Disclaimer: mío es sólo el ordenador. De momento.

Notas: perdón, perdón, perdón por el retraso. Capítulo dedicado a Yuugata Yume y a Rikuchan22, obviamente; gracias por la paciencia y esas cosas llamadas reviews que los demás no parecen conocer.


Capítulo XII. El tío abuelo Taka

Digamos que, en plan de secuestros, esto es casi que más cutre que lo de Nuriko. Y ya es triste, ya.

Mi secuestrador (alias el tipo bajito, feo y medio loco que, además, huele mal) se ha quedado dormido. Así, sin más, delante de mí y sin cortarse un pelo. Y si ya era molesto despierto, no te cuento yo dormido; ronca que es un gusto, el chaval. Más que la tía abuela Miaka; estoy empezando a pensar que lo hace queriendo, y todo, para desmoralizarme y que busque el suicidio.

Lo está consiguiendo.

En fin, a lo que íbamos: ahora es cuando, ya que estamos en un libro, vienen los caballeros andantes (renqueantes, en mi caso) y rescatan a la dulce y encantadora princesa, ¿no?

Jo, pues sí que son tiquismiquis aquí con eso de la sangre real. ¿No podían rescatarme de todas formas?

-¡Tatá tatá tarararararararatá! -¿qué? Es que yo, cuando me aburro, canto. Y, como amordazada no se puede cantar, pues tarareo.

-¡Cállate! –chilla, de pronto, mi secuestrador. ¿Pues no estabas dormido, hijo? A ver si nos aclaramos…

Por supuesto, yo, como niña obediente que soy, sigo tarareando. Cada vez más alto; ahora parezco un enjambre de abejas furiosas, claro, pero es lo que tiene. Si me dejase sin mordaza podría darle un concierto.

-¡Calla, niña! ¡Basta ya! –jo, qué poco valoran mi arte. Y la cosa es que es entretenido, esto de verle chillar y chillar, y ponerse rojo. Parece un sapito, ahí dando saltos. Me recuerda… Cada vez me recuerda más a mi profesor de Historia, en efecto.

Qué mal rollo.

-Basta, Sacerdotisa de Suzaku –me dice, ya más tranquilo. Qué le habrá hecho calmarse, ni idea. O, ahora que lo pienso, a lo mejor tiene algo que ver el cuchillo que lleva en la mano…-. Cállate y sé buenecita, o te juro que…

¡No! No acerques el cuchiiiillo, que vas a cortar a alguien, hijo. Cuidado. ¡Cuidado!

-¿Ves esto? –como para no verlo, si es casi una espada, de grande. De todas formas, y como no estoy segura de que pueda leerme los pensamientos (mi profe de Historia puede, estoy segura; si no, ya me contarás cómo me pilla cuando no atiendo. Y no, no tiene nada que ver que no atienda nunca), afirmo con la cabeza. Cosa que, teniendo en cuenta que estoy colgada por los pies de una cuerdecita, resulta en todo mi yo oscilando como un péndulo. Es como estar en un columpio, pero del revés- Si no te estás calladita, niña, te juro que te ensartaré y te…

-¡Miau!

Ehm… Vaya. La verdad, no me esperaba al gato, de entre toda la gente. Aunque claro, si el gatito está aquí, eso sólo puede significar que…

-¡Atchís! –le respondería con un ¡salud!, pero estoy amordazada. Además, no me cae bien, más que nada porque ha intentado matarme y eso. Y porque se parece al de Historia-¡Maldito gato!

Y ahí va mi secuestrador, persiguiendo a un minino minúsculo y mini-algo más, corriendo por la guarida esta con un cuchillo que es casi que más grande que él, y olvidándose de mí. Que no es que quiera sus atenciones –me gustan más las de mis chicos-Estrella, que son más guapos-, pero es que esto no es serio. ¡Oyeee! ¡Que la secuestrada aquí soy yo!

Súbitamente –o no tan súbitamente, porque llevo aquí esperando media hora-, se hace la luz. Supongo que alguien ha debido de abrir un poco más la puerta, claro, porque, si no, no se explica. Pero la cosa es que ahora se ve mejor, y que también –y no me preguntéis qué relación tiene una cosa con la otra- soy capaz de escuchar cosas que antes no había escuchado. Como unos pasos.

Vale, puede que, quien quiera que sea, acabe de llegar. Es una opción, sí. Pero la cosa es que lo escucho.

Es un paso cansado, como de viejo. Como del ancianito ese que se acerca renqueando, de ojos azules y una barbita descuidada y larga hasta casi los pies. Que llega a mi altura y me desata… los pies.

Me estampo contra el suelo.

-¡Oh! –dice él, como si acabase de darse cuenta- ¿Estás bien? –le dirijo una mirada de puro odio, pero claro, con eso de que estoy dándole la espalda a lo mejor no se ha dado cuenta-. Vamos, levanta. Hay que irse de aquí, ¡rápido!

Y, por lo visto, ese rápido era más bien un lento, porque se pone a andar arrastrando los pies, como si no pudiera con su alma. Que, pensándolo bien, lo mismo es lo que le pasa.

-Mmmphh –protesto, indicando que, a lo mejor, si me desatara las manos podría hacer todo esto más fácil. Pero, por lo visto, me he topado con un sabio despistado, porque no se da ni la vuelta, el tío. Qué poca vergüenza; no me extraña que nadie quiera ser Sacerdotisa de Suzaku, con esta calidad en los rescates.

Como está claro que aquí me las tengo que apañar yo solita, lo mejor será empezar ahora. A ver… Sí, probablemente si muevo los brazos así y así…

Vale. Mi secuestrador –desaparecido en la actualidad en persecución de un gato- no tiene ni idea de cómo se hacen los nudos. O de que no merece la pena ahorrar gasto en cuerdas, porque cuando están rotas y hechas polvo no sirven de nada; por lo menos, si la prisionera se da cuenta de que, efectivamente, están rotas y hechas polvo, las cuerdas.

En resumidas cuentas: soy libre. ¡Liiiiibre, como el viento que recoooge mi lameento y miii peeeeesaar!, y todo ese rollo. Y, ¡puedo hablar!

-Oye, espera –es lo primero que digo. Frase dedicada, por cierto, a mi rescatador, que, en todo este tiempo, casi ha conseguido alejarse dos metros de mí. Qué logro.

-¿Sí? –ahora que me fijo, este hombre habla así como muy alto. Como si estuviese medio sordo, o sordo entero.

-¿Quién eres? –la falta de respuesta me indica que, efectivamente, tengo razón. Está sordo como una tapia. Se lo repito, esta vez un poco más alto- ¿Quién eres?

-No quiero nada, gracias –me contesta.

Sinceramente, ¿dónde está el sindicato de Sacerdotisas de Suzaku? Me gustaría convocar una huelga: nosotras también tenemos derecho a rescates dignos.

-¡Digo que quién eres! –chillo, con todas mis fuerzas. El viejecito me sonríe, tranquilo, como si le acabase de susurrar algo en el oído.

-Un poco más alto, Sacerdotisa. No te oigo bien –en serio, quiero suicidarme.

-¿Quién es usted? –y, por fin, parece que nos entendemos. O a lo mejor es sólo mi eterno optimismo.

-¡Ah! Me llamo Kisho –dice. Vale. Me ha dejado como antes. ¿De qué me sirve a mí el saber que tiene un nombre raro de narices?

-Ah.

-Y, respecto a quién soy, señora -¡oye! Que no estoy tan vieja-, algunos me llaman Chiriko, Estrella de Suzaku.

Ehm… Shock. De los gordos. De los gordos gordos gordos. Esto es peor que tener una madre charlatana, una rubia despampanante y dos niños pequeñajos de compañeros. Esto es mucho peor.

¿Chiriko no era un niño pequeño?

En serio, esto no funciona. Alguien quiere reírse de mí, me temo. A lo mejor es el pajarraco, que se ve que le arranqué una pluma o algo, porque todo está en mi contra.

-¿Chiriko? –pregunto, con los ojos como platos. El viejecito asiente, no sé si porque me ha oído o porque se ha inventado lo que quiero decirle, y lo encuentra entretenido.

-Muy bien –se oye una voz a mi espalda-, ahora tendré dos por el precio de uno.

Y a mi secuestrador le falta la risa malvada para parecer la madrastra de Blancanieves. Bueno, la risa maléfica y el ser una mujer, claro, pero eso no cuenta. Los cambios de sexo están a la orden del día, por aquí; si no, que se lo pregunten a Nakago.

La cosa es que, justo cuando mi ex secuestrador se lanza a por mí –o a por Chiriko, que a ver por qué tengo que ser siempre yo la dama en apuros-, una centella pasa por mi lado y se le lanza encima; es un cuerpo envuelto en una luz roja, así como importante y todo, y el desconocido y mi ex secuestrador querido caen al suelo en un revoltijo de ropa y luz mágica que no deja ver nada.

Y, oye, esto está mejor. ¡Por fin un guerrero en condiciones! Uno que no babea por Nakago, lloriquea o dice cosas sin sentido. Y que no tiene la barba hasta los suelos y reúma y ciática al mismo tiempo.

Cuando se separan –mi ex secuestrador inconsciente y mi salvador vivo y de pie-, confirmo que, efectivamente, este guerrero no va a babear por Nakago, ni le va a salir barba alguna.

-Buen trabajo, Tamahome –le felicita Chiriko, y la niña de cuatro o cinco años sonríe, desafiante. Es raro. Es muy raro.

Es deprimente.

-¿Es ella? –pregunta, con una vocecita aún más enternecedora que la de Chichiri, y eso es decir mucho. El vejete asiente. ¿Por qué a ella sí le escucha?

-Así es. Tenías razón; tenía que llegar –y yo, que no tengo muy claro a qué viene todo esto, paseo la mirada de uno a la otra y de la otra al uno.

-Te lo dije –y se pone a mirarme. Fijamente. Es monísima, la niña, pelo verdoso y ojazos enormes; no puede tener más de cinco años. Mierda. ¿Cómo pretende el pajarraco que le invoque con una guardería a mi cargo?

-¿Pasa algo? –me doy cuenta tarde de lo duro que ha sido mi tono. Genial, ahora Tamahomita se pondrá a llorar, y…

-¿Rei? –inquiere. Hala, y yo sin saber que era tan famosa.

-Ehm, sí. ¿Por?

-Bueno, es que –empieza, acercándose poco a poco- soy tu tío. Tu tío abuelo Taka.


Danny