- CAPÍTULO 13 -

Greypeor contra Rumbaolé

Aquello parecía el final de una gran amistad, o sea, como en la película pero justo al revés. Ron y Mariangélica estaban tan enfadados que parecía que tuvieran ganas de ir escupiéndose el uno al otro a todas horas, y sólo se contenían porque Larry solía estar en medio y ambos sabían que Larry tenía un pronto fatal y podía cometer cualquier insensatez si se le escupía por error.

A Ron le enfurecía que Mariangélica no se hubiese tomado nunca en serio los intentos de Crunchñam por comerse a Mikimaus y las serias repercusiones que aquel acoso podía tener en la mente del erizo, ya debilitada por la cirrosis daiquiriana. Mariangélica, por su parte, insistía en que Crunchñam no tenía la culpa si Mikimaus tenía tendencias psicóticas y que lo que debería haber hecho Ron era llevarlo a un erizopsiquiatra y no proyectar su sentimiento de culpa sobre Crunchñam, ya que aquello era también una señal de la paranoia psicoide de Ron, y ella con dementes no se juntaba.

En cuanto a Larry, él estaba convencido de que Mikimaus se había suicidado por culpa de Crunchñam, ya que no tenía motivos para dudar de la veracidad de la carta pese a que el cuerpo de Mikimaus no estaba por ninguna parte (era tan inocente que casi me entran ganas de llorar...), y cuando intentó convencer a Mariangélica de que todas las pruebas indicaban aquello la muchacha se enfadó también con él.

- ¡Siempre te pones de su parte! Primero la Flecha Fogosa, luego Mikimaus... ¡Si tanto te mola, ¿por qué no se lo dices y os váis a vivir juntos a Torrevieja, Alicante!

- No, es que el Decreto...

- ¡Me importa un hueo el puo Decreto de los coones! Mira, Larry, déjame en paz que como me digas una sóla cosa más soy capaz de pegate, colgate, matate y escupite.

Ron estaba muy deprimido por la pérdida de su erizo, tanto que había perdido el apetito y se lo veía vagar como alma en pena por los pasillos, suspirando y tarareando una canción que decía algo así como Esta tarde vi llover... ví gente correr... y no estabas túúúú...

- Vamos, Ron. Siempre te quejabas de lo poco útil que era Mikimaus, con tanto pincho por el cuerpo y tan mal repartido... - dijo Brad, intentando animarlo -. Y llevaba mucho tiempo descolorido, de hecho el otro día te quejabas de que se estaba volviendo rosa de lo viejo que estaba. Quizá haya sido lo mejor...

- ¡Brad! - exclamó Ginebra escandalizada.

- Venga, tronka, si se ha suicidado será por algo... Un erizo no se suicida porque sí, por mucha bola de pelo verde que haya rondándole...

- Seguro que se ha suicidado porque estaba tan pocho que no podía con sus púas - intervino Bred -. Estaba pidiendo la Eutanasia a gritos...

- ¡¡Bred! - chilló Ginebra más escandalizada todavía.

- Venga, Ron, vete a Jomemeo y cómprate otro erizo.

- O, ya que te pones, cómprate algo útil. No sé, una gaviota, un loro...

- O una game-boy advance.

- Eso.

En un desesperado intento por animar a Ron, Larry lo llevó al entrenamiento de Cuidadín previo al partido contra Rumbaolé, prometiéndole que después le dejaría montar en la Flecha Fogosa, lo que animó considerablemente a Ron (¡Chachi de la muerte osea te lo juro!, había dicho. Y es que, en familia, todo se pega), así que, juntos, se encaminaron al estadio de Cuidadín.

La profesora Capitángarfio, que seguía haciendo de niñera de Larry en los entrenamientos de Cuidadín, se quedó flipaína cuando vio la Flecha Fogosa.

- ¡Qué equilibrio! ¡Qué soltura! ¡Qué diseño! ¡Qué color! ¡Qué chasis! ¡Qué frenos traseros y delanteros! ¡Qué tracción a las cuatro bayetas! ¡Qué airbag de conductor y acompañante! ¡Qué carburador! ¡Qué junta de la culata! ¡Qué radiador, qué ejes, qué cilindrada, qué...

- ... qué coazo de tía... - murmuró Bred media hora después.

- ...qué caja de cambios, qué bujías, qué embrague, qué limpiaparabrisas trasero, qué climatizador de serie...

- ¿Que podría darle la fregona a Larry, profesora? - interrumpió Oliver Ybenji -. Es que tenemos que entrenar, ya sabe...

- ... qué acento catalán te ha salido, Oliver... - rió Bred.

- Bueno, de acuerdo, de acuerdo... - dijo la profesora Capitángarfio -. Qué caña de España de fregona... Sí, toma, Motter... Bueno... Qué fregona de la hottia... Sí, me sentaré aquí con Whisky... Qué...

Se alejó, todavía alabándole a Ron las características especiales de la Flecha Fogosa, y el equipo rodeó a Oliver para recibir las últimas instrucciones para el partido del día siguiente.

- Larry, acabo de enterarme de quién será el Snifador de Rumbaolé mañana. Es China Town, una alumna de cuarto, y está... quiero decir, es, bastante buena. Esperaba que no pudiese volver a jugar porque el año pasado tuvieron que cambiarle el tendón de Aquiles y ponerle una pierna biónica, pero parece que se ha recuperado... - Oliver frunció el ceño como para demostrar su contrariedad porque China Town hubiera recuperado la movilidad de la pierna.

- Y a quién le importa cómo tenga la pierna, con lo buena que está... que es, quiero decir - dijo Bred, sonriendo.

- Pero bueno - siguió Oliver sin hacerle caso -, tiene una Planeta 260 que al lado de la Flecha Fogosa parece una Vileda de primera generación. ¡Hala, chavalotes, al lío!

Y, por fin, Larry pudo montar en la Flecha Fogosa. No hizo falta que le dijese nada: a la fregona parecía haberle caído bien desde el principio y no necesitaba ni ánimos ni mimos, como la vieja Limbo XXI, para elevarse en el aire.

Era lo mejor que había soñado (incluidas las infracciones del Decreto, como había podido comprobar en las clases anti-Desertores). La Flecha Fogosa volaba a la velocidad absurda sin esfuerzo, y Larry no necesitaba decirle dónde quería que se dirigiera porque la fregona era mucho más lista, mucho más rápida y jugaba mucho mejor al Cuidadín que él.

- ¡Larry, suelto la snif! - gritó Oliver.

Larry esquivó a toda hottia unas 1.432 auchs, bajó hasta el suelo y agarró la snif lila en menos de un nanosegundo. Volvió a soltar la snif, le dio un cuarto de hora de ventaja y a los dieciséis minutos volvió a cogerla, esquivando por poco la antena del Empire State Building.

Fue el mejor entrenamiento que el equipo de Greypeor había tenido en los últimos diezmil años. Cuando Larry volvió de su excursión a Sri Lanka con la snif en la mano, después de localizarla en Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Sidney y Marbella (tuvo que pelearse con una tal Gunilla von Bismarck, que se la quería quedar, la muy perra rubia de bote germanademielda), Oliver se dio por satisfecho y puso fin al entrenamiento, y Larry empezó a pensar que quizá sí se le daba bien aquello del Cuidadín. Oliver no tuvo ningún reproche que hacer al equipo, lo cual hizo que Brad Whisky se desmayase de la emoción.

- De todas formas... - dijo Oliver -, Larry, ¿has solucionado tu problema con los Desertores?... Es que el mercado de los fichajes está fatal...

- Símásomenos - dijo Larry rápidamente, pensando en la mariconada de puntero de luz que emitía con su Sindicato.

- Los Desertores no aparecerán, Oliver - dijo Bred -. Chitichitibangbang es capaz de comérselos crudos si vuelven por aquí...

- Bueno - dijo Oliver, no muy convencido -. De acuerdo, gente. Ahora todos a la cama, que hay que descansar para que mañana podamos madrugar.

- Pareces la familia Telerín - dijo Brad.

- Yo me voy a quedar un rato - dijo Larry -. Ron quiere probar la Flecha Fogosa, y ya sabes cómo es cuando algo se le mete en la cabeza...

Y mientras el resto del equipo se marchaba a los vestuarios, Larry se acercó a la grada, donde estaba Ron. La profesora Capitángarfio se había quedado sopa durante el entrenamiento, roncaba sonoramente y se le caía la baba sobre la pechera de la túnica.

Larry se sentó junto a la profesora Capitángarfio mientras Ron se elevaba en el aire sobre la Flecha Fogosa. Para cuando se hizo completamente de noche, Ron había hecho tres viajes de ida y vuelta a Pekín.

Larry y Ron se encaminaron hacia Jobart, dejando a la profesora Capitángarfio soñando con los angelitos o con quienquiera que soñase. Estaban a mitad de camino del castillo cuando Larry miró hacia su izquierda y vio algo que hizo que su corazón diese un brinco hasta su oreja izquierda (algo realmente incómodo, al parecer): dos ojos que brillaban en la oscuridad. Se detuvo, y Ron, que caminaba detrás de él, chocó contra su espalda.

- ¡Eh, esas luces de freno, tío! ¡Si es que le dan el carnet a cualquiera!

- ¡Schchchssswepppscchch! - dijo Larry.

- Pareces un anuncio de tónica... ¿Qué pasa? - dijo, notando repentinamente el acongojamiento de Larry. Éste señaló los ojos, temiendo que la sombra resultase tener dientes también... Ron sacó la varita.

- ¡Estanochenoalumbralafaroladelmar! - susurró.

Un rayo de luz iluminó el césped hasta un banco rodeado de rosas, de donde unas sombras sospechosamente parecidas a Patati y Seamos se escabulleron a toda prisa. Larry no hizo caso y miró hacia los dos ojos sin dientes que le habían hecho temer por su ritmo cardíaco. Allí, oculto entre las rosas y observando entretenido el banco donde segundos antes había otras dos sombras, estaba Crunchñam.

- ¡Qué miras! - gritó Ron, cogiendo una piedra y lanzándosela a la bola de pelo verde. Pero Crunchñam simplemente lo miró, decidió que esas dos figuras eran menos interesantes que las que había observado antes, y se fue muy dignamente.

- ¿Ves? - gruñó Ron -. Maldito bicho... seguro que quería comerse un par de pájaros para celebrar lo de Mikimaus.

Larry, sin embargo, sonrió. Por un momento había pensado que los dos ojos eran los del Perrault... No le dijo nada a Ron, avergonzado, y siguió caminando hacia el castillo, golpeándose la oreja para ver si conseguía que su corazón dejase de hacer escalada libre y volvía a su lugar normal.

Al día siguiente, Larry bajó a desayunar acompañado por todos los habitantes de la torre de Greypeor, que parecían pensar que la Flecha Fogosa necesitaba una escolta de honor, por lo que habían contratado una banda de música y un conjunto de Majorettes en minifaldas granates y diminutos tops dorados que bailaban levantando mucho las piernas y lanzando extraños bastones hasta casi golpear el techo de metacrilato del Refectorium. El resto de los alumnos ya estaban desayunando, y se volvieron asombrados cuando entraron todos los de Greypeor, los músicos tocando trompetas y cajas y tubas y bombos, y las chicas ligeritas de ropa se subían en las mesas para bailar, mientras cantaban ¡Se nota! ¡Se siente! ¡Larry y su fregona están presentes! ¡Larry, capuo, queremos un hijo tuyo!

Larry se sentó, ruborizado y mirando hacia la mesa de los profesores con temor. Pero el único que parecía haberse dado cuenta de la invitación tan clara a incumplir el Decreto era Spice, que lo miraba con cara de limón. Lobatón sonreía ampliamente, MacDonalds comía huevos fritos con bacon sin hacer ni caso de la banda ni de las majorettes, Sputo y Roderick daban palmas, Flipaín intentaba imitar a las majorettes con un tenedor (que le cayó en un ojo a la profesora Anguloagudo, lo cual no le hizo demasiada gracia), y Chitichitibangbang bailaba el can can levantando mucho las piernas y con la túnica dorada arremangada.

- ¿Le has visto la cara a Malody? - preguntó Ron a Larry alegremente -. ¡No se lo puede creer! ¡Tienes una fregona mucho mejor que la suya! ¡Me encanta! - y comenzó a reír escandalosamente.

Oliver Ybenji también estaba orgulloso de la Flecha Fogosa de Larry, como si la hubiese hecho él.

- ¡Ven, Larry! ¡Ponla aquí! - exclamó, apartando de encima de la mesa de Greypeor platos, vasos, cubiertos, pasteles, fuentes de huevos, fuentes de bacon, fuentes de salchichas, fuentes de tortitas con nata y piernas de majorettes para hacer hueco para la fregona.

Los de Vayaplof y Rumbaolé se acercaron a observar la Flecha Fogosa, admirados. Cerdik Diquesí felicitó a Larry por haber conseguido una sustituta tan espléndida para su Limbo XXI, y la novia de Piercing, Luchi Marina Isabela Aguaclara, se atrevió incluso a pedir permiso para cogerla.

- No hagas nada raro con ella, o sea te lo juro en serio, ¿eh, Luchi? - dijo Piercing Borjamari, atusándose el corto cabello azul, mientras la joven de Rumbaolé observaba la Flecha Fogosa -. ¿Sabes, Larry? Luchi y yo hemos hecho una apuesta, ¿verdad, pocholita? Diez luros a que gana Greypeor.

- Y te lo juro por snoopy que vamos a ganar nosotros, pocholo, en serio osea - dijo Luchi Marina Isabela Aguaclara, que parecía estar hecha para Piercing.

- Larry, en serio, tienes que ganar como sea, porque no tengo diez luros aunque le haya dicho a Luchi que veraneo en Marbella en casa de Gunilla - le dijo Piercing en un susurro, y salió corriendo hacia la mesa de Rumbaolé detrás de Luchi -: ¡Ya voy, pichurri!

- ¿Estás seguro de que podrás con ella, Motter? - preguntó la voz de Trago Malody a su espalda. Larry se volvió. Cras y Voy iban con él.

- Sí, supongo que sí - dijo Larry de buen humor.

- Tiene muchas características especiales, ¿no? - dijo Malody, sonriendo, mientras miraba la fregona -. Una pena que no tenga cinturón de seguridad para cuando te entren ganas de practicar el cuádruple salto mortal desde la fregona... Ya sabes, los Desertores... ¡Jua jua jua!

- Jua, jua, jua - dijeron Cras y Voy, en un inusitado alarde de imaginación.

- Y es una pena que seas daltónico - dijo Larry -. Así nunca podrás distinguir de qué color es la pelota... ¿Todavía te duele de cuando confundiste la auch de pinchos con la snif?

El equipo de Greypeor se carcajeó de Malody, que se marchó ofendido y sujetándose la mano contra el pecho, lo que significaba que seguramente todavía le dolían los agujeros que le había hecho la auch pinchona. (por lo menos no confundió la snif con la auch come-manos, ni con la auch parásita, ni con la auch explosiva revienta-nudillos... y es que con 2.730 tipos diferentes de auchs, hay que echarle muchas pelotas para jugar al Cuidadín).

A las once menos cuarto el equipo de Greypeor se dirigió a los vestuarios. El tiempo no podía ser más distinto del que habían tenido en el partido contra Vayaplof: el Instituto Mágico de Meteorología había previsto aquella vez cielos despejados, vientos suaves de componente oeste y un leve ascenso de las temperaturas... Lo cual quería decir simplemente que hacía un día coonudo. El sol brillaba, el día estaba fresco y despejado, y Larry, aunque bastante nervioso, empezaba a sentir ese guñiguñi extraño que él asociaba al Cuidadín y Mariangélica a la Zarzuela Clásica.

Larry se quitó las ropas negras del colegio y se puso la túnica roja furcia de Cuidadín, y guardó la varita en un bolsillo, por si los Desertores...

- Bueno, ya sabéis lo que tenéis que hacer - dijo Oliver Ybenji a todos los componentes del equipo antes de que salieran de los vestuarios -. Y si no lo sabéis va siendo hora de que dejéis de jugar al Cuidadín y os dediquéis a las chapas. Pero antes me ganáis este partido u os mataré, os mataré mucho, os mataré dos veces. No hay más mensajes.

Salieron al campo, donde los recibió un aplauso, acompañado de las notas perdidas de la banda de música y los chillidos de las majorettes que correteaban por el césped. El equipo de Rumbaolé, vestido de azul pastel, esperaba ya en el campo. Larry se fijó en la Snifadora: Oliver y Brad tenían razón. Realmente estaba muy buena. Luego ya, cómo jugase... Larry se encogió de hombros. ¿Qué importaba cómo jugase?... La Snifadora le sonrió cuando los dos equipos se alinearon uno frente al otro, y Larry sintió que su estómago se subía hasta su amígdala izquierda (definitivamente, este chico tenía un problema con sus órganos).

- Ybenji, Davidbeckam, daos las manos - ordenó la profesora Capitángarfio. Oliver le dio la mano al capitán de Rumbaolé, Rogelio Davidbeckam.

- Montad en las fregonas... ¡Y esperad hasta que suene el silbato para empezar el juego! ¡A ver si voy a tener que empezar a sacar tarjetas rojas, panda de delincuentes juveniles!

Larry despegó del suelo sin esperar a que sonara el silbato (como hicieron todos los jugadores de Greypeor y de Rumbaolé; nadie hacía nunca mucho caso a la profesora Capitángarfio) y la Flecha Fogosa se elevó en el aire antes que ninguna otra. Planeó sobre el estadio, buscando la snif, mientras escuchaba los comentarios de Lee Marvin, el amigo de los gemelos Whisky.

- Han empezado a jugar. En este partido el objeto de expectación es la Flecha Fogosa que monta Larry Motter, Snifador de Greypeor... Según la revista Hay que tener cuidadín cuando se juega al Cuidadín, es la fregona escogida por el Cuidadín Club Pasapoga para la Liga del año que viene...

- ¡Marvin! ¡Nos importa una higa lo que haga el Cuidadín Club Pasapoga para subir a Regional Preferente! - gritó la profesora MacDonalds.

- Bueno, profesora, es que soy socio del...

- ¡Comenta el puñetero partido y déjate de publicidad encubierta, Marvin!

- Sí, profesora. La Auchadora de Greypeor Kampana Bell golpea la auch muerde-orejas y la envía hacia Davidbeckam, que la esquiva por poco. El Auchador Bred Whisky envía la auch escupidora hacia... Bueno, como se llame, que casi se cae de la fregona del asquito que le ha dado. En estos momentos suena el silbato, comienzo oficial del partido...

Larry pasó zumbando junto a Kampana, buscando un resplandor lila, y notando que China Town le pisaba los talones. La verdad era que volaba muy bien: si no estuviera tan buena le fastidiaría que estuviese todo el tiempo haciéndole placajes y obligándolo a cambiar de dirección.

- ¡Enséñale lo que tiene que tener un Snifador, Larry! - le gritó Brad al pasar a su lado para golpear la auch funde-huesos, que intentaba atacar por detrás a Alicia Espinete.

- ¡Greypeor gana por ochenta auchs impactadas a cero! Ouch, noventa... La auch explosiva revienta-nudillos acaba de espanzurrarle los dedos a... bueno, a ese de Rumbaolé. No te preocupes, chico, que la señora Pompis te hará una mano nueva con mando a distancia. ¡Mirad esa Flecha Fogosa! Larry Motter le está sacando partido en este partido, valga la redundancia... Qué ángulo de giro... La Planeta 260 de China Town no le llega ni a las canillas... Cómo se nota que la Flecha Fogosa ha pasado los mejores controlebuses de calidad, su estabilidad es evidente y la resistencia a la fricción de sus tiras de bayeta es...

- ¡MARVIN! ¿TE PAGAN A COMISIÓN POR CADA VEZ QUE NOMBRAS LA FLECHA FOGOSA, O SÓLO ERES IMPORTADOR ILEGAL DE FREGONAS? - gritó la profesora MacDonalds.

- Profesora, tengo que pagarme los vicios de alguna manera... Bueno, los vicios legales, me refiero, no vaya a pensar...

- ¡Que comentes el partido, coo!

Rumbaolé jugaba a la defensiva, procurando que sus Auchadores se hicieran la menor pupa posible con las auchs, ya que, si China Town agarraba la snif, ganaría el partido (creo que ya he explicado las reglas del Cuidadín, son tan absurdas que no me voy a explayar en ellas). Así que Larry buscaba la snif desesperadamente por todo el campo. Vio un destello lila junto a uno de los postes decorativos al otro lado del campo: allí estaba la muy cabrita.

Larry aceleró con los ojos fijos en la snif, que tenía delante. Pero un segundo después, China se puso delante de él, bloqueándolo, y Larry salió rebotado y espatarrado hacia un lateral.

- ¡LARRY, NO TE CONTENGAS, MARIQUITA! ¡NO QUIERO NENAZAS EN MI EQUIPO! - chilló Oliver cuando Larry se enderezó y viró hacia un lado para evitar chocar de nuevo contra China -. ¡PÁRTELE LA OTRA PIERNA PARA QUE LA TENGA A JUEGO!

Larry volvió la cabeza y miró a China Town. La Snifadora sonreía pícaramente, como prometiéndole que en cuanto bajase de la fregona se iba a enterar de lo que era un... bueno, ya me entendéis. (Lo que hay que ver). La snif había desaparecido. Larry comenzó a recorrer de nuevo el campo, buscándola, mientras China Town le perseguía con la misma sonrisita en los labios. Larry decidió que le gustaba el jueguecito, y comenzó a dar bruscos virajes con la Flecha Fogosa, retando a China a que hiciera lo mismo (cosa que, efectivamente, hizo; no se puede infravalorar nunca la estupidez de los magos adolescentes, ya sabéis). Larry aceleró, y China Town también. Larry frenó, y China frenó. Larry giró a la derecha, y China giró a la derecha. Larry sacó la lengua, y China sacó la lengua. Larry le guiñó un ojo, y China le devolvió el guiño. Larry se dispuso a decirle que quedaban esa misma noche en el banco lleno de rosas con Crunchñam como único testigo de sus experiencias prohibidas, y entonces...

- ¡Aúaaaa! - chilló China, mirando hacia abajo. Larry, como no podía ser menos, la imitó. Y estuvo a punto de volver a espatarrarse en su fregona. Tres Desertores lo miraban, señalándolo. No se detuvo a pensar porque generalmente tardaba mucho en llegar a alguna conclusión y en aquel momento no le sobraba precisamente el tiempo. Se metió mano en el bolsillo y sacó la varita.

- ¡Fuera la Patronal viva el Sindicato Obrero la Tierra para el que la trabaja!

Un intenso chorro de luz roja surgió del extremo de su varita, pero no se paró a comprobar si le había dado a algún Desertor o había matado al vendedor de pipas, palomitas, chicle, chocolate, al rico bombón heladoooo que recorría las gradas con un carrito. Buscó a China para decirle lo del banco, pero no la vio. Se encogió de hombros y decidió buscar la snif, que pa eso se suponía que estaba allí... Miró hacia delante, y vio un brillo lila justo frente a él. Allí estaba, tan cerca... Alargó la mano y aferró la snif.

Se escuchó el silbato de la profesora Capitángarfio, que daba por finalizado el partido. Larry vio que seis energúmenos vestidos de rojo y montados en fregonas voladoras se le echaban encima, algo que había aterrorizado a cualquiera, pero a él le dio igual porque estaba buscando a China Town para quedar en el banco para hacer manitas. Sin embargo, todo el equipo de Greypeor se le abalanzó y casi le tiran de la fregona.

- ¡Éste es mi chico! - gritó Oliver Ybenji abrazándolo. Entonces pareció pensarlo mejor, se apartó de él y se ruborizó -. Bueno, quiero decir, no es que sea "mi chico" en plan literal, a ver qué vais a pensar, que yo soy muy macho...

Alicia, Aceitina y Kampana besaron a Larry, lo que le hizo dejar de pensar por el momento en China Town y confesarse a sí mismo que no estaría tan mal infringir el consabido Decreto de las narices. Luego lo besaron también Brad y Bred y se le quitaron las ideas raras de la cabeza.

Se las arreglaron para aterrizar sin dejar de hacerle cariñitos a Larry, y, cuando pisaron el césped, vieron a mogollón de seguidores de Greypeor bajar al campo sin que las fuerzas de seguridad atinasen a impedírselo ni con pantallas ni con escudos ni con balas de goma ni con una carga policial. La masa enfervorecida se lanzó hacia Larry, Ron en cabeza.

- ¡Lo has conseguido, Larry! ¡Cagóntó, chaval, eres coonudo! - chilló Ron, abrazándolo.

- ¡Te caas en las bragas, Larry! - gritó Seamos.

- ¡Fírmame un autógrafo! - gritó Lean.

- ¡La camiseta! - gritó Patati -. ¡Regálame tu camiseta!

- ¡Quítate la túnica entera! - berreó Lavendo totalmente exaltada, por lo que recibió una mirada de reprobación de la profesora Capitángarfio.

- ¡Lo compro! - chilló Diezmil, mientras el resto de los alumnos de Greypeor cantaba: Larry, eres el más grandeeeee, y también tu regalo navideñoooooo...

- El Sindicato ha estado bastante bien... - dijo una voz junto a su oreja izquierda. Larry se volvió y vio al profesor Lobatón, sonriendo.

- No me ha entrado la pereza ni na de na - gritó Larry, entusiasmado -. ¡Los Desertores ya no me afectan! ¡No se me han quitado las ganas de tener ganas!

- Bueno, Larry - dijo Lobatón, todavía sonriendo -. Siento desilusionarte y todo eso, sé que te va a causar un trauma y una depresión nerviosa, pero el caso es que... no eran Desertores -. Lobatón se encogió de hombros -. Ven.

Sacó a Larry de entre sus besucones compañeros y lo condujo hasta el borde del campo de juego.

- Creo que el señor Malody no volverá a ser el mismo después del susto que le has dado - rió el profesor Lobatón.

Larry se quedó mirando. Tirados en el suelo en un amasijo de piernas, brazos y cabezas despeinadas que podía meterles en un lío por el Decreto Para la Moderada Limitación de las Relaciones Interpersonales en Menores de Edad y el Decreto Para la Prohibición de las Relaciones Homosexuales y Entre Más de Dos Personas, estaban Cras, Voy, Malody y Marco Polo, vestidos con vaqueros y camisetas negras y luchando por deshacerse de los pasamontañas que debían estar asfixiándolos, mientras la profesora MacDonalds les gritaba tanto que parecía que se le iba a salir el páncreas por la boca.

- ¡Sinvergüenzas, malnacidos, asquerosos repugnantes tramposos de mieeeelda! - gritaba MacDonalds, con la misma cara de asco que ponía cuando veía a la profesora Tremendi -. ¡Os voy a castigar tanto tanto tanto y tantas veces que la próxima vez que salgáis un viernes por la noche vais a tener edad de salir con vuestros biznietos! ¡Doscientos cincuenta y tres mil puntos menos para Sulimoncín! ¡Y os juro que el profesor Chitichitibangbang os va a castigar un poquito también, como que me llamo Meenerva!

A Larry aquello le alegró casi tanto como haber sido capaz de coger la snif por sus propios medios. Ron, que se había abierto camino entre la multitud (y había recibido también un par de besos de Patati, Lavendo, Aceitina, Kampana y Alicia, que lo habían confundido con Larry pese a que Larry era moreno y Ron tenía el pelo azul), se reía tanto que se le veían todos los empastes, las amígdalas, el intestino delgado y hasta la cicatriz del apéndice. Si se miraba con atención incluso se podía comprobar que calzaba ni más ni menos que un 46 europeo de pie.

- ¡Vamos, Larry! - le gritó Bred, abrazando a Kampana y a Alicia -. ¡Vamos a celebrarlo a la sala común de Greypeor!

Y, más contento de lo que se había sentido en todo el curso (en lo cual también podía influir el hecho de que Aceitina y Lavendo le estaban abrazando muy pegaditas), Larry se dirigió hacia el castillo de Jobart, todavía vestido de rojo y bastante sudadito también (lo que no parecía importarles demasiado a Aceitina y a Lavendo).

La juerga que se organizaron en la torre de Greypeor fue de las que hacen Historia y merecen al menos una nota al pie en los Anales de la Idem, cuando no un capítulo entero. La fiesta se prolongó todo el día y hasta bien entrada la noche, y pasaron de los Refrescos de Queso con panchitos a los pelotazos de Vodka mezclado con Tequila acompañado de grandes cantidades de golosinas de todo tipo, gentileza de Brad y Bred, que desaparecieron una hora y volvieron cargados de botellas, hielo y paquetes de chuches.

- ¿Cómo lo habéis hecho? - preguntó Aceitina Johnsons, pronunciando con un poco de inseguridad después de beberse un vaso largo de vodka Yurinka (que agujerea el estómago).

- Ya te dije que les debíamos mucho a Chalao, Coca-cola, Porrete y Cornudo... - susurró Brad al oído de Larry.

La única persona que no participaba en la fiesta era Mariangélica, que se esforzaba en un rincón por leer un libro del tamaño del Diccionario Espasa (Apéndices incluidos) titulado Los Embobamientos más comunes entre los magos de la dinastía de Juan Tamariz y sus influencias en el arte mugre del ilusionismo más común y de peor gusto. Larry se alejó de la mesa donde Brad y Bred se habían subido y habían comenzado a hacer un Full Monty mientras cantaban Voulez-vous coucher avec moi ce soir?, acompañados de las palmas de todos los de Greypeor, y se dirigió hacia ella.

- ¿No has venido al partido, Mariangélica? - preguntó.

- Sí, claro - respondió Mariangélica, todavía leyendo -. Estuve en el partido, animé, me quedé afónica de berrear, creo que jugaste muy bien, me encantó que hicieses que Malody se cayese de culo y todo eso, pero tengo que leerme esto para el lunes.

- Vamos, tía, no seas seta y vente a tomar algo - dijo Larry con voz de animador de discoteca.

- No puedo, Larry, de verdad... - insistió Mariangélica -. Todavía tengo que leerme otros cinco libros de aquí a la semana que viene - dijo, un poco histérica y como si estuviese a punto de darle un jamacuco del ataque de ansiedad tan grande y gordo que tenía -. Además, a Ron no le haría mucha gracia que fuese...

Cosa que no podía negarse, porque Ron escogió precisamente ese momento para decir el voz alta, incluso por encima de los aullidos y palmas de Patati, Lavendo, Kampana, Alicia, Aceitina, Ginebra y una chica con aspecto de loca de las praderas (cuyo nombre era Estrella Buenamor, aunque Larry todavía no lo sabía y lo descubriría dos cursos después; y que además no era de Greypeor sino de Rumbaolé, y se había colado en la fiesta como la de Mecano), que rodeaban a un par de gemelos de cabellos azules subidos encima de la mesa con mucha menos ropa que un rato antes:

- Si Mikimaus no se hubiera suicidado podría haberse tomado un Daiquiri... le gustó tanto cuando lo probó en Jamaica...

Mariangélica se echó a llorar desconsoladamente, Larry no sabía muy bien si por lo de Ron o por el puro y duro stress, y en menos de una décima de segundo salió corriendo hacia las escaleras que llevaban al dormitorio de las chicas.

- Tío, ¿no te estás pasando con ella? - dijo Larry a Ron -. Está que no puede más... Dale una oportunidad.

- Ni de coña - dijo Ron terminantemente -. Que luego seguro que me deja por un jugador internacional de Cuidadín.

- No, si me refería a lo de Mikimaus...

- Ah. Bueno, pues tampoco.

- ¿Po qué?

- Po que no.

- Gran razón...

La fiesta, que estaba empezando a adquirir proporciones de gran orgía desenfrenada, sólo terminó cuando la profesora MacDonalds apareció por la sala común de Greypeor, ordenó a Brad, Bred, Patati, Seamos, Lavendo, Kampana y Oliver que se vistiesen y les mandó a todos a la cama (Cada uno a la suya, recalcó). Larry se metió entre las mantas cansadísimo (no estaba acostumbrado a trasnochar y menos a base de alcohol de alta graduación) y se durmió antes incluso de llegar a taparse del todo.

Tuvo un sueño muy raro, en el que se mezclaban la Flecha Fogosa, una auch roe-orejas, un Desertor con la cara de Malody, la profesora MacDonalds bailando Lady Mermelade semidesnuda encima de una mesa del Refectorium con Chitichitibangbang batiendo palmas junto a ella y una caja de chicles sabor Paella Valenciana (si es que esto de no saber beber...). El Desertor estaba a punto de alcanzar a la profesora MacDonalds para... Bueno, para lo que fuese, y entonces...

- ¡AAAAAAAAAARRRRGGGLLLL! ¡NOOOOOOOOORRRRLLL! ¡ZUTO, ZUTO!

Larry despertó tan repentinamente como si Pibes hubiera vuelto a echarle un cubo de agua helada encima de la cabeza. Desorientado por la oscuridad y por el exceso de tequila con sal y limón, buscó a tientas las cortinas mosquiteras que colgaban de su dosel. Escuchó ruidos a su alrededor y a Seamos Sensatos que murmuraba:

- ¿Pascha?

A Larry le pareció oir que se cerraba la puerta del dormitorio. Por fin logró encontrar la separación entre las cortinas y las abrió, al mismo tiempo que Lean Dosmás encendía la luz de su mesilla y se volvía hacia él, con los ojos hinchados y la varita en la mano.

Ron estaba sentado en la cama, con las cortinas echadas a un lado, el pelo tan revuelto que parecía un felpudo azul, los ojos como los coladores de Tremendi y con cara de mucho susto.

- ¡Blas!

- No, me llamo Larry...

- ¡Suburbius Blas, retrasado! ¡Suburbius Blas! ¡Tenía una motosierra!

- ¿Qué?

- ¿Cómo?

- ¿Tas borrazo?

- Quién fue a hablar...

- ¡Suburbius Blas! ¡Con una motosierra! Me despertó el ruido, rasgó las cortinas...

- Pesadilla por indigestión de fabada asturiana...

- ¡Os digo que estaba aquí! ¡Mirad las cortinas!

Todos se levantaron de la cama; Larry fue el primero en llegar a la puerta, y la abrió de golpe. En el rellano se encontró con Oliver y con Aceitina. Las puertas se abrían y los estudiantes iban saliendo poco a poco de los dormitorios.

- ¿Y esto?

- ¿Qué ocurre?

- ¿Estáis mal de la cabeza? ¿Sabéis qué hora es?

- Ron, ¿estás seguro que no lo soñaste?

- ¡Os digo que lo ví! ¡Casi me da un síncope!

- A la que le va a dar un síncope es a MacDonalds como nos vea levantados...

- ¡Estupendo! ¿Seguimos con la fiesta? - preguntó Brad -. Todavía no me he quitado el tanga...

- ¡Todo el mundo a la cama! - ordenó Piercing, entrando en la sala común con una bata a cuadros verdes que le quedaba, junto con el pelo azul, como una patada en los hueos.

- Piercing... ¡Suburbius Blas! - dijo Ron con vocecita de niña asmática -. ¡En nuestro dormitorio! ¡Con una motosierra!

Todos contuvieron la respiración.

- ¡Eres absurdo! - exclamó Piercing -. Mira, Ron, la próxima vez que bebas algo más fuerte que un vaso de agua voy a chivarme a papá y a mamá, te lo juro por Snoopy.

- ¡Te juro que...!

- ¡Te he dicho, osea, que ya está bien! - gritó Piercing. En ese momento, la profesora MacDonalds apareció por la puerta del retrato y miró a su alrededor con cara de furia.

- ¡A mí también me alegra que Greypeor haya ganado al Cuidadín, pero ya está bien de tanta juerga! - exclamó -. ¡Piercing, no esperaba esto de tí!

- ¡Yo no he sido, profe! - gritó Piercing -. ¡Se lo juro! ¡Ha sido mi hermano Ron, ha sido él, de verdad, osea, es que ha tenido una súperpesadilla...!

- ¡NO HA SIDO UNA "SÚPERPESADILLA"! - gritó Ron -. ¡PROFESORA, ME DESPERTÉ PORQUE SUBURBIUS BLAS ESTABA EN NUESTRA HABITACIÓN CON UNA MOTOSIERRA!

La profesora MacDonalds lo miró con cara de exasperación.

- Mira, Whisky, te voy a prohibir el alcohol por prescripción facultativa.

- ¡Hay que preguntarle al teniente Cagonman! - gritó Ron -. ¡Hay que preguntarle si ha visto entrar a Blas!

La profesora MacDonalds entrecerró los ojos, puso la misma cara que solía poner cuando la contrariaban y que prometía castigo seguro para el objetivo de su mirada, se dio la vuelta y salió por el agujero del retrato. Todos los de la sala común escucharon, conteniendo la respiración.

- Teniente Cagonman, dígame: ¿Ha dejado entrar a un hombre en la torre de Greypeor?

- ¡Sí, preciosa! - gritó el teniente Cagonman con todas sus fuerzas -. ¡Y si quieres lo dejo entrar también en tu habitación, guapa!

Todos se quedaron en un silencio tenso y anonadado.

- ¿Y...yeso? - preguntó la profesora MacDonalds, sorprendida -. ¿Y el santo y seña?

- ¡Me lo dio, claro, chatina! - dijo el teniente Cagonman -. De hecho, me dio las de toda la semana. Las traía apuntadas en un papel así, cuadrado... ¡Además, tenía aspecto de herido de guerra, y yo no le negaría atención médica a ninguno de mis hombres!

La profesora MacDonalds volvió a entrar por el agujero del retrato, pálida y con los ojos como los coladores de su querida amiga Tremendi, y miró a la multitud.

- ¿Quién ha sido? - preguntó con una voz que presagiaba ruptura de cabezas y desparrame de cerebros y tal -. ¿Quién ha sido el cretino que ha ido por ahí perdiendo papeles cuadrados con las contraseñas de toda la semana, pa que las encuentre el primer mago psicópata que pase por el pasillo?

Hubo un repentino silencio. Entonces, con aspecto de no tener ganas ni siquiera de comprar en las rebajas más absolutas del centro comercial más tirado de precio, Diezmil Locompro, temblando, levantó la mano.