Capitulo 12: Amor de hermanas

La situación con los hombres de Pan, con esa especie de agrupación que él parecía tener en el mundo sin magia, se estaba volviendo algo que preocupaba mucho a Emma. Y no sólo a ella, también podía notar que Killian y sus padres estaban preocupados al respecto. Así que se juntaron todo en el departamento a intentar investigar o debelar algo que les pueda servir para afrontar todo ese lío.

- ¿Y? ¿Algo? – Preguntó Encantador algo impaciente, esperando que la base de datos de la notebook de Emma revele algo.

- No, nada. – Negó Emma frustrada al no encontrar resultados de la agrupación de la sombra en la base de datos del FBI.

- No puede ser, el FBI tendría que saber algo. – Dijo Blancanieves pensativa.

- No necesariamente, ellos se manejan en este mundo para deshacerse de la magia. – Le recordó Killian.

- Pero cuando ustedes no estaban, se encargaban de secuestrar niños. – Discutió Blancanieves.

- Pero no cualquier niños. – Dijo Killian, intercambiando una mirada con Emma donde ambos empezaban a comprender todo con cierto dolor.

- ¿A qué te referís? – Preguntó Blancanieves.

- A que ellos van por niños huérfanos, por niños que nadie reclamaría, ni se daría cuenta si de repente desaparecen. – Terminó Emma la idea, su corazón estrujándose.

- Bien. – Aceptó Encantador. – Entonces hay que ir por otro lado, ¿Qué sabemos sobre Pan aparte de que es un niño demonio que no crece? – Cuestionó, girando el torno de la temática al notar los temas delicados que estaba empezando a tocar.

- Cuando estuve en Neverland pude enterarme un par de cosas sobre él y lo que hace. – Respondió Killian y se tomó un momento para recuperar el aire. – Su sombra es la que hace posible que lleve niños a la isla, allí se apodera de sus mentes creyentes y soñadoras para poder mantener a Neverland con vida y sin paso del tiempo. – Explicó lo mejor que pudo.

- Así que ahora que sabe que todos nosotros estamos aquí, quiere utilizar nuestra magia también. – Dijo Blancanieves intentando razonar. – Pero nosotros no tenemos magia. – Protestó, sin poder terminar de encontrar sentido a todo eso.

- Pero son personajes de cuentos, todos ustedes creen y han sido testigos de magia, y en este mundo todos piensan en ustedes como personajes mágicos. Así que eso es más que suficiente para quererlos. – Dijo Emma con convicción.

Una vez que terminaron de discutir y reflexionar sobre esas posibles ideas, se pusieron a revisar un par de libros que habían conseguido gracias a Killian, ya que los tenía en su barco. Eran libros que hablaban sobre historias de los Reinos y de la magia. Así que tenían fe de que quizás alguno les pueda servir de ayuda. En medio de la revisión de libros, el celular de Emma sonó indicando que la marca que estaba siguiendo estaba en la zona donde solía concurrir.

- Hora de irme. – Dijo Emma empezando a recoger sus pertenencias.

- ¿Es necesario qué sigas haciendo ese trabajo? – Preguntó Encantador, un poco de preocupación apoderándose de él.

- Lo es. – Contestó Emma sin siquiera pensarlo. - ¿Cómo crees que pueden seguir viviendo en este departamento? Porque gracias al dinero que recibo con atrapar mis marcas pago el alquiler, en este mundo lamentablemente se maneja todo con dinero. – Explicó ella.

- ¿Quieres que vaya contigo? – Propuso Killian, al notar que los padres de ella todavía estaban tensos e intranquilos.

- No, vas a ser más útil aquí. Es una marca de las fáciles. – Aseguró Emma dejando un pequeño beso en sus labios.

Emma se fue del departamento y encontró a su marca en el bar "The rabitt hole". Por suerte, como había pensado, le fue sencillo atraparlo. Lo llevó a la comisaría y recibió su recompensa. Antes de regresar al departamento de sus padres decidió pasar por su heladería favorita, si iban a seguir con la investigación de Pan lo mejor iba a ser tener provisiones que inspiren a trabajar.

- En seguida te atiendo. – Dijo la mujer rubia, mientras intentaba cargar unos potes de repuesto de helado.

- ¿Eres la única? – Preguntó Emma con curiosidad, en general siempre había más de un empleado en la heladería.

- Si. – Asistió la mujer, el balde casi cayéndose de su agarre.

- ¿Necesitas ayuda? – Ofreció Emma amablemente.

- Eso sería maravilloso, si no es mucha molestia te lo agradecería un montón. – Aceptó la rubia soltando un gran suspiro.

La mujer de cabello rubio recogido en una trenza se presentó como Elsa. Emma pudo jurar que por un instante la pudo ver como la Reina de la película Frozen, la cual hace poco había estado en el cine. En verdad tenía que dejar de ver personajes de cuentos en todos lados, lo mejor iba a hacer que se concentrará en ayudarla en lo que acababa de ofrecerse. Juntas pudieron cargar los potes de helado sin dificultad.

- No, no puede ser. – Dijo Elsa con cierto pánico en su voz.

- ¿Qué pasó? – Preguntó Emma preocupada, sin notar nada extraño.

- La puerta se cerró. – Dijo Elsa señalando la puerta.

- La abrimos entonces. – Dijo Emma dirigiéndose a la puerta, todavía sin comprender la situación.

- Pero solo puede abrirse del lado de afuera. – Informó Elsa mordiéndose el labio de los nervios. – Mi jefa me va a matar, lo único que hago es general problemas. Encima que acepto ayuda de una extraña, la meto en esta situación… - Empezó a divagar, caminando en el pequeño espacio de la habitación de congelados.

- Tranquila, todo va a estar bien. – La interrumpió Emma para calmarla. – Voy a llamar a mi novio y él va a venir a sacarnos de acá. – Decidió con seguridad.

Sacó su celular del bolsillo, llamó a Killian y le explicó la situación. Él dijo que haría todo lo posible en llegar allí cuanto antes. Emma se sentó en el piso a esperar, mientras Elsa seguía caminando de un lado a otro. Verla tan nerviosa a la otra le hizo sentir compasión, ella sabía perfectamente lo feo que era cuando sentías que te metías en problemas. Sólo esperaba que Killian pueda llegar antes que la jefa de Elsa, porque sino seguramente iba a vivir una fea situación. De repente, Elsa se volvió hacia ella sosteniendo un colgante en sus manos, que acababa de encontrar en un de los estantes. Elsa tenía lágrimas en los ojos, y tenía esa mirada que Emma había empezado a reconocer como la vuelta de toda una vida y recuerdos.

- Recuerdo. – Dijo Elsa al aire. – Soy Elsa, la Reina de Arandelle. – Afirmó con confianza. – Yo no estoy loca, yo… - Se volvió hacia Emma, comenzando a explicar.

- Lo sé. – Aseguró Emma interrumpiéndola. – Soy Emma. – Se presentó.

- Eres la salvadora. – La reconoció Elsa. - ¿Cómo me encontraste? ¿Viniste a devolverme a mi cuento? – Cuestionó.

- No te encontré, eso supongo que fue más cosa del destino. – Respondió Emma con sinceridad. – Y tu cuento, para regresar allí primero deberás encontrar tu final feliz. – Explicó.

- Para eso necesito encontrar a mi hermana, necesito a Ana. – Dijo Elsa agarrando el colgante que tenía en sus manos con fuerzas.

En ese momento llegaron Killian y Encantador. Intentaron abrir la puerta pero no pudieron, al parecer se había roto la cerradura o algo del estilo. Intentaron tirarla abajo, pero era demasiado pesada. Killian también intentó romper la cerradura con su garfio, pero eso fue también completamente inútil. Emma finalmente los convenció de que vayan por un cerrajero, asegurándoles de que ellas iban a estar bien y todavía podían esperar.

Era de noche e iba ser complicado que encuentren un cerrajero. Recién iba una hora de que estaban allí encerradas, pero Emma ya podía empezar a sentir como se congelaba cada parte de su cuerpo. Sentía frío y sus músculos estaban duros haciendo que le sea molesto moverse.

- Lo siento, si estaríamos en mi mundo podría usar mi magia para que haga menos frío o para sacarnos de aquí. – Se disculpó Elsa al notar como Emma había empezado a temblar.

- No es tu culpa. – La tranquilizó Emma. – Pero yo que tengo magia incluso en este mundo, no sé como usarla, como controlarla. – Dijo frustrada.

- Inténtalo. – Pidió Elsa.

Emma cerró los ojos e intentó concentrarse en su magia, en expulsarla de su cuerpo. Pero a pesar de intentarlo nada pasaba, ni siquiera la sentía a diferencia de otras veces. Al parecer el frío la estaba afectando más de lo que había pensado.

- No funciona. – Dijo Emma y volvió a sentarse en el piso. – Se supone que soy la salvadora, que tengo que salvar a todos. Todavía no entiendo que significa todo eso. Y ni siquiera puedo sacarnos de aquí. – Expresó lo que pensaba, sintiéndose inútil.

- ¿A veces se siente como si fuera demasiado, no? – Preguntó Elsa. – Te entiendo, yo terminé siendo Reina cuando todavía no estaba lista para serlo, y todavía me sigue costando controlar mis poderes. – Explicó Elsa sentándose frente a la otra y agarrándole las manos.

- Tener tantas personas que dependen de uno es demasiada responsabilidad, todos esperan más de lo que a veces podemos dar. – Continuó Emma, dejando salir afuera sus temores.

- Si, y aún si intentamos evitarlo o ignorándolo, terminamos lastimando y decepcionando a las personas. – Agregó Elsa.

De a poco sus ojos se empezaron a cerrar, sus fuerzas se agotaron y tuvo que acostarse en el piso. Elsa la sacudió y la llamó por su nombre varias veces, pero Emma no podía evitarlo, se sentía muy cansada y su cuerpo estaba duro del frío. La próxima vez que abrió los ojos, fue cuando escuchó la voz de Killian. Su padre y su novio habían logrado abrir la puerta de alguna manera. Emma se levantó con la ayuda de Elsa, y Killian enseguida estuvo a su lado.

- ¿Estás bien? – Preguntó Killian, su voz temblando un poco del temor que le había dado la situación.

- Si. – Asistió Emma dejándose caer en sus brazos.

Killian la abrazó con fuerzas, y ella correspondió su efusividad. Había notado que eso había sido difícil para él, que la idea de perderla le había generado un gran dolor. Le acarició el cabello y el cuello para contenerlo un poco, para hacerle saber que ella estaba bien. Una vez que estuvieron satisfechos, se dirigieron a la camioneta de Encantador. Cuando Killian vio que le costaba caminar la agarró en sus brazos. Fueron al departamento de sus padres, la taparon con muchas mantas y le prepararon un chocolate caliente. Y así, de a poco, Emma fue volviendo a sentirse persona. Todos decidieron que por ese día habían tenido suficiente, que lo mejor era ir a dormir y al otro día ayudar a Elsa a encontrar a su hermana. Así que Emma durmió en los brazos de Killian, sintiéndose a salvo como cada vez que lo hacían juntos.

Al otro día, después de desayunar, se pusieron a trabajar en encontrar a Ana.

- ¿Tienes alguna idea de dónde podemos buscar a Ana? – Preguntó Emma.

- No, recién recuperé mi memoria ayer, y desde que estoy en este mundo que no la he visto. – Respondió Elsa con un poco de tristeza.

- Bueno, en la base de datos por ahora no he encontrado nada. – Dijo Emma señalando a la notebook. – Pero, ¿Quizás podamos intentar con algo de tu mundo? – Propuso.

- ¿Qué tenes en mente? – Preguntó Elsa.

- El collar, quizás lo podamos usar con un hechizo de localización. – Sugirió algo nerviosa, porque tenía temor de que nadie confíe en ella respecto a su magia.

- Pero, yo no tengo ese tipo de magia, y aún si la tendría como te dije no me funciona en este mundo. – Le recordó Elsa, sintiéndose frustrada.

- Pero mi magia si funciona. – Dijo Emma.

- ¿No era qué no sabías usarla? – Preguntó Elsa confundida.

- Puedo intentarlo siguiendo las instrucciones de esto. – Argumentó Emma, agarrando en sus manos un libro de hechizos de los que había venido del Jolly Roger. – Pero para eso necesito que confíes en mí. – Pidió amablemente.

- Emma no se si es buena idea que uses tu magia. – Dijo Blancanieves interviniendo la situación. - No sabemos que consecuencias puede traer, aparte no sabes usarla. – Explicó su disgusto ante la idea.

- No toda magia es mala. La mía proviene de su amor. – Dijo Emma comprendiendo que el comentario de su madre se debía a que solo conocía la magia de Regina y Rumpelstiltskin. - ¿No confían en mi? – Preguntó a sus padres, sintiendo dolor ante la posibilidad de rechazo.

- Claro que confiamos en vos, solo queremos cuidarte. – Justificó Encantador.

- Yo también confío en vos Emma. – Dijo Elsa entregándole el collar.

- ¿Segura? – Preguntó Emma.

- Si. – Asistió Elsa.

- Podes hacerlo amor. – La alentó Killian, dándole su apoyo.

. Emma puso un mapa de la ciudad de Bostón en la mesa y agarró el collar de Elsa. Con ayuda de ella y Killian armaron el líquido que decía en el libro, mezclando varios ingredientes. Luego, Emma sumergió el collar en el preparado, dejando que se moje completamente. Lo sacó del recipiente y lo colocó sobre el mapa. Puso sus manos sobre el collar, y recitó el hechizo de localización que decía el libro. Sus manos brillaron en una luz dorada, la cual fue dirigida hacia el collar. El collar se levantó en el aire y se movió sobre todo el mapa, hasta quedar fijo en una coordenada exacta.

- Funcionó. – Dijo Elsa mirando el mapa. – Mi hermana está en la playa. – Señaló convenciéndose de eso.

- Es en las afueras de la ciudad. – Dijo Emma observando el lugar. – Cargaré las coordenadas al GPS así emprendemos marcha. – Informó.

- Bien hecho amor. – La aprobó Killian con una sonrisa.

Después de cargar la información al GPS, se subieron al auto de Emma y emprendieron camino hacia la playa. Cuando llegaron, Emma empezó a desilusionarse, empezó a creer que su magia había fallado. La playa estaba desierta. Bajaron del auto y recorrieron un par de metros alrededor, pero no había nadie.

- Tendría que estar aquí, Ana tendría que estar aquí. – Dijo Elsa señalando el punto en la arena que marcaba el GPS.

- Quizás mi magia falló. – Dijo Emma sintiéndose culpable por haberla hecho ilusionar.

- O quizás hay que pensar más profundo. – Sugirió Killian.

- ¿Qué? – Preguntó Emma sin comprender.

- Quizás Ana está exactamente aquí, pero debajo de nosotros. – Surgió Encantador el razonamiento de Killian.

No bien Killian se puso a cavar, todos lo imitaron y se unieron a la misión. Cavaron un largo rato, hasta que de repente se toparon con algo. Un gran baúl de madera y cobre. Entre todos, con gran esfuerzo y uso de la fuerza, pudieron sacarlo. Abrieron el baúl y se encontraron con dos personas, un hombre y una mujer.

- Ana, Kistoff. – Dijo Elsa reconociendo a las personas.

- Elsa. – Dijo Ana con una sonrisa.

Ana salió casi disparada del baúl a abrazar a su hermana. Ambas rieron, se abrazaron y saltaron emocionadas ante el recuerdo. A los segundos Kistroff se unió a ellas, abrazando a ambas con gran cariño. Una vez que estuvieron conformes con el reencuentro, Elsa los presentó a todos e intercambarion sus historias. Ana y Kristoff habían recuperado sus memorias al besarse.

- ¿Cómo terminaron en ese baúl? – Preguntó Elsa.

- Unos hombres de negro nos metieron aquí, ellos dijeron que cuando la salvadora venga a buscarnos iban a conseguir lo que querían. – Respondió Ana.

- Bien, entonces es hora de que se vayan cuanto antes. – Dijo Emma preocupada ante esa nueva información. - ¿Ven el portal? – Preguntó.

- ¿Es esa luz? – Preguntó Kistoff señalando hacia un costado de la playa.

- Solo ustedes pueden verla. – Dijo Emma.

- Si, esa es la luz. – Dijo Ana entusiasmada. – Al fin regresaremos a casa. – Anunció agarrando con una mano a su hermana y con otra a Kristoff.

- Gracias por todo Emma. – Agradeció Elsa con una sonrisa sincera.

- De nada, fue un placer, ustedes se merecen su final feliz. – Dijo Emma, aunque ambas en sus cabezas sabían que ella estaba pensando que estaba cumpliendo con su rol de salvadora.

Se despidieron con un abrazo y después desaparecieron por el portal. Emma se quedo mirando el espacio con cierta tristeza. Elsa le había dado calma y confianza, aún cuando casi ni se conocían. Ella había sido la primera persona, mujer de su edad, que Emma había sentido que la comprendía, la aceptaba y la respetaba. Había sentido una conexión con ella, una conexión que le hacía sentir que podrían haber sido grandes amigas.

- Vamonos antes de que lleguen los hombres de Pan. – Dijo Killian agarrándola de la mano y sacándola de sus pensamientos.

- Si, vamos. – Asistió Emma.

Los hombres de "La sombra" recién aparecieron cuando ellos ya estaban subidos al auto de Emma, así que por suerte pudieron escaparlos fácilmente. Emma suspiró aliviada, no estaba con humor para enfrentarse a esos hombres, no después de haber perdido a quien podría haber sido su primera mejor amiga.