No hay mal que por bien no venga
Cuando abandoné la casa de mi abuela aun no daba crédito a como había salido todo aquello. Y comencé a pensar que Los Santos tenían realmente hilo directo con Dios. Porque estaba claro que la providencia jugaba a nuestro favor.
Mi abuela descubría a Romeo en la cocina hablando con una begonia que tiene junto a la ventana, imaginó que era un jardinero, y no un asaltante o alguien peligroso, y cuando el mexicano le explicó que yo sabía que se encontraba allí, ella creó una intrincada historia por si sola en la que Romeo era un pobre emigrante ilegal al que yo dejaba al cargo de las plantas de mi abuela y le pagaba con el alojamiento. Lo que contesta a mi pregunta de por qué mi abuela no triunfó en el mundo de la interpretación en los años cuarenta. Claramente su lugar no era el de intérprete, sino el de guionista.
Por inverosímil que parezca, cuando le dijimos que Romeo no podía salir a la calle, ni ser visto, y por supuesto, nadie debía conocer que se encontraba allí, ella de manera natural supuso que inmigración le buscaba. Incluso accedió a convivir con él sin reparos. Evidentemente, mi abuela deseaba dejar mi casa, y con al excusa de que Romeo podría cuidar de que no hiciera esfuerzos, ayudarla con la casa y seria menos sospechoso su estancia si en la casa no estaba ausente su propietaria, no pude negarme. Romeo parecía conforme.
Solo la vi contrariada cuando el mexicano propuso que llevase a Piaget, para que el animal no estuviera solo la mayor parte del día, ahí sí le dedicó una mirada poco amistosa, y negó con rotundidad que un animal de diablo pisara su casa. Cosa que yo esperaba.
Marqué la tecla de re-llamada, una vez sentada en el interior de Miss Daisy, y antes de que concluyera el primer tono, Smecker contestó visiblemente preocupado.
—¿Cuales son los daños? —preguntó directamente.
—Aparte de mi preocupación por la salud mental de mi abuela, ninguno —contesté visiblemente satisfecha, lo que desconcertó al ex-agente —. Mi abuela a supuesto que es un ilegal buscado por inmigración al que he hecho un favor —explique brevemente —. Y ahora vive con él, para que los vecinos no sospechen al estar ella fuera, y ver movimiento en la casa.
La risa de Smecker y su grito de júbilo hizo que tuviera que apartar el teléfono de mi oído.
—Maravilloso, es mejor que lo mejor que había esperado —le escuchaba decir.
—Tengo que regresar a la prisión —dije para poder despedirme.
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Regresé a Hoag, esperando poder realizar la entrevista con Connor, aunque no tenía demasiadas esperanzas. Pero tras justificar mi repentina salida, inventando una historia sobre el estado de salud de mi abuela y redundar en que había sido víctima de uno despiadados ladrones y era mi única familia, me lo permitieron, además con un sólo guardia. Parecía que el FBI se conformaba con tener un testigo que estuviera presente durante mis encuentros con los hermanos.
Realicé una sesión similar a la que había llevado a cabo con Murphy, y para no levantar sospechas también le dije a Connor que pensara en una idea abstracta para el día siguiente. La idea era diferente a la de Murphy, solo por precaución.
El día estaba saliendo demasiado bien, todas las complicaciones tenían solución de manera no sólo sencilla, sino también rápida. Por lo que no debería haberme sorprendido que al llegar a casa toda esa suerte cambiara.
Estaba tan satisfecha con todo lo sucedido, que abandoné las precauciones y desconfianza que solía tener desde que todo aquello comenzó. Y no reparé en nada ni nadie cuando fui a entrar al edificio de mi casa. Sentí una fuerte embestida que me lanzó al suelo del portal solitario, tan rápidamente que no tuve tiempo de reaccionar. Alcé los ojos y vi a los dos italianos que me amenazaron cuando comencé mi trabajo con Los Santos. Violentamente me levantaron del suelo y me empujaron contra la pared, pensé en gritar pidiendo ayuda, pero no fui capaz.
—El momento ha llegado Doctora, si no quiere sufrir más daño deberá hacer lo que le pedimos —comenzó a hablar el más bajo de ellos, mientras el otro, Angelo, recordé que se llamaba, me sujetaba pegada a la pared —. Vamos en serio, no aceptamos negativas.
—Yo... —intenté decir, pero el tipo alto me apretó con más fuerza, indicándome que no debía hablar.
—Mañana solicitará tener sus sesiones tras la comida, invente una excusa, solo deberá hacer eso si quiere poder contarlo —susurró de forma ladina, acercándose a mi cara —. Es algo muy sencillo, solo necesitamos eso, ¿nos ayudará? Claro que sí, no merece la pena morir por negarse a algo tan simple —me miró fijamente —. Mañana, después de la comida.
El tipo grande me soltó, y ambos se dispusieron a salir del edificio sin mirarme, pero justo cuando giraron el pomo de la puerta, ésta se abrió violentamente, sorprendiéndoles y tres hombres que no conocía de nada se abalanzaron contra ellos, sin preguntar ni mirar, y comenzaron a golpearles.
Un cuarto hombre entró detrás, pero no se metió en la trifulca, sino que se adelantó rápidamente hacia mí y me tomó por el brazo.
—Somos amigos del tío Cesar —dijo sin más, guiándome por las escaleras hasta mi apartamento.
Apenas volteé la vista, para ver la encarnizada pelea que mantenían junto a la puerta y lo seguí, confiando plenamente en ese desconocido de acento idéntico al de Romeo.
—Siento la tardanza, ¿le han hecho algo? —preguntó sin aminorar el paso por las escaleras hasta la segunda planta, negué, aún en shock —. Llevamos días vigilando, algo así temíamos.
—El... ¿el tío Cesar? —pregunté confusa, llegando a mi piso.
—Soy Gerardo, el primo de Romeo —se presentó con una sonrisa familiar y fue un claro ejemplo de las maravillas de la genética, pues le hacía parecerse muchísimo a su primo.
—Ohh... —fue lo más inteligente que pude alegar.
—Entre en su casa, y llame ahora mismo al FBI —me sorprendió aconsejando.
—¿Cómo?
—Es lo que Smecker quiere, eso nos dijo él —explicó —. Si los italianos se mueven, que se una al FBI para parecer respetable, eso nos dijo.
Procesé la información, aún con las llaves de mi apartamento en la mano sin llegar a abrir la puerta. Aquello tenía sentido. Era un nuevo giro, inesperado y confuso. Muy al estilo que el antiguo agente solía emplear. Pero me recorrió un sentimiento de abatimiento al pensar que había pasado de ser una ciudadana ejemplar a fingir y aparentar ser alguien respetable ante la ley.
—Está bien —asentí.
—Sólo cuénteles lo sucedido hoy, no les hable de lo anterior —apuntó —. Nosotros nos vamos, avisaremos de lo sucedido, pero estaremos cerca, no contacte con nadie de los nuestros.
—De acuerdo, gracias —dije.
—Nosotros somos los que le debemos agradecer, señorita, siempre lo haremos —aseguró antes de marcharse.
Entré en mi apartamento, y cogí el teléfono. Rebusque la tarjeta de Kuntsler en mi bolso, y sin quitarme si quiera el abrigo marqué su número. Entonces, como si llevase toda la vida fingiendo ante la policía, cuando él descolgó interrogante, cambie mi tono de voz, e interpreté un papel que ni Meryl Streep en La decisión de Sophie.
—Agen...Agente Kuntsler, soy Catherina Tazia, la Psicóloga de los... —tartamudeé, fingiendo pánico.
—Sé quién es ¿qué sucede, doctora? —preguntó, alertado por mi tono.
—Unos... unos hombres me han atacado en mi domicilio, al entrar... me han amenazado, ¡oh, Dios mío! Me han pedido, coaccionado... para matar a los MacManus, ¡oh, Dios mio! —Sollozaba al teléfono
—¿Dónde se encuentra ahora? —preguntó con gran interés y preocupación.
—En mi apartamento —contesté.
—No se mueva de allí, enciérrese con llave y espere a mi llegada —me indicó con seguridad —estaré allí en pocos minutos.
—Sí, sí...
Colgué y sonreí para mí misma satisfecha. Mis ojos recayeron en mi reflejo del espejo de cuerpo entero que tenía en la entrada. ¿En qué me estaba transformando? Hacía unas semanas jamás hubiera sido capaz ni de plantearme algo como eso. Y en esos momentos me preocupaba más que mi apariencia fuera el reflejo de lo que iba a fingir que la moralidad de todo aquello. ¿Esa era yo realmente? La verdadera Cat a la que no había dejado expresarse durante toda mi vida. Y lo que siempre me había preocupado, ¿mi proceder estaba influencia por mis orígenes?
Parecía tener un sexto sentido para desenvolverme en esa situación nueva, peligrosa e inmoral. Y lo que era peor, sentía un placer al hacerlo.
De modo natural, confirmando que tenía un instinto natural, fui a la cocina y me preparé una tila, que refutara mi puesta en escena como una mujer alterada y sobrepasada por lo vivido.
Kuntsler llegó unos minutos después. Llamando directamente a la puerta de mí domicilio.
Le abrí, tras comprobar que mi expresión reflejaba el pánico que debía tener, y mis ojos estaban enrojecidos.
—¿Cómo se encuentra? ¿Necesita atención médica? ¿La golpearon? —preguntó nada más verme el agente. Mientras yo asentía y negaba a sus preguntas.
Entró en el apartamento y fue observando todo según recorría las habitaciones hasta el salón, reparando en el vaso de tila a medio beber.
Con el tono más cálido y comprensivo que había mostrado hasta ese momento, el agente del FBI me aseguró que no me sucedería nada, y que había actuado como debía. Ellos me protegerían en todo momento y atraparían a los que me habían amenazado. Le expliqué todo lo sucedido, y pareció creerlo por completo, sin mostrar ningún indicio de duda.
Evidentemente me preguntó si continuaría mi labor con los MacManus tras todo aquello. Mi respuesta fue sencilla.
—Esa investigación es mi vida, no puedo renunciar a ella.
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Al día siguiente, al salir en dirección a mi trabajo descubrí un coche de policía parado frente a mi casa. A una escasa decena de metros, dos chicos hispanos hablaban mientras me seguían con la mirada disimuladamente. Reconocí a Gerardo. Reparé entonces que hacía días que frente a mi casa había un grupo de jóvenes con sus características.
Me dirigí a la prisión. Sin saber cómo todo aquello afectaría al plan. Smecker parecía tenerlo todo controlado, pero yo sentía que había muchos cabos sueltos y se estaban enredando entre ellos de una manera complicada.
Para mi sorpresa al llegar a Hoag todo el mundo sabía lo que me había ocurrido el día anterior. Se habían predispuesto registros en las celdas e interrogatorios a los presos relacionados con el clan Yakavetta para dar con los hombres que en el interior de la prisión tenían el cometido de acabar con los MacManus. Por lo que la agitación y estrés entre los muros era palpable.
Aquello me alteraba, podría influir en los planes de fuga, pero me auto convencí que Smecker sabría cuales eran los protocolos a seguir por el FBI y lo tendría todo calculado cuando pensó que en metiera a Kuntsler en el saco.
No pasaron más de cinco minutos que había llegado a mi despacho, cuando el teléfono sobre el escritorio sonó. Tenía una llamada del Grupo Progedri, me informaron desde la central. Acepté que me la pasaran en esos momentos y la voz familiar de Eunice me saludó al otro lado.
—Buenos días, Doctora Tazia —dijo con voz profesional, lo que me indicó que era una conversación que podía no ser privada —. El FBI se ha puesto en contacto con nosotros informándonos del incidente del que fue víctima ayer, queremos darla todo nuestro apoyo y ponernos a su disposición para lo que necesite. Su investigación es muy importante para nosotros y lamentaríamos que lo sucedido le haga cambiar sus intereses y abandonar esta empresa.
—Gracias por su interés, pero mis intereses y motivación sigue siendo igual que hace dos días —aseguré, manteniendo aquella conversación absurda.
—Nos gustaría que nos mantuviera informados de sus avances y la forma de trabajo. Si no supone una molestia ni dificulta su trabajo, le agradeceríamos que nos avisara antes de cada consulta y nos dijera las temáticas a tratar en ella.
Aquello si me sorprendió, y me quedé unos segundos callada.
—No supondría ningún problema, no —aseguré, con un evidente desconcierto —. Pero puedo darle información sobre las sesiones, son confiden...
—oh, sí, eso lo sabemos —me interrumpió —. Con que nos avise de las sesiones y su contenido planificado estaremos satisfechos.
—Entonces no hay ningún problema —aseguré —. Cuando conozca la hora se lo comunicaré.
—Perfectos entonces, muchas gracias —se despidió.
—De nada —contesté con un tono demasiado forzado.
Meneé la cabeza, evitando pensar que era aquello y para qué. Comencé a ordenar mis documentos a la espera de ser avisada de la llegada del primero de los hermanos.
Media hora después me informaron que Connor estaba viniendo a mi despacho, avise a Eunice y le esperé.
—Buenos días —dijo Henry entrando con Connor y su compañero, el cual se marchó.
—Buenos días —contesté y pasé a dirigirme a Connor directamente —¿Diván o silla?
—Silla, estoy tirado en el catre la mayor parte del tiempo —dijo tomando asiento.
—¿Que es en lo que piensa? —comencé la sesión.
—En todo y en nada —dijo frotándose la cara —. En todas estas alimañas que me acompañan dentro y en lo poco que merecen seguir respirando.
—Pensamiento alegres, por lo que veo —comenté con poca profesionalidad, pues hacía tiempo que había dejado de verlos como las cobayas que eran para mí en un principio —. Explícalo de manera más detallada, no escatimes en adjetivos y profundiza —pedí.
—De acuerdo...
Connor comenzó a relatar un profundo monologo sobre su sentido de la justicia, lo que considera pecados imperdonables y los castigos que merecían. Como siempre su tono era apasionado y locuaz. Era evidente que creía profundamente todo aquello que decía y no lo planteaba como algo trivial. Era imposible no sentirse afectado por su discurso y hasta Henry, el guardia acabó prestando atención de manera constante e incluso asintiendo ante algunas afirmaciones, con tal interés que cuando Connor terminó pensé que el hombre se levantaría a aplaudir.
Cuando la sesión acabó, me dispuse a trabajar en mis notas, dando coherencia a lo que Connor había argumentado y trazando un mapa de sus argumentaciones, lo cual resultó muy interesante. Pues era sencillo ver como cada idea desembocaba en otra de manera natural se entrelazaba con otra y entre todas creaban un conjunto unificado de pensamientos con una fuente y un desenlace conjunto. Donde primaban la justicia, la verdad, el deber y el castigo. Todo ello inmerso en una profunda fe.
Estaba tan centrada en mi trabajo, desentrañando la mente de Connor sobre el papel que cuando el teléfono sonó para informarme de la llegada de Murphy di un salto en mi asiento del susto.
Volví a avisar a Eunice, y en esta ocasión su tono me pareció más ansioso que antes. Intenté que no me importase pero no lo conseguí. Aquello quería decir algo, y en el fondo sabía el qué.
Henry volvió a quedarse en el despacho y ante mi mirada interrogativa procedió a aclararme.
—El alcaide piensa que es mejor que no sea el mismo quien presencia sus consultas.
—Está bien, eso normalizará esto, siendo algo profundamente anormal de base —contesté, y volví a centrarme en Murphy, como hice con su hermano —¿Diván o Silla?
—Diván, tiene mejor perspectiva —aseguró y se tumbó.
No voy a decir que su comentario me dejó indiferente, pues no fue así. Pero no supe como tomarlo, sencillamente después de él, tuve más presentes mis piernas.
—¿Ha pensado en lo que hablamos ayer? —pregunté en el tono más profesional y impersonal que pude.
—Un poco —dijo sin darle importancia —. Pero los que pudiera hacer fuera jamás lo podría hacer dentro, todo cambiaría. Fuera tal vez llegados un punto de algo se actúa más libremente, aquí el encierro es en todos los sentidos. No tengo ninguna libertad.
Casi temí que no hubiera tomado mi comentario como un mensaje velado, pues su razonamiento era realmente profundo.
—Es un gran pensamiento —asentí, y preferí seguir con aquello como parte de mi estudio —. La negación de la libertad te parece un castigo severo entonces.
—Para las personas, pero no para las bestias. Los que carecen de moral y valores no pueden ser castigados simplemente sin libertad.
—Hemos hablado de lo que consideras lo peor de una persona, pero ¿qué atributos te parecen buenos en ellas? ¿Qué cualidades les salvarían?
—La decencia, la moral, no que hagan lo correcto —apuntó —sino lo que ellos piensan que lo es, si uno actúa fuera de los establecido porque así cree que hace bien es bueno, que sea leal a él. La lealtad, nadie habla de la lealtad ahora. Me gustan las personas que aunque tengan que luchar consigo mismas se entregan por completo cuando creen que deben —levanté la vista de mi bloc para encontrarme con su ojos, que me atravesaban, mirándome fijamente.
Supe que se refería a mí, estaba hablando de mí con aquella afirmación, y no pude evitar ponerme nerviosa y no poder ni pensar ni decir nada. Los segundos pasaron y fui consciente del rubor de mis mejillas para mi propia vergüenza.
—Bien —dije tras carraspear —. Ehhh...
Una música en el exterior me distrajo, pero rápidamente se terminó.
—Le mostraré una cosa, una idea que pensé anoche, pensando en lo que me dijo —se incorporó en el diván —Necesito dibujarla.
Me levanté, agradecida por tener una excusa por alejarme unos metros de él y acabar con ese momento que no sabía cómo asimilar. Del escritorio cogí una carpeta y un lápiz, y se los tendí acercándome a él.
Levantó la vista, antes de aceptar los objetos, y vi en ellos algo que me desconcertó. Algo nuevo. ¿culpabilidad?
—Lo siento... —dijo.
Antes de poder preguntarme porque decía aquello, me agarró por la muñeca y tiró de mí hacia él, cogiendo el lápiz con la otra mano. El impulso que le dio a mi brazo al cogerme hizo que me girara sobre mí misma, antes de caer hacia él, que se incorporaba velozmente. Cuando quise reaccionar estaba de espaldas a Murphy, sujeta contra él con fuerza y apretaba contra mi cuello el lápiz, como si fuera a clavármelo.
Henry apenas pudo reaccionar, tan incrédulo como yo.
—¿Qué haces? Párate —le pidió sacando su arma —. No hagas tonterías chico.
—Cállate y aléjate de la puerta —ordenó Murphy.
Cuando comencé a ser consciente de lo que sucedía, el dolor que el lápiz causaba en mi cuello se volvió real.
—Chico...
—Tira el arma o la mato delante tuya —le amenazó, —Ahora.
El guardia me miró, estaba asustada, sin necesidad de fingirlo. Pero no porque temiera por Murphy, no pensé en ningún momento que fuera hacerme daño realmente. Pero aquello era una locura. No conseguiría salir de la prisión con un lápiz y un rehén. Aquello no podría salir bien.
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.~Continuará~.
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Hola! tal vez me he tardado un poco más en actualizar, pero ando como loca con una historia original que me tiene enganchadísima. Sorry. No abandonaré esta publicación pero voy a ir escribiendo segun la motivación, sin horarios ni calendarios, porque siento que así sale mejor.
Llegamos al momento de la fuga de Murphy... ay! ahora comienza la emoción.
Gracias como siempre por el apoyo!
