez no… en fin… es que…. ¿no le importará ir más… pausados? ¡No que no lo desee! Sino que no quiero apresurar las cosas y no creo que vaya a funcionar así. Pues. En realidad no sé lo que debo decir.

—Te he comprendido —asintió Francis—. E iremos lento si tú quieres, no me importa esperar a que estés listo.

Pasaron las semanas, asistieron a la gala de Estados Unidos sin ocultarle a nadie su relación, bailaron y rieron, aguantaron los intentos de Hungría por enterarse más de cómo se enamoraron (o, en realidad, de sus momentos más íntimos), Mónaco miró a Canadá como si fuera un monstruo y le acribilló a insinuaciones sobre que sería mejor comportarse como todo un caballero con su hermano si no quería verse en problemas. Estados Unidos le hubiera dicho lo mismo a Francia, pero estaba muy ocupado siendo el centro de atención de todos y no se percató de la pareja hasta que le pareció que no había competido con Francia por el interés de los invitados.

Con respecto a Inglaterra, los ignoró como si acaso no estuvieran allí, pero esa misma indiferencia delataba su contrariedad. Junto a Prusia y Dinamarca se fue a beber sus penas en un bar cualquiera (los otros dos lo acompañaban por el simple hecho de querer tomar), hasta acabar borracho y sintiéndose solo, terriblemente solo. Muy avanzada la noche, sintió una mano delicada en su hombro; miró con ojos perdidos a la figura de facciones finas, pero cuya expresión le dirigía un reproche silencioso, secretamente dolida. Portugal se lo llevó a la habitación de su hotel, sabiéndose que lo mínimo que podía hacer por aquel deseo imposible era cuidarlo mientras durara su despecho.

Y fin.


Notas: Y eso es todo. Sinceramente, me aburrí de la historia y prefiero cortarla antes que dejarla en hiatus indefinido (esos que se suelen alargar hasta siempre). Gracias por leer! :)